Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner. Ellos cobran, yo recibo comentarios. Prefiero lo segundo, personas preciosas.
Es un capítulo de transición hacia el tercer acto. Eso quiere decir que ya estamos llegando al nudo principal :P
Muchas gracias de nuevo por leer y comentar. Sois geniales.
Nuevas experiencias
Draco jadeaba al llegar al portal.
—Merlín, estoy completamente fuera de forma —se quejó a Harry, tratando de recuperar el aliento, mientras esperaban el ascensor—. Espero no tener que correr por mi vida, porque entonces sería más bien corta. Cien metros como mucho.
Harry se echó a reír al oírlo y Draco se alegró de que lo hiciese. Los últimos minutos, Harry había estado inusualmente serio y silencioso. Sin embargo, el pensamiento funesto de que la sensación extraña durante el paseo era un presentimiento hizo que Draco se propusiese caminar por la casa para ponerse en forma.
Estaba casi seguro que no se lo estaba imaginando. Lo que le había dicho a Harry era cierto, había pasado de ser invisible a formar parte de la sociedad, las personas constataban su existencia, aunque sólo fuese un segundo. En cambio, lo que había percibido era diferente, parecido a la vigilancia intensiva. Y estaba convencido de que era algo que ya había experimentado anteriormente. Sí se arrepentía de habérselo comentado a Harry, pues había estropeado su ánimo festivo.
«Quizás ahora está planteándose que está alojando a un majadero que se imagina cosas», pensó Draco, bromeando sólo a medias.
El paseo había sido, a pesar de todo, muy agradable. Sobre todo al principio. Draco se había pegado a Harry un poco por instinto y en busca de protección, pero luego se había dado cuenta de que caminar cerca de él era excitante. Harry tenía una temperatura corporal tan alta que Draco había podido percibir su calor incluso sin tocarle. Cuando le había ofrecido el brazo como apoyo, Draco había aceptado con gusto, acariciando el fuerte músculo bajo su mano, llamándose estúpido por considerar sensual algo así. En el portal, Harry había intentado sacar las llaves sin zafarse de la mano de Draco, pero con la bolsa de la cena en la otra mano, había sido imposible y había tenido que acabar soltándolo.
Esperando al ascensor, Draco volvió a agarrarse a él, mirando de reojo a Harry por si se sentía molesto por la invasión. Harry esbozó una pequeña sonrisa satisfecha y Draco se relajó. Súbitamente, cayó en la cuenta de que, si bien Harry sí había establecido contacto físico, él apenas le había tocado por iniciativa propia y tenía que admitir que se sentía muy bien.
Se soltó otra vez para permitirle abrir la puerta del piso. Decepcionado, Draco descubrió que no tenía razones para volver a tocarle. Horrorizado, advirtió que su cerebro se había puesto en marcha, buscando excusas que le permitieran «manosear» a Harry sin levantar sospechas.
«Enamorado sí», se reprendió a sí mismo, «pero eso es pasarse de la raya».
Harry se descalzó y dejó la bolsa en la barra de la cocina. Draco necesitó sentarse un momento en uno de los taburetes para recuperar el aliento. Estaba realmente cansado.
—Pareces agotado —dijo Harry, tentativo, con preocupación—. A lo mejor me equivocaba y era demasiado pronto.
—Sólo estoy un poco fuera de forma, Harry —contestó Draco, intentando quitarle importancia—. Tampoco es que hayamos corrido diez kilómetros. Aunque es cierto que en el último tramo parecía que te persiguiese un dementor.
—Ah, es que… —dudó Harry. Draco alzó las cejas, divertido—. Lo siento. Estoy acostumbrado a caminar solo y cuando me sumerjo en mis pensamientos no me doy cuenta de que acelero el paso.
—No importa. ¿Cenamos y vemos la película?
—Estás ansioso, ¿eh?
—Un poco —admitió Draco con un gesto culpable.
—¿Conseguiste terminar el libro?
—Estoy llegando al final. No me puede faltar mucho, la trama principal ya casi ha terminado, aunque me quedan unas cien o doscientas páginas.
—Tolkien se lo toma con calma para cerrar la historia. Es algo que me gustó mucho en su momento, te cuenta una historia con la excusa de contarte otra, sobre todo al final.
—No me digas más —le advirtió Draco—, no quiero que me chafes ninguna sorpresa.
—Vale —le concedió Harry, riéndose. Sacó los paquetes de la cena, colocándolos encima de la mesa del sofá.
