Disclaimer: Ningún personaje me pertenece, son todos de J.K. Rowling y la Warner.
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Sensaciones olvidadas
Draco sabía que era un sueño, pero no le importaba. Estaba en una de las mazmorras de Hogwarts, removiendo un caldero con un líquido rosáceo. Olía agradablemente bien. A jabón, ropa limpia y…
«¿Beicon?», inspiró con agrado.
Estar en Hogwarts removiendo un caldero ya era una pista suficiente de que era un sueño, pero esos no eran los olores que él percibía en el aroma de la Amortentia. Draco percibía olor a palo de escobas, manzana verde y almizcle.
No sabía que era peor, porque cuando despertase volvería a la realidad, donde ese olor asqueroso que formaba parte de él y había inutilizado parte de sus fosas nasales, «¡gracias a Merlín!», se haría más potente hasta que su olfato decidiese olvidarlo de nuevo. Y el agujero en el estómago que el olor a beicon y pensar en manzanas verdes le estaba abriendo tendría que calmarlo con algo de la basura.
«Total, no olerá peor que yo mismo».
Calculó el día de la semana que era. Había una frutería que los sábados tiraba el excedente de la semana en un contenedor. Tendría que bucear en aquel contenedor tan enorme, pero solía merecer la pena.
«Qué coño, no merece la pena, pero es mejor un plátano machacado que un bocadillo mohoso arrebatado a una rata en un callejón».
Inspiró de nuevo, notando cómo el aire entraba en sus pulmones. No los llenaba, pero era una sensación estupenda. Se sorprendió. Soñar con comida u olores era habitual para él, pero la agonía que era respirar no solía solucionarse cuando dormía.
—Draco… Draco… —Podía oír una voz llamándole.
Le resultaba levemente familiar, como si fuese responsabilidad suya ponerle nombre. Draco miró ceñudo al caldero, que ahora era una sartén con huevos fritos. Se disgustó. Tenía que despertarse y no quería. Odiaba profundamente estar sucio, frío y hambriento. Nunca conseguía calentar los dedos de las manos o los pies, y la sensación de estar saciado pertenecía a tiempos lejanos, pero estar sucio era una tortura.
Llevaba sin sentirse limpio desde que había entrado en Azkaban. Draco había abrigado la esperanza de que las condiciones de la prisión hubiesen mejorado con respecto a cuando su padre estuvo encerrado, pero cuando ingresó allí había comprobado de primera mano que no era así. Le habían tirado dentro de una celda pequeña, oscura, fría, sucia y húmeda.
La primera noche la había pasado arrinconado en una esquina, intentando no llorar, porque una rata se había apoderado de su catre. Tenía que hacer sus necesidades en un agujero en el suelo que el carcelero limpiaba cuando pasaba a darle el rancho del día. Draco intentaba aguantar lo más posible, lo que no era difícil dado lo exiguo de la ración de comida y bebida, porque de lo contrario tenía que aguantar durante horas el olor pestilente de sus necesidades y espantando los insectos que atraían.
Había tenido pánico a las frecuentes diarreas, ya que no implicaban ninguna limpieza extra ni tampoco comida especializada. Cuando apenas llevaba una semana encerrado y aún no había dejado de contar los días, Draco preguntó al carcelero de guardia los horarios de las duchas. Este se rio en su cara mientras hablaba de los aires del mortífago que se creía con derecho a privilegios. Ese día no le había limpiado el agujero.
Se volvió un hecho habitual. Pronto, Draco estaba tan sucio que olía peor que las ratas que compartían su celda. Su uniforme de preso había ido desgastándose y haciéndose jirones. Para cuando el primer invierno había recrudecido, el frío se había adueñado de sus huesos y ya no le había abandonado. A menudo se preguntaba cómo no llegó a perder ningún dedo.
La humedad de la celda había sido tanta que en pleno invierno llegaba a haber varios centímetros de agua en el suelo, su catre no se secaba jamás y las paredes estaban siempre mojadas. Pronto había perdido la esperanza de salir vivo de allí.
