Capítulo 3: El Estribillo

2 de Noviembre de 1986

Minerva tuvo la astucia de arrinconarlo finalmente fuera del Castillo.

Snape acababa de escabullirse del apotecario – habiéndose quedado sin ingredientes para la Poción de Sobriedad por el récord de una tercera vez en una semana – cuando la Subdirectora llegó corriendo por la acera y lo agarró del brazo. Sin previo aviso, la mujer los Apareció fuera de Hogsmeade y junto a una pequeña iglesia de piedra encaramada sobre un acantilado con vistas al arremolinado mar plateado.

La compresión y el caos del viaje no le hicieron ningún favor a su cabeza palpitante. Snape se encontró en el suelo de piedra expulsando violentamente el contenido de su estómago. Con mezquina satisfacción, vio que la salpicadura ácida arruinaba el prístino brillo de las botas de Minerva.

Para darle crédito, ella no se inmutó ante el desastre, simplemente lanzó un encantamiento protector y le ofreció un níveo pañuelo blanco para que se limpiara el rostro cuando terminó. Temblando, él se levantó sobre sus rodillas, y ella le entregó sin una palabra un frasco azul profundo con una desafiante inclinación de cabeza.

Él no se molestó en preguntar lo que era; si ella realmente deseara envenenarlo, él no pondría objeción. El revoltijo de sabores era absolutamente atroz, y catalogó el brebaje gorgoteando por su gaznate como una mezcla de Poción de Sobriedad, filtro de paz y un agudizante del ingenio. Hecha en casa, entonces, reflexionó mientras el mundo parecía inclinarse y luego volver a asentarse en su eje con un ruido sordo. A la moribunda luz del día, era imposible deducir su ubicación, pero calculó que estaban todavía en Escocia.

"¿Dónde estamos?" preguntó rotundamente, sintiendo que debería mostrar cierto disgusto por ser secuestrado y arrastrado sumariamente por el país.

"En Mull," respondió ella sucintamente, y desvaneció el vómito a sus pies.

Por el rabillo del ojo, Snape vio a un anciano marchito salir de la iglesia y se puso rígido al ver al Muggle. Al ver el movimiento, Minerva se giró y luego se relajó.

"Es mi padre. Es el vicario."

"¿Y por qué," inquirió él heladamente, desenterrando los restos de su ira, "…hemos viajado a la pintoresca Mull azotada por el viento para visitar a un personaje tan augusto como tu padre?"

Comprimiendo los labios ante la expresión amotinada de él, ella señaló hacia las pesadas puertas de madera de la iglesia. "Entra, y te lo diré. No me hagas obligarte, muchacho. No eres el único veloz con una varita, y no necesito recordarte que ya has demostrado ser bastante lento en la recepción una vez esta noche."

Hubo un tenso punto muerto antes de que Snape cediera con un encogimiento de hombros despectivo. ¿Por qué mierda me importa lo que quiere? Cuanto más rápido termine esto, más rápido puedo regresar a mis habitaciones…

Los aposentos de las mazmorras que llamaba su hogar eran el único lugar en que podía encontrar algo aproximado al consuelo, y eso sólo porque podía beber hasta el estupor. Snape había vivido en la botella durante cinco años y dos días; cinco años y dos interminables días desde su masivo fracaso, desde que Lily había sido asesinada y el Señor Tenebroso fue derribado por su propia maldición.

No había habido indicios en aquella terrible noche de que el mundo estaba a punto de derrumbarse. De hecho, había estado bastante aburrido hasta que su Marca Tenebrosa había estallado en un ardiente paroxismo de agonía justo en medio del Banquete de Halloween. Al ver su condición y adivinando con precisión la causa, Albus lo había encerrado en el despacho del Director y enseguida desapareció en un remolino de llamas de fénix. Solo, el dolor de la Marca Tenebrosa casi había vuelto loco a Snape. En un esfuerzo por aliviar el horror, había bebido hasta secar el despacho, e hizo un intento creíble de cortarse el brazo antes de desmayarse finalmente.

Snape había despertado tres días después en la Enfermería. Una compasiva Poppy Pomfrey le había relatado los acontecimientos, y él de inmediato se había ido a la mierda a sus habitaciones para ahogarse en una juerga épica. Había terminado cuando los Aurores lo habían arrestado por cargos de alta traición y por ser Mortífago.

