Disclaimer: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling y yo sólo los tomo prestados.
¡Hola! Si estás leyendo esto, en primer lugar, gracias. Este fue mi primer fic. Inicialmente, estaba plagado de mogollón de fallos, pero poco a poco lo he ido corrigiendo (sobre todo gracias a los comentarios iniciales de NochedeInvierno y Piautos) y reescribiendo para estar más satisfecho con él. Al principio, tenía un prólogo que no aportaba nada y he eliminado, así que perdonad por el desorden de los comentarios. También he puesto títulos a los capítulos.
Espero que si le das una oportunidad te guste. Es un Drarry que toma en cuenta el canon hasta el séptimo libro, pero sin epílogo. Tendrá contenido slash más adelante, así como lemon explícito (muy explícito). Colocaré los correspondientes avisos por si alguien desea saltarse esos trozos cuando lleguemos a ellos.
La imagen de portada pertenece a Alek. dar, a quién podéis encontrar en Tumblr e Instagram
Muchas gracias por darme la oportunidad de leerme y, si has dejado un review, te contestaré para agradecértelo.
Un reencuentro fortuito
—¿Un café?
—Por favor —suplicó Harry, que se dejó caer en el sofá de la sala de descanso, rendido—. Esta guardia está siendo tranquila, pero me caigo de sueño.
Silvia cogió una taza del armario y, mirando a Harry la llenó de café, interrogándole con una ceja sobre cuánta cantidad quería. Resopló, divertida, cuando la taza estuvo llena a rebosar.
—Bebes demasiado café para ser inglés, Harry —dijo, metiendo la taza en el microondas y sirviéndose una a ella misma—. Tienes pinta de no haber dormido en semanas. Aunque eso es una constante en ti.
Harry aceptó la taza que le tendía Silvia y le agradeció con un asentimiento de cabeza. No se molestó en poner azúcar, los tiempos en los que disfrutaba bebiendo bebidas empalagosas pertenecían a recuerdos pasados.
Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos, planteándose dar una cabezada. Consultó el reloj de reojo, comprobando que apenas faltaban un par de horas para el final de la guardia. Gimió, frustrado, al oír sonar tanto el busca de Silvia como el suyo a la vez. Maldita ley de Murphy.
—Vaya, nos llaman a los dos. —Silvia frunció el ceño. Era una mujer 20 años mayor que él, corpulenta y una de las mejores profesionales en traumatología—. Espero que no sea grave.
—Bueno, cuanto antes vayamos, antes lo averiguaremos. —Harry se levantó del sofá y se estiró.
A Silvia no pareció importarle su parquedad en palabras, mientras caminaban juntos por el pasillo de urgencias. Nunca lo hacía. Normalmente, Harry pinchaba a Silvia diciéndole que ella hablaba por ambos. Cuando llegaron a Urgencias, los auxiliares de la ambulancia les indicaron el box donde estaba el paciente.
Al entrar vio a un hombre desaliñado y sucio sobre la camilla. Llevaba el pelo largo, desgreñado y pegajoso, la ropa hecha harapos. El olor llegaba hasta donde estaba Harry y le obligó a arrugar la nariz. Oyó el suspiro poco discreto de uno de los enfermeros que entró en el box tras ellos.
—Transeúnte, unos 30 años, posible contusión cerebral, dificultad respiratoria. Fue encontrado inconsciente en un callejón —Silvia leyó en voz alta los datos del informe del técnico de ambulancia.
—Bueno, amigo, vamos a ver qué podemos hacer por ti. —Harry se acercó sonriendo al paciente, que se quedó mirándole con los ojos abiertos como platos—. Vamos a quitarte esta ropa lo primero.
Harry y el enfermero que estaba ayudándole reprimieron una mueca de asco mientras le quitaban la camisa y los pantalones, llenos de unas manchas en cuya procedencia Harry prefería no pensar. Silvia estaba llamando al técnico de rayos de guardia y Harry aprovechó para auscultar el pecho del paciente atentamente.
—Detecto sibilancia y dificultad para respirar. —Harry palpó el pecho en busca de posibles costillas rotas. Notó que estaba muy delgado y que se marcaban todos los huesos—. Parece que la caja costillar está bien. ¿Cómo te llamas?