Un día, más de dos años después de ingresar, cuando los días se desdibujaban y sólo los marcaba la hora del rancho, un carcelero le había dicho que su madre había muerto de una neumonía. Draco sólo pudo preguntarse cuánto más tendría que soportar antes de reunirse con ella. A partir de ahí había llegado el dolor de huesos, de todos y cada uno de los huesos de su puto cuerpo. Cuando respirar empezó a hacérsele difícil no había podido evitar pensar que quizá el fin ya estaba cerca y se había sentido agradecido a Salazar por ello, deseando abrazar el final de aquella tortura.
No había tenido esa suerte. Dejó de llevar la cuenta de los días y empezó a llevar la de las estaciones. La fría y húmeda primavera daba paso al crudo y helado invierno en un eterno ciclo. La entrada de dos aurores en su celda, conteniendo la respiración, había despertado una chispa de curiosidad en su apatía. Le habían ordenado ponerse en pie y seguirle y Draco había obedecido como un autómata.
A empujones, lo habían llevado hasta la salida. Allí, le habían hecho quitarse el uniforme, dándole los pantalones y la camisa con los que había ingresado. Sintiendo la luz hiriéndole las pupilas, dándole a la situación el aspecto de un sueño, Draco había obedecido, cambiando el áspero tacto del uniforme por el de sus costosas ropas. Sobre su cuerpo, las había sentido como un disfraz, como si fuese un impostor imitando al antiguo Draco Malfoy.
A pesar de ajustar el cinturón al máximo, los pantalones se le caían sin remedio y la camisa, que en su momento se había ajustado a su cuerpo, estilizándolo, era como un saco enorme sobre su torso. Lamentándose, Draco había pensado que debía verse horrible.
Los dos aurores le habían escoltado hasta el Ministerio, donde firmó que había recibido las pertenencias con las que entró y su orden de salida. Draco había preguntado sobre sus otras pertenencias, las que no llevaba encima cuando le arrestaron, pero que eran suyas por derecho.
Uno de ellos se había reído a carcajadas al oírlo. El otro, desviando la mirada hacia el suelo había mascullado que los Malfoy ya no tenían nada y que era mejor que no dijese nada más si no quería problemas. Draco había insistido y preguntado por su varita y por Malfoy Manor. No había obtenido ninguna respuesta más.
En silencio y malhumorados, los aurores lo habían acompañado a la salida al mundo muggle. Draco no había vuelto a pisar el mundo mágico. Ni siquiera sabía dónde quedaba la entrada muggle del Caldero Chorreante para poder acceder al Callejón Diagon. Aunque saberlo no habría marcado la diferencia, no tenía dinero para pagar por comida y tenía prohibida la posesión y uso de una varita. Tampoco podría costearla, de todos modos.
No había tenido manera de intentar llegar a Malfoy Manor y comprobar si las protecciones de la casa aún lo aceptaban, ni modo de ponerse en contacto con nadie. Ni siquiera sabía si quedaba alguien con quien ponerse en contacto. Hasta donde sabía, todos sus conocidos estaban encarcelados, muertos o eran sus enemigos.
—Draco… ¡Draco! —Draco suspiró, frustrado. La voz seguía llamándolo con suavidad y un deje de preocupación. Abrió los ojos, fijándolos en el techo de color blanco.
«¿Otra vez un hospital muggle? No puede ser, joder», gimió.
Era un vagabundo, por qué la gente se molestaba en intentar llevarlo a un hospital era algo que se había preguntado varias veces.
Draco suponía que era por el sentimiento de culpabilidad de los muggles. Veían a alguien en el suelo, llamaban a una ambulancia y sentían que habían cumplido. De lo costoso de un tratamiento, de los medicamentos muggles que los sanadores le decían que debía tomar, o sencillamente de las condiciones mínimas de vida para poder hacerlo no hablaban.
Como mucho llegaban los aurores muggles a hacerle preguntas y llevarlo a un hospicio donde dormir un par de noches antes de que le dieran la patada. La ventaja de poder dormir bajo cubierto, en un lugar seco, le resultaba insignificante frente a la batería de preguntas que tenía que contestar a las personas que trabajaban allí.