En el último minuto posible, Albus había intervenido y lo había salvado de ser sentenciado a una lenta, pero a la larga bienvenida, muerte en Azkabán. Dejado caer directamente de vuelta a sus obligaciones docentes y de Jefe de Casa, Snape fue abandonado a una vida de desorden como si nada hubiera ocurrido.

El dolor, la culpa y la vergüenza eran sus compañeros constantes. Visiones de Lily lo atormentaban en cada esquina, e hizo todo lo condenadamente posible por erradicar sus restantes emociones y conexiones. Beber se convirtió en su única salida, y si el tono ictérico de su piel era un indicador, sería su muerte más temprano que tarde. Suponiendo, por supuesto, que los entrometidos, sabelotodo y bienintencionados que me rodean no interfieran… lo que dados los acontecimientos de hoy, parece bastante improbable. Parece que una intervención está en el orden de la noche. Bueno, ¡buena suerte con eso, patito! A menos que puedas traer de regreso a los muertos, no tienes más oportunidad que una bola de nieve en el infierno…

Dirigiendo a Minerva una mirada agria, entró en la sombría iglesia, otorgándole a su padre un brusco asentimiento de reconocimiento cuando se deslizó a su lado. Ella se mantuvo firme tras sus talones todo el camino y sólo se quedó atrás una vez las puertas hubieron sido firmemente cerradas y aseguradas tras ellos.

La capilla estaba oscura y fresca, el continuo silbido de las olas y el viento de repente sofocado por los gruesos muros de piedra. Algo se retorció incómodamente en su pecho; Snape no podía recordar la última vez que había pisado una iglesia. Un susurro a su izquierda le indicó que Minerva por fin estaba alejándose, y después de un momento, oyó el familiar raspón de una cerilla y captó un olor a fósforo.

Una frágil llama dorada dio a luz a otra cuando Minerva encendió cuidadosamente una docena de velas votivas de cera de abejas. La suave luz era amable con su rostro, borrando varias décadas y otorgándole una especie particular de inocencia. Para su sorpresa, ella se arrodilló con reverencia y juntó las manos en oración; la repentina oleada de tristeza en su rostro fue suficiente para hacerlo retroceder con brusquedad, buscando instintivamente algo más en lo que concentrarse.

Su padre había encendido una larga vela y estaba avanzando laboriosamente por el pasillo, una dolencia en la cadera acortando su paso en un cojeo. Alrededor de una docena de bancos se alineaban en el camino hacia el altar y Snape observó el lento viaje del anciano con las tripas inquietamente agitadas. Con un gruñido casi silencioso, el vicario se empujó arriba de los cinco escalones que separaban el altar del resto de la capilla. Cuando la luz titubeante llenó la parte superior de la iglesia, Severus sintió que se enfriaba por completo.

Allí, en un lugar de honor a la derecha del atril, había un hermoso, distintivamente antiguo y muy querido piano de cola. La madera bien pulida parecía brillar con promesa, y fue como ser golpeado por un hechizo cortante. Cinco años, recordó con dolor, cinco años y tres días desde la última vez que toqué el piano…

Ni siquiera había sido capaz de entrar en la maldita sala de profesores durante los primeros dos años tras el asesinato de Lily. El casco silencioso de un piano había sido un recordatorio acusador, punitivo, del horror que él había forjado. Lo enfermaba incluso ver el maldito instrumento; después de todo, había pagado toda la generosidad y amabilidad de la Sra Evans logrando que su hija fuera asesinada. Con vergüenza, Snape se preguntaba si ella conocería su parte en la muerte de Lily. ¿Había arruinado la magia de la música para ella, también?

Un susurro de tartán llamó su atención de vuelta a Minerva, y vio que su expresión era directa y determinada cuando se levantó de sus rodillas.

"¿Por qué me has traído aquí?" siseó él, conociendo ya la respuesta.

En lugar de responder, ella desvió con su propia pregunta. "¿Sabes qué día es, Severus?"

"Dos de noviembre, mil novecientos ochenta y seis," replicó él, sintiendo un ramalazo de ira elevar el cabello de su nuca.

