Capítulo 4: Plato Fuerte
1 de Mayo de 1998
El piano se asentaba en un charco de luz de luna, el mundo reducido a crudas formas en blanco y negro a su alrededor.
El Director entró en la sala en silencio y cerró la puerta, protegiéndola de todos salvo los Elfos Domésticos. Con un suspiro casi silencioso, se sentó en el banco acolchado, los dedos alisando ligeramente el gastado terciopelo.
Estaba cansado. Dioses, pero estaba cansado… y más que un poco roto.
Había pasado más de un año desde que había tocado el piano; ni siquiera había pisado esta habitación desde que mató a Albus. Minerva no había intentado arrastrarlo fuera de su versión personal del infierno esta vez. No, tenía la sensación de que ella habría servido el whiskey con mucho gusto si eso significaba que bebería hasta una muerte prematura.
La conclusión había llegado finalmente, lo sabía. Sólo tenía que hacerlo unos breves días más y su intento de expiación de Sísifo terminaría. Pero no iba a entrar en silencio en esa noche oscura. No, caería luchando, y cuando el final estaba tan cerca, lo haría con los recuerdos de amor y amistad cerca de su corazón, no congelados en los confines de su mente.
Que el final sea rápido, rezó, y déjame completar mi tarea. Que el muchacho viva…
Por última vez, dejó que sus dedos danzaran sobre los fríos rectángulos de marfil; hizo que el aire cantara y llorara con todo lo que quedaría sin decir y sin reconocer. Tocó hasta que los dedos le dolieron y se agarrotaron, hasta que todas las canciones desaparecieron y el sol se hubo elevado sobre el Lago Negro.
Se detuvo sólo cuando el fallo fundamental de las protecciones del Castillo envió una lanza de náuseas a través de él, haciendo imposible tocar más. Un Elfo Doméstico apareció en la sala justo cuando cerraba la tapa.
"Director," chilló la criatura, las orejas retorciéndose incómodamente, "…Ha comenzado." Inclinando la cabeza, el Director envió una última plegaria al éter. Por favor… oh, por favor, que sea suficiente…
Apretando la túnica en torno a su frío cuerpo, se levantó y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el último momento, volviendo al instrumento que le había traído tanto placer y tanto dolor.
Con un chasquido practicado, abrió el banco acolchado y comenzó a revisar los volúmenes de música. Le llevó varios minutos encontrar la pieza que estaba buscando, y con una mano reverente, la abrió por la última canción del libro. Con cuidado, lo colocó en el atril, encantándolo para que permaneciera en su lugar.
Si todo iba bien, ella lo vería.
Sería suficiente. Tendría que ser suficiente.
El Director abandonó la sala con la espalda recta y la cabeza alta.
. . . . . . . . .
5 de mayo de 1998
Minerva McGonagall, Directora en Funciones del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, entró en la sala de profesores con cautela y la varita desenvainada; tres días no habían sido suficientes para despejar por completo el Castillo de todos los peligros, y francamente, de todos los cuerpos muertos y no tan muertos. Pero la habitación, por fortuna, estaba vacía e intacta salvo por algunas marcas de hechizos en el muro orientado al norte y una única silla rota.
Como lo había hecho numerosas veces antes, el antiguo piano vertical llamó su atención, y con ello llegó un torrente de profundo arrepentimiento y dolor.
Oh, Severus…
Cristo, pero el hombre había sido un bastardo cuando se lo había propuesto. Complejo e intensamente reservado, también había sido abnegado hasta el punto del masoquismo, malvada, dolorosamente brillante, leal hasta el amargo y sangriento final… y su amigo.
O lo había sido, hasta que ella le había dado la espalda.
A lo largo de los años, él le había mostrado lo suficiente de su angustia, de su culpa, que ella debería haber visto detrás de la fachada de Mortífago. Demonios, ella había estado al lado de Albus Dumbledore el tiempo suficiente para saber que las cosas rara vez eran lo que parecían.
