Solo necesito tiempo.
¿Por qué era tan difícil que la gente entendiera el significado de esta frase?
"Estamos esperando la llegada de un devastador suceso y ella sólo pide tiempo para continuar con tus estúpidas e inservibles investigaciones. ¿Es que Su Majestad no entiende la gravedad del asunto?"
Ellos sí que no lo entienden...
"Bah, no te molestes en hablar de "esa". La princesa de Hyrule es una niñata irresponsable, cabezona y caprichosa que solo mira para sí misma y huye de sus responsabilidades. ¡Menudo asco de cría! ¡¿Es que no ves cómo el resto de reinos tienen hijos bien educados?! ¡¡Pero no, nosotros tenemos que aguantar a esa idiota haciendo lo que le sale de dentro!!"
Se ve que no puede salir a escondidas del castillo. No sin tener que escuchar cómo la aplastaban mentalmente.
"Cariño, por las Diosas, que nos puede caer una condena como nos escuchen hablar así de mal. Por favor, cálmate"
El fuerte golpe que se le propinó a la mesa le dolió hasta a la propia Zelda. Bajo la larga y sencilla capa azul marino, una silenciosa lágrima logró descender por su mejilla. Siguió dándoles la espalda mientras sus oídos captaban el ruido de una jarra de cerveza ser engullida.
"Mira mujer, calla tu estúpida boca y vete a lavar platos", gruñó con una voz mucho más afectada por el alcohol en su sistema. "Me da igual que me degüellen, eso sólo evidenciará que la Familia Real es una cobarde. No voy a retirar una verdad que medio reino piensa. ¡¿Estáis conmigo?!"
Un fuerte y fiero grito salió de las bocas de todos los presentes en aquella taberna de la ciudadela. Las manos de la joven dolían de la presión que estaba ejerciendo sobre ellas, cosa que trataba de evitar que se lanzara hacia él y le callara la maldita boca. Eso sólo la pondría en evidencia.
Después de aquello, simplemente terminé de beber el agua que quedaba en mi vaso. No sé cómo hizo para abrirse paso entre el nudo de mi garganta, pero lo consiguió. Terminé alejándome de aquel lugar, captando la atención del grupito que anteriormente me había atacado, creyendo que estaba por ahí, investigando, en mi mundo. Cosa que no duró mucho, ya que volvieron rápidamente a sus asuntos.
¡Pero oye, no todo es tan malo! ¡Que he vuelto a escribir en mi diario! ¡Llevo tres semanas ausente de plasmar mis locuras y sucesos diarios!
Aunque... ¿qué iba a escribir? Realmente no tengo nada nuevo que contar, salvo que al día siguiente de presentarle a Link la biblioteca, sentí la necesidad de recorrer la ciudadela, de alejarme aunque sea un poco de los grandes muros del castillo porque comenzaba a agotarme que todo el mundo me viera como la princesa, que mis únicas prendas sean correspondientes a mi posición social, sin nada sencillo -como máximo tenía la túnica de rezar-. Aquel día le pedí sin parar que me consiguiera algo para pasar desapercibida; hasta casi me arrodillo enfrente suya. Lo mejor es que funcionó, que al día siguiente vino con la capa y con una camiseta y pantalón básicos.
Y sí, lo volví a abrazar. Nuestra amistad volvió a dar un paso hacia delante y ahora compartimos abrazos. ¡Pero no siempre! Aún tengo la "decencia" (¡que mal suena esa palabra!) de reservarnos para momentos de extrema felicidad y cosas especiales. Me da mucha vergüenza pensar en que si nos pasamos todo el día en ello pareceremos pareja.
A ver, no es lo que parece. Sólo lo veo como mi mejor amigo, pese a que la mayoría del personal del castillo no me creería si nos vieran y se lo dijera.
Mira, mejor paro de tocar el tema, que estoy haciendo de una cosa insignificante el fin del mundo. Lo más acertado sería ponerme a leer el libro que cogí prestado de la biblioteca... porque nada más verlo me entró una enorme curiosidad. Al parecer, habla de cómo las decisiones de las diferentes monarcas y gente poderosa influyeron (para bien o para mal) en el reino. Me daba curiosidad saber lo que mis antepasados hicieron en su día, cosa que me motivó a llevármelo sin permiso de Padre.