"Es el Día de Todas las Almas," continuó ella con calma. "Un día para llorar a los que han fallecido antes que nosotros."

Le costó un esfuerzo monumental callarse su primera respuesta – ¡puedes irte a la mierda con tu maldita charla de almas! – y se decidió por una silenciosa mirada fulminante, cruzando los brazos sobre el pecho.

La Subdirectora no se vio afectada en absoluto por su actitud. "Te traje aquí esta noche porque necesitas llorar. Severus…" Inesperadamente, su voz se quebró, una extraña emoción ondeando en su nombre. "…no puedes seguir así…"

"No. Me. Importa," enunció con pedantería, las manos apretándose en puños.

"Sí, lo hace," murmuró ella, extendiendo la mano para tocarlo. Desafiante, él se inclinó fuera de su alcance, y Minerva simplemente sacudió la cabeza, dejando caer el brazo. "Sé que la amabas…"

"¡No sabes nada!" bramó él, la voz retumbando en los muros de forma estridente. En la estela del sonido, las velas parpadearon.

Los grandes, oscuros ojos de ella eran insondables mientras lo observaba. "Comprendo lo que es perder a quien más aprecias. Más importante, también sé esto: su hijo todavía vive, y nuestra lucha no ha terminado. Él no se ha ido. Lo sabes, Severus. Todavía llevas Su Marca."

Severus no podía hablar, sintiendo que todo el terrible sentimiento reprimido en su interior estallaría en un río de dolor y odio si pronunciaba una sola sílaba.

"Es algo absolutamente espantoso pedírtelo, Severus, pero debes sobrevivir a esta pérdida. Debes vivir… no tenemos ninguna esperanza de ganar si no estás de nuestro lado."

Entonces ella lo tocó, abarcando su mejilla suavemente antes de dejar caer la mano a su corazón palpitante. "Llora. Toca. Di adiós. De algún modo, debes averiguar cómo volver a ser humano."

"Me pides tan poco," dijo él por fin con voz estrangulada, dándose cuenta tardíamente de que estaba jadeando rápidamente con toda su justa furia.

"Lo sé," susurró Minerva, los ojos llenándose de lágrimas. "Lo sé, Severus, y lo siento tanto. Por tantas cosas… pero debes hacerlo. Todos tenemos nuestro papel, y tenemos que seguir adelante."

Secándose el rostro, ella habló en tono más enérgico. "He protegido la iglesia para que nadie entre, y no pueda hacerse un daño duradero por hechizos o por la fuerza. Estaré con mi padre en la rectoría." Sin otra palabra, se volvió y lo dejó solo en la oscuridad salvo por el parpadeo de las votivas.

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Recordaba muy poco de aquella noche interminable; podía recordar sólo destellos de estar tirado en el frío suelo de piedra sobre sus rodillas, rogando perdón, y gritando a los dioses – gritando a cualquiera – que sólo lo escucharan. Pero no hubo tratos de Fausto que hacer, y finalmente, se encontró agotado y temblando en el banco acolchado del piano de la iglesia.

Lágrimas mezcladas con sudor gotearon sobre la reluciente madera, aterrizando con salpicaduras grasientas. Severus no se atrevió a tocar el teclado al principio, sintiendo que sus manos de largos dedos lo saquearían como lo habían hecho con mucho más. Como un imán, el instrumento atrajo sus manos cada vez más hacia adelante, y lentamente, con cautela, acarició el Do central. La nota que resonó, fragante de magia – de su magia - se onduló por su espina dorsal y a través de la iglesia como una campana de clarín. Aflojó algo en su pecho, y descubrió que de repente podía inhalar más profundamente. Cerrando los ojos, buscó la música que se arremolinaba en su interior; buscó a Lily, y la compasión y el amor y la amistad que lo habían ligado tan inequívocamente. Deliberadamente sacó a flote los recuerdos del tiempo pasado con su madre, y la alegría que la Sra Evans le había transmitido durante sus lecciones. Severus incluso resucitó aquellos pocos días felices en que había estado en favor con su propio padre. Con esos recuerdos colgando espesos y pesados en el aire nocturno, comenzó a tocar.

