Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner. Yo sólo juego con ellos.
Mil gracias por vuestros comentarios y por leer. ¡Sois geniales!
¡Abrazos y besos!
Trigger warning: Escenas de sexo. Masturbación.
Enfrentarse al dolor
Draco estaba en la gloria. Le besaban con tanto ímpetu que se sentía caer hacia atrás. Una mano firme le sujetó la nuca y un cuerpo se frotó contra él, ansioso. Draco sintió que le faltaba el aire. Rompió el beso, apoyándose en la frente del otro, moviendo las caderas rítmicamente.
Sin saber cómo, los dos estaban sin ropa. Sus pollas rozaron una contra la otra, duras como piedras. Draco sentía la humedad del líquido preseminal que goteaba la suya. «¡Oh, dioses antiguos!», gimió Draco con desesperación. Un escalofrío recorrió todas sus vértebras mientras las manos, que parecían estar por doquier, le acariciaban los pies, las manos, las piernas, el pecho, el estómago… Una oleada de calor y excitación le invadió.
Draco extendió los brazos y se aferró al pelo negro y áspero del otro chico, obligándole a levantar los ojos, verdes tras las gafas. Su polla estaba a punto de explotar de placer. Draco se mordió el labio, preparado para el orgasmo. Entonces, sin apartar la mirada, Potter maulló.
Sudando y desorientado, Draco despertó a tiempo de ver a Lady bajar de la cama con otro maullido enfurruñado, antes de salir dignamente. Supuso que la gata se había hartado de su sueño inquieto e iba en busca de un mejor lugar donde descansar.
Draco echó un vistazo al reloj. Faltaba poco para el amanecer, pero no creía que pudiese volver a dormirse. Estaba descansado y despejado. Y excitado, comprobó al bajar la mano y constatar que su erección no tenía nada que envidiar a la de la tarde anterior. Decidió que debía hacer algo. No podía estar empalmándose así, esa tarde Potter le aplicaría el tratamiento otra vez y Draco no quería correrse como un colegial delante de él.
Miró hacia la puerta entreabierta. Descartó levantarse a cerrarla, podría despertar a Potter. Fuera no se oía nada más que la respiración pesada de este, que estaba dormido. Se preguntó a qué hora se levantaría Potter para ir a trabajar. No quería ser descubierto, pero esperar a que Potter se levantase, desayunase, se vistiese y todas las cosas que hiciera por las mañanas, estaba totalmente descartado. Levantarse al baño, otro tanto de lo mismo.
Apretó los labios. Tenía que hacerlo ahí mismo, no aguantaba más. Si se daba prisa, Potter no tenía por qué enterarse. Ya tendría tiempo de pajas más relajadas. «Que sea la primera en años no la hace especial», se convenció a sí mismo. Con economía de movimientos, Draco liberó su erección del encierro de la ropa. Se lamió la mano y cerró el puño alrededor del tronco. Con un siseo de placer, Draco retiró el prepucio para descubrir el glande, húmedo por el líquido preseminal. Rozó con el dedo pulgar suavemente la piel expuesta del frenillo y sus caderas dieron un saltito de emoción.
Con firmeza, apretó la base del pene. No quería correrse tan rápido. Darse prisa estaba bien y había imaginado que después de tantos años aquello no iba a ser lento, pero quería al menos demorarse un par de minutos en la sensación de placer.
Apartó las sábanas, para no mancharlas y metió la otra mano debajo de la camiseta, acariciándose el torso. Se lamió los labios, nervioso y excitado. Sus dedos acariciaron y reconocieron al paso las partes de su cuerpo: el vientre ya no tan hundido, los pezones sensibles, los pelos que partían del ombligo… Cerró los ojos y evocó la imagen de Pansy, la única experiencia mínimamente cercana que podía referenciar.
Los besos robados esquivando la patrulla de profesores que velaban por la castidad del castillo durante el baile navideño de cuarto curso. Los nervios de no saber qué hacer con las manos. El primer roce tímido de los labios, las manos de ella en la espalda de Draco, acercándole, entreabriendo los labios, sus lenguas rozándose por primera vez. Muy despacio, Draco comenzó a mover la mano instintivamente.
