Cuando por fin llegaron de vuelta al castillo, una sonrisa se adueñó del rostro de los jóvenes. Sus caballos habían estado trotando incansablemente durante el viaje de vuelta, y quizás el constante movimiento era un gran causante de su cansancio.

Por primera vez desde hace mucho, la princesa se sintió bien al franquear la puerta principal de su hogar. Se creía una persona nueva, buena, bondadosa. Quizás limar asperezas con Link le ayudó bastante.

El trayecto de vuelta había sido más ameno, más tranquilo, y sobre todo, más divertido. La tensión y el silencio, habituales compañeros de viaje de ambos, pareció haber desaparecido. En su lugar, las voces de ambos se convirtieron en uno de los varios acompañantes del momento. Hablaron de todo, del castillo, de los exteriores, la situación de las distintas regiones, de Rhoam, del Cataclismo... aunque éste último lo tocaron muy superficialmente, sin entrar en detalles que les causen dolor.

Ambos se habían sonreído con complicidad, aliviados de que ahora se entiendan. Nunca se habían sentido inconscientemente tan a gusto, aunque dejaron este detalle a un lado, quitándole importancia. Seguramente era una confusión.

Para su sorpresa, el rey no estaba recibiéndolos como era habitual. En su lugar, el silencio impactó en ambos, dándole una pequeña sensación de vacío en su interior. Seguramente él estaba en su cuarto de gestiones, por lo que ella solicitó a uno de los guardias anunciarle a su progenitor que ya había vuelto.

—Princesa —la grave voz de uno de los consejeros rompió el silencio y la calma presentes en el lugar —Su Majestad me ha pedido que le anuncie que dentro de cinco meses vendrá la Familia Real de Erender. El príncipe Demin está deseoso de volver a verla.

Ella simplemente asintió. Demin siempre fue uno de los príncipes con los que mejor se llevó, aunque quizás se haya distanciado de él por el repentino interés de su familia en los chicos. Prácticamente los seguían, o pedían a los sheikah saber todo acerca de lo que hablaban. Ambos se solían reunir en lugares privados donde las técnicas de espionaje no fueran posibles.

Les incomodaba mucho, en especial a ella. Detestaba a la reina, a aquella mujerzuela que desprendía lujo por cada poro de su piel, y que parecía esmerarse a la hora de demostrar su poder. Sus tratos y mirada hacia los soldados del castillo era de "míralos, menudos pobres", y eso hacía que ella deseara encararse y decirle a a mujer "ellos serán pobres, pero al menos no dan vergüenza ajena". Y por mucho que quisiera, no podía hacerlo.

Mejor dicho, no debía. El estúpido protocolo real salvaba a aquella vieja de ser literalmente derrotada en una batalla verbal.

Pero volviendo a la realidad, el hombre se retiró se allí, dejando a los jóvenes solos. Ambos de dirigieron una corta mirada.

—Vamos a mi cuarto. Allí estaremos más cómodos hablando.

Link se quedó de piedra. Sus ojos se abrieron abruptamente. Miró a la joven con notoria sorpresa, y ésta le dirigió una mirada indiferente.

—Pero... —protestó. Estaba a punto de tutearla en voz alta, así que sólo se acercó un poco más a ella y comenzó a susurrar —¿eres consciente de que no puedo estar allí?

—Sí que puedes —lo contradijo, cruzándose de hombros —mi cuarto, mis reglas. Y si a Padre se le ocurre presentarse, te escondo en algún lado.

Esa última ocurrencia terminó por sacarle una sonrisa a su escolta. Aliviada de saber que ahora era capaz de corromper su semblante indiferente, ella musitó un "vamos", y comenzaron a caminar.

No lo sabían, pero Mathieu los había encontrado. Mejor dicho, vio a Link, y casi corre a abrazarlo, pero encontró a la princesa allí, con él. Estaban hablando en un tono no tan alto, y el proceso de leer labios le costaba demasiado. Sólo entendía palabras sueltas.

Y al ver una sonrisa aparecer en la cara de su amigo, se sorprendió. No sabía cuánto pasó desde la última vez que pudo ver una sonrisa totalmente genuina. Las sirvientas quizás a veces se pasaban a la hora de cuchichear, y por lo que tenía entendido, la princesa y su escolta no se llevaban bien. Pero ahora ve esto.

"¿Qué diablos pasa?", pensó antes de marcharse. Ellos ya se retiraban. ¿Qué sentido tenía estar ahí?

oOoOoOo

Durante el trayecto de ida, ambos se pusieron a hablar de nuevo, su nuevo pasatiempo favorito a la hora de recorrer algo juntos. Simplemente contaban muy por encima un poco acerca de sus amistades.

—Eres bastante solitario —osó susurrar ella al enterarse de que Mathieu era la única persona con la que el espadachín mantenía una reacción cordial -la muchacha aún no podía considerarse eso-. Se ganó un encogimiento de hombros de parte del contrario.

