—¿Está segura de que lo tiene todo?

La voz de Lussie invadió sus oídos en cuanto sus pasos abandonaron su cuarto. Se giró bruscamente en la misma dirección donde escuchó que le hablaba, y sus ojos conectaron con los oscuros de su mentora, quién la evaluaba de arriba a abajo, para luego posarlos sobre las pequeñas bolsas de viaje que terminarían en las alforjas de su caballo.

—Sí, lo tengo todo. Incluso la túnica de rezar por si puedo encontrar un lugar donde hacerlo —afirmó la aludida, volviendo a tomar sus pertenencias y echándose a caminar. Ignoró lo máximo posible la expresión extrañada de la mujer por la cortante respuesta que le dedicó, a la vez que trataba de no mostrarse incómoda cuando sintió los pasos sonar detrás de ella.

De cierta forma -y sin saber demasiado la razón- tenía la certeza de que la estaba siguiendo. Bueno, en realidad sí la sabía gracias a que la mirada ajena estaba puesta en su espalda.

—Princesa —llamó con severidad —no me gusta la idea de que se escabulla de la vigilancia real refugiándose en los jardines privados. Quién sabe, a lo mejor trata de aprovecharse de la limitación de accesibilidad para escaparse de los muros del castillo. O quizás no sean tan inaccesibles...

Zelda frenó en seco al escuchar la acusación mientras su corazón se aceleraba. No le cabía duda, era una indirecta muy directa, una que le puede costar muy caro si llega a oídos de su padre.

—No quiero que se lleve la impresión equivocada sobre mí, alteza. Ante todo, me preocupo por usted y por todo lo que le ocurre. Pero creo que el jardín está lo suficientemente vigilado en el exterior como para necesitar que su escolta ingrese allí con vos —indicó con toda la intención del mundo de desarmarla. El rostro de la joven palideció ante el hecho de que ambos habían sido descubiertos con las manos en la masa, y que quizás ahora el poder seguir manteniendo su amistad con Link estaba en las manos de su mentora. No era necesario ser un experto para saber que la cara de la muchacha estaba contraída en una mueca de terror, la cuál nadie pudo ver al estar el pasillo sin ninguna vigilancia, con ellas dos solas.

Pese a todo, ahora las cosas encajaban, tenían sentido. No era para nada habitual que ayer ella se sintiera extremadamente incómoda mientras caminaba delante de su amigo, quien fingía cumplir con su rol de escolta personal. Después de haber ultimado los detalles de preparación para su viaje -entre los que destacaba el llevar varios elixires que los protegerían del calor- habían decidido querer salir a tomar el aire, pero esta vez sin moverse por los exteriores de su hogar. Aprovecharon la escasa vigilancia en todo el castillo -se debía a que era la hora de descanso de la mayoría de soldados- para volver a su lugar habitual de encuentros, mas no fue tan sencillo, ya que la princesa sentía un par de ojos puestos constantemente sobre ella. Y quizás en su debido momento no le diera demasiada importancia por culpa de sus recientes pesadillas. En ellas, una figura oculta en las sombras la trataba de atacar y asesinar, con sus ojos rojos e intimidantes fijos en ella, causándole un pavor indescriptible. Detrás, y como para darle un ambiente tétrico, los cadáveres de los elegidos se amontonaban, causando un ambiente de abrasante culpa que estallaba con un grito ahogado de su parte y la visión de todo su cuarto a oscuras. En ese mismo momento, y mientras su frecuencia cardíaca se normalizaba, comprendía que todo era un sueño, un simple y a la vez cruel juego de su imaginación.

"Así que fue Lussie... ¿Por qué diablos lo hizo?", se preguntó, tratando de que la agonía que se acumuló en su garganta se disolviera.

Sin embargo, no se paró a analizar las hipótesis que surgían en su cabeza acerca del cambio de actitud de la mujer. Seguramente la contraria estuviera esperando una respuesta válida y coherente para poder explicar aquella intromisión en un lugar sumamente importante para la Familia Real.

