-¿Por qué me obligas a ser tan severo contigo? ¿Acaso no te puedo dejar unos días de descanso sin que te escabullas? -inquirió Rhoam con un notorio enfado. El día de ayer sorprendió a Zelda esperándola en la entrada del castillo después de enterarse de que había escapado con Prunia a la Meseta de los Albores. No dijo nada, simplemente la mandó a dormir, para al día siguiente pedirle que fuera a su cuarto y echarle una fuerte bronca. Por su parte, Zelda no se atrevía a mirarlo. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Estaba triste y estresada -¿No me vas a decir nada?

-Ya te lo dije. Prunia me convenció de ir y... -fue detenida por un fuerte suspiro de parte de su progenitor, quien parecía estar perdiendo la paciencia.

-Ya basta. Hablaré con Prunia cuando vuelva. Por ahora, retírate y prepárate para partir a la región de las Gerudo. Pero cuando vuelvas, prepárate para frecuentar bastante las fuentes -habló después de unos segundos en los que pensó qué debía hacer. La princesa asintió con suavidad mientras se acercaba a la puerta -cada día eres más desobediente. Estoy perdiendo la confianza en ti. Demuéstrame que estoy equivocado despertando tu poder y atendiendo a tus responsabilidades.

Zelda salió de allí con la cabeza gacha y los ánimos por los suelos. Arrastraba los pies por los pasillos, como si de un muerto viviente se tratara. Los soldados la miraban, algunos impasibles y otros con burla. Al sentirse tan observada, aceleró el ritmo de sus pasos para ingresar lo más rápido posible en sus aposentos y echarse a llorar.

-Padre no confía en mí -logró susurrar entre sollozos. Apretó los puños con fuerza hasta hacerse daño. Presa del dolor, miró con impotencia hacia el techo -Esto... está acabando conmigo. Me siento tan sola... sola y frustrada.

Después de unos minutos en los que pudo desahogarse un poco, se secó las lágrimas y se metió en la ducha. Mientras el agua resbalaba suavemente por su piel, se permitió pensar en lo que le esperaba allí. Debía hablar con Urbosa acerca del plan B que estaban ideando a espaldas de su padre. También aprovecharía para hablar con ella y tratar de indagar un poco acerca de su madre, un tema que, aunque le dolía, le interesaba demasiado.

Luego irá a investigar las afueras de la ciudadela en busca de materiales útiles para reforzar los sistemas de los guardianes en el castillo. Aún así, sabía que la intimidad la logrará únicamente cuando esté en su habitación de la posada, porque cierta persona va a estar pegada a él como una sombra.

"Link... Oh, Diosas... Tengo que buscar una excusa para tener algo de intimidad", pensó mientras se secaba rápidamente con la toalla. Se había entretenido pensando en sus planes y el tiempo corría en su contra. Se vistió rápidamente e hizo la trenza en el menor tiempo posible. Se aseguró de llevar todo lo necesario y echó a correr por los pasillos del castillo. Cuando llegó a los establos, se encontró a Link allí, esperándola con su característica mirada indiferente.

-Disculpa el retraso -lo saludó con prisas, pero sin poder aún mirarlo mientras colocaba todo en la alforja de su corcel -sólo... he tenido un pequeño contratiempo. Ahora, si todo está bien para ti... nos vamos.

Como ella ya se temía, él no dijo nada, sólo montó en su caballo y lo sacó de allí. La princesa lo siguió mientras observaba su piedra sheikah, en la cuál se mostraba una larga travesía. El silencio era el único elemento presente en todo el viaje, y eso incomodaba cada vez más a Zelda, quien después del mal rato con su padre necesitaba desahogarse.

Tengo ganas de llegar de una maldita vez al desierto para hablar con Urbosa, pensó.

Pararon a descansar varias veces al día y durmieron en una de las postas, en una habitación privada para cada uno, volviendo a comunicarse para lo indispensable. La incomodidad y la tensión iban cada vez en aumento, provocando un ambiente inestable.

Hasta que por fin, tras un largo viaje que duró un día y medio, lograron atravesar el desierto. Estaban sudorosos, acalorados y cansados, pero satisfechos de llegar a su destino. En la puerta de entrada, varias gerudo los estaban esperando.

