Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Snif, snif.

¡Muchas gracias por leer y comentar!


Una mala noche

Harry pasó el resto de la tarde realizando las tareas de la casa. Ventiló la habitación, envolviendo a Draco en un hechizo calefactor. Con los auriculares puestos, Draco estaba totalmente abstraído leyendo y no se dio cuenta.

Intrigado, se propuso leerlo cuando Draco acabase con él, debería leerlo. Había cogido afición a la lectura en la facultad gracias a Álex, un compañero con el que salió una temporada. Igual que algunas personas necesitaban la televisión, Álex siempre llevaba un libro encima y pasaba todo el tiempo que podía leyendo.

Siempre había pensado que afortunadamente era gay, si no presentarle a Hermione habría sido un desastre. La única vez que se conocieron, durante una video llamada por Messenger que hizo para presentárselo a sus amigos, ambos estuvieron hablando de literatura durante horas mientras Ron y Harry les miraban sin entender nada.

Un día, después de follar y tras un rato de mimos, Álex se había puesto a leer el libro que tenía en la mesilla. En un impulso, Harry le había pedido si podía leerlo en voz alta. Álex asintió, solícito. Al cabo de un rato, Harry le había interrumpido, preguntándole sobre los personajes, por qué estaban ahí y qué hacían.

Álex, armándose de paciencia, había vuelto a empezar el libro desde el principio. Aquella noche, Álex había acabado dando su lectura por perdida, resignándose a que Harry terminase el libro primero. Este lo devoró y le pidió más. Dos días después, Harry se había hecho socio de un par de bibliotecas públicas. Cuando cortaron, ambos siguieron viéndose para compartir lecturas y libros y, desde entonces, Harry era un lector ávido.

Saliendo del baño, que había estado limpiando, Harry vio cómo Draco cogía un pañuelo, se sonaba fuertemente la nariz, examinaba el contenido de los pañuelos con cara de asco y lo desechaba en la papelera. Harry alcanzó a ver el líquido espeso, grumoso y negro que manchaba el pañuelo. Supuso que la poción estaba obligando a los pulmones a expulsar los hongos.

Cuando la papelera se llenó sin cambios aparentes en el color o la textura, Draco había dejado de mirarlos y los desechaba directamente. Harry vació la montaña de pañuelos y se apresuró a proporcionarle un rollo de papel higiénico cuando se acabaron.

Al acabar de limpiar, Harry fue a la cocina. Habían hecho varias comidas un poco cuestionables y Draco necesitaba comer bien, así que se dispuso a preparar varias recetas que pudiera guardar en el frigorífico para sacar a las horas de las comidas.

Cada poco tiempo se asomaba a la habitación para revisar si había cambios, pero el único fue que Lady había abandonado el sofá para acurrucarse junto a Draco, quien la acariciaba distraídamente sin dejar de leer. Cada vez que Draco se sonaba las narices, Lady le dirigía una mirada indignada, reprobando su comportamiento. El pensamiento de que Lady parecía más Malfoy que el propio Draco le obligó a irse a la cocina para reírse a gusto.

Al caer la noche, Harry volvió a asomarse a la habitación. Era la hora de cenar, aunque no sabía si Draco querría esperar a que la poción dejase de hacer efecto. Desde la puerta, le hizo señas. Draco se quitó los cascos.

—Es hora de cenar. ¿Te apetece, o prefieres hacerlo más tarde? —Draco miró el papel donde acababa de sonarse. Harry se fijó en que el rollo de papel estaba prácticamente en las últimas—. Te traeré otro rollo.

—No es necesario. Mira. —Draco le mostró el pañuelo. El engrudo negruzco del inicio era una mancha clara con ligeros tonos verdes.

—Debe estar a punto de terminar.

—No. Además… —Draco cogió aire, llenando los pulmones, maravillado—. Puedo respirar. Es mejor incluso que con el hechizo descompresor. Parece que mi cuerpo hubiese recordado de repente cómo se hacía.

—Me alegro, traeré la cena, pues —sonrió Harry. Un rato después, cenando lo que Harry había cocinado, no pudo resistir preguntarle—. ¿Qué tal está el libro?

—Muy interesante. Sospecho que el escritor era mago, sabe mucho de criaturas mágicas.

—Fantasía, ¿eh? ¿De qué va?

—¿No lo has leído?

—No, reconozco que los cogí sin mirar. Tenía un poco de prisa —se defendió Harry, ante la ceja alzada de Draco—. De hecho, estoy deseando que lo termines para echarle mano viendo lo interesante que parece.

—Trata sobre mago de Slytherin que mete en un marrón de la leche a un pobre Hufflepuff. Se va a cumplir la misión y, con la ayuda de un Gryffindor, llegan a la casa de otro Slytherin que les mete en un marrón a un más gordo a ellos cinco, al mago caradura, un elfo, un enano y otro Gryffindor. Ahora están metidos en una mina que huele a trampa por doquier y el mago está tratando de sacarlos.

—Oyéndote cualquiera diría que no te está haciendo mucha gracia.

