Disclaimer: Los personajes y el mundo mágico pertenecen a J. K. Rowling y a la Warner Bros. Yo solo jugueteo un poco con ellos.

¡Hola a todas y todos!

Muchas gracias por leerme. No os imagináis la ilusión que me hace (y el miedo que me da a veces xD).


Examen médico

Draco parecía agotado. Harry se levantó, puso el maletín en la silla y sacó un par de guantes de látex de la caja. Se los puso mientras carraspeaba para llamar la atención de Draco. Este abrió los ojos y le miró con los ojos empañados. Al verle ponerse los guantes, los entrecerró con suspicacia:

—¿Por qué te pones esos guantes? No hace frío.

—No son para el frío. —aclaró Harry—. Se utilizan para examinar pacientes sin contacto con la persona que realiza el examen y que no haya contaminaciones cruzadas.

—¿Contaminaciones de qué? Yo no estoy contaminado. Creo. ¿Estás contaminado?

—No, es simplemente un protocolo, Draco, tranquilo. Los usamos en el hospital. Es más higiénico, ¿entiendes?

Al oír que era higiénico, Draco pareció relajarse un poco, aunque seguía mirándole con una expresión extraña. Harry sacó un estetoscopio del maletín y Draco volvió a tensarse como una cuerda.

—¿Qué es eso? ¿Qué vas a hacerme?

—Es para escuchar tu respiración y los latidos del corazón. Es un instrumento médico muggle—Draco pareció alterarse aún más. Harry pensó cómo podía tranquilizarlo porque de lo contrario aquello no iba a servir de nada—. Draco, trabajo en un hospital muggle.

—Lo sé.

—Estudié Sanación —continuó Harry—, pero los muggles tienen formas muy interesantes y sencillas de descubrir cosas que la magia no es capaz, y viceversa: en tratamientos, la magia suele ser más eficaz, por ejemplo. Llevo años trabajando con cosas muggles y te aseguro que funcionan y son de fiar. Mira, úsalo tú primero.

Se quitó el estetoscopio y se lo colocó a Draco, poniéndose el diafragma en el pecho por debajo de la camiseta. Este escuchó atentamente mientras Harry inspiraba y expiraba despacio para que Draco pudiese oír su respiración y los latidos de su corazón. Draco parpadeó al escucharlo. Suavemente, Harry se retiró y recuperó el estetoscopio.

—Vaya. Es interesante —musitó Draco, más tranquilo.

—Sí, sí lo es. ¿Puedo usarlo ahora?

Ante el asentimiento de Draco, Harry empezó a examinarle concienzudamente, escuchando cuidadosamente los sonidos de los pulmones, pidiendo a Draco cómo quería que respirase, anotando las sibilancias que detectaba.

Con todos sus sentidos alerta, Harry podía comprobar cómo Draco se iba relajando mientras él llevaba a cabo la rutina completa, ver de reojo a Lady entrando por la puerta husmeando el ambiente, atender a lo que estaba haciendo con las manos y pensar en las teorías que había desarrollado durante la confección del historial. Se sentía muy cómodo diagnosticando, era su elemento y le llenaba mucho la sensación de poder hacer algo para que las personas pudiesen sentirse mejor.

Los pulmones de Draco sonaban asfixiados, como si los bronquios estuviesen oprimidos por falta de sitio. Harry nunca había oído algo como eso, pero sí había leído al respecto. No conocía ningún hechizo que le permitiese ver dentro de los pulmones y dudaba de que Draco le dejase llevarle al hospital a hacer una biopsia. En aquel cuarto esa opción estaba totalmente descartada.

—Bueno, no sé muy bien cómo determinar esto —admitió Harry al cabo de un rato.

—¿El qué?

—Tengo una teoría sobre lo que ocurre en tus pulmones. Necesito más datos antes de decidir qué paso dar ahora.

—¿Qué me ocurre?

—Antes de responderte, necesito que me contestes tú a mí —Draco asintió—. Cuéntame exactamente cómo era tu celda de Azkaban.

—Ya me has preguntado eso, Potter —gruñó Draco, exasperado.

—Sí, pero si mi teoría es cierta, no me has contado más que cosas vagas. Necesito saber cómo era exactamente y necesito que me lo cuentes tú, sin que yo te diga mis suposiciones para no influir en tus recuerdos.

