Disclaimer: Los personajes no son míos y el único pago que recibo en correspondencia es vuestro cariño en forma de reviews.

¡Holaaaa!

Pues aquí otro día más, espero que os guste. Muchas gracias por leer y por los reviews que habéis dejado. Sois espectaculares. ¡Un beso!


Incursiones

Draco despertó en la penumbra de la habitación. Inspiró lo más profundo que pudo, satisfecho. La noche anterior se había dado cuenta de que Potter había hecho el hechizo descompresor tras su discusión. No sabía cuánto duraba el efecto, pero calculaba que no tardaría mucho en terminar. Con cuidado, se movió y un latigazo de dolor recorrió sus rodillas. El efecto del analgésico sí había pasado. Había estado rumiando su malestar un rato después de que Potter se fuese, pero la tentación de aliviar el dolor acabó siendo más fuerte que su cabezonería. El alivio fue tan grande cuando hizo efecto, que se quedó dormido de inmediato.

Se giró con cuidado, mirando el reloj extraño que había en la mesita. Las nueve de la mañana. Había tomado el analgésico a las diez de la noche, así que habían pasado casi doce horas. Podía tomar otro después de desayunar. Valoró levantarse a abrir las cortinas y que entrase la luz. Odiaba estar a oscuras después de tantos años en una celda, pero el dolor lo hizo desistir, así que se limitó a encender la luz artificial. Potter había cumplido su promesa y el desayuno estaba flotando a su lado.

Por un momento, Draco sintió un ramalazo de culpabilidad y agradecimiento a partes iguales. Consideró que quizás se había pasado. Estaba abrumado por todo lo que Potter le estaba contando y lo mucho que iba a depender de él para poder estar sano. La comparación de ponerlo a punto le había terminado de desquiciar, aunque sabía que Potter no había usado la expresión en ese sentido. Había sido amable y cortés, y se había comportado con un tacto que en Hogwarts no le había visto. Arrepentido por su comportamiento, Draco se propuso ser más amable con Potter.

Con cuidado, acercó la bandeja, que quedó firme bajo él como de costumbre. Potter llevaría mucho tiempo sin hacer magia, pero desde luego había sido y seguía siendo un mago poderoso y con talento. Con hambre, Draco devoró la comida y se tomó el analgésico. Se recostó, esperando a que el medicamento hiciese efecto. Si el dolor se calmaba y seguía respirando bien, se aventuraría a levantarse para abrir las cortinas e ir al baño. Si no, cumpliría las instrucciones de Potter y haría sus necesidades en el orinal sin moverse de la cama. Le pareció un término medio justo para él y para Potter.

Pasado un rato, Draco probó a mover las rodillas de nuevo. El dolor seguía ahí, aturdido, pero manejable. Con cuidado, se levantó. Despacio, el que fuese un cabezota levantándose contra las instrucciones de Potter no significaba que no se acordase del día anterior y sabía que estaba solo en la casa, avanzó hacia la ventana, descorriendo las cortinas. Justo debajo había un artilugio de hierro que desprendía calor, aunque Draco había pensado que la calidez de la habitación se debía a un hechizo calefactor.

Antes de ir hacia el baño inspiró profundamente. Sus pulmones se llenaron. No iba a marearse, lo veía bastante claro. Igual de despacio, fue hacia el baño y se sentó con un quejido, alegrándose por haber recobrado un poco de dignidad. Una vez aliviadas sus necesidades, viendo que en la ducha continuaba el taburete, la toalla que había utilizado estaba colgada en su sitio y que todo estaba marchando bien, decidió que una ducha le vendría bien.

Mientras se secaba, se miró en el espejo que había encima del lavabo. Por alguna razón, se veía mejor que el día anterior. Sabía que era absurdo y que el cambio estaba más en su mente, pero se sonrió, tímidamente al principio y más abiertamente después. Al ver sus dientes manchados y amarillos, se asustó. Llevaba años sin lavarse los dientes. De hecho, ocasionalmente le dolía la boca. Draco sospechaba que algo andaba mal ahí. Era algo que había asumido, igual que su mal aliento, y no lo notaba. Potter tenía que haberlo percibido, pero no había dicho nada, ni siquiera mientras lo examinaba.

En la repisa había un vaso con un cepillo de dientes, de Potter con toda seguridad, aunque le parecía raro que tuviese un cepillo en el baño de invitados. Al lado, lo que parecía ser un bote de poción dental limpiadora muggle. Se untó un poco en el dedo y se frotó concienzudamente los dientes. Volvió a mirarse al espejo, enseñando los dientes. No habían mejorado y le pareció que su aliento seguía igual. Debía tener algún diente podrido, de ahí el dolor al masticar cosas duras. Se lo diría a Potter cuando volviese, quizá pudiese solucionarlo.

Salió del baño con la toalla afianzada en su cintura. Iba a dirigirse a la cama para volver a acostarse y dar por finalizada su aventura, pero se fijó en la puerta entreabierta y su curiosidad pudo más que su prudencia.

—Sólo un vistazo —se prometió, acercándose.

Despacio, se apoyó en el marco, y echó un vistazo. No sabía que esperaba encontrar, quizá un largo corredor. Ante él, sólo había una cocina muy pequeña en la misma sala que un salón que tenía un sofá, una mesita y un armario con vitrinas rodeando un cuadro negro. Encima del sofá estaba Lady, mirando hacia el único ventanal de la estancia, siguiendo atentamente el revoloteo de un pájaro. En el otro extremo de la sala, la puerta que debía ser la de entrada a la casa.

—¿Dónde está el resto de la casa? —preguntó Draco, estupefacto.

