Disclaimer: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling y no a mí, que de esto solo obtengo vuestros amables comentarios, que por cierto me encantan.

¡Hola!

Como siempre, gracias por leerme y por los comentarios que me dejáis, me hacen mucha ilusión, de verdad.

¡Besos y abrazos!


Fascinación

Con un quejido por lo incómodo de la postura, Harry se incorporó y quitó los guantes. Le alcanzó la toalla a Draco y, aliviado, vio cómo se envolvía rápidamente con ella, tapándose.

Harry se preguntó cómo iba a hacer para levantarse del taburete sin que Draco se percatase de la erección que tenía él también. Para hacer tiempo, con la varita devolvió la cama a su estado original, recién hecha y con las sábanas recién cambiadas.

—Yo… eh… —tartamudeó Draco—. Voy a ponerme ropa limpia.

—De acuerdo. Supongo que lo imaginas —le advirtió Harry—, pero es importante que no te laves ahora, el cuerpo tiene que absorber la poción.

—Sí, claro. Tiene sentido. —Draco desapareció apresuradamente por la puerta del baño después de haber cogido algunas de sus ropas.

Harry suspiró, desazonado. No sabía si lo que estaba sintiendo estaba bien. Era terriblemente consciente de que había estado enamoriscado de Draco toda su adolescencia y que probablemente eso era lo que había provocado el deseo de ayudarle a toda costa.

El principal problema para Harry radicaba en que el Draco que había conseguido vislumbrar una vez seguía estando ahí. Escondido bajo montañas de suciedad, achaques y traumas. Lo primero había sido sencillo de solucionar, pero los traumas eran más complejos.

La cercanía estaba haciendo resurgir el interés, olvidado por Harry en un recóndito rincón de su mente, que había sentido por Draco. Aunque la calle y la cárcel le habían pasado factura, Harry había descubierto en Draco una inteligencia que antaño sólo suponía y el atractivo que había perdido lo recuperaría al alimentarse correctamente y con la ayuda del jabón de Michael.

Sin embargo, no dejaba de ser un paciente, por poco ortodoxo que estuviese siendo aquello. No quería que Draco se sintiese obligado a corresponderle por obligación o agradecimiento. Estaba en un lío y le daba miedo que alguno de los dos saliese herido. Se levantó, colocándose la ropa para disimular lo más posible el bulto, revertió la transformación del taburete a la silla y salió del cuarto.

Oyó a Draco salir del baño mientras él buscaba en el armario del salón un DVD. Lady maulló como cuando él llegaba a casa, por lo que volvió la mirada y vio a Draco parado junto a la puerta, observándole con timidez. Estaba vestido y, no pudo resistir comprobarlo, en sus pantalones todo estaba bajo control, aunque seguía pareciendo incómodo.

—Ven, acércate, quiero enseñarte algo —dijo Harry, encendiendo el televisor.

—¿Tienes una cosa de esas que muestra imágenes de gente hablando?

—Sí, se llama televisor. Siéntate en el sofá.

Draco obedeció, mirando con interés lo que hacía. Introdujo el DVD dentro del lector y se acercó a la cocina, explicando a Draco que en cada casa muggle había al menos un televisor. Sacó un paquete de palomitas de microondas y lo puso a calentar. Cuando volvió, Draco estaba mirando el mando sin atreverse a tocarlo.

—Mira —le explicó Harry, mostrándoselo al mismo tiempo—, con este botón lo enciendes. Si pulsas los números irás saltando de canal en canal, en cada uno podrás ver cosas diferentes. No todos son gente hablando.

—Yo siempre he visto gente hablando en las tiendas donde lo venden.

—Es posible —concedió Harry—. Además de gente hablando de prácticamente cualquier cosa, los muggles lo usan como un periódico, hay documentales sobre ciencia y naturaleza, y están las películas que son para entretener. Lo que puedes ver depende del canal, de la hora... También puedes ver películas si las tienes en un disco como la música que escuchas.