No le interesaba llamar la atención de los muggles ni ir a hospitales, ni siquiera a ese de Potter. Recordar a Potter le hizo pensar en qué coño hacía este en un hospital muggle vestido de sanador, pero decidió que podía esperar.
—Draco, ¡estás despierto! Menos mal, ya pensaba que me había excedido con la dosis de poción relajante. Hace cinco minutos que deberías haber despertado.
Draco gimió. Potter otra vez. Ni siquiera en su desgracia podía evitar cruzarse con él, por lo visto. Desde que los aurores le habían dado la patada en la puerta del Ministerio jamás se había cruzado con otro mago, al menos que él reconociera, y el primero tenía que ser Potter. Era casi como si la vida intentase gastarle una gran broma y reírse aún más de él.
—Potter. —No era una pregunta. Ni siquiera era una exclamación. Sólo constataba un hecho: la presencia de Potter allí—. ¿Dónde… dónde estoy?
Draco notó que las palabras le salían con más facilidad. No se lo había imaginado, realmente podía respirar mejor de lo que lo había hecho en muchos años. Intentó coger aire profundamente, pero a mitad de la inspiración se añusgó y tosió con fuerza.
—Tranquilo —dijo Potter ayudándole a incorporarse—. Tus pulmones todavía están destrozados, Draco. Es posible que notes una mejoría, pero no podrás respirar tan fuerte hasta que no estén sanados.
Draco miró a su alrededor. Ese no era el hospital muggle de Potter. Era una habitación pequeña y sencilla. Un armario, una cama, una cómoda, una mesita de noche y una silla auxiliar. Por la ventana entraba un sol brillante, calculó que debía ser por la mañana. Draco orientó el rostro hacia la luz para encararla y cerró los ojos para disfrutar de su caricia.
«La vida podrá ser una mierda, pero al menos ya no es una mierda oscura», suspiró satisfecho.
Al lado de la cama estaba Potter, vestido con una camiseta y unos pantalones deportivos. Tenía el pelo húmedo, como si acababa de ducharse.
Draco se descubrió envidiándole tras aquel primer vistazo. Era guapo, estaba en forma y simbolizaba todo lo que él ya no era y probablemente no sería jamás. Un poso de amargura le subió por la garganta y los ojos le picaron. Tragó fuertemente saliva. Al fin y al cabo, él, un Malfoy, ya estaba acostumbrado a tener envidia de todo y todos. Ni siquiera era una envidia beligerante, sólo levemente ansiosa y muy triste.
—Tengo que revisarte —dijo Harry con voz suave—, pero creo que primero debes comer algo. Seguro que estás hambriento.
Lo estaba. Sus tripas rugieron, impacientes. Parecía que el olor a ropa limpia venía de las sábanas y el del beicon de la puerta.
«¿Seguro que estoy despierto?», pensó, incrédulo.
Draco hizo ademán de destaparse para levantarse y aceptar esa comida, pero se dio cuenta que estaba desnudo bajo las sábanas. Dudó. No era tan idiota como para decir que no a una comida caliente, menos si olía bien y no salía de un cubo de basura, aunque fuese de Potter.
«A la porra», pensó Draco. «Seguramente ha sido Potter quien me ha quitado la ropa». Poniéndole una mano en el hombro, Potter se lo impidió.
—No, espera, no te levantes —le instó Potter, obligándolo a quedarse sentado—. Es necesario que descanses. Yo te traeré la comida aquí, espera un momento.
Draco le miró con los ojos abiertos como platos, sin poder creerse que Potter estuviese dispuesto a servirle como un elfo doméstico.
Con la mano, Draco se tocó el pelo. Estaba limpio, aunque distaba mucho de tener la suavidad de antaño. No pudo evitar coger un mechón y llevarlo a su nariz. Aspiró fuertemente, olía a jabón. Estaba limpio como hacía años que no estaba y no pudo evitar que los ojos volviesen a picarle y se le anegasen de lágrimas.
—No pude hacer más que limpiártelo. —Potter estaba en la puerta con una bandeja en las manos.
