Las lágrimas brotaban de su rostro mientras miraba el techo de su cuarto. Volver a escuchar a alguien hablar sobre ella era como volver a abrir una herida que se esforzó por cerrar.
"Madre, te echo de menos", pensó mientras se le escapaba un sollozo.
La situación en la que se encontraba tenía una explicación: al salir el sol, y aprovechando las pequeñas "vacaciones", se había ido a hablar con Urbosa acerca de varios temas.
En aquel momento, sentadas en la cama del cuarto de la matriarca, la princesa osó mirar a los ojos a la gerudo. En los suyos propios se podía adivinar cierta duda.
-Urbosa... siempre ha habido una pregunta que me causa mucha curiosidad y que seguro que tú conoces la respuesta -vio cómo la aludida arqueaba una ceja, y tras eso decidió continuar -¿cómo... cómo fue mi madre?
Después de formular la pregunta, quedó en silencio, esperando una respuesta por parte de la elegida, quien parecía debatirse entre el responderle o no.
-Bien... tu madre fue una excelente persona, una reina humilde y bondadosa. Era muy cercana al pueblo, siempre escuchaba a todos y en ocasiones iba a los campos y reunía a niños para contarles historias fantásticas. Todo el reino la adoraba.
A medida que la gerudo hablaba, una sonrisa se adueñaba de su cara. Eso hacía pensar a la muchacha que su progenitora fue la mujer más buena que existió.
Le daba una enorme rabia no poder recordarla.
O quizás ella misma no quería.
Sacudió su cabeza en cuanto terminó de recordar lo ocurrido. Aunque tuviera ganas de llorar por ella todo lo que nunca llegó a hacer, se enfocó lo mejor posible por olvidar esto. En su lugar, abrió el cuaderno de investigación y comenzó a leer las páginas de éste. Con el fin de no volver a estar deplorable, se quedó analizando cada palabra, cada frase, cada párrafo de éste.
Como si una luz se estableciera en su cabeza, se desplazó hacia las páginas finales, donde recordaba hacer pequeñas anotaciones o deseos que tenía acerca de sus descubrimientos.
"En cuanto vaya al desierto de las Gerudo, planeo ir a los bazares exteriores a la ciudadela a adquirir unas cuantas posesiones".
Tiró de sus labios hacia arriba en una sonrisa cuanto vio aquel apunte. Para realizar uno de sus experimentos necesitaba tener varios productos de diferentes regiones, y aunque había logrado reunir la mayoría, sólo le faltaban del desierto. Se levantó de la cama, esperanzada de poder olvidarse de sus problemas. En el momento en que sus manos rozaron el pomo de la puerta, la sombra de cierta persona apareció en su mente.
"Es cierto. Probablemente Link esté fuera. Tengo que ser cuidadosa y que no me vea".
Abrió la puerta con suma suavidad, sin apenas hacer ruido. Asomó ligeramente su cabeza por la puerta, y vio al joven de espaldas a ella, dirigiéndose al exterior. Soltó una maldición por lo bajo y esperó a que desapareciera del pasillo. Cuando eso ocurrió, miró hacia todos lados, verificando que estaba sola. Cerró la puerta con la misma delicadeza que antes y comenzó a caminar sigilosamente, atenta al menor ruido. Cuando consiguió llegar al final, respiró un poco aliviada, aunque algo tensa.
Aún no se había librado.
Salió de la posada con los ojos muy abiertos, por si se encontraba con él. Estaba pendiente de no toparse con ningún muchacho de cabellera rubia y ojos y camiseta azules. Tan distraída estaba que casi se choca con la pared de uno de los bazares. Sonrió ligeramente y se dispuso a hablar con la dependienta, quién rápidamente la reconoció.
Cinco minutos después, ya estaba lista tras haber comprado unos libros y unos materiales que escaseaban en su repertorio. Salió con discreción hacia donde estaban los caballos y guardó todo en las alforjas.
"Bien, ya está todo. Ahora voy a investigar un poco acerca de la situación que hay por estas tierras", pensó. Volviendo a verificar que Link no andaba por la zona, salió del lugar.
Menudo error.
Lo primero que escuchó fue el grito de una dama. Alarmada, miró hacia todas las direcciones, pero no encontró a nadie.
-¡Cuidado!
Esta vez supo identificar de quién provenía aquel grito. Una mujer gerudo, la cual tenía un bebé en sus brazos, se hallaba sentada en el suelo. Apenas pudo verla, ya que obligó a sus piernas a correr en cuanto lo vio.
El clan Yiga.
Un miembro de este venía corriendo hacia ella. Bajo su característica máscara con el símbolo de los sheikah invertido, sus ojos brillaban con solo pensar en la idea de aniquilar a la princesa de Hyrule. Éste intensificó la velocidad de la carrera, teniendo como respuesta de la muchacha un grito de terror.
Por su parte, Zelda no sabía hacia dónde corría. Estaba cegada por el deseo de escapar, su corazón golpeaba su pecho con fuerza mientras la adrenalina recorría su cuerpo. Lo único que podía hacer era mirar de vez en cuando hacia atrás para saber cuánta ventaja le llevaba y así saber si debía apretar más el ritmo de la carrera. Para su posible fortuna, divisó una roca donde podría tratar de despistarlo un poco.