Harry había retirado las gafas de oxígeno de apoyo a la respiración que el hombre llevaba para que este pudiera contestar. Vio cómo movía los labios y negaba levemente con la cabeza. Harry supuso que no quería decir nada que le pudiese comprometer o que permitiese que más adelante le llegase una factura. Intentó seguir sonriéndole para infundirle confianza. Habitualmente, cuando trataba con sus pacientes era cuando más cómodo estaba y la parquedad en palabras de Harry solía esfumarse.
—Sólo quiero saber tu nombre para poder dirigirme a ti —le explicó Harry, intentando transmitirle calma con una sonrisa—. No te preocupes, aquí estarás atendido. Si puedes explicarnos qué es lo que ha ocurrido podremos ayudarte mejor.
—No… no… —El hombre cada vez se ponía más y más nervioso.
Harry perdió la sonrisa y, preocupado, puso su mano en el hombro del chico empujándole hacia la cama ya que este hacía amagos de querer incorporarse.
—No se mueva, por favor —indicó Silvia con amabilidad mientras sacaba una linterna del bolsillo del pijama—. Todavía necesitamos examinarle. Por favor, siga esta luz con los ojos.
Los ojos del hombre, abiertos de par en par, miraron fijamente a Harry hasta que, al llamarle de nuevo Silvia, parpadeó y pareció entender lo que se esperaba de él.
—Tiene unos ojos muy bonitos —le felicitó Silvia—. ¿Siente náuseas o mareos?
—No… Estoy bien… Sólo un poco cansado…
—¿Sabes dónde estás? —intervino Harry, creyendo que el hombre estaba confuso.
A raíz del comentario de Silvia, observó atentamente la mirada del hombre. Sus ojos eran grises, como de plata fundida. Un recuerdo del pasado hizo amago de revolverse en el fondo de su memoria, pero no era momento de prestar atención a sus traumas.
—¿Un… un hospital? —susurró el hombre con dificultad.
—Así es, en el St. Clements. Lo estás haciendo muy bien —le animó Harry—. Yo soy el Dr. Potter y ella es la Dra. Gutiérrez.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Silvia.
—Veinti… ocho…
—Vaya, otro mochuelillo como el Dr. Potter —rio Silvia, que siempre pinchaba a Harry por la diferencia de edad—. Bueno, veo que no está confuso. No creo que tenga contusión cerebral alguna. ¿Qué ocurrió?
—Tropecé y caí —contestó el hombre, lacónicamente—. Cuando desperté, estaba rodeado de gente.
—¿Podía respirar adecuadamente antes de la caída?
—Respiro así… desde hace… años.
—¿Años? —Harry frunció el ceño—. ¿Nunca has ido a un médico para que te revisara?
—Vivo en la… calle… Potter… no voy… al médico…
—Entiendo —asintió Harry, comprensivo—. Bueno, pues revisemos esos pulmones a ver qué ocurre.
—No… si no tengo contusión alguna… quiero el alta… ¿Por favor?
—Primero tenemos que examinarle, caballero. No tenga prisa. Hoy dormirá aquí —intervino Silvia en tono imperativo—. No voy a enviarle a la calle a morir de una posible neumonía, mis principios me lo impiden. Y estoy segura que los del Dr. Potter también.
—Yo no puedo… pagar nada —dijo el hombre con la desesperación asomando en su voz—. No tengo nada. ¿Entiende?
—Y nadie le pedirá que pague nada —le tranquilizó Silvia—. Hay fondos gubernamentales para estos casos. Así que reserve su aliento para contestar nuestras preguntas y deje de protestar —le riñó con una sonrisa para quitar hierro a sus palabras—. Vamos a ver si averiguamos qué le pasa a sus pulmones. ¿Desde cuándo nota dificultades respiratorias?
El hombre dejo de forcejear, derrotado, y se quedó mirando al techo fijamente. Una lágrima corrió desde la comisura de su ojo hasta su pelo.
—Desde hace unos… tres años se ha vuelto peor —admitió el hombre—. Cada vez me falta más el aliento.
