El nuevo día en Hyrule comenzó soleado. Link se levantó de su cama con un agradable olor a lavanda proveniente de la almohada. Seguramente era porque la princesa estuvo todo el día de ayer en reposo en ese mismo lugar. No se pasó a visitarla para darle intimidad, y en la noche fue él quien la ayudó a llegar a su habitación. Algo que le volvía a sorprender era que la mirada de la muchacha evitaba la suya, mientras las mejillas se le enrojecían ligeramente. ¿Acaso estaba avergonzada? Él creía que sí. En parte podía entenderlo, ya que a lo mejor aquel abrazo que se dieron anteayer fue inconsciente. Se reprochó a sí mismo el hecho de haberse acercado demasiado a ella, superando el límite. Se prometió no volver a hacerlo, no volver a estrecharla entre sus brazos.

"Pero fue ella quien me lo dio", pensó mientras salía de su cuarto hacia el de la princesa. Gracias a la fiebre, el rey le concedió varios días de descanso, y ahora que ella se recuperó, Prunia vino a su habitación a convencerlo de que les escolte hacia la Meseta de los Albores para estudiar el "santuario de la vida", como le estaban llamando. Acabó cediendo después de diez minutos de constantes ruegos a los que le sometió tras haberle dicho que no, que a lo mejor ella no estaba completamente recuperada.

—Nuestro destino queda cerca del Templo del Tiempo, en un lugar alto. Allí hay unas hermosas vistas de Hyrule. El santuario tiene un aire bastante cargado, y en la cámara más interna está bastante oscura. Debemos tomar bastantes medidas de seguridad –le saludó Prunia mientras hojeaba su cuaderno de investigaciones, para después guardarlo dentro de su mochila y cargarla en su espalda. Link se apoyó en la pared mientras la sheikah lo observaba –tu relación con la princesa está yendo mejor, ¿no?

Él se encogió de hombros, manteniendo su indiferente mirada. Prunia lo miró con expresión preocupada. La parte buena de todo esto era que ella ya no le gritaba, ni tampoco lo rechazaba del todo. Por el contrario, Zelda no se atrevía ni a mirarlo, lo que alimentaba la idea de que algo ocurrió en su ausencia. Eso era malo, ya que estaba desaprovechando la oportunidad de conocerlo mejor, de poder tener un gran apoyo. Sabía que el elegido tenía algo que motivaba su actitud impasible, algo que podría acercarlo mucho más a la joven. Si ambos consiguieran abrirse...

—Oh, ya estáis aquí –habló la voz de la princesa. Ambos la miraron y Prunia le dedicó una sonrisa. Link se limitó a observar cómo ella le rehuía ligeramente. En lugar de enfadarse, se sintió ligeramente aliviado de que ya no le gritara. "Es un avance, ¿no?", se preguntó a sí mismo –no hay tiempo que perder. Quiero estar allí el mayor tiempo posible. ¿Nos vamos?

Los dos asintieron mientras tomaban rumbo hacia los establos. Prunia se encontraba al lado del elegido, pero echó una carrerita para colocarse al lado de la princesa y decirle unas cosas por lo bajo. Zelda desvió la mirada a un lado, con las mejillas ligeramente rojas y expresión molesta. La investigadora soltó una carcajada y miró por el rabillo del ojo a Link. Después de eso, negó con la cabeza, con cara de "qué dos".

—¡Kaya! –exclamó la sheikah con la alegría propia de niños pequeños mientras abrazaba a su yegua negra. Con los ojos iluminados por la felicidad, se subió a ella y la sacó del establo, seguida de Link y Zelda con los suyos –¡Kaya os propone una carrera! ¿Listos? ¡Ya!

La sheikah había hablado tan rápido, que cuando ambos se dieron cuenta de la situación, Prunia les llevaba ventaja. Espolearon a sus caballos y estos comenzaron a correr con mucha felicidad. Hacía tiempo que no lo hacían. Link estaba a punto de alcanzar a Prunia, cuando en una fugaz vista hacia atrás vio un pequeño problema: a Zelda le costaba mantener el equilibrio sobre su caballo, el cuál iba demasiado rápido para su gusto. Ella trataba de frenarlo, mas éste hacía caso omiso de la orden, disfrutando de la adrenalina que le causaba aquello. Un grito salió de los labios de la muchacha al caerse de la silla de montar, aunque fue atrapada en el último momento por su escolta, quien logró alcanzar las riendas del blanco corcel después de haberla montado detrás de él.

