Disclaimer: los personajes no me pertenecen a mí, sus derechos los tiene mucha gente que no los trata tan bien como haríamos cualquiera de nosotres, pero qué le vamos a hacer, las desgracias nunca vienen solas.
Muchas gracias a todas las personas que habéis dejado review por hacerlo y por molestaros en leerme. Un beso!
Revolviendo el pasado
Harry se tumbó en el sofá y se arropó con la manta que había preparado. A pesar de que estaba agotado, tal y como había dicho, no se atrevía a dormir. Prestaba constante atención a la puerta del dormitorio para, si oía algo, poder acudir rápidamente en su ayuda.
Tenía la sensación de que Draco no había cambiado tanto cómo él mismo se creía y que no iba a dejarse ayudar tan fácilmente. Sólo tenía que ver lo que le había costado que cediese y se dejase cuidar un poco.
Reconocía que le satisfacía mucho descubrir que el Malfoy que él había conocido seguía ahí y que, a pesar de todo, no lo habían derrotado; aunque no se explicaba cómo había podido sobrevivir en la calle con esa actitud ácida y más digna de un noble inglés que de un mendigo.
Se sorprendió a sí mismo riéndose silenciosamente entre dientes. Era curioso cómo había cosas que el tiempo sí había cambiado. En el colegio, la mitad de las frases de Draco le habían hecho estallar y ambos se habían liado a insultos y puñetazos. En cambio ahora… le hacían incluso gracia.
Esa acidez y sarcasmo de Draco no estaba tan lejos de la ironía que él mismo utilizaba en su humor. Concluyó que, quizá, el hecho de haberse llevado mal se debía más a dónde les había colocado la vida que a una verdadera incompatibilidad de caracteres. Y que Draco había sido un grandísimo cabronazo en Hogwarts, que lo valiente no quitaba lo cortés.
Harry tuvo que admitir ante sí mismo que, si bien era cierto, a partir del sexto curso ya había detectado un cambio en la actitud de Draco y eso era innegable. Con toda la atención que le había prestado aquel año, Harry podía jurarlo tranquilamente.
—Eres tú quien ha cambiado, Harry —le diría Hermione si estuviese allí—. Ahora sientes compasión por verle derrotado y acabado. Es lo que te hace humano.
Ron menearía, desconcertado, la cabeza, diciendo que él no entiende de esas cosas, pero que, si Harry creía que estaba bien, adelante. Que siguiese los consejos de su corazón.
Había sido lo que le habían dicho hacía más de diez años, cuando les comunicó que iba a testificar a favor de los Malfoy, de Draco y de Narcissa, concretamente. Al fin y al cabo, era él quien había visto a Draco bajar la varita delante de Dumbledore, una actitud muy distinta de la que mostraba delante de Snape o de sus compañeros de clase.
Había visto sus ojos asustados cuando Draco le reconoció en Malfoy Manor mientras negaba que fuese él, aun cuando no había ninguna otra opción. En aquel momento, Harry no lo entendió, pero aceptó el regalo caído del cielo. Había vuelto a ver esos ojos asustados en la Sala de los Menesteres, al volver por él en aquel infierno de fuego que lo devoró todo. Habían pasado once años y todavía no sabía exactamnente por qué había decidido volver a rescatarlo.
Ginny opinaba que había sido porque Harry era demasiado noble como para matar, aunque fuese por omisión de auxilio, a un enemigo. Ron afirmaba que volvieron a por los tres, no por Malfoy solamente, reafirmándose en que simplemente eran los buenos haciendo las cosas bien. Ambos coincidían en que eran Gryffindors y que volvieron a salvarle la vida por una mera cuestión de valentía y dignidad. No porque fuera Malfoy.
Al contrario que ellos, Harry pensaba que él no habría vuelto por Crabbe y Goyle. Era la voz de Draco la que había oído en el fragor del fuego, casi como si la hubiese imaginado, y no se había parado a pensar en si era una acción noble o valiente, ni siquiera después de hacerla. Sí que intuyó que, si no lo hubiese hecho, se habría arrepentido de ello muchos años.