—Lo lamento —articuló al fin, mientras dejaba que su imaginación trabajara en busca de una buena mentira —es un poco difícil de explicar, y no sé si usted lo entenderá lo suficiente. Como imagino que sabrá, la promoción de caballeros de este año no ha sido la mejor, incluso puede que haya sido muy mala, pero obviamente hemos de excluir a Link, quien ha sido nuestra mejor elección en años. La baja calidad se debe a que muchos de los hombres aquí presentes fueron promocionados por muy poco, fruto de la desesperación de saber que el momento del despertar de Ganon se acerca. El hecho de no tener a los mejores como en anteriores años... me hace sentir insegura. Y el simple hecho de que Link me haya salvado de aquello en el desierto de las Gerudo significó muchísimo para mí. Sólo lo llevé al jardín para demostrarle mi enorme agradecimiento por haberle salvado la vida. Ya sabe lo que dice el protocolo: a grandes y sinceros gestos, grandes compensaciones. Sólo quiero tenerlo cerca gracias a que es el único caballero que me hace sentir segura.

Cuando su voz dejó de retumbar por las cuatro paredes del castillo, apretó los labios, quizás sintiéndose estúpida por sus palabras. Había dejado todo a manos de la improvisación, la cuál se encargó de meter el protocolo de por medio para dar mayor credibilidad a su mentira. Si bien había empezado muy mal, creía tener el control de la situación por su pequeña "remontada".

Y como también pudo comprobar en la consulta, su mentora era demasiado inocente como para destapar sus invenciones.

—Aunque me parece un poco excesivo, lo entiendo. La vida es lo más importante que pudo tener jamás, y que alguien la haya salvado de perderla es algo que no tiene precio. Mis disculpas por la intromisión.

A la vez que hacía un gesto para quitarle importancia, no pudo evitar sonreír para sus adentros. Se sentía poderosa al poder cubrir la verdad, una verdad que era necesario mantener escondida debido a que era su fuente habitual de felicidad, la cuál sobrepasaba a cualquier conversación o juego que tuviera con sus "amigos" de la realeza, su única vida social por años. Claro que tampoco se debía ver cómo una cruel persona, ya que cierta parte de su ser le recriminaba todo esto, aquella que le recordaba que la mentira nunca era una buena opción, que la verdad siempre debía ir por delante.

"Esto es una excepción", pensó, acelerando el paso después de volver a tomar sus pertenencias. No quería retrasar demasiado la hora de su partida -de la que ya pasaban cinco minutos-. Nunca le sentó para nada bien llegar con retraso a los lugares, y mucho menos cuando había gente que consideraba importante de por medio.

—Guau, no sabía hasta qué punto tu cabeza era capaz de encubrir la verdad —musitó una voz detrás suya. Una voz que le hizo relajar un poco el paso mientras que el color rojo decoraba sus mejillas.

—Link, sabes que me avergüenza mentir delante tuya, sobre todo cuando parezco una estúpida enamorada sin siquiera serlo. ¿A que se debe tu repentina presencia por aquí? —preguntó. Por el rabillo del ojo pudo atisbar una sombra que se colocaba a su lado gracias a que la igualó en velocidad. Por mucho que lo intentara ocultar, él no podía evitar mostrar la sonrisa burlona que se había formado en sus labios.

—Vine a buscarte porque tardabas en llegar, pero no puedo evitar reírme de tu monólogo que pareció haber salido de Inaria —comentó mientras veía cómo el rubor ajeno iba en aumento. La referencia a uno de los cuentos que ambos habían leído en la biblioteca logró que la sonrisa amenazara con aparecer en el rostro de Zelda.

