Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner y yo no obtengo beneficio económico de esto.

Mil gracias por leer y comentar, sois estupendas, os lo digo siempre y soy un pesado, pero es que es verdad.

Trigger Warning: Escenas de sexo explícitas


Tercera base

—¿En serio llegó con eso ahí? —preguntó Draco, incrédulo, resoplando de risa.

—Como lo oyes —le aseguró Harry con una carcajada—. Te juro que no dábamos crédito. La médica especialista hizo venir a todo el equipo de residentes para que pudiéramos estudiar el caso.

Relegada la preocupación y la tensión por estar siendo vigilados, Draco estaba disfrutando de la velada. La conversación inicial sobre la película había virado a anécdotas cómicas que Harry se había topado en el hospital.

—Merlín, le estuvo bien empleado —celebró Draco, dando un trago a su pinta de cerveza muggle.

Draco apartó el plato vacío, ahíto. La cena había estado muy buena. La cerveza muggle también, una vez superado el regusto amargo que le había hecho arrugar la nariz en el primer trago. Harry había dudado cuando había pedido cerveza él también, por las medicinas, pero el camarero había aclarado que la tenían sin alcohol y Harry no había puesto más reparos.

—¿Te parece bien si pedimos otra ronda de cervezas y nos quedamos un rato más? —preguntó Harry, que tenía las mejillas sonrosadas.

Draco asintió, conforme. Harry tenía los ojos brillantes, un poco achispados por el alcohol. Draco también notaba calor en las mejillas y la cabeza volátil mientras miraba a Harry embelesado, a pesar de saber que no podía estar borracho. Se avergonzó por comportarse como un adolescente idiota acaramelado. Después de que el camarero les repusiese la bebida, Draco sintió el pie de Harry acariciando su pierna lentamente y mandó a la mierda a esa pequeña parte de él que intentaba hacerse la digna.

Excitado, Draco cogió la mano libre que Harry tenía sobre la mesa y empezó a masajearla entre las suyas mientras seguían hablando, pasando las yemas de los dedos por la piel morena y suave de la muñeca y acariciando el vello oscuro que llegaba hasta el dorso. Harry se lamió los labios, siguiendo con los ojos el movimiento de sus dedos, antes de apurar otro trago de cerveza.

—¿Sabes? Deberíamos haber adivinado tu amor por la medicina al ver cuánto tiempo pasabas en la enfermería de Hogwarts —bromeó Draco, risueño.

—Lo cierto es que visto así… —Harry se mordió el labio, pensativo. Draco alzó las cejas, curioso por saber en qué estaba pensando—. Nos comportamos como idiotas, ¿verdad?

—Unos más que otros —murmuró Draco en voz baja, casi inaudible, sintiéndose culpable—. No me enorgullezco de esos años en particular, si te soy sincero.

—Lo siento. No debí haber tocado el tema.

—Al contrario. Evitarlo no hará que desaparezca. Hice lo que hice y dije lo que dije. Nada cambia eso.

—Estás aquí, ahora. Sí que cambia. No eres el mismo que en aquella época.

—Para suerte de todos. —Draco se obligó a sonreír. Harry le devolvió una sonrisa sincera y la de Draco se ensanchó en respuesta.

—¿Estás pasándolo bien? —Draco asintió. Harry había conseguido que fuese una velada muy divertida. Llevarle al cine a ver una película había sido impresionante. De no ser porque estaba seguro de que Harry estaba gastando mucho dinero en él, Draco le pediría volver—. ¿Nos vamos a casa? —sugirió Harry, pícaramente.

Ansioso, Draco se levantó al instante, y ambos salieron al exterior después de que Harry pagase la cuenta. Con cariño, Harry le cogió de la cintura y le acercó a él. Draco le imitó, pasando el brazo por sus hombros. Anduvieron en silencio, mirándose de reojo y sonriendo cuando sus miradas se cruzaban. Draco caminaba sintiéndose en una nube de anticipación en el estómago. Esperando en uno de los pasos de peatones, Harry le dio un beso en la mejilla. Draco le miró, complacido, y Harry le robó otro beso en los labios.

Draco le atrajo hacia sí, besándole con ganas. Harry deslizó la mano dentro del bolsillo trasero del pantalón de Draco, tocándole el culo y la excitación creció en sus ingles. Un pequeño empujón involuntario de alguien que quería cruzar el paso de peatones les hizo separarse y los dos se apresuraron a cruzar, con una sonrisa tonta, acelerando el paso tácitamente para llegar a casa cuanto antes.

Draco apoyó la espalda contra la puerta del portal, esperando a que Harry abriese. Este dejó de buscar las llaves y se abalanzó contra él, besándolo mientras se apretaba contra él. Draco respondió de buena gana, acariciándole la espalda, el culo, intentando cubrir con sus manos el cuerpo de Harry.