-Bienvenida, Princesa Zelda de Hyrule -saludó una de las mujeres, ignorando por completo la presencia de Link, quien desvió la mirada pero no dijo nada.

-Muchas gracias, Shei -dijo ella. Después miró hacia la entrada de la ciudadela y la señaló -necesito entrar ahí... Urbosa me espera.

Las mujeres asintieron y luego miraron con dureza hacia Link, quien con su semblante vacío se dirigió hacia los caballos y se los llevó a la posada cercana. Zelda osó mirarlo, pensativa pero a la vez aliviada de no tener que intervenir.

-Bien, vayamos -intervino la mujer, comenzando a adentrarse al lugar. La princesa se sorprendió al encontrarse dentro del lugar: éste no había cambiado en años. Reconocía todos y cada uno de los edificios del lugar, en los cuáles estuvo durante las evaluaciones de calidad-precio que la Familia Real solía hacer de vez en cuándo.

-Princesa... -Shei la sacó de sus pensamientos -¿no desearíais alojaros en la posada de dentro de la ciudadela? Aquí estaríais más segura.

-No, no, estoy bien fuera.

-No sé -musitó. En su voz se escuchaba rabia -estarás rodeada de shiok, mala gente. ¿Y si el shiok con el que venías pretende atacarte por la noche?

-No me va a hacer nada. Es mi escolta personal -aclaró con un poco de resignación. Le cansaba que a cada paso tuviera que hablar de él.

La gerudo no dijo nada más. Por una parte había captado su tono y no la quería molestar, pero por otra parte ya habían llegado a donde estaba Urbosa. Entró primero y anunció la presencia de la joven, y ésta vio cómo todas las mujeres se erguían de sus asientos y se ponían firmes como rocas. Ella simplemente avanzó con lentitud, para al final ponerse en frente del trono.

-Matriarca Urbosa... de parte de la Familia Real de Hyrule, muchas gracias por acogernos en vuestras tierras -comenzó, finalizando la frase con una reverencia.

-No hay ningún problema -dijo la elegida mientras sonreía internamente. Oírla hablar así la hacía sentirse orgullosa cual madre con su hija -dígame... ¿a qué se debe vuestra presencia?

-Vengo como líder de los elegidos a revisar que Vah Naboris se encuentre bien y de paso enseñarle a pilotarla. Y también como princesa vengo a proponerle cierta cosa que nos podría interesar en referencia al Cataclismo... pero necesito hablarlo en privado -explicó. Urbosa arqueó una ceja, y con un leve movimiento pidió que todas las personas allí presentes abandonaran la sala.

-Bueno... abandona los formalismos, querida. A ver, ¿qué es eso tan interesante que me quieres contar? -preguntó ella con gran curiosidad. La muchacha, antes de comenzar a hablar, miró en todas direcciones para asegurarse de que estaban solas.

-El otro día, en el castillo, Prunia y yo estuvimos experimentando con un guardián en miniatura... y nos dimos cuenta de que podían llegar a ser muy influenciables. A Padre le da igual, pero nosotras no podíamos dejar pasar ese dato. Es por ello que estamos desarrollando un plan B a espaldas de él -confesó mientras estudiaba el rostro ajeno en busca de aprobación -tenemos planeado hablar con los orni, y luego aprovecharé la estancia en la región de los goron y los zora para ver qué les parece. ¿Puedo contar contigo?

Durante unos segundos, el silencio se apoderó de la sala. Zelda se sentía nerviosa; tenía miedo de no poder llevar a cabo aquel plan. Sabía que la gerudo estaba valorando los hechos, y en su interior rogaba por un "sí".

-Lo he estado pensando... y aunque es una idea un poco arriesgada y me parezca cruel mentirle al rey, lo haré. Mi respuesta es un sí -habló finalmente la gerudo con una sonrisa colgada del rostro. La joven suspiró aliviada y vio cómo Urbosa abandonaba el trono para acercarse a ella -obviamente, tu padre no sabrá nada de esto... pero creo que ahora deberíamos salir. Vamos a Naboris... y de paso hablemos un poco.

Un suspiro de cansancio salió de los labios de Zelda al adivinar que el "hablar un poco" se traduce en un "hablemos sobre Link".

