Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner y yo no obtengo beneficio económico de esto.
Gracias por leer, gracias por los comentarios, gracias, gracias. Un capítulo más, ya empezamos a encaminar la trama final :P
Trigger Warning: Escena sexual explícita.
Una sorpresa
Harry despertó antes que Draco. Con los ojos cerrados, notó que la respiración de este hacía que su pelo alborotado le caracoleara en la oreja, haciéndole cosquillas. Los recuerdos de la noche anterior vinieron a su cabeza y, durante un instante, Harry se preguntó si estaba haciendo lo correcto.
Todavía dormido, Draco estrechó su abrazo. Los últimos retazos de dudas de Harry se disiparon. Algo tan bueno no podía ser malo. Y duraría lo que tuviese que durar. Se preguntó cuándo debería decirle a Draco la sorpresa que tenía preparada para esa tarde.
—¿Hoy era el día que no trabajabas? —susurró soñoliento Draco detrás de él.
—Hoy y mañana.
—¿Podemos quedarnos un poco más en la cama?
—Todo el tiempo que quieras.
Draco le besó el pelo de su nuca. Después, inspiró profundamente, oliéndole el cabello y frotando su nariz contra él.
—Hueles muy bien —musitó Draco.
—Es el champú del trabajo, Draco. No tiene ningún olor especial.
—No hablaba del champú. Hablaba de ti, de tu olor. —Harry se mordió el labio inferior y sonrió orgulloso.
«Le gusta cómo huelo», pensó, satisfecho. Desde que Draco vivía con él, Harry también creía volver a oler flores en el dormitorio. Probablemente tenía más que ver con el jabón que Draco estuviese usando, pero a Harry le gustaba pensar que era el propio Draco quien olía así.
—Tengo que ir al baño —suspiró Draco—. La vejiga me va a estallar.
Perezosamente, Draco se levantó. Harry oyó cómo tiraba de la cadena y corría el agua de la ducha. El sonido hizo que Harry fuese consciente de que, tras masturbarse la noche anterior, se habían dormido sin limpiarse y su abdomen estaba manchado de semen seco. Cuando Draco volvió a meterse en la cama, Harry también se levantó.
—Ni se te ocurra moverte —dijo Harry, amenazándole con la mirada.
Entrando en el baño, se apresuró a cepillarse rápidamente los dientes al mismo tiempo que pasaba por la ducha. Cuando salió, Draco estaba bocarriba en la cama. Harry se tumbó encima de él, encajando la barbilla en el hueco de su hombro. Draco le abrazó inmediatamente.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó Harry, dándole un beso en el cuello.
—Muy bien. No sabía que era tan genial dormir con alguien. Te lo tenía que haber propuesto antes.
Draco empezó a dibujarle círculos en la espalda con una caricia perezosa. Harry bajó la cabeza hasta su pecho. Escuchó atentamente el latido del corazón de Draco y dejó que su cabeza subiese y bajase al ritmo de su respiración. Sonaba totalmente diferente de aquella otra ocasión, que ahora parecía lejana aunque hiciese pocos días.
Le acarició el abdomen, cada vez menos hundido. La poción contra la anemia de Michael estaba haciendo efecto. Deseando tocar piel, Harry metió la mano por debajo de la camiseta. Rodeó el ombligo con la yema de los dedos. Subió hasta el pecho de Draco trazando una línea por el centro y puso la mano en el pectoral contrario adonde tenía apoyada la cabeza. El pezón se endureció rápidamente bajo su palma. Lo rodeó gentilmente con los dedos y lo masajeó. Alzó la cabeza para ver cómo estaba reaccionando Draco.
—¿Está bien? —Draco asintió los ojos cerrados—. ¿Quieres que pare?
Draco abrió los ojos, amenazante.
—Ni se te ocurra.
Harry rio contra el pecho de Draco, frotando con la nariz, a través de la tela, el otro pezón. Este también se endureció al calor de su aliento y pudo marcarlo con los dientes. Harry lamió la tela de la camiseta hasta que esta se humedeció.