Había concluido que Potter vivía solo allí porque en más de veinticuatro horas no había aparecido nadie más, pero debía que tener su propia habitación. Al estar en el dormitorio de invitados y tener un baño en suite, Draco había dado por hecho que había tres baños, uno fuera de todos los dormitorios, el del cuarto de Potter y el de su cuarto.

Se acercó al sofá, todavía atónito. Ni siquiera había una cocina decente, sólo una encimera alta con dos taburetes que separaba la sala de los fogones.

—Por Merlín, ni siquiera hay una chimenea —murmuró, impresionado.

Encima del sofá, revuelta de cualquier manera, había una manta de colores. La revelación le golpeó tanto que tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá, provocando un bufido de Lady. Potter estaba durmiendo en el sofá. Draco estaba durmiendo en el cuarto de Potter. Usando el cuarto de baño del dormitorio de Potter. Por eso Potter había usado ese cuarto de baño para ducharse y tenía un cepillo de dientes ahí.

No queriendo tentar más a la suerte, volvió a la cama y se tumbó. No sabía cómo gestionar sus averiguaciones. Hablarlo directamente con Potter implicaría reconocer que se había levantado más allá de ir al cuarto de baño y probablemente se enfadaría con Draco. Con la perspectiva de las horas que tenía por delante hasta que Potter volviese, sin saber qué hacer para entretenerse de su reposo absoluto, decidió hacer caso de las instrucciones que le había dado Potter. Sentía que debía hacerlo para compensar toda su cabezonería. Una vez sentado en su cama, Draco cogió el papel donde Potter le había pedido apuntar cosas que necesitase. Dudó un instante, antes de escribir.


Harry salió por la puerta de Urgencias con paso resuelto. Había vuelto a pasar por la ducha al finalizar su turno, pero el sudor le recorría la espalda a pesar del frío de la estación. Caminó un par de manzanas hasta el hipermercado donde habitualmente hacía la compra. Tendría que ir cargado, pero prefería ir directo a casa desde Callejón Diagon.

Cogiendo un carro, Harry recorrió los pasillos. Eran dos en casa, pero en el apartamento no había sitio para muchas cosas. Además, tenía una pequeña lista de productos concretos que creía que a Draco podrían venirle bien. Frenó sus prisas en la sección de ropa masculina, intentando dilucidar qué podría ser del agrado de Draco. Basándose en las medidas del examen médico, eligió varias camisas en colores neutros, pantalones vaqueros y de tela, calcetines y calzoncillos, algún jersey y un par de camisetas de color verde oscuro y azul marino.

Tras un momento de duda, Harry volvió a coger todo repetido, pero una talla más grande. Draco pronto cogería peso si todo iba bien. No sabía exactamente el número de pie que gastaba. Por si acaso, cogió varias zapatillas deportivas de aspecto cómodo de diferentes números. Podría devolver los que no le sirviesen. Con una inspiración de último segundo, añadió una cazadora por si salían a pasear o Draco decidía abandonar el piso.

Esperando no olvidar nada, Harry se dirigió a la salida. Mientras buscaba una caja más o menos libre, se fijó en la sección de librería. Como su apartamento era tan pequeño, Harry no solía almacenar libros o música. Cuando terminaba de leer los libros, los regalaba, vendía o, si le habían gustado especialmente, los llevaba a casa de los señores Weasley.

Imaginando que Draco se habría aburrido toda la mañana, enfiló hacia allí. Harry solía escuchar la música en un MP3, pero explicarle a Draco dónde obtener música podía ser lioso. Metió en el carro un reproductor de CD portátil que estaba de oferta y escogió seis o siete discos de diferentes estilos: Un poco de jazz, algo de música clásica romántica y contemporánea, los mejores éxitos de los Beatles, lo mejor de Queen… En la sección de libros hizo lo mismo, cogiendo un par de libros de bolsillo al azar en cada sección para que Draco decidiese qué quería leer o escuchar.

Salió del supermercado con varias bolsas cargadas hasta arriba y buscó un callejón. Una vez encontró uno desierto, sacó la varita y encogió todas las bolsas para meterlas dentro de la mochila. Caminó hasta Charing Cross a paso vivo. Cuando llegó al Caldero Chorreante se dirigió directamente a la entrada del Callejón Diagon, mascullando unos buenos días cuando todos los ojos presentes se clavaron en él.

Encogido de hombros, intentando ocupar el menos sitio posible e ignorando a todas las personas que se cruzaba, Harry caminó rápidamente en dirección al Callejón Knockturn. Le desagradaba profundamente estar ahí y, a más tiempo, más probabilidades de encontrarse a algún gilipollas leal al Ministerio que se chivase. Dentro del Callejón Knockturn, paró delante de una botica de cristales sucios y agrietados. Mirando a ambos lados, entró.

—Buenos días, Michael.

—¡Harry! —El boticario, que estaba pesando cuidadosamente unos ojos de escarabajo, alzó la vista al oírle—. ¿Qué haces aquí?

—Necesito algunas pociones. Y un par de consejos.

—Debe ser grave si te has aventurado hasta aquí. —El boticario frunció el ceño y apartó lo que tenía entre manos con cuidado—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—Poco, he tardado casi cinco minutos desde el Caldero hasta aquí.

—Nos apañaremos. ¿Qué necesitas?

Michael Corner, su antiguo compañero de clase, había estudiado el primer año de Sanación con él. Primero fueron unas cervezas, luego bromearon sobre que ambos habían salido con Ginny y Cho, y un par de salidas después ambos estaban compartiendo besos a la salida de un pub. No había ido más allá. Las cosas se habían torcido y Harry se había ido al mundo muggle, pero habían mantenido contactos puntuales. Michael había tenido que montar aquella botica para poder subsistir y cuando Harry necesitaba algo acudía a él, normalmente a través de George Weasley.