Draco apartó la mirada hacia la ventana, ya casi era de noche. Harry pensó que no debía ser fácil para él revivir esos años horribles de su vida y decidió dejarle tiempo para que lo hiciese.

—Era una celda diminuta —parecía que Draco no iba a empezar a hablar cuando por fin lo hizo, mirando tozudamente hacia la ventana—. Tenía un camastro pequeño, más que yo. No cabía estirado en él. Calculo que era cuadrada, de una zancada por una zancada, ni siquiera daba para pasear en círculos. En una esquina había un agujero para las necesidades fisiológicas. Generalmente… bueno, el carcelero lo vaciaba si se acordaba. Había ratas, muchas ratas. Las sentía pasar junto a mí, subirse al catre y las oía chillar y pelearse.

Mientras decía esto, Draco se estremeció. Harry parpadeó intentando no dejar escapar las lágrimas. Si no hubiera sido porque estaba seguro de que Draco le mandaría a la mierda, le habría dado un abrazo. Sabía que Azkaban era horrible, pero no hasta ese punto.

—Y nada de luz —continuó Draco con voz queda—, sólo cuando el carcelero abría la puerta para meter la comida una vez al día entraba el reflejo de una antorcha y bastaba para deslumbrarme durante horas. Las paredes estaban mojadas, tanto que si las rozabas sin querer te empapabas y no te secabas en días. Hacía un frío de cojones, y no era únicamente la gelidez de los dementores que patrullaban aquel pasillo.

Draco hizo una pausa. Harry estaba desolado por la crudeza de la realidad de Draco.

—Creo que mi celda estaba bajo el nivel del mar o, al menos, bajo tierra, porque en una ocasión la sed me hizo perder la cabeza lo suficiente para lamer la humedad de las paredes y su sabor era salado, marino. Eso provocaba que creciese musgo en el suelo, los rincones y paredes. La humedad y el frío se metían tan adentro de mí, que no podía calentarme de ninguna manera. Ni siquiera sentía los dedos de las manos y del pie. ¿Es suficiente, Potter? ¿He hurgado lo suficiente en mi miseria? ¿Estás satisfecho? —Draco escupió las últimas frases con ira.

Harry tragó saliva, incapaz de encontrar su voz sin quebrarse. Draco había ido imprimiendo cada vez más amargura a su discurso según hablaba. Harry extendió la mano para tocarle el hombro y hacerle entender que ya no estaba allí, que nunca más tendría que vivir así, pero Draco se giró a mirarlo y la derrota y la furia que vio en sus ojos lo abrumó tanto que desistió. Carraspeó y habló con voz suave:

—Por ahora es suficiente, Draco. Gracias por confiar en mí y contármelo. Siento mucho que hayas tenido que hacerlo. Y siento aún más que tuvieras que pasar por todo ello. Lo siento mucho.

—No fue culpa tuya.

—Lo sé. Pero puedo indignarme por lo que tuviste que pasar y empatizar contigo y tu dolor. Siento mucho haberte hecho revivir esta situación. Y de verdad que agradezco tu confianza. —Draco suavizó la mirada y Harry continuó—: Sí, ha sido útil.

—¿Entonces? —Harry pudo notar el miedo a una mala noticia en su voz.

—Sospechaba que tienes los pulmones invadidos por algún tipo de hongo y no conozco ningún hechizo para confirmar esa posibilidad. Los muggles lo diagnostican con un medio invasivo que requiere ir a un hospital. Ahora sé que las probabilidades de que tenga razón son muy altas: la humedad alta y la presencia de musgo en la celda pueden ser buenos indicadores. Intentaré encontrar una poción que funcione como anti-fúngica y si no, hay tratamientos muggles que serán lentos, pero funcionarán. Nunca había visto algo así, tengo que admitirlo, pero tiene solución.

—¿Hongos?

—Una especie de setas muy pequeñitas, sus esporas entran por…

—Sé lo que es un hongo. Lo que no sabía es que se podía meter dentro del cuerpo humano a… invadirlo —dijo Draco, con un rictus de asco.

—Lo bueno es que tiene una cura relativamente sencilla. Ahora necesito que te desnudes y te tumbes encima de la cama.

—Ya estoy desnudo, Potter.