Volvió a apoyar la cabeza en el pecho de Draco, deleitándose en su respiración acelerada y, de nuevo, bajó la mano hasta el ombligo, trazando líneas en el inicio de la línea de vello, que siguió hasta la cinturilla de los pantalones. La polla de Draco se alzaba por debajo de estos, levantando la tela con fuerza.
—¿Quieres cumplir tu propósito de anoche? —preguntó Harry, recordándole sus palabras.
Draco asintió, ansioso. Harry metió la mano de nuevo debajo de la camiseta, levantándola hasta casi el cuello, descubriéndole el torso.
—Si crees que voy muy deprisa, me paras. —Harry esperó a ver el asentimiento de Draco antes de continuar.
Con delicadeza, besó ambos pezones. Mordió suavemente uno de ellos, notando el respingo de Draco, y le consoló acto seguido con un lametón.
—¿Te gusta?
—Sí — Draco suspiró—. Es electrizante.
Repitió con el otro pezón, obteniendo la misma reacción. Bajó lentamente, cubriendo de besos el camino hasta llegar al ombligo, por el cual paseó la lengua antes de continuar por la línea de vello donde antes había acariciado con los dedos. Draco gimió quedamente cuando llegó a la cinturilla del pantalón.
Se situó entre las piernas de Draco, que las abrió para facilitarle la tarea y, bajándole el pantalón, Harry dejó la polla de Draco al aire. Volvió la cabeza hacia Draco, que estaba mirándolo con intensidad, y se centró de nuevo en su polla, relamiéndose golosamente. La había visto más veces, pero era la primera vez que podía mirarla con detenimiento. Harry estimó que quizá no tan gruesa como la suya, pero sí más larga.
La vena se le marcaba con detalle. Con lentitud, Harry la recorrió con la punta de la lengua, recreándose en el reborde del prepucio y el frenillo hasta llegar al extremo, donde hundió la lengua en el agujerito. Draco alzó la cadera involuntariamente al sentir el contacto. Con una mano, Harry lo sujetó a la cama mientras con la otra acariciaba el vello de debajo del ombligo.
Volvió a repetir los mismos pasos y, al finalizar, Harry envolvió con su boca el glande entero. Draco volvió a empujar con la cadera, pero se lo impidió con firmeza. Con fuerza, Harry succionó, arrancando un gemido profundo de Draco. Subió la mano que tenía sobre su abdomen hasta uno de los pezones de Draco y empezó a pellizcarlo suavemente y acariciarlo.
Draco gimió más fuerte. Harry relajó la garganta lo más que pudo e intentó tomarle entero con la boca. Cuando lo consiguió, retiró la mano de la cadera de Draco, indicándole que se moviese con libertad. Harry dirigió su mano libre hacia su propio pene, masturbándose al mismo ritmo que subía y bajaba la cabeza. Aceptando su invitación, Draco comenzó a empujar la polla contra la boca de Harry. Este dejó de mover la cabeza, permitiendo que Draco le follase la boca mientras movía su mano cada vez más rápido, a punto de correrse.
—¡Harry! ¡Voy a…! —gimió Draco, intentando apartar la cabeza de Harry.
Este no lo permitió y succionó con más fuerza, provocando un grito hondo de Draco. Harry tragó sin pensar los espesos hilos que golpearon su garganta mientras él se corría manchando las sábanas. Cuando Draco se relajó de nuevo contra la cama, Harry se sacó la polla de la boca y, dándole dos lametones más, volvió a recostarse en su hombro.
—Eso ha sido… Guau —reconoció Draco con un suspiro satisfecho.
Harry se rio entre dientes, complacido, acurrucándose más cerca de Draco y arropándolos con la sábana. Draco se apresuró a abrazarse a él, acomodándose. Antes de volver a caer en un sueño ligero, Harry pensó que ese día tendrían que cambiar las sábanas sin falta. Otra vez. Sonrió pensando que ojalá hubiese muchas más.
Despertó varias horas más tarde, siendo media mañana. Draco estaba ya despierto, acariciando el pelo de Harry con una mano, mirando al techo.
—Un knut por tus pensamientos —susurró Harry.