También sabía que Hermione y Ron habían testificado en el juicio, ratificando las palabras de Harry, porque él lo había hecho y se lo había pedido, no porque fuesen nobles, que lo eran, o Gryffindors,
«Como la copa de un pino», rio Harry entre dientes.
Hermione siempre callaba. Sólo una vez, después del juicio de los Malfoy, cuando Harry aún estaba airado por la sentencia, Hermione le había dicho con voz suave:
—Harry… creo que nos equivocamos todos. Quizá tus razones para volver no tienen que ver ni con tu nobleza, compasión o lógica, sino con tu corazón.
Las palabras de Hermione habían rebotado durante meses en su cabeza mientras Ron y ella estaban en Australia buscando a sus padres. Harry tardó todo ese tiempo en darse cuenta que tenía razón. Entenderlo le ayudó a superar aquel bache.
Había vuelto a por Malfoy porque estaba en su corazón, incrustado de alguna manera… agradable, a pesar de todo. Harry no sabía en qué momento había sucedido, pero así era. Comprenderlo había hecho que dejase de ser Malfoy y empezase a ser Draco en sus pensamientos, incluso aunque este ni siquiera fuera remotamente consciente de que ese cambio se había producido.
No era compasión, como había dicho Hermione en un principio, podía ver que ella tampoco lo creía. Era algo distinto y cálido que las circunstancias no habían permitido explorar. Algo parecido a lo que, durante un tiempo, sintió por Ginny, y que luego se había desvanecido. Igual que se desvaneció tiempo después lo que sintió por Draco y Harry relegó al fondo de su mente el recuerdo de alguien a quien había creído que probablemente no volvería a ver nunca.
«Hasta hoy», suspiró Harry.
Prefería no pararse a pensar en si el calorcillo agradable de la parte baja de su estómago se debía a su culpabilidad por haberlo abandonado en sus peores momentos, sin darse la oportunidad de conocerse y tratarse, de ayudarle; de su compasión como había supuesto Hermione en su día o de un sentimiento que jamás se había ido y que ahora le parecía poco ético y le asustaba.
En el dormitorio, el sonido de la respiración trabajosa de Draco cambió, transformándose en un leve ronquido. Harry anotó mentalmente revisarle con cuidado las vías respiratorias, que probablemente estaban tan afectadas como sus pulmones. Había tenido que hacerle un hechizo descompresor para que Draco pudiese respirar lo suficiente, pero no duraría mucho, y cuando despertase iba a necesitar otro.
—O, más bien, saber qué le ocurría y tratarlo de manera certera —se dijo a sí mismo en un susurró—. Debería dormir.
Era mediodía y estaba seguro de que Draco dormía hasta el anochecer. Había parecido incluso más agotado que Harry. Afortunadamente, las horas infinitas de guardias le habían enseñado a dormir ligeramente, así que se despertaría si Draco lo llamaba. Mientras caía en el sopor del cansancio, se recordó a sí mismo que tenía que escribir un correo electrónico a Hermione para contarle las novedades.
Draco despertó y se desperezó lentamente. No mucho, no quería despertar los dolores de sus huesos y articulaciones. Intentó bostezar, pero notó que volvía a faltarle el aire y que era incapaz de llenar los pulmones. Lo que fuera que le hubiese hecho Potter por mañana, sus efectos ya habían pasado.
Bajo su brazo, Lady se había levantado y estaba bostezando y estirándose también, rascando levemente en las sábanas. Draco rio maliciosamente, animando mentalmente al animal a destrozar las sábanas de Potter. Se preguntó en qué momento el gato se había trasladado de los pies al hueco entre su brazo y su pecho.
Lady saltó de la cama y comenzaba su ritual de acicalamiento. Draco escuchó atentamente, intentando detectar algún sonido que manifestase si Potter o algún otro posible habitante de la casa estaban despiertos, pero la opresión de la vejiga era acuciante.