—¿Comemos ahí? —preguntó Draco, extrañado.
—Sí, mientras vemos la película.
—Pensaba que viendo la película se comían palomitas.
—Por poder, puedes comer lo que quieras. ¿Quieres palomitas?
—Sí, pero si vamos a cenar, a lo mejor luego no me entran —contestó Draco, totalmente en serio.
—Pues deja de dar guerra —bromeó Harry—. Ponte ropa cómoda, si quieres, en lo que pongo el DVD.
—De acuerdo. —Draco pasó por el baño, ya que no quería tener que levantarse durante la película, y se cambió rápidamente.
—¿Has probado alguna vez la Coca-Cola? —Harry estaba sacando del frigorífico un par de botes.
—Sé lo que es. Todos los muggles están locos por ella. Pero no, nunca la he bebido.
—Pues vas a tener la experiencia muggle más muggle del mundo. Si hay algo muggle que haya triunfado en todo el mundo, vayas donde vayas, es la Coca-Cola.
—No me lo creo.
—No te lo creas —rio Harry, que había abandonado el gesto serio que tenía desde que habían recogido la cena y volvía a estar risueño. A Draco le gustaba su sonrisa, le hacía muy guapo—. Es cierto, es el producto más internacional que conozco. Existe en casi todos los países. Y en los que no, lo meten de contrabando.
—Sí que tiene que estar rico.
—Sobre todo está dulce, tiene toneladas de azúcar.
—Eso es una buena noticia —dijo Draco con una carcajada—. He traído mis pociones aquí para no tener que levantarme a tomarlas.
—Buena idea —aprobó Harry.
—Además, he aprovechado a pasar al baño también. No quiero perderme nada.
—Draco, la película puede pararse si necesitas ir al baño. No tienes que aguantarte.
—Eso no lo sabía —dijo Draco, sintiéndose estúpido. Se sentó en el sofá, alineando cuidadosamente las pociones en su lado de la mesa.
—No tenías por qué saberlo, no recuerdo habértelo dicho —comentó Harry, dejando un par de vasos en la mesa—. Voy a ir al baño y cambiarme yo también.
Draco aprovechó para cotillear la cena. Harry había pedido lo que le había parecido bien, ya que cuando le había preguntado, Draco no había sabido qué le gustaba de la oferta de la carta. Las cajas estaban calientes, algo que sorprendió a Draco, que esperaba una cena fría. Estudió la textura de las cajas, imaginando que el secreto era su capacidad de retener el calor, ya que al abrir una de ellas escapó una pequeña cantidad de vapor.
—Aparta, Lady. Esto no es para ti, tú tienes tu comida de gato —dijo Draco, sin mucha convicción, cuando Lady intentó subirse a la mesa para oler la comida—. Eres un poco chismosa, ¿no te lo habían dicho? Venga, huélalo todo, señorita, no se prive usted ni un poquito.
Lady examinó detenidamente todos los envases, maulló con desprecio en dirección a Draco y bajó de un salto de la mesa, indignada.
—Siento que no estuviese todo de su gusto, señorita. Cómo no se lo va a comer usted, supongo que su opinión no es relevante. —Lady le contestó con un maullido y Draco se río al pensar que estaba discutiendo con el gato. Al oír a Harry salir de la habitación, preguntó—: ¿Cómo decías que se llama esto?
—Hamburguesa. Es típica de Estados Unidos, creo. Pero existe en todo el mundo. Las suelen vender en restaurantes de comida rápida, pero esas son bastante malas. Estas son artesanales, en este bar las hacen genial.
—Nunca la había probado.
Draco la examinó con ojo crítico. Un montón de ingredientes se apilaban en una torre, dispuestos al azar. A simple vista, distinguió lechuga, tomate, beicon, carne y queso entre dos rebanadas de pan redondo grueso. Arrugó la nariz, no muy seguro de que esos ingredientes conjugaran. Draco había visto comida fusión en algunos restaurantes mágicos de élite y, en comparación, este era un plato muy tosco.
—No seas tan desconfiado, que te va a gustar. —Harry estaba abriendo el resto de cajas. En una había patatas fritas. En la otra, unas bolitas pequeñas también fritas—. ¿Las patatas y las croquetas sí las habías probado?
—Las patatas sí. Lo otro no.
—Tampoco yo he visto croquetas en el mundo mágico. Claro que, salvo la señora Weasley, nunca he visto a nadie cocinar. Nunca las comimos en Hogwarts, que yo recuerde.