La mano de Pansy cogiendo la de Draco y guiándola hacia su pecho plano mientras él enterraba la otra mano en el pelo corto y áspero, profundizando el beso. Draco paró de mover la mano y abrió los ojos. No había ocurrido así. Pansy tenía el pelo largo y fino y una delantera que era la envidia de todo Hogwarts, salvo quizá de las hermanas Patil. Su polla pulsó en su mano, demandante de atención, incitándole a pensar más tarde en ello.
Draco volvió a cerrar los ojos, bajando la mano que tenía sobre los pezones hacia los huevos, acunándolos, apretándolos suavemente y masajeándolos. Se le escapó un pequeño gemido de placer, así que se mordió el interior de la mejilla para evitar más, no quería despertar a Potter.
Comprendiendo que su cerebro prefería pechos planos y pelo corto, evocó a Blaise. El beso de quinto año, justo antes de que se desatara todo, retados por Pansy, que se había cansado de ver la creciente tensión sexual entre ellos. Cuando lo besó, sus dientes chocaron torpemente. Draco entreabrió los labios, dando paso a la lengua de Blaise que, lejos de ser tímida como la de Pansy, exploró todos los rincones de su boca mientras sus manos le agarraban del culo y lo empujaban obligando a sus erecciones a frotarse una a la otra.
Movió la mano más rápidamente, acunando sus huevos, elevando rítmicamente las caderas al encuentro de su mano, mientras recreaba una y otra vez aquel instante. El aire peleaba por entrar en sus pulmones. Draco aceleró más, comenzando el camino de no retorno. En su imaginación, rodeó el cuello blanco de Blaise con los brazos y acarició su pelo negro y áspero, chocando contra la montura de sus gafas al besarlo.
Se metió la mano en la boca para ahogar los gemidos. Su mente se llenó de imágenes de besos, cabellos negros, los ojos verdes y la sonrisa franca de Potter mientras Draco se corría con espesos chorros durante instantes eternos. Se mordió con fuerza la mano, consiguiendo solamente que el dolor que se provocó intensificase más el placer, cuando el primer chorro le golpeó la cara mientras el resto se vaciaba sobre su pecho y vientre, dejando un espeso charco.
Durante unos segundos, Draco fue incapaz de moverse, extasiado. Jadeando, se mesó los cabellos mientras los últimos coletazos de placer recorrían su cuerpo. Su mente se aclaró, despejando la neblina que lo había cubierto todo durante los últimos segundos.
«Grandioso. Grandioso de verdad». Se sentía completo y lleno.
Cuando por fin hubo recuperado el aliento y su cuerpo se había relajado, desmadejado sobre el colchón, Draco se permitió pensar en que se había masturbado pensando en Potter. Su mente primero había transformado a Pansy y luego a Blaise.
«Joder. Joder, joder», pensó. No tenía sentido engañarse a sí mismo. «Potter me gusta. Sin agradecimientos ni deudas».
Potter se había cuidado de no hacerlo sentir en deuda. Lo cual le agradecía, pues le había permitido conservar la dignidad que había aparcado durante tantos años. Ni siquiera sabía en qué momento había conseguido Potter meterse debajo de su piel. Draco había pensado que lo peor sería echar de menos los cuidados físicos cuando volviese a vivir en la calle, pero ahora se daba cuenta de que echaría más en falta la compañía y el afecto.
Porque… ¿quién se iba a fijar en un vagabundo roñoso y sucio? Aunque el vagabundo se asease, seguía siendo un vagabundo. Sin oficio ni beneficio, sin oportunidades de hacer algo por sí mismo. El mundo mágico le estaba vetado y el muggle era una selva donde él estaba en lo más bajo de la escala alimenticia. El Ministerio había jugado muy bien sus cartas: no poder condenarle a cadena perpetua en Azkaban no había significado que no pudieran castigarle de por vida.
Intentando no hacer ruido, Draco se levantó y entró en el baño. Con papel, se limpió lo más cuidadosamente que pudo. Tendría que darse una ducha después, pero por el momento podría bastar. Un toque en la puerta lo sobresaltó. Oyó la soñolienta voz de Potter bostezando:
—Estás dentro, ¿verdad?
—¡Sí! —contestó Draco con un gallo. Se maldijo a sí mismo por parecer un colegial sonrojado. Arrojó el papel al retrete y tiró de la cadena.
—Tiene sentido —Potter se rio al otro lado de la puerta—. Este sitio no es tan grande como para que estuvieras en otra parte. Lo siento, todavía estoy medio dormido.
