Dos semanas después...
Cuando al fin logró librarse de aquella señora y franquear la puerta de su cuarto, Zelda consiguió respirar aliviada. Odiaba tener que ver su arrugado rostro todos los días, junto con aquella mirada que se clavaba con frialdad en su espalda y controlaba cada paso, cada palabra que ella decía. Se dedicaba durante varias horas a controlarla con intensidad, observar fijamente su rostro para saber qué le hacía sentir cada cosa, cada palabra que se dirigiera a ella o a cualquiera.
Con rabia, recordó la conversación que mantuvieron antes de dar por finalizada la sesión de hoy. "Quiero verte aquí a las seis de la tarde. Tú y yo tenemos que hablar", le había dicho, ganándose un agotado asentimiento por parte de la más joven. Caminó con calma hacia su cama, tumbándose, relajando su cuerpo al notar cómo su cuerpo chocaba con el blando colchón. Tomó la piedra sheikah y comenzó a revisar las fotos que ella había tomado.
Sonrió con dulzura al ver una de esas fotos. En ella aparecía una flor, en concreto la famosa y casi extinta "Princesa de la Calma". Su vista se volvió a deleitar al ver la belleza de sus blancos pétalos adornados con un tono azulado. Eran tan semejantes que casi podía notar los "gritos de auxilio" de esta cuando los sheikah trataban de plantarla artificialmente.
"Me pregunto si se sentirá igual que yo cuando es obligada a crecer. Ambas... a ambas nos lo hacen por nuestro bien", pensó mientras acariciaba la pantalla, creyendo que estaba tocando sus delicados pétalos y aspirando su hechizante aroma.
A sabiendas de que no podía estar todo el día sin hacer nada, se aproximó a su escritorio y comenzó a escribir en su diario, y de paso ponerse a reflexionar acerca de los últimos acontecimientos:
Estas dos semanas han sido muy extrañas, aunque a la vez muy intensas. La señora se ha pegado como una lapa a mí y casi ni me deja respirar. Paso más tiempo de lo normal en las fuentes, arrugando mi piel al estar en un constante estado de humedad. Mi agobio y estrés parecieron haber incrementado, y soy precisamente consciente de que no me hacen bien. Pensé en hablarlo con Padre, mas no tuve el valor de golpear la puerta de su cuarto.
En lo que se refiere a Link y a mí... aún no soy capaz de admitirlo abiertamente, pero en lo poco que llevamos hablando ya casi lo puedo considerar mi mejor amigo. Pero... yo nunca tuve uno, y creo estar hablando desde la ignorancia al sacar esas conclusiones posiblemente precipitadas. Aún así, todos tenemos una primera vez en algo, y yo claramente no soy la excepción.
En fin, que para resumirlo hemos hablado muchísimo desde que nos abrimos con respecto a nuestro pasado. Ambos nos hemos sentido lo suficientemente confiados como para comenzar a hablar de nuestros temores más íntimos. Una parte de mí (no sé Link) se siente ligeramente culpable de estar alcanzando un grado de intimidad que empezaba a superar al que tenía con mi padre.
¡¡No a cualquiera, a mi padre!!
Pero bueno, el caso es que en el fondo no me arrepiento de esto, y me siento aliviada de poder soltarme y encontrar un gran apoyo. Creo que esto era lo que necesitaba. Porque desde que él entró a mi vida, puedo sonreír más... ¡y él también! A menudo lo veo por los pasillos con su expresión vacía, y cuando nos encontrábamos su mirada se dulcificaba y me dedicaba una pequeña sonrisa, o incluso un pequeño "hola" si no había nadie alrededor. Me siento mejor conmigo misma, y a la vez poderosa al ver que tenía la capacidad de cambiarle el semblante sólo con mi presencia. Y lo demás... todo sigue igual.
Para mi desgracia.
En el momento en el que redactó las últimas palabras, paró súbitamente, para luego levantarse y tratar de deshacerse de las molestas sensaciones que la comenzaban a llenar. No, no... era su rato libre.
—Estoy obsesionada con el Cataclismo —confesó al aire mientras en su rostro se formaba una triste sonrisa. Era la realidad, la triste realidad.
