Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner. Yo escribo sin recibir nada a cambio excepto vuestros maravillosos comentarios.
¡Hola! Lo primero, como siempre, agradeceros vuestras lecturas, favs y reviews. Creo que he contestado a todo el mundo dándole las gracias (parezco un pelota, pero de verdad que me gusta mucho que os toméis la molestia de leer y comentar)
Cuando terminéis este capítulo estaréis a mitad de la historia :P.
¡Abrazos!
Somos amigos
Draco se calmó poco a poco. Se enjugó la cara, sintiéndola rasposa, por lo que se levantó y se la mojó con agua, evitando mirar sus ojos hinchados y enrojecidos en el espejo.
Volvió a la sala y dejó el reproductor encima del libro. Se dejó caer en el sofá, sintiendo el cuerpo vapuleado. Supuso que llorar era más cansado de lo que parecía, pero descartó tumbarse en la cama o en el sofá. Draco sabía que, aunque estaba bien llorar y exteriorizar las emociones, no era sano regodearse y mortificarse en ellas.
Dudó entre encender el televisor o el ordenador portable. Potter, «Harry», se corrigió mentalmente, había dicho que podía preguntar cosas al portable. Pensó que podía ser buena idea preguntarle cómo cocinar para que, cuando Harry volviese de trabajar, el almuerzo estuviese preparado.
Lo llevó hasta la barra de la cocina, se sentó en un taburete y, con cuidado y reverencia, Draco levantó la tapadera y pulsó el botón que Harry le había indicado. La pantalla se iluminó, y durante unos segundos, varias letras sobre fondo blanco aparecieron, demasiado rápido para poder leerlas, que fueron sustituidas por una fotografía que ocupaba toda la pantalla.
Mirándole desde la pantalla estaban Harry, Granger y Weasley. La foto debía ser muggle, porque no se movía. Por el aspecto de los tres, parecía haber sido tomada cuando tenían dieciséis o diecisiete años.
En sus caras todavía se podía ver el cansancio, las ojeras y las secuelas de la guerra. Quizá había sido justo tras la victoria, porque los tres parecían felices. Granger estaba entre los chicos, abrazada a ellos, con la cabeza reposando en el hombro de Harry. Weasley le rodeaba la cintura a la chica con ambos brazos. Draco reconoció que los tres estaban muy guapos.
La foto cambió gradualmente por otra. Harry y Granger estaban abrazados, mirándose y sonriendo. «No, riendo», se corrigió, fijándose mejor. Parecían bailar. No hacía falta ser un genio para darse cuenta del cariño enorme que se profesaban los dos. A pesar de saber que Granger estaba con Weasley en Francia y que Harry era gay, sintió celos por esa intimidad que compartían. Draco acarició la cara de Harry en la pantalla justo cuando hacía una transición a otra fotografía.
Weasley y Harry. Harry sonreía a cámara, abrazando por la cintura a Weasley, que le rodeaba los hombros en un gesto de camaradería. La foto dio paso a otra casi igual, donde Weasley le daba un beso en el pelo a Harry y este reía a carcajadas. En el fondo de la foto, Granger, sentada en el suelo, se partía de risa. De nuevo, era necesario ser ciego para no ver los lazos que los unían, incluso en una foto tan estática.
Draco se quedó largos minutos mirando aquellas fotos. Harry apenas había mencionado a sus dos amigos inseparables salvo para decir que estaban en Francia o que se escribían de vez en cuando. Draco había pensado que a lo mejor su relación se había enfriado, quizá por la distancia. Por las fotos, se veía que los tenía muy presentes.
Por un lado, con una punzada de dolor y envidia, Draco recordó a Vincent y a Greg, a Blaise y a Pansy. A Adrian. Theo. Ellos nunca se habrían hecho una foto con él así. Quizá Vincent y Greg, pero ellos habían sido algo así como sus guardaespaldas y él había asumido cuidarlos a cambio. Todavía le dolía la traición de Vincent. Pansy, Blaise y los demás… había sido más un juego de lealtades familiares. No la amistad pura e intensa que desbordaban las fotografías de la pantalla.