—Tienes razón. Es una frase hecha que utilizo mucho en el hospital. Venga, ponte encima de la cama tumbado, anda. —Draco obedeció lentamente, intentando mover lo menos posible sus articulaciones dañadas. Harry se colocó a su lado y empuñó la varita. Antes de hacer nada, para que Draco siguiese tranquilo, le explicó—: Usaré magia para el examen superficial. Habitualmente en el hospital usamos básculas y agujas, pero aquí no tengo instrumental y son hechizos sencillos. Parte de los encantamientos que voy a hacer te levitarán, no te sorprendas.

Harry vio cómo la cara de aprensión que Draco había puesto al verlo coger la varita volvió a dar paso a un breve asentimiento. No quería ni pensar en todo lo que tenía que haber pasado para desconfiar de absolutamente todo como un gato feral.

Bien mirado, la expresión «desconfiar como un gato» a lo mejor no era la más adecuada, ya que Lady estaba intentando husmear qué ocurría desde el otro lado de la cama y Harry estaba convencido de que la gata había pasado la noche con él. Ejecutó el hechizo para levitar a Draco y averiguar su peso y medidas actuales. Se mordió el labio inferior al ver los resultados. Draco lo notó:

—¿Ocurre algo? —Harry notó que Draco había intentado disfrazar la frase de indiferencia, pero el tono ansioso y preocupado seguía estando ahí debajo.

—Sólo estoy viendo los primeros resultados, no te muevas.

—Eso significa que es algo malo y no me lo quieres decir, Potter.

—Hablar implica moverse, Draco —gruñó Harry entre dientes—. Sigue callado y te lo voy contando. Mides 1,79.

—No puede ser Potter, estás haciendo mal el hechizo, te he dicho que mido…

—Calla —insistió Harry, suavemente.

Draco hizo un mohín de niño pequeño que le resultaba muy familiar y que casi consiguió que se le escapara una carcajada. Se contuvo a tiempo, no quería alterarle u ofenderle de nuevo

—Es normal medir uno o dos centímetros menos por la tarde que por la mañana, ya que por la noche nuestros discos intervertebrales se estiran, por así decirlo —le explicó Harry con voz profesional—. Seis centímetros, en cambio… Creo que puede ser debido a la pérdida de masa muscular, pero cuando revise tus articulaciones tendré que buscar también signos de desgaste que puedan haberlo provocado. Imagino que esto no te sorprenderá, pero estás muy delgado. Necesitarás coger al menos otros veinte kilogramos.

Con un movimiento de varita, Harry transformó un trozo de papel en un vial de vidrio, lo colocó sobre la sangradura derecha de Draco y realizó un hechizo de trasvase de sangre para llenarlo.

—¡Au!

—Lo siento —se disculpó Harry—. Madame Pomfrey era capaz de hacerlo sin que notases nada, pero ya te dije que yo tenía poca práctica.

—Podías haber avisado. —Harry le miró de soslayo, con una mueca divertida—. Vale, lo siento, ya me callo.

Harry realizó varios hechizos sobre el vial y este centelleó en una sucesión de colores. Draco lo miró con mucho interés y Harry se preguntó si no habría visto ese proceso nunca. Se recordó a sí mismo que Draco había sido criado en el mundo mágico y que seguro que no era la primera vez que le realizaban análisis al estilo mágico, aunque los magos no lo llamaban extracción sino transferencia.

Pensar en lo curioso que puede ser el lenguaje para modificar la forma de hacer algo le hizo poner otra mueca divertida que desencadenó otro movimiento impaciente de Draco, que evidentemente se estaba mordiendo la lengua. Compadeciéndose, Harry finalizó el hechizo de levitación.

—Ya puedes hablar y moverte, he finalizado el hechizo de precisión. Tienes una falta de hierro bastante notoria y hay pocos glóbulos rojos, lo que indica anemia. Supongo que era de esperar cantar bingo con ese peso.

—¿Cantar bingo?

—Un juego muggle —contestó Harry, poniendo los ojos en blanco—. Consiste en tachar números que salen aleatoriamente en un cartón. Quien lo consigue primero grita bingo, y a eso se le llama cantar bingo, porque los números se dicen como si se estuviese cantando —le aclaró distraídamente mientras tapaba el vial y le ponía un hechizo de congelación. Lo examinaría más tarde en el trabajo o haría alguna poción para descartar más problemas—. Me explico fatal.