—Varias cosas. —Harry sacó la lista que llevaba en su bolsillo—. Verás… no sé cuánto debo decirte, porque no estoy muy seguro de que… quiero decir… No quisiera que esto te perjudicase…

—Lo entiendo, dime simplemente lo que puedas —asintió Michael pragmáticamente.

—Tengo un… paciente… un amigo… Varón, de nuestra edad, mago. Creo que tiene algún tipo de hongo en los pulmones por respirar esporas en un ambiente muy húmedo. Era un sitio mágico, así que no descarto que pueda ser algún tipo de musgo mágico, si es que esa mierda existe. No he podido realizar ninguna prueba diagnóstica directa, pero debe estar invadido, porque apenas puede respirar y he tenido que usar hechizos descompresores.

—Vale, puedo darte algo que te sirva. —Michael empezó a buscar en los estantes que había tras él—. Sigue.

—Tiene que regenerar las rótulas y el menisco. Bueno, y los discos intervertebrales, los cartílagos de casi todas o todas las articulaciones… Creo que es posible artrosis por humedad.

—Harry… —Michael se había quedado mirándole fijamente—. Esa persona ha estado en una cárcel de una isla como… no sé… ¿Alcatraz?

Harry asintió en silencio. Corner apretó los labios y siguió buscando. Sacando varios botes y frascos, los puso en el mostrador y los fue señalando, dándole indicaciones. Harry apuntó las instrucciones atentamente.

—Todas las pociones están concentradas, tienes que diluir un par de gotas en un vaso de agua antes de administrarlas. Te durarán más tiempo. Esta para la regeneración del menisco. Tres tomas diarias, al menos tres días, asegura con cuatro o cinco, no le hará daño si ya está todo regenerado. Le dolerá, sobre todo el primer día, así que esta para mitigar el dolor, aunque dudo que sea mayor que el que siente ahora. ¿Le has dado algo muggle?

—Antiinflamatorio y analgésico.

—Bien hecho. Crecehuesos para la rótula —continuó hablando Michael—. Tres gotas antes de irse a dormir, una toma única. Esta otra es de aplicación atópica, para las articulaciones. Aplícala tras la ducha, como una crema muggle, frotando cuidadosamente todas las articulaciones. Tiene un efecto anestésico, así que le aliviará el dolor. Sigue el tratamiento durante una semana, una vez al día. Sí lo haces al día siguiente de empezar a regenerar el menisco, le aliviará el dolor y potenciará la poción regenerativa.

—Lo tengo —asintió Harry—. ¿Más?

—Esta otra es para los pulmones. Diluye en agua caliente que haya arrancado a hervir. Que respire el vapor durante diez o doce minutos. Sentirá la nariz congestionada, pero tiene que aguantar. Al final de los diez minutos, que suene la nariz hasta que la mucosidad salga transparente.

—¿Con eso bastará?

—Si sólo son hongos, sí. Esta otra para la neumonía. Otros pres… —Michael se interrumpío, mirándole con intensidad—, pacientes han tenido neumonía o principio de neumonía enmascarado por los hongos. Por la mañana y por la noche, durante una semana. Si no tiene neumonía no le hará nada, así que mejor prevenir. Y esta otra para la anemia, le ayudará a obtener nutrientes y fabricar glóbulos blancos, fijar las vitamina el hierro. Con cada comida, hasta que haya recuperado su peso o se acabe el frasco.

—Tiene la boca muy estropeada —recordó Harry de repente—. Creo que tiene dientes podridos o picados de no haberse lavado durante años. Un dentista muggle le extraería todas las piezas porque empastarlas sería muy caro. ¿Puedes hacer algo? —Miró el reloj. Habían pasado casi quince minutos desde que entró en el Caldero Chorreante. No se engañaba, alguien habría dado el chivatazo y no le quedaba mucho tiempo.

—Esta pasta —dijo Michael sacando un pote de ungüento—, que la aplique la misma noche que la Crecehuesos, por toda la dentadura. Llévate también poción relajante, porque le va a doler.

—Me horroriza tener que causarle aún más dolor.

—No hay más opciones, lo siento. —Harry empezó a guardar todos los frascos, debidamente etiquetados, en la mochila, cuidando de esconderlos bajo la ropa que había comprado—. ¿Algo más que se te ocurra?

—Le tiemblan las manos, pero no he encontrado origen fisiológico. Quizá esté oculto tras todo esto, pero de momento creo que es ansiedad, cuando está tranquilo no le ocurre tanto.

—Es probable. La poción relajante y la atópica le ayudarán en ese sentido. Si es algo más, intenta solucionarlo después, cuando no lo enmascaren otros síntomas.

—Su piel y cabello… —Miró hacia la puerta, cada vez más nervioso—, están muy estropeados. Sé que al lado de lo demás es insignificante, pero…

—Te daré un jabón y un champú que le ayudarán con eso.

—Me encanta la magia —sonrió Harry mientras Michael buscaba lo que le había pedido.

—Sí, ¿verdad?

La campanilla que avisaba de un nuevo cliente tintineó. Harry se forzó a no darse media vuelta ni sobresaltarse, diciéndose a sí mismo que ya tenía lo más importante guardado en la mochila.

—Vaya, el señor Potter por aquí… ¡Qué coincidencia! —Harry forzó una sonrisa cortés y se giró hacia los dos aurores que bloqueaban la puerta de entrada.

—Hola, capitán Dawlish. Cuánto tiempo… Agente… —No conocía al chaval que iba a su lado.

Había tenido suerte. Dawlish había ascendido a capitán gracias a su lealtad al Ministerio, pero no destacaba por ser el mejor auror de la plantilla. Kingsley solía bromear diciendo que el confundus de Dumbledore había sido más poderoso que toda la magia de Dawlish.