—¡Idos a un hotel! —Una pareja de chicas que paseaban de la mano les guiñó el ojo. Harry se apartó de él y les devolvió el guiño con una carcajada.

En el ascensor, fue Draco quien atacó a Harry, besándolo como si no hubiese mañana, prolongando el contacto hasta que llegaron a su planta. Trastabillando para salir Harry se las arregló para encajar la llave en la cerradura. No bien hubieron cerrado la puerta a sus espaldas, Harry volvió a abalanzarse sobre él. Draco le dejó hacer, pensando que nadie iba a interrumpirles hasta que un maullido indignado se oyó a su lado y Lady le clavó las uñas en sus piernas para llamar su atención.

—Pequeña descarada —dijo Draco, agachándose para acariciarla—. ¿No te ha enseñado este humano a que cuando los mayores están ocupados no se les interrumpe?

Lady, encantada por la atención, comenzó a frotarse contra su mano y sus piernas. Harry se quitó la cazadora, riéndose, ayudando a Draco a quitarse el abrigo también antes de descalzarse para entrar en la casa.

—Nos ha echado de menos —dijo Draco, haciendo carantoñas a Lady.

—Sobre todo a ti, se ha acostumbrado rápido a tenerte en casa todo el día —respondió Harry, observándole complacido desde la puerta del dormitorio.

Con una última caricia a Lady, Draco se apresuró a descalzarse y se acercó a Harry, que lo recibió con un abrazo. Entretejiendo los dedos entre los cabellos de Harry, se inclinó para darle un beso en los labios.

—Bueno, Potter… —dijo Draco, sin separar los labios de la boca de Harry, poniendo la voz más sugerente que supo—, ¿dónde lo habíamos dejado?

—¿La pregunta no debería ser cómo quieres que comencemos?

Harry le había preguntado en un tono de voz similar al suyo, pero Draco entendió la duda subyacente. Harry necesitaba saber qué quería hacer y hasta dónde estaba dispuesto a llegar para poder cumplir su petición de respetar sus tiempos.

—Ha sido una cita preciosa y muy romántica —dijo Draco para ganar tiempo.

—¿Te ha parecido romántico ir al cine y a cenar?

—Sí. ¿Algún problema con mi concepto del romanticismo, Potter? —Harry se rio en sus labios, volviendo a besarle—. Lo de esta mañana me ha gustado mucho. Me gustaría hacértelo yo a ti. Quizá… quizá podríamos hacerlo del todo. No tiene sentido que me asuste probar algo que es tan placentero.

—De acuerdo —asintió Harry, lamiéndole la punta de la nariz y el labio—. ¿Qué quieres probar primero? ¿Arriba o abajo?

—¿Primero? —preguntó Draco al no entender a qué se refería exactamente.

—Bueno, si quieres probar ambas cosas, hoy tendrás que elegir. Pero no pasa nada si no quieres ir abajo, Draco —se apresuró a añadir Harry.

—No digas tonterías, Harry. Claro que quiero probar a ir abajo —aclaró Draco rápidamente. Había estado pensando que Harry querría ir arriba, por eso había estado asustado. Sin embargo, Harry realmente le estaba dando a elegir cualquier opción. Eso le hizo sentir más seguro—. Yo… ¿Puedo ir arriba esta vez?

—Perfecto —sonrió Harry.

Draco notó que Harry estaba satisfecho con su respuesta y que estaba deseando hacerlo así. Por un instante, Draco se arrepintió de no haber elegido esa opción. Decidió que no importaba, le ayudaría a ver y saber qué esperar cuando le tocase el turno a él. Se hizo la firme promesa de que no tardase en llegar.

—¿Entramos al dormitorio, entonces?

—Sí, aquí empieza a sobrar mucha ropa —dijo Harry con una sonrisa depredadora.

Entraron en la habitación y se desvistieron a trompicones. Harry le ganó y pronto estaba empujándole encima de la cama, dejándole con los pantalones a medio bajar. Con un par de tirones, Harry terminó de sacárselos, llevándose de calle también sus calcetines y calzoncillos. Encima de él, empezó a frotarse contra Draco.

—Harry, creía que habíamos quedado en que te la chuparía yo a ti —dijo Draco entre suspiros de placer.

—Claro que sí —asintió este entre beso y beso—. Además, tienes que prepararme.

—¿Cómo? —«Merlín, voy a hacer el ridículo, no sé nada», pensó, angustiado.

—No te preocupes, yo te iré guiando —prometió Harry con voz sensual.

Más tranquilo, Draco le devolvió los besos, dejando a Harry frotarse contra él a placer. Harry rodó en la cama, llevándoselo con él e invirtiendo las posiciones. Cuando enterró sus dedos en el pelo de Draco, este comprendió el mensaje: era su turno.