—Imagino que será una comida muggle francesa.
—Ni idea, ¿por qué lo dices?
—Por el nombre. Suena como crujir en francés.
—¿Sabes francés? —preguntó Harry con tono de admiración.
—Y español e italiano —presumió Draco.
—Guau. Qué envidia. ¿Dónde aprendiste?
—De niño, antes de Hogwarts —explicó Draco—. Los idiomas formaban parte de mis clases con tutores, junto con matemáticas. Era importante para mantener los negocios familiares.
—Tiene sentido.
—También aprendí un poco de chino durante mis veranos de Hogwarts, pero lo abandoné cuando él volvió y lo poco que aprendí lo he olvidado. ¿Podemos empezar la película ya? —preguntó Draco, impaciente y deseando cambiar de tema.
Harry asintió, comprensivo, y apagó la luz. Draco vio que Harry había olvidado los cuchillos para cortar la comida y se levantó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry, que estaba manipulando ya el mando a distancia.
—Faltan los cuchillos.
—Esto se come con las manos, Draco. —Draco puso cara de horror y Harry sonrió maliciosamente al verlo—. Bastante que nos han puesto tenedores para las patatas.
—¿Con las manos? —Draco intentó recordar cómo de concienzudamente se había lavado las manos tras utilizar el baño—. Pero limpiar…
—Sí, se aplasta un poco, se agarra por los extremos y se come a bocados. Mira —dijo Harry, mostrándole unos sobres—, tenemos unas toallitas para limpiarnos después.
—Estarás pensando que soy idiota por ser tan escrupuloso teniendo en cuenta qué comía hace unos días —musitó Draco.
—No eres idiota, Draco —negó Harry con una sonrisa de ánimo, tirando de la muñeca de Draco para obligarlo a sentarse de nuevo—. Está bien. ¿Necesitas lavarte las manos de nuevo antes de empezar?
Draco negó y, aprovechando las letras iniciales, en fijó en cómo Harry empezaba a comer su hamburguesa. Procuró imitarle con más ganas que éxito. Harry lo hacía parecer fácil, mientras que a él se le intentaban escurrir los ingredientes por los lados.
Una explosión de sabor le inundó la boca al morderla. Había todavía más ingredientes de los que había visto en el primer vistazo y, lejos de ser un galimatías asqueroso, estaba muy bueno. Murmuró de placer, lamiéndose la salsa que se le escurría por los dedos con deleite. Con el rabillo del ojo, Draco vio a Harry sonriendo con suficiencia y señalándole las servilletas desechables.
La película le atrapó desde el primer segundo y Draco pronto estuvo absorto, recordando apenas seguir comiendo. Se volvió a mirar a Harry una vez, cuando este le ofreció las croquetas. Al probar una, le gustó incluso más que la hamburguesa. Harry ya no recibió las croquetas de vuelta, pero Draco no sintió ni pizca de arrepentimiento. Cuando acabó la cena, se tomó sus pociones, se acurrucó en el sofá, intentando acercarse un poco a Harry, y se abrazó a su vaso de Coca-Cola fría.
Harry empezó a cabecear a mitad de la película. Cuando su cabeza comenzó a balancearse, Draco dejó el vaso casi vacío encima de la mesa y le guio hasta su hombro. Harry se acomodó con un ruidito de satisfacción que fue directo a la entrepierna de Draco. Paulatinamente, se fue dejando caer más, hasta quedar tumbado con las piernas colgando del otro lado del sofá y la cabeza encima de las piernas de Draco. Draco se recolocó para facilitárselo, disfrutando del contacto físico.
Draco pensaba que Harry no podía estar cómodo en aquella postura, pero la respiración profunda de este y sus ocasionales ronquidos le decidieron a no despertarlo. Además, egoístamente, Draco pensaba que era una buena excusa para tocarlo, ya que si Harry despertaba, bastaría con decirle que no había querido molestarlo.
Harry lucía cansado. Con el rostro relajado, Draco podía ver en él las huellas del agotamiento. Se sintió culpable, pensando que, seguramente, en un sofá tan pequeño se debía dormir fatal. Igualmente, Harry había estado trabajando y cuidando de él a tiempo completo.
Le acarició la mejilla, ligeramente rasposa. Harry, con un murmullo, apretó la cara contra su mano, frotándose con ella. Draco relajó el otro brazo, dejándolo caer suavemente sobre el pecho de Harry. Se distrajo unos segundos, deleitándose en sentir cómo se elevaba y descendía al ritmo de la respiración.