Una lágrima se deslizó por su mejilla y Draco —«ya basta de autocompasión por hoy», se dijo— pulsó el botón del navegador, ocultando las fotos. Dudó. El portable tenía letras, pero también más signos. Ni siquiera sabía cómo poner la interrogación. Finalmente, se decidió a deletrear lenta y dolorosamente, buscando y pulsando con el índice cada letra que necesitaba.
—Hola… Espero… que… esté… bien… Cómo… hacer… comida… fácil… Por… favor… y… gracias.
Movió el cursor hasta el botón y pulsó para buscar. La página se puso en blanco. Draco se asustó durante medio segundo por si lo había estropeado, pero la página cargó y Draco pulsó el primer título azul que vio: Espaguetis sencillos en diez minutos.
—Perfecto, justo lo que necesito. —Recordaba que a Harry le gustaba la comida italiana mal cocinada, como la pizza del otro día, así que era ideal. Miró el reloj del microondas, Harry debería estar a punto de llegar.
—Ingredientes: Espagueti, agua, sal, ajo y aceite.
Abrió el armario donde recordaba haber visto a Harry sacar los ajos la noche anterior y rebuscó entre los paquetes hasta encontrar varios paquetes de espaguetis sin estrenar.
—Genial. Veamos, ¿qué hay que hacer? —Leyó con atención las instrucciones de la pantalla y las siguió cuidadosamente.
Harry llegó cuando Draco estaba escurriendo los espaguetis y dorando los ajos en el aceite.
—¡Hola! —saludó Harry inspirando fuerte al entrar—. ¿Estás cocinando?
—Sí, pensé que te gustaría que la comida estuviese hecha al llegar.
—¿Qué es? —preguntó Harry con curiosidad, mientras se descalzaba junto a la puerta y se acercaba a cotillear.
—Espaguetis con ajo.
—¿Con ajo? No los he probado nunca. Menos mal que no voy a besar a nadie hoy. —Draco le fulminó con una mirada asesina, pero Harry alzó las manos en son de paz—. Es broma, es broma. Oye, tienes los ojos irritados.
—No es nada —se apresuró a contestar Draco.
—¿Nada? —lo cuestionó Harry con tono incrédulo—. ¿Te los has frotado con las manos después de pelar los ajos?
—Sí, eso ha sido. —Aliviado por el involuntario capote de Harry, Draco se aferró con todas sus fuerzas a él—. Tengo que tener más cuidado.
—Déjame verlos, parece una reacción alérgica.
—No es necesario, Potter —espetó Draco duramente. Harry se quedó parado, serio. «Genial, ahora estoy olvidando llamarle Harry»—. Gracias, pero no hace falta. De verdad.
Harry asintió, tensando la mandíbula. Draco volcó los espaguetis escurridos en la sartén y los revolvió unos segundos más, como indicaba la receta. Harry retiró el portátil en silencio y puso cubiertos para ambos. Cuando sirvió la comida y se sentó, Draco se atrevió a mirarle de reojo para calibrar si estaba enfadado. No lo parecía, pero tenía el semblante pensativo.
—Siento haber sido tan brusco —se disculpó Draco, aprensivo.
—No importa, es normal. Me lo he buscado yo solito, no debería haber insistido —dijo Harry esbozando media sonrisa, quitándole importancia.
Harry había sonado amable, así que Draco dedujo no estaba enfadado. Para asegurarse, volvió a romper el silencio:
—He visto las fotos del portable.
—Se dice portátil, Draco —rio Harry. Draco le dirigió otra mirada asesina—. Vale, vale, no importa. Como sea. Sigue —le animó Harry con una sonrisa afable.
—Estáis muy guapos. —Harry enarcó una ceja al oírle decir eso, así que Draco añadió valientemente—: Los tres.