—No sé qué son películas —murmuró Draco, que estaba asimilando la información.

—Si te lo explicase, le quitaría la gracia al asunto, prefiero enseñártelo. ¿Has entendido cómo encenderla y usarla? —Draco asintió, poco convencido—. Perfecto. Puedes usarla siempre que quieras.

Las palomitas empezaron a estallar en el microondas y el olor invadió la sala. Draco miró en dirección al sonido, con interés.

—Suena como si estuvieran haciendo hechizos explosivos, pero huele muy bien.

—Son palomitas. Granos de maíz secos que se abren con el calor. Los muggles las comen cuando ven películas. Te van a gustar.

—¿Las palomitas?

—Y las películas —afirmó Harry con una sonrisa maliciosa.

Draco asintió con confianza. A Harry le gustó que, tras los primeros días de suspicacia, Draco se dejase llevar de manera tan llana. Sacó las palomitas del microondas las volcó en un bol de plástico. Se sentó en el sofá y se repantigó, indicándole a Draco que se pusiese cómodo también.

—¿Preparado? —preguntó Harry, tendiéndole el bol de palomitas, que Draco probó tentativamente con un gesto de agrado.

La película comenzó a reproducirse. Harry, que se la sabía de memoria, miraba a Draco, que parecía un poco escéptico, esperando su reacción. La voz de Cate Blanchett hablando en el inicio no pareció darle pistas, y Harry se mordió el labio, impaciente.

—¿Es…? —preguntó Draco cuando el personaje de Blanchett hizo un recuento de la forja de los anillos, citando frases completas del libro. Harry asintió, emocionado ante el gesto de Draco.

No había terminado el poema inicial y Draco ya parecía un niño en su primer día de colegio. Subía y bajaba los pies del sofá, inquieto. Soltaba el bol de las palomitas para acto seguido agarrarlo de nuevo y devorarlas con ansiedad. De vez en cuando, miraba sorprendido a Harry antes de volver a la pantalla. Harry no pudo evitar reírse, disfrutando de cómo Draco saboreaba la experiencia.

—Sabía que te gustaría —murmuró Harry, no muy seguro de que Draco le hubiese oído.

Lamentablemente, Harry sí había visto esa película más veces. Sumado a la noche en vela, la mañana de trabajo y el masaje de Draco, sus ojos no tardaron en cerrarse y Harry se quedó dormido.

Cuando despertó, apenas entraba luz solar. Harry parpadeó, desorientado. Draco estaba en el otro extremo del sofá, abrazado a sus rodillas, mirando extasiado la pantalla. Harry se fijó en la película, intentando determinar cuánto faltaba. Aragorn estaba rechazando el anillo que Frodo le ofrecía. Calculó que había dormido casi tres horas, teniendo en cuenta que era la versión extendida.

Perezosamente, Harry esperó a que la película acabase, observando a Draco con interés. La postura era un buen indicio, Harry dudaba de que Draco hubiera podido abrazarse las piernas de esa manera unos días atrás. Estaba sanando rápido.

—¿Por qué salen ahora letras? —preguntó Draco con los ojos brillantes al comenzar los créditos.

—Son todos los que hicieron la película; actores y actrices, directores, guionistas… todos. Además, aprovechan para poner la música y que suene limpia, sin diálogos.

Con un asentimiento, Draco volvió a mirar a la pantalla, leyendo los nombres que iban apareciendo.

—Normalmente, los muggles suelen saltarse esta parte —le explicó Harry—. No tienes por qué verla.

—¿Toda esa gente existe de verdad? —interrumpió Draco sin escucharle. Leyó en voz alta—: Ian McKellen como Gandalf. ¿Ian McKellen es una persona real?

—Sí, es uno de los actores británicos de teatro mejor considerados. Hacer de Gandalf y Magneto lo lanzó al panorama internacional. Y un icono gay, todo hay que decirlo.