—Auror, Potter. Aquí somos magos, no muggles —repuso Dawlish con chulería.

—La costumbre, capitán. Lo siento, auror —repuso Harry, mirando al joven que le acompañaba, evaluándolo. Decidió que no era preocupante, ya que ni siquiera había abierto la boca, incómodo por la situación.

—Y bien, señor Potter, ¿cómo usted por aquí? En nuestra última conversación pareció dejar claro que no frecuenta estas calles por preferir el modo de vida muggle.

—Necesitaba algunas cosas —dijo Harry, intentando adoptar un tono casual—. Ya sabe, no es posible encontrar ciertas cosas en el mercado muggle.

—Sus productos de higiene, señor Potter —interrumpió fríamente Michael en voz alta—. Y su poción anti-diarreica. Recuerde tomarla antes de cada comida y procure seguir una dieta blanda durante unos días. Le pasaré la factura a su cámara de Gringotts, si le parece bien.

Harry asintió. Tendría que ver cómo hacía llegar a Michael el dinero por todo lo que no podría cobrarle delante de los aurores y le agradeció mentalmente la salida que este le proporcionaba.

—Muchas gracias, señor Corner —agradeció Harry, recogiendo las cosas y volviéndose hacia la salida—. Si me disculpan…

—Un momento, Potter. —Dawlish lo retuvo con una sonrisa maliciosa—. Tenemos que inspeccionar qué llevas ahí. Ya lo sabes, no puede usted administrar o recetar medicamentos mágicos. ¿O tengo que recordarle que no tiene usted licencia de Sanador cualificado para ejercer?

—Dudo mucho que un poco de jabón y un astringente puedan considerarse ejercer la profesión de Sanador, capitán Dawlish. Pero si desea inspeccionarlo… —Harry le tendió el paquete. Dawlish lo cogió y se lo pasó al otro auror, que lo desenvolvió con cuidado.

—¿Y en esa mochila, Potter?

—Mi ropa sucia —contestó Harry rápidamente. «Demasiado rápidamente», pensó mientras se golpeaba la frente mentalmente.

—¿Llevas tu ropa sucia en una mochila al Callejón Knockturn, Potter?

—Llevo mi ropa sucia en una mochila a diario porque cuando salgo de trabajar me ducho y me pongo ropa limpia diferente a la que llevaba al entrar —espetó Harry. Se tensó. Estaba perdiendo el control y, si lo hacía, la situación sólo podía desembocar en él detenido durante unas horas y la mochila confiscada. No se lo podía permitir, ni Draco tampoco. Se descolgó la mochila del hombro—. Capitán Dawlish, puede comprobarlo usted mismo. Como ve, está mi ropa sucia y, debajo, las bolsas de un mercado muggle reducidas con magia.

Mientras lo decía, Harry sacó un par de bolsas, cerciorándose disimuladamente de que el resto taparan las pociones del fondo. Las agrandó y dejó que Dawlish husmeara en la ropa nueva de Draco y en las latas de comida.

—Aquí hay exactamente lo que el boticario ha dicho, capitán. Jabón y poción astringente —interrumpió el otro auror.

Dawlish levantó la mirada y, echando un último vistazo al interior de la mochila, donde estaban las demás bolsas, asintió y le devolvió las que estaba examinando. Harry redujo todo de nuevo, cogió el paquete de las manos del otro auror y lo metió todo en la mochila, cerrándola y colgándosela al hombro.

—¿Puedo ayudarle en algo más, capitán Dawlish? —Harry intentó que el sarcasmo y la amargura no asomaran en el tono, no quería fastidiarla cuando parecía que todo había pasado.

—¿Adónde vas, Potter? —preguntó Dawlish, poco dispuesto a dejarle ir.

—A casa. Como le he dicho, vengo de trabajar, necesitaba con urgencia una solución a… mi pequeño problema.

—Quiero decir cuando salgas de aquí. ¿Vas a ir a ver a Weasley? ¿Al Caldero Chorreante? ¿Algún recado más?

—De hecho, pensaba desaparecerme —reconoció Harry, sinceramente. Con los años, había aprendido que las mejores mentiras tenían ciertas verdades—. Necesito comer y descansar, tener gastroenteritis puede desfallecer a cualquiera. He tenido que venir en transporte muggle, pero desde aquí puedo llegar a mi casa sin problema.

Dawlish le miró con sospecha. Harry contuvo la respiración. Detrás de él, Michael también estaba expectante. El auror más joven parecía cada vez más incómodo con la situación. Harry sintió un poco de lástima por él, antes de desecharla pensando que así aprendía dónde se había metido. Los segundos se estiraron como un chicle derretido en el asfalto.

—Está bien, Potter —sentenció Dawlish, finalmente—. Pero ten en cuenta que te tengo bajo mi radar. Puedes marcharte.

—Muchas gracias, capitán Dawlish. Auror, señor Corner. —Harry saludó un gesto de la cabeza hacia ambos y se escabulló por entre ambos aurores. Antes de que el imbécil de Dawlish tuviese tiempo de seguirle, se desapareció.


Draco estaba mortalmente aburrido y cada vez más malhumorado. Los efectos del analgésico estaban terminando y sus pulmones cada vez respiraban menos aire, señal de que el hechizo se estaba agotando también. Se había levantado una vez más al baño y, aunque su propuesta de comportarse sin cabezonería seguía en pie, estar tumbado en la cama sin nada más que hacer estaba haciendo mella en sus buenos propósitos. Era irónico, teniendo en cuenta que hacía dos días, en la calle, todas sus expectativas consistían en dormir y conseguir comida mientras lidiaba con el dolor.

Había dormitado un rato, pero cuando el dolor se incrementó, se había desvelado. Había descansado muchas horas, que necesitaba por puro agotamiento, pero ahora que su cuerpo tenía las necesidades básicas cubiertas, el dolor que antes estaba latiendo en segundo plano, restallaba por todo su cuerpo.