—Ya salgo.
—Genial.
Se lavó las manos y la cara mientras se miraba en el espejo, cerciorándose de que no quedase ninguna pista de lo que acababa de hacer que pudiera delatarle. Salió y se detuvo al toparse con Potter, en camiseta y bóxer, que tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra el marco y se rascaba el estómago.
Los ojos de Draco se desviaron hacia la mano de Potter, relamiéndose ante el trozo de estómago plano a la vista y el paquete que, obviamente, también estaba medio dormido. Le dolió en el pecho saber que tenía algo tan cerca y a la vez tan lejos.
—¿Puedo pasar? —murmuró Potter. Draco se sonrojó. Se había quedado mirándole como un idiota.
—Sí, sí. Perdona —tartamudeó Draco, haciéndose a un lado.
Salió del baño, cerrando la puerta tras él. Draco se apoyó en ella, derrotado. Oía a Potter orinar y suspirar de satisfacción. Dándose cuenta de que no debía quedarse allí, Draco se movió, abriendo las cortinas y la ventana para ventilar la habitación. Estaba retirando las sábanas hacia atrás cuando Potter asomó la cabeza por la puerta.
—¿Quieres ducharte tú primero?
—Hazlo tú. Trabajas y yo tengo toda la mañana.
—De acuerdo. ¿Puedes dar la comida a Lady? —Draco asintió—. Estoy seguro que está sentada esperando a que vaya a dársela. Está en el armario encima del fregadero —Potter volvió a desaparecer dentro del baño y unos segundos después se oía el agua cayendo de la ducha.
Como Potter había predicho, Lady estaba sentada al lado de su cuenco, esperando pacientemente. Abrió el armario que Potter le había indicado y sacó una de las latas. Al verlo con su comida, Lady se levantó y empezó a frotarse contra sus piernas.
—Bueno, preciosa. ¿Esto cómo lo abrimos? —Lady maulló en contestación. Draco se echó a reír imaginando que se estaba riendo de él—. Bueno, habría que ver cómo te las apañas tú que tanto sabes, ¿eh? Veamos. Creo que hay que tirar de esta anilla.
Levantándola para poder sujetarla mejor, vio que se clavaba en la tapadera y entendió que al tirar hacia atrás seguramente se desenrollaría. Con fuerza, tiró lentamente. Lady empezó a relamerse al olor de la lata y volvió a maullar. Con ayuda de un tenedor, volcó el contenido de la lata en un cuenco y lo depositó al lado de Lady, que empezó a devorarlo
—No sea usted impaciente, señorita —la reprendió Draco—. Un gato educado come con calma y serenidad.
Supuso que lo más adecuado era preparar el desayuno. Sabía que a Potter le gustaba el café, porque había visto y olido las pruebas, pero no sabía cómo se hacía. En su adolescencia no había pensado que ese tipo de conocimientos le serían útiles. Sí sabía dónde estaba el beicon, los huevos y el pan, así como la sartén, el aceite y la sal. La noche anterior, mientras Potter cocinaba la cena, Draco había prestado atención a lo que hacía y como.
Enumerando los pasos que Potter había seguido, puso la sartén a calentar y echó un chorro de aceite. Satisfecho cuando el beicon empezó a chisporrotear, echó un vistazo al salón y decidió abrir la ventana para ventilar y que no se acumulara el olor. Cuando estaba doblando la manta con la que Potter dormía, este salió de la habitación vestido con ropa de calle y el pelo húmedo.
—Qué bien huele. ¿Estás haciendo el desayuno?
—Espero que no te importe. Lo único… no sé cómo haces el café, nunca lo he visto.
—Ya me sorprende que hayas recordado cómo encender la vitrocerámica y dónde estaban todas las cosas. No me fijé en que ayer estabas mirando con tantísima atención. Yo no habría sido capaz, cuando me mudé al mundo muggle, quemé más de una loncha de beicon —elogió Potter, riendo. Draco le sonrío hinchando el pecho de orgullo. Le gustaba ser útil y que Potter se diese cuenta de ello. Potter sacó el café del armario—. ¿Quieres aprender?
—Sí, por favor.