Primero probó a lamer los pezones de Harry, como este había hecho con él. Se irguieron instantáneamente en respuesta a su estímulo. Miró a Harry, que estaba relajado acariciándole la cabeza, con los ojos cerrados. Esa confianza en él le espoleó. Chupó los pezones una vez más, con una pequeña succión, soplándolos suavemente acto seguido, satisfecho cuando Harry se estremeció en respuesta. Bajó hasta el ombligo y hundió la lengua en él. La erección de Harry le rozó la barbilla, llamando su atención. Corroboró su primera impresión, era más gruesa que la suya. La sujetó por la base con una mano. Visualmente, parecía también un poco más corta.

—Lámela como si fuese un helado, desde abajo, hasta arriba —le indicó Harry en un susurró—. Sigue la línea de la vena.

Draco obedeció. Cuando hubo llegado arriba del todo, volvió a empezar.

—Esta vez, cuando llegues a arriba, presiona con la lengua la abertura, sin miedo, como si quisieras meterla por ahí. —Draco recordó que eso era lo que él le había hecho esa mañana. Se había sentido muy bien, así que se apresuró a hacerlo. Harry gimió en respuesta—. Ahora, lame mi frenillo. Es una parte muy sensible. No a todos les gusta, pero a mí me encanta.

Hipnotizado y excitado por las instrucciones de Harry, las siguió al pie de la letra, comprobando que este se controlaba para no embestir con las caderas hacia adelante.

—Ahora lame el glande. Con generosidad, empápalo de saliva —Draco obedeció sin apartar su mirada de la cara de Harry, que seguía con los ojos cerrados. Nunca había obedecido órdenes tan gustosamente—. Cuando estés listo, métete el glande en la boca y succiona. Cuidado con los dientes.

Escondiendo los dientes tras los labios, Draco hizo lo que le decía. Harry gimió más alto. Vio cómo se llevaba una mano a la boca y la mordía. Al volver a hablar, su voz sonaba temblorosa.

—Ahora, intenta metértela en la boca. No la cojas toda de golpe, no pasa nada si no te entra. El truco es relajar la garganta, pero puedes sustituirlo si usas tu mano en las partes que no alcances.

Draco había estado deseando oír esa instrucción. Quería tragarse la polla de Harry como él se había tragado la suya. Intentó abarcar lo más posible, pero se dio cuenta que no era sencillo. Siguiendo las indicaciones de Harry, usó el puño para sustituir la sensación de la boca donde no alcanzaba. Recordando lo que este le había hecho, usó su lengua para lamer todo el tronco. Relajó la garganta y, despacio, intentó introducírsela lo más posible. Cuando notó que le llegaba al final de la garganta, se retiró, dejándola salir.

—¿Está bien? —preguntó Draco, nervioso y expectante.

—Está genial, Draco. Pareciera que has nacido para hacer mamadas.

Draco sonrió ante el halago, que había sonado sincero. Harry se incorporó un poco y sacó un bote de la mesita de noche, que le alcanzó.

—¿Qué es? —preguntó Draco con curiosidad.

—Lubricante. Úntate los dedos generosamente. Después, me metes el índice.

Harry abrió las piernas y se acomodó para facilitarle el acceso a su culo. Draco miró críticamente el pequeño agujerito rosa que se contraía cada vez que la polla de Harry se tensaba. Dudaba que fuese a caberle el dedo, no digamos ya su polla. Harry había dicho que no era doloroso, pero Draco no veía la forma en que podía no serlo.

Draco acercó el dedo empapado en lubricante. Acarició el borde arrugado y suave, disfrutando de la sensación de estar tocando a Harry de una manera tan íntima y pensando que a él nunca nadie le había tocado en aquella parte. Harry suspiró y cuando, con cuidado, metió el dedo, volvió a hacerlo más fuerte. Había entrado muy fácilmente, resbalando más de lo que se esperaba.

—¿Está bien? —preguntó Draco, preocupado.

—Está genial —aseguró Harry con voz ahogada—. Ahora tienes que buscar mi próstata.

—Vale —asintió Draco, concentrándose.

—Mueve el dedo, está cerca de la entrada, como a cinco centímetros, acaricia con la yema. —Draco lo hizo, sin saber exactamente qué buscaba. Cuando topó con un pequeño bulto unos segundos después, Harry dio un pequeño empujón con las caderas.

—Justo ahí. ¿Lo has notado?

—Creo que sí. Como una nuez.

—Cuando la metas, tienes que intentar atinar en ese punto. Cuantas más veces aciertes, más intenso será para mí. Mete ahora dos dedos.

—¿Seguro?