Se preguntó si Potter tardaría mucho en regresar, ya que la hora de la comida había pasado y prefería no tomar una de esas pastillas muggles en ayunas, tal como Potter le había indicado. Draco valoró la opción de aventurarse en la diminuta cocina en busca de algo que comer. Decidió que primero daría un poco de margen a Potter.

—Potter… —suspiró. Había estado evitando conscientemente el tema durante toda la mañana, flotando en su cabeza insistentemente—. El tío que me ha metido en su casa, su ducha y su cama. Que me ha cuidado como si un servil elfo doméstico. Que está durmiendo en un sofá de dos plazas para que yo pueda estar en su cama y ni siquiera lo ha considerado digno de mención.

«Como si no hubiésemos peleado durante años. Como si no hubiésemos estado en bandos enemigos durante una guerra», concluyó, sin ser capaz de comprender.

Draco se estremeció pensando en todas las veces que había llamado sangre sucia a Granger. Acarició su marca, desvaída en su antebrazo. Odiaba profundamente ese tatuaje. Lo odiaba desde el momento en que Voldemort lo había puesto ahí, aunque delante de su padre y de sus amigos y compañeros hubiese tenido que disimular.

Delante de su madre no, ella supo la verdad desde la miró a los ojos por primera vez después de ser marcado. Desde ese momento, Narcissa había trabajado para que Draco pudiese salir lo mejor parado posible de aquel infierno. La ansiedad se apoderó de su garganta y clavó las uñas en la calavera, pero no le funcionó: Potter se las había recortado y limpiado. Pensó arañarlo con la pluma muggle que Potter le había dejado. Desistió, porque sabía que, incluso aunque desollara el brazo entero, la marca volvería a salir: señalándolo como siervo primero, como esclavo y prisionero luego, y como paria después.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un fuerte crujido que sonó en toda la casa. El corazón de Draco latió dos veces en una, antes de pensar que debía ser Potter. Se alegró. Aún podía respirar un poco y las rodillas sólo le dolían bastante en lugar de horrores, así que con suerte, Potter le renovaría el hechizo y le permitiría tomar más medicinas. Sorprendido, Draco escuchó un golpe en la sala, seguido de otro más suave. Sonaba como si alguien estuviese tirando cosas.

«¿Es posible que Potter no tenga puestas defensas mágicas en su casa?», pensó, asustándose un poco cuando se hizo el silencio.

No sabía si salir o esperar allí. Le daba miedo no soportar otra incursión, pero la curiosidad le pudo. Se levantó con cuidado y salió del dormitorio. En la sala, Draco vio uno de los taburetes de la cocina en el suelo. Ese debía haber sido el primer golpe que había oído. El segundo, más sordo, posiblemente se debía al cojín que estaba en el suelo. En el sofá estaba Potter, con una mochila al lado, enterrando la cara en sus manos.

«Merlín, que no esté llorando», pensó Draco antes de reprenderse por ser tan poco empático.

Lentamente, se aventuró hasta el sofá, sin saber muy bien cómo reaccionar. Potter estaba respirando muy fuerte y rápido. No podía ser bueno. Draco rodeó el sofá y se sentó a su lado, poniendo una mano en su espalda. Cayó en la cuenta de que iba desnudo y que, a lo mejor, a Potter no le hacía gracia que él se paseara por su casa y se sentase en su sofá desnudo, pero este ni siquiera pareció enterarse.

—Potter —le llamó Draco, con suavidad.

Este se limitó a quitarse las manos de la cara, mesándose el pelo, mientras seguía respirando de manera muy agitada. Potter estaba completamente lívido y parecía a punto de desmayarse. Draco empezó a asustarse. No sabía qué hacer ante un desmayo, no sabía nada de sanación. Le apretó tímidamente el hombro.

—Potter. ¡Potter! ¿Me oyes? —Este asintió brevemente—. ¿Qué tengo que hacer?

—Cocina… una bolsa…

—De acuerdo —dijo Draco, levantándose lentamente.

«Merlín, ahora no puede pasarme nada, por favor, tengo que aguantar», suplicó Draco a quien pudiese estar escuchando.

En un pequeño cuenco, encontró varias bolsas de un material raro arrugadas. Cogió una y volvió hasta el sofá. Se la tendió a Potter y volvió a sentarse a su lado, poniendo la mano de nuevo en su hombro en un intento de apoyo y consuelo. Potter puso la bolsa sobre su nariz y boca, respirando dentro de ella. A la velocidad a la que estaba respirando, la bolsa se hinchaba y deshinchaba con una celeridad pasmosa. Los siguientes minutos se le hicieron angustiosos, hasta que, poco a poco, Potter fue respirando cada vez más despacio, tranquilizándose.

Potter tenía el pelo pegado a la frente, y la camiseta empapada de sudor. Las lágrimas habían hecho surcos en sus mejillas. Le temblaban las manos violentamente. Angustiado, Draco tuvo el impulso de cogerle una de ellas. Sin abrir los ojos, Potter le devolvió el apretón con fuerza, haciéndole daño en sus maltrechos dedos. Acto seguido, aflojó el agarre, mascullando algo que sonó a disculpa. Draco no apartó la mano.

Potter se calmó más, incorporándose en el sofá y apoyando la cabeza en el respaldo, respirando más despacio. Lentamente y sin soltar la mano de Draco, Potter dejó caer su cabeza contra el hombro de Draco. Incómodo, este intentó apartar de la cabeza la idea de que seguía desnudo.