Draco se estremeció, excitado. No era un toque muy íntimo, pero Draco nunca había tenido la oportunidad de tocar a nadie así. Tampoco le habían tocado con ese cariño. Una puñalada de dolor físico le atravesó el pecho al saber que probablemente nunca lo experimentaría, porque nadie querría estar con él. Los magos por mortífago y los muggles por vagabundo. Sólo Harry, que precisamente había conocido ambas facetas, lo había aceptado sin dudar.
Con un suspiro, Draco sumergió de nuevo en la película, intentando no moverse, como sabía que había hecho, inconscientemente, la vez anterior, para no despertar a Harry y seguir disfrutando del tacto de su mejilla. Se atrevió a dirigir las caricias hacia el pelo de Harry, hundiendo la mano en él. Siempre encrespado y apuntando en todas direcciones, Draco había imaginado que sería áspero pero, aunque de filamento grueso y muy diferente del fino cabello rubio de Draco, era suave y abundante. Suavemente, masajeó el cuero cabelludo, satisfecho cada vez que Harry gorjeaba de placer en sueños.
Dos horas más tarde, la película terminó. Draco suspiró, emocionado porque le había encantado. Su cuerpo aún tenía adrenalina de las escenas de acción circulando en sus venas. Él había sabido que los buenos ganaban la batalla al final, pero los muggles habían conseguido transmitir la desesperación y tensión de la pelea.
Le maravillaba que los muggles tuvieran una tecnología que les permitiese hacer esas cosas. Viviendo en la calle, Draco había sospechado que los magos se habían acomodado, gracias a su magia, y se habían quedado un poco obsoletos, pero el ingenio muggle era sorprendente. Si tan sólo su padre se hubiera dignado a conocer un poco todo aquello, probablemente no los habría odiado como lo hizo.
«O quizá sí, era un psicópata», se reprendió Draco, enfadado por seguir teniendo la costumbre de justificarlo.
Draco no los odiaba. No los había odiado ni siquiera cuando llamaba sangresucia a Granger. Pero no podía negar que su visión había sido bastante limitada e ignorante y había aprendido que la ignorancia era el mejor fuelle para azuzar el miedo y el odio. Suspiró, intentando apartar los funestos pensamientos que insistían en entrar en su cabeza.
Prefería pensar en que Harry estaba descansando plácidamente sobre sus piernas. Le sorprendía cómo en menos de una semana se habían acomodado el uno al otro. No se engañaba, ambos habían hecho un esfuerzo por aparcar años de rencor y llevarse bien. Pero también era cierto que Harry se había desvivido no sólo por ayudarle, sino por complacerle.
Por fin entendía la popularidad que Harry había tenido entre sus amigos. Se sintió aliviado de no haberlo conocido de esa manera en Hogwarts, pues se habría enamorado y los sondeos de legeremancia de Bellatrix habrían sido más jodidos. Una idea vino a su cabeza, y Draco dio un respingo.
Harry se revolvió por el movimiento. Draco se quedó paralizado, sin atreverse a seguir acariciándole, alerta por si se había despertado. Esperó unos segundos antes de seguir acariciándole el pelo y sonrió satisfecho cuando Harry emitió otro sonidito de placer.
«Bellatrix. Legeremancia», repitió Draco mentalmente, sintiendo la tenaza de la ansiedad en el estómago. «Joder, eso era. Lo sabía. No era una paranoia. Sabía que estaban observándonos».
No entendía por qué había tardado tanto en reconocer el cosquilleo en la nuca que indicaba que alguien estaba intentando traspasar sus barreras oclumánticas. Draco todavía tenía sus barreras mentales indemnes. Era una habilidad que podía utilizarse sin varita por lo que, los primeros años en Azkaban, la había practicado con asiduidad.
Bellatrix había disfrutado intentando invadir su mente para hurgar entre sus recuerdos a placer. Su madre y Severus habían decidido enseñarle Oclumancia para ayudarle a protegerse. Su padre se había negado, alegando que era absurdo, ya que el Señor Tenebroso era muy hábil con la Legeremancia y nadie podía resistirse a él.