Al principio, no fue nada más complicado que las escalas, y luego pasó a una serie de variaciones sencillas, juveniles. El efecto fue como abrir una espita, y después de una hora encontró melodías de todos los estilos vertiéndose de sus dedos. Cada una hablaba de un recuerdo precioso, recordando tardes alegres, lluviosas, de escabullirse al parque y descansar junto al canal, de descubrimientos mágicos hechos en los viejos libros escolares de Mamá. Dolía, esta remembranza, pero por primera vez en mucho tiempo, fue un dolor limpio. Purificador, incluso. Encontró algo en él; no paz, exactamente, sino una nueva dedicación a la causa. Severus comprendió que sus fracasos todavía no eran definitivos. Era como Minerva había dicho – la primera batalla había terminado, pero no la guerra, y Severus Tobías Snape tenía un papel vital que desempeñar en ella.

Estaba tocando el tercer movimiento de la sexta sonata de Prokofiev cuando el sol naciente iluminó los patrones de cardo morado en las vidrieras emplomadas. Como una bendición, la capilla lentamente se llenó con una delicada luz lavanda; dejando que las últimas notas de la canción permanecieran en el aire del amanecer, Severus se permitió un último derramamiento de lágrimas y luego guardó esa parte de sí mismo para siempre.

Con una caricia prolongada, cerró la tapa y rígidamente se encaminó a la rectoría. Minerva tenía un desayuno caliente esperándolo.

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7 de septiembre de 1992

La primera nota siempre dolía, pero después de aquella noche, volvió a tocar regularmente. Minerva se unía a él en dúos en ocasiones, y muy raramente, él consentiría tanto en cantar como en tocar; resultó que no sólo tenía la facilidad de los Snape para la interpretación, sino también la gran voz de su padre.

En el transcurso de los siguientes años, Severus también descubrió el gozo de poner a caldo a las personas a través de la música. Por supuesto, la mayoría de sus objetivos no reconocían que estaba burlándose de ellos – su tendencia a tocar música Muggle casi lo garantizaba – pero inevitablemente, al menos una persona apreciaría el punto.

Severus acababa de comenzar a elegir entre su colección de partituras cuando una pomposa voz sonó detrás de él.

"Digo, Severus, viejo amigo, ¿tocas?"

"No," arrastró él, permitiendo que el desdén goteara de su tono. "Simplemente disfruto trasteando con cosas que no comprendo."

Gilderoy Lockhart hizo una mueca comprensiva mientras se pulía las uñas. "No muy bien entonces, ¿eh? Es una pena. Debo admitir que la música es una de las pocas áreas que todavía me falta por dominar a pesar de mi gran deleite por ella. Tengo bastante oído, ya sabes. Por lo que puedo decirte de inmediato si algo es de calidad o no. Es una absoluta lástima que mi cruzada contra todo lo oscuro y vil haya limitado mi tiempo libre para pulir tales aficiones…"

Con un gesto de desprecio, Snape escogió su primera pieza de la noche. Por un momento se sintió tentado de dejar colgar en el aire las palabras del estúpido integral como un hedor desagradable, pero recordando una frase del libro que acababa de ver, volvió a hablar. "Supongo que si hubieras aprendido alguna vez, habrías sido un gran experto, con tu genuino disfrute y tu gusto natural…"

Lockhart asintió sabiamente. "Precisamente."

Desde el rincón, Charity Burbage estalló en risas, dejando una copia muy gastada de 'Orgullo y Prejuicio' con un golpe resuelto. Haciendo contacto visual, Charity alzó una ceja burlona. Interpretando el papel de Lady Catherine de Bourgh esta noche está Gilderoy Lockhart…

En acuerdo, Severus puso los ojos en blanco ante el absurdo sin restricciones del hombre y comenzó a tocar la 'Tocata y Fuga en Re Menor' de Bach. Si iban a tener que escuchar algo tan dolorosamente exagerado y extravagante todo el año, la sala más bien podría tener la banda sonora apropiada para ello.

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12 de septiembre de 1993

Había pasado más de una semana desde que Snape había pisado la sala de profesores; con la presencia de Lupin regodeándose, ya no era un espacio seguro para socializar o tocar. Lo hacía hervir la simple idea del hombre - ¡esa criatura! – de regreso en Hogwarts, por no mencionar enseñando en el colegio. En efecto, Albus se había vuelto completamente loco al pensar que tener un jodido licántropo en el profesorado no terminaría en otra cosa más que en desastre.