—Pensaba… no sé… que serían… ilustraciones realistas. Parecía muy mayor. Se daba un aire a Dumbledore.

—Sí —explicó Harry—. Era muy mayor cuando participó en esa película. Aunque es cierto lo que dices. Muchos escenarios se hacen con una pared verde y luego se «dibuja» de manera hiperrealista el decorado. O, cuando tienen que hacer esfuerzos físicos peligrosos, los hace alguien parecido a él y luego cambian su cara.

—Tiene sentido —dijo Draco. Harry se admiró de que hubiese captado tan rápido que había imágenes no reales por mucho que lo pareciesen—. La música es magnífica.

—Sí. ¿Te ha gustado?

—Ha sido… —Draco dudó—. No es como el libro. Algunas de mis partes favoritas no aparecen ahí.

—Son medios muy diferentes y no todo se puede adaptar. Además, dura tres horas y media, y eso ya es largo para una película.

—Ya… Tampoco me han gustado Legolas y Gimli. A Legolas le imagino diferente y le falta mucho sentido del humor del libro y Gimli es un poco… payaso.

El ánimo de Harry decayó un poco. Quizá no había sido tan buena idea ponerle la película.

—¿Hay película de los otros libros? —preguntó Draco.

—Sí. Pero, a pesar de ser igual de largas, cambian varias cosas más de los libros y hacen algunas interpretaciones que yo no comparto —le respondió Harry, pensando que si la primera le había gustado poco, las demás le gustarían menos. Harry había creído que el éxtasis del principio iba a impregnar toda la experiencia, pero parecía haberse equivocado.

—¿Y tú las tienes? —preguntó Draco, expectante. Harry asintió—. ¿Me dejas verlas?

—Puedes verlas cuando quieras. Pero… —Harry dudó antes de seguir—, tenía la impresión de que no te había gustado mucho.

—¿Qué no? —Draco lo miró con cara de incrédulo—. ¿Estás loco? ¡Ha sido una pasada! Vale, es verdad que hay un par de detalles que me han gustado poco, pero es porque el libro es muy bueno. ¡Es magnífica! ¿Por qué en el mundo mágico no teníamos películas? Es como vivir un recuerdo, pero con un libro.

—No todas las películas se basan en libros —advirtió Harry—. Algunas son originales.

—¡Merlín, eso es una pasada, Harry! —«Sí que debe haberle gustado si ha olvidado usar el apellido», pensó Harry con alegría—. Mañana después de la sesión de tratamiento vemos otra, ¿de acuerdo? La siguiente a esta, por favor.

—De acuerdo, de acuerdo… —Harry se echó a reír por la súplica de Draco—. Pero deberías terminar de leerte primero Las Dos Torres.

—Prometo que mañana lo habré terminado para que veamos juntos la película —juró Draco solemnemente.

Harry volvió a echarse a reír. La película había contribuido a enterrar el sentimiento de incomodidad que se había generado entre ambos durante el tratamiento y Draco volvía a estar contento. Se levantó para hacer la cena. Draco se levantó también y le siguió con interés.

Como insistió en colaborar de alguna manera, Harry le dio pequeñas tareas para que le ayudase a hacer la cena, fijándose en que Draco había recuperado destreza con los dedos. Mientras pelaba unos ajos, le preguntó:

—¿Qué tal tus rodillas? —Draco paró un segundo, pensándolo dos veces antes de contestar.

—Muy bien. Ahora que lo pienso, no me han dolido en toda la tarde. Puedo mover las piernas sin molestias.

—Me he fijado en que tenías las rodillas encogidas y te has levantado del sofá con bastante agilidad. Ahora estás pelando los ajos y no parece que te molesten las manos.

Draco levantó la mano y la miró fijamente. Flexionó los dedos con cuidado, cerrándolos en un puño, y los volvió a extender.

—Es muy buena señal —afirmó Harry—. No descuides las pociones ahora que no sientes dolor para recordártelas —le advirtió, señalándole con una cuchara de madera.