Pero no había visto a través de la última artimaña; sólo había visto el cuerpo desplomado y roto de Albus al pie de la torre de Astronomía. Como resultado de aquella noche terrible, Minerva había canalizado su ira para hacer de cada momento de Severus un tormento. Lo había avergonzado públicamente, y perseguido. Había revelado muchos de sus secretos más privados. Y ahora nunca caminaría majestuosamente por los pasillos de Hogwarts; nunca tocaría música o prepararía pociones otra vez.
Fue el pensamiento de su música lo que atrajo su mirada de vuelta al piano y a la partitura colocada en el atril.
Él la había dejado para que ella la encontrara; podía sentir las ascuas moribundas de su magia todavía en ella.
Con manos temblorosas, comenzó a tocar la canción.
Ahora he oído que había un acorde secreto
Que David tocó, y agradó al Señor
Pero en realidad no te importa la música, ¿verdad?
Dice así
La cuarta, la quinta
La menor cae, la mayor se eleva
La composición del rey desconcertado
Aleluya…
Aleluya…
Aleluya…
Las palabras la llevaron atrás en el tiempo, y recordó entonces que a Albus nunca le había gustado escuchar a Severus tocar; estaría inquieto como un incansable niño malcriado, o haría crujir ruidosamente interminables caramelos de limón de tal manera que ella a menudo había deseado taparle los oídos por la pura molestia. Minerva nunca había sido del todo capaz de descifrar el porqué de la enemistad de Albus. Finalmente, había llegado a la conclusión de que era porque escuchar a Severus tocar era similar a escuchar su alma, y era muy difícil interpretar a Maquiavelo cuando te veías obligado a hacer frente a la humanidad de tus peones.
Tu fe era fuerte pero necesitabas pruebas
La viste bañándose en el tejado
Su belleza y la luz de la luna te derrocaron
Te ató a una silla de la cocina
Rompió tu trono, y cortó tu cabello
Y de tus labios sacó el Aleluya
Aleluya…
Aleluya…
Aleluya…
Le había llevado años darse cuenta de que Severus nunca había superado su amor de juventud por Lily Potter, y varios más comprender por completo cuán profundamente se consideraba responsable de su muerte. Su pesar y su culpa habían sido insaciables, y casi se había convertido en un espectro en los años posteriores a aquel terrible Halloween. Vívidamente, recordó la espantosa imagen de su cuerpo demacrado, tembloroso, en la hierba frente a la iglesia de su padre, y después el hombre de rostro solemne que había emergido al alba, dedicado y resuelto. Se había sentido orgullosa de él entonces. Honrada.
Dos décadas después, se preguntó si Lily había merecido su inquebrantable devoción; la chica lo había rechazado bastante rápido cuando otros la presionaron para que lo hiciera. Minerva recordó al mucho más joven Severus rogándole en la puerta de la Sala Común de Gryffindor que trajera a la pelirroja para que pudiera disculparse. Cuando había subido y hablado con ella, la tonta chiquilla se había negado, y Minerva no la había forzado a hacerlo. Severus había quedado absolutamente aplastado por el rechazo – incluso ella había sido capaz de ver eso. Pero, ¿y si hubiera hecho que Lily bajara y encarara al chico que estaba rogando su misericordia? ¿Habría cambiado las cosas?
Dices que tomé el nombre en vano
Ni siquiera conozco el nombre
Pero si lo hice, bueno, en realidad, ¿qué es para ti?
Hay un resplandor de luz
En cada palabra
No importa cuál oigas
El sagrado o el quebrantado Aleluya
Aleluya…
Aleluya…
Aleluya…
Los hombres Slytherin de la clase de graduados de Severus se habían unido casi de manera uniforme a los Mortífagos al salir de Hogwarts, y él no había sido la excepción. Dada su larga predilección por las Artes Oscuras – por no mencionar su personalidad airada y agria – no había llegado por sorpresa. De hecho, se rumoreó que el propio Voldemort había financiado su aprendizaje en pociones, y Minerva había quedado apropiadamente horrorizada cuando Albus lo había contratado para enseñar y ser Jefe de la Casa Slytherin dos años después. Ella no había comprendido la decisión en aquel momento, pero la había atribuido a uno de los muchos juegos de poder que marcaban las veladas interacciones entre Albus y Voldemort.