—Es uno de los mejores libros que he leído —admitió Draco con una sonrisa avergonzada—. El autor escribe con mucha exquisitez. Lo he resumido para que puedas entenderlo, Potter —añadió con malicia.

—Oye, yo leo mucho, puedo entender el argumento de cualquier libro.

—Siempre pensé que el ratón de biblioteca era Granger. A ti no te veía rondar mucho por la biblioteca —se burló Draco.

—Es cierto —le concedió Harry—. La afición me vino más tarde. Me alegro de haber acertado, aunque fuese por casualidad. ¿Has terminado?

—Sí. Voy a levantarme al baño y a lavarme los dientes.

—Perfecto. Voy a traerte el cepillo. ¿Necesitas ayuda?

Draco asintió. Harry le ofreció su apoyo mientras Draco orinaba y se lavaba los dientes. Acompañó a Draco de vuelta a la cama y fue al baño a lavarse los dientes. Al salir, Draco estaba tomándose sus pociones.

—Toma, añade esta —le indicó Harry—. Es para la neumonía, en el desayuno y en la cena durante una semana.

—¿Tengo neumonía? Pensaba que solo eran hongos —dijo Draco con el ceño fruncido.

—Seguramente no la tengas, porque no tienes ningún síntoma, pero Michael dijo que otras personas en circunstancias similares habían desarrollado síntomas. Es mejor prevenir.

—¿Michael? —preguntó Draco tomándose la poción sin poner más pegas, dejándola junto a las otras.

—Michael Corner. Ravenclaw, de nuestro curso.

—¿Michael Corner? —Draco arrugó la frente para hacer memoria—. Sí, lo recuerdo.

—Es el boticario que me ha proporcionado todas las medicinas. Estuvimos juntos en el primer curso de Sanación. Yo acabé viniendo al mundo muggle y él abrió su propia botica. Nos hicimos amigos. Compartíamos intereses.

—Ya veo. Intereses… —dijo Draco socarronamente—. Recuerdo que a ambos os interesaban las mismas chicas en Hogwarts, sí.

—Así que nuestros amoríos despertaban tu interés —respondió Harry jocosamente. Draco se encogió de hombros, sin vergüenza—. ¿Quieres oír algo gracioso? Además de tener novias en común, acabamos saliendo juntos durante algunas semanas.

Draco se echó a reír a carcajadas. Harry suspiró discretamente. Había visto una buena oportunidad de insinuar su orientación sexual. Le había preocupado la reacción de Draco, sabía por experiencia que algunos hombres se sentían violentos. Verlo reírse le tranquilizó porque significaba que no iba a tener una reacción airada por haberle visto desnudo, tocado o lavado.

—¡Arturo Pendragon! ¡Eso explica tantas cosas! —rio Draco—. Espero que al menos resultase mejor que con Weasley y Chang.

—Sí, fue mucho mejor. Al menos para mí. Creo que él prefiere no elegir ningún bando. Tiene lo mejor de ambos. —le confesó Harry uniéndose a sus carcajadas con gusto.

—Debí haberlo imaginado hace tiempo, Potter. Tiene toda la lógica del mundo, pero no me había parado a pensarlo. Aunque sólo fuese porque Weasley no está por aquí nunca.

—Cortamos después de la guerra. Seguimos llevándonos bien, ella ha rehecho su vida. —Harry hizo una pausa antes de decir en voz baja—: Me alegra que no te moleste.

—¿El qué?

—Que me gusten los hombres. No sé cómo es en el mundo mágico, sólo he estado con Michael y no funcionó. En el mundo muggle la homosexualidad todavía no tiene mucha aceptación.

—¿Por eso vives solo? —Harry vio cómo Draco entrecerraba los ojos con sospecha—. ¿Los muggles no quieren relacionarse con personas homosexuales? ¿Por eso no vienen a visitarte tus amigos?

—No, no es así —le explicó Harry apresuradamente—. Realmente a la mayor parte de la gente no le importa lo que los demás hacemos con nuestra vida. Pero algunos pueden ser verdaderos gilipollas.

—Ciertamente, los muggles no son mejores que los magos en lo de no ser gilipollas.

—Antes era peor, pero los tiempos van cambiando a la gente a mejor. El barrio donde estamos es fruto de épocas peores y muchas de las personas que vivimos aquí no somos heterosexuales.

—¿No tienes amigos muggles?

—Sí, pero este piso es demasiado pequeño. Quedamos en pubs para tomar alguna cerveza. Más que amigos son colegas. Ocultar la mitad de tu vida y experiencias no permiten profundizar la amistad, ya sabes.

Draco asintió, pensativo. Harry creía que la conversación había terminado, pero Draco retomó el tema.

—No, no me importa que te gusten los hombres —le tranquilizó Draco—. Yo me parezco más a Corner que a ti. Hubo un tiempo que creí que mi obligación era casarme con una mujer y tener descendencia a la que legar mi apellido, así que descarté las parejas masculinas. Luego me quedé sin vida y aquello dejó de importar.