Draco bajó rápidamente la mirada para que Potter no pudiese ver las lágrimas. «Los Malfoy no lloran», rememoró las viejas palabras de su padre. «Y menos delante de Potter, joder».
Parpadeó con furia, intentando contener las lágrimas y volvió a alzar la mirada. Potter parecía incómodo.
—Los cabellos están muy estropeados. Supongo que debido a la humedad y la intemperie. No sabía si cortarte el pelo y afeitarte, no quise hacerlo sin tu permiso. Pensé que, quizá… bueno… siempre te has visto muy bien con el pelo corto y… no sé… si quieres… bueno… es que no sé si ahora mismo podrías… quiero decir… te resultará difícil coger con las manos… bueno, que si quieres que lo haga yo, sólo tienes que pedirlo.
«Merlín, cuántas frases sin terminar, Potter».
Potter parecía esperar una respuesta, pero Draco era incapaz de articular palabra sin echarse a llorar. Apartó la mirada y se encogió de hombros. Si Potter decidía interpretarlo como un no, ya tendría tiempo de pedírselo más adelante. O intentar hacerlo por sus propios medios si encontraba algo que cortase lo suficiente.
—Ten, está recién hecho —Potter carraspeó.
Colocó la bandeja en sus piernas. Draco fue a agarrar una de las asas y se dio cuenta de que su mano derecha temblaba. No podría comer sin derramar nada en aquellas sábanas limpias. Intentó esconder la mano bajo la sábana antes de ser consciente de que era absurdo y que tanto movimiento acabaría por derribar la bandeja definitivamente, pero Potter ya la estaba haciendo levitar a una altura adecuada.
Tentativamente, Draco acercó las manos. Parecía firme. Comería con la izquierda, decidió antes de que Potter cogiera su mano sin preguntar. Murmuró algo que no alcanzó a oír y ondeó la varita ejecutando algún tipo de hechizo.
—Creo que es solo estrés —dictaminó Potter—. Se te pasará. Yo puedo ayudarte a…
—No será necesario, Potter. —Vio como este se echaba hacia atrás, resignado ante su tono cortante—. Puedo hacerlo yo solo. Por favor… —intentó suavizar las palabras.
Potter le miró fijamente y asintió. Draco volvió a fijar sus ojos en la bandeja. Huevos y tocino frito, garbanzos, pan, una naranja, una taza de té, leche, una onza de chocolate negro y un azucarero. Los ojos volvieron a picarle. Se dio cuenta de que todo estaba dispuesto de manera que pudiera comer inmediatamente.
La naranja estaba pelada y separada en gajos, el tocino y el pan dividido en trozos y los garbanzos tenían una cuchara para comerlos en lugar de un tenedor. El estómago le dolía del ansia de empezar a comer y por el olor que inundaba sus fosas nasales. Se recordó a sí mismo que tenía que comer...
—Despacio —le recordó Potter. Parecía que estaba pensando lo mismo que él—. Come despacio, tu cuerpo necesita acostumbrarse a tanto alimento sólido. No sabía cómo te gustaba el té, así que te he traído leche y azúcar para que lo sirvas a tu gusto.
Con un leve suspiro ansioso, Draco decidió empezar por el chocolate. Llevaba por lo menos diez años sin probar el chocolate. Mordió una esquina y este se deshizo en su boca. Se dio cuenta que era de alta calidad y un pequeño gemido de placer se escapó de sus labios cuando sus papilas gustativas estallaron en una fiesta.
—Recordé que te gustaba el chocolate. —A su lado, Potter sonrió—. En Hogwarts me fijé muchas veces en los dulces que te enviaban por lechuza. Siempre tenían toneladas de chocolate.
Draco paró de comer un momento y le miró con una ceja levantada. Al ver el gesto, Potter rio.
«Maldita mi estampa si sé de qué se está riendo», pensó, torciendo el gesto.
—Lo siento —se disculpó Harry—, pero ese gesto de la ceja realmente me recordó a ti. Si lo hubieses hecho en el hospital te habría reconocido a la primera.
—Alabadas sean tus dotes de deducción —repuso Draco, tragando antes de hablar.