En este punto, ya casi no podía pensar qué iba a escribir en su diario, puesto que las ganas de devorar esas antiguas páginas superaban cualquiera de sus pensamientos. Una sonrisa apareció en su cara mientras apartaba su diario hacia un lado y colocaba el incunable sobre el escritorio. Pasó las yemas de sus dedos con suavidad por encima del título y las desplazó hacia el borde, tomándolo y pasándolo hacia un lado. El olor a antiguo se abrió paso por sus fosas nasales, a la vez que sus manos viajaban de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha para ir pasando páginas. Se acomodó mejor en su asiento en cuanto divisó el primer capítulo.
Creación de Hyrule:
Sus Majestades, el Rey Link I y la Reina Zelda I, vivían anteriormente en las nubes, en un lugar llamado Altárea. Al principio todo era paz, pero cuando el caos se desató por las tierras, ambos se embarcaron en una aventura que cambió el destino de los jóvenes para toda la eternidad. El Heraldo de la Muerte lanzó una maldición a los tres, haciendo que se reencarnaran cada cierto tiempo para volver a reencontrarse en una batalla que no tendrá nunca un final.
Pese a las vueltas, el final de los sucesos significó un enorme cambio en la vida de ambos, quienes decidieron bajar a las Tierras Inferiores y fundar un gran y próspero reino. Se llamaría "Hyrule", quizás como tributo a la diosa Hylia...
"Un momento..."
Su vista dejó de recorrer las líneas de la página para volver al principio, muy impactada. Verificó que, en efecto, los nombres de ella y su escolta figuraban como los primeros Reyes.
"Esto tiene que ser una broma", pensó, creyendo que su mente le estaba jugando una mala pasada. Lo más probable era que todo fuera una simple conciencia. Pero luego estaban los datos sobre ese tal "Rey Demonio", cosa que la inquietaba.
Al final decidió desplazar sus locas ideas a un lado a la vez que lo hacía con la página. Releyó por encima algunas partes, en las cuáles siempre hablaban de una Zelda y de un Link. Mientras los representantes de las distintas tribus hablaban de su lento acoplo al nuevo reino, su cabeza aún procesaba la nueva información recibida.
Hasta que las primeras palabras de uno de los capítulos atraparon su atención.
Te perdí. Y mi corazón se lamenta cada día más de mi decisión.
Link, quiero que sepas que lo siento mucho, siento haberte dejado ir. Sé que ahora estás formando una nueva vida con esa tal Malon, cosa que hace que mi frágil corazón se quiebre. Pensé que lo correcto sería devolverte tu niñez, pero veo que me equivocaba.
Y el dolor me invadió, como una tortura cruel y constante que recordaba lo idiota que fui al no pedirte que te quedaras conmigo. Por una vez creí que ser egoísta pudo haberme salvado.
Porque ahora mi error ha desembocado en algo cruel: ver cómo el día de mi boda con un completo desconocido se acercaba a pasos agigantados. Ya no podía hacer nada para aplazarla; todo estaba planificado.
Escribo esto aquí porque no quiero ver cómo el resto tropiezan con la misma piedra. No quiero que ellas compartan mi sufrimiento.
Escúchame, Zelda. A lo largo de tu vida cometerás muchos errores, tropezarás y caerás, pero nunca debes hacer una cosa: apartar a Link de tu vida. Sé egoísta, te ahorrará noches de insomnio y largas horas sollozando.
Link es mucho más importante de lo que puedes llegar a creer.
Mientras leía aquello, su corazón se encogió. Una chispa de dolor se hizo presente en ella, ayudando a que sus ojos se llenaran de nuevo con lágrimas, siendo consciente de que alguna parte de su alma seguía latiendo con culpa.
Ahora creía entender el peso de la promesa que se hicieron en la biblioteca.
Se creía afortunada.
Tanto que se decidió a no seguir lejos de él. Iría a buscarlo -cosa poco común en ella- vestida con sus ropas "corrientes" y su capa azul, tratando de esconderse de cualquiera. Tenía ganas de recorrer los campos próximos al castillo sin que nadie sospechara.