Potter le tendió un cacharro que llamó cafetera italiana. Le explicó como abrirla, llenarla de agua y poner el café. Draco siguió con mucho interés cómo el café salía por la espita, llenando la cafetera poco a poco. Mientras, Potter sacó el beicon de la sartén y revolvió los huevos hábilmente, sirviéndolo todo en un plato.
—¿Te importa si compartimos el plato? —preguntó Potter, depositándolo en la barra junto a dos tazas y se sentaba.
—No hay problema. —Draco también se sentó, llevando los cubiertos y la cafetera. Sirviéndose café, lo probó—. Está rico. Amargo, pero de manera distinta al té.
—Puedes echarle azúcar como al té, si quieres.
—¿Hoy trabajas? —preguntó Draco, catando el café de nuevo tras echarle una cucharada de azúcar y decidiendo echar otra más. Se veía que el café le gustaba como el té: dulce a más no poder.
—Sí. Mañana tengo guardia de tarde y después libro dos días seguidos.
—Entonces hoy podremos ver la segunda película —dijo Draco, tentativamente.
—Claro. Creo que también te convendría salir un poco, llevas demasiados días encerrado. Tomar el sol y un poco de aire fresco te vendrá bien. Podemos ir a dar un paseo por el parque después de aplicar el tratamiento y luego ya ver la película.
—Me parece un buen plan —aprobó Draco, que estaba tomando sus pociones. En lo personal, después de un año viviendo en la calle no sentía ninguna necesidad de salir tan pronto como parecía creer Potter, pero había dicho que irían a pasear juntos. Pasar tiempo con Potter era una idea que le atraía mucho aunque no lo admitiría delante de él ni muerto—. No te importa si me ducho ahora y luego de nuevo para el tratamiento, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Seguramente te vendrá bien. —Potter miró el reloj y se levantó, apurando el café y dejando la taza en el fregadero—. Tengo que irme ya. ¿Recuerdas cómo utilizar el televisor?
—Sí.
—Perfecto. También puedes usar el portátil —añadió Potter, señalándoselo.
Rápidamente, Potter le explicó dónde estaba el botón de encendido, cómo manejar la flecha llamada cursor y la forma de abrir una ventana navegadora. Draco asintió a todo, intentando memorizarlo. Era consciente de que, al margen de lo que ocurriese más tarde, todo lo que aprendiese sobre el mundo muggle de la mano de Potter le sería muy útil cuando tuviese que volver a vivir en la calle
—Una vez estás en el navegador, basta con que escribas lo que quieras que te muestre y te lo buscará. Así. Y pulsas con el cursor en las letras azules y lees lo que salga. Trastéalo sin miedo, seguro que le pillas pronto el truco.
Cogiendo su mochila, donde embutió sin cuidado algo de ropa limpia, Potter se despidió. Cuando se marchó, Draco tuvo la sensación de que se había ido un pequeño tornado. Durante unos segundos, disfrutó de la calma. Después, decidió que, dado que Potter le había animado a hacer distintas cosas y le había prometido que luego pasearían, no pensaba desperdiciar esa mañana quedándose tumbado, haciendo reposo.
En primer lugar, Draco fregó y secó todos los utensilios que habían utilizado para desayunar, colocándolos en su sitio. En un rincón vio el cepillo con el que había visto barrer el suelo a Potter un par de días antes y decidió que parecía lo suficientemente fácil para hacerlo él. Imitando los movimientos que Potter había hecho, barrió la cocina, la habitación y la sala. Cerró las ventanas y, satisfecho por haber correspondido a la hospitalidad cocinando y limpiando, se dio una ducha.
Sus pensamientos vagaron hacia Potter una vez más. Esa mañana habían parecido amigos de toda la vida y habían compartido una camaradería impensable años atrás. No era tonto, Draco sabía que Potter se estaba portando con él con una generosidad que otras personas no mostrarían, muy lejos no ya de la crueldad del Ministerio, sino también del término medio indiferente esperable en cualquier persona.
Casi podría decirse que Potter estaba empeñado en que fuesen amigos. Mientras se secaba con la toalla, Draco decidió que una amistad con Potter era mejor que un Potter rechazándolo. No estaba muy seguro de poder tolerar más rechazo en su vida.
—Y al fin y al cabo —rio Draco al darse cuenta de la ironía—, querer ser amigo de Potter es lo que desencadenó la turbulenta relación que nos ha traído hasta aquí.
