Disclaimer: Los personajes son de J.K y no me pertenecen.
¡Hola!
Mil gracias por leer y por los reviews. Sois estupendas y estupendos. ¡Abrazos!
Trigger warning: Hay referencias explícitas a situaciones sexuales (o, como diría Harry, respuestas fisiológicas en áreas localizadas).
Reacciones fisiológicas
Lady rascó en la sábana. Draco quiso decirle que le dejase en paz. Ella saltó encima de la cama y volvió a rascar y maullar. Draco abrió los ojos, maldiciendo los antepasados de la gata y los del humano que había decidido que era buena idea convivir con ella. Al verle despierto, Lady bajó de un salto e hizo sonar una caña con una pluma atada al extremo, dejándola caer al suelo varias veces.
—Genial, el puto gato de Potter quiere jugar conmigo —suspiró Draco.
Se levantó. Movió las piernas, gratamente sorprendido. También respiró profundamente, satisfecho por la sensación de su pecho hinchándose.
—Muy bien, descarada —accedió con una sonrisa feliz—. Dame tiempo a ir al baño y vuelvo.
Entró en el baño seguido por Lady. Sentado en la taza, aprovechó a hacerle unas pocas caricias a la gata, que se frotaba insistentemente contra su pierna, demandando atención. Draco dirigió sus caricias a la base del rabo, sabía que muchos gatos adoraban ser acariciados ahí. El efecto fue instantáneo, Lady se derrumbó en el suelo ofreciéndole la tripa.
Volvió a la habitación y abrió las cortinas. Calculó que era aproximadamente la misma hora que el día anterior. Lady se había adaptado a sus horarios rápidamente e interpretaba que esa era la hora de levantarse de Draco.
El desayuno estaba en la bandeja. Sentándose en el borde de la cama, Draco cogió la caña y, sin saber muy bien cómo esperaba Lady que jugase con ella, la movió de un lado a otro. Inmediatamente, la gata empezó a perseguirla haciendo saltos imposibles, atrapándola cuando Draco no era lo suficientemente rápido.
Draco se lo puso más difícil, moviéndola por encima y debajo de la cama, y Lady disfrutó aún más, subiendo y bajando de la cama, agazapándose para cazarla cuando la escondía bajo la almohada o las sábanas. Draco se sorprendió al oírse reír a carcajadas y disfrutar tanto como Lady del juego. Finalmente, la gata se dejó caer en la cama, agotada, y Draco aprovechó para acariciarla suavemente.
—Creo que ya entiendo por qué Potter te tiene aquí viviendo. —Lady se lamió una pata para comenzar su ritual de acicalamiento—. Ahora echo de menos haber tenido un gatito como tú haciéndome compañía.
Lady le devolvió una mirada de entendimiento y, con cariño, le dio un par de lametones en la mano con la que estaba acariciándola antes de seguir aseándose.
—Será mejor que yo también haga mis cosas, gatito.
Se levantó de la cama y se sentó en el sillón que Potter había transformado la noche anterior. Draco no sabía si Potter estaba manteniendo con su magia conscientemente la forma del sillón o si simplemente era tan poderoso que sus hechizos tenían tanta fuerza, pero parecía aguantar firmemente.
Basándose en su experiencia con el hechizo descompresor y pensando en Voldemort, concluyó que debía ser lo segundo. Con apetito, Draco desayunó lo que Potter le había dejado y tomó cuidadosamente todas sus pociones. Con un suspiro satisfecho, se recostó en el sillón, trasteando con el reproductor para cambiar el disco, y se puso los cascos.
Draco cogió el libro y lo acarició. «Una de mis posesiones más preciadas», había dicho Potter.
—Es una edición preciosa —murmuró Draco, hojeando algunas ilustraciones de la parte que ya había leído.
«Y Harry me la ha prestado», pensó orgulloso, «porque confía en mí». Con calorcito en el corazón, se dejó atrapar de nuevo por las peripecias de la Compañía.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando sintió unos golpes en el hombro, llamándole. Alzó la vista del libro y vio a Potter sonriendo y haciéndole señas. Se quitó los auriculares.
—Te vas a quedar sordo si lo escuchas a ese volumen —le reprendió Potter amablemente—. Dioses, soy capaz de oír Don't Stop Me Now desde aquí.
—Buenos días a ti también —contestó Draco arrugando la nariz—. No era consciente de que estaba tan alta, me encantó la música y poco a poco fui subiéndola.