Harry estaba anonadado. Viendo que el ánimo de Draco se había ensombrecido, intentó reaccionar y cambiar de tercio:

—¿Preparado para la siguiente ronda de pociones? —Draco se mordió el labio. Harry pensó que debía estar pensando en el dolor. Se mordió el labio inconscientemente. Con un hueso roto, seguramente podría dormir con normalidad, pero regenerar todo aquello iba a ser jodido. Intentó levantarle el ánimo—. ¿Asustado, Malfoy?

—Más quisieras, Potter —sonrió, burlón, Draco.


—Son dos pociones más —explicó Potter, diluyéndolas en el vaso de agua—. Una es la Crecehuesos y la otra es para tus dientes.

—¿Para mis dientes? ¿Puedes arreglar mis dientes? —Draco sintió un aleteo en el estómago.

—Eso dijo Michael —confirmó Harry, asintiendo profesionalmente—. No entendí muy bien cómo funciona y cae fuera de mis conocimientos médicos, pero me fio de él con los ojos cerrados. Parece que han de usarse juntas, así que probablemente esta centre parte de la acción de la Crecehuesos en los dientes afectados.

—Adelante —dijo Draco, tensándose—. Cuanto antes empiece, antes acabará. ¿Cuál va primero?

—Crecehuesos—dijo Potter pasándole el vaso.

—Estoy implado de beber tanta agua —se quejó Draco, en broma—. El problema esta noche va a ser tener que levantarme al baño.

—Ahora tres gotas de poción relajante. —Potter esbozó una sonrisa mientras le tendía otro vial abriendo la tercera poción. «¿Tres?», se asustó Draco. «Con dos se podría aturdir a cualquiera si está bien hecha»—. Ahora debes untar esta por toda la dentadura, como si fuese una pasta. Cerciórate que cubres bien todo.

Draco lo hizo concienzudamente. Le interesaba mucho conservar sana esa parte de su cuerpo. La poción, que tenía el sabor que debía tener el fango, se endureció alrededor de sus dientes.

Potter se fue de la habitación y Draco apagó la luz. Unos segundos después, Potter volvió a entrar en la habitación con la manta y un objeto bajo el brazo. Draco pensó que quizá había olvidado algo. Le miró, inquisitivo.

—No pensarías que me iba a ir a dormir sin más, ¿verdad? —le preguntó Potter, alzando las cejas.

—Es lo que deberías hacer, Potter. —Con la boca pastosa no podía pronunciar bien, así que no añadió nada más.

—Ni de coña. —Potter transformó la silla en un cómodo sillón orejero. Draco le miró sorprendido y Potter rio entre dientes—. Mis notas en Defensa Contra las Artes Oscuras eran en parte por gusto y en parte por supervivencia, pero siempre he tenido talento para Transformaciones.

Draco quiso responder con un comentario sobre lo que su talento había parecido para el resto, pero sus labios no se abrieron y sólo pudo emitir un sonido ahogado.

—¿Te ha empezado a doler ya? No debería… —Draco negó con la cabeza. Potter frunció el ceño. Entonces entendió—: ¡Ah! Debe ser el efecto de la poción dental. Vale, si necesitas algo concreto, hazme una seña y te acercaré papel.

Draco asintió. Se acomodó para dormir, notando el efecto de la poción relajante. De reojo, vio que Potter se acomodaba en el sofá, envolviéndose en la manta. Abrió el objeto como un cuaderno de dibujo y comenzó a aporrearlo con los dedos igual que un piano, mirando a Draco de cuando en cuando.

Draco debió de quedarse dormido porque, en algún momento, lo desveló un cosquilleo en la mandíbula inferior. Suspiró aliviado. Si ese iba a ser el efecto de la poción. Si iba a ser así, se había acojonado para nada. No abrió los ojos, intentando volver a captar el sueño perdido.

El cosquilleo se intensificó, resultándole molesto. La sensación de una aguja atravesándole la rodilla lo terminó de despertar. Abrió los ojos con un gemido ahogado. Potter había apartado el objeto a un lado y dormitaba con la cabeza apoyada en una oreja del sillón.

Miró el reloj. Apenas pasaba la medianoche. Había dormido unas dos horas solamente. El dolor de las rodillas se intensificó. Draco apretó las manos, para no hacer ningún ruido que despertase a Potter. Podía aguantarlo. El cosquilleo de la mandíbula se intensificó más en los siguientes minutos, rozando el umbral del dolor y de repente estalló.

Le inundó la sensación de un potente ácido disolviendo los dientes y las encías, perforando hasta el cráneo. Era como un puñetazo tras otro en la mandíbula. Se llevó las manos a la boca, pero seguía sellada y extremadamente dura. Su lengua seguía estando ahí, atrapada entre el paladar y la placa formada por la poción.

Más pinchazos en ambas rodillas, como si el hueso se estuviese abriendo paso entre la carne y la piel a astillazos, abrasándole. Se quejó de dolor. Potter desvelado, estaba a su lado, preguntándole algo. Draco gimió más fuerte. El dolor le atravesaba todo el cuerpo.

Tuvo flashes de sí mismo suplicando. «Que acabe pronto, que acabe pronto». Su padre le torturaba con un látigo mágico bajo la mirada de Voldemort. Bellatrix le aplicaba un hechizo lacerante bajo la mirada de Voldemort. Voldemort le hacía una Cruciatus tras otra por fracasar. Gimió tan alto que creyó que se iba a desgarrar la garganta. Por un segundo, lo deseó.