Se miró en el espejo detenidamente mientras se cepillaba los dientes. Podía apreciar cómo su piel había mejorado ostensiblemente y volvía a sentir el cabello sedoso. Quizá no tanto como antes, aunque era probable que su recuerdo hubiese magnificado esa sedosidad. Riendo entre dientes, Draco decidió que tampoco admitiría eso.
El jabón de Corner funcionaba. Volvía a parecer él mismo, sobre todo ahora que no tenía barba, ni ojeras. Pensó que si algún día conseguía volver a parecer una persona normal sin marcas físicas, quizá llamaría la atención de Potter. Presumido, alzó la mano izquierda para revolverse el pelo, quedándose inmóvil cuando la marca tenebrosa se destacó contra su piel.
Con amargura, escupió en el lavabo.
—Claro —musitó, rozando el dibujo con los dedos—, el jabón también ayuda a que «esto» se vea más claramente.
Las cicatrices de cuando se la intentó arrancar a cortes eran más pálidos y le daban una suerte de relieve que la hacía más evidente. Los últimos meses había estado difuminada por la mugre y el oscurecimiento general de su piel al vivir al aire libre. Bufó, pensando que la marca sí llamaría la atención de Potter, pero no en el sentido que esperaba.
—Quizá, ahora que se ve más nítida, debería procurar llevarla tapada el máximo tiempo posible. —Lady entró en el baño, curiosa, olisqueando el baño. Draco sonrió al comprender que los gatos gustaban de pasar tiempo con los humanos que apreciaban—. A ti no te importa que la tenga, ¿verdad? Esperemos que a Potter tampoco le suponga un problema para que seamos amigos cuando se acuerde de que está ahí. —Su sonrisa decayó un poco ante el temor de que no fuese así—. Potter el amigo de un mortífago ex-convicto —recitó. Se enjuagó la boca y repitió—: Potter y Draco son amigos, el titular que Rita Skeeter no sabía que necesitaba.
Se secó con la toalla y salió a la habitación para vestirse. Cogió el libro de la mesa de noche, el reproductor de CD y los discos y salió al salón. Se sentó en un extremo del sofá, subiendo los pies descalzos.
—Bien pensado, si estoy dispuesto a ser amigo de Potter, quizá debería empezar a llamarlo por su nombre como hace conmigo. —Se lamió los labios—. Harry. Harry y Draco son amigos. —dijo en voz alta. Sonaba correcto.
Lady se acercó demandando caricias y Draco la complació distraídamente mientras sacaba el disco del reproductor y elegía por cuál de los que aún no había probado lo sustituía. En el dorso de uno de ellos, constaba la lista de canciones que contenía. Varios de los títulos le llamaron la atención, así que se decidió por ese. Abrió el libro. La historia estaba llegando en el clímax y pronto quedó tan absorto en la lectura que olvidó seguir haciendo carantoñas a Lady, que se enroscó junto a los pies de Draco.
Pasó leyendo varias horas, con el disco sonando de fondo sin que se fijase siquiera en qué música estaba sonando. No fue consciente del tiempo hasta que necesitó urgentemente visitar el retrete. Perezoso, Draco intentó alargar el momento de levantarse lo más posible. Dejando el libro a un lado, se levantó, provocando más protestas de Lady y se guardó el reproductor en el bolsillo para no tener que quitarse los auriculares.
—No seas gruñona, Lady. Yo no te riño cuando te oigo rascar en tu caja de arena —bromeó Draco, haciéndole una carantoña.
Mientras aliviaba su vejiga, Draco prestó atención a la música. Estaba terminando una canción que hablaba sobre algo submarino que era amarillo, pero no le dio tiempo a entender a qué se refería. Hasta ese momento, simplemente había sido un agradable acompañamiento de fondo y no le había hecho mucho caso. Los siguientes acordes, en un piano solitario y sencillo comparado con el «ruido» de la anterior canción le llamaron la atención.
When I find myself in times of trouble, Mother Mary comes to me
Speaking words of wisdom, "let it be"
And in my hour of darkness, she is standing right in front of me
Speaking words of wisdom, "let it be"
La simpleza de la música, los instrumentos añadiéndose paulatinamente, la repetición de la letra… se le erizó el cabello de la nuca. La letra tocó algo dentro de Draco que lo golpeó emocionalmente.