—Agárrese a mí –le dijo mientras frenaba a su caballo y trataba de domar al de Zelda. La princesa, avergonzada de nuevo, rodeó el torso del muchacho mientras sentía su cara arder. ¿Acaso las Diosas hacían esto intencionadamente para hacerla sufrir? Si antes le rehuía, ahora no podría estar cerca de él sin avergonzarse. Su cuerpo ardía...

"No quiero saber lo que debe estar pensando de mí en estos momentos", pensó mientras sentía el agradable olor que la túnica del elegido transmitía. Cuando dejó de sentir movimiento, se despegó de él y vio cómo bajaba y acariciaba al animal. Podía escuchar sus "calma, ya pasó" que le dedicaba a su corcel. Cuando Link evaluó la silla de montar, torció el gesto y la miró.

—Uno de los estribos está roto –anunció. En ese momento, Zelda creyó que de verdad alguien estaba saboteando todo para que ella sintiera más vergüenza al lado de Link. Asintió con la cabeza mientras entendía lo que el mensaje implicaba: debían viajar juntos. Sin mediar palabra, el joven le cedió las riendas del caballo a su dueña mientras él subía. Una vez arriba, comenzaron a caminar.

—¡Qué lentos! ¡Kaya está cansada de...! Oh... –gritó Prunia cuando los vio aparecer, aunque rápidamente cambió la expresión cuando entendió –esramos a las puertas de la Meseta de los Albores. Una vez que lleguemos, veré qué puedo hacer para solucionar el problemilla. Aún así, no tenemos todo el día.

Sin previo aviso volvió a espolear a su yegua y comenzaron a correr. Link hizo lo mismo, pero esta vez asegurándose de que la princesa estaba bien sujeta a él. Siguió a Kaya mientras se internaban en el territorio, cada vez más cerca de su destino. Veían rocas, árboles, plantas silvestres... pero ningún santuario ni nada realmente interesante. Zelda estaba a punto de soltar un "¿falta mucho?", pero cuando se despegó un poco del abrazo, vio al fin el majestuoso Templo del Tiempo. En la entrada, un sheikah los esperaba con semblante serio y la mirada perdida en el horizonte.

—¡Hola, Shaik! Gracias por esperarnos. ¿Alguna novedad? –saludó Prunia mientras se acercaba a él. Link y Zelda bajaron del caballo mientras los colocaba al lado de Kaya. Se acercaron a la pareja y vieron cómo negaba con la cabeza.

—Negativo. Aún así, muy sorprendente tiene que ser ese descubrimiento como para superar al del santuario de la vida. Se sitúa dentro de una cueva, y conviene tener cuidado a la hora de entrar y salir, ya que el desnivel es muy brusco y hay una gran roca que lo advierte. Ya que veo que no tienen ningún inconveniente, lo mejor será entrar. Está subiendo por aquí –indicó mientras caminaban hacia su destino. Rápidamente vieron la entrada a esa cueva. Detrás de ellos, unas maravillosas vistas de todo Hyrule que Zelda se paró a contemplar por unos segundos antes de volver a la realidad.

Cuando entraron al lugar, los recibió el aire pesado que se respiraba allí, como si este no fuera renovado por milenios. Zelda tosió con suavidad mientras veía a Shaik descender con agilidad hacia abajo. Llegó el turno de Prunia, quién pegó un salto y aterrizó justo al lado del sheikah. Link fue el siguiente, y se lanzó sin dudarlo. Todos miraron a la princesa, la cual sentía un poco de vértigo por lo alto que estaba esto. Le avergonzaba admitirlo, pero nunca saltó desde esa altura. Apretando los puños, se acercó al borde y saltó sin saber dónde iba a caer.