—¿Qué más da? Si son de verdad, por mí perfecto.

Una voz conocida los sorprendió.

—... ya debería estar a punto de llegar. Esperémosla.

Ante aquello, la joven puso su brazo delante de su escolta, impidiendo que avanzara. ¿Esa voz era la de Rhoam?

—Haré todo lo que pueda para saber en qué falla su hija —habló otra voz un poco más joven. No entendían qué estaba pasando aquí, por lo que decidieron hacer acto de presencia. El monarca les sonrió bajo su barba, y los ojos de ambos impactaron con unos negros que le causaron un escalofrío. La mujer, en cuya cara ya se adivinaban ciertas arrugas que hacían revelar que ya estaba entrando en años, les dedicó una mirada indiferente —oh... ¿es usted la princesa Zelda? Soy Lussie... su nueva mentora.

La aludida casi retrocede. Le dedicó una breve y asesina mirada a su padre. ¿En qué demonios pensaba? ¿Creía que traer a esta desconocida haría que las cosas mejoraran?

Si fuera Impa o Prunia, lo aceptaría. Pero ella...

—Un placer —terminó teniendo que aceptar las locas y desesperadas medidas del rey, y como el protocolo real indicaba, le tendió la mano para que ella se la estrechara. La señora desvió su mirada hacia Link, evaluándolo con la mirada fija, y después de anotar algo en una libreta que traía consigo, lo saludó.

—Bueno, voy a hacerle una pequeña visita guiada por todo el castillo a Lussie. Sí nos disculpan... —con un pequeño gesto, los mayores se despidieron, dejando a una Zelda pensativa parada en medio de los pasillos del castillo.

Suspiró con pesadez y retomó el camino hacia su cuarto con Link detrás. Preocupado, osó poner una mano encima del hombro de ella y ésta lo miró, comprendiendo las intenciones del contacto.

—Vamos a dar un paseo y te lo explico. Necesito... aclarar mis ideas —sin esperar demasiado, apretó el paso en dirección contraria, camino a la salida. Contrariado, Link siguió sus pasos detrás de ella, saliendo por la puerta principal hacia uno de los jardines exteriores privados a los que sólo ella y su familia tenían acceso.

El lugar era hermoso. Grande, espacioso, con multitud de flores de todos los aromas y colores. El verde de la hierba contrastaba con el azul del cielo y de las fuentes desperdigadas por el espacio.

Era una maravilla para la vista.

—Bueno... —logró llamar la atención del elegido —a este jardín solía venir a jugar a menudo cuando era pequeña... antes de enterarme de mi misión.

Había hablado con un cierto tono de nostalgia, mientras que se había agachado para acariciar la hierba con la punta de sus dedos, como si esto tuviera algún poder que le hiciera rememorar los tiempos pasados.

—Siempre me acordaré de este sitio. Es muy especial para mí. Era como un refugio donde podía liberarme de las capas, de los adornos reales. Donde podía arrojar a cualquier lado esa "máscara" de "princesa de Hyrule" y reír, gritar, llorar, tropezar, caerme... aquí podía ser libre. Ser yo, Zelda. Una mujer más con sentimientos -hizo una pausa, para luego mirarlo con una sonrisa triste —a veces ignoramos demasiado. Nos encanta juzgar y suponer cosas que pueden ser todo lo contrario. Me pasó contigo, y ahora... míranos. Lo bueno es que hemos aprendido de nuestros errores.

El chico asintió, ayudando a la princesa a levantarse. Se dedicaron una pequeña sonrisita, para luego seguir con lo suyo. Continuaron avanzando, sin rumbo fijo, pendientes de lo que el otro decía o hacía.

—Imagino que ya sabrás sobre la muerte de mi madre —prosiguió, escuchando a su acompañante musitar un "sí" —desde que nos abandonó, sentí mi mundo romperse. Había perdido a uno de mis pilares vitales, a mi mentora, a la persona con la que compartí tantos cariños, risas, abrazos... El día de su funeral retuve con todas mis fuerzas mis ganas de llorar. Por mucho que me quemara, tenía que ser fuerte, asumir mi papel en todo sin importar lo que costara. Rezaba sin descanso... en parte para hacerla sentirse orgullosa de mí... de una hija tan aplicada, tan constante. Pero nada está resultando como parece. Me siento un fraude para todo el mundo. Porque quiero lograrlo, necesito demostrarle al mundo mis esfuerzos... pese a todo, no lo logro. Luego está la investigación, algo que me hace sentir bien, inteligente, completa... útil. Aún así, irónicamente también me siento inútil por el hecho de que no estoy haciendo lo que debería. No estoy en las fuentes. Mi vida es un caos... y siento que la llegada de esta mujer es una pérdida estúpida del tiempo. ¿Qué pretende? ¿Vigilarme y estudiarme como si fuera un experimento?