¿Pero qué podría esperarse? Absolutamente todo le lleva a pensar en eso. Además, ella no era la culpable de tener que ver cómo todo el mundo la juzgaba, la criticaba a sus espaldas. Tampoco lo era al tener que soportar las broncas de su padre, en las cuáles le suplicaba por disciplina y constancia.
Tampoco lo era al ver cómo la "montaña" de intentos fallidos aumentaba.
"Mira, Zelda, si vas a tratar de ser feliz, olvídate del asunto momentáneamente y disfruta de los buenos momentos en vez de lamentarte", le recriminó su cabeza. Y como su lado maduro tenía razón, no le quedaba más remedio que hacerle caso.
Por su bien. Una frase demasiado familiar...
—No, no, no... ¡Deja de atormentarme! —le dijo a su cerebro, dándole un pequeño golpe con el dedo índice. Al final optó por sentarse y revisar todo lo que llevaba escrito en el cuaderno. De alguna forma necesitaba hacer pasar el tiempo hasta que sea la hora de encontrarse con la señora y así poder relajarse en lo que quedaba de día.
—Qué bonito relato. Ahora te pasas los días con la princesa. Sólo os falta ir de la manita por los pasillos del castillo —protestó Mathieu con evidente ironía en su tono después de que su amigo le haya explicado el porqué de su "desaparición". Link rodó los ojos mientras trataba de no sonreír.
No se lo iba a poner tan fácil.
—No es mi culpa de que me haya vuelto cercano a ella. De alguna forma somos capaces de entendernos bien... quizás es el hecho de compartir destino —explicó con aire pensativo. El rostro de su amigo se tornó fingidamente asqueado por aquel monólogo.
—No tengo ganas de escuchar tus llantos de amor hacia ella. ¿Acaso no ves que estoy ofendido por semejante abandono? —protestó, llevándose una mano al pecho dramáticamente mientras hacía un puchero —Ahora parezco un perro. ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
No lo pudo soportar más. Link dejó escapar una pequeña carcajada por culpa de las ocurrencias del contrario y negó con la cabeza, como dándolo por perdido. Ambos se dispusieron a caminar hacia el campo de entrenamiento para que Mathieu siguiera con su rutina de caballero. Antes de llegar al lugar, el elegido dio un codazo discreto a su compañero, logrando tener su atención de nuevo.
—Me tengo que ir a escoltar a la princesa a su reunión con su mentora. Nos vemos... cuando podamos —se despidió. Al aludido no le quedó más remedio que asentir, despidiéndose de él con un abrazo y volviendo a separar sus caminos.
"Creo que estoy haciendo mal", pensó. "Estoy dejando a un viejo amigo un poco de lado sólo por una muchacha con la que he compartido secretos en menos de dos semanas. ¡¿Pero por qué?!"
Aunque esa pregunta lo atormentara día y noche, sabía la respuesta. Perdió la cuenta de las veces que se lo dijo al joven con quien compartió tanto: ¿qué iba a entender cuando ambos se miraban desde diferente "altitud"? Por mucho que se expresara, había una brecha entre contarlo y experimentarlo.
¿Quién le diría que salvar un reino de una catástrofe era tan difícil? Si lo lograba, sería una figura admirada por todo el mundo, pero detrás, escondida y traicionera como siempre, estaba la realidad.
"Ahí está Zelda. Acepta que te sientes mejor con ella y las cosas irán mejor", le aconsejó su lado racional en cuanto la figura femenina apareció en su campo de visión. Ambos se sonrieron para saludarse, hábito que estaban empezando a adquirir.
—Gracias por acompañarme. No quería que mis absurdos pensamientos me atormentaran por el camino —confesó, desviando al mirada mientras giraba sobre sus talones para comenzar a andar. Con semblante preocupado, Link la siguió. De alguna forma, lo que ella había dicho logró esfumar su guerra interior de un plumazo. Suspiró.