—Potter, deja de menear la cuchara de madera y remueve la sartén o se te va a pegar.

—Calla, que no tienes ni idea —replicó Harry con guasa.

Entre risas, ambos terminaron de cocinar y se sentaron en la barra americana para comer.

—Parezco una cigüeña encaramada a un campanario —comentó Draco, bromeando.

Harry se preguntó dónde había estado ese sentido del humor cuando iban al colegio. O Draco lo tenía y se desperdiciaba con las dos moles que eran Crabbe y Goyle, o era una adquisición nueva. «Claro que en el colegio yo bromeaba con mis amigos y con Draco sólo cruzaba insultos y hechizos», razonó, sonriendo con nostalgia.

El resto de la cena lo pasó contestando al extenso interrogatorio que le hizo Draco sobre las películas. Cómo se hacían, dónde, cómo se pagaban, qué era un ordenador, cómo conseguían parecer cosas no humanas… Harry intentó contestarle lo mejor que supo mientras consideraba la opción de mencionarle lo que eran los cines.

Cuando terminaron, Draco volvió a insistir en ayudar a fregar los platos y recoger la cocina. Harry era consciente de que Draco necesitaba moverse y que le venía bien después de tanto reposo, así que le dejó hacer. Tras tomarse sus pociones, Draco comentó que se retiraba a su habitación a leer.

—¿Podrías transformar la silla otra vez en el sillón? —le pidió Draco—. Prefiero leer ahí sentado que en la cama.

—Claro. De todos modos, si te resulta más cómodo, también puedes leer en el sofá.

—Potter, tú duermes ahí porque no quieres dejármelo a mí y volver a tu cama —negó Draco, serio—. Si me siento a leer en el sofá, no te dejaré dormir.

—Draco, no me voy a echar a dormir ahora —dijo Harry, impaciente—. Puedes usar el sofá para leer o puedes irte a la habitación a leer tú solo, como prefieras. Pero no lo hagas por mí porque no me molestas ni me vas a impedir dormir.

—No es necesario que seas tan caballeroso, Potter —contestó Draco con desdén.

Harry suspiró, frustrado por el cambio de tono. Entró en la habitación y convirtió la silla en el cómodo sillón orejero. Cayendo en la cuenta, fue al armario y buscó la caja donde guardaba habitualmente su varita. La abrió, sacando la varita de espino y tendiéndosela a Draco.

—Siento no haberla recordado antes.

—Mi varita… —dijo Draco, abriendo los ojos de par en par, cogiéndola y acariciándola con los dedos—. La has guardado.

—Supongo. —Decir que había sido lo único que le quedaba de Draco no le parecía lo más oportuno—. Sí. Claro que la he guardado. Fue la varita que venció a Voldemort.

—¿En serio?

—Sí. Mi varita estaba rota y usé la tuya en el duelo contra Voldemort. Me funcionó genial, tal como lo hace la mía.

—Ni siquiera fui consciente —dijo Draco, meneando la cabeza—. Suponía que la debíais tener vosotros después de iros de Malfoy Manor, pero no sabía que la estabas usando tú —respondió con admiración. Acto seguido, borró la sonrisa de su cara y le tendió la varita de vuelta con cara triste—. Gracias por haberla guardado todo este tiempo.

—Te la he dado para que puedas usarla y no dependas de mí para hacer magia —explicó Harry, rechazándola—. No tienes que devolvérmela. Es tuya. Siempre lo ha sido.

—No puedo aceptarla —insistió Draco, bajando la mirada.

—No seas idiota, Draco. Claro que puedes aceptarla, no te estoy haciendo ningún favor, es tuya.

—Puede ser, pero no la quiero.

—Pues rómpela, tírala o quémala. Haz lo que quieras con ella —dijo Harry, cabreado, y salió de la habitación dando un portazo que despertó un maullido indignado de Lady.