—Oh, dios. Ahora sí que te tengo en un puño, Malfoy —contestó Harry maliciosamente—. Bastará con chantajearte con no reproducir este recuerdo delante de Ron para que accedas a todos mis deseos.
Draco resopló al pensar que, incluso sin ese recuerdo, estaría dispuesto a acceder a todos los deseos de Harry, maldiciendo en voz baja por dejar que sus pensamientos vagaran en esa dirección.
—Quiero decir… —carraspeó Draco. No sabía muy bien por qué había sacado ese tema, que le estaba llevando a un callejón sin salida digna posible—. Que son fotos muy bonitas. Se ve vuestra amistad y el cariño que os tenéis. ¿Cuándo os las hicisteis?
—Justo antes de que decidiesen salir a buscar a los padres de Hermione en Australia. No sabíamos que no volverían aquí y que no volveríamos a vernos. Nos escribimos casi a diario y hablamos a menudo, pero el recuerdo de esas fotos es la última imagen real que tengo de ellos.
—¿No os habéis visto en todos estos años? —Harry negó con la cabeza, con el semblante triste—. ¿Tampoco tienes fotos más recientes?
—Sí, pero no es lo mismo. Esas fotos no coinciden con mi recuerdo de ellos.
—Me hubiera gustado tener fotos así con mis amigos para recordarlos —admitió Draco de mala gana.
—¿Por eso has llorado? —preguntó Harry, a bocajarro.
—¿Qué? ¡No!
—No pasa nada si no te apetece decírmelo. Perdona —se disculpó Harry, con voz suave—, pensaba que querías contármelo y que estabas buscando la manera de hacerlo. He sido insensible. Pero si te apetece hablar de ello en algún momento, aunque ellos ya no estén, me tienes a mí. Somos amigos.
«Somos amigos». Draco tragó saliva. Harry daba por hecho que eran amigos. «Yo sigo llamándole Potter, dándole malas contestaciones cuando se preocupa por mí y dice que somos amigos». Halagado, se sintió impelido a confiar en él.
—Habías dicho que era irritación por los ajos —le pinchó Draco, no obstante.
—No has pelado tantos. La comida lleva la cantidad justa para que no sea pesado. Está delicioso, por cierto —lo elogió Harry con una sonrisa—, nunca los había comido así. Además, te he visto lavarte las manos varias veces sólo mientras freías los ajos y tenías marcas de llanto en las mejillas. No ha colado desde el momento en que has negado la mayor.
—Muy listo, detective —gruñó Draco, preguntándose de dónde había salido un Harry tan perceptivo.
—No pasa nada, Draco —murmuró Harry, conciliador—. Está bien llorar, sobre todo cuando alguien ha pasado todo lo que has pasado tú. Hermione, Ron y yo lloramos mucho al acabar la guerra. Al menos estábamos juntos. Cuando se tuvieron que quedar en Francia, volví a llorarlos porque los echaba de menos y entonces estaba solo. Si necesitas un hombro, estoy aquí. Si prefieres no hacerlo, no hay problema, pero desahógate, te hará bien.
—Yo también los echo de menos. Sobre todo a Greg. Pero yo era más su niñera que su amigo. No tenía esa relación que se os ve a vosotros tres. —Después de unos momentos de silencio, Draco se decidió a añadir—: No ha sido por eso.
Harry asintió, comprendiendo y siguió comiendo en silencio, sin insistir. Draco agradeció que le dejase tener su propio espacio para hablar.
—Estaba escuchando uno de los discos. El de los Beatles. Había una canción que hablaba sobre dejarlo estar y la luz en medio de la oscuridad. —Harry frunció el ceño, haciendo memoria—. Hablaba sobre la madre María que venía a visitarle y le decía que lo dejase estar.
—¿Let it be?
—Sí, decía eso todo el tiempo —confirmó Draco—. Sentí cómo el cantante hablaba de mí. Cantaba con tanta sencillez y tanto sentimiento, que empaticé con él. Y la letra… pensé en mi madre. —Draco tragó saliva, intentando deshacer el nudo que se estaba formando en su garganta—. La echo mucho de menos, Harry.