—¿Otra vez? —preguntó con suma cautela. La joven, al escuchar esto, no le quedó más remedio que asentir. Por supuesto, lo habían hablado en el jardín privado, su lugar habitual de encuentros a espaldas de prácticamente todo el reino. ¿Pero qué le iban a decir realmente? ¿Que no está bien estar con su escolta? Ni siquiera saben que son amigos, y ahora que habían logrado que la princesa no le huyera, no lo iban a estropear.
—Sí —terminó confesando —es un pensamiento constante en mi cabeza que no puedo lograr sacarme... ¿Tú crees que estoy muy obsesionada con eso?
—Puede... si soy sincero, sí me lo parece. Pero no te puedo culpar de algo que te persigue durante años. Lo más probable es que hayas desarrollado algún tipo de dependencia a ello, o a todo lo que tenga que ver con el hecho de cumplir con lo "políticamente correcto". Desde que te enteraste de tu destino, creo que has empezado a obsesionarte con contentar a los demás a raíz de la opinión de la gente... la cual al parecer te afecta mucho —explicó. Y había dado en el clavo en ciertos puntos, cosa que sorprendió y alivió a su superior. ¿Quién le hubiera dicho hace varios años que se encontraría con él? De saberlo, posiblemente hubiera corrido a buscarlo.
—Sí, la opinión pública me afecta demasiado. Pero... por las Diosas, ¡todo el maldito reino piensa mal de mí! ¡Tengo que soportar críticas constantes! ¿No crees que eso te hace más débil con el tiempo? —preguntó, con evidente agobio en su dulce voz. La cara del elegido, la cuál se mantenía indiferente por lugares concurridos, no pudo evitar modificarse en una mueca arrepentida. Simplemente musitó un "perdón", que fue fácilmente captado por ella. Iba a decirle que no pasaba nada, que no tenía la culpa, pero fue interrumpida por una autoritaria voz a sus espaldas.
—Llega un minuto tarde.
Ambos dieron un pequeño salto y aterrizaron en la realidad. Habían estado tan "en su mundo", que ignoraron el tiempo por completo.
"¿Se enfada por un minuto de nada? Esto ya es un mal comienzo", pensó, ligeramente molesta por la obsesión que está señora tenía con la puntualidad. Pese a ello, trató de calmarse y entró al cuarto, cuya puerta estaba entreabierta. Antes de que la señora cerrara la puerta, le susurró de manera sorda a Link un "¿podrías esperarme?", y al verlo asentir (pese a que le había costado un poco leerle los labios), terminó por cerrar la puerta por completo.
Cuando se giró, su vista viajó por todo el espacio. Simple y sencillamente era salita decorada de manera refinada, con muebles y paredes de motivos florales y un gran ventanal que permitía pasar la luz del día. Lussie señaló con severidad el pequeño asiento que tenía enfrente del suyo, haciendo que la muchacha se acercara a él y se sentara con elegancia, tal y como su padre le había enseñado.
—Bien —comenzó ella, mirando sus apuntes y acomodando sus gafas —como usted probablemente sepa, he estado estudiándola durante dos semanas. Aunque le haya parecido mal, espero que entienda que era necesario. Mi cometido era tratar de estudiar su psicología para así poder saber qué cosas podrían ayudarla a despertar el poder sagrado que yace dormido en usted. Aunque... todo lo que he visto ha sido suficiente para concluir en que, y según su padre me ha comentado, se ve más contenta que hace una semana, pero se deprime con bastante facilidad.
Tras haber dicho esto, la mujer aclaró su garganta, y mientras tanto Zelda rogaba a las Diosas porque no haga preguntas incómodas.
—El punto —prosiguió —es que me gustaría descubrir qué es eso que la hace sonreír. Si conseguimos que ese estímulo esté presente de manera más constante en su vida, podríamos lograr que sus ratos de sentirse deprimida disminuyan, y quizás eso ayude mucho. Es fácil saber que un estado depresivo no ayuda en nada, sólo la destruye cada vez más. ¿Podría comentarme qué es eso... que le motiva a seguir adelante todos los días?
A ver... ¿cómo diablos le iba a explicar que el estímulo era un hyliano, de nombre Link, que era su escolta personal? El protocolo dictaba que sólo dos personas del mismo rango podían mantener una amistad.