—Eso espero, porque si no debe ser el juego más aburrido del mundo —comentó Draco socarronamente.

—Idiota…

Se echó a reír y vio que Draco también esbozaba una sonrisa. No le había visto sonreír todavía. Sí, había puesto caras de placer ante el sol, la comida o la limpieza, pero no había sonreído propiamente hablando. Harry quiso creer que era un síntoma inicial de mejoría, así le siguió la broma

—Lo juegan sobre todo los muggles viejos. Es ese momento en la vida en que ya no te da para más que tachar números de un cartón y esperar no haber perdido la cuenta.

—Me alegro que tengas claro cuál va a ser tu futuro lúdico, Potter —sonrió Draco, más ampliamente, siguiéndole la broma—. Me disculparás si cuando empieces a chochear yo me marcho en busca de aficiones más atrevidas mientras tú cuidas de no mancharte con la tinta.

—Tú eres mayor, en todo caso yo tengo algún mes de ventaja. —Harry guardó el vial y sacó una hoja nueva en la libreta mientras caminaba hacia el pie de la cama.

—Yo soy un Malfoy. Los Malfoy envejecemos dignamente sin tachar números de ningún cartón y tenemos la cabeza en su sitio. —El rostro de Draco se ensombreció repentinamente, parando el intercambio de bromas en seco y bajando la voz hasta hacerla casi inaudible—. Al menos lo era.

—Sigues siendo tú, Draco —dijo Harry, comprendiendo qué ocurría—. Soy capaz de ver al Draco Malfoy que conocí en el colegio. No más cambiado de lo que me ha cambiado a mí la vida y sigo siendo Harry Potter. Somos unos supervivientes, cada uno de lo suyo.

Draco lo miró con una expresión extraña y oscura en el rostro. Harry no añadió nada más. Si Draco no lo podía ver, ya sería capaz de hacerlo más adelante. Puso el bloc de notas encima de la cama a los pies de Draco y le explicó:

—Ahora voy a examinar tus articulaciones. Lo voy a hacer al modo muggle porque no conozco los hechizos necesarios para ello.

—Pensaba que habías estudiado Sanación, pero pareces conocer pocos hechizos al respecto.

—Es porque sólo hice el curso genérico, el de primer año. En el segundo año escoges la especialización y la subespecialización. En ese momento decidí venir al mundo muggle y estudiar Medicina, concretamente Traumatología. Soy sanador, pero de nada en concreto, solo conozco la teoría más general —mientras hablaba, Harry comenzó a tocarle el pie derecho, rotándolo y palpándolo, buscando las curvas de los huesos.

—¿Curas los traumas de la gente? —Palpó y movió el dedo primero del pie, oyendo cómo chirriaba antes de pasar al segundo. No pasó por alto cómo Draco apretó los dientes repentinamente. Le dolía y se tragaba el dolor—. ¿Como el miedo a caerse de una escoba después de un accidente?

—No, no. Eso lo hacen los psicólogos —aclaró Harry, distraído con lo que estaba haciendo—. Yo curo los golpes, o traumas, físicos. Roturas de huesos, por ejemplo. Tus articulaciones caen bastante cerca de mi área, así que es donde mejor te podré ayudar. Aunque, como he terminado la carrera hace poco, no ejerzo aún como traumatólogo, sino como médico más genérico, lo que viste el otro día en Urgencias.

Después de haber examinado todos los dedos del pie derecho pasó al izquierdo. Volvió a observar cómo Draco hacía gestos de dolor cuando movía sus dedos

—Draco, necesito que, si te duele, te quejes —le reprendió Harry—. No te hagas el valiente.

—No me hago el valiente.

—Soy capaz de ver cómo aprietas los dientes, no me lleves la contraria. Puedo hacer mejor mi trabajo si en lugar de descifrar tu cara me dices qué te duele y cómo —dijo Harry, retándole con la mirada. Unos segundos después, Draco se rindió:

—Me duele cuando mueves los dedos. Si los muevo yo también me duelen. Además, me cuesta esfuerzo hacerlo.

Iba a preguntarle cómo podía caminar con ese dolor, pero se calló, comprendiendo que la respuesta más probable era que es lo que había. Y tendría razón. Había visto esos mismos dedos en pacientes de 60 o 70 años.