-Cada día me da más vergüenza acercarme a él -comenzó a confesar -él ha visto varias cosas que nunca quise que lo hiciera: me ha visto llorando, enfermando, cayéndome del caballo, haciendo berrinche... siento que he vuelto a fracasar.

-No te tortures -la calmó -sé que no es demasiado agradable, y más sabiendo lo que te provoca, lo que sientes cuando está cerca de tí -hizo una pausa mientras ponía las manos sobre sus hombros y la miraba a los ojos -¿no has pensado en darle una oportunidad?

La princesa apretó los labios mientras desviaba la mirada.

-Sí, lo tenía pensado... pero no me atrevo. Me duele admitirlo, pero soy demasiado orgullosa y soy incapaz de rebajar mi orgullo cada vez que estoy con él -confesó mientras bajaba los hombros, abatida.

-Inténtalo. Las cosas irán mejor si lo intentas, ¿vale? -le sonrió con dulzura al verla asentir -esa es mi chica. Y ahora... vamos a Naboris de una vez.

oOoOoOo

Acudió corriendo en cuanto recibió la llamada de la gerudo. Después de haber llegado al desierto, Link simplemente llevó los caballos a la posada y pidió las llaves de las habitaciones. Cuando terminó de dejar todo lo que la princesa había traído, se dedicó a entrenar durante toda la tarde. Le costaba admitirlo, pero cada vez que alguna gerudo le dedicaba una mirada de superioridad, se sentía derrotado. La presión constante empezaba a poder con él, y su cambio de actitud no ayudaba.

Todo era una carga.

Y lo peor era que su único amigo con el que podía hablar libremente y casi a diario, Mathieu, hacía esfuerzos por comprenderlo, pero le era imposible. Era imposible que alguien que no viviera lo mismo que él pudiera empatizar tanto, y mucho menos aconsejarle.

Volviendo a la realidad, se encontraba en uno de los pasillos de la bestia divina, de camino a donde la elegida y la princesa se encontraban. Disminuyó la velocidad cuando al fin llegó y observó el panorama que sus ojos captaban: Zelda dormía apoyada en uno de los hombros de Urbosa, y ésta se encontraba mirando el horizonte.

-Veo que has llegado rápido, tal y como se esperaba de un caballero -bromeó mientras lo miraba por encima de su hombro. Luego acarició una de las mejillas de la joven heredera -la princesa se ha pasado toda la tarde investigando y está hecha polvo -después de eso, lo miró con picardía -cuéntame, Link, ¿te entiendes mejor con ella?

Tal y como se esperaba, el joven no dijo nada.

-Ya veo. Pero no debes presionarla demasiado -continuó, sintiendo la mirada de confusión del elegido sobre su espalda -el mero hecho de ver esa espada que portas la desmoraliza sobremanera. Cree que ha fallado a la familia real de Hyrule. Aunque en realidad no es culpa suya. Lleva mucho tiempo haciendo todo lo cuanto está en sus manos. Ha intentado despertar sus poderes desde que era niña, meditando siempre sin descanso. Le daba igual ponerse enferma o pasar demasiado tiempo en las fuentes. Pero nunca ha servido de nada... Y como necesitaba sentirse útil, comenzó a investigar esas reliquias. Es una chica muy fuerte.

Mientras la gerudo mimaba el rostro de Zelda, Link no podía evitar sentir pena por ella. No sabía todo esto de ella, y se sentía culpable por ello.

-Pero aún así debes protegerla... ¡Sí, tú! -volvió a su tono bromista -empieza a refrescar... será mejor que la despierte.

El rostro del muchacho se tornó curioso al verla pensar y luego sonreír con malicia. Vio cómo chasqueaba los dedos, y luego se asustó al escuchar cómo un rayo cayó en la distancia. El ruido logró su cometido: despertar a la princesa, quién pegó un pequeño salto.

-Urbosa, ¿qué ha sido eso? -preguntó mientras se estabilizaba. En ese momento advirtió la presencia de su escolta -¿tú? ¿Qué haces aquí?

Se sintió perdida en ese instante, para luego escuchar la risa de Urbosa y confundirse aún más. Cuando entendió, se limitó a levantarse del suelo y caminóar hacia la salida, musitando un "¿en qué momento me quedé dormida?"

Cuando ella desapareció de su campo de visión, Link se giró hacia Urbosa.

-Ahora que sé eso, intentaré no presionarla demasiado.