—Cada vez me compras más barato —se indignó Draco. Petulante, añadió—: No aceptaré menos de un sickle, que fue lo que ofreciste la última vez.
—Vale, viejo tacaño —accedió Harry entre risas.
—Pensaba que tengo hambre y que debería haberme tomado mis pociones hace casi una hora. Ahora quiero mi sickle.
—No lo puedo creer. —Harry estalló en una risotada. Segundos después, Draco se unía a él—. Tienes olfato para los negocios.
—Soy un Malfoy, no puedo evitar ser bueno en todo lo que hago.
Harry lo hizo callar con un almohadazo. Se levantaron y, peleando de broma, se sentaron a tomar un desayuno tardío.
—He pensado que esta tarde podíamos hacer algo diferente —propuso Harry, emocionado con la idea.
Se le había ocurrido la tarde anterior, volviendo de trabajar, pero no había estado seguro de que la situación llegase a ser propicia para ir.
—¿Cómo qué? —preguntó Draco interesado.
—No has ido nunca al cine, ¿verdad?
—No. ¿Qué es?
—Prefiero no decírtelo por ahora. Tendrás que confiar en mí. —Draco entrecerró los ojos con suspicacia—. Después podemos ir a cenar juntos.
—Me gusta la idea, pero no tengo ropa elegante —lamentó Draco.
—No te preocupes, un cine no es un sitio elegante, puedes ir vestido como el otro día. —Dándose cuenta que quizá no era ese el problema, Harry añadió—: Si quieres, el lunes podemos salir a comprarte ropa que te guste más.
—No creo que sea necesario. Más adelante. Ahora estoy usando la ropa más grande que compraste, si cojo un poco más de peso pronto no me servirá —argumentó Draco.
Se alegró de que Draco ni siquiera considerase la opción de rechazar la ropa y que hubiese razonado su respuesta.
Era cierto que se veía mejor cada día, algo imposible en tan poco tiempo comiendo.
—Es cierto que has cogido peso —se alegró Harry.
—Debería ser imposible, por mucho que haya comido —dijo Draco, pasándose la mano por la todavía delgada tripa—. Supongo que la talla de la ropa no engaña.
—Es la poción de la anemia de Michael. Debe hacer algo para aprovechar y exprimir al máximo los nutrientes.
—Voy a perder mi estilizada figura y no te gustaré —bromeó Draco, fingiendo un puchero.
—Habrá que hacer mucho ejercicio para evitarlo —respondió Harry con un guiño que provocó que Draco se mordiera el labio—. Hoy te haré otro análisis de sangre para comprobar en qué valores estás. Ayer me dieron los resultados en el hospital del que te hice el otro día; con tanta emoción se me olvidó comentártelo.
—Vamos a tener que hacer menos ejercicio si queremos que conserve sus capacidades mentales, señor Potter —le picó Draco antes de ponerse serio de nuevo—. ¿Qué tal salieron los resultados?
—Lo mismo que averigüé por el método mágico. Anemia, defensas bajas, bajo nivel de plaquetas y glóbulos rojos… Estoy convencido que no se corresponden con lo de hoy. Ahora que sé que mi hechizo da datos fiables, puedo repetirlo y comparar.
—Genial.
Ambos se levantaron. Draco fue a la ducha para poder recibir el tratamiento y Harry se dedicó a quitar las sábanas sucias y poner unas limpias. Estaba terminando de poner el almohadón cuando Draco salió del baño envuelto en la toalla.
—Ya estoy terminando —dijo Harry, buscando la varita para convertir la cama en la camilla.
Mientras Draco se tumbaba, él se lavó las manos y se dispuso a concentrarse en el tratamiento. Que las cosas entre Draco y él hubieran cambiado probablemente ayudaría a que se centrase en lo que estaba haciendo sin distracciones mejor que antes, pero igualmente tenía que cerciorarse de aplicar bien la poción.
Harry pensó que, cuando finalizase el tratamiento, podía probar a masajear el cuerpo de Draco con algún tipo de aceite relajante, ya que la idea de hacerlo le ponía bastante. Quizá incluso con alguno de los que tenían sabor o efecto calor.