Se sentó en el sofá, todavía rumiando su frustración. No entendía por qué Draco se comportaba así. Pensaba que ya había dejado atrás la fase de no querer aceptar nada de él.

«Hace unas horas todo iba genial y ahora no quiere usar el sofá ni aceptar su varita», pensó Harry, enfadado.

De mala leche, cogió el primer libro de la mesa, lo abrió por la primera página y empezó a leer. Unos minutos después, volvió al inicio, porque no se había enterado de nada. Tuvo que volver a empezar una tercera vez. No podía apartar de su mente la mirada triste de Draco mientras le tendía la varita de vuelta. Harry empezó a arrepentirse de haberse enfadado y salido así de la habitación.

Se preguntó si debía volver a la habitación y disculparse. Mientras valoraba las posibilidades de que Draco estuviese ya acostado o enfadado con él, Draco salió silenciosamente de la habitación. Traía el libro bajo un brazo y la varita en la otra mano. Harry lo miró, sin rastros del enfado. Draco venía cabizbajo y tenía los ojos enrojecidos.

«Algo de lo que he dicho le ha dolido», pensó Harry, sintiéndose culpable. «O hay algo que no sé y que le está afectando».

—¿Sigue la oferta en pie? —Harry asintió y Draco se sentó a su lado en el sofá, rígido como un palo—. Si quieres dormir me lo dirás para que pueda marcharme al dormitorio, ¿verdad? Sin sacrificios ni noblezas.

—Te lo prometo —dijo Harry mansamente.

Draco dejó la varita en la mesa, que rodó con un sonido quedo, y se acomodó. No abrió el libro, así que Harry dedujo que quería decirle algo. No queriendo presionarle, esperó.

—En mi sentencia no sólo constaba mi encierro en Azkaban —murmuró Draco al cabo de un rato—. También fui condenado a no volver a utilizar una varita o realizar cualquier tipo de magia consciente.

Harry lo miró, horrorizado. Quitarle la varita a un mago ya era uno de los peores castigos que se podían imponer. Impedirle además hacer magia era negarle su identidad, dejarlo en estado de indefensión y un acto inhumano.

—Un momento —repuso Harry rápidamente—. ¿Cómo controlan eso? A Hagrid lo expulsaron de Hogwarts y le rompieron la varita, pero seguía haciendo magia con ella de vez en cuando.

—Probablemente romper la varita fuese un acto simbólico de su expulsión, pero no le prohibirían usar la magia o comprar otra varita.

—¿Y cómo saben que eres tú quien hace magia? Si es como el Detector, basta que cualquiera cerca de ti haga magia. No —negó Harry, repasando los datos que conocía mentalmente—, el Detector no puede colocarse en personas adultas.

—Supongo que será una variante, no lo sé. Tampoco sé si realmente tienen medios para averiguar que soy yo quien ha hecho magia o alguien de mi entorno. Pero en la sentencia era clara: no puedo hacer magia, se me niega mi derecho de nacimiento a ser mago al haber abusado de él para cometer crímenes.

—No creo que…

—No puedo arriesgarme a que tengan la excusa para volver a meterme en Azkaban, Harry. —La voz se le rompió en un sollozo. Harry pasó el brazo por los hombros de Draco, con un nudo en la garganta. Este se acurrucó contra su hombro, ocultando la cara—. No puedo, tienes que entenderlo, no puedo volver allí dentro, porque si vuelvo me moriré.

Harry acarició su espalda suavemente para relajarlo. Draco fue tranquilizándose poco a poco, pero no se separó de él. Acurrucado, Draco se limpió la nariz y las mejillas con la manga y, sin decir nada más, abrió el libro y se puso a leer.

Harry retomó su libro también. Lady saltó entre ellos, haciéndose sitio para enroscarse y dormir. Leyeron durante un par de horas, Draco acurrucado bajo su brazo y Harry intentando sostener su libro con la otra mano. Finalmente, a Draco se le escapó un bostezo, al cual siguió otro de Harry, rompiendo el momento. Con una risita, Draco se escabulló de su abrazo.