—Es una canción muy bonita —asintió él. Si le llamó la atención que usase su nombre, no lo dejó notar—. La escribió pensando en su madre también, que acababa de fallecer. Entiendo por qué te ha tocado la fibra sensible.
Draco asintió, sabiendo que si hablaba se echaría a llorar de nuevo. Dejó los cubiertos al lado del plato y se mordió el labio fuertemente para impedirlo. Harry se levantó, lo giró hacia él y, sin levantarle, lo abrazó con fuerza, acariciando su espalda suavemente mientras Draco sollozaba en su hombro.
Harry susurraba cosas que Draco no entendía, pero daba igual, el tono de consuelo era evidente. De repente, Draco cayó en la cuenta. Él, que se había burlado tantas veces de Harry por ser huérfano, estaba siendo consolado por este por ser huérfano.
—Me habría gustado tanto hablar con ella una última vez… —sollozó Draco—. Tenía tantas cosas que contarle… Aun las tengo…
—Díselas —murmuró Harry—. Nuestros seres queridos nos escuchan y están con nosotros.
—Te he puesto la camiseta perdida —se disculpó Draco, gangoso, unos minutos después, cuando consiguió dejar de llorar y moquearle la camiseta a Harry.
—No importa. ¿Te encuentras mejor? —preguntó Harry, sin separarse de él.
—Sí. —Draco hizo una pausa, reflexionando—. ¿Qué quieres decir con que nos escuchan y están con nosotros?
Harry le apretó más entre sus brazos y, susurrándole al oído, le contó la historia sobre lo que ocurrió en el Bosque Prohibido cuando salió al encuentro del Señor Tenebroso, justo antes de que su madre mintiera para entrar en el castillo. Le hablo de cómo había utilizado la Piedra de Resurrección, una de las Reliquias de la Muerte, para ver a sus padres y seres queridos. Estos habían dicho que estaban pendientes de él, aunque no los viese. Aunque sonaba tan fantástica que parecía mentira, Draco le creyó. Le creyó con todas sus fuerzas porque confiaba en Harry y su franqueza.
«Y sus abrazos reconfortantes. Merlín, si abraza siempre así puedo hacerme adicto. Y darme por jodido», reconoció Draco, porque no era que Harry Potter le gustase: estaba enamorado de él.
«No es agradecimiento, ni que sea guapo. Es que es la persona más genial del mundo», sollozó Draco de nuevo, esta vez sintiendo la mezcolanza de sentimientos en su interior.
—Si prefieres no salir, podemos quedarnos en casa —tanteó Harry cuidadosamente, cambiando de tema. A Draco le venía bien hacer ejercicio y, aunque era un frío día de otoño casi invernal, estaba despejado y el brillaba sol. Cuando vio la cara de sorpresa de Draco, explicó—: Me refiero a que habíamos hablado de dar un paseo, pero si prefieres no salir, lo entenderé. Pareces cansado.
—Más que cansado, me siento como si me hubiesen dado una paliza emocional —reconoció Draco con un suspiro—. Dijiste que debería salir para fortalecer los músculos. Me vendrá bien despejarme.
—Perfecto. Toma tus pociones y dúchate mientras yo recojo y friego esto.
Draco asintió y se fue a la habitación. Harry se mordió los labios y empezó a recoger. Ver a Draco tan vulnerable despertaba todos sus instintos de protección, pero debía tener cuidado. No beneficiaría en nada a Draco si este se enamoraba de él por sentirse ayudado y protegido. Y Harry tampoco saldría muy bien parado si no manejaba bien la situación y le explotaba en las manos.
«Pero tampoco podía no consolarlo», se dijo a sí mismo. «Draco necesita curar su mente y corazón tanto como su cuerpo».