«Mierda», lamentó, cerrando los ojos con fuerza.
Había sabido que ese momento iba a llegar, después de haber comido y bebido en tanta cantidad a mediodía. Draco no era imbécil, sabía que ir al baño iba a ser doloroso y que corría el riesgo de desvanecerse de nuevo, pero algo dentro de él sentía una vergüenza inmensa de hacer uso del orinal y que Potter lo limpiase.
«Un poco de dignidad, por Merlín».
Con un suspiro de resignación, Draco se sentó en el borde de la cama. Reprimió un gesto de dolor al ponerse en pie.
«Maldición, esto duele. ¿Dolía así antes?», se preguntó Draco, reconociendo un anticipo de lo que iba a sentir cuando volviese a la calle. «Seguramente sí, pero todo lo demás lo camuflaba».
En un entorno agradable y con las necesidades más básicas cubiertas Draco sentía el dolor como si en una sala llena de ruido se hubiese apagado todo y sólo quedara el dolor gritando sin darle opción a escuchar nada más.
Draco dio un paso tentativamente y Lady se quedó quieta, observándole y lista para salir corriendo. Se dirigió hacia la otra puerta de la habitación, que había deducido que debía ser un baño en suite. La habitación no era grande, pero bastaba para alojar invitados y tenía baño en suite.
«Potter debe tener bastante dinero si puede permitirse esto en Londres. Un Potter más rico que un Malfoy, lo que faltaba», gruñó, frunciendo los labios.
Abrió la puerta silenciosamente y entró al baño. Jadeando, Draco tanteó el lateral de la pared en busca de un interruptor para dar luz. Lo pulsó y una luz fría y azul llenó la estancia. Era pequeña y muy básica, con un lavabo, espejo con armario, un retrete y la bañera más pequeña y plana del mundo.
Sentía la cabeza ligera, y, como no quería desmayarse, decidió que sería mejor hacerlo sentado que de pie, así que se adelantó hacia el retrete y se agachó para levantar la tapadera. Al incorporarse, Draco notó que el mundo se balanceaba a su alrededor y el suelo se acercó peligrosamente.
Se golpeó el hombro con algo duro y un estallido de dolor casi lo reanima. Sintiendo el frío del suelo en su piel desnuda y una sensación tibia entre sus piernas, Draco perdió el conocimiento.
Despertó unos segundos después con el sonido de la puerta del dormitorio azotando la pared y el maullido indignado de Lady. Potter entró corriendo al cuarto de baño y se acercó a él rápidamente. Draco entendió que la humedad en las piernas y la falta de presión en la vejiga significaba que estaba tirado y revolcado en sus propios orines. Potter se había agachado a su lado e intentaba ayudarlo a levantarse.
—Tenía que haber supuesto que eras un cabezota y haberte sondado, Malfoy. —Potter pasó el brazo por sus hombros para ayudarlo a ponerse en pie y Draco no pudo reprimir un quejido de dolor—. ¿Dónde te has golpeado?
—Creo que… en el hombro derecho. —Potter cambió rápidamente la posición para levantarle desde el lado izquierdo. Lo hizo sin aparentar esfuerzo.
—Cuidado no resbales, ¿de acuerdo? ¿Te parece bien si te siento primero en el retrete y limpiamos todo este desastre y luego te ayudo a llegar a la cama?
—Lo que prefieras, Potter. —Este lo sentó en la taza tras bajar la tapadera.
Draco miró al suelo, donde el charco de orín se extendía lentamente por todo el suelo. Se fijó en que Harry estaba descalzo y aparentemente no se daba cuenta de lo que estaba pisando. La vergüenza lo invadió, no había hecho más que complicar las cosas.
— Si me dejas algo para limpiarlo, yo mismo lo haré — murmuró Draco, abochornado.
—No seas idiota. ¿Estás bien ahí sentado? ¿Sientes que se te va la cabeza?