No sabía si eso era cierto, porque Draco no se había visto en la tesitura ocultarle nada que le interesase. Cuando Harry y sus amigos habían llegado a Malfoy Manor, Bellatrix había sabido que Draco mentía sólo con mirarle y nadie había estimado necesario leerle la mente. Severus le había aconsejado que no hiciese gala de sus habilidades oclumánticas y que únicamente las utilizase para proteger recuerdos concretos y emociones puntuales. Draco había escondido dos o tres recuerdos íntimos relacionados con su madre que no quería que fuesen contaminados y, sobre todo, luchaba por ocultar su miedo.
Bellatrix era capaz de oler ese miedo. En la Mansión le había asaltado constantemente para hurgar en su mente. Draco había simulado una defensa básica, la que todo mago puede entrenar sin varita alguna, para que esta no sospechase de sus capacidades reales. Al final, se había acostumbrado al hormigueo en la nuca cada vez que Bellatrix intentaba entrar en su cabeza desde varios metros de distancia, algo mucho menos eficaz que mirándole a los ojos y con una varita.
Sopesó contárselo a Harry. Por un lado, este era un mago poderoso y seguramente tenía habilidades similares y habría notado la misma sensación. Por otro lado, Harry no era un exmortífago, no debía ser a él a quien estaban vigilando. Quizá era alguien intentando adivinar sus intenciones con respecto a Harry. Decidió no decirle nada todavía y estar alerta si volvían a salir.
Lady interrumpió sus pensamientos saltando encima de las piernas de Harry y paseándose encima de él. Draco la fulminó con una mirada asesina. Iba a despertarlo y él quería disfrutar acariciándolo un rato más. Lady buscó un hueco cómodo en las piernas de Harry donde enroscarse. Draco le chistó, molesto, intentando ahuyentarla.
—No te metas con ella, podéis compartirme. —La voz de Harry sonó soñolienta.
Draco se apresuró a retirar las manos del pecho y el pelo de Harry, colocándolas en el respaldo y el reposabrazos respectivamente, asustado. Harry le estaba mirando con una plácida sonrisa. Draco sabía, por el calor de sus mejillas, que se había sonrojado y que toda su cara y lenguaje no verbal gritaba culpabilidad por haber sido pillado con las manos en la masa.
—No… no quería que te despertase, parecías cansado —tartamudeó Draco. «Al menos, no es mentira», pensó, ruborizándose aún más.
—Me despertaste tú hace unos minutos con un movimiento brusco y me desvelé. —Harry estaba riéndose quedamente de él. Volvió a cerrar los ojos, acomodándose como un gato.
Draco sintió una sensación vertiginosa en el estómago. No era que Harry se hubiese acomodado mientras estaba dormido y hubiese disfrutado en sueños de sus caricias. Estando despierto, había decidido que estaba a gusto en esa postura.
—Me gustaba lo que estabas haciendo —indicó Harry en voz baja.
Más rápido que si Harry le hubiese lanzado una imperius, Draco se apresuró a volver a acariciarle el pelo. Harry volvió gorjear de placer. Draco se estremeció, sintiendo un tirón en las inglés. Perezoso, Harry tanteó el respaldo del sofá. Encontró la mano de Draco, la cogió y se la llevó al pecho, justo donde había estado hasta hacía unos minutos. No la soltó.
—¿Te ha gustado la película? —preguntó Harry sin abrir los ojos.
—En su mayor parte sí. Pero no entiendo lo de los elfos en Helm.
—¡Ah! Bienvenido al club —contestó Harry con ironía—. Sabía que dirías eso. Se supone que el director pensó que podía dar una visión sobre el declive de los elfos en la Tierra Media.
—¡Ah! —Draco se quedó callado unos segundos, digiriendo la información—. La batalla es espectacular.
—Fue la mejor batalla épica del cine… hasta la tercera parte.
—En cuanto me acabe el libro la vemos —Harry asintió con la cabeza—. Deberíamos irnos a la cama, que tú tienes que trabajar.
Harry volvió a asentir, pero no se movió. Con el dedo pulgar, Harry comenzó a trazar suaves círculos sobre el dorso de la mano de Draco. Este sintió su pecho hincharse de mariposas aleteando.
«¿Está correspondiendo mis caricias como algo amistoso?», se preguntó Draco, inseguro. «¿O siente lo mismo que yo?»
Descartó esa idea. Nadie se sentiría atraído por él. Harry había estado obsesionado con él durante su adolescencia y viceversa, no tenía sentido eludir su parte, pero no era lo mismo. En aquella época Draco era muy guapo y lo sabía.
«También era un cabroncete pijo y presuntuoso, pero eso iba en el pack de adolescente», quiso creer Draco. «Ahora soy un simple despojo que no importa a nadie».