En silencio, Harry apuntó en el bloc sus observaciones y examinó los tobillos, que juzgó en buen estado, aunque Draco se quejaba. Concluyó que quizá no era más que el dolor extendido por todo el pie desde los dedos y la propia sobrecarga del tobillo para no apoyar en la parte delantera. Llegó a las rodillas y su ánimo cayó al suelo al no notar prácticamente las rótulas. Draco gimió fuerte cuando Harry le tocó y flexionó las piernas para valorar la gravedad.

—Lo siento. Sé que te esto te está haciendo daño. Aguanta un poco más que ya acabo. —Draco asintió con un gesto valiente sin decir nada. «Realmente le está doliendo, joder», pensó Harry con culpabilidad—. Vale, esto explica alguno de los centímetros. No tienes rótulas ni meniscos. Tu fémur está tocando directamente la tibia. Tendrías que haberme dicho lo muchísimo que te dolía, Draco. Te habría dado analgésicos para soportarlo, no tienes por qué aguantarlo.

—¿Qué más da? —espetó Draco, con tono desdeñoso—. Puedes darme algo para el dolor y aun así seguirá doliendo cuando se pase el efecto o no esté contigo para que me des otro. Por si no te has dado cuenta, vivo en la calle y no puedo pagar medicinas muggles y mucho menos mágicas. ¡Acaba ya, joder!

Según hablaba, Draco había ido gritando ahogado, hasta perder el aliento. Harry depositó suavemente la pierna que estaba flexionando en la cama, con el máximo cuidado que pudo y apuntó sus observaciones y conclusiones en el bloc, fingiendo no ver las lágrimas de dolor que Draco se estaba enjugando, suponiendo que eso ayudaría más que consolarle como a un niño pequeño. Finalmente, habló en voz baja:

—Los analgésicos habrían sido para hoy y mañana. Curar estas rodillas con medicina muggle no es posible. Hay tratamientos paliativos que las ayudarían a mejorar, pero también son largos y dolorosos —le explicó Harry con tono aséptico—. Nosotros, en cambio, tenemos poción Crecehuesos. Investigaré a ver cómo regenerar ese menisco también. En unos días estarás genial, pero los analgésicos te ayudarán a no tener que seguir soportando dolor.

Como Draco no contestó, Harry siguió examinando sus brazos, detectando que las muñecas y dedos de la mano estaban igual que los dedos del pie, pero que los codos y hombros seguramente reflejaban el dolor de los brazos ya que parecían sanos.

Decidió que, si el dolor persistía tras curar las manos, podría volver a examinarlos con calma. Ayudó a Draco a ponerse de ambos lados, uno tras otro, para examinar sus vértebras y caderas, comprobando lo que ya esperaba tras el examen de las rodillas. No había discos intervertebrales, y la cadera le molestaba al moverla. Cuando finalizó, ayudó a Draco, que no había vuelto a decir ninguna palabra, a meterse de nuevo entre las sábanas, sentado contra la pared que hacía las veces de cabecero.

—Tienes las articulaciones en general en mal estado —le comentó Harry—, exceptuando quizá los codos y los tobillos, no sé muy bien por qué. Si tuviera que apostar, diría que es debido a la humedad de Azkaban, agravado por el hecho de haber vivido en la calle. Investigaré el mejor tratamiento para ello y lo aplicaré en todas, incluso en las que parece que no hay problema.

Draco le hizo un gesto, así que supuso que estaba escuchándole, por lo que continuó:

—Tu disminución de estatura se debe al estado de tus rodillas y tus vertebras, la recuperarás en cuanto solucionemos esos problemas. La anemia y la delgadez extrema se solucionan con una buena dieta, con lo cual es cuestión de tiempo. De todos modos, mañana por la mañana iré al Callejón Diagon a por poción re-abastecedora de sangre para ayudar a tu médula a fabricar glóbulos rojos y a por algún tipo de poción anti-fúngica.

—¿Y mis manos? —preguntó Draco, con voz quebrada—. ¿También es por las articulaciones?

—Sigo pensando que los temblores de las manos son debidos a la ansiedad y al estrés. Recuperarte ayudará, así que lo examinaremos más adelante si no hay mejoría. Ahora te daré algunos analgésicos para que toleres el dolor en tanto te ponemos a punto.

—Como una escoba.

—¿Cómo?