Su humor no mejoró con la dramática narración de Lupin de la forma adoptada por el maldito boggart de Longbottom apenas una semana después del comienzo del trimestre. Se había presentado como una espléndida broma para la diversión del resto del profesorado, pero en realidad, sólo había sido otra salva en la guerra en curso entre ellos. Por desgracia, le había llevado un poco de tiempo encontrar algo lo bastante sutilmente humillante para ser usado como venganza; fue doblemente agradable para Snape que la acción también picaría a Albus sin fin.

Irrumpiendo en la sala de profesores de una manera que garantizara tanto llamar la atención como elevar las cejas, Snape estuvo satisfecho de ver que la habitación estaba casi llena. Sin reconocer ningún saludo, se sentó al piano y comenzó a tocar.

La melodía era… diferente. Rock moderno, para ser precisos. Y fue Albus, bendita sea su pequeña alma conspiradora, manipuladora, quien cayó limpiamente en su trampa.

"Severus, ése es un sonido bastante singular. ¿Qué estás tocando?"

Snape terminó la canción y luego comenzó a tomar notas en la partitura. "Es una composición de un tal Sr Warren Zevon, lo último en América. Se llama 'Licántropos de Londres'. ¿La canto a la vez?"

Sin esperar respuesta, Snape se lanzó de vuelta a la melodía.

Vi un licántropo con un menú chino en la mano

Caminando por las calles del Soho bajo la lluvia

Estaba buscando un sitio llamado Lee Ho Fook's

Voy a conseguir un gran plato de chow mein de ternera

¡Aauuuuuu!

¡Licántropos de Londres!

¡Aauuuuuu!

Snape puso particular entusiasmo en el último 'Aauuuu', y luego se interrumpió, girándose para echar un vistazo a Albus y Lupin. El Director estaba tratando de no parecer furioso – Merlín prohíba que revele sus intenciones tan temprano en el trimestre – y Lupin se había puesto de un agradable tono rojo.

"Sigue así un poco más," les informó alegremente. "Algunos versos son bastante creativos, realmente."

Desde el centro de la abarrotada mesa, una deliciosamente ignorante Rolanda Hooch lanzó una exuberante carcajada. "Me gusta mucho esa canción. Tiene un poco de energía, ¿no? ¿Me enseñarás la letra?"

"Desde luego, Rollie. Ven y siéntate conmigo…"

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Naturalmente, Rolanda enseñó la canción a sus alumnos de séptimo año, que a su vez se la enseñaron al resto del cuerpo estudiantil. El Castillo estuvo plagado de 'Aauuuuuus' el resto del año.

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23 de junio de 1995

Incluso a través del poco comprometido algodón blanco de su camisa, Snape imaginaba que podía ver la Marca Tenebrosa impresa en su antebrazo. El tatuaje se había vuelto constantemente más oscuro en el transcurso del año escolar, y ahora destacaba en vívido contraste índigo con su pálida carne. Lo enfermaba, tanto por lo que originalmente representaba como por lo que el color oscureciéndose significaba para la Gran Bretaña Mágica.

La tercera y última prueba del Torneo de los Tres Magos estaba planificada para la mañana, y Snape no podía evitar sentir que estaban precipitándose hacia la fatalidad; había discutido, y rogado, y finalmente suplicado a Albus que cancelara la maldita cosa, pero el hombre no prestaría oídos a nada de ello.

Y entonces Snape tocó lo único que parecía adecuado: la Sonata Dante de Liszt. La representación musical de las almas lamentándose en el Infierno parecía horriblemente apropiada; ¿en qué otro momento el empleo repetido del Tritono del Diablo no sería disonante? La melancólica, escalofriante melodía perturbó al profesorado reunido, incluso a aquéllos que nunca habían oído hablar de Dante o su Divina Comedia. Minerva conocía la canción y a lo que hacía referencia, sin embargo, y le dirigió una aguda mirada de reprensión. Él la ignoró categóricamente.

¿De qué servía ser una maldita campana de aviso si nadie escuchaba?

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24 de junio de 1995

Él tenía razón, por supuesto. Había sido una trampa. Y ahora todos estaban tan perdidos como cualquier alma que se lamentara dando vueltas en las profundidades del Infierno.