Al fin y al cabo, llevaba así casi dos días, a Potter no había parecido importarle y a él le daba igual estar desnudo que con los andrajos que había vestido durante el último año. El contacto de la cara de Potter contra su hombro tenía algo electrizante, quizá porque al tenerle agarrado de la mano, todo su brazo, «el brazo de la marca», estaba en contacto con Potter desde sus dedos hasta su cuello, rozado por el cabello encrespado de este.

—Lo siento —murmuró Potter al cabo de un rato con voz tan queda que Draco casi no le entendió.

—¿Lo sientes? ¿Es que esto es culpa tuya? —Draco no entendía por qué se disculpaba. A él le resultaba obvio que había un problema y que Potter no se encontraba bien, no veía razón para disculparse y siempre había defendido que disculparse por nada era de gilipollas.

—Por haber hecho que te levantaras —aclaró Potter—. Deberías estar haciendo reposo, aburrido de no tener nada que hacer hasta que yo volviese y listo para echarme la bronca por haber tardado tanto.

—No seas estúpido. Es lo menos que podía hacer. Y ya me había levantado antes, que lo sepas —contestó Draco, presumiendo de su hazaña con la intención de tranquilizar a Potter.

—No esperaba menos —repuso Potter, torciendo la boca en un amago de una sonrisa—. Está bien mientras no te desmayes, aunque con el hechizo descompresor no debería ocurrir. Te viene bien dar algunos pasos, creo. Para fortalecer los músculos.

—Potter, ¿qué ha sido esto? —Draco no iba a dejar que cambiase de tema. Intentando suavizar la brusquedad de sus palabras, añadió—: Me has asustado, ¿sabes?

—Lo siento, no quería… Era… —Potter cerró los ojos con fuerza durante un segundo—, un ataque de pánico.

—¿Pánico? ¿Al entrar en tu casa? —Draco frunció el ceño ante la posibilidad— ¿Es porque yo estoy aquí?

—No, no, no. —La voz de Potter fue perdiendo fuerza—. No…

—¿No? —Draco levantó una ceja.

—Sólo es que he tenido un mal día —explicó Potter al cabo de unos segundos—. Al llegar aquí de repente todo lo que ha ido mal me ha aplastado y mi cuerpo ha decidido sacarlo así.

—¿Te pasa a menudo? A ver si va a resultar que eres tan inestable como yo mismo proclamaba en Hogwarts —dijo Draco con sarcasmo, antes de darse cuenta de que quizá Potter podía molestarse ante el recordatorio.

—No —admitió Potter con una carcajada amarga—, no de esta manera. Es una reacción normal ante una situación de fuerte ansiedad, no te creas. Hoy ha sido… hoy he tenido miedo de que las cosas salieran realmente mal.

—¿Quieres contarme qué ha ocurrido? —Potter se quedó en silencio, aún apoyado en su hombro. Draco apretó los labios. Había preguntado genuinamente preocupado e interesado, pero, como acababa de recordar unos segundos antes, Potter y él no eran amigos—. Como quieras.

—Tuve un problema con alguien —dijo Potter lentamente—. Es… como mi jefe, ¿vale? Tiene poder sobre mí y puede hacerme la vida imposible, si quiere. Disfruta con ello, el muy cabrón. Yo te había comprado algunas cosas y esta persona estaba… podía… podía quitarme algunas de ellas. Simplemente por el placer de joderme, ¿entiendes?

Draco asintió, empatizando con Potter. Él también había sufrido la tiranía de alguien cabrón que le hizo la vida imposible y dominó su vida entera a placer.

—Me angustió muchísimo pudiese ocurrir. Tuve que tragarme mi orgullo y seguirle la corriente, algo que para mí es humillante. Otras veces le he plantado cara o le he devuelto las pullas, pero hoy me daban miedo las represalias, porque significaba que sufrirías tú. Ha sido horrible.

—¿Por qué iba tu jefe a quitarte algo que has comprado con tu dinero? —preguntó Draco, prefiriendo pasar de puntillas por el resto de la declaración de Potter.

—Puede confiscarme cosas o impedirme volver a casa, sin más. Es… no puedo evitarlo.

—Como un auror —afirmó Draco con desdén.

—Sí, como un auror.

—Tu jefe es un hijo de puta —insultó Draco con desprecio.

—Lo es.

—Y no lo digo porque sea muggle.

—También lo sé —resopló Potter, riendo entre dientes.

—Los aurores me hicieron lo mismo antes de entrar en Azkaban. Disfrutaban ejerciendo su poder y dándome órdenes. Haciéndome creer cosas falsas para luego reírse de mí. El Ministerio no supuso una mejora con respecto al Señor Tenebroso. —Potter le acarició la mano, consolándole—. Lo siento, estabas revolcándote en tu mierda y yo lo he convertido en una competición. Y ambos sabemos que un Malfoy siempre compite para ganar.

Potter soltó una carcajada. Acto seguido, se levantó del sofá con cansancio, rompiendo el momento. Sacó de la mochila varias bolsas miniaturizadas y un par de paquetes de papel. Con la varita, los devolvió a su tamaño natural, llevándose algunas a la diminuta cocina.

—Te propongo lo siguiente —dijo Potter con voz más animada—. Voy a meter una pizza al horno y me daré una ducha rápida en lo que se calienta. Como ya estás levantado y estoy seguro de que te has aburrido mucho, puedes sacar lo que hay en esas bolsas. Es todo para ti.

Potter trasteó en el horno. Draco no pudo ver cómo Potter había encendido la leña, pero como había sido tan rápido supuso que lo habría hecho con magia. Potter desapareció en dirección al baño y Draco cogió la una de las bolsas, provocando un bufido en Lady que estaba husmeándola.

—No me bufes, gato. Que Potter ha dicho que esto es para mí, no para ti —dijo Draco. Lady le maulló en respuesta—. Tienes razón, Potter no debería haberse molestado por mí. Recuérdaselo luego, tal vez tú le hagas entrar en razón.