Antes de empezar a frotarle la poción, Harry hizo el hechizo de transferencia de sangre a un vial y lo examinó. De reojo, vio que Draco no le quitaba los ojos de encima y, aunque intentaba parecer indiferente, Harry podía notar su preocupación.
—En esencia está todo bien —le tranquilizó con media sonrisa—. Es verdad que algunos valores siguen un poco bajos, pero la mejoría es notable. Calculo que dentro de una semana más estarás en la parte inferior de la escala normal de tu peso y valores.
—Eso suena genial.
Durante la siguiente hora se dedicó a frotar las articulaciones de Draco con dedicación. Cuando la sempiterna erección de Draco se presentó, ambos intercambiaron una sonrisa cómplice. Draco estaba muchísimo más relajado que los días anteriores. Cuando terminó, Draco no se levantó inmediatamente de la camilla como solía hacer.
—Tus articulaciones están mejor también —constató Harry—. Puedo notar la rótula completa y en perfectas condiciones, acolchada por el menisco. Y tu espalda está genial también. ¿Puedes mover los dedos sin molestias?
Draco los movió en respuesta, mientras sonreía. Después, alzó la rodilla derecha hasta su pecho, palpándola y evaluándola.
—Esto hace una semana habría sido impensable —dijo Draco, contento—. Yo también noto el hueso. De hecho, no me duele nada, pero no me dolía antes de la poción, así que no es el efecto anestésico. Y anoche no recuerdo haber tomado el analgésico.
—Si no te duele no lo tomes —le confirmó Harry—. Voy a ducharme yo también. Como hemos desayunado tarde, podemos saltarnos la comida. En el cine podemos picar algunas golosinas y cuando salgamos hacer una cena temprana. Así no encontraremos colas en ningún sitio.
Draco miró el reloj. Era casi la hora de comer pero, efectivamente, no tenía hambre después del desayuno tardío. Con un asentimiento, se levantó de la camilla, permitiendo a Harry convertirla en cama.
—Por cierto, si quieres afeitarte, tengo hojillas —dijo Harry.
El vello facial de Draco era mucho más rubio y fino que el suyo, pero llevaba varios días sin afeitarse y Harry se imaginó que querría hacerlo. No se había dado cuenta hasta ese momento, que en su propia cara había una barba de varios días que empezaba a picarle.
—No he usado nunca una hoja de esas.
—Ven, te enseñaré.
Entraron al baño y Harry sacó dos hojillas desechables y espuma de afeitar. Le enseñó a extender la espuma y le dio la primera pasada con la hojilla. Después dejó que Draco lo hiciese por sí mismo mientras él se afeitaba también. Unos minutos después, el lavabo parecía parte del escenario de La matanza de Texas.
—¡Merlín, Potter! ¿Estás seguro que no quieres degollarme? —exclamó Draco desesperado al cuarto o quinto corte.
—Espera, espera, déjame… —Harry empezó a reírse.
—¡Ni se te ocurra reírte, Potter! ¡Esto cuenta como asesinato de arma blanca, que lo sepas! —amenazó Draco. Harry estalló en risotadas ante la mirada indignada de Draco—. ¡Compórtate, Potter!
—Lo siento, lo siento —jadeó Harry, intentando dejar de reírse y recuperar el aliento—. Es que es tan gracioso… Mírate en el espejo…
Volvió a explotar en carcajadas. Draco fue suavizando poco a poco el semblante, procurando mantener una pizca de dignidad y no reírse, pero al final se acabó rindiendo y uniéndose a él. Un rato después consiguieron tranquilizarse.
—Ven, déjame —le dijo Harry. Con cariño, le sujetó la barbilla, apurando las islas de barba que Draco se había dejado por toda la cara. Después, mojando una toalla, le limpió con suavidad los restos de espuma y la sangre que manaba de las heridas—. No te preocupes, sangran escandalosamente, pero al cabo de un rato se pasa.
—¿Y tú haces esto todas las semanas? —preguntó Draco, escéptico.