A medio camino se lo encontró, paseando solo, sin un rumbo fijo. Comprobando que no había nadie a su alrededor, se acercó a él con una radiante sonrisa.
—Hola —susurró. Link se quedó mirándola tieso por unos segundos con cautela, como si no la conociera, pero rápidamente hizo un gesto de alivio y le devolvió el saludo —oye, ¿vas a hacer algo hoy? Si no tienes nada importante, podemos ir a dar unas vueltas por los jardines públicos.
Él se quedó pensativo por unos segundos.
—Mathieu está a punto de salir de su entrenamiento, pero luego dijo que iría a dar un paseo con los amigos... vale, vamos.
Apretaron el paso para dirigirse hacia la salida. La princesa bajó lo suficiente la capucha como para que nadie la reconociera, y siguió a las botas café de su amigo al no ser capaz de ver más allá.
—Vamos a pasarnos a por mi caballo para ir más cómodos. Tú escóndete en la salida —comentó, mirando hacia todos lados para saber si alguien los espía —para evitar conflictos, yo seré quien hablará en tu lugar cuando nos pregunten cosas. No quiero que nos pillen al reconocerte la voz.
La sonrisa de Zelda disminuyó.
—Es triste que tengamos que ocultarnos por culpa de yo ser quien soy. Me gustaría tener más libertad, pero no le puedo hacer nada. Ser la muchacha que tiene que detener al Cataclismo trae más desgracias que cosas buenas.
Una vez fuera, se permitió levantar un poco la vista para observar el exterior del castillo. Se encontraba bastante aliviada de que nadie la reconociera y avisara a su padre, pero no podía cantar victoria.
Aún era muy temprano.
Una mano se colocó delante de ella, estirada y aguardando a ser tomada. No tardó en reconocerla y agarrarla, apoyando un pie en los estribos del caballo y llevando la otra hacia el otro lado. Con sus brazos rodeó el torso contrario a la vez que él daba la señal para que su caballo avanzara.
—En los establos me encontré con Lussie —musitó —me preguntó a dónde iba y con quién iría. Me da miedo pensar que ella nos vigile muy de cerca y se entere de esto.
La joven se despegó un poco.
—En parte me siento igual. Me aterra que descubra que le mentí el día de la consulta y que las cosas cambien. Además, aunque ahora al rezar me sienta más relajada, sigue sin ocurrir nada. La época del Cataclismo se acerca y Padre se está desesperando... —confesó con la mirada perdida en el azul de la túnica del elegido —creo... que me tendré que ir haciendo a la idea de que las cosas no van a seguir así toda la vida. Que en algún momento volveré a la anterior rutina y que esto no dejó de ser una pérdida absurda de tiempo.
"Agh, deja de hablar. Aprovecha el tiempo y no te lamentes", su cabeza le volvió a recriminar el hecho de que siempre le estaba dando vueltas al mismo tema. Se volvió a aferrar a él, despojándose de los pensamientos negativos y aspirando el aroma de la prenda.
No tardaron mucho más en llegar a su destino. El ruido de los acordeones y las carcajadas de los niños rompían el silencio que los había invadido durante un rato. Dejando cerca al animal, ambos se sentaron en el húmedo pasto.
—Guau, no sabía que este lugar era tan feliz —se admiró Zelda —Según tenía entendido, mi madre solía venir aquí para contarles historias encerradas bajo las paredes de las bibliotecas del castillo a los niños pequeños. Ninguna madre podía olvidar la forma en la que ellos escuchaban atentamente cada una de sus palabras.
—La Reina Diane era una gran persona. Aún cuando estaba embarazada de ti, siempre acudía a su pequeña "cita" con los niños para hablarles de mágicos personajes y legendarios caballeros —explicó su escolta —varios nobles me confirmaron que el mismo día de su fallecimiento se produjo una gran tormenta que duró tres días. La conocían como "el luto divino".
—Diablos... somos muy capaces de sacar un tema triste en lugares donde deberíamos estar contentos —rió Zelda —pero bueno, vamos a cambiar de tema. ¿Recuerdas que dentro de dos días iremos a visitar a Daruk?