La primera bolsa contenía distintos pantalones de corte muggle. Draco nunca había llevado nada así, ya que al salir de Azkaban le habían devuelto la camisa y el pantalón que tenía puestos al entrar.

—¿Ha dicho Potter que esto era para mí? —Lady giró la cabeza mirándolo fijamente—. Sí, ya sé qué he dicho antes. Odio discutir contigo, gato, no das tregua.

Siguió abriendo las bolsas. Camisas, ropa interior, hasta zapatos. Draco sintió la tentación de ponérselos inmediatamente, pero no sabía si podría doblar las articulaciones tanto como para meter los pies en los pantalones o los calzoncillos; ahora estaban doliéndole bastante más. Igualmente, le pareció absurdo vestirse de calle si tenía que guardar cama. En otra bolsa encontró pantalones y camisetas como las que Potter llevaba en casa.

—El muy santurrón ha pensado en todo —murmuró Draco, incapaz de imprimir burla a su voz.

Descubrir los cepillos de dientes y los botes de crema hidratante le hizo un nudo en la garganta. Él ni siquiera había sido consciente del estado de sus dientes y el hedor de su boca hasta esa misma mañana, y, sin embargo, Potter sí había tomado nota sin decir nada y se había limitado a proporcionarle medios para que pudiese cuidarse.

En la bolsa que más pesaba había varios libros de distintos grosores y portadas. Parecía que Potter había pensado bastante en él y en cómo se sentiría, previendo que estaría aburrido. Draco leyó algunas de las contraportadas, apartando las que le llamaron la atención. Ningún título le sonaba, así que dio por hecho que no habían salido de Flourish y Blotts.

«Todo muggle a pesar de que dijo que iba a visitar el Callejón Diagon», pensó Draco.

En la última bolsa había un artilugio extraño y un montón de cajas envueltas en papel transparente. Draco lo sacó y le dio vueltas, examinándolo.

—Es muy fácil de utilizar. Mira, le das a este botón y se abre. —Apareciendo de pronto a su lado, Potter cogió una de las otras cajas y le quitó el papel transparente. Sacó un disco plateado de su interior, que introdujo en el aparato—. Se llama reproductor. Siempre tienes que poner el disco con las letras hacia arriba. Luego lo cierras, le das al triángulo y te pones los cascos.

Potter le puso aquello en la cabeza. Por aquellos «cascos» sonó música directamente en sus oídos. Reconoció la canción: Para Elisa, de Beethoven. Boquiabierto, miró a Potter, que tenía una amplia sonrisa en la cara.

—¿Cómo sabías que me gustaba esto? —gritó Draco por encima de la música que sonaba. Potter le quitó los cascos antes de contestarle.

—No lo sabía —admitió Potter, sonriendo más—. Simplemente creí que podía gustarte. Me alegra haber acertado.

—Hacía años que no escuchaba a Beethoven.

—¿Lo conoces?

—Claro. Toco el piano desde pequeño. Mi profesor era mestizo y me hacía practicar con piezas muggles y mágicas.

—No lo sabía —dijo Potter, sorprendido. Pareció dudar antes de añadir—: Pensaba que estarías deseando estrenar tu ropa nueva. Imagino que no será muy de tu estilo, quizá más adelante puedas venir tú mismo a elegirla.

—No digas tonterías, Potter. Es que no estaba muy seguro de…

—No seas tonto —le interrumpió Potter—, te he dicho que es para ti. No pasa nada si prefieres estar desnudo, desde luego. No me importa. De hecho, después cuando empecemos tu tratamiento deberás volver a quitarte la ropa, pero creí que ahora…

—Sí, sí quiero vestirme. Me refería a mis rodillas. No sé si puedo levantarlas lo suficiente —aclaró Draco. La expresión de Potter cambió. «Ahora se da cuenta el muy mastuerzo, seguro que pensaba que iba a negarse a utilizarla», rio por dentro—. Un momento… ¿Tratamiento?

—Luego te lo cuento —dijo Potter, quitándole importancia—. ¿Quieres que te ayude?

Draco asintió. Potter le ayudó a meter las piernas por los calzoncillos primero, y luego por unos pantalones cortos. Después, le ayudó a pasar los brazos por la camiseta.

—¿Quieres ponerte calcetines?

—Sí, por favor. —Potter se agachó ante el sofá y le puso los calcetines. La visión de Potter arrodillado ante él le hizo pensar a Draco en lo extraña que era la situación. Carraspeó—: Se me habían quedado los pies helados.

—Puedo subir la calefacción, si quieres.

—No es necesario, no hace frío realmente. Bastará con los calcetines. —Draco percibió el olor de la cena y la boca se le hizo agua—. ¿Podemos comer ya? Huele bien.

—Sí —accedió Potter—, pero primero tienes que volver a la cama. Llevaré allí todas tus cosas. Ya has tenido bastantes aventuras por hoy. ¿Te echo una mano?

Potter le ayudó a levantarse y le ofreció su brazo como apoyo. Draco pensó que se sentía persona por primera vez en mucho tiempo. Potter organizó la comida igual que la cena del día anterior. Además de la pizza, como siempre, le puso fruta y le cambió el agua de la mesita.

—Nunca has estado en Italia, Potter —dijo Draco mirando su plato con ojo crítico.

—No.

—No era una pregunta. Yo sí he estado en Italia, y las pizzas no son así.

—Estoy seguro —contestó Potter riéndose—. Esto es lo que te decía. Es comida fácil y rápida de cocinar, se vende lista para calentar. A cambio, no es como la comida hecha en casa.