—¿Está bien? –oyó la voz de Link cerca de ella mientras sentía cómo la colocaban en el suelo. El elegido, consciente de la inseguridad que ella poseía, la atrapó en sus brazos cuando bajó, poniéndola a salvo. Zelda le agradeció la ayuda, ligeramente incómoda por la cercanía. Después echó a andar hacia el primer cuarto. Faroles azules iluminaban aquel lugar casi consumido por la oscuridad. Allí habían unas cuantas cajas y unos cuantos barriles desperdigados por el espacio. Mientras avanzaban por ahí, la pareja de hylianos sentían una punzada en el pecho, como si supieran que algo iba a salir mal. Tenían un mal presentimiento acerca de este santuario.

—Por las Diosas... –dejó escapar Zelda cuando vio la cámara principal. En medio de la oscuridad, luces azules brillaban, dejando ver una construcción extraña. Ésta era una especie de cama azul que parecía estar conectada a la estructura del techo.

—Bien, esta es la cámara regeneradora. Se supone que debemos dejar al sujeto que queramos curar en la cama y activar una especie de mecanismo interno. No sabemos exactamente cómo funciona, y es lo peor. Si la tuviéramos que usar, nos expondríamos a riesgos que desconocemos –trató de explicar el hombre. Prunia emitió un resoplido, junto a un "va a ser más difícil de lo que esperaba".

—Bien. Me quedaré aquí unos días. Me asentaré en... en algún refugio improvisado y trataré de hacerla funcionar. No sé cuánto tiempo me tomará, pero espero poder volver en cuatro días al castillo –anunció la investigadora. Zelda la miró con sorpresa, y ella se encogió de hombros. La princesa emitió un suspiro de ligera molestia mientras rozaba con un dedo la superficie del extraño artefacto.

—Me sentiré fatal de enviar a alguien a esta cámara si llega a ser necesario. No quiero saber cómo se sentiría despertar solo aquí, en un lugar tan cerrado y... escalofriante –musitó con pesar.

Se quedaron en silencio durante unos segundos, como si trataran de procesar la nueva información.

—Lo peor –habló al fin Shaik –es que el método de curación es excesivamente lento. Un pequeño corte tomaría un proceso de curación de dos días. Si llegamos a traer a alguien moribundo, no tengo ni idea de cuánto tardará en recuperarse. Es un método demasiado arriesgado.

—Tienes razón. Si Ganon atacara, y en el peor de los casos perdemos, probablemente acabaría con todo antes de que el proceso terminara. No nos podemos permitir usarlo. A no ser... que usemos la tecnología ancestral para mejorarlo. En ese caso, nos sería rentable –dijo Prunia con expresión pensativa. Estaba arrodillada en el suelo mientras acercaba su libreta a la luz azul para poder ver algo y tratar de realizar anotaciones. Cuando terminó, se levantó y sacó el polvo de sus pantalones –bueno, voy a empezar por descubrir cómo activar este chisme. Princesa, ¿por qué no váis a escudriñar los alrededores? A lo mejor encontráis algo interesante.

Zelda simplemente asintió mientras sentía fastidio por dentro. Sabía que tenía que volver a estar a solas con Link, su escolta. El chico que había abrazado, que "soñó" con que casi la besaba, que la vio llorar y a quién demostró que no dominaba el arte de montar a caballo en su totalidad.

En resumen, el joven que más veces la vio fracasar.

Sintiendo sus pasos detrás, se acercó a la roca y la miró con duda. ¿Cómo haría para subir? La respuesta se la dio Link mientras se adelantaba para escalarla con suma habilidad y le tendía la mano nada más lograr su objetivo. Ella se la cogió mientras apoyaba sus pies en cualquier lugar posible de la roca y se impulsaba hacia arriba. Cuando llegó arriba, soltó un largo suspiro de alivio y le agradeció la ayuda. Se taparon los ojos al ver la luz del sol, mas eso no les hizo pararse, sino que caminaron hacia los caballos.

Dentro de la cueva, Shaik miró con el ceño fruncido a Prunia.

—¿Por qué los mandas fuera? Sé que eso de investigar es una excusa –inquirió. La sheikah soltó una risita y lo miró.

—Ya es hora de que la princesa le pierda la vergüenza. Dentro de dos días irán al desierto de las gerudo, y Urbosa puede ser un gran apoyo para que estos dos finalmente se abran.