Él asintió.
—Tengo ganas de ir allí. Él es... bastante curioso. Recuerdo el día en el que nos conocimos, antes de la ceremonia. Me había invitado a comer rocas. ¡No comida normal, sino rocas! —explicó, ganándose una pequeña carcajada por parte de su compañera.
Mientras él explicaba varias situaciones divertidas que tuvo en el lugar, ella sintió varios pares de ojos posarse sobre ambos. Alucinada, no entendía cómo Link podía manejar con tanta facilidad el asunto.
—¿El elegido tiene novia? —escuchó decir a una mujer, cosa que hizo que él desviara ligeramente la cabeza y ella la agachara. Sus mejillas se habían encendido —a lo mejor encontró alguna sirvienta que logró conquistarle.
Esa ocurrencia logró sacarle una incómoda sonrisa al elegido. Con aquellas palabras, las imágenes de las doncellas observándolo cautivadas volvieron a su mente. Tuvo la suerte de que nadie más que él podía reconocer a la princesa debajo de su ropa de escondite.
Sin quererlo, ellos se convirtieron en el principal objeto de conversación de las mujeres. Zelda trataba de hacerse la despistada, pero notaba la expresión de su compañero. Recordó que a él no le gustaban los malentendidos, ya que éstos podrían crear rumores, y cuando él era el tema, éstos se disparaban como la pólvora.
Sólo estaban pasando un rato entre amigos y las especulaciones podían meterlos en un lío.
Él estaba a punto de pedirle a su compañera que se retiraran, pero ella lo agarró del brazo.
—Déjalas —simplemente dijo, con una expresión sumamente tranquila —pues eso... luego nos quedaría irnos a la región de los zora para ver a Vah Ruta. Cuando terminemos, imagino que ya estaremos en la semana de la visita real.
Link asintió, confuso del repentino cambio de tema por parte de ella. Se había acercado un poco a él con intención de hablar más íntimamente ahora que eran objeto de observación de aquellas mujeres, las cuáles seguramente estén agudizando todos sus sentidos para captarlo todo. Rodó los ojos al escuchar un "se van a besar".
—¡Claire! ¡Delia! ¡Lizbeth! —llamó una voz masculina. Bastante disgustadas por la repentina interrupción, giraron sus cabezas para toparse con la mirada del que parecía ser el marido de la primera.
—¡Ya vamos! —gritaron, no sin antes dirigirles una furtiva mirada con la que pretendían saber si ya estaban a eso.
Cuando se vieron solos, osaron relajarse y suspirar con alivio. Se volvieron a mirar a los ojos, tratando de saber si lo que pasó les afectó en gran medida, pero no duró mucho, ya que estallaron en suaves carcajadas.
—¿Sabes? Ser objeto de rumores no es tan malo si te enfocas en lo estúpida que parece la gente al especular —rió Link. Claramente tenía la intención de hacerla reír, mas sólo consiguió el efecto contrario en Zelda, quien apretó los labios y miró hacia abajo, como si temiera algo —ey... ¿estás bien?
—Sí, sí... sólo fue una cosa insignificante.
Él sólo pudo asentir, viendo cómo los labios de ella tiraron hacia arriba en una sonrisa para nada genuina. A pesar de que deseaba saber acerca de sus temores, sabía que agobiarla a preguntas no era la mejor opción.
Continuaron charlando sobre diversos temas, tratando de hacer desaparecer aquel incómodo ambiente anteriormente instalado. Pese a que intentó por todos los medios aparentar estar bien, la muchacha sabía que su amigo no se lo tragaba, que únicamente se hacía el despistado para no atosigarla.
En parte lo agradecía. Lo hacía porque consideraba que él iba a burlarse de lo que tenía en mente.
—Creo... que lo mejor será que nos vayamos. Empiezan a formarse aglomeraciones y puede que nos descubran —informó el elegido después de unos segundos de silencio en los que se dedicó a mirar a sus alrededores. El gesto de su acompañante hizo que esta vez tomara la iniciativa y se dirigiera hacia su caballo. Antes de seguirle el paso, ella lo miró por tres largos segundos.