De una manera rápida, la trama del libro trataba de que una joven noble llamada Inaria, la chica más pura del mundo, se perdía por los bosques del inventado reino de Garish. Cuando estaba a punto de ser llevada por los demonios, un campesino de nombre Arkin, armado con una gran lanza, logra evitar el propósito de los seres, recibiendo a cambio el amor eterno de ella. Una historia muy simple y llena de momentos muy románticos para la pareja, pero que para Zelda era muy importante.

—Por favor Link, no seas tan cruel —le recriminó con un deje de diversión.

Pero no iba a ser tan fácil frenarlo, no ahora que había conseguido encontrar algo que le permitiera hacer una pequeña burla.

—Alteza, me siento profundamente halagado por sus sentimientos, pero no es momento de escuchar sus lamentos nacidos por su amor hacia mí —ironizó Link con gesto dramático. Como habitualmente ocurría en situaciones así, Zelda no pudo evitar estallar en carcajadas al escuchar semejante ocurrencia, cosa que alertó a varios guardias y les obligó a correr para no ser descubiertos. Entre risas y bromas como principales maneras de aliviar la tensión causada por aquella pequeña persecución que no duró mucho, lograron llegar a los establos y preparar a sus monturas para la travesía de muchas horas a la que estaban a punto de enfrentarse. Y así, aproximadamente quince minutos después, ya habían logrado salir del castillo, con sus caballos trotando velozmente y sus miradas cruzándose una vez más, sólo que ahora ambos adivinaron la satisfacción de que la complicidad entre ambos haya superado todos los prejuicios e incomodidades pasadas, un sentimiento que compartían y que cada vez los unía mucho más.


—Bien... creo si seguimos así nos va a tomar mucho más tiempo del esperado llegar a la región de los goron —anunció finalmente Zelda, algo abatida y cansada por culpa de los desvíos y rutas alternativas que estaban tomando, cosa reflejada en la piedra sheikah.

Todo esto ocurría varias horas después de su partida. Actualmente estaban avanzando por Eldin, más concretamente entre el Bosque Minsh y el Río Gorobin. La princesa se había encargado de trazar una ruta rápida el día anterior, mas fueron sorprendidos en medio del camino por varios grupos de monstruos que escudriñaban la zona. En otras circunstancias, Link se habría abalanzado a atacarlos sin piedad, pero esta vez decidió dejarlo pasar y esquivarlos. No era prudente dejar a Zelda sola y a merced de criaturas que no dudarían ni un segundo en echarle el guante y asesinarla en un despiste suyo. No cuando sus enemigos venían en grupo.

—Lo siento, pero es que de repente los monstruos han aparecido en mayores cantidades de lo habitual, e incluso se puede apreciar que son más fuertes. No quiero arriesgarme y meterme en una pelea, y mucho menos con un grupo —explicó mientras desenvainaba la Espada Maestra y miraba con fiereza al horizonte —todo esto es muy raro. Nunca vi que nuestros enemigos se aliasen en grupos, y mucho menos en grupos de especies distintas. Presiento que el motivo detrás de esto no nos va a gustar nada.

Aún caminando con cuidado y procurando tener todo el terreno vigilado, con cada fibra de su ser fija en su misión, no podían ignorar los rugidos de sus tripas, las cuáles protestaban por recibir la atención que necesitaban por medio de comida. Y al parecer los caballos captaron la señal, uniéndose a la protesta con unos relinchos de molestia.

Zelda frenó a su montura.

—Creo que lo mejor será llenar los estómagos antes de continuar. Además, y si llega a ser necesario, es preferible tomar los elixires en pleno proceso de digestión —anunció. Nada más recibir la señal afirmativa por parte de Link, comenzó a descender de su caballo y a aproximarse a las alforjas.

Sin embargo, su mano nunca la llegó a rozar. Varios trotes se escucharon a lo lejos, causando que ambos dieran un respingo y que se quedaran medio estáticos, algo bloqueados por la sorpresa.

—Sube —vociferó Link cuando al fin pudo salir de aquel pequeño trance. Había señalado con algo de prisas la cima de aquella elevación de terreno, la misma en la que ambos se encontraban a sus pies —escóndete en la roca más alejada posible, no tardarán en llegar. ¡Rápido!