Aprovechó que Draco aún estaba en el baño para transformar la cama y la silla. Draco salió del baño con la toalla anudada en la cintura. Harry le vio dudar al mirar la camilla.
—Se me ocurre que puedes dejarte la toalla puesta. Michael dijo que había que aplicar la poción directamente sobre la piel —le ofreció Harry, poniéndose los guantes y sentándose en el taburete—, pero no necesariamente que estuvieses desnudo. Para mí es lo más fácil porque así lo hacemos en el hospital, pero no quiero que pasases un mal rato.
Draco lo miró con desdén. Harry, que ya estaba aprendiendo a descifrar las actitudes de indiferencia y desprecio que Draco adoptaba de cuando en cuando, comprendió que a este le había dolido algo de lo que había dicho, pero no sabía el qué. Había creído que Draco había pasado un mal rato por la vergüenza al estar desnudo con una erección delante de él, pero a lo mejor lo había malinterpretado. Harry sí que había pasado un mal rato con aquello delante, pero no de vergüenza, exactamente. Suspiró, decidiendo que era mejor aclarar el malentendido antes de que fuese a más.
—Intento decir que ayer me dio la impresión de que estabas un poco avergonzado y pensé que preferirías…
—Ya imagino que no es agradable verme desnudo, Potter, no des tantas vueltas —masculló Draco. Harry se mordió los labios, con la sensación de haber empeorado la situación.
—Un momento, Draco. Siéntate, por favor —le pidió Harry. Este, cruzándose de brazos, obedeció—. Tenemos que hablar esto. Durante años nos hemos dicho cosas con intención de hacernos daño mutuamente. Ver ataques en alguien que te ha estado atacando durante tanto tiempo es una costumbre muy difícil de erradicar. Créeme, yo estaba al otro lado.
Hizo una pausa, intentando descifrar en la cara de Draco qué era lo que estaba pensando. Este se descruzó de brazos, relajándose. Animado por su lenguaje corporal, Harry continuó:
—Algunas veces diré cosas que te parezcan mal, Draco, y viceversa. Es lo más normal entre dos personas que se relacionan y conviven, por muy amigos que sean. Ron, Hermione y yo también nos molestamos y enfadamos por cosas que decimos. Dado nuestro pasado, es más que patente que nos pasará más a menudo. Es necesario que ambos entendamos que no nos estamos atacando cuando eso ocurre.
—Tienes razón —comprendió Draco, asintiendo con la cabeza—. Supongo que soy un poco susceptible.
—No, Draco. —No se trataba de que Draco se culpabilizase—. Vivir aterrorizado, ser maltratado y privado de tus derechos humanos en una prisión atroz y vivir durante un año en la calle viendo como todo tu mundo te da la espalda destruiría al más pintado. Tú estás aquí, vivo, siendo Draco. Les has ganado. A todos, a Voldemort, al Ministerio, a los carceleros y dementores, al mundo en general. Y tienes derecho a ser susceptible, que yo lo entienda y te aclare que no estoy atacándote.
—Tú también has vivido lo tuyo y no te enfadas cuando te digo algo desagradable —negó Draco.
—Sí que me molesto a veces —dijo Harry, recordando el episodio de la noche anterior—. Luego recuerdo que probablemente es un mecanismo defensivo y trato de entender por qué lo has dicho. Igual que hago con Ron o Hermione. Es normal enfadarse a veces, diría que hasta sano. También he tenido más tiempo que tú para adaptarme a este tipo de situaciones y domar mi carácter, relacionarme con otras personas, desarrollar mi asertividad…
—Lo haces parecer fácil.
—Ojalá, pero no soy perfecto. —Draco estaba menos tenso y Harry supo que había hecho bien en atajar el malentendido—. Ahora, haz lo que más relajado te permita estar. No importa lo que pase. Como te dije, es saludable que tu cuerpo reaccione y a mí no me va a importa. Si prefieres estar cubierto, yo iré manipulando la toalla para llegar a tus caderas y coxis.