Pero no fue posible. Otros dos de los integrantes del clan había aparecido.
"Estoy perdida".
Frenó lo más rápido que pudo para tratar de tomar otra dirección, pero resbaló y su trasero impactó con la arena. El terror la llenaba mientras veía cómo los tres se acercaban lentamente a ella. Uno de ellos levantó el arma, listo para asestarle el golpe de gracia. La joven sólo supo bajar la cabeza y cerrar los ojos, esperando la muerte mientras perdía perdón al mundo por su terquedad.
El golpe nunca llegó. Un sonido de metales chocando invadió los oídos de la princesa, seguido del sonido seco de un cuerpo cayendo al suelo. Abrió con lentitud sus ojos, preparada para encararse a quien le haya salvado su vida.
"¡Link!"
En efecto, el elegido estaba delante de ella, en una pose protectora. La Espada Maestra se encontraba en su mano, fiera, con su característico y ligero brillo sagrado. Ella recorrió toda su figura con la mirada, deteniéndose especialmente en su cara, observando la mirada fiera y amenazante que poseía. El muchacho levantó la Espada, y los enemigos, acobardados, dieron varios pasos atrás, terminando por huir del lugar.
Pese a sus ganas de llorar, se contuvo. Su mente estaba hecha un desastre, su cuerpo temblaba. El susto que pasó fue terrible.
"Nunca más volveré a renunciar a tener escolta".
En cuanto pronunció mentalmente la última palabra, una gran oleada de culpabilidad la atravesó. Los recuerdos de sus malos tratos hacia él se agolparon en su mente, casi ahogándola.
Diosas, lo había tratado tan mal... y el siguió allí, a su lado, aguantando y tragando cada mala palabra, mal gesto, mala mirada... Él nunca tuvo la culpa. Su odio fue totalmente injustificado.
Mañana le pediría perdón, pero esta vez sin echarse atrás. Estaba tan mal que su orgullo no era capaz de impedírselo.
-Princesa... -escuchó la voz del joven. Salió rápidamente de sus pensamientos y vio la mano del espadachín abierta, en su dirección. Ella la tomó, y sintió cómo él la ayudaba a levantarse. Se limpió el trasero de arenas -¿se encuentra bien?
-Sí, gracias -susurró, con el corazón más calmado. Retomaron sus pasos hacia la posada, con el silencio volviendo a ser el principal compañero. Zelda se abrazó a sí misma, tratando de olvidar el susto.
Durante el resto del día no salió de su habitación. Se pasó parte de la noche despierta, mirando el techo mientras le daba vueltas al asunto. No era fácil olvidarlo, debía buscar un momento para hablar con él y aclararlo todo, sin reservas, sin cortarse. Tenía que hacerlo para sentirse mejor, comenzar a liberarse de aquella carga causada por la culpabilidad.
oOoOoOo
-¿Vamos? -le preguntó. Link simplemente asintió y se posicionó detrás de ella para seguirla y cumplir con sus deberes como escolta. Se prometió no quitarle el ojo de encima a partir de éste momento, ya que un despiste casi le cuesta la vida a la princesa.
Ahora no sabía a dónde se dirigían. Simplemente accedió cuando Zelda le preguntó si lo escoltaba mientras ella salía. Se sentía extrañamente satisfecho de que ella lo viniera a buscar, aunque rápidamente se olvidó de ello.
Estuvieron caminando durante bastante tiempo. La princesa miraba la piedra sheikah, fingiendo estar absorta en algo relacionado con la misma, pero la realidad era que estaba nerviosa. Estaba arrepentida, sí, ¿pero por qué le tenía que dar tantas vueltas? Eso sólo conseguía ponerla peor.
-Eeeh, Link -llamó al muchacho -necesito hablar contigo acerca de un tema importante. Sentémonos ahí.
Señaló una roca que había sufrido los efectos de la erosión, y por ello se había transformado en una especie de cueva de poco fondo. Se sentaron en el suelo, mirándose a los ojos fijamente. Ella tragó saliva, tratando de aliviar el nudo en su garganta.
-Yo... lo primero que tengo que decirte es que te agradezco enormemente que me hayas salvado la vida. Siento que mis palabras son poco para demostrarte mi gratitud -comenzó.
-No tiene nada que agradecer. Es mi deber.
Por alguna extraña razón, eso le dolió a la muchacha. "Es mi deber" era algo que llevaba toda la vida escuchando y que le desagradaba.
Es mi deber aguantar cada uno de sus gestos, desprecios, malos tratos...
Se imaginó aquellas palabras. Probablemente él tenía esa impresión acerca de ella, y eso la mantenía con curiosidad. ¿Qué pensaría el héroe elegido por la espada destructora del Mal de la princesa hyliana que es incapaz de despertar su poder?