—Hazlo —le suplicó Harry, ansioso.

Draco obedeció. Observó cómo Harry se retorcía con incomodidad e, instintivamente, agarró su polla con la otra mano y empezó a masturbarlo para compensar la molestia.

—¿Te duele? —preguntó Draco, preocupado.

—No. Es incómodo, porque llevo mucho sin hacerlo, pero no es doloroso. Además, si empujas hacia afuera, entran con más facilidad.

Draco comprobó cómo, efectivamente, el culo de Harry se contraía y expandía cuando empujaba hacia afuera al recibir sus dedos.

—Haz tijera con los dedos y, cuando veas que está flexible, mete otro más.

Draco obedeció, con la frente perlada de sudor por lo caliente que estaba. Se sentía genial hacer eso y ver a Harry disfrutar de aquella manera, retorciéndose y gimiendo de placer. Pensar en su polla entrando en ese estrecho agujero y siendo estrangulada como lo estaban siendo sus dedos le mareaba. Introdujo un tercer dedo y Harry sollozó con tanto deleite que le dio envidia por no estar en su posición.

—Merlín bendito —murmuró Draco, apretándose la polla por la base para evitar correrse sólo con sus dedos dentro de Harry.

—Ya, Draco —suplicó Harry con voz excitada—. Embadúrnate de lubricante tú también y métemela.

Harry dándole instrucciones había sido muy excitante, pero esta orden pasó de su cerebro y fue directamente a su pene, que brincó de emoción. Draco se acomodó de rodillas entre las rodillas de Harry, extendiéndose lubricante generosamente en la polla, y este le rodeó con las piernas para facilitarle la entrada.

Draco alineó la polla con la entrada de Harry y empujó. Este gimió y Draco paró, asustado por si le había hecho daño. Harry, viendo sus dudas, movió las caderas hacia arriba, empalándose un poco más mientras le sonreía pícaramente. Sin dudarlo más, Draco terminó de introducirse hasta el fondo.

—¡Salazar Slytherin! —gimió Draco, sobrepasado de placer, jadeando para intentar coger aliento y con la mente obnubilada por las sensaciones.

El calor y la estrechez del culo de Harry rodeándole la polla y apretándosela de manera increíble le cortaron la respiración. Durante unos segundos, Draco cerró los ojos y se quedó totalmente quieto, intentando no correrse instantáneamente. Al volverlos a abrir, Harry estaba mirándole con una sonrisa comprensiva.

—Se siente genial, ¿a que sí? —Draco asintió, apretando los labios y conteniendo un sollozo de placer—. Ahora es la parte fácil, Draco —le dijo Harry con una sensual voz ronca—. Sólo tienes que seguir tu instinto. Acuérdate de intentar dar en ese punto, pero si no lo haces, no pasa nada, esto se siente gloriosamente bien de todos modos.

Conteniendo el aire, Draco volvió a asentir, incapaz de hablar. Despacio, empezó a bombear, intentando llevar un ritmo estable para mantenerse en movimiento sin llegar a correrse. Recordando lo que Harry le había dicho, intentó entrar con un ángulo diferente. Harry hizo una mueca que no parecía de gusto, pero no dijo nada al respecto. Draco sabía que este le había dicho que no pasaba nada si no lo conseguía, pero quería que Harry se sintiese tan bien como él en ese momento.

Volvió a intentar otro cambio de ángulo. Dos embestidas más e intentó elevarse un poco para lograr una penetración más profunda y, en el siguiente embate, Harry jadeó de placer, echando la cabeza atrás. Orgulloso por haberlo conseguido, Draco volvió a empujar, arrancándole otro jadeo. Una vez más y Harry gritó.

—¡Sí, Draco! ¡Sí! —con un gemido largo, Harry dejó de vocalizar.

Enardecido, Draco aumentó la velocidad y la profundidad de las estocadas. No estaba consiguiendo acertar en el punto en todas las ocasiones, porque cuando lo hacía, podía notar el culo de Harry contrayéndose y aprisionando más su pene, pero veía claramente cómo este estaba disfrutando.

Ya estaba cerca del punto de no retorno y sabía que no duraría más de cuatro o cinco envites más antes de correrse. Viendo la polla de Harry rebotando contra su abdomen, Draco la agarró con una de las manos, sosteniéndose y haciendo fuerza con la otra para seguir empujándose dentro de su culo. Con firmeza, intentando imitar el ritmo que llevaba en las caderas, lo masturbó con energía.

Harry gritó de placer, su culo se contrajo a niveles imposibles, estrangulando tanto a Draco en las siguientes estocadas que este empezó a correrse dentro de Harry sin poder evitarlo. Harry se derramó en su mano, salpicándose el pecho. Incapaz de parar, a pesar de que su polla estaba tan sensible que le dolía de placer, Draco siguió embistiendo un poco más. Un poco más tarde, se dejó caer encima de Harry.