Draco lo miró intensamente durante un segundo. Harry había aprendido que era mejor que dejarle rumiar la información antes de añadir nada más. Finalmente, Draco se levantó con la barbilla alzada, desafiante, retiró la toalla doblándola con cuidado en dos a un lado y se tumbó desnudo boca arriba en la camilla.
Harry contuvo la respiración y se mordió el labio. Era cierto, aunque poco a poco cogía peso, que Draco estaba excesivamente delgado todavía. Su piel maltratada estaba recuperando la suavidad y el lustre de tiempos pasados y su pelo parecía sedoso de nuevo.
Draco debía estar ciego si pensaba que no era agradable de ver. Necesitaba coger peso, pero eso sólo haría que estuviese más guapo, no que ahora se viese mal. Quedaban otras cinco sesiones más. Harry no sabía cómo iba a controlar sus sentimientos para no espantar o condicionar a Draco.
—¿Harry? ¿Está todo bien? —Draco lo observaba, alzando la cabeza.
«Mierda, me he quedado atontado», se dio cuenta, enrojeciendo. Negó con la cabeza y calentó la poción con las manos. Con mimo, empezó a masajear.
Harry tuvo que admitirse a sí mismo que disfrutaba muchísimo tocando el cuerpo de Draco y que podría hacerse adicto. Se preguntó cómo sería hacer aquello simplemente como un paso previo al sexo. El mero hecho de pensar en ello le provocó una erección y Harry se maldijo por estar tan salido y ser tan poco profesional.
Reprendiéndose, intentó concentrarse y aplicarse a su tarea. En silencio, Harry le masajeó todas las articulaciones. La erección de Draco no tardó en presentarse, pero Harry consiguió trabajar sin prestarle demasiada atención. Disfrutar mirándole sin permiso le parecía algo incorrecto que traspasaba una línea que fastidiaría amistad con Draco si este llegaba a enterarse. Cuando terminó, le alcanzó la toalla a Draco, que se sentó en la camilla, cubriéndose.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Harry, quitándose los guantes.
—Puedo mover cualquier parte del cuerpo sin que me duela —dijo Draco, admirado—. Es impresionante. Corner y tú habéis hecho un trabajo impresionante.
—Me alegro —sonrió Harry—. ¿Te vistes y salimos a dar el paseo?
—Sí —contestó Draco, levantándose y cogiendo algo de ropa.
Harry transformó la camilla y el taburete antes de coger su propia ropa y salir de la habitación para dejar que Draco se vistiese. Draco terminó de probarse los zapatos para ver cuáles le quedaban mejor y salieron a la calle. Era un día frío pero soleado, como Harry había previsto.
—Bueno, ¿adónde quieres ir? —preguntó Harry.
—Tú diriges. Yo no conozco la zona, nunca he estado por aquí.
—Vale. Hay un parque a un par de manzanas. Podemos ir hasta allí y volver.
Draco asintió, conforme. Harry metió las manos en los bolsillos. La acera era ancha, pero Draco caminaba junto a él hombro con hombro. Con un cosquilleo en el estómago, Harry pensó que se sentía agradable.
—Hoy me ha preguntado Silvia por ti otra vez —comentó Harry casualmente.
—¿Quién?
—La doctora Gutiérrez. ¿La recuerdas? Te atendió en el hospital hace unos días. Fue quien te dio el alta.
—¡Ah, sí! La mujer que estaba contigo. ¿Sabe que estoy en tu casa? —Draco pareció dudar al preguntar eso.
—¿Preferías que no lo supiese?
—¿Sabes? Es muy Slytherin por tu parte lo de contestar preguntas con más preguntas —dijo Draco—. Lo haces a menudo y es muy frustrante. Consigues que el intercambio de preguntas sea injusto, los demás contestamos mucho más que tú. —Draco se echó a reír, por lo que Harry dedujo que no estaba molesto de verdad.
—Quizás es mi lado Slytherin —le pinchó Harry.