—Varias veces, tengo más vello que tú. Es cuestión de práctica. —Draco levantó las cejas, incrédulo—. ¿Ves? Ya está.
—¿No vas a curarme las heridas con magia?
—No creo que sea necesario —contestó Harry—. No seas dramático.
Draco examinó su maltrecha cara con cuidado en el espejo, haciendo un mohín de desagrado.
—Presumido…
—Habló el que lleva un afeitado modélico sin acuchillarse la cara… —masculló Draco entre dientes.
Harry volvió a reír mientras se desnudaba para entrar en la ducha.
—Harry, ¿me estás provocando?
—Más quisiera… En esta ducha no entramos juntos, me temo.
—Lástima. —Petulante, Draco le dio un beso en los labios y salió del baño esbozando una última sonrisa en dirección a Harry. «Cabrón vengativo…», pensó este, divertido.
Al salir de la ducha, Draco estaba en calzoncillos y calcetines, mirando críticamente la ropa que tenía esparcida encima de la cama.
—¿Tú que vas a ponerte? —le preguntó al verle.
—Un vaquero y una camiseta, Draco. Te lo dije antes, no hace falta complicarse mucho, no vamos a ir a ningún sitio elegante.
—¿Eso es un vaquero? —preguntó Draco, señalando uno de los tejanos.
—Sí.
—Parece gastado, y al mismo tiempo está completamente nuevo. —Draco arrugó el labio mientras lo decía.
—Sí, se llevan así. También los hacen sin gastar, no te creas, pero es más complicado encontrarlos desde hace unos meses. Cosas de la moda. Hace un tiempo se llevaban rotos. —Draco frunció el ceño más todavía—. Son muy cómodos. Y perfectos para ir al cine.
—No parecen cómodos.
—Créeme que lo son —le insistió Harry—. Es el pantalón para todo. Si te pones una camiseta y deportivas, vas informal. Si quieres ir un poquito más formal, cambias la camiseta por camisa y las deportivas por zapatos. No es como ir en traje, pero es pasable. Con esa camisa verde oscuro te quedarían como un guante.
Draco asintió y empezó a vestirse. Harry abrió el armario y escogió una de las camisetas menos desgastadas que tenía, ya que parecía que Draco se había empeñado en ir más elegante que él, y un vaquero. Se roció con desodorante y colonia. Al instante, Draco lo abrazó por detrás y frotó la nariz contra su cuello.
—Vaya, Potter. No me habías dicho que tenías perfume. ¿Me prestas?
—Claro, elige —contestó Harry, teniéndole los frascos—. Cuando salgamos a comprarte ropa podemos buscar una colonia que te guste más.
—¿Y perder la oportunidad de oler a ti? —preguntó Draco, cogiéndolos antes de empezar a mordisquearle el cuello.
—Siempre puedes oler a mí… en mí —le hizo notar Harry con una sonrisa.
—Buen plan —ronroneó Draco en respuesta.
—Draco… Debemos salir ya si queremos llegar con tiempo al cine.
—No me importa no llegar a tiempo al cine, Harry —repuso Draco con otro lametón travieso.
—Créeme, sí que te importa.
—Ni siquiera sé lo que es, Potter.
—Ahora no lo sabes, pero cuando lo sepas me darás la razón. No es algo que te quieras perder. Esto podemos continuarlo después.
—¡Vale, me fío de ti! —aceptó Draco, exasperado—. Vamos al cine. Pero te tomo la palabra.
Un rato después, habían conseguido terminar de vestirse y salir de casa. Harry lo había guiado hacia el cine donde proyectaban la película a un paso enérgico. El cine, que sólo proyectaba ciclos de películas antiguas, quedaba un poco alejado de su apartamento, pero no tanto como para no ir caminando. Salvo si estabas en baja forma física. Redujo un poco el paso cuando Draco empezó a jadear, maldiciéndose por no haber elegido el transporte público.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Harry al llegar a la entrada del cine—. Siento haberte traído tan deprisa.
—Bien, no te preocupes —le tranquilizó Draco—. Es la falta de costumbre, se me pasará rápido. Hace una semana habría sido impensable, ahora sólo es un poco frustrante estar en tan poca forma física.