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17 de julio de 1996

Una pequeña parte de Severus se divertía enormemente al ver a Minerva burlándose tan severamente de las restricciones actuales de Poppy; dado que era él quien habitualmente sufría y residía en la Enfermería, también era un cambio bienvenido. Si bien no había deseado que Minerva se llevara cuatro aturdidores al corazón, ver sus reacciones agrias a semanas de incesante preocupación de Poppy había proporcionado ciertamente un interesante… forraje.

"¡…No soy una maldita niña, mujer! ¡Deja de tratarme como si fuera a deshacerme en polvo!"

"Si vas a emplear ese tono conmigo, entonces harías bien en recordar que es Madame Pomfrey, no 'mujer'. ¡Y dejaré de tratarte como una niña cuando dejes de actuar como tal!"

"Buenas tardes, damas," arrastró Snape. Ambas mujeres se giraron para encararlo, los ánimos deliciosamente exaltados. Dejó que su sonrisa se volviera de un tono más condescendiente. "Como la Subdirectora está sintiendo su confinamiento tan profundamente, pensé que me ofrecería a llevarla a dar un corto paseo supervisado."

"¿Supervisado?" siseó Minerva, la palabra saliendo con una furia felina.

"¿Qué estás sugiriendo, Severus?" intervino Poppy, al parecer queriendo deshacerse de su paciente, aunque sólo fuera por un rato.

"No muy lejos – sólo hasta la sala de profesores," respondió él suavemente. "Pensé que podríamos tocar el piano juntos un poco."

Como era de esperar, ambas mujeres se ablandaron, y Minerva en realidad pareció llorosa por un instante. Gryffindors, pensó él con un suspiro irritado. Tan absolutamente predecibles

"Eso sería encantador," dijo Poppy. "Pero no más de una o dos horas. Tengo que administrarle la siguiente ronda de pociones sanadoras a las tres."

Antes de que la mujer mayor pudiera comenzar a quejarse de nuevo, Snape le ofreció una mano. "¿Vamos?"

Rígidamente, Minerva accedió y de algún modo se contuvo de hacer más comentarios cuando le entregó su bastón. Como cualquier buen caballero, Snape ignoró sus resoplidos mientras se dirigían al salón; en privado, le preocupaba lo mal que ella se encontraba todavía. Es condenadamente afortunada de no estar muerta, y de que los Aurores sólo hicieran medio en serio sus lanzamientos…

"Me sorprende," declaró ella finalmente, "…encontrarte en el Castillo en julio. Normalmente no pasas tus vacaciones de verano aquí."

"Hay varios ungüentos sanadores que necesito preparar para la Señorita Granger. También se me ha pedido que prepare Mata-lobos, y me niego a hacerlo en mi casa o con mi material."

"Hmph." Minerva hizo un ruido escocés, no gustándole el insulto tácito a Lupin.

"La curiosidad también me obligó a ver cómo te iba bajo las tiernas atenciones de Madame Pomfrey," señaló él con malicia, incapaz de resistirse a picarla.

Eso le hizo ganarse una mirada molesta, y simplemente sonrió burlón.

"Entonces," murmuró ella con un poco de aspereza, "…era un asunto de matar dos pájaros de un tiro, ¿eh?"

"Algo así." Minerva acertaba al ser escéptica, reflexionó; él tenía múltiples razones para visitar el colegio. La más importante, tengo que averiguar lo que Albus está haciendo. Ha estado demasiado silencioso útimamente…

"Bueno, cualquiera que sea la razón, me alegra tener tu compañía."

Había un trasfondo de algo más oscuro en sus palabras, y Severus la miró de reojo. "¿Nuestro intrépido líder ha estado escaqueándose de nuevo?"

Ella apretó los labios, los vívidos ojos verdes tan duros como la malaquita. "Algo así."

Con las uñas fuera, no había esperanza de que se le escapara ninguno de los chismes del Castillo que tan terriblemente necesitaba. Más tarde, decidió. Habrá tiempo de sonsacárselo una vez se haya calmado…

"Pensé," dijo él en tono más ligero mientras abría la puerta, "…que finalmente te enseñaría algunas de las canciones populares del norte que mi padre me enseñó, y a cambio, podrías mostrarme algunas canciones escocesas sobre las que siempre estás pasando."