—No. Quiero decir, sí —balbuceó. Se sentía idiota, joder—. Quiero decir que sí, estoy bien aquí y puedo pensar con claridad.
—Veamos ese hombro lo primero —dijo Potter, palpándolo y moviéndolo con cuidado—. Creo que sólo tienes el golpe. Seguramente te salga un moratón. Si te molesta mucho, luego puedo quitártelo con magia o darte algo si te duele mucho. Vale, no te muevas, voy a por la fregona.
Potter abrió el armario alto que estaba justo encima de Draco y sacó una toalla, que tiró al suelo en la entrada del baño, usándola para secarse los pies antes de salir.
«Al final, la vergüenza de ver a Potter limpiando mis cosas la he pasado igual», rumió Draco, con los ojos cerrados. «¿Cuándo he caído tan bajo como para creer que era mejor levantarme que hacerlo en un puñetero orinal? El muy santurrón ni siquiera ha puesto un mal gesto o mala cara, a pesar de haberme llamado cabezota. No recordaba que Potter fuese tan amable y sereno. Joder, si al menos hubiera puesto un tono condescendiente, justificaría que en un futuro pudiese estamparle el vaso del cepillo de dientes en la cabeza».
Potter volvió a entrar con un cubo del que sobresalía un palo.
—Sirve para limpiar líquidos. Es normal que no lo hayas visto nunca. Ni siquiera en el mundo muggle de este país es muy común, pero resulta muy práctico —explicó Potter al ver la cara de extrañeza de Draco.
Le vio llenar el cubo con agua en aquella bañera extraña y echar un líquido de otro producto. Luego, utilizando el palo, que tenía unas tiras de tela al final, lo pasó por el suelo, absorbiendo todos los orines. Draco estaba fascinado, pero no pudo menos que pensar qué complicado hacía todo Potter.
—¿Por qué no lo limpias con magia? —preguntó Draco, curioso—. Hubiera sido más fácil.
—Bueno… sí, supongo —dudó Potter— Nunca he sido muy hábil con los hechizos de limpieza. Y hasta hoy, no hacía mucha magia. Ninguna desde hace años, la verdad. Así que esto es algo que estoy acostumbrado a hacer al modo muggle, no necesito ni pensarlo.
—¿Ninguna?
—No me pareció muy conveniente. Y como habrás visto, vivo en el mundo muggle, en un apartamento muggle y con un trabajo muggle. Es lo mejor.
Draco pensó que si él tuviese una varita no habría dejado que le impidiera… salvo que si tuviera varita no podría hacer magia sin arriesgarse a ser detenido, ya que en su sentencia se le prohibía la posesión de varita.
«Y esos cabrones tendrán formas de detectarlo e impedírselo, seguro», pensó Draco, apretando la mandíbula.
—Así basta por ahora —anunció Potter—. Ven, te ayudaré a limpiarte. Traeré un taburete.
Potter salió y volvió a entrar con un pequeño taburete plegado, que abrió dentro de la bañera plana.
—También tienes una bañera muggle, por lo que veo.
—Lo llaman plato de ducha. Es muy práctico. Ahorra agua, sitio y es más cómoda de usar. Sobre todo si tienes algún problema de movilidad. Mucho más que las bañeras infames que había en los vestuarios de quidditch de Hogwarts. ¿Crees que podrás levantarte desde ahí hasta el taburete?
—Sí.
Apoyándose en Potter más de lo que le gustaría, Draco se incorporó. Este le ayudó a dar el paso hasta el taburete y sostuvo su peso con cuidado, permitiéndolo sentarse suavemente a pesar de que él se había limitado a dejarse caer. El dolor de las rodillas y los tobillos le mataba cada vez que tenía que ponerse en pie o sentarse.
—¿Tienes ánimos y fuerzas para hacerlo tú mismo? No hay problema si no es así, pero me da la sensación de que prefieres hacer lo más posible por tus medios.
De nuevo estaba ese trato que al principio Draco había confundido con cortesía y que se daba cuenta de que era algo más. Si Potter trataba así a sus pacientes, debía ser buen sanador.