—Son muy buenos —convino Potter, sonriendo.
—Son muggles, ¿verdad? —Potter asintió—. Es increíble lo que nos hemos perdido durante estos años.
—Habla por ti. Yo conozco Bohemian Rhapsody desde hace años. Son, junto a los Beatles, el grupo británico más famoso del mundo.
—¿Esa es la canción en la que él habla con su madre porque no quiere morir y el demonio se lo quiere llevar? —preguntó Draco. El título cuadraba con la estructura de la canción
—Sí. Está considerada una de las mejores canciones del mundo.
—Es la mejor canción que he escuchado nunca —admitió Draco—. Tuve que parar de leer cuando la oí las primeras veces. Me he sentido identificado con ella. —Se contuvo antes de añadir que se había emocionado y que escucharla una y otra vez le ponía los pelos de punta.
—Es normal, supongo. Todo eso de que el viento sigue soplando, que le duele todo el cuerpo y que Belcebú está detrás de él… Es una canción muy emocionante. —Potter cambió de tema—: Y bien, ¿qué tal te encuentras?
—Bien. —Era cierto, pensó Draco, sorprendido—. Estoy un poco cansado por la falta de sueño, pero no me apetecía seguir durmiendo. El cuerpo en general me duele, sobre todo los dedos de la mano, pero ya no es como antes. Mi boca está perfectamente y noto las rodillas mucho mejor.
—Eso es porque la rótula y el menisco que ya has regenerado impiden lo más doloroso: que los huesos rocen directamente. ¿Respiras bien?
—Esa es la mejor parte. —Draco inspiró profundamente para demostrárselo—. Había olvidado lo que era llenar los pulmones.
Dejó salir el aire, pensando que había olvidado muchas cosas. Sentirse apreciado, tener compañía, que alguien cuidase de ti, cuidar de alguien… Volvía a sentirse vivo, incluso con los dolores que tenía.
—¿Te apetece comer ya? —le preguntó Potter—. Yo estoy hambriento, pero si no quieres comer porque has desayunado tarde puedo dejártelo preparado para después.
—Prefiero comer contigo, si te parece bien.
—Genial —dijo Potter mientras salía silbando de la habitación.
También Potter parecía de mejor humor. Draco se preguntó si habría sido por algo ocurrido en el trabajo. Decidió preguntarle después y se centró en apurar un rato más de lectura tarareando al son del cantante.
Cuando Potter volvió con la comida, Draco marcó la página con el punto de lectura. Iba a levantar del sillón para permitir a Potter sentarse, pero este se negó.
—No, quédate ahí. Yo me sentaré en la cama, no te preocupes. —Empezaron a comer. Draco pinchó los macarrones con indiferencia, reuniendo el valor para preguntarle.
—Pareces muy contento. ¿Te ha ido bien el día?
—Bastante aburrido, si te soy sincero —admitió Potter—. Estaba deseando llegar a casa, las consultas suelen ser rutinarias salvo excepciones.
—Debes ser la única persona feliz por tener un día de trabajo aburrido. —Potter se echó a reír—. Los Gryffindor siempre habéis sido un poco raros.
—En el hospital un día aburrido es un buen día. Supongo que me hace feliz que todo vaya bien, que tu tratamiento funcione y que estés mejorando. Además —añadió Potter con malicia—, no es que los Gryffindor sean raros, es que yo soy un poco Slytherin.
—¿Tú? —preguntó Draco, incrédulo—. ¿El paradigma de Gryffindor? ¿El que sacó la espada de Godric Gryffindor del Sombrero Seleccionador, si hay que hacer caso de los rumores?
—El mismo. Y no son rumores, la saqué. Y luego Neville hizo lo propio —confirmó Potter antes de sonreír y soltar la bomba—. El Sombrero quiso enviarme a Slytherin. Argumentó que podríais ayudarme a llegar a la gloria.
—Y lo habríamos hecho —dijo Draco, sobreponiéndose a la sorpresa rápidamente—. Quizá en aquella época te habríamos llevado a una gloria tenebrosa y terrible, pero habría sido una gloria magnífica y muy bien llevada.
—¿Y tú? —preguntó Potter entre carcajadas—. ¿Qué tal tu mañana?
—Bien, he jugado un poco con Lady, he escuchado música y he leído, básicamente.
—¿Por qué parte vas?