«¡Joder, puto infierno!», intentó decir, pero sólo salió un aullido desgarrado de la garganta de Draco.

Potter lo desarropó, farfullando algo sobre fiebre. Bajo su cuerpo, la cama estaba húmeda. A Draco no le importó, el dolor era demasiado intenso. Con movimientos eficientes, Potter estaba escurriendo toallas y pasándolas por sus sienes, hombros, brazos y pectorales.

Draco quiso gritarle que dejase la puta toalla y le aplicase un Desmaius si realmente quería ser útil. Su visión se tornó borrosa y la garganta le dolió por el esfuerzo por gritar sin poder abrir la boca. Las cuerdas vocales parecían desgarrársele a cada gemido.

No sabía si le dolía la rodilla o si era todo el tren inferior el que se estaba despedazando para separarse de su cuerpo. En la mandíbula sentía llamaradas y agujas lacerantes atravesándole la cara, clavándose en su cerebro, en sus ojos, en su cuello.

Potter estaba diciendo algo, pero los oídos le crujían con la vibración de sus gemidos y no entendía nada. Percibía un ligero frescor en la frente cada vez que Potter entraba en su campo visual, pero pronto volvía a arder. Pronto o tarde, no sabía, bien podían haber pasado dos segundos que dos meses. El mismo frescor intermitente se desvanecía en cortos intervalos en su pecho y brazos.

El dolor restalló y se multiplicó por diez.

Se desvaneció varias veces, pero el dolor era tan intenso que le despertaba rápido para seguir torturándole. Draco sufrió por lo que creyó que fueron horas.

Perdió la visión cuando uno de los aguijonazos de la mandíbula le atravesó el tabique nasal, quebrándolo y dando en el centro de su cerebro.

Dejó de percibir sonidos en el siguiente pinchazo de dolor. Draco rezó a cualquier dios que estuviera escuchando que por favor lo matara justo antes de que otra punzada de dolor le dejase la mente en blanco. Aislado en la oscuridad, Draco volvió a caer prácticamente inconsciente, concentrándose sólo en respirar la siguiente bocanada y mantenerse vivo.

Primero notó el frío. Una corriente de aire nocturno otoñal recorriendo la habitación.

Después, el tacto de la cama. Estaba totalmente empapada y empezaba a ser incómoda.

En tercer lugar, se dio cuenta que tenía el pecho desnudo cubierto por toallas, así como los brazos y la frente.

Lo siguiente fueron sus lágrimas mojándole las mejillas.

A continuación, volvió el oído. Oyó a Potter diciendo que parecía que la fiebre había disminuido y que, por fin, los paños no ardían en contacto con su piel. Draco le oyó susurrar varios hechizos y la cama volvió a estar seca, las toallas se retiraron, y una sábana lo cubrió. Potter le limpió las mejillas húmedas e irritadas por las lágrimas.

Finalmente volvió la vista. Parpadeó para obligar a los ojos a enfocar. Potter estaba allí, sentado en la butaca junto a la cama, con cara de haber visto un dementor. Draco esbozó una sonrisa cansada y Potter le cogió la mano con gentileza mientras le pedía perdón en susurros una y otra vez.

Miró al reloj despertador. Los números tardaron unos segundos en enfocarse. La una y media de la madrugada. Todo había sucedido en una hora, pero a él le habían parecido diez.

Con la lengua, Draco se rozó los dientes, comprobando que estaban bien. Las rodillas seguían doliéndole porque la Crecehuesos seguía haciendo su trabajo pero, comparado con el dolor anterior, era reconfortante.

Carraspeó. A pesar de que había creído que se había roto las cuerdas bocales y que recordaba el dolor de la garganta al gemir, no le molestó. Probó a hacer algún sonido y solo la notó un poco seca.

—Agua… —susurró Draco, con voz estrangulada.

Potter se apresuró a ayudarle a beberla. Con cuidado, le puso la mano en la frente y el resultado debió de satisfacerle.

—Creo que lo peor ya ha pasado. Lo siento mucho, Draco. Has sido muy, muy valiente.

Agotado, Potter se dejó caer en la butaca sin quitarle ojo, subió los pies al cojín y se abrazó las rodillas. Draco miró al techo. Los recuerdos del dolor se desvanecían poco a poco, como parte de una pesadilla que se diluía en los rayos del sol matinales. La cara pálida y preocupada de Potter era una prueba de que no se lo había inventado.

—Harry… —le llamó en voz baja.

—Dime. —respondió este rápidamente.

—Gracias. —Draco le vio menear la cabeza, negando categóricamente. Antes de que Potter pudiese replicar, insistió—. Gracias por todas las molestias que te has tomado, por las medicinas, los libros, la comida, la cama, por estar aquí ahora… Todo. Debí habértelo dicho antes.