Dejó a un lado el resto del chocolate. Decidió que lo tomaría al final, pensaba disfrutarlo y quería que su sabor permaneciese en su boca un rato. Atacó los huevos y la panceta con un trozo de pan.
—Y alabada sea tu memoria —añadió Draco mientras masticaba, enviando a la mierda un pensamiento fugaz sobre que los Malfoy no hablan con la boca llena, aquello estaba delicioso.
No podía evitar mirar de reojo a Potter, que seguía de pie a su lado. Este había dejado de sonreír y parecía incómodo. Draco iba a preguntarle qué pasaba cuando, al apartarse el molesto pelo de la cara, descubrió que esta estaba húmeda de lágrimas. Con un gesto impaciente, se secó las mejillas con el dorso de la mano y siguió comiendo.
«A la porra con la dignidad Malfoy», se rindió, incapaz de sentirse miserable mientras engullía un trozo de tocino.
Potter movió la varita. Draco notó como la cama se separaba de la pared y este se colocaba detrás de él. Draco se tensó durante un momento, pero se obligó a relajarse al sentir las manos de Potter recogiendo su pelo de los lados hacia atrás, entendiendo lo que iba a hacer: ya que parecía que Potter sabía leer indirectas no era cuestión de darle pistas falsas que le hiciesen arrepentirse.
La magia de la varita le rozó la cabeza, cortando el pelo y haciéndolo desaparecer antes de que cayese. Draco aprobó aquello. Vivía en el mundo muggle arrastrándose entre contenedores, pero nunca estaba de más tener cuidado con los pelos y las uñas, uno nunca sabía dónde podían acabar.
Sintió la cabeza fresca y ligera y, mientras daba cuenta de un trago de té, no pudo evitar la tentación de alargar una mano y tocarlo.
—Tenía que cortar todo el pelo que estaba estropeado —se justificó Harry, que tenía cautela en la mirada—, no podía dejarlo más largo.
Decidió que Potter había hecho un buen trabajo aunque, efectivamente, lo sentía demasiado corto. Nunca había llegado a tenerlo así. Apuró la taza de té y la dejó encima de la mesa. Estaba ahíto como no recordaba haberlo estado nunca, a pesar de que sabía que en su adolescencia y niñez no había tenido nunca carencia de nada.
Suspiró satisfecho y echó la cabeza hacia atrás. Sus ojos encontraron los de Potter. Los cerró, incómodo al sostenerle la mirada. La sensación de la magia acariciándole la mejilla derecha, siguiendo por la izquierda y bordeando sus labios, haciendo desaparecer todo el vello antes de que siquiera llegase a caer sobre su regazo, le hizo sentirse casi un mago de nuevo.
—Listo —susurró Harry—. ¿Quieres verte en un espejo?
—Sí. Por favor.
«Si Potter cree que no voy a atreverme o que es un tema delicado, va listo», se enfurruñó Draco.
Se hacía una idea de lo que se podía encontrar, en la calle había multitud de cristaleras y lunas en las que verse reflejado. Una de las primeras cosas que hizo al salir de Azkaban fue, precisamente, mirarse en un escaparate.
Le había aliviado no reconocerse en aquella ocasión. Había ayudado pensar que ese señor ajado, demacrado y sucio, lleno de una barba que nunca pensó que iba a tener cuando se frustraba por no tener siquiera la sombra del bigote en su adolescencia, y con unos pelos dignos de su tía Bellatrix, no se parecía en nada al adolescente que entró en Azkaban diez años atrás y eso le había hecho sentir que era otra persona e impregnó todo de una sensación de irrealidad.
Al principio, le había preocupado estar volviéndose loco, pero la sensación pronto se diluyó ante las vicisitudes de la vida de un vagabundo y su aspecto físico había pasado a ser la última de sus prioridades.
—Speculum.
Ante Draco apareció flotando un círculo plateado que ondeó durante unos segundos y, cuando se estabilizó, apareció su imagen reflejada. No tenía nada que ver con su recuerdo de aquel hombre barbudo y greñudo del escaparate, pero tampoco era el adolescente que entró en Azkaban.