—Muy bien. —Silvia sonrió, triunfante—. Harry, ¿puedes ir a llamar al neumólogo de guardia? Espero que esté Stevenson.
Harry también lo esperaba. Sería más comprensivo con la situación que cualquier otro, que seguramente cumpliría someramente su papel al tratarse de un vagabundo. Asintió y se dirigió hacia la cortina para salir.
—Antes de seguir —oyó que decía Silvia—, ¿me dice su nombre, por favor?
—Malfoy. —El nombre resonó en el box como una piedra al caer al agua en un pozo—. Me llamo Malfoy.
Harry se volvió bruscamente y se quedó mirándolo fijamente. Draco le devolvió la mirada con un leve atisbo del desafío que había tenido en tiempos más antiguos y mejores.
—De acuerdo, señor Malfoy. ¿Desde cuándo vive en la calle? —Silvia no se había percatado de que Harry seguía allí, mirando fijamente a Malfoy.
—No lo sé exactamente. Un año, más o menos.
—¿No lo sabe?
—A veces es difícil llevar la cuenta del tiempo cuando no tienes más referente que las estaciones —dijo Draco, cerrando los ojos, aparentemente agotado por pronunciar una frase tan larga.
—Oh dios mío, eres tú de verdad… —Harry volvió a acercarse a la cama.
Los detalles para quien quisiera verlos estaban ahí. Los ojos grises, la barbilla puntiaguda y el pelo, aunque sucio y enmarañado aparentaba ser más oscuro, rubio. Harry dirigió su mirada al antebrazo izquierdo, en el cual no se había fijado en su exploración del pecho en busca de fracturas que explicasen la falta de aliento. Desvaída y difuminada en la costra de mugre que cubría la práctica totalidad de su cuerpo, la serpiente seguía retorciéndose en la boca de la calavera.
—No puedo entender cómo no me he dado cuenta.
—Uno ve lo que quiere ver, Potter —contestó Malfoy, desafiante.
Harry no podía hacer más que mirarle aturdido, mientras intentaba dilucidar en qué circunstancias podía haber acabado Draco en un hospital muggle.
—¿Os conocéis? —Silvia estaba desconcertada y parecía interesada en aquella casualidad.
Draco miró a Harry, obviamente ignorante de quién era Silvia y qué podía saber de su pasado, pasándole la pelota. Harry parpadeó confuso mientras su cerebro trabajaba a marchas forzadas.
—Harry, ¿estás bien? —preguntó Silvia, preocupada—. Estás pálido como si hubieses visto un fantasma.
—Los fantasmas no son… —empezó a decir Draco.
—Sí, estoy bien —lo interrumpió rápidamente Harry—. Es solo una expresión hecha, Malfoy —le aclaró mientras miraba de reojo a Silvia y esperando que no se diese cuenta de lo extraño que era estar explicando algo tan común a otra persona adulta, pero esta parecía impactada todavía por el hecho de que se conociesen—. Fuimos… compañeros de colegio.
—¡Oh! ¿En ese internado escocés del que nunca sueltas prenda y que nadie conoce? —Draco lo miró, levantando una ceja. «Es Draco Malfoy, ¿cómo no lo había visto antes?», pensó Harry, sintiéndose todavía fuera de juego— Ahora al menos sé que no te lo estabas inventando.
—Sigo creyendo que será mejor que me vaya —dijo Draco. Cuando vio que tanto Harry como Silvia empezaban a negar con la cabeza, insistió—: No deseo ser tratado y la razón por la que vine aquí ya no existe: estoy consciente, no estoy confuso y la Dra. Gutiérrez ya ha dicho que no es probable que tenga una contusión.
De nuevo, Draco jadeó, intentando coger aliento.
«Su capacidad pulmonar es muy baja», observó Harry. «Es lo que ha provocado el desmayo en primer lugar», pensó, cediendo la prioridad a su ojo clínico.
—Sé que es mi derecho. Soy plenamente consciente de las consecuencias, blablablá.
—Deduzco que no es la primera vez que solicita usted el alta médica voluntaria, señor Malfoy. —Silvia miró fijamente a Draco, pero este no se dignó a abrir los ojos, sólo esperó—. Le conviene un poco de reposo, señor Malfoy.