«Como si fuera una persona», comprendió Draco.
Sin condescendencias, aunque pudiera parecerlo por sus palabras; solícito y tratando de respetar su autonomía. Draco entendió que debía haber supuesto que el orinal era una atención a su autonomía como persona y no una humillación. Sobre todo porque Draco sí sabía lo que era la humillación de verdad y ser tratado como algo inferior a una persona. Era difícil tratándose de Potter, porque le salía del instinto ponerse a la defensiva, pero se hizo la promesa de bajar un poco la guardia.
Potter se había quedado mirándolo fijamente mientras se perdía en sus pensamientos. Carraspeó levemente antes de contestar:
—Puedo yo mismo.
Harry asintió. Le explicó someramente cómo usar la alcachofa, que Draco siempre había pensado que era una verdura, el agua caliente y le proporcionó esponja, gel y champú. Draco escuchó atentamente y asintió a todo.
—Avísame cuando termines y vendré a ayudarte a salir para que no resbales —le indicó Potter finalmente, mientras sacaba otra toalla limpia y seca y la dejaba cerca de él para que pudiese secarse.
Según salía, Potter sacó el cubo con la fregona y la toalla que había usado para secarse antes de salir. Draco supuso que iba a ducharse para limpiarse esa porquería de las piernas él también y se dispuso a disfrutar de la ducha caliente.
Draco sabía que Potter lo había aseado esa mañana, pero estando inconsciente no se había enterado y pensaba disfrutarlo. El agua caliente golpeando su cara le hizo ronronear de placer. Se lavó concienzudamente todo el cuerpo, hasta que su piel se sonrojó de tanto frotar.
Al terminar, cortó el agua y con la toalla se secó. Con un suspiro de satisfacción, llamó a Potter obedientemente. Este entró y, con cuidado, le ayudó como si fuese una muleta para llegar a la cama sin fatigarse en demasía. Draco se acomodó, sentado, y se arropó con la sábana.
—Ahora buscaré algo de ropa para prestarte. Como esta mañana estabas dormido y luego no te dejé salir de la cama no me he dado cuenta de que no te había dado nada. No creo que te valga nada de lo que tengo, pero te puede hacer un apaño hasta mañana.
—Está bien así —le interrumpió Draco—. No me importa.
Draco supuso que, con mañana, Potter se refería al momento en que debería coger sus cosas e irse.
«Que Potter sea solícito como un elfo doméstico no significa que tenga una hospitalidad infinita», pensó Draco, resignado.
—Como prefieras. —Potter parecía un poco descolocado—. Si no te importa, antes de nada me gustaría ducharme yo. No tardaré mucho, solo cinco minutos.
«¿No se ha duchado después del incidente del baño? ¿Qué ha estado haciendo todo este rato?» Draco había creído que estaría en su baño limpiándose. Un poco perplejo, lo vio entrar en el baño con algo de ropa limpia en las manos y cerrar la puerta.
Draco oyó cómo el agua caía y se preguntó si sería algún tipo de fetiche o era alguna manera de ahorrar agua usando ese plato de ducha en lugar de la bañera del baño principal. Estaba tan anonadado que apenas se enteró de que el agua se había cortado. Unos minutos después, como había prometido, Potter salió del baño, duchado y cambiado.
—Voy a traerte la cena. Si te parece bien, podemos cenar los dos aquí juntos y así podemos hablar. —La pregunta le descolocó, porque aún estaba pensando en el posible fetiche de Potter con los baños de invitados. Este interpretó su silencio como un intento de negativa y asintió— Si prefieres cenar solo no hay problema, claro.
—No, no. Está bien si cenamos juntos. Es que…
No sabía cómo expresar con palabras que no estaba acostumbrado a que su opinión contase. Ni siquiera estaba habituado a tener opinión. Potter lo miraba suspicazmente.
«Seguro que el muy memo se cree que lo digo por contrato social».