—A punto —repitió Draco, con el rostro sombrío—. Como una escoba. Y todo este esfuerzo… ¿Cuánto tardará en revertirse en la calle? ¿Cuánto tardaré en tener la humedad metida en los huesos, o en perder peso por no comer? No merece la pena ponerme a punto como una escoba, Potter. No voy a jugar ningún partido de quidditch.

—¿La calle? —preguntó Harry, desconcertado —. ¿Por qué ibas a volver a la calle, Draco?

—Porque, por si no lo has notado, no tengo dónde ir. Estoy aquí porque tú me has traído y yo me he dejado llevar, pero es obvio que en algún momento necesitarás esta habitación o te tendrás que ocupar de otros asuntos. Tu compasión no llegará tan lejos cuando yo no esté sufriendo.

—Draco, ¿te parece si hablamos esto más adelante? —Harry había apretado los labios mientras le escuchaba, pero podía entender los recelos de Draco—. No tienes por qué irte de aquí, y no te he traído para echarte después. Voy a ayudarte, si tú quieres. Y si no quieres, no te ayudaré, pero creo que lo mínimamente humano es quitarte ese dolor.

—¿Humano? Aprendí a vivir con este dolor gradualmente. Igual que aprendí a pasar hambre, frío o dormir en el suelo. Ahora tendré que acostumbrarme a volver a hacerlo tras la comida, cama y calefacción que has gastado en mí. Vivir sin dolor sólo lo hará más doloroso cuando vuelva. Es como la diferencia entre ser ciego y quedarse ciego, ¿entiendes?

—Si tú quieres volver a la calle, no te lo impediré, Draco. Pero tienes que entender que tienes otras opciones, que puedes cambiar al menos eso.

—¿Y quiénes son esas otras opciones, Potter? ¿Tú? ¿Tu nueva obra de caridad sobre la que presumir ante amigos? ¿O simplemente otra deuda de vida más para añadir a la cuenta? No te esfuerces tanto, Potter. No merezco tanto la pena.

—Estás asustado, Draco, y lo entiendo —concilió Harry intentando mantener la paciencia—. Pero no es necesario que…

—¡No me llames cobarde, Potter!

—¡Estar asustado no es lo mismo que ser un cobarde! —respondió Harry con dureza, sin poder reprimirse.

Draco iba a contestar algo más, pero el esfuerzo de haber ido subiendo el volumen de voz hasta gritar parecía haberlo dejado exhausto. Echó la cabeza hacia atrás, golpeando la pared y cerró los ojos con fuerza.

Harry pudo ver que tenía los puños de las manos apretados y se dio cuenta de que debía estar doliéndole mucho el pecho si prefería el dolor de apretar las manos. Silenciosamente, realizó el hechizo descompresor y Draco pudo empezar a respirar mejor. Harry sacó del maletín una cajita y la abrió, sacando algunas pastillas, que dejó junto al vaso y la botella de agua que había en la mesita de noche.

—Son analgésicos muy suaves. Estás muy delgado, así que bastará. Una cada ocho horas con el estómago lleno —le pautó Harry—. Si antes de ocho horas te duele mucho, avísame y te traigo otro más potente. Mañana tengo consulta por la mañana, te dejaré el desayuno antes de irme y limpiaré. Antes de volver me pasaré por el Callejón Diagon a recoger lo que necesitas y te traeré algo de ropa.

Sacó un bolígrafo y arrancó una hoja de su bloc y depositó ambas cosas en la mesita al lado de las pastillas.

—Si deseas irte, podrás hacerlo cuando quieras, sólo te pido que esperes a que te traiga algo de ropa. Al fin y al cabo, yo te quité la que traías. Estaré aquí a mediodía para comer. Si quieres que te traiga algo más, libros, o algo para escribir, lo que sea, puedes pedírmelo o apuntármelo en este papel.

Draco seguía negándose tercamente a mirarlo. Harry no pudo evitar sentirse enfadado por su actitud, a pesar de saber que era algo normal y esperable. Había actuado como si no hubiesen existido años de peleas y desencuentros entre ellos y como si Draco no hubiese vivido lo suyo. A Harry le sorprendía que hubiera aguantado con tanto estoicismo, pensó antes de reprenderse: claro que Draco pudo soportarlo, pero ahora necesitaba ser ayudado

—Buenas noches —se despidió Harry en voz baja.