-No... fue mi culpa que te haya estado evadiendo. Mi irresponsabilidad casi me cuesta la vida, y eso nos lleva al siguiente punto... -tomó aire, sintiendo la mirada medio sorprendida de su escolta sobre ella -quisiera disculparme por mi comportamiento hacia ti. Nunca tuviste la culpa de nada, y yo te usé como objeto de desahogo. Te traté fatal, te desprecié, te grité y tú seguiste a mi lado. Es increíble que haya tenido que llegar a esta situación para al fin disculparme.
-No pasa nada, princesa -le respondió con una pequeña sonrisa amarga. La muchacha negó.
-No. Si no me quieres perdonar, estás en todo tu derecho. No me digas eso sólo por ser tu superior. Te traté mal, estoy muy arrepentida -replicó, agachando la cabeza.
-No importa, en serio. No soy para nada rencoroso, y estoy dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva. Agradezco sus intenciones -le volvió a dedicar una sonrisa, sólo que esta vez sincera. Zelda suspiró aliviada.
-Bueno... ahora que hemos aclarado las cosas... podríamos intentar llevarnos un poco mejor -el asentimiento de parte del muchacho fue lo que le hizo pasar a la siguiente fase -bueno, si vamos a intentar ser amigos, quisiera pedirte que me tutees.
El semblante de Link palideció ligeramente.
-¡No! O sea... disculpe mi tono... pero no puedo permitir semejante ofensa hacia su alteza real -protestó, ganándose una mala mirada por parte de ella.
-Link, si vamos a tratar de ser más cercanos, no quiero que uses formalismos. Es que... me siento incómoda cuando me recuerdan quién soy. Por favor... aunque sea cuando nadie nos vea, cuando estemos solos... -pidió. Casi puso ojos de cachorro, pero se contuvo. Leyó la duda en los ojos de su escolta, que fueron cerrados para dejar escapar un suspiro.
-Está bien. Lo intentaré... Zelda.
La aludida sonrió.
-Gracias -después de eso, pidió permiso con la mirada para sentarse un poco más cerca de él. El espadachín simplemente asintió -oye... ¿qué tal si aprovechamos la tarde para conocernos un poco mejor?
-Vale...
Intentaron hacer todo lo posible por crear un ambiente cómodo entre ellos. Se sorprendieron al notar que minutos después ya estaban hablando como si nada, como si fueran amigos de toda la vida. Lejos de sentirse incómodos, les gustó. Link tuvo varias equivocaciones en cuanto a las formas, puesto que le cuesta un poco el cambio. Zelda aprovechó para indagar acerca de sus gustos, y de paso también contarle un poco acerca de su pasado.
Hasta que salió una pregunta que le intrigaba demasiado.
-¿Por qué eres tan callado?
Ésta había salido sin permiso de sus labios, y rápidamente se mordió el interior de la mejilla. No se conocían demasiado, y quizás meterse en un tema tan privado era lo más incorrecto. Estaba a punto de decirle que no tenía la obligación de contestar, pero él se le adelantó:
-Bueno... es un poco complicado para mí porque nunca lo había hablado con nadie, pero lo voy a intentar -hizo una breve pausa en la que trató de ordenar sus ideas, para luego proseguir mientras sentía la expectante mirada de la joven -desde siempre, he sido alguien que ha destacado en el arte de la espada. Quizás eso me ha conducido a portar la Espada Maestra, y de paso convertirme en elegido. Pero desde que me volví parte de todo esto, siento que la gente deposita todas las esperanzas en mí. Las miradas, los gestos... de alguna forma consiguen acobardarme y ponerme un desagradable peso sobre mis hombros. Y tengo miedo de decepcionarlos. Quizás eso es lo que me haya conducido a reprimirme, a aparentar ser un chico "perfecto" y centrado en su labor como héroe.
Cuando el silencio cayó sobre ellos, el joven miró a su compañera, quién tenía la cabeza gacha. No se iba a engañar, le había sentado bien desahogarse, pero por otra parte tenía un poco de miedo porque no sabía la nueva opinión que ella tenía sobre él.
Por su parte, Zelda, quien pensó que la oleada de culpabilidad había desaparecido, se equivocó. La conocida sensación volvió a entrar en su pecho. Lo primero que sintió fue la empatía, la identificación. Ella se sentía igual, presionada, empujada a cumplir con su cometido, con un destino que nunca eligió. No era la primera vez que pensaba que se ahogaría con todo lo que le caía.
Porque en el fondo no era feliz.
Y por otra parte le venía la famosísima culpabilidad. Ella también cayó en la mentira, ella no supo ver más allá de aquella "máscara" de perfección. Creyó que su vida era perfecta, que todo le iba bien, que no sufría como ella.
Qué equivocada estaba.
Cuando se dieron cuenta, ya estaba oscureciendo. Aceleraron el paso hacia la posada, hasta por fin llegar a sus respectivas habitaciones. Esta vez se miraron, y con una sonrisa se dieron las buenas noches antes de retirarse a dormir. Quizás Zelda aún no lo admita abiertamente, pero le gusta hablar con Link. Quizás en un futuro consiga hablarle abiertamente de sus miedos y preocupaciones.
Presentía que era el comienzo de algo bueno.