Minerva no se dejó engañar por el cambio de tema. Aun así, parte de la tensión se filtró de su frágil cuerpo mientras cojeaba hacia el banco. Así que, sea lo que sea que Albus esté haciendo, ella no quiere hablar de ello, o Albus está dejándola al margen, y no puede hablar de ello. Condenadamente brillante…

"¿Y quieres los himnos o las canciones más seglares?"

"Lo que sea. La música es música."

Ella dio un resoplido. "Ahh, ¿así que no te ofendería si comenzáramos con algo Jacobino, entonces?"

Snape rodó los ojos ante el flagrante pique. "Difícilmente. ¿Alguna vez me has conocido como monárquico?"

"No, pero has mostrado preferencia por otros movimientos de sangre pura en el pasado."

El improvisado comentario lo golpeó como una bofetada, y McGonagall hizo una mueca tan pronto como se le cayó de la boca. "Severus, perdóname… he estado de tan mal humor últimamente…"

La mirada de él fue mucho más fría que antes. "No te disculpes. Es la verdad."

"Sea como sea, fue tan cruel como injustificado."

Él le dio puntos por parecer sincera, pero ese hecho no impidió que las ascuas de su prolongada ira se avivaran. Estoy tan condenadamente harto de esto. No importa lo que haga, todavía me restriegan mi pasado por la cara. Siempre seré el villano…

Una docena de respuestas inundaron su boca, y por un instante, estuvo tentado de arremeter con la más obvia de ellas. ¡De haber hecho tu maldito trabajo y protegido a todos los estudiantes, no sólo a tus preciosos Gryffindor, quizá yo no habría tomado las decisiones que tomé! Tal vez si no me hubieran hecho sentirme como un imbécil indigno, grasiento, toda mi vida, no habría escogido odiar…

Pero no dijo ninguna de estas cosas. Después de todo este tiempo, no tenía sentido, no realmente. Era inútil culpar a otros por los tóxicos resultados de su propia arrogancia y orgullo.

"Sólo tenemos una cantidad limitada de tiempo antes de que Poppy venga para regañarte de vuelta a la cama," dijo Snape, concentrándose en los remolinos abstractos de roble dorado de la superficie del piano. "¿Por qué no comenzamos?"

Detrás de él, no hubo nada salvo un largo silencio. Snape se preguntó si Minerva de verdad iba a sacar el tema de su pasado compartido. Cuando una nube flotó sobre el sol y la sala se oscureció, ella suspiró, dándose por vencida. Era una conversación que ella no quería tener, y ambos lo sabían.

Para las tres menos veinte, Minerva había comenzado visiblemente a decaer. A excepción del comienzo, había sido un modo bastante agradable de pasar una tarde. Estaba claro que la Subdirectora estaría bajo el cuidado de Poppy por un tiempo todavía, y Snape de repente se sintió cansado ante la inoportuna pérdida de otra aliada, aunque fuera temporal.

Con los dedos tocando una melodía inconscientemente, trató de resolver cuál era el mejor enfoque para extraer la información requerida de la frágil mujer.

"¿'Permanece conmigo', Severus? Una curiosa elección…" murmuró ella cansada, escuchando los primeros compases con la cabeza inclinada.

Él se sacudió levemente, sin darse cuenta de que había estado tocando el himno. Había sido una de las pocas canciones religiosas que la Sra Evans le había enseñado, y aunque la melodía no era nada especial, Snape siempre había apreciado la letra. "Sí."

"¿Lo cantarás para mí?"

La petición lo hizo interrumpirse, algo del dolor de la tarde agitándose en su pecho. Podría negarse. ¿Pero qué sentido tendría? pensó por segunda vez en tantas horas. Queda tan poco tiempo, y hay algo apropiado en cantar una canción de sufrimiento…

"Como desees." Inspirando, esperó que su mente se vaciara y entonces buscó la música que siempre parecía zumbar bajo su piel.

Permanece conmigo; rápido cae la noche;

La oscuridad se profundiza; el Señor conmigo permanece.

Cuando otros ayudantes fallan y el consuelo huye,

Amparo de los desamparados, Oh, permanece conmigo.