—Ya han llegado a refugiarse a Helm y están preparándose para ser valientes caballeros gryffindorescos.
Potter se echó a reír otra vez. Draco se sorprendió, no imagianaba que Potter pudiera reírse tantas veces con el mismo chiste malo.
Potter y él se embarcaron en una conversación sobre el libro, sus personajes y pasajes favoritos. Potter prefería los pasajes de acción, como el asedio de Helm, la persecución de Moria o la batalla contra los orcos a orillas del Anduin. Draco se decantaba los pasajes sosegados. Había disfrutado más con la tensión de Moria o el descanso de Lothlórien y le gustaban especialmente los fragmentos líricos y las canciones.
Mientras tomaba las pociones, le preguntó a Potter si podía ayudarle a recoger para moverse. Draco dejó la bandeja sobre la encimera y Potter se dispuso a fregar. Draco se mordió la mejilla, sintiéndose culpable por, nuevamente, ser servido por él.
—Puedo hacerlo yo, si quieres. Tú has estado trabajando.
—No, no te preocupes —le tranquilizó Potter.
—Puedo hacerlo —insistió Draco—, son sólo un par de platos y vasos. Me encuentro bien. —Había sonado cortante, pero si Potter pensaba que era incapaz de arremangarse para fregar los platos, iba listo.
—Lo sé, no lo decía por eso. Para el tratamiento atópico, necesito que te duches y seques bien. Hay que aplicarlo sobre la piel limpia —dijo Potter, que estaba frotando los platos—. Puedes usar los jabones que te di esta mañana. Yo fregaré esto y cambiaré las sábanas. Cuando tú salgas de la ducha, yo habré acabado.
Draco asintió, poco convencido. Lo que Potter decía siempre sonaba convincente. Aunque estaba un poco cansado, como le había dicho a Potter, seguía encontrándose bien, así que decidió sacar el taburete y ducharse de pie.
Mientras se enjabonaba, sus pensamientos vagaron hacia Potter. La comida había sido muy agradable. Que él no estuviera tan adolorido y que Potter pareciese tan feliz de repente sin duda había ayudado. Le dio por pensar que llevaba poco más de dos días en aquella casa y sentía como si hubiesen sido varios capítulos de su vida. Estaba bien, seguro y tranquilo. Sobre todo gracias a Potter.
Potter. En el colegio lo había mirado mil y una veces, sin perderlo de vista. Lo había envidiado muchísimo. Por ser el héroe, por tener tanta suerte, por no tener que servir a Voldemort, por tener amigos como Granger y Weasley… Pero nunca había visto al Potter que había tras la fachada.
Un chico con sentido del humor, inteligente, valiente, seguro y sensible. Podía ser muy cabezota, pero Draco no era quién para juzgar eso, con sus antecedentes. Imaginó que todas esas cualidades ya debían estar en el colegio, porque no recordaba verlo a menudo por la biblioteca y sin embargo sus notas no eran malas; y a sus amigos siempre parecía agradarles estar con él. Claro que Draco en aquella época lo achacaba todo a que le pasaba aquello por ser El-Niño-Que-Vivió.
«Otro prejuicio más que derribar», consideró Draco con optimistmo. «Como que tenga una conversación interesante. Merlín, siempre le recuerdo esforzándose por hilar tres palabras seguidas, no hablemos de explayarse. A lo mejor eso sí le ha venido más tarde, cuando empezó a leer».
Ese pensamiento le llevó a pensar que era una lástima que de momento sólo compartiesen una lectura, porque las observaciones de Potter le habían parecido muy agudas.
Le gustaba mucho este Potter, que además era muy guapo. No tenía una belleza explosiva, pero tenía un algo que resultaba atractivo. Su sonrisa durante la comida le había parecido seductora.
«Stop», se detuvo a sí mismo, entrando en pánico por empezar a pensar en Potter como un colegial enamoriscado. Admitía que Potter tenía todas esas cualidades y que era guapo, mucho. Pero no le gustaba.
«Bueno, sí, pero no así», pensó con frustración. Draco ni siquiera sabía cómo se gestionaba que te gustase alguien. En su adolescencia, había pasado del despertar sexual al infierno de aquel loco homicida.
—Y los locos homicidas, las cárceles lúgubres y vagabundear por las calles matan el apetito sexual de cualquiera. Por no hablar de los dolores —masculló entre dientes.
«Es agradecimiento», se dijo a sí mismo. «Estoy confundiendo agradecimiento con atracción».