Sus pómulos, excesivamente delgados, delataban toda su quijada. Su barbilla era más puntiaguda que nunca y su nariz parecía la de un goblin de Gringotts, afilada y pareciendo enorme con respecto a su cara; sus ojos estaban hundidos y rodeados de ojeras y en su frente había algunas arrugas que pensaba que no debían estar ahí cuando no tenía ni treinta años.
Detrás de todo eso estaban sus ojos, devolviéndole la mirada, y esos sí eran los ojos de ese adolescente asustado que no se atrevió a levantar la varita contra Dumbledore. Odiaba tener miedo y seguir viéndolo en su mirada tras tantos años.
Miedo de no saber si al día siguiente se despertaría. Si se desmayaría en medio de una calle y cuando recuperase el sentido le habrían robado sus escasas pertenencias. Miedo a dormir en una noche de enero y no despertar por haber muerto congelado. Miedo a que todo lo que Potter le estaba dando le hiciese recordar las cosas buenas de la vida y miedo a tener que volver a la calle de nuevo tras ese paréntesis, algo que no dudaba que ocurriría cuando Potter recordase quién estaba tumbado en su cuarto de invitados.
«Ah, y la caída será dura», suspiró mentalmente.
Pasar de la mansión que fue su hogar a la misma Malfoy Manor dominada por ese loco tarado que arrastró a su padre y por ende a su familia, de ahí a los calabozos del Ministerio y luego a Azkaban y por último la calle había sido gradual y casi imperceptible.
Cada escalón bajado en la dignidad apenas era acusado por Draco hasta que tenía que bajar otro más. Pero sabía que pagaría el precio por estar allí tumbado y aseado en una cama limpia y cómoda, comiendo comida de verdad. Miró por última vez su reflejo y suspiró. Potter, con un fluido movimiento de varita, deshizo el espejo, colocó la cama en su lugar y se acercó a la ventana para correr las cortinas y oscurecer la habitación.
—Ahora debes descansar —le indicó Potter—. Necesitas reposo absoluto. No te levantes ni siquiera para ir al cuarto de baño sin avisarme. Si necesitas ir ahora puedo ayudarte. Si no, puedes llamarme o usar lo que te he dejado al lado de la cama para que puedas hacer tus necesidades, como prefieras.
—¿Un orinal, Potter? —saltó Draco, ácidamente.
Sin pensarlo ni un segundo, decidió no hacer uso de él, considerando que debía ser un paso más hacia la humillación que Potter le sujetara la polla mientras meaba o le limpiase el culo. No había caído tan bajo aun y no pensaba hacerlo delante de él.
«No ha nacido un Potter que me dé órdenes», pensó, frustrado. «Haré lo que me dé la gana, San Potter».
—Es importante, Draco. Por favor. —Potter se quedó mirándole fijamente en silencio.
Draco tardó unos segundos en darse cuenta que estaba esperando una respuesta. Asintió secamente.
—Voy a tener que hacerte algunos exámenes más pero, por lo que he visto hasta ahora, la mayor parte de lo que tienes se curará con un par de pociones, mucho descanso, higiene y buena comida.
—Bien —asintió Draco, sin escucharle realmente, preguntándose de dónde pensaba Potter que iba a sacar todo eso viviendo en la calle.
—Necesito que me ayudes dándome información para confeccionar un historial. —Potter siguió hablando, ignorando su indiferencia—. Saber de dónde pueden venir las cosas ayudará a tratar correctamente las lesiones que aún no he examinado, pero prefiero que lo hablemos más tarde.
Un historial. Draco no estaba seguro de querer proporcionar información alguna a Potter, por muy solícito que se estuviese mostrando. Sin darle opción a pensar, Potter continuó hablando:
—Son solo las dos del mediodía, apenas has dormido siete horas desde que te traje y yo no he dormido nada desde ayer, así que será mejor que descansemos un rato. Estaré durmiendo aquí al lado, si necesitas algo. Te dejo poción relajante por si te hace falta: una gota disuelta en medio vaso de agua debería bastar.
—Hablas demasiado, Potter —lo cortó Draco, borde.