—No sabía que iba a resultar tan doloroso —se disculpó Potter, nervioso—, Michael sólo dijo…

—Está bien —le tranquilizó Draco—. No es culpa de nadie. Ni siquiera lo recuerdo claramente. Son imágenes borrosas cuando intento pensar en ello. Además, creo que ha funcionado.

Potter se levantó y le examinó cuidadosamente. Draco le dejó hacer. Sabía que había funcionado, notaba la dentadura limpia y sin ningún hueco de caries. El sabor de la boca no era desagradable y el dolor sordo que había ignorado eficientemente todo el tiempo ya no estaba.

—Está perfecta —dijo Potter—. Ha hecho un trabajo genial. ¿La Crecehuesos ha terminado ya?

—No, pero es un dolor más tolerable.

—¿Quieres intentar dormir un poco?

Draco negó y Potter le ayudó a incorporarse sin mover las rodillas. Cerró la ventana y le alcanzó la bandeja con su libro y el reproductor de música. Draco se fijó en que, cuando volvió a recostarse en el sillón, Potter miraba sus manos.


La mente de Harry aún estaba trabajando a toda velocidad. Cuando Draco había empezado a arder de fiebre, el médico que había dentro de él se había esforzado en bajarla a toda costa. Había sido una de las horas más largas de su vida, impotente ante los gemidos desgarrados de Draco, que ni siquiera podía abrir la boca para desahogarse.

En un intento de despejar la mente, Harry volvió a coger el portátil. Continuó escribiendo donde lo había dejado, señalando con una pequeña marca para indicar a Hermione que había retomado la escritura tras una interrupción, una costumbre de cuando escribían cartas, ya que estas cada vez habían sido más largas y detalladas, les tomaba mucho tiempo escribirlas y no disponían de internet ni correo electrónico.

La distancia entre Niza y Londres les había llevado a escribir una carta durante varios días y luego enviarla semanalmente. Con la llegada de internet las comunicaciones se hicieron mucho más rápidas y baratas, pero algunas costumbres habían permanecido. Lamiéndose los labios, Harry comenzó a relatarle las últimas horas.

Draco cogió el libro y se quedó mirándolo fijamente durante un rato. Jugueteó unos segundos con el reproductor, abriéndolo y cerrándolo. Harry se inclinó para preguntarle si necesitaba algo más que no se atreviese a pedir, pero Draco se adelantó:

—¿Qué haces? —preguntó Draco con curiosidad—. Parece una mezcla entre martillear con los dedos y tocar el piano.

La pregunta sonó curiosa, muy alejada de la habitual indiferencia de la que hacía gala.

—Escribo un correo para Hermione. —Draco lo miró extrañado—. Esto es un ordenador. Hace muchas cosas, una de ellas te permite escribir y enviar una carta a alguien instantáneamente. Si la otra persona está en su ordenador, puede leerla casi al momento. Estoy completando el que había empezado antes.

—Completándolo —repitió Draco lentamente—, ¿sobre mí?

—Sí. —Draco bajó la mirada—. ¿Te molesta?

—No. Me había preguntado donde estaban ella y tu Weasley. Parecíais inseparables. Al no verlos por aquí, pensé que quizá… ya no eráis amigos. Y como has dicho que sabían que eras…

—¿Gay? —le interrumpió Harry. Draco le miró desconcertado—. Es la palabra que más usan los muggles para hablar de los homosexuales.

—Sí.

—Lo saben y me apoyan —dijo Harry, preguntándose si a Draco le había preocupado que no lo hiciesen—. A Ron le costó un poco más, porque rompí con su hermana. Hermione… creo que lo supo antes que yo. Ahora viven en Niza, por eso no vienen a visitarme. Nos escribimos a menudo, y de vez en cuando nos llamamos. Suelo ir a comer cada dos domingos a casa de los Weasley, que son como mi familia.

—Creí que después de ganar la guerra, tú acabarías siendo Ministro; Weasley, Jefe de Aurores y Granger, Jefa del Gabinete del Ministro.

—Sí que nos querías bien—. Harry no pudo evitar un bufido sarcástico.

—En realidad, me amargaba pensar en ello. —Draco seguía manteniendo la mirada fija en su bandeja—. Y me daba mucha envidia. ¿Por qué se fueron? —preguntó Draco, intrigado.

Harry apartó el portátil. Había contestado sus preguntas en modo automático mientras seguía escribiendo. Entendía la curiosidad de Draco. Él había hurgado en el pasado de Draco sin ofrecerle información de su vida y no le importaba hablarle de ella, pero no sabía cuánto conocía Draco del actual mundo mágico.

—¿Qué recuerdas de tu detención y juicio? —Lady, que había entrado en la habitación, aprovechó para subirse en el regazo de Harry.

—No mucho. Sólo que un día iba a juzgarnos una comisión del Ministerio y al siguiente nos llevaron ante el Wizengamot. Nuestro abogado tiró la toalla. Granger, Weasley, Lovegood y tú declarasteis a mi favor y el de mi madre. Dementorizaron a mi padre. Encerraron a mi madre para siempre —escupió Draco con amargura—. Me quitaron diez años de vida.