Pues sí, decirle eso era atentar contra algo muy importante dentro de su familia. Y muy probablemente cambiarían a Link por alguno de esos guardias de pacotilla a los que les tiembla el pulso cuando hay peligro, impidiendo que ambos jóvenes se pudieran volver a ver.
"Odio la palabra protocolo".
—Bueno... —comenzó a explicarse después de un tenso silencio que duró varios minutos. No podía mostrarse nerviosa, debía ser fuerte. Si iba a mentir, aunque fuera a medias, no podía ser transparente —lo cierto es que mis condiciones no me permitieron explorar un amplio abanico de pasiones, pero una de las más grandes que poseo es la investigación. Me encanta reunirme con Prunia y comenzar a trabajar con artefactos ancestrales que se descubrieron recientemente. Pero Padre cada vez se muestra más cansado de verme así y no rezando.
—Entiendo... —musitó la mayor mientras tomaba nota sobre lo que le iba diciendo. Tras unos segundos de reflexión, miró a la menor con el ceño fruncido —no me cuadra. Usted dice eso, pero la realidad es que pasa mucho tiempo en los jardines privados. ¿Acaso se ve a escondidas con alguien?
Ante su última ocurrencia, el cuerpo de Zelda se tensó de manera imperceptible. Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras el color amenazaba con adornar su cara. Para su fortuna, supo mantener la compostura, aunque eso no ayudaba a solucionar el problema.
En sí, era una verdad a medias. No era totalmente secreta la cosa, ya que todo el mundo sabe quién es su escolta. Y sí, se veían a espaldas del reino, pero no para lo que Lussie insinuaba.
Ella no tenía ningún amante.
—No, para nada. Sólo... ese jardín es un lugar muy especial para mí. Me siento bien cuando estoy allí, nada más —explicó, posando su mano en el pecho para dar más credibilidad al asunto. Cayendo en sus mentiras, los fríos ojos de su contraria viajaron de la hyliana a su cuaderno, resumiendo brevemente lo que acababan de hablar.
—Bueno... sólo me falta una pequeña pregunta... ¿Cree que su escolta personal influye en todo esto?
"Diablos".
—¿Quién, Link? —preguntó, tratando de hacerse la desentendida. Al ver cómo ella le seguía el juego de manera inocente, se alivió un poco —no, creo que no me afecta en nada. Me es totalmente indiferente.
Su tono de voz había sonado bastante convincente, pero no se fiaba. Seguro que su mentora era mucho más lista de lo que pensaba y hacía como que la creía, pero luego se dedicaría a espiarla con mayor intensidad. Evaluó sus gestos, sus movimientos, su tono. Revirtió los "papeles" de analizadora y analizada por un momento, al final comprobando con alivio que sólo era una ilusión creada por el pánico a ser descubierta.
—No necesito saber más por hoy. Puede retirarse cuando quiera —anunció al fin, ganándose un casi inaudible suspiro de alivio por parte de Zelda, quién rápidamente relajó su postura y salió de la salita. Antes de poder salir totalmente, escuchó la voz de Lussie —¡Es cierto! Antes de que se retire, su padre me ha pedido que le anuncie que la visita real ha sido adelantada por petición del propio príncipe. Probablemente vengan en tres meses.
En cuanto la noticia fue procesada por la joven, su ceño se frunció. Cerró la puerta de la sala con expresión pensativa. No era normal que el joven hiciera eso. Solía ser un chico algo reservado, que siempre hacía caso a sus progenitores. Nunca había hecho semejante cosa por nadie, y seguramente los reyes se habrían sorprendido gratamente.
"Esto me da mala espina", pensó mientras iba de camino a su cuarto. No pasaron ni dos segundos desde que inició la marcha cuando sintió un carraspeo. Sus ojos se toparon con el frío color azul de los de Link. Él sonrió ampliamente.
—Bien mentido, Zeldita.
En ese momento, parada en frente suya, en medio de uno de los pasillos más vigilados de todo el castillo, se olvidó de todo lo que ocupó su mente: la charla, la noticia, el hecho de que casi se olvida de que estaba allí...
"Zeldita".
Su corazón dio un vuelco. Quizás de felicidad.