—Es cuestión de tiempo que la recuperes —afirmó Harry volviéndose hacia el portero y enseñándole las dos entradas.
Harry estaba nervioso. No había podido creerlo cuando se fijó en la cartelera la noche anterior, volviendo del trabajo. Había sacado las entradas directamente, confiando en poder ofrecérselas a Draco como parte de su la disculpa por su reacción al beso de este. Las cosas habían salido tan bien que se había olvidado de decírselo, pero se alegraba de haber podido mantener la sorpresa.
Al entrar, Harry lo arrastró hacia el pequeño quiosco donde vendían palomitas recién hechas, golosinas y refrescos. Draco había empezado a sonreír en cuanto había notado el olor y Harry le invitó a pedir todo lo que quisiese.
—La película es larga, así que coge todo lo que quieras. Si sobra algo nos lo comemos mañana en casa.
—De acuerdo —aceptó Draco.
Cuando por fin se sentaron en las butacas que les correspondían de la sala, después de haber pasado por el cuarto de baño, iban cargados con más golosinas que un niño de once años en su primer viaje en el Expreso de Hogwarts.
—¿Esa sábana blanca es el televisor? —preguntó Draco, curioso. Unos adolescentes que había delante se volvieron a mirarles al oír la pregunta.
—Sí, la pantalla. Es donde se ve la imagen.
—¿Y por dónde sale el sonido?
—Mira. —Harry le señaló los grandes altavoces a los lados de la sala—. Por todos esos altavoces. Detrás de la pantalla hay tres más y detrás nuestro otro. El sonido va a venir de todas partes y podrás escucharlo en la dirección de la que se supone que procede.
—¿Y cuándo empieza? —Draco parecía impresionado y estaba empezando a moverse excitado, como cuando vieron la primera película en casa.
—Faltan unos minutos. Hay otra película en la sala de al lado que debe estar terminando ya. La gente de allí irá al baño y a comprar palomitas y vendrá aquí a ver esta. Por eso quería llegar pronto, para evitar esa multitud.
—¿Qué película es? —Los chicos volvieron a girarse para mirarlos mientras reían ya con menos disimulo.
Harry se dio cuenta que debían estar pensando que estaban chiflados. Lamentó su falta de costumbre de portar varita, porque podría haber hecho un Muffliato que los aislara. Aunque tampoco era buena idea hacer magia tan cerca de muggles y darle la oportunidad al Ministerio de meter las narices en su vida. Se resignó, tendrían que pasar por unos frikis excéntricos.
—Creo que te vas a dar cuenta pronto —contestó Harry, indicándole la gente que estaba comenzando a entrar en la sala.
—Harry… esa gente… va vestida de… ¿hobbit?
—Sí —rio Harry—. Supongo que la gente que viene a estas sesiones les gusta vivirlas más intensamente y se disfrazan para verlas.
—¿Me has traído a ver El Señor de los Anillos?
—Sí, la tercera —afirmó Harry, orgulloso—. Hoy proyectaban una maratón de las tres películas en este cine. Ver las tres seguidas era una locura para nosotros, porque en total son más de diez horas, pero pensé que podríamos ver la que te falta.
—¿Me has traído a ver El Señor de los Anillos en una pantalla más grande que cualquier pared de tu casa?
—Le dieron muchos premios por estar bien hecha —le dijo Harry, disfrutando al ver su cara de asombro—, supuse que merecía la pena.
—Eres genial, Potter —cuchicheó Draco, emocionado.
La sala terminó de llenarse y pronto las luces se apagaron. Draco se vio inmerso en la película, extasiado como en casa. Sentado al borde del asiento, a veces se olvidaba incluso de las palomitas o la bebida que mantenía en la mano. Harry podía ver, con las luces de la propia película, cómo se quedaba boquiabierto al aparecer los primeros planos de la ciudad de Gondor o las escenas de las batallas.