Después de haberle dado un pequeño empujón para obligarla a correr, tensó todos sus músculos mientras dejaba a un lado la inseguridad que le había causado ver una gran horda de monstruos y preparaba la Espada. Era consciente de que individualmente los habría derrotado sin muchas complicaciones, pero ahora que venían en grupo las cosas se complicaban bastante.

"A ver, seré ingenioso. Trataré de separarlos", pensó. Cerró los ojos durante unos segundos para respirar hondo y buscar la concentración. Cuando se sintió listo, los abrió con brusquedad y se abalanzó sobre sus eternos enemigos con ira latiendo en sus ojos.

Por su parte, y habiendo hecho caso al consejo de su escolta, la princesa hyliana se refugió en una roca lo suficientemente grande y alejada como para pasar desapercibida. El miedo, actualmente instalado en su ser y yendo en incremento la alejó de la realidad, a la que no tardó en regresar al sentir un gran ruido causado por el choque entre metales. Miró por encima de la roca, esperando que el sonido no significara nada malo.

Para su alivio, no ocurría nada "malo", la pelea aún seguía con Link vivo. Sin embargo, ese sentimiento no duró mucho, ya que fue desplazado hacia un lado por la admiración al ver la habilidad de su amigo con la espada y la ingeniosa estrategia que había empleado. Como podía observar, los seres atacaban sin atender a razones. Por ello no medían sus movimientos, cegados por la sed de sangre. Todo eso sólo conseguía que no pudieran hacer uso de cualquier mínimo resquicio de inteligencia -si es que la tienen- y que el joven se pudiera aprovechar y atacar los espacios poco protegidos de sus oponentes. Aparte, y si ellos no eran lo suficientemente astutos como para adivinar las intenciones ajenas, el elegido podía arreglárselas e ir apartando a algunos miembros de la protección que le proporcionaba el tener compañeros, dándoles una muerte rápida y silenciosa como castigo por haber caído en la trampa. Link, con un sigilo y agilidad dignos de un sheikah, se escabullía entre ellos como una sombra mientras les propinaba puñaladas en la espalda.

Los monstruos no tardaron en caer ante él, muertos y puede que algo confusos por el hecho de que no sabían de dónde había salido. Y aunque varios centaleones se unieron a la batalla, no duraron lo que se esperaba de unos oponentes como ellos.

"Increíble. Es como si en medio de un movimiento pudiera adivinar la zona desprotegida del rival, e incluso atacarla antes de que se diera cuenta", analizó mientras salía de su escondite. Una mueca divertida apareció en el rostro ajeno.

—Eso… ha sido lo más increíble que he visto en toda mi vida —admitió Zelda sin poder salir de su asombro. Ver esa gran cantidad de criaturas muertas sólo conseguía que entendiera el porqué de que el hyliano sea tan aclamado —creo que es la primera vez que lo admito, pero ahora el hecho de que te consideren el más diestro espadachín de todo Hyrule cobra sentido. Nunca había visto a nadie que manejara de una manera tan maravillosa la espada, ni tampoco que pensara tan rápido y de una manera tan ingeniosa. Créeme cuando te digo que eres increíble, porque he visto a muchos guerreros, mas ninguno puede igualarte.

El halago, salido inconscientemente de la cabeza de la hyliana, logró que esta vez fuera el elegido el que se ruborizara. Durante toda su vida había escuchado ese halago de boca de muchas personas de diferentes clases: nobles, campesinos, soldados, sirvientas… pero nunca de la princesa.

Y era muy satisfactorio. Más de lo que llegó a pensar nunca.

Salió de su trance al sentir las suaves yemas de los dedos de Zelda sobre la piel de su cara, en especial en una zona marcada por el roce del filo de una espada, el cuál había paseado peligrosamente por encima suya. Sin poder evitarlo, profirió un pequeño quejido, uno apenas audible que no pasó desapercibido por la muchacha.