—Al ganar la guerra, creíamos en un mundo donde nadie tuviese que sufrir lo que Voldemort hacía —comenzó a relatar Harry, sintiendo que las heridas aún no habían cicatrizado del todo—. Restaurar un mundo mágico democrático, ser indulgentes con los mortífagos y ayudarlos a entender qué habían hecho mal. Ser generosos con los que os habíais visto arrastrados con ellos, perdonar, sanar heridas y partir de cero.

—Suena utópico —dijo Draco, negando con la cabeza.

—Lo era. —Harry apretó la mandíbula—. No habían pasado seis meses y la sociedad mágica estaba polarizada. Por un lado: alumnos de Hogwarts, aurores, funcionarios del Ministerio, profesores; gente normal sin experiencia en política, apoyados por El Quisquilloso, el periódico más denostado de Inglaterra. Por el otro: un grupo de políticos que yo ni siquiera conocía, apoyados por El Profeta. Se desató una guerra propagandística que ni siquiera supimos que existía hasta que todo hubo pasado.

—Fuisteis corderos en un circo de leones —comprendió Draco.

—Sí —coincidió Harry—. La gente nos cogió miedo. «Quieren reinstaurar el poder mortífago con Harry Potter a la cabeza», decían. «Tenía el poder para vencerlo porque era su igual: otro Señor Tenebroso». Que por eso Voldemort quería matarme a toda costa y eliminarme. Que había una profecía que me destinaba a ello.

—Diría que me sorprende, pero El Profeta nunca fue muy amable contigo.

—Todo pasaba por evitar que yo llegase al poder. Un poder que no quería. Ni siquiera me apetecía ser auror, no después de tanta muerte y destrucción. Sólo quería sanar. Curarme yo y ayudar a sanar a los demás…

Harry se calló. Con los ojos vidriosos fijos en la pared contraria, acariciando a Lady, recordó tiempos que le parecían tan oscuros como aquellos en los que vagaba por todo el país.

—¿Qué pasó entonces? —le incitó Draco, que tenía el rostro serio.

—Que la maquinaria propagandística funcionó. La opinión pública empezó a volverse en contra de nuestros planes de paz. Ya no querían justicia, querían venganza. Forzaron a Shacklebolt a endurecer las medidas. Como los juicios contra tu familia: querían que tuvieseis una condena ejemplarizante.

—Desde luego que la tuvimos —gruñó Draco, apretando los dientes.

—Shacklebolt accedió a que os juzgase el Wizengamot para calmar la opinión popular. Tuvimos una discusión terrible porque yo no estaba de acuerdo, pero acabé haciéndole entender que no seríamos mejores que Voldemort si consentíamos que a tu padre le besase un dementor. O que tú acabases en prisión.

—Potter… —interrumpió Draco, sonando conmovido.

—A la prensa le vino bien para mi imagen de aspirante a villano —continuó Harry. Prefería terminar de contar aquello cuanto antes—. Shacklebolt tuvo que acabar renunciando ante tanta presión, Leroy Aston subió al poder como Ministro de Magia y todo se descontroló. Os juzgaron con penas terribles a pesar de nuestros testimonios y de las pruebas.

—La condena ejemplarizante que habíais intentado impedir.

—Reabrieron los casos ya juzgados —asintió Harry—, y volvieron a sentenciarlos con penas mucho mayores. Los dementores volvieron a Azkaban. Hermione intentó llevar el caso a la Confederación Internacional de Magos por vulneración de los Derechos Humanos Universales pero, si les llegó el caso, lo ignoraron.

—No hicieron nada contra el Señor Tenebroso tampoco —murmuró Draco—. No me sorprende nada de esos chupatintas picapleitos a los que solo les interesan los culos de los calderos.

—Confiscaron vuestra fortuna para sufragar la crisis económica debido a la gran cantidad de gente apresada y juzgada. Eso abrió la puerta a que confiscasen las fortunas de otros mortífagos. Pronto, quienes tenían dinero y propiedades estaban en el lado de los jueces y verdugos o en el de los juzgados como mortífagos o simpatizantes.

—¿Todo? —Harry asintió. Draco parecía devastado—. ¿No queda nada? ¿Ni siquiera Malfoy Manor?

—No tengo ni idea sobre la mansión. Pero de tu dinero no queda nada, seguro. —Draco, apesadumbrado, agachó la cabeza—. Ron y Hermione se fueron a Australia a buscar a los padres de ella. Les borró la memoria durante la guerra, para protegerlos —aclaró Harry, ante la mirada de extrañeza de Draco—. Ya no volvieron, la situación estaba tan mal que se establecieron en Francia temiendo volver a Reino Unido.

—¿Por qué?

—Por tener que enfrentar cargos judiciales por haber defendido mortífagos. Simpatizantes, nos llamaron. Pocos meses después me arrestaron, igual que a Luna y nos juzgaron por ello. No nos encerraron, la gente aún me tenía cariño, pero confiscaron parte de mi fortuna por pertenecer a los Black: patrimonio de mortífagos, según ellos.

—Hijos de puta —masculló Draco—. Si trataron así al Salvador del Puñetero Mundo Mágico, no sé cómo pude esperar compasión para mí.