Let it be, let it be
Let it be, let it be
Whisper words of wisdom
Let it be
Con las piernas temblándole, Draco bajó la tapadera y se sentó para no caerse. La voz cantaba con una emoción muy profunda. La letra mencionaba a la virgen María católica. Draco conocía esas creencias de muchos magos nacidos muggles, pero tenía la impresión de que no se refería a ningún credo religioso, sino de algo mucho más cercano. A él le hablaba de...
—Mamá… —Draco ahogó un sollozo.
No había pensado en mamá desde hacía años. En su madre sí, tras esa coraza de indiferencia que impedía que otros pudieran ver su dolor cuando la mencionaban. Pero no en mamá, que había muerto sin que Draco pudiera volver a verla tras entrar en Azkaban.
La que, de pequeño, le daba chocolate a escondidas de su padre. La que, el día que llegaba de Hogwarts, le acariciaba el pelo cuando pensaba que estaba dormido. La que algunas veces, como en la letra de esa canción, aparecía en sus sueños para abrazarle y decirle que le quería. Era reconfortante como el mejor sueño del mundo y al mismo tiempo la peor pesadilla.
—¡Mamá! —la llamó Draco de nuevo.
And when the brokenhearted people living in the world agree
There will be an answer, let it be
For though they may be parted, there is still a chance that they will see
There will be an answer, let it be
Algo se rompió dentro de él y, como si se hubiese liberado una presa que desconocía que estuviera en su interior, Draco comenzó a llorar desconsoladamente, llamando a su madre entre balbuceos, echándola de menos como no se había permitido el lujo de hacer hasta ese momento.
And when the night is cloudy, there is still a light that shines on me
Shine on 'til tomorrow, let it be
I wake up to the sound of music, Mother Mary comes to me
Speaking words of wisdom, let it be
La canción continuó sonando mientras Draco evocaba el recuerdo de la madre que lo había querido y amado. Que había intentado salvarle la vida, protegerle de las decisiones de su padre y de las suyas propias. Que había priorizado el amor por él por encima de sus lealtades e ideologías. La madre cuyo amor había salvado el mundo mágico, según Harry.
Let it be, let it be
Let it be, yeah, let it be
There will be an answer
Let it be
El cantante tenía razón. Incluso en la noche más oscura y nublada, brillaba la luz de su madre, guiándole. Y había respuestas a la desesperación. Harry había sido esa luz y esa respuesta.
—Estoy bien, mamá. Si allí donde estás puedes oírme, estoy bien. Ahora estoy bien —matizó Draco entre sollozos—. Harry me está cuidando, mamá. Sé que nunca hablé bien de él, pero creo que no lo conocía, no de verdad —hipando, Draco no pudo contener otra oleada de sollozos—. Te echo mucho de menos, mamá…
La canción terminó y dio paso a otra más animada. Draco no le prestó atención. Siguió llorando, purgando su pena. Lloró por su madre, pero también por él mismo, por todo lo que había tenido que pasar para llegar hasta donde estaba.
Por lo injusta que había sido la vida en las decisiones que le había puesto delante. Por la tesitura en la que le colocó su propio padre. Por su propia ignorancia. Por el dolor que le había provocado intentar ser lo que se esperaba de él. Por no haber podido ser él mismo. Por su madre de nuevo.
SARAHI me hizo notar que no todo el mundo puede entender la canción, así que adjunto aquí una traducción de los párrafos que he transcrito en el mismo orden:
Cuando me encuentro en momentos difíciles,
la Virgen María se me aparece,
diciendo palabras sabias:
déjalo estar (déjalo ser, déjalo así, no trates de cambiarlo)
Y en mi hora de oscuridad,
se queda justo delante de mí,
diciendo palabras sabias:
déjalo estar.
Déjalo estar, déjalo estar,
déjalo estar, déjalo estar,
susurras palabras sabias:
déjalo estar.
Y cuando las personas con el corazón roto,
que viven en el mundo estén de acuerdo,
habrá una respuesta:
déjalo estar.
Y cuando la noche está nublada,
todavía hay una luz, que brilla sobre mí,
brilla hasta mañana:
déjalo estar.
Me despierto con el sonido de la música,
la Virgen María se me aparece,
diciendo palabras sabias:
déjalo estar.
Déjalo estar, déjalo estar,
déjalo estar, déjalo estar,
oh, habrá una respuesta:
déjalo estar.