—Sólo es un rasguño —fue lo único que le dijo, tratando de una manera no muy exitosa restarle importancia a la herida. Como respuesta a su comentario, se ganó una mala mirada de parte de su amiga.

—Entiendo que quieras que esté tranquila y que tengas que protegerme por obligación, pero no te olvides de ti, no olvides que me importas y no quiero que te pase algo malo. ¿Eres consciente de que no eres inmortal? —le reprochó ella, con un tono invadido en gran parte por la preocupación. Siendo consciente de que él podía ser un poco cabezota, suspiró y volvió a centrar su atención en la herida —por suerte no es más que un pequeño corte superficial. Le echaré un poco de agua por si acaso, pero curará solo.

Ambos se sentaron en la cima del terreno, volviendo a observar los cadáveres de los monstruos sin sentir pena alguna por ellos.

—Realmente no es el único caso de ataques de hordas de monstruos —admitió Link tras una pequeña pausa de varios y espesos segundos —no es la primera vez que llega a mis oídos que algún territorio ha sufrido ataques conjuntos de parte de bokoblins y moblins. Nunca han llegado a aparecer los centaleones, pero en múltiples ocasiones estos seres estragaron ciertas zonas de pueblos y aldeas. Por suerte, eran derrotados por los aldeanos que velaban por la seguridad de su familia y de su pueblo.

—Ya... —esta vez tomó ella la palabra, algo sobrecogida por el relato —pero ahora seguro que atacan con más frecuencia, y son cada vez más violentos. ¿Y si todo esto... es una evidencia más del retorno de Ganon? ¿Y si no hay tiempo?

—No te tortures —la trató de calmar Link, posando su mano sobre la de ella y dedicándole una sonrisa esperanzadora —con esto sólo consigues ponerte peor. Si no rezas con tranquilidad espiritual, lo más probable es que no consigas ni conectar con las Diosas.

Rezar, rezar… un verbo al que actualmente no le podía dar la importancia que debería. Era como si comenzara a desconfiar de ese método.

—Tienes razón —comentó, a la vez que se levantaba y se limpiaba. Como bien habían acordado, el primer paso para hacerse fuertes consistía en ser feliz, en olvidar sus fantasmas durante un tiempo y enfocarse en lo bueno del momento —lo importante es que debemos prepararnos para lo peor y no dormirnos en los laureles. Pero ahora retomemos nuestro camino, que si no los goron se van a preocupar.

Como habitualmente ocurría, Link esperó a que ella lo adelantara, para así poder seguirla desde atrás. Sin embargo, se había despistado un poco por culpa de algo que lo carcomía, algo que había despertado en su interior y no le dejaba pensar en otra cosa. Cuando se dio cuenta, la princesa ya había bajado, y no le quedó más remedio que apretar el paso.

—No te protejo por obligación —confesó después de un minuto de reflexión en el que se debatió entre el contarlo o no. Su amiga lo miró, expectante —todo lo que ahora hago es porque quiero. Ya no te escolto por órdenes del rey, sólo lo hago porque es algo que nace de mí, algo que quiero hacerlo. Te protejo y me preocupo por ti no sólo por ser la princesa, sino también por ser mi amiga. Tú también eres especial para mí, Zelda. Creo que aún no comprendo cuánto de especial lo eres.

Las palabras, aquellas maravillosas palabras consiguieron acelerar el pulso de la princesa, a la vez que la emoción de adueñaba de su ser.

Esas fueron seis palabras que significaron mucho para ambos, que cambiaron ligeramente la forma de verse de ambos. Ya no sentían que eran "amigos que se conocen de un mes y que se confiesan sus temores más íntimos", sino que ya creían que eran mejores amigos, inseparables. Que nada podría contra ellos dos juntos.

Por primera vez en sus vidas, creyeron sentir el lazo que unió las almas de héroe y la princesa para toda la eternidad.