—Incluso aunque podamos descartar la contusión cerebral, está claro que no estás en condiciones de volver a la calle —agregó Harry.
—No es mucho lo que podemos hacer por usted —siguió Silvia—, pero al menos esta noche podrá terminarla de dormir aquí.
Draco abrió los ojos, miró fijamente al techo y apretó los labios, sin contestar.
— Muy bien —suspiró Silvia, dándose por vencida—. Prepararé su alta voluntaria, podrá firmarla e irse.
—Gracias.
—No me las dé.
Silvia salió del box dirigiendo a Harry una mirada que este conocía bien. Iba a tener que contestar muchas preguntas y Silvia no era de las que dejaba pasar las evasivas o las respuestas incompletas.
Harry suspiró. La guardia se le estaba haciendo muy larga. Malfoy se levantó de la camilla y comenzó a recoger su ropa y a vestirse trabajosamente. Harry no pudo evitar fijarse en que sus dedos no parecían responderle adecuadamente.
—Malfoy…
—No quiero ni que lo menciones —le cortó Draco—. No necesito tu complejo de héroe ahora mismo.
—Ni siquiera puedes hablar sin ahogarte —insistió Harry—. Deberíamos revisar eso.
—¿Con medicina muggle? Lo dudo. Es anterior a mi salida de Azk… de la prisión.
—Ni siquiera sabía que habías salido. ¿Cómo has acabado aquí?
—Estuviste en mi juicio, Potter —espetó Draco, con acidez—. Sólo tenías que haber echado cuentas. Claro que eso habría sido extraño. Tanto como que me soltaran. Nadie se acordaba de mí, podrían haberme dejado allí dentro para los restos y no me habrían echado de menos.
—Lo siento —dijo Harry con la voz tomada.
No era solo el hecho de que Malfoy prácticamente había admitido que se encontraba solo en el mundo, ni que viera como este, derrotado, apenas podía decir dos o tres frases seguidas sin ahogarse, o que el silbido de su pecho fuera tan audible. Era también el sentimiento de culpabilidad de no haber hecho más en su momento.
«Debí haberle visitado en Azkaban, haber recordado cuándo salía de allí, haber cuidado su salud», lamentó Harry. «Sí, testifiqué en su juicio, pero una vez vista la sentencia me relajé a pesar de no estar de acuerdo con ella. Di por hecho que no podía hacer nada más».
—Lo siento mucho —murmuró Harry, compungido—. Déjame al menos ayudarte ahora.
Silvia volvió a entrar en ese momento, interrumpiéndolos. Tendió el formulario a Malfoy, que cogió el bolígrafo con dedos temblorosos y lo garabateó. Con un gemido de dolor, caminó fuera del box, renqueando.
—Draco —lo llamó Harry. Este se volvió—. Si necesitas algo, lo que sea, puedes venir aquí. Pregunta por mí. Si quieres que revisemos tus pulmones, o las manos, o comer algo, ropa, lo que sea. —Harry sentía la mirada penetrante de Silvia en su nuca. Draco se quedó inmóvil y pareció que iba a negar con la cabeza, así que insistió—: Por favor.
—Está bien —accedió Draco.
Harry no le creyó, pero no se le ocurrió qué más podía hacer por él en contra de su voluntad. Draco salió del box arrastrando los pies. Le oyó dirigirse a alguien preguntando por sus cosas.
Sintió la mano de Silvia en su hombro. Harry suspiró, no muy seguro de querer mirarla. Cuando le apretó el hombro con la mano, se dio cuenta de lo tenso que estaba. Se sentía agotado, como si un camión le hubiese arrollado. Un camión lleno de recuerdos que él se esforzaba por intentar dejar atrás a diario.
—Eso ha sido… raro.
—Supongo —admitió Harry, consciente de que seguramente tendría que contestar muchas preguntas para satisfacer la curiosidad de Silvia.
—Necesita atención médica, Harry. No se encuentra bien. ¿Has visto cómo le temblaban los dedos? Quizá sea artritis reumatoide, o…
—Me parece más probable artrosis. Y creo que tengo una idea de qué le pasa en los pulmones también —dijo Harry, más para sí mismo que para Silvia.