Salió de la habitación llevándose sus cosas y dejando la puerta entreabierta. Lady, que había estado en una esquina tumbada, se acercó a Draco y, poniendo dos patas en el borde de la cama, llamó su atención rascando levemente con las uñas.

Draco abrió los ojos, la miró y Lady saltó a la cama con agilidad, subiéndose en su regazo mientras retozaba. Draco se enjugó la cara, pensando que últimamente lloraba demasiado. Con cuidado, se recostó y apagó la luz para dormir. Lady se movió para dejarle hacer y acto seguido volvió a buscar un hueco donde acurrucarse.

Cuando Harry despertó a la mañana siguiente, se desperezó, pensando que ese sofá iba a matarlo. Consideró un momento la idea de agrandarlo con magia, pero ocuparía demasiado sitio. Con un suspiro, se levantó y echó un vistazo dentro del dormitorio.

Draco dormía, con Lady, que levantó la cabeza, bostezando, enroscada en el hueco de su cuello. En la mesita de noche contó una pastilla menos que anoche. Se alegró. Antes de salir, Harry echó un vistazo al papel de la mesita y renovó el hechizo descompresor para que pudiese seguir respirando bien, ya que debía de estar agotándose.

Silenciosamente, sirvió la comida de Lady, que ya estaba a su lado, estirándose, mientras calentaba la cafetera y sacaba huevos del frigorífico.

—Está rica la comida, ¿verdad, Lady? —susurró Harry—. Hoy voy a estar fuera muchas horas. Tienes que vigilarlo por mí, pequeña. Es muy cabezota, pero si le has cogido confianza tan rápido es que te cae bien. Cerciórate de que desayune, ¿vale?

Terminó de hacer el desayuno de Draco, le hizo un hechizo para mantenerlo caliente, otro para que levitase al lado de su cama, apuró el café y salió de casa. Se ducharía en el trabajo, porque estaba seguro que el sonido despertaría a Draco y este necesitaba descansar lo máximo posible.

Nada más llegar, Harry se dirigió a la sección de Hematología y, con una sonrisa y mucha labia, pidió por favor que se lo analizasen, etiquetándola como de otro paciente para evitar preguntas incómodas. Al llegar a la consulta, todavía con el pelo húmedo de la ducha que acababa de tomar, vio que Silvia estaba junto a la máquina de café del pasillo, así que paró para sacar otro para él.

—¡Hola, Harry! ¡No has dado señales de vida en todo el día de ayer! ¡Te mandé diez mensajes!

—Lo sé, los vi. Lo siento, Silvia —se disculpó Harry, apurado—. ¿Hubo algún problema por mi ausencia?

—No. No hubo más incidentes y di el relevo por ti. Creo que el jefe ni se enteró de que no estabas.

—Gracias por cubrirme.

—Bueno, ¿qué tal está?

—¿Eh?

—El chico —le aclaró Silvia, divertida—. Es evidente que lo encontraste. Si no, habrías vuelto.

—Eres una bruja de la peor calaña —bromeó Harry, riéndose él solo por el doble sentido que tenía la frase para él.

—Por eso me adoras tanto. —Silvia guiñó el ojo—. En serio, ¿qué tal? Debía tener las articulaciones hechas polvo. Y parecía muy desnutrido.

—Pensé lo mismo de las articulaciones, pero no parecen en mal estado. Parece más bien un esguince y malas posturas. Nada que no se arregle con ibuprofeno, buena comida y descanso.

No le gustaba mentir, pero prefería esa mentira a tener que justificar recuperaciones milagrosas o inventarse procesos y tratamientos inexistentes. Si las cosas se torcían y tenía que convencer a Draco de ir al hospital, siempre podía decir que infravaloró las lesiones.

—Vaya, me alegro. ¿Y la respiración?

—Todavía estoy en ello. —Iba a investigar primero en el mundo mágico, pero probablemente necesitaría ayuda con ese tema, así que mejor dejar esa puerta abierta—. Bueno, hora de empezar, ¿Tienes mucha lista de pacientes hoy?

—Interminable. No sé cuántos pacientes más quieren que vea por minuto para estar satisfechos con la ratio.

—Avisa si necesitas tomar un café para respirar.

Mientras caminaban hacia sus respectivas consultas maldiciendo a los políticos, gestores y directores de hospital, Harry intentó no pensar en el hecho de que, en pocas horas, iba a tener que ir al Callejón Diagon.