Rápido hacia su fin decae el pequeño día de la vida;

Los gozos terrenales se oscurecen; sus glorias pasan;

Cambio y decadencia en todo alrededor veo;

Oh, Tú que no cambias, permanece conmigo…

Cuando el peso de las palabras lo golpeó, los dedos de Severus cayeron de las teclas, dejando la canción inacabada. Estaba tan harto de todo. Harto de ocultarse, harto de jugar juegos. Harto del contante desperdicio y de personas muriendo. Cambio y decadencia, ¡en efecto! A la mierda con tantas tonterías, decidió, la impotencia y el temor llegando abruptamente a un punto crítico. Necesito respuestas, y no tengo el tiempo ni la energía para andarme por las ramas.

"Minerva, ¿qué se trae entre manos el viejo bastardo?"

Ella se puso rígida ante su lenguaje pero no discutió el sentimiento subyacente. "No lo sé."

Él cerró de golpe la tapa del teclado con un crujido discordante. "No me mientas."

"No lo hago." Al ver la furia cruda en su expresión, ella extendió una mano aplacadora. "Severus, lo juro, no lo hago. ¿Por qué crees que he estado tan insufrible? Albus no me dirá una maldita cosa, y eso está volviéndome loca."

"Pero tienes una idea, ¿no?" dijo Snape rotundamente, tratando de controlar sus emociones antes de que se apoderaran de él.

"Está buscando algo y ha estado haciéndolo desde que fue expulsado del Castillo por Umbridge y el Ministerio. Eso es todo lo que he sido capaz de reconstruir."

"¿Objeto o persona?"

"Objetos, creo."

"La expiación está muy bien, pero no puedo hacer esto a ciegas, Minerva," escupió.

"Lo sé. Y él nos lo dirá pronto. Tiene que…"

"¿Él?" dijo burlonamente. "Porque si recuerdas, nos ha mantenido en la oscuridad varias veces en los últimos años."

"Si nos oculta algo, es por el bien mayor." La barbilla de Minerva se reafirmó obstinadamente, y Severus consideró que su lesión había llegado en el momento más apropiado para Albus Dumbledore. Una Minerva McGonagall ilesa nunca habría recitado esa frase de mierda, mucho menos se habría visto reducida al papel de mujer indefensa y desvalida.

La risa de él fue corta y amarga. "Si insistes." Levantó una mano para acallar más argumentos. "Ven. Tenemos que llevarte de regreso a Poppy antes de que intente clavar mi cabeza en una pica por tenerte fuera tanto tiempo."

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Snape acababa de decantar la base para el ungüento de la Señorita Granger cuando el Elfo Doméstico personal del Director apareció en la habitación, temblando de terror.

"¡El Maestro de Pociones debe venir ahora! ¡Ha ocurrido la cosa más terrible!"

Dejando el caldero sucio, dio un paso adelante, una sensación de pavor invadiéndolo. "Cálmate y cuéntame lo que ha ocurrido."

El elfo sacudió la cabeza salvajemente, las orejas restallando. "¡No hay tiempo! ¡El Maestro de Pociones debe venir ahora!" Sin esperar respuesta, el elfo le agarró la mano y los Apareció a ambos en el despacho del Director.

Al llegar al centro de la habitación, lo conmocionó ver a Dumbledore retorciéndose en el suelo en lo que parecía ser gran agonía. Mientras un familiar soplo de magia oscura llenaba el aire, captó la vista de la recién ennegrecida mano del hombre, un anillo agrietado, malévolo, en su tercer dedo.

Snape supo que cualquier respuesta llegaría demasiado tarde.

Lo de ellos no es razonar por qué, pensó tontamente, frotando su Marca Tenebrosa, …sino hacer y morir…

. . . . . . . . .

9 de enero de 1997

Tres horas después de cumplir treinta y siete años, Snape entró en la sombría, vacía sala de profesores y se sentó ante el piano.

Se sintió… hueco.

¿Qué hay de mi alma?

La habitación estaba fría y oscura a su alrededor mientras la lluvia helada golpeaba las ventanas con un traqueteo glacial.

¿Qué hay de mi alma, Albus?

Snape abandonó la sala sin tocar una sola nota.