En ese momento se dio cuenta que, una vez más, estaba contándole a Silvia cosas que luego no podría explicar por qué las sabía sin mencionar el mundo mágico.
—Como sea —accedió Silvia, quitándose los guantes que llevaba puestos—. Aún queda una hora de guardia. ¿Quieres que vayamos a la sala de estar a tomar un café?
—De acuerdo.
—Y por el camino me cuentas sobre ese colegio misterioso y ese compañero tuyo que casi no reconoces. Está claro que no fue un noviete de la adolescencia.
—No nos llevábamos bien —resopló Harry, esbozando una sonrisa a su pesar—. Hacía años que no nos veíamos, supongo que eso influye.
—Supongo que a nadie le apasionan esas pintas.
—No creas, era muy guapo y tenía muy buen gusto vistiendo.
—Entonces es que te dio calabazas —dedujo Silvia. Harry rio.
Para Silvia, si un hombre era guapo y vestía bien, era todo lo que necesitaba para estar con Harry, que se entristeció al darse cuenta de que, aunque era la primera vez que pensaba ello, efectivamente Draco había sido muy guapo.
Se preguntó si debajo de aquel mendigo seguía estando el hombre en quien Draco se habría convertido al llegar a la edad adulta en circunstancias normales o si los años de prisión en plena juventud habían hecho tanta mella que ya eran irrecuperables.
Silvia seguía mirándolo expectante en busca de un jugoso cotilleo, así que, sonriendo, le dio más carnaza:
—No, él venía de una familia rica. Nunca nos movimos en los mismos círculos de amigos. —Harry se mordió el labio, pensando en el eufemismo tan grande que había soltado—. Imagino que por eso he tardado tanto en reconocerlo.
—Vaya, ¿y cómo acaba alguien guapo y de familia bien viviendo como un mendigo en la calle, sin poder casi hablar ni caminar?
Habían llegado a la sala de estar de los médicos. Silvia entró y sostuvo la puerta para que Harry pudiese entrar, pero este se quedó parado, con el rostro sombrío.
—Porque estaba solo y abandonado —murmuró mientras una chispa de entendimiento lo invadía—. Silvia, lo siento, pero tengo que irme.
No esperó a oír la respuesta y salió corriendo. Cuando salió a la calle, miró a ambos lados, preguntándose hacia que lado habría ido. Dedujo que no podía haber llegado muy lejos con esa forma de arrastrar los pies, pero desde la puerta no lo veía.
«Si al menos tuviera la varita encima…» Intentó concentrarse un momento. «Hacia la izquierda». Yendo por la derecha se podía llegar a una calle transitada con mucho tráfico y multitud de comercios. Harry dedujo que si Draco decidía ir por allí, alguien le acabaría encontrando de nuevo y llamando a emergencias. Por la izquierda se llegaba a un parque donde él mismo recordaba haber visto otros vagabundos durmiendo.
«Quizá al mismo Draco y nunca me he percatado de que era él».
Harry echó a caminar rápidamente, mirando a su alrededor. No podía haberse esfumado así como así. Dudaba mucho que tuviese varita para desaparecerse. Un mago con varita nunca se habría visto reducido a ese estado. Suspiró de nuevo. El poso de culpabilidad que siempre estaba ahí había crecido hasta ocuparle todo el pecho y, angustiado, comenzó a pensar en qué ocurriría si no conseguía encontrarle.
«¿Cómo encuentro a un mendigo en concreto en una ciudad como Londres?»
—¡Doctor! ¡Doctor! ¡Ayuda! ¡Aquí! —Harry se dio media vuelta. Un hombre mayor le estaba haciendo gestos desde la esquina de un callejón que no había visto—. ¡Creo que no puede respirar, está inconsciente!
Harry corrió de vuelta. No se había fijado en ese callejón y ahora estaba dándose golpes mentales en la frente. Era obvio que Draco no podía haber recorrido tantos metros en su estado y que se había imaginado que no se rendiría tan rápido.