—Es verdad, olvidé que el Sombrero te había calado mejor que todos nosotros —bromeó Draco, dándole un pequeño empujón de camaradería con el hombro.
—¿Entonces? —Harry necesitaba saber si Draco estaba molesto porque Silvia sabía que estaba con él.
—No, no me molesta. No era un secreto —negó Draco—. Ni siquiera la conozco como para que me importe. Sólo me ha sorprendido. Me he acostumbrado a que yo solo te veo a ti y olvido que tenías una vida antes de que me metieses a patadas en ella.
—Lo sabe desde que salí corriendo tras de ti en el hospital. Tuvo que cubrirme las espaldas. Desde entonces me da la lata porque no se cree que hayas mejorado.
—¿Le has contado lo de curarme con magia?
—Ese es el problema. Al principio intenté decir que estabas mejor de lo que había parecido, pero ella también te vio y no coló. Ahora no se cree que puedas haber sanado tan rápido, así que he tenido que decirle que no estás tan bien y que te recuperas poco a poco. Parece que me ha creído y ya no me da la lata para que te lleve al hospital.
—No quiero volver al hospital —contestó Draco tajante.
—No pretendía insinuar lo contrario.
Ambos siguieron caminando en silencio. Pararon en un paso de peatones a esperar a que el semáforo cambiase de color. Harry sentía a Draco tenso a su lado. Buscó otro tema de conversación para distraerle y que se relajase.
—También he hablado con Hermione.
—¿Por la carta del portátil?
—Sí. Le escribí preguntando por tu Detector, para saber si ella sabía algo. —Draco apretó los labios y miró al suelo. Temió no haber escogido bien—. Me dijo que, por lo visto, prohibir utilizar la magia intencionadamente es una violación de los derechos mágicos fundamentales. Algo que sólo se aplica en casos muy extremos. Que seguramente podrías recurrir tu sentencia en el Tribunal Mágico de Derechos Humanos de Ginebra y pedir que anulen esa parte.
—No tengo intención de demandar a nadie —murmuró Draco con voz tensa—. Por si no te has dado cuenta, no tengo nada mío, ni mucho menos capacidad para irme a Suiza, pagar abogados y comenzar un proceso judicial. Como y visto gracias a ti.
—Imaginé que dirías eso, pero creo que es bueno que lo sepas, la vida da muchas vueltas. Hermione estudió Derecho Mágico, si se lo pides seguro que te ayuda.
—Querrás decir si se lo pides tú, Harry —matizó Draco—. Es tu amiga, no la mía.
—Dices eso porque no conoces a Hermione —dijo Harry—. Odia las injusticias. Testificó en tu juicio y está investigando todo lo que puede sobre este tema. No lo haría por mí, lo haría por ti. Y yo también pondría los medios necesarios que estén en mi mano.
Draco se encogió de hombros, aparentemente indiferente, pero Harry ya sabía que ese gesto solía significar que algo le había afectado.
—¿Y sobre el Detector ha averiguado algo? —preguntó Draco.
—Me temo que no. Sólo ha dicho lo que ya sabíamos, que el Detector en menores de edad se activa al subir al tren en Hogwarts por primera vez y se desactiva automáticamente al cumplir la mayoría de edad. Por lo que me ha dicho, la propia naturaleza del hechizo hace imposible manipularlo para ponerlo en una persona mayor de edad.
—Yo ni siquiera sabía que el Detector se aplicaba en el tren de Hogwarts. Yo sí podía hacer magia en casa.
—Sí, por la interferencia con la magia de tus padres. Hermione cree que es plausible que exista o hayan inventado un hechizo con las características que mencionas, pero que no lo ha encontrado. Seguirá investigando. Aunque lo que querría es examinarte, directamente.
—¿Serviría de algo?
—Probablemente —supuso Harry—. Pero antes de que me lo pidas, yo ni siquiera sabría por dónde empezar o qué hacer. Además, si existe, interferir con él o quitarlo podría ocasionarte problemas. Es mejor que Hermione investigue un poco más.