Después de secarse, Draco se miró al espejo. Sonrió con timidez al ver que ya no era el inferi demacrado con los dientes podridos quien le devolvía la mirada. Se palpó el torso, comprobando que había cogido peso. Las costillas aún se marcaban sobre la piel y su vientre ya no estaba tan hundido. Resopló, incrédulo, al imaginarse a Potter fijándose alguien famélico y estropeado como él.
—Así que no viene al caso que me guste así. Que no me gusta —dijo Draco en voz alta a su imagen en el espejo—. Es sólo agradecimiento
—Perdona, no te he entendido —dijo Potter al otro lado de la puerta.
«Mierda», pensó Draco, entrando en pánico.
—Que hay que darle las gracias a Corner, el champú y el gel parecen buenos —improvisó rápidamente antes de darse cuenta de que, incluso si hiciesen efecto, no sería tan rápido y Potter no era tonto.
—¡Ah! Me alegro. —«A lo mejor sí lo es», pensó Draco con una carcajada nerviosa—. Ya está todo listo para cuando salgas.
Con un último vistazo a su reflejo, Draco abrió la puerta. Potter había transformado el sillón en un taburete de altura regulable y la cama en una camilla.
—Joder, sí que tienes talento para las transformaciones —se admiró Draco al verlo.
—Pensé que así podría trabajar mejor y sería más cómodo. —Draco asintió, mostrándose de acuerdo—. Túmbate boca arriba.
Draco dudó. Sólo llevaba una toalla. Sintió un cosquilleo en la ingle. Se intentó convencer de que Potter ya lo había visto desnudo. «Circe bendita, hasta me he sentado desnudo en su sofá», pensó lamiéndose el labio, todavía indeciso. «No puedo comportarme como un adolescente inmaduro. No pasa nada por estar desnudo delante de Potter. No me gusta de esa manera».
—El hechizo no se deshará —le aseguró Potter, desconcertado. Draco se sonrojó al comprobar que Potter creía que dudaba de sus habilidades mágicas—. Si lo prefieres, puedo volver a poner la cama.
—No, no, perdona. Es sólo… Así está bien.
Dejando caer la toalla al suelo, Draco se tumbó en la camilla, cruzando las manos por debajo de sus costillas.
—Los brazos a lo largo del cuerpo —le indicó Potter, que estaba poniéndose los guantes. Con la varita, elevó mágicamente la camilla hasta que le resultó cómoda para trabajar y se situó a sus pies—. Voy a empezar por los pies y terminaré con las vértebras, ¿de acuerdo?
Draco asintió y miró al techo. Se sentía expuesto y vulnerable, en contraste a los minutos anteriores, que estaba contento por sentirse cuidado y seguro. Desvió brevemente la mirada hacia Potter, que miraba con concentración los pies de Draco a la vez que frotaba un poco de poción en las palmas de las manos.
Draco se angustió pensando que era asco o resignación. Considerando la higiene de los últimos años, se estresó por si le olían los pies o estaban destrozados como el resto de su cuerpo. Tensó la mandíbula, arrepintiéndose de haber perdido el tiempo en la ducha en lugar de haberlos frotado más concienzudamente.
—Estaría genial que te relajases —dijo Potter, pasando la mirada de los pies a los ojos de Draco.
—Estoy relajado —refunfuñó Draco.
—Estabas relajado hace un rato. Hace unos segundos estabas inseguro, pero tranquilo. —«Joder, el puto Potter me lee como un libro abierto»—. Ahora te has tensado de repente.
—Tienes razón. Lo siento. Es… —Draco no terminó la frase. Era la segunda vez. «Mierda, tengo la capacidad expresiva de Potter en el colegio»—. No tuve muchas oportunidades de asearme en el pasado y… Eres demasiado noble para negarte a hacer una tarea desagradable.
—Está todo bien, Draco —le tranquilizó Potter—. Estás completamente limpio y el jabón de Michael huele estupendamente. No es desagradable hacer esto. —Draco alzó una ceja, escéptico. Potter sonrió—. En serio. De hecho, tienes unos pies muy bonitos.
Mientras lo decía, Potter pasó despacio un dedo por la planta de su pie derecho, despertando un cosquilleo eléctrico en Draco. Potter volvió a concentrarse y, con mucha delicadeza, empezó a extender la poción y masajear el pie.