Cuando llegó al callejón, el hombre le guio hasta donde estaba Draco, tendido desmadejado en el suelo. Se agachó rápidamente. Estaba inconsciente, pero respiraba. El pulso era débil y trémulo. Tenía que sacarlo de ahí, pero volver con él al hospital sería una pérdida de tiempo otra vez. Se maldijo a sí mismo por no llevar la varita encima para Desaparecerse. Aunque con toda la atención que ese muggle estaba atrayendo…
—Páreme un taxi, por favor —le ordenó Harry, colocando a Draco en una posición que le facilitase respirar—. Sé exactamente donde debo llevarle.
—¿Un taxi? —Se extrañó el hombre—. ¿No sería mejor una ambulancia?
—Por favor, hágame caso.
—Por supuesto, usted es el que sabe.
El hombre salió del callejón mientras Harry intentaba levantar a Draco. Se dio cuenta que pesaba realmente poco, estaba aún más delgado de lo que creía. Seguía siendo un peso muerto difícil de manejar, así que Harry lo arrastró hasta la calle principal, donde un taxi ya estaba parando.
El taxista miró a Draco, apretando los labios, y con un pequeño suspiro resignado, asintió dándoles permiso para montar. El hombre que lo había guiado al callejón ya estaba abriéndoles la puerta de atrás. Harry, como pudo, introdujo el torso de Draco y luego sus piernas una a una, cerrando la puerta y rodeando el vehículo para entrar por el otro lado.
Se sentó, abrochó el cinturón de Draco y luego hizo lo mismo con el suyo mientras le daba al conductor la dirección de su apartamento, prometiéndole un plus si llegaban en menos de quince minutos. Draco entreabrió los labios, emitiendo un susurro inteligible.
«Las pérdidas de consciencia no duran mucho, seguramente se deben a la falta de oxigenación adecuada», concluyó Harry.
Miró por la ventanilla brevemente, intentando identificar por dónde iban. No estaban lejos ya, parecía que el taxista había decidido utilizar la ruta más corta. Sus ojos se cruzaron un momento con los del conductor, que le miró por el espejo retrovisor con el ceño fruncido. Harry dedujo que no le hacía ni pizca de gracia que un mendigo estuviese en su coche y que si los había permitido montar, se debía mayormente a su uniforme de trabajo.
Su móvil sonó. Al sacarlo del bolsillo, Harry notó el tacto puntiagudo de las llaves de casa. Afortunadamente, una parte inconsciente de él había recordado recogerlas antes de salir corriendo. Volvió a centrar su atención en Draco.
Aunque Draco seguía teniendo cerrados los ojos, seguía consciente. Estaba recuperando el aliento y ya no jadeaba tanto.
«Su capacidad pulmonar parece prácticamente nula», pensó Harry. «Cuando se mueve, le falta el aire y probablemente sea lo que le cause las pérdidas de consciencia. Al estar descansando, como en el hospital o ahora sentado en el taxi, parece respirar mejor».
—Estamos llegando, doctor.
—De acuerdo, muchas gracias. Deténgase en el número 23, justo después de pasar una frutería, y no pare el taxímetro. Subiré a mi piso a por dinero para pagarle.
—¿Y él? —preguntó el taxista con desconfianza.
—Lo ayudaré a salir del vehículo después.
El hombre no pareció muy conforme, pero no añadió nada más. Harry miró el móvil, era un mensaje de Silvia. En ese momento no tenía la mente preparada para todas las explicaciones y rodeos que tendría que darle para que quedase satisfecha. Estaban llegando a destino.
Cuando el taxi se detuvo, Harry ya se había quitado el cinturón y estaba saliendo por la puerta. Corrió hacia el portal y, con las manos temblando, sacó la llave y abrió la puerta. No llamó al ascensor, subió los tres pisos saltando los escalones de dos en dos.
Abrió la puerta y corrió directo hacia el dormitorio, rebuscó en un cajón del armario sacando, sin miramientos, la ropa que contenía y tirándola al suelo. Tanteando al fondo, sacó una caja que, al abrirla, guardaba dos varitas. Cogió la de acebo, sintiendo el familiar cosquilleo de la magia reconociéndole y dándole la bienvenida.