—Prefiero que cenemos juntos, de verdad —insistió Draco—. Es agradable tener alguien con quien charlar, aunque esa persona sea un Potter.
Este sonrió abiertamente y salió de la habitación. Volvió rápidamente con la bandeja. La depositó en la cama y, sacando la varita del bolsillo de atrás del pantalón, realizó el hechizo que la anclaba al aire para que Draco pudiese comer a gusto.
Potter volvió a salir y entró con otra bandeja a la que realizó el mismo hechizo y, sonriendo, se sentó, empezando a comer con apetito. Draco vio que en su plato tenía un filete de carne grueso, patatas fritas y pimientos asados, fruta y un yogur.
Olía maravillosamente bien, y por primera vez, se preguntó si era Potter quien lo había cocinado y si vivía solo. No había oído a nadie en el piso, pero quizá habían estado cuando estaba dormido. Mientras comían en un cómodo silencio, Draco se planteaba cómo podría sacar el tema. Finalmente se decidió por elogiar la comida.
—Eh… Está muy bueno. —Potter se echó a reír. «Será imbécil», pensó. «¿En qué momento creí que no es un gilipollas condescendiente?»—. ¿Te ríes de mí, Potter?
—No, no. Perdona, Draco. Es solo que… bueno, has sonado tan cortés… y yo solo he volcado una bolsa de patatas congeladas en la freidora, he abierto un bote de pimientos y he puesto los filetes en la sartén. Nunca creí que te oiría elogiar una comida rápida como esta, la verdad.
—¿Comida rápida?
—Es como se llama a la comida que se cocina rápidamente en algunos restaurantes. Suele ser de baja calidad nutricional —al ver la cara de Draco se apresuró a añadir—, pero no te preocupes, que esta no está mal. Me refería a la de esos restaurantes. Se trata de comida muy rápida y sencilla de cocinar, entre los muggles es muy común y nada elogiable.
—Pues a mí me parece que está bueno —gruñó Draco, molesto todavía.
—Sí, tienes razón. No debí haberme reído. Perdona.
Siguieron comiendo en silencio. A pesar de la breve discusión, Draco no sentía que el silencio fuese incómodo. Cuando acabaron de cenar, Potter recogió las bandejas y volvió al cuarto, esta vez con cara seria. En las manos traía un pequeño maletín y una cajita de cartón.
—Bien, ahora necesito examinarte, Draco. Esta mañana te he hecho un examen rápido y he intentado expandirte los pulmones con un hechizo, pero necesito saber qué pasa para solucionarlo definitivamente. También necesito examinar tus articulaciones, pues es obvio que te duelen mucho.
—A mí no me duelen las…
—Draco, haces quejidos de dolor cada vez que te levantas o agachas, incluso cuando te mueves. Es obvio que al menos las rodillas te están matando. Te tiemblan las manos, pero creo que es por tensión y estrés, porque ahora están temblando menos que esta mañana y cuando duermes tampoco lo hacen; parece que mejoran cuando estás más relajado.
Draco apartó la mirada, incapaz de negar la realidad. Harry continuó, como si sus dolencias fuesen hechizos que soltar uno tras otro, sin descanso.
—También estás excesivamente delgado y hay que comprobar que no tienes ningún problema relacionado con desnutrición. Con la piel castigada por la intemperie e imagino que Azkaban, no me meto porque te recuperarás en la medida de lo posible con volver a tener una vida normal. Y ni siquiera he entrado en el impacto emocional que ha debido suponer todo esto en ti.
—Voy a pasar por alto lo de vida normal, Potter —estalló Draco—, porque estás como una cabra si piensas que…
—No voy a discutir contigo, Malfoy —le cortó Potter, muy serio. A Draco le pareció ver un atisbo de la determinación del adolescente que había conocido. Potter podía estar muy cambiado, pero seguía siendo el Potter que conoció, según podía constatar—. Si no quieres colaborar, te aturdiré y lo haré contigo inconsciente. Pero lo cierto es que ayudaría mucho que colaboraras y pudieras hablar.