Draco estaba confundido. Sus pies estaban llenos de durezas por la falta de cuidados e higiene durante tantos años. No concebía que fuesen bonitos. Potter le masajeó la planta del pie y luego cada dedo individualmente. Se tomó su tiempo, cerciorándose de extender adecuadamente el medicamento. Poco a poco, el dolor sordo que sentía Draco fue remitiendo.
—O la poción es milagrosa o tiene efecto anestésico —murmuró Draco con un suspiro de alivio.
—Lo segundo —dijo Potter con voz queda, empezando con el pie izquierdo.
Draco respiró hondo, relajándose. La poción tenía una temperatura cálida gracias a las manos de Potter. El toque de sus dedos, suaves por el látex del guante, era gentil y firme. Apretaba donde los músculos y articulaciones pedían más profundidad y acariciaba con delicadeza las zonas del empeine.
Draco empezó a disfrutarlo. Nadie le había hecho nunca un masaje de pies y empezaba a entender por qué a la gente le gustaba tanto. Se le escapó un suspiro de placer. Sonrojándose, miró rápidamente a Potter. Este estaba concentrado en su pie, pero sonreía como si le hubiese oído.
Sintió un tirón en su ingle. Tragó saliva, alarmado. No podía ser. Llevaba años sin tener una erección, salvo alguna matinal si tenía la vejiga muy llena. Había supuesto que, probablemente, era fruto de las circunstancias, el dolor, el frío, la humedad, el miedo... Nada de eso era saludable para la vida sexual. Por mucho que se dijera que un chaval de dieciocho años podía estar cachondo todo el día, dudaba que eso aplicara a jóvenes aterrorizados, enfermos y encarcelados bajo condiciones inhumanas.
Draco recordó tiempos mejores. El baile de navidad de cuarto año, donde besó por primera vez a Pansy. Quinto año, cuando, retado por la propia Pansy, besó brevemente a Blaise. Después, no hubo tiempo para amores adolescentes ni para pensar en masturbarse. Su polla y huevos debían funcionar bien, porque puntualmente despertaba con la ropa acartonada.
Avergonzado, Draco se atrevió a mirar hacia abajo. Potter estaba masajeando y rotando sus tobillos; no debía haberse fijado. La polla de Draco se alzaba en todo su esplendor, casi burlándose de sus tribulaciones.
Pensó en cubrirse con las manos, pero eso llamaría la atención de Potter. «Respirar hondo», se dijo a sí mismo. «Si consigo relajarme la haré desaparecer antes de que Potter piense lo peor». El mero pensamiento de Potter mirando su erección hizo que esta se endureciera más, alcanzando un nivel casi doloroso.
—¿Te duele? —murmuró Potter, extrañado—. No debería, el efecto anestésico…
—No duele —repuso Draco cortante.
—Es que has vuelto a tensarte. —Potter alzó la mirada. Draco cerró los ojos y sintió cómo la sangre le subía a su cabeza. Toda menos la de su polla, que seguía dura como una barra de acero—. ¡Oh!
—Lo… lo siento… —susurró Draco, avergonzado como nunca en su vida. Supuso que Potter debía estar pensando que era un pervertido sexual. A lo mejor se ofendía. O lo echaba de su casa. «Oh, Merlín, puta mierda»—. No pretendía…
—Relájate, Draco. No pasa nada. Es algo totalmente normal.
Potter siguió aplicándose a su tarea sin darle más importancia. Draco seguía con la cara roja como un tomate maduro. Hacía años que nadie le acariciaba con tanta delicadeza, ni siquiera recordaba la última vez. Si no fuese porque Potter tenía un aire tan profesional casi podría decir que lo hacía con cariño.
—Es una respuesta fisiológica normal —insistió Potter, leyéndole el pensamiento—. Nos pasa a muchos hombres sanos cuando nos hacen un masaje.
—No se trata de que sea placentero —rezongó Draco—, sólo curativo.
—Tampoco de que sufras o seas de piedra. Si te resulta agradable, relájate y disfruta —Tras una breve pausa, Potter añadió—: ¿Sabes lo que es la pirámide de Maslow?
—No.
—Yo lo estudié en la carrera. Es una teoría de motivación de la conducta humana. Consta de cinco niveles y cada uno exige que los inferiores estén alcanzados. Una persona que no tiene las motivaciones del nivel dos, no se preocupará en exceso de las de nivel tres y nada de las de nivel cuatro, porque necesita primero una base. ¿Me sigues?