Sabía que estaba siendo maleducado, pero no quería oír hablar de orinales, ni de diagnósticos que le dijesen lo mal que estaba y lo mucho que le dolían las cosas.
Potter depositó un pequeño vial en la mesita de noche, recogió la bandeja y abrió la puerta para salir. Una pequeña gata carey se apresuró a entrar por el hueco antes de que Potter pudiese hacer nada.
—¡Lady! ¡No! ¡Ven! —dijo Potter parecía apurado, pero con las manos ocupadas no podía cogerla—. Lo siento, Draco. He intentado que no entre aquí y limpié la habitación mientras dormías. No sabía si eras alérgico y con lo mal que suenan esos pulmones no quería arriesgarme, pero no está acostumbrada a que en casa haya puertas cerradas. La pobre está desesperada por entrar aquí.
—No importa. No soy alérgico. —Draco creyó detectar alivio en el rostro de Potter, pero no sabía si era porque no le importaba o porque no era alérgico.
«¿Me echarías de casa si te digo que sí lo soy, San Potter? ¿O me elegirías antes de la gata?», se preguntó, ácidamente.
Apenas había empezado a disfrutar de la dicotomía cuando cayó en la cuenta de que nadie le elegiría a él antes que a un gato. Se mordió el labio inferior, dolido.
—No me importa que entre —ofreció Draco, derrotado.
—Eh… está bien. Además, no hay nada en esta casa que no pase por su radar, ¿verdad, Lady? —preguntó Potter a la gata, acariciándola suavemente entre las orejas—. No vaya a pasar algo sin que te enteres. Pero no le molestes, necesita reposar, ¿vale? Así que no le atosigues para que te dé chuches y juegue. Descansa, Draco —se despidió cambiando el tono al dirigirse a él.
Potter salió por la puerta y la entornó, dejando el hueco justo para que Lady pudiese entrar y salir cómodamente. Draco oyó cómo depositaba la bandeja en algún lugar con un tintineo suave.
«Habla con el gato», resopló Draco. «Pensaba que yo estaba loco, pero Potter parecía querer superarme siempre en todo, hasta en esto».
Sintió deseos de gritarle a Potter que al menos él no hablaba con los animales como un Scamander, pero se quedó inmóvil mirando hacia el techo. Decidió que debería hacer caso a Potter y aprovechar a dormir unas horas más. La cama era cómoda y estaba limpia. Era un pecado no aprovecharla. Un maullido suave que sonó a gruñido le hizo mirar de nuevo hacia la puerta. Lady estaba sentada al lado del marco mirándole fijamente.
—Por Circe, porque Potter ha estado en la habitación a la vez que tú, sino pensaría que eres un puto animago vigilándome —susurró Draco, frunciendo los labios.
Intentó chistarle muy bajito, pero no quería atraer la atención de Potter, así que desistió al ver que la gata se limitó a dejarse caer al suelo mientras lamía su trasero.
«Exhibicionista... ¿Qué clase de mascotas tiene Potter? Habría jurado que necesitaba que le prestasen atención y un gato precisamente no se prestaba a ello», pensó, dándole vueltas a lo que sabía y recordaba de Potter de sus años de escuela.
Suspiró y cerró los ojos, decidiendo que, si la ignoraba, seguramente se iría por donde había venido. Sintió un pequeño balanceo en el colchón y al abrir un ojo, Draco vio que Lady estaba buscando un hueco entre sus piernas.
«Maldito gato», resopló, divertido.
Movió un poco la pierna derecha para facilitárselo y la gata se enroscó sobre sí misma mientras cerraba los ojos. Pensó que, con aquel peso sobre sus piernas no se podría dormir. Lady empezó a ronronear.
Al estar todo en silencio, resonó en toda la habitación de una manera intolerable. Iba a gritarle a Potter que la sacase de la habitación.
«Mejor, me levantaré yo mismo a sacarla», gruñó con el ceño fruncido.
Lo descartó porque suponía mucho trabajo y estaba muy cómodo, el calorcito al lado de su pierna derecha y el sonido suave del ronroneo. Intentó auto convencerse de que no tenían nada que ver. Al cabo de unos minutos, sin darse cuenta, se había quedado dormido.