Draco casi saltó de la butaca en la escena del volcán y Harry le puso la mano en la rodilla para indicarle que no debían molestar al resto de las personas del cine. Draco lo miró un segundo, intentando recordar quién era y dónde estaba, le sonrío y le plantó un beso rápido en los labios antes de volver a fijar la vista en la pantalla. Harry se sonrojó sin poder evitarlo. Nunca nadie le había dado una muestra de afecto así en público, con esa naturalidad.
Cuando la película acabó y encendieron las luces, ellos se quedaron sentados. Mientras el resto de la gente se levantaba, Draco pidió quedarse durante los créditos a escuchar la música.
—Es portentoso —susurró Draco, impresionado.
—¿Te ha gustado?
—Muchísimo.
—Te dije que querías venir al cine —le pinchó Harry.
—Tenías razón. No es como verla en casa. Es todo más…
—Grande.
—No. El tamaño de tu televisor está bien para el tu salón. Es más completo. El sonido, la imagen, la música…
—Es cierto. Es una experiencia diferente.
—Me encanta que me hayas traído al cine. —El brillo ilusionado de los ojos de Draco le hizo sentir mariposas en el estómago.
—Ya lo imaginaba —rio Harry, sonrojándose—. ¿Nos vamos a cenar?
Draco miró inquisitivamente los restos de las golosinas y palomitas que había a sus pies, como valorando. Después, asintió y empezó a recoger los envoltorios.
—Sí. Es sorprendente que tenga hambre después de toda esta comida, pero sí.
—Son chucherías, es normal. Además, la película ha durado cuatro horas. Yo he acabado mis palomitas hace tres.
—¿Cuatro horas? —se sorprendió Draco—. Se me han pasado volando.
Salieron del cine al frío del exterior. A pesar de que habían entrado a primera hora de la tarde, ya era casi noche cerrada. Draco se pegó a Harry y le cogió la mano, ajustándose con la otra el cuello de la cazadora.
—Bueno, Potter… —dijo Draco, esbozando una sonrisa seductora que hizo que el pene de Harry diese un saltito dentro de sus calzoncillos—. ¿Dónde me vas a llevar a cenar?
—No lo sé. Hay un pub cerca de aquí donde podemos comer lo que tengan ese día en el menú. El ambiente suele ser tranquilo, pero si te apetece otra cosa…
—El pub está bien por mí.
Caminaron despacio. Harry no quería forzar a Draco otra vez, como había hecho esa tarde, aunque este no lucía demasiado cansado. Estaban a un par de calles cuando notó el mismo cosquilleo en la mente que había sentido cuando salieron a pasear. La mano de Draco se tensó dentro de la suya y apretó con fuerza su agarre.
—Harry… —dijo Draco con voz tensa—. No mires a tu alrededor, creo que…
—Lo sé —le cortó Harry—. Yo también lo he notado.
—¿También intentan entrar en tu mente?
—Sí —contestó Harry, serio—. Creo que es la misma persona que lo intentó cuando salimos a dar un paseo. Tiene la misma… consistencia, no sé si entiendes lo que quiero decir.
—¿Tú también lo sentiste?
—En cuanto me lo dijiste. No había prestado atención, porque había estado pendiente de ti, pero en cuanto lo mencionaste, lo noté.
—Al principio, pensé que me lo estaba imaginando —admitió Draco—. Luego sospeché lo que podía ser. Han destrozado demasiadas veces mis recuerdos invadiéndome la mente como para no identificarlo.
—¿Quieres que nos vayamos a casa? —preguntó Harry, más preocupado de lo que quería aparentar.
—¿Estamos haciendo algo malo? —negó Draco con la cabeza—. ¿Algo que justifique que nos espíen así?
Harry no contestó inmediatamente. No sabía si hacerlo. No, no estaban haciendo nada malo… desde su punto de vista. Desde el del Ministerio, si querían que estuviesen haciendo algo malo, les bastaba inventárselo para justificarlo.
—Hablaremos mientras cenamos.
Llegaron al pub y entraron. Harry escogió una mesa libre y se sentó de manera que podía ver a la gente que entraba y salía. Draco se sentó enfrente de él. Un camarero se acercó a ellos para informarles de lo que podían comer y anotarles el pedido. Harry esperó a que les hubiesen servido las bebidas antes de contestar.