—Eso ha sido grandioso —dijo Harry, besándolo suavemente.

Draco estaba de acuerdo pero, exhausto por el esfuerzo físico, necesitaba recuperar el aliento. Las manos de Harry le acariciaron la espalda, húmeda de sudor. Le devolvió el beso mientras notaba cómo su erección disminuía dentro de Harry y el culo de este se ajustaba a su tamaño decreciente.

Se besaron con languidez durante un rato, entre suspiros de placer relajado. Los dedos de Harry siguieron la línea de su espalda hasta el culo y volvieron a subir. Con un escalofrío, Draco se dejó hacer durante un rato. Después, incorporándose, sacó la polla del culo de Harry y se acurrucó a su lado, soñoliento.

Harry los tapó a ambos con la sábana, apagó la luz y se puso de espaldas a él para permitirle que le abrazase como la noche anterior. Draco se dejó llevar por los brazos de Morfeo. Lo último que sintió antes de quedarse dormido fue a Lady subiendo a los pies de la cama para dormir con ellos y un sentimiento de felicidad y plenitud que le llenaba el pecho.


Cuando Harry despertó, apenas había amanecido. A pesar de que habían llegado tarde a casa y se habían dormido más tarde todavía, su cuerpo estaba acostumbrado a madrugar. Sin moverse para no despertarlo, disfrutó del cálido abrazo de Draco y del contacto de su cuerpo desnudo contra el suyo.

Se sorprendió de que le gustase tanto estar así, porque no era algo que hubiese disfrutado especialmente con otras parejas. «Con Draco sí», paladeó Harry, evocando el recuerdo de la noche anterior. Se preguntó cómo se sentiría Draco. Él recordaba perfectamente el día que había tenido sexo con penetración por primera vez, pero su cerebro había borrado todas las emociones, excepto la de que había sido un desastre. Uno bastante doloroso para los dos.

Draco se había desempeñado muy bien. Al principio, Harry había pensado en darle un par de indicaciones generales y dejar que él solo fuese descubriendo cómo hacerlo, pero había encontrado algo poderosamente erótico en irle dando instrucciones precisas sobre lo que quería y en cómo este le obedecía.

«Dios mío, esto mejor no se lo contamos a Hermione», pensó Harry, divertido. «Sólo serviría para reforzar su teoría de que hablar con las personas facilita las cosas y lo terrible que es que los chicos no lo hagamos nunca».

Acerca de Hermione… Llevaba dos días sin escribirla. Más, de hecho, porque no había llegado a enviarle el correo el día que Draco lo besó por primera vez. Con cuidado, intentando no despertar a Draco, se deshizo de su abrazo y salió de la cama con la intención de enmendar su retraso.

Un rato después, sentado en el sofá con una taza de café caliente y con Lady relamiéndose tras de haber comido, Harry se concentró en contarle a Hermione todas las novedades. «Bueno, algunas habrá que omitirlas», se rio entre dientes, notando los leves pinchazos incómodos y, a la vez, deliciosos con los que su culo le recordaba lo que había sucedido.

Al terminar, miró el reloj. La hora de desayunar había pasado con creces. Se asomó en silencio a la habitación. Draco seguía profundamente dormido. Comprendiendo que Draco debía estar agotado de todo el trajín del día anterior, Harry decidió que había tiempo de sobra y que no lo despertaría todavía. Sirviéndose otra taza de café, cogió el libro que había comenzado unos días atrás y retomó la lectura donde la había dejado.

Draco apareció en el salón una hora después, rascándose el estómago y bostezando. Lo buscó con la mirada y, cuando lo vio en el sofá leyendo, sonrió perezosamente. Harry se levantó y fue hacia la cocina, donde Draco ya estaba abriendo el frigorífico, sacando leche y huevos.

—¿No has desayunado? —preguntó Draco, bostezando de nuevo.

—Sólo un par de tazas de café para despejarme. ¿Quieres cereales?

—Sí, por favor.

Harry le sirvió un tazón de cereales mientras Draco encendía con soltura la vitrocerámica y empezaba a revolver los huevos en una sartén. Ambos se sentaron a cada lado de la barra a desayunar y Harry aprovechó para examinar atentamente la cara de Draco.

—¿Qué tal te encuentras? No quise despertarte, daba la impresión de que estabas muy cansado.

—Supongo que sí —bostezó Draco de nuevo—. Como sea, he dormido de un tirón. Me he despertado porque estaba hambriento.

—Hoy es domingo —constató Harry.

—Ajá —Draco alzó una ceja interrogativo.

«Está claro que no tiene el despertar más entusiasta del mundo», pensó Harry.