Salió de nuevo hacia la sala que hacía las veces de comedor, salón de estar y recibidor. Rebuscó en un perchero hasta encontrar un fajo de billetes y volvió a saltar escaleras abajo sin molestarse en cerrar la puerta. El taxista soltó un pequeño suspiro de alivio al verle aparecer y cogió el dinero sin decir nada. Mientras lo contaba, Harry sacó a Draco del asiento de atrás y empezó a dirigirse hacia el portal con él.
—Doctor, ¿no quiere el cambio?
—No, quédeselo —dijo Harry sin mirar atrás, pensando en que debía haber una buena cantidad de libras si el conductor no se lo había cobrado como plus.
No fue consciente de si el taxi seguía ahí o había arrancado cuando traspasaron la puerta que los introdujo en el descansillo del edificio. Harry esperó a que la puerta se cerrase y con un vistazo rápido para comprobar que ningún vecino estaba cerca, los desapareció a ambos rumbo a su piso.
La aparición no parecía haberle sentado bien a Draco, que estaba boqueando otra vez en busca de aire, a punto de perder la consciencia de nuevo. Suavemente, lo depositó en el suelo y cerró la puerta del apartamento.
«Quizá sea por la sensación de opresión de la aparición», se dijo Harry mientras apretaba los dientes, en tensión.
Harry agarró con fuerza la varita y, entrando en el baño, sacó un vial de poción relajante. Con un cuentagotas, depositó entre los labios de Draco dos gotas. La lengua de este las lamió en un acto reflejo. Harry contó los segundos en silencio, hasta que el cuerpo del chico se relajó visiblemente. La respiración de Draco, dormido, aunque superficial, se volvió más regular.
—Mobilicorpus.
El cuerpo de Draco flotó desmadejado mientras Harry lo dirigía al cuarto de baño. Como todo en aquel piso, era pequeño y el baño no disponía de bañera. Harry buscó un barreño que utilizaba para bajar la ropa al cuarto de lavandería.
—Engorgio. Aquamenti. —Lo miró con ojo crítico—. Tendrá que bastar.
Con la varita, Harry quitó toda la ropa de Draco. Sin miramientos, la hizo desaparecer con una floritura. Arrugó la nariz ante el olor que exhalaba. Conteniendo la respiración, depositó a Draco, aun flotando, encima del barreño agrandado. Cogiendo una esponja y jabón, hizo un hechizo para calentar el agua y, durante los siguientes veinte minutos, se dedicó a enjabonar y limpiar primorosamente el cuerpo ennegrecido de mugre de Draco.
Mientras lo hacía, su ojo clínico le hizo notar que no sólo estaba excesivamente delgado, sino que sus músculos parecían blandos y fofos. Lavó el cabello y la barba, enjuagándolos con otro Aquamenti, peinándole el pelo con los dedos. No se atrevía a recortarlo a pesar de que los cabellos estaban muy estropeados.
Con la varita, recortó las uñas de todos los dedos. Frotó cada centímetro logrando sacar la piel cremosa de Draco, castigada por el viento y el sol, a la luz, cambiando el barreño sucio a menudo, hasta que el agua con la que lo lavaba empezó a salir transparente.
Satisfecho cuando el olor nauseabundo a suciedad acumulada durante años desapareció, generó con la varita una corriente de aire caliente que lo secó completamente. Hizo desaparecer los últimos restos de agua, devolvió el barreño a su tamaño y, levitando el cuerpo de Draco, lo dirigió hacia la habitación. Felicitándose por la costumbre de cambiar las sábanas el día anterior a su guardia nocturna para disfrutar de estas limpias al volver, depositó a Draco en la cama y lo cubrió con las sábanas.
El agotamiento acumulado le invadió. Harry se frotó los ojos, con cansancio, dándose cuenta de que, si se tumbaba, probablemente dormiría doce horas seguidas. Draco despertaría mucho antes y seguía necesitando algunos tratamientos básicos que podía hacer con la varita, así que se conminó a seguir despierto. Lamentando no tener ninguna poción vigorizante en su botiquín, Harry se puso manos a la obra.