—No había compasión para nadie. Yo había empezado la carrera de Sanador, pero entendí que no podría terminarla. Hui al mundo muggle. Gasté el dinero que me quedaba en costearme la carrera, pero ya no me dio para más. El mundo mágico es lo que Voldemort quería: una dictadura.

—¿Nadie ha echado a esos cabrones?

—Aston se perpetúa como Ministro, con poderes plenos en tanto dure una crisis económica que ya se extiende por más de diez años y que no parece que vaya a terminar. Sólo que ahora las víctimas no son las personas nacidas de muggles, si no todos los sospechosos de atentar contra el gobierno, a los que tildan de neomortífagos.

—Dices que huiste al mundo muggle, pero has ido a por mis medicinas. —Draco dejó la frase en suspenso.

—Si no me queda más remedio, voy al Callejón Knockturn —explicó Harry, encogiéndose de hombros—. No es agradable y lo evito cuanto puedo. Si necesito algo, suelo pedírselo a George Weasley y lo recojo cuando voy a visitar a sus padres. Ellos no pueden salir. Arthur y Molly están en arresto domiciliario permanente.

—¿Por qué lo hiciste? —Harry alzó las cejas preguntándole a qué se refería—. Salvarme.

—Porque no merecías ir a la cárcel, Draco. Cuando nos capturaron en tu casa…

—Eso ya lo sé —dijo Draco con impaciencia—. Lo dijiste en el juicio. Y Lovegood habló de lo asustado que yo estaba. Lo que no dijiste fue que os ataqué en la Sala de los Menesteres. Ni siquiera Weasley lo mencionó.

—Estabas intentando salvarte a ti mismo, Draco. A tus padres y a tus amigos. Puedo entender eso. Te preocupaste por ellos, intentaste hacer lo único que creías que estaba a tu alcance. Jugaste una partida con las cartas marcadas. Si arrinconas a un gato contra una esquina, sacará las uñas e intentará sacarte los ojos sin pensar.

—Conoces tú más de mí que yo de ti. —Draco sonó apenado—. Sabes exactamente cómo me sentía, hasta sabías que estuve a punto de aceptar la oferta de protección de Dumbledore. Y yo no sé por qué lo hiciste.

—Te lo he dicho, no merecías ir a la cárcel.

—En la Sala de los Menesteres, volviste a por mí. Ahí no había nada más que mi propia estupidez y la de Vincent. Podíais haberos marchado y dejar que nos las apañásemos por nuestra cuenta con el fuego. Pero volvisteis.

—En la Sala de los Menesteres… —Harry eligió cuidadosamente sus palabras—. Teníamos que cumplir una misión y nos estábamos marchando cuando te oí pedir ayuda. No se debe denegar la ayuda a nadie. Si no salvamos a Crabbe fue porque no pudimos.

Draco volvía a tener los ojos empañados en lágrimas. Harry se inclinó hacia adelante para volver a cogerle la mano en un gesto de consuelo.

—Volví porque oí tu voz, Draco —susurró Harry—. Fue tu voz lo que me hizo volver a por ti.

—Gracias —musitó Draco, emocionado.

—A ti y a tu madre. Draco. —Este lo miró con un gesto extraño en la cara—. Esto no trata solo de quién se merece qué. Tú no nos delataste en Malfoy Manor, lo que dio tiempo a que Dobby nos rescatara y nos enterásemos de que teníamos que entrar en la cámara de Gringotts de tu tía Bellatrix antes de enfrentarnos a Voldemort. Cuando tu madre mintió a Voldemort diciéndole que yo estaba muerto…

—Eso lo hizo porque yo estaba en Hogwarts, Potter, no porque estuviese de tu parte —dijo Draco duramente—. Quería sacarme de allí y la única manera de hacerlo era entrar con Voldemort.

—Eso es lo que estoy tratando de decirte —insistió Harry—. El amor de mi madre por mí salvó al mundo mágico de Voldemort cuando este me atacó. El amor de tu madre por ti salvó al mundo mágico de nuevo. La magia que lo hizo posible es la misma. Eso es algo que nadie debería negar. Salvamos juntos al mundo. Tú, Hermione, Ron, Luna, tu madre, Snape, Dumbledore… Cada uno lo hizo siguiendo su propio código moral, pero lo conseguimos juntos.

—Mi madre no era una heroína. Y yo no soy un jodido héroe.

—No pretendía serlo. Pero lo fue. Como Snape. Mi madre. Yo mismo. Ser un héroe no significa ser buena persona, ahí tienes a Dumbledore.

En la habitación se hizo un silencio espeso mientras Draco digería la información. Harry creía que Draco no había tenido tiempo de pararse a pensar con objetividad. Sí, reconocía que había hecho cosas malas y había sido un cabronazo en la escuela. Pero no había sido más que alguien intentando salvarse a sí mismo y a los suyos.

—Yo sólo quería agradar a mi padre, no a Voldemort —susurró Draco finalmente, derrotado—. No quería ser un héroe, pero tampoco un mortífago.

—Tu padre tomó sus propias decisiones erróneas. Su mayor delito fue arrastraros a ti y tu madre con él. Tú solo eras un adolescente asustado. Como todos nosotros durante aquella guerra.