—El Ministerio… ¿recuerdas lo que te conté el otro día? —Draco asintió, serio—. Bueno, no soy una persona muy popular para ellos.
—Me lo contaste, sí —dijo Draco, apretando los labios con disgusto—. Te marcaron como el próximo Señor Tenebroso e hicieron una campaña de propaganda contra ti.
—Hasta ahora me han dejado estar porque vivo en el mundo muggle, pero cuando voy al mundo mágico… me localizan nada más entrar. En cuanto lo hacen, los aurores vienen por mí, me interrogan y me registran.
—Un momento. —Draco entrecerró los ojos con suspicacia—. ¿Fue eso lo que ocurrió aquel día? Cuando fuiste a por mis medicinas. Sonaba más a aurores que a un jefe muggle.
—Sí —confesó Harry—. Dawlish me hizo pasar un mal rato. Disfruta jodiéndome todo lo que puede. En cuanto encuentra una excusa, me arresta durante el tiempo máximo legal. Aquel día no podía permitirme que lo hiciese o habría tardado más de un día en volver a casa. Habrían registrado mi mochila más a fondo y habrían descubierto las medicinas escondidas en ella. Me las habrían confiscado.
—¿Por eso no haces magia?
—Por eso y porque vivir en el mundo muggle implica ser muggle a tiempo completo. Pero sí, esa fue una razón de peso. Por ejemplo, dejé de hacer poción pimentónica porque me arrestaron bajo el cargo de traficar con crisopos.
—¿Qué? —Draco estaba atónito.
—Es un ingrediente de pociones prohibidas o peligrosas —recitó Harry con una mueca—. Como la multijugos.
—Como prácticamente todos los ingredientes básicos —se indignó Draco—. ¡Son crisopos, por Circe, no cuernos de erumpent!
—En ese momento me di cuenta que no debía volver. Desde entonces sólo lo he hecho un par de veces. La última, el otro día. Si necesito algo muy necesario, se lo pido a George Weasley, pero intento no hacerlo, no quiero meterle en problemas.
—¿Pero por qué? —preguntó Draco, frunciendo el ceño—. Vale, sí. Entiendo que no les caes bien, que eras un oponente político. ¿Pero no dejarte comprar pociones o ingredientes? ¡Tú mataste a ese hijo de puta, joder! ¡Están vivos gracias a ti!
—A estas alturas eso ya da igual.
—Cabrones… ¿Y por qué te siguen en el mundo muggle también?
—Nunca lo habían hecho, que yo sepa. Hasta ahora.
—Entonces está relacionado conmigo.
—Puede ser. —Harry se encogió de hombros—. No estoy seguro. En cuanto piso el mundo mágico se me echan encima en menos de diez minutos, y no lo hacen precisamente a escondidas. Disfrutan exhibiendo su poder sobre mí. No sé por qué ahora se ocultan.
El camarero llegó con la comida y les sirvió. Draco jugueteó un poco con los cubiertos. Cuando se fue, volvió a hablar en voz muy baja:
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Sí lo es —respondió Draco, elevando el tono de voz—. ¿No lo ves? Me acoges en tu casa y empiezan a seguirnos por el mundo muggle. Un momento —dijo, entrando en pánico—, es posible que a mí sí me estuvieran siguiendo y ni siquiera me enterase.
—Draco. —Este se calló al oír su nombre—. Da igual. No hemos hecho nada malo. No debemos dejar que nos asusten. Si quieren seguirnos, que lo hagan.
—Sea como sea, no ha entrado aquí —murmuró Draco, pensativo—. No he vuelto a sentirlo.
—No, no lo he visto entrar —dijo Harry, que no había dejado de vigilar la puerta de reojo todo el tiempo—. No dejemos que nos estropee la noche, ¿de acuerdo? —le propuso. Reticente, Draco asintió. Para dar ejemplo, Harry propuso un cambio de tema—: Bueno, ¿qué te ha parecido la batalla de los Campos de Pelennor?