—Quiero decir… un domingo de cada dos, George me recoge para ir a comer a casa de sus padres. Ya sabes, los Weasley son como mi familia y sólo puedo verlos cuando voy a su casa.

—Estupendo. No te preocupes, estaré bien —convino Draco con voz cáustica.

—Pensaba proponerte que vinieses conmigo—sugirió Harry, a pesar de saber que probablemente no le haría gracia la idea.

—¿Un Malfoy en casa de los Weasley? —le preguntó Draco, mirándole incrédulo—. Además, pensaba que estaban en arresto domiciliario desde que llegó el nuevo Ministro al poder.

—Sí, no pueden salir de casa salvo para asuntos vitales. Bueno, es Arthur quien no puede, por sus vínculos con Kingsley.

—Pues no creo que le venga bien a su imagen que un ex-mortífago ex-convicto les visite.

—No digas tonterías, Draco. Eso no les importará —Harry se indignó, pensando que, si Draco los conociese, no diría eso.

—A ellos quizá no, pero al Ministerio a lo mejor sí.

—Dudo que el Ministerio esté en la Madriguera vigilando a quien invitan —rebatió Harry.

—Harry —le cortó Draco con voz conciliadora—. Sé que son tu familia y que quieres que yo también forme parte de lo que tienes con ellos. E imagino que, además, quieres demostrarme que no me escondes ni te avergüenzas de mí.

—Yo no he dicho eso.

—Lo sé, lo estoy diciendo yo. Pero no creo que sea buena idea —concluyó Draco, tajante. Harry frunció el ceño, dispuesto a combatir un poco más, pero Draco no se lo permitió—. Harry, no estoy diciendo que no vayas tú. Yo estaré bien, no pasa nada porque me dejes solo para comer, me apañaré.

—De acuerdo —se rindió Harry tras unos segundos. Para que Draco viese que no estaba enfadado, añadió—: Te voy a echar de menos.

—Lo sé. Sobre todo porque tienes una tarea pendiente.

—¡Oh, no te preocupes por eso! —Lo tranquilizó Harry—. Puedo darte el tratamiento antes de irme.

—Potter, me refería a que hoy te toca a ti follarme —le aclaró Draco con una mirada divertida. Harry se sonrojó hasta el cuello—. Lo de ayer fue una de las mejores cosas que he hecho en mi vida, pero después de ver lo bien que te lo pasaste tú, a pesar de que era mi primera vez, estoy deseando intercambiar los papeles.

Draco había arrastrado la última frase como hacía en su adolescencia, con indolencia, haciendo énfasis en «intercambiar los papeles». El pene de Harry dio un tirón dentro de sus pantalones de dormir, y Harry se maldijo por estar tan salido como un adolescente cachondo.

—Bueno, supongo que… puedo avisar a George de que hoy no podré ir…

—Harry, por Merlín —le miró divertido Draco—. No vas a avisar a nadie de nada. Te vas a comer con los Weasley como de costumbre, porque son tu familia y, cuando vuelvas tendrás que indemnizarme por tu ausencia.

Había vuelto a arrastrar las palabras con una sonrisa maliciosa y petulante. Harry ya estaba medio duro otra vez. Cualquiera diría que la noche anterior ni siquiera sabía qué hacer para metérsela y hoy le tenía comiendo de su mano.

—Eres un cabrón —dijo Harry, medio en serio, medio en broma.

—Ese lenguaje, Potter. O tendré que castigarte.

«Dios, me va a volver loco si sigue hablando así», pensó entre cachondo y divertido. Draco debió notarlo, porque se levantó con una sonrisa pícara del taburete y, excusándose en que necesitaba ducharse para poder recibir el tratamiento, entró en la habitación. Unos segundos más tarde, se escuchó el ruido del agua cayendo. Harry respiró hondo y se dedicó a recoger los restos del desayuno.

Un rato después, Draco estaba tumbado en la camilla mientras Harry le extendía la poción. Harry aprovechó aquella sesión para examinar y mover todas y cada una de sus articulaciones, en busca de algún problema que todavía no hubiese sanado.

Notó todo en orden y pensó que, probablemente, ya podría dar a Draco por sanado. Faltaba una sesión y le haría acabar los ciclos de pociones, pero el ojo clínico de Harry le decía que seguramente no era necesario y que, seguramente, Michael sólo había querido asegurarse.

Cuando terminó, Harry convirtió la camilla de nuevo en una cama y fue él quien entró en la ducha a asearse. Cuando salió, Draco estaba en el sofá, leyendo. George estaba a punto de llegar y Harry estaba empezando a ponerse nervioso. Sabía que los Weasley habrían acabado aceptando que Draco fuese a comer a casa si Harry se lo pedía, pero no sabía cómo iban a reaccionar como familia y, concretamente George, cuando lo viesen.