—Está bien —se rindió Draco, incapaz de lidiar con un Potter cabezota.
—Perfecto. —Potter sacó una libreta y un palito del maletín, dejó este al pie de la cama y se sentó en la silla—. Vamos a tener que hacer un historial exhaustivo, pero lo dejaré para más adelante si fuera necesario, ahora te haré las preguntas más importantes que necesito saber. Te pido que contestes con sinceridad, por favor. Todas son necesarias, incluso las que puedan parecerte morbosas, dolorosas o indiscretas, ¿de acuerdo?
Draco asintió, derrotado. Siempre podía mentir si quería. Potter comenzó el interrogatorio. Nombre completo: «Draco Lucius Malfoy». Fecha de nacimiento: «5 de junio de 1980». ¿Había pasado el sarampión de pequeño? ¿Y la viruela de dragón? «No sé y no». ¿Alergias? ¿Enfermedades reseñables?
Las preguntas pasaron de su infancia a su familia. Entendió por qué Potter le había avisado de que podían ser dolorosas o indiscretas. ¿Antecedentes familiares? ¿Sus padres o abuelos habían tenido problemas en las articulaciones o huesos? «No lo sé, joder, los padres y los abuelos no hablan de eso con sus hijos y nietos cuando son pequeños y los míos habían fallecido antes de poder envejecer y mostrar achaques de edad». ¿De qué habían muerto sus abuelos? «El abuelo Abraxas de viruela de dragón. No sé más». ¿Su madre presentaba problemas de salud? «Muerta. Por neumonía y en Azkaban».
Potter pareció notar que no estaba preparado para seguir esa vía de la conversación y cambió ligeramente de tercio. ¿Cuánto pesaba antes de entrar en Azkaban? ¿Y al salir? «70kg y no sé, pero mucho menos, la ropa me quedaba enorme, era la misma que traía puesta cuando me recogiste». ¿La misma? «Sí». ¿Estatura? «185cm». ¿Refería fiebre? «Supongo que a veces sí, como todo el mundo, pero no es constante».
¿Qué comía en Azkaban? «Una papilla asquerosa que llamaban jocosamente rancho». ¿No había chocolate? «No». ¿Cuánto llevaba viviendo en la calle? ¿De qué se alimentaba? ¿Dónde dormía? «Desde que salí de Azkaban, calculo aproximadamente un año por las estaciones, de lo que encuentro o me dan, o nada, según el día; en el suelo, Potter, en el suelo».
¿Cuándo había empezado los problemas de respiración? «En Azkaban». ¿Cuándo habían empezado a dolerle las rodillas? «En Azkaban». ¿Cuándo empezaron los temblores de manos? «Al salir de Azkaban. Azkaban, siempre Azkaban». ¿Cuándo empezaron los desmayos? «Al salir de Azkaban, pero allí apenas me levantaba o movía». ¿Cómo era su celda de Azkaban? «Pequeña y oscura». ¿Dónde dormía? «En un catre». ¿Notabas humedad en la celda? «Era un puto charco lleno de ratas, claro que había humedad». ¿Le dolía algo más aparte de lo que le había preguntado?
—¿Draco? ¿Te duele algo más? —insistió Potter.
—Sí. Las muñecas y los dedos, tanto los de las manos como los pies. Los tobillos y los codos. —Potter apretó los labios y siguió apuntando furiosamente. Por momentos, Draco creía que iba a agujerear la libreta.
—Por ahora me basta. Gracias por colaborar, Draco.
Agotado, Draco cerró los ojos. Con la mente llena de recuerdos horribles, el corazón aplastado por hablar de su madre y la muerte indigna que había tenido, Draco no pudo evitar suspirar. Las manos le estaban temblando. Intentó respirar para tranquilizarse, pero los pulmones no le respondieron. Notó como la mano de Potter se situaba gentilmente sobre la suya en un gesto de consuelo y la apretaba brevemente. No dijo nada, pero tampoco se apartó.