Después de haberse liberado por completo, se mordió con suavidad el interior de su mejilla. Creía que había hablado demasiado. Pese a ello, le era imposible negar el hecho de que ahora se sentía libre de un peso que la persiguió durante años.

—No te sientas mal. Necesitabas desahogarte. Te lo guardaste durante años —la consoló Link, casi leyéndolo la mente. Agachó la cabeza, mientras dejaba escapar un suspiro —yo nací en una familia de caballeros. Mi padre, desde que era muy pequeño, me inculcó la necesidad de que siga sus pasos, de que me convierta en caballero... esta era mi única opción. Aunque poseyera un don innato, me sometí a entrenamientos muy duros para llegar a lo más alto. Sí... quizás me haya pasado —hizo una pequeña pausa y sonrió con pesar —ambos perdimos a nuestra figura materna, lo que pasa es que yo nunca la conocí. Murió durante el parto...

Los ojos del joven se cerraron, mientras soportaba las ganas de llorar. El dolor del vacío en el lugar donde debería estar aquella mujer en su memoria se hacía cada vez más fuerte. Con un hilo de voz, comenzó a relatar lo que su progenitor, en un día lluvioso mientras miraban por la ventana de su cuarto le contó:

Era un hermoso día soleado en la ciudadela de Hyrule. Los habitantes del reino se topaban haciendo cada uno lo suyo, alejados de lo que ocurría en cierta casa, donde una rubia mujer de cabello recogido se hallaba pálida y sudada, mientras sus manos acariciaban con suavidad su abultado vientre. Las contracciones eran cada vez más frecuentes, y todo eso parecía indicar una cosa.

—Cariño, se me ha adelantado el parto —anunció ella a su esposo cuando él hizo acto de presencia al haber escuchado los lamentos, jadeos y quejidos de la mujer. El hombre, sorprendido, ayudó a que ésta se sentara, y corrió apresuradamente a la clínica más cercana, exigiendo una partera. Rápidamente le asignaron a una junto a dos asistentas, y echaron a correr con prisas a la vivienda del guerrero. Cuando al fin llegaron, le pidieron que él se quedara fuera. El hombre estaba nervioso, caminaba de un lugar a otro, teniendo de fondo los gritos ahogados de la mujer que amaba.

Hasta que éstos cesaron y se escuchó un llanto. Los ojos del nuevo padre se llenaron de lágrimas al escuchar los sonidos que evidenciaban que la criatura había nacido.

—¡Señora! ¡Señora!

De nuevo, otros gritos, pero estos lograron hacer que una lágrima silenciosa descienda por el rostro de él, quién, desesperado, no podía hacer nada más que aguardar a que ellas le dijeron algo. Levantó la vista y vio a una de las asistentas salir de la habitación. La cara que traía no auguraba nada bueno.

—Lo lamento... el niño está bien, pero su mujer... —susurró con pesar. Sin soportarlo, él cruzó la puerta, y con las lágrimas corriendo incesantemente, acarició la pálida y congelada mejilla de aquella mujer a la que juró amor eterno. Depositó un suave beso en su frente, para después enterrar la cara en el pecho de su esposa y vaciarse, llorar por su muerte.

Cuando Link había terminado su relato, desvió un poco la cabeza, tratando de llorar en silencio. Zelda, profundamente conmovida por la historia, lo miró con sus ojos ligeramente aguados.

—Después de esto —continuó —mi padre decidió que nos mudábamos. Quería alejarse de la casa, de aquel nido de amor. Nos fuimos a Hatelia y empezamos una nueva vida. Aunque le costó, hizo todo lo posible por criarme lo mejor posible. Incluso se juntó con otra mujer para proporcionarme algo parecido al amor de una madre, y hasta tuvieron una hija... pero la mujer lo dejó. Pese a todas las desgracias, se esforzó por convertirme en lo que hoy en día soy. Le estoy eternamente agradecido...

Un sollozo escapó de su boca cuando logró terminar de desahogarse. Sin poder evitarlo estaba ya llorando, y la princesa pasó una mano por su hombro. Eso reconfortó ligeramente al elegido, quién aguantó lo máximo que pudo y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Sólo llevamos uno o dos días de llevarnos bien y ya nos estamos contando nuestros temores más íntimos. Es... extraño porque siento que te conozco de toda la vida —confesó finalmente, ganándose una sorprendida pero a la vez aliviada mirada de parte de Zelda.

—Me ocurre lo mismo. Es raro... pero a la vez agradable —correspondió. Una pequeña sonrisa volvió a adornar su rostro con la ocurrencia —quiero conocerte lo máximo posible. Quiero descubrir qué escondes. Quiero ser tu apoyo en los momentos difíciles. Quiero que estas semanas nos dediquemos a conocernos lo máximo posible. ¿Te parece?

Link solamente asintió, dedicándole una mirada algo cariñosa a su nueva futura amiga.