Pero después de años viendo a buenos amigos y compañeros miembros de la Orden caer a los pies de los Mortífagos, Minerva se había tomado el gran placer de ser una absoluta perra rompe-pelotas para Severus… hasta una brumosa mañana de agosto. Al regresar de una cacería en forma de gata, se había tropezado con él en las puertas, roto y sangrando de la manera más horrible.
Transformándose enseguida, lo había llevado a toda prisa a la Enfermería, convocando tanto a Poppy como a Albus.
"¿Por qué?" había exigido, observando a la Sanadora tratar una gran sección de carne quemada. "¿Por qué ocurrió esto?"
"Porque le endosó a Tom la información incorrecta," respondió Albus con calma.
"¿Él… él lo sabía?"
"¿Que era la información incorrecta? Sí."
Las piezas del rompecabezas comenzaron a aclararse, y Minerva parpadeó reprimiendo una oleada de lágrimas. "Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lo haría, sabiendo que significaba…?"
El Director estuvo mudo por algún tiempo. "Se unió a la Orden. Éste es su papel."
No fue la única noche que lo encontraría herido, sólo la primera.
Lo hice lo mejor que pude, no fue mucho
No podía sentir, así que intenté tocar
He dicho la verdad, no vine a engañarte
Y a pesar de que todo salió mal
Estaré ante el Señor de la Canción
Sin nada en mi lengua salvo Aleluya…
Todos habían intentado matarlo durante el último año – el profesorado, los estudiantes – y aun así, Severus se había mantenido entero frente a su odio. Los había protegido cuando era posible, y había hecho lo que necesitaba hacerse para asegurar la victoria. Y a diferencia de Albus, sólo se había condenado a sí mismo en el proceso.
No fue hasta la mañana siguiente a la Batalla de Hogwarts que ella tuvo el tiempo y la energía para pensar en él, y entonces fue sólo a instancias de Potter y Granger. Cuando Potter le había mostrado los recuerdos de Severus, el dolor la había postrado de rodillas.
Una vez más, había sido una tonta.
Una vez más, lo había traicionado.
Los dedos gráciles, mágicos de Severus se habían vuelto helados y rígidos para el momento que Minerva había recuperado su cuerpo de la Casa de los Gritos. Pálidos pero bien formados, se habían quedado pegajosos con la sangre seca de su vida; le había llevado horas lavarla toda. No olvidaría el rictus de agonía grabado en su rostro prematuramente arrugado y gastado, o la carne lacerada, desgarrada de su garganta.
Aleluya…
Minerva se quedó en blanco mirando la música durante un rato, el último verso golpeándola como una Maldición de Expulsión de Entrañas. Más que nada, quería tener la oportunidad de rogarle perdón. Intercambiar su lugar con él…
Por un momento vacilante, vio un segundo par de manos deslizarse junto a las suyas; sintió su calor junto a ella en el banco del piano. Hubo una voz.
Y a pesar de que todo salió mal
Estaré ante el Señor de la Canción
Sin nada en mi lengua salvo Aleluya
Aleluya,
Aleluya…
Sintió esa última nota penetrante con todas las fibras de su ser; pareció vibrar con toda la calidez y promesa de una tarde de primavera pasada tumbado junto al río. El aroma a pulimento de limón y almidón llenó el aire, y hubo el embriagador ímpetu del descubrimiento. De la alegría.
Luego, no hubo nada, y estaba sola en una habitación silenciosa y desolada.
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Al día siguiente, el piano desapareció. El rincón permaneció vacío.
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N/A La maravillosa letra de "Aleluya" pertenece al genio incomparable de Leonard Cohen.