Habían llegado al parque. Harry se quedó parado en la entrada y Draco automáticamente hizo lo mismo, acercándose más a él. Si bien le agradaba su cercanía física, Harry sabía que no era habitual invadir tanto el espacio personal de otra persona. Fijándose, notó que Draco seguía tenso, quizá hablar de su condena.
—Draco, sé que ahora parece no tener solución, pero encontraremos la manera de ayudarte con ese tema también.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Harry levantó las cejas, sorprendido. Esa era la última respuesta que había esperado de Draco
—Me has ayudado con mis dolores y mis problemas —dijo Draco con voz serena, mirando atentamente uno de los árboles del parque—. Me has sacado de la calle y devuelto mi dignidad. Tus amigos están investigando mi sentencia. Eres el Elegido, parece que nada de lo que se interponga en tu camino te supone un obstáculo insalvable. Confío en ti, Harry.
Estaba serio, pero no había utilizado su habitual tono cáustico o sarcástico. Harry dudó, no sabía si estaba molesto por algo que había dicho o, simplemente, cansado del paseo.
—¿Estás bien? —preguntó Harry, pensando que era mejor plantearlo de frente—. Pareces un poco tenso. Si estás muy cansado, podemos buscar un callejón y nos aparezco en casa.
—No lo sé. —Draco pareció dudar y miró a su alrededor, pensativo. —Estoy un poco cansado, pero no tanto. Volvamos caminando.
—Entonces, si no estás cansado, ¿he dicho algo que te moleste?
—¿Eh? —Draco pareció un poco descolocado, volviéndose a mirar a Harry—. No, no. En absoluto. Es sólo… —calló sin terminar la frase.
—Podemos volver a casa tomando esa calle en lugar de por donde hemos venido —sugirió Harry, comprendiendo que Draco no iba a seguir hablando—. Hay una hamburguesería muy buena, podemos pedir algo y cenar mientras vemos la película. ¿Te parece?
Caminaron hasta el restaurante tranquilamente. Viendo que, efectivamente, Draco estaba cansado, Harry le ofreció su brazo como apoyo y este lo aceptó sin rechistar. Mientras esperaban a que les preparasen la cena, observó de reojo que Draco estaba inquieto y miraba alrededor con los ojos entrecerrados.
—¿Buscas a alguien?
—No. —Draco tenía el ceño fruncido y cara de preocupación—. Es una sensación rara. No te rías, ¿vale? Es como… si me estuviesen mirando.
—¿Seguro? —Harry resistió la tentación de mirar a su alrededor y no apartó los ojos de Draco.
—No. Creo que es porque durante mi año en la calle he sido invisible. Daba igual lo que me ocurriera, la gente evitaba contacto visual conmigo, como si el hecho de mirarme les fuese a ensuciar. Incluso cuando me daban comida, lo hacían sin mirarme. Era más eficaz que un hechizo desilusionador.
—Suena horrible —dijo Harry, frunciendo el ceño.
—Lo era —admitió Draco, con sencillez—. Sin embargo… ahora siento dos ojos clavados en el cogote. No es una sensación agradable. Supongo que es la falta de costumbre.
Les sirvieron el pedido. Volviendo a casa, le ofreció el brazo a Draco como apoyo de nuevo y este lo aceptó en silencio. Harry no quería admitirlo en voz alta para no inquietarlo pero, después de que Draco se lo dijese, él también tenía la impresión de sentirse observado.
Antes había estado concentrado en dar conversación a Draco, pero podía jurar que su nuca había cosquilleado. Durante unos segundos, Harry se concentró y no notó nada, llegando a pensar que era simple sugestión. Respiró, relajándose.
Lo sintió. Un incuestionable cosquilleo en la nuca. Harry conocía la sensación de sobra. Alguien estaba intentando traspasar sus barreras oclumánticas. Aceleró el paso todo lo que se atrevió sin alarmar o agotar a Draco.