Los diez años transcurridos desde el final de la guerra habían ayudado a cicatrizar muchas heridas y el gobierno actual del Ministerio no despertaba las simpatías de George, pero Harry sabía que un Malfoy no iba a ser de su agrado. Ni él ni Ginny habían querido entender por qué había declarado a su favor, aunque tampoco se habían opuesto. Harry estaba seguro de que, si lo conociera mejor, cambiaría de perspectiva, pero no sabía si estaría dispuesto a darle esa oportunidad.

Paseó por la sala, incapaz de estarse quieto, preguntándose cuál sería la mejor manera de planteárselo a George. Se obligó a pararse. Miró a Draco, que estaba pendiente de sus movimientos con la cabeza ladeada y expresión seria.

—Vaya, Potter… Cualquiera diría que tienes una cita. —Aunque el tono que usó era el de ironía amistosa, pudo notar la preocupación impregnando sus palabras.

—Es sólo…

—Puedo irme a la habitación, si quieres —propuso Draco con suavidad. «Dioses, desde que ha sanado ha vuelto a ser tan perceptivo y agudo como lo recordaba».

—¡No! —negó Harry categóricamente.

—Eso me había parecido entender. ¿Entonces?

—Verás, la familia Weasley es encantadora. —Draco alzó una ceja, poniéndolo en duda—, Te lo aseguro. No me mires así.

—No te miro de ninguna manera —se defendió Draco con una risa suave.

—Pero George… Él perdió a su gemelo. No sé cómo va a reaccionar, no estuvo muy de acuerdo con que te defendiéramos. Los Malfoy no érais santo de su devoción. A él y a Ginny les cuesta más dejar atrás viejos rencores.

—No son viejos rencores —repuso Draco con voz tímida—. Soy un Malfoy, y él tiene derecho a echar de menos a su hermano.

—Tú no lo mataste.

—Pero estaba en el bando de los que sí lo hicieron. —Draco alzó la mano para impedir que Harry le interrumpiese. Este se calló—. No vamos a volver a entrar en los motivos que tuve para hacerlo. Era una varita más a la que enfrentarse y el Señor Tenebroso tenía tanto poder porque tenía muchas varitas como la mía a su lado.

—Creo que si te conociera mejor…

—Probablemente, Harry —le cortó Draco—. Pero no puedes, ni debes, forzarle a ello. Deja que sea él quien gestione sus emociones y su dolor. Es suyo, Harry. Créeme, sé mucho de dolores.

—He podido ayudarte con los tuyos —dijo Harry, refiriéndose no sólo a los físicos.

—Sí, y seguro que en algún momento tú, u otra persona, podrá ayudar a George Weasley a sanar los suyos —asintió Draco.

—No quiero que te escondas.

—Entonces, me quedaré aquí sentado, tranquilamente. Y, cuando venga, le saludaré con toda la educación que mi madre y mis preceptores me enseñaron. Y si hoy, o algún otro día, Weasley quiere mirar más allá de mi pasado, podrá verme a mí.

Harry se sentó a su lado. Draco le rodeó los hombros y Harry apoyó la cabeza en su hombro. Estaba muy orgulloso de Draco. Unos días atrás era un despojo tanto físico como emocional, pensó con un estremecimiento, y ahora era un chico de su edad, inteligente, maduro y divertido. Le parecía como si hubiese conocido a dos personas diferentes que seguían conviviendo juntas. Si el anterior Draco le había gustado, de este estaba enamorado, reconoció Harry para sí mismo con media sonrisa.

Un crujido sonó en la sala y George apareció junto a la puerta de la calle. George era la única persona que podía hacerlo. Antes de guardar la varita en el fondo de su armario, se había preocupado de poner las protecciones más potentes que se sabía. Harry se incorporó rápidamente para recibirlo.

—¡Hola, Harry! ¿Listo para marcharnos?

—Hola, George. Sí, dale —contestó Harry, tendiéndole una mano para que pudiera ejecutar la aparición conjunta.

Por seguridad, también la casa de los Weasley tenía fuertes protecciones mágicas. Al igual que sólo George podía aparecerse en casa de Harry, era también el único que podía llevarlo hasta la Madriguera. Harry miró, inconscientemente, hacia el sofá, comprobando que, desde donde estaban, oculto por la barra americana de la cocina, ni él ni George podían ver a Draco.

—Pues venga —George le cogió la mano, pero no se desapareció.

—¿Hay algún problema? —preguntó Harry, extrañado.

—¿Malfoy no viene? —preguntó George, extrañado.

—Eh… no… —contestó Harry, preguntándose cómo había sabido George que Draco estaba ahí.