Comprendió que si había alguien que podía ver más allá de las apariencias, era Harry. El chico que había entendido que Draco era incapaz de asesinar a nadie, el chico asustado que no quería morir, el hijo que deseaba agradar a su padre a toda costa, el hombre perdido que necesitaba ayuda desesperadamente, pero que había sido abandonado por todos hasta que se creyó que, en efecto, no valía nada.
Harry había declarado en su favor cuando eran enemigos. Había visto lo peor de Draco en el mundo mágico. Había visto lo peor de él en el mundo muggle, donde nadie le miraba ni estaba dispuesto a ayudarle más allá de lo legalmente exigible. Si había alguien que podía verle caer en lo más profundo de dos mundos diferentes y aceptarle de vuelta en ambos era el Chico-Que-Vivió para llevar la contraria a todos.
«Ojalá las cosas fuesen diferentes y tuviera algo que ofrecerte a cambio que no fuese mi cariño», lamentó Draco.
—Puedo oír a tu cerebro trabajar desde aquí —murmuró Harry. Draco se quedó en silencio—. Un sickle por tus pensamientos.
—Es como un sueño estar aquí, así. —Draco decidió ser sincero. Al menos un poco—. Nos conocemos desde hace… ¿dieciocho años? La mitad de ese tiempo hemos sido enemigos y la otra mitad nos hemos ignorado mutuamente. Ahora hemos aparcado nuestras diferencias y aquí estamos con la confianza de dos amigos que llevaran viviendo juntos toda la vida.
—Hemos vivido mucho juntos, aunque no lo parezca. Y sí te considero mi amigo y confío en ti.
—Sobre todo porque tú fuiste capaz de aparcar esas vivencias para tratar de ayudarme. Dos veces. Y sé que has tenido que respirar hondo, no he sido un buen paciente al principio.
—Tú también has sido capaz de hacerlo.
—Gracias a ti. —Draco parpadeó. Estaba emocionado y los ojos se le inundaron de lágrimas—. Creo que no te lo he dicho lo suficiente: gracias.
—No hay que darlas.
—Viste lo peor de mí en el mundo mágico y estuviste ahí para echarme un cable. Ahora has visto lo peor de mí en el mundo muggle y has vuelto a hacerlo. Claro que tengo que agradecértelo.
Harry se tensó y perdió la sonrisa, pero volvió a relajarse inmediatamente. Draco casi pensó que lo había imaginado pero, unos segundos después, Harry dejó de acariciar su mano, bostezó y se levantó. Draco maldijo a la sinceridad y a quien la había inventado. A Harry parecía haberle molestado que le diese las gracias, a pesar de que Draco pensaba que había sido mala educación no hacerlo antes.
—Tienes razón, es hora de que nos vayamos a dormir. Voy a recoger esto —propuso Harry, consolando con una carantoña a una malhumorada Lady, molesta por ser privada de su cómoda cama entre las piernas de su humano.
—Espera, lo hacemos juntos —dijo Draco, levantándose, ya totalmente roto el momento.
Entre los dos tardaron poco en recoger y limpiar los restos de la cena. Entraron a la vez al cuarto de baño para lavarse los dientes. Harry le golpeó amistosamente el hombro para hacerse hueco en el lavabo y poder enjuagarse la boca. Cuando se incorporó, le sonrió a través del espejo. Draco le devolvió bobaliconamente la sonrisa, quedándose con el cepillo dentro de la boca como un idiota. Harry guardó el cepillo en el vaso y, poniéndose de espaldas a él, se dispuso a orinar en el retrete.
—Termino en un segundo y salgo —se sonrojó Draco, apresurándose a enjuagarse.
—No seas mojigato, tú también creciste en un internado —le espetó Harry con una carcajada—, salvo que en Slytherin tuvieseis baños individuales.
—No, no los teníamos —admitió Draco, turbado por la desinhibición de Harry.
—Por cierto, mañana trabajo, pero por la tarde. Entro después de comer y llegaré después de cenar, justo al comienzo del turno de guardia nocturno. Después me corresponden un par de días libres.
—De acuerdo. —Draco se apartó para permitirle lavarse las manos y se acercó al retrete para utilizarlo también.
—Si te parece bien, te daré el tratamiento antes de irme. —Draco asintió, de espaldas a él. Harry debía estar mirándolo, porque añadió antes de salir—: Perfecto, entonces. Buenas noches, Draco. Descansa.
—Buenas noches, Harry.