Draco iba a preguntar por qué Potter no cocinaba, pero se calló al darse cuenta que se estaría metiéndose donde no le llamaban. Además, la pizza estaba buena. Se fijó en que Potter le había puesto el doble de trozos a él.

—Si te quedas con hambre, puedes coger algún trozo de mi plato —le ofreció Draco—, me has echado más cantidad.

—No te preocupes. Necesitas comer tú más que yo ahora mismo. Normalmente no como mucho más.

Durante unos minutos, comieron en silencio. Potter comía con las manos mientras Draco disfrutaba de la sensación de volver a comer con cubiertos. Dudando, Draco se atrevió a preguntar:

—¿Puedo pedirte algo?

—Claro, Draco. Lo que necesites.

—El hechizo descompresor ha dejado de hacer efecto. Te agradecería si pudieses volver a realizarlo.

—Me he dado cuenta, no te creas. —«Claro que se ha dado cuenta. Se da cuenta de todo antes que yo mismo, joder», pensó con frustración—. Pero prefiero no hacerlo, creo que será mejor que la magia no interfiera con las pociones.

—Es verdad, me dijiste que me ibas a hablar del tratamiento —recordó Draco.

Potter se levantó llevándose su bandeja. Volvió y empezó a depositar los viales en la cómoda, colocándolos cuidadosamente, mientras le iba explicando para qué servía cada uno y cómo se aplicaban. Draco escuchó atentamente todas las instrucciones, que Potter llevaba apuntadas en su libreta, pero perdió el hilo en la tercera poción.

—Bueno, empezaremos por la de anemia. —Disolviendo unas gotas de la poción en el vaso de agua, Potter se la tendió a Draco, que se la bebió sin pensar. Potter volvió a llenar el vaso inmediatamente—. Esta para tus cartílagos y el menisco. Ambas debes tomarlas en las comidas principales, así que no se te olvidarán. Dos gotas en medio vaso de agua.

Potter dejó ambas pociones en la mesita de noche, junto a las pastillas muggles. Draco dedujo que eso significaba que sería responsabilidad suya tomarlas. Lo memorizó y asintió.

—Ahora después de comer vamos a administrarte la anti-fúngica. Es importante que puedas respirar bien cuanto antes. Debería bastar con aplicar el tratamiento una sola vez, así que eliminaremos el problema del tirón. ¿Te parece bien?

—Tú eres el sanador, Potter. —Potter apretó los labios, apartó la mirada y el rostro se le ensombreció—. Quiero decir que eres tú quien decide, Potter. Confío en tu criterio.

Potter lo miró de vuelta durante unos segundos antes de contestar:

—Ahora limpiamos esos pulmones. Esta noche podemos empezar el tratamiento de tus huesos y cartílagos. Tengo que avisarte de que te dolerá bastante. Pasarás una mala noche, pero a partir de mañana empezarías a sentir mejoría.

Draco asintió, aprensivo. Por un lado, dudaba que el dolor fuese peor que el que ya sufría cuando no estaba bajo el efecto de los analgésicos. Por el otro, le aterrorizaba un dolor que no pudiese calmar. Potter pareció notarlo e intentó tranquilizarlo:

—He traído poción relajante y tenemos los analgésicos, te ayudarán a soportarlo.

—Pues empecemos —dijo Draco, decidido—. ¿Qué hay que hacer?

Potter retiró los restos de comida de la bandeja de Draco y volvió con una olla tapada. Del baño sacó una toalla, una caja de cartón y una papelera.

—Es una poción que se aplica con vahos —le explicó Potter—. Se hierve el agua, se añade la poción y tienes que respirar sus vapores durante diez minutos. Inspira por la nariz lo más profundo que puedas, incluso aunque esté taponada, tú hazlo: ayudará a que la poción se distribuya adecuadamente.

—De acuerdo.

—Soltarás mocos por la nariz, así que tendrás que sonártela hasta que la mucosidad sea transparente.

—Suena más incómodo que doloroso —murmuró Draco, todavía aprensivo.

—Eso creo. Es posible que lleve un buen rato. ¿Quieres que te traiga libros y el reproductor? Así podrás distraerte.

—Sí, por favor.

Potter calentó el agua con un hechizo hasta que hirvió. Depositó las gotas de la poción y Draco se asomó a la cazuela tapándose con la toalla para evitar que el vapor escapase.

Draco inspiró lo más que pudo, notando cómo el vapor de la poción le ayudaba a respirar. Olía a óxido y hierro. No era desagradable, pero sí penetrante. Poco después, la nariz se le llenó de una sustancia espesa como el cemento. Jadeó al no sentir aire entrando por la nariz.

—Aguanta, Draco —le animó Potter—. Queda poco. Intenta respirar por la nariz aunque la notes taponada.

Draco volvió a intentar inspirar, notando la nariz bloqueada. Realmente no sentía sensación de ahogo, así que siguió respirando. Una eternidad después, Draco oyó a Potter diciéndole que podía salir. Sacó la cabeza de debajo de la toalla y Potter, solícito, le retiró todo para ponerle los libros, el reproductor y una caja de cartón encima de la bandeja.

—En la caja hay pañuelos —le indicó Potter—. Cien, para ser concretos. Si no bastan, tendremos que tirar de papel higiénico. Lo siento, pero no sabía que íbamos a necesitarlos cuando fui al hipermercado.

—No pasa nada.

Draco oyó su voz nasal, como si tuviera el peor catarro de su vida. Al no poder respirar por la nariz, tenía coger aire por la boca. Manipuló el reproductor para que sonase la música clásica que había puesto antes. Potter salió de la habitación para volver pertrechado con un delantal y guantes.

—Con tu permiso, voy a limpiar la casa mientras echas mocos —le gritó Potter para hacerse oír a través de la música.

Draco asintió y, cogiendo uno de los libros que le habían llamado la atención, empezó a leer.