—Interpretaré eso como el cumplimiento de tu promesa.

—Me parece bien —contestó Harry, levantándose y estirándose—. ¿Pasas tú al baño primero?

—No, ve tú que ya te has levantado. Quiero terminar la página.

Con un asentimiento, Harry pasó al baño a hacer sus necesidades y cepillarse los dientes. Al volver al salón se paró, observando a Draco que sostenía el libro, grande y pesado, sobre las piernas cruzadas. Con la mano izquierda, acariciaba distraídamente a Lady. Harry sonrió. Evidentemente, Draco todavía tenía muchos traumas que llorar, pero iba por buen camino. Draco llegó al final de la página y, con sumo cuidado, la marcó con la cinta roja. Se levantó y se dirigió a la habitación mirándole, extrañado, al verle allí parado.

—Transmitías tanta paz que no quise molestarte —sonrió Harry—. Buenas noches.

—Buenas noches, Potter. Descansa.

Draco desapareció por la puerta del dormitorio, seguido inmediatamente de Lady, que se había levantado tras él.

—Pequeña traidora —murmuró Harry al verla corretear hacia allí con el rabo en alto.

Contento, porque Lady era una excelente terapia, cogió la manta y se estiró en el sofá con los brazos tras la nuca, pensando en lo que habían hablado sobre la prohibición y posible detección de la magia de Draco.

No sabía cómo podía averiguar algo más sobre eso, salvo quizá preguntarle a Hermione. Cogiendo el portátil, esperó pacientemente a que encendiese. Abrió el correo electrónico y vio que Hermione le había contestado a su correo del día anterior. Leyó rápidamente. Incluso en un medio tan frío como aquel, Hermione había conseguido imprimir el correo de fraternal preocupación y pesar por estar tan lejos de él.

De: hweasley

Para: hjpotter80

Asunto: Re: No te vas a creer lo que ha pasado

¡Harry!

Ya estaba preocupada por no tener noticias tuyas y ¡me llega este correo! Ron me ha pedido que no sea severa contigo y que comprenda que has tenido muchas cosas en la cabeza. También me pide que te pregunte, transcribo literalmente: «¿El hurón otra vez, Harry?». Aunque luego se ha echado a reír y se ha encogido de hombros.

Harry… ¿estás seguro de que eres capaz de manejar esta situación? Antes de que me contestes a vuelta de correo diciéndome que no era justo que Malfoy fuese a Azkaban: sí, lo sé. Yo misma testifiqué en su juicio.

No hablo de eso, aunque obviamente me preocupa mucho que el Ministerio pueda enterarse de que estás ayudando de nuevo a un Malfoy y tengan la excusa para ir a por ti de nuevo. Recuerda que llevas mucho tiempo apartado del mundo mágico y que probablemente la popularidad que te protegía hace años se haya ido desvaneciendo por el tiempo, la distancia y la prensa.

Eso sí, te admito una cosa: me enorgullece saber que el chico que vino a rescatarme de un troll en un cuarto de baño sigue estando ahí casi veinte años después.

Pero estoy preocupada. Voy a planteártelo sin rodeos: siempre has estado obsesionado con Malfoy, para bien o para mal. Primero era tu contrapartida natural en Hogwarts, luego querías atraparle, después querías ayudarle y por último salvarle… La última vez que hablamos de cuando volviste en la Sala por él, te dije que quizá tus razones tenían que ver no con la compasión, sino con tu corazón.

Ahora han pasado diez años y me preocupa lo contrario, que estés siguiendo a tu compasión y no a tu corazón. Por favor, no confundas ambas cosas, porque Malfoy ahora es muy vulnerable y puede sentirse atraído hacia ti por las razones equivocadas, tanto por tu parte como por la suya.