"Se lo diré. Al fin y al cabo, se preocupa por mí, y ya nos hemos contado cosas más vergonzosas".
Apretó el paso nada más terminar de limpiarse los restos de hierba. Su corazón, temeroso de la reacción del elegido, se había acelerado. Por un momento, el hecho de que él lo pudiera sentir en su espalda cuando lo abrazara la inquietó.
Para su fortuna, en el viaje de regreso al castillo no pareció notar nada. No hubo problemas que los detuvieran en el viaje de vuelta, cosa que ayudó a que no fuera tan pesado para Link. El joven se había pasado todo el trayecto de vuelta con los ojos muy abiertos, atento al más mínimo sonido sospechoso.
Cuando se vieron enfrente de la puerta del cuarto de Zelda, osaron compartir una mirada cómplice. Antes de que pudieran despedirse, la princesa arrastró a su escolta hacia dentro de la estancia y cerró la puerta con rapidez.
—Vale... no me había parado a pensar en lo incómodo que es presentarte mi habitación. Desde siempre me inculcaron que sólo debían entrar mi familia y mi esposo —comentó mientras miraba hacia otro lado. Le tomó unos segundos corregirse a sí misma y volver a posar sus ojos sobre su compañero, pero esta vez más seria —pero quería hablarte de otro tema. Sé que aparentabas estar sereno en los jardines, pero en el fondo te preocupabas por mí. Así que me he decidido a contarte lo que me pasa.
Link negó con la cabeza.
—Entiendo perfectamente el hecho de que quieras guardar tus pensamientos, sabes que no hay problema. No es nece...
—No, Link —lo cortó la joven —quiero hacerlo porque... porque tú también eres parte de ello —inmediatamente, una chispa de curiosidad cruzó sus azulados ojos. En vista de que había captado su atención, se dispuso a proseguir —A ver, no es exactamente un problema, es más un deseo... Como bien puedes observar, he nacido en una familia de reyes, una familia en la que no me ha faltado de nada. He sido extremadamente protegida por parte de Impa, de Prunia, de Padre... y quizás eso me haya hecho débil. Porque desde que me enteré de mi destino, desde que todo este peso cayó sobre mis hombros, sufro por las opiniones negativas de la gente. Cada vez que alguien me insulta, me quiebro. La negatividad consigue atravesar las pobres barreras que impongo... Y quiero evitar eso. Quiero hacerme de hierro. Quiero evitar que todo el mundo consiga dañarme con sus críticas. Quiero... de alguna forma u otra, ser como tú. Quiero que nos ayudemos mutuamente a hacernos fuertes, formar una barrera que evite dañarnos. Ya estoy harta del "qué dirán".
Tras al fin haber soltado todos los fantasmas que la preocuparon fuera, le dio la espalda, con la vergüenza pesando sobre ella.
Una mano se posó sobre ella.
—Eh, tranquila. No te avergüences por ello. Te entiendo —la calmó. Algo más tranquila, ella lo volvió a encarar —. A ver... no hay un manual de instrucciones para hacerse fuerte, que quede claro. Pero sí, yo también quiero que nos ayudemos para evitar esa clase de dolor. Va a ser un camino difícil... pero el resultado creo que valdrá la pena.
Zelda lo observó, sonriendo, hundiendo sus ojos en los azules de Link.
—En lo personal... aún duelen, pero cuando me siento mal, al borde del abismo, pienso en ti —confesó, haciendo que la sorpresa se adueñara del rostro ajeno —eh, pero no en ese sentido. Lo que quiero decir es que en esos momentos mi mente viaja a ti, te recuerda. Desde que nos hicimos amigos, me recuerdo que pese a que las cosas se tuerzan, aún te tengo a ti, a alguien que me comprende. Me recuerdo que no estoy solo.
Entonces, en medio del cuarto de la princesa, mientras se miraban a los ojos y él le hablaba, Zelda comprendió una cosa.
Que el relato tenía razón.
Qué no debía dejarlo ir.
Porque, como dijo él, ambos se tenían el uno al otro. Aún cuando las cosas se complicaran enormemente.