—Sí. —Potter seguramente estaba hablando para distraerle y a Draco le parecía buena idea.
—En el más bajo están las motivaciones fisiológicas, como la respiración, la alimentación, el descanso o el sexo. Sin embargo, la seguridad sobre la salud propia no aparece hasta el siguiente nivel. La intimidad sexual, la amistad y el afecto están en el nivel tres. Tú ni siquiera podías respirar o alimentarte, sería hasta lógico que ni siquiera fueses capaz de manifestar respuesta sexual. Que tu cuerpo responda ante un contacto humano con necesidad sexual es algo positivo.
—¡Yo no estoy necesitado, Potter!
—Me he expresado mal, lo siento —se disculpó Potter inmediatamente, pasando a masajear sus caderas.
La cercanía de las manos de Potter con su pene obnubiló la mente de Draco todavía más. «Merlín, parezco un adolescente incapaz de controlar las hormonas», pensó, frustrado. Que ahora Potter pudiese disfrutar de un magnífico primer plano no ayudaba nada
—No lo decía de manera despectiva. Me refería a que tu cuerpo demanda la necesidad sexual como un medio de obtener y proporcionar un placer que conduce al afecto y la intimidad. Ahora que has podido cubrir algunas necesidades estás listo para subir niveles en la pirámide.
—Creo que te entiendo —asintió Draco, comprendiendo.
—Llegaste sin poder respirar, hambriento y agotado. No te preocupaba estar horas sin hacer nada más que dormir o comer. Al empezar a respirar mínimamente bien, tu cerebro demandó algo que hacer. Había conseguido despejar una parte del espacio de esas necesidades vitales y quería consumir entretenimiento o cultura. Por eso te apetece leer, cuando es posible que antes no lo echases de menos. —Harry hizo una breve pausa—. Estás sanando. Al menos físicamente.
—Es verdad —reconoció Draco en voz baja—. Y lo de antes también. —Potter lo miró con intriga—. Lo de que ni siquiera manifestase respuesta sexual. Sí era capaz, supongo, porque a veces me despertaba con una erección, pero no me pasaba conscientemente, ni por contacto con otras personas.
Potter asintió y siguió masajeando la otra cadera. A pesar de la conversación, su erección seguía irguiéndose orgullosa. Aunque la charla le había tranquilizado, Draco se maldecía porque su cuerpo había decidido manifestar esa respuesta sexual ante un contacto físico con Potter. Afortunadamente, este había vuelto a hacer gala de un exquisito tacto.
«Aunque sería más útil ese tacto en una parte muy concreta», pensó Draco con ironía. Aquel pensamiento hizo que la polla se le endureciese más, con un espasmo de placer. «Oh, Merlín!»
Pensar en Potter masturbándole casi lo hizo correrse. Se reprendió, parecía un adolescente precoz. Echó otro vistazo hacia Potter, preocupado. Este estaba muy concentrado en su cadera. Durante un brevísimo segundo, Draco vio cómo los ojos de Potter se volvían hacia su pene.
Volviéndose a poner colorado, Draco desvió la mirada. Saber que Potter era humano y no podía evitar mirarle igual que él no podía evitar estar así, le satisfizo. Potter pasó a los hombros, alejando su cara de aquella zona tan… conflictiva.
Draco cerró los ojos y se dejó llevar mientras Potter le friccionaba los codos, las muñecas y luego las manos, nudillos y dedos. Cuando terminó con los dos brazos, le ayudó a ponerse de lado y frotó la poción, indicándole que se colocase en posición fetal para resaltar las vértebras.
—Aunque estás tan delgado que se te notan igualmente, creo que la poción actuará mejor —murmuró Potter. El contacto de la yema de sus dedos recorriendo toda su espalda volvió a provocarle a Draco un agradable escalofrío que reverberó en su ingle.
—¿Cuántas sesiones pasarán hasta que haga efecto? —graznó Draco, azorado, carraspeando al notar la voz atragantada.
—Creo que habrá mejoría hoy mismo. Es posible que mañana ya no tengas dolor alguno tras la segunda sesión. Michael indicó que el tratamiento completo debía durar una semana para asegurar. Tenemos que complementarlo con algo de ejercicio para fortalecer tus músculos.
Una semana. Draco iba a tener que soportar esa tortura seis veces más.
«Merlín me asista, porque no estoy seguro de poder contenerme para no correrme delante de él».