Por otro lado… dices que estás tratando a Malfoy como un paciente. No lo creo. El juramento hipocrático no te obliga a meter a nadie en tu casa y curarlo o ya tendrías un hospital de campaña en ese piso enano. Creo que lo estás tratando como tratarías a un amigo, quizá en memoria a ese cariño con el que guardabas su recuerdo y que te impulsó a ayudarle y defenderle en el pasado.

Examina tu corazón y tus sentimientos, Harry y, hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, recuerda que estamos contigo y te apoyamos. Aunque estemos lejos, te queremos y queremos lo mejor para ti y que seas feliz. Como sea y con quien sea. Sé que no la necesitas ni la has pedido, pero igualmente tienes nuestra bendición, la de ambos.

Y si decides que Malfoy realmente te gusta por ser Malfoy, lo intentas y te rechaza… bueno, él se lo pierde. Sé que aun así harás por él todo lo humanamente posible, porque siempre has sido la mejor versión de ti mismo que conozco.

Besos. Te queremos. Hermione y Ron.

PD. Estamos ambos bien, da un beso a Molly, Arthur, a todos, de nuestra parte.

Hermione, siempre tan perceptiva incluso estando tan lejos, había captado rápidamente cuál era su dilema y le había añadido un peso más: ¿le gustaba Draco por verlo vulnerable? Harry sabía que Hermione tenía razón y que aquello podía terminar con Draco sintiendo una especie de amor de transferencia.

Mordiéndose los labios, recordó lo mucho que le había costado ligar cuando había empezado a salir de fiesta con sus colegas de facultad. No porque no supiera, eso no había impedido a otras personas acercarse a él. Se había dado cuenta de que en su corazón sólo había espacio para una persona a la vez y que, incluso si esa persona no le correspondía, no era capaz de reemplazarla. Era así y no le importaba, estaba bien para él.

Había tardado meses en percatarse de que era Draco quien ocupaba ese lugar y se había descubierto echándolo de menos, algo que procuró no mencionar ni siquiera a Ron, mucho menos a Hermione después de sus conversaciones sobre por qué había vuelto a por Draco en la Sala de los Menesteres.

Poco a poco se fue olvidando, desconectado del mundo mágico, pensando que no había nada que hacer por él y que probablemente nunca más coincidiesen, pues Harry no había concebido a Draco en el mundo muggle.

Volver a ver a Draco en aquella cama de hospital le había sacudido las entrañas, resucitando el remanente de culpa por no haber pensado en él durante tantos años. La pena de que Draco estuviese así porque nadie le había querido lo suficiente para ayudarlo y la necesidad de sanarlo, le habían llevado a mirar a Draco de nuevo, con los mismos ojos que diez años atrás.

Y le había gustado mucho lo que había visto, incluso con el cuerpo estropeado por las inclemencias de la vida y las injusticias. Seguía tan enamoriscado de Draco como lo estaba en el momento que se dio media vuelta para sacarlo de aquel infierno que Crabbe había invocado o cuando testificó para evitarle Azkaban. Había creído olvidarlo porque se había forzado a hacerlo, pero su corazón seguía manteniendo una persona dentro cada vez.

Hizo un ruidito irónico al entender por qué sus parejas anteriores no habían funcionado y por qué siempre había preferido conservarlos como amigos.

«Draco. Siempre Draco», pensó con una mezcla de tristeza y nostalgia.

Se sentía entre la espada y la pared. Hermione tenía razón, le haría caso y esperaría a que Draco no necesitase su ayuda antes de exponerle sus sentimientos. Y, cuando lo hiciese, lo haría con tacto y cuidado para que este no se sintiese en deuda con él.

Con un suspiro, Harry se apresuró a contestar a Hermione. Seguramente ya estaría dormida y no lo vería hasta el día siguiente, pero quería saber qué opinaba sobre el Detector y la prohibición de hacer magia en adultos libres y de pleno derecho, así como en ex presidiarios.