—Yo lo quería con toda mi alma. Aunque no fuese muy buen padre. Tampoco se merecía que lo besase un dementor —lo defendió Draco.

—Tu padre hizo cosas terribles conscientemente y debía ser juzgado. Pero estoy de acuerdo contigo en que nadie merece el beso del dementor o la pena de muerte —confirmó Harry—. «Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos». —citó Harry.

—Pensaba que habías dicho que no habías leído el libro —dijo Draco, mirándole de hito en hito.

—¿Qué libro? —Harry parpadeó, desconcertado.

—¡Este! ¡El de la frase que acabas de decir! ¡Sobre Gollum! —Draco cogió el libro y empezó a hojearlo frenéticamente—. Frodo dice que Gollum merece la muerte y Gandalf le responde que sin duda, pero luego añade lo que acabas de decir. Y algo sobre que el corazón le dice que aún tiene cosas que hacer en la historia.

—Un momento… ¿estás leyendo El Señor de los Anillos? —preguntó Harry incrédulo.

—No, no —negó Draco—, se titula La comunidad del anillo.

—Así es como se llama la primera parte. Tiene dos partes más, Draco: Las dos torres y El retorno del rey. Y los tres juntos componen un libro: El señor de los anillos. —Harry se echó a reír, recordando su conversación durante la cena—. ¡Oh, dios, tienes razón, Gandalf es un Slytherin! No me puedo creer que te haya comprado el principal pilar de la fantasía muggle y no me haya enterado. Espera un momento.

Se levantó, provocando que Lady saltara y le maullara indignada, y salió a la sala. Abrió uno de los estantes altos, revelando varios libros, y sacó el más grueso de ellos. Volvió a la habitación y se lo tendió a Draco.

—Ten.

—Es enorme.

—Es porque tú estás leyendo sólo una parte en una edición de bolsillo —le explicó Harry—. Este tiene los tres juntos, además de algunos apéndices que amplían la historia y explican cosas sobre el idioma de los elfos y la vida de Aragorn. Y tiene unas ilustraciones maravillosas por un muggle llamado Alan Lee.

—¡Oh! —Draco apartó su libro a un lado y aceptó el que Harry le estaba dando, hojeándolo con entusiasmo.

—Cuídalo, ¿vale? —le pidió Harry, un poco ansioso—. Es una de mis posesiones más preciadas.

—Por supuesto. Vaya, entonces era cierto que te has vuelto un Ravenclaw honorario.

—¿Tienes que encasillarnos a todos en casas de Hogwarts?—le reprendió Harry.

—Es divertido.

—Sí, pero con los hobbits te equivocas. No son Hufflepuffs, ya lo verás. No todos, al menos. —Harry consultó su reloj, se desperezó y bostezó—. ¿Qué tal tus rodillas? —Draco las miró como si no entendiera a qué se refería. Las movió tentativamente y Harry se acercó a examinarlas—. Parece que mejor, ¿no? Ahora sí noto la rótula claramente.

—La Crecehuesos ya ha dejado de hacer efecto —dijo Draco, flexionándolas—. Todavía me duelen igual que las otras articulaciones. Eso sí, ninguna de ellas me duele ya como antes. Ni me he dado cuenta de cuando ha terminado, estaba distraído.

—Eso es buena noticia —sonrió Harry, optimista—. Hoy empezaremos el tratamiento de las articulaciones y en menos de una semana estarás completamente recuperado. Será bueno para tus músculos si te levantas y te mueves por la casa ahora que has recuperado la respiración y parte de la movilidad.

—Hablando sobre eso… Creo que esta noche tú deberías volver a dormir aquí. Es tu dormitorio y tu cama. Te agradezco mucho que hayas sido tan generoso, pero ya es suficiente. Puedo dormir en el sofá a partir de hoy.

—No vamos a discutir eso ahora, Draco. Por ahora te quedas en la cama. No me importa dormir en el sofá, es cómodo. Tú dormirás en la cama, al menos hasta que estés recuperado. —Draco fue a decir algo, pero Harry no se lo permitió—. Ahora tengo que irme a trabajar. Hoy llegaré algo más pronto. Si quieres darte una ducha, usa esto para lavarte el pelo y el cuerpo.

—¿Qué es? —preguntó Draco, intrigado.

—Jabón. Creo que mágico. Michael me dijo que ayudará a que tu piel y tu pelo se recuperen. En la sala tienes las cremas que compré, también te vendrán bien. Te dejaré el desayuno en la bandeja antes de irme. ¡Vamos, Lady!

Harry salió de la habitación seguido alegremente por la gata, que conocía perfectamente su horario de comidas, dejando a Draco levemente enfurruñado. Preparó el desayuno y su matutina taza de café y, cuando lo dejó todo encima de la bandeja, vio que se había quedado dormido.

Sonriendo, Harry cerró las cortinas para oscurecer la habitación iluminada por el amanecer, hizo un hechizo calentador en el desayuno, sacó algo de ropa del armario y, en silencio, salió de la habitación para cambiarse antes de salir a trabajar.