—¿Lo tienes escondido? —preguntó George, soltándole la mano.

—Estoy aquí, Weasley —Draco se levantó del sofá con una sonrisa educada. Llegó hasta donde estaban y tendió la mano derecha a George—. Nos conocemos, pero creo que nunca nos han presentado oficialmente.

George miró su mano, receloso, y luego miró a Draco, evaluándolo. Harry se tensó como una cuerda. Aunque Draco hubiese prometido ser educado, si George rechazaba esa mano, Draco podría ofenderse. La situación le recordó otra similar, diecisiete años atrás, en el Expreso de Hogwarts. Serio, George le estrechó la mano a Malfoy, asintiendo a modo de saludo.

—Si Harry ha sido tan descortés de no invitarte, deberé hacerlo yo. A mi madre… a todos nos apetecería mucho que comieses con nosotros hoy, Malfoy —dijo George con formalidad.

—¿Cómo sabías…? —preguntó Harry, boquiabierto.

—Ron. Nos ha llegado una carta hoy. Dice que estás jugando a los sanadores con Malfoy. —Harry detectó las segundas intenciones en las palabras de George. Miró a Draco de reojo y vio que este también se había sonrojado—. Nos pedía que te echásemos un vistazo y te ayudásemos si lo necesitabas.

—¡Será bocazas! —se quejó Harry con un bufido.

—La noticia ha sido… sorprendente —George le miró a los ojos—, pero confiamos en tu criterio, Harry. Eres mi hermano y un hijo para mis padres. Cualquiera que tu consideres tu amigo, será amigo nuestro también, aunque vaya en contra de mi instinto. Somos familia.

—Gracias, George —contestó Harry, emocionado.

—Entonces… ¿vamos? —George extendió las manos en dirección a ellos. Se agarró a una de ellas. George miró a Draco—. ¿Malfoy?

Draco miró a Harry, interrogante. Este se encogió de hombros intentando decirle sin palabras que respetaba su decisión y podía hacer lo que quisiera. Finalmente, Draco aceptó la mano que George le tendía y este los desapareció en dirección a la Madriguera.

Harry miró de reojo a Draco cuando este vio alzarse la tambaleante Madriguera delante de él. Empezó a creer que aquello había sido mala idea cuando todos los Weasleys presentes, Arthur y Molly; Percy, Audrey, Molly y Lucy; Angelina, Fred II y Ginny; le estrecharon la mano efusivamente. Volvió a mirarle, sintiéndose culpable, cuando Molly, que había estado apretujándole a él en sus brazos durante largos minutos, procedió a hacer lo mismo con Draco, quejándose de lo delgado que estaba. Le dirigió otra mirada más, mordiéndose el labio, preocupado por su reacción, cuando Ginny le puso a Draco una montaña de platos en los brazos y le mandó ayudar a poner la mesa.

—No había pensado que las cosas fuesen a salir así —musitó Harry, en tono angustiado, en un momento en el cual ambos se quedaron solos en el comedor—. Lo siento.

—Harry, deja de mirarme como si fueses el culpable de todo en esta vida —contestó Draco, mordaz—. Estoy aquí porque he querido yo, con todas las consecuencias. Aunque sigo pensando que no es buena idea por si el Ministerio decide tomar represalias. Además, son tu familia —añadió con una mirada de cariño.

—Gracias —susurró Harry, dándole un rápido beso.

—No me las des ahora —contestó Draco con una mirada maliciosa—. Sigo pensando cobrármelo luego con creces.

—Te juro que vas a tener una tarde inolvidable —le prometió Harry.

Ginny y Percy entraron en ese momento con los últimos vasos, precediendo a Molly, que transportaba con magia el asado que había realizado para comer. Todos se sentaron a la mesa, conversando animadamente. Harry se dio cuenta de que, aunque todos se habían dado cuenta de que Draco apenas intervenía en la conversación, se esforzaban en hacerle sentir integrado.

Draco comió con apetito, pero cuando Molly trajo el postre, abrió los ojos desmesuradamente.

—Creo que no puedo comer más, Harry —le susurró al oído.

—No te preocupes, Malfoy —contestó Percy, que estaba sentado enfrente de Draco, dando de comer a la pequeña Molly—. Todos decimos lo mismo siempre y todos acabamos comiéndolo. No es que sea mi madre, pero cocina como los ángeles.

—No lo dudo. Todo estaba muy rico.

Draco comió el postre, alabándolo. Molly se hinchó como un pavo ante sus elogios. Al terminar de comer, sabiendo que seguramente Draco estaría agobiado de tener tantos Weasleys alrededor, por muy discretos y educados que se estuviesen comportando, Harry se levantó.

—Molly, estaba todo delicioso. Tenemos que marcharnos ya, Draco necesita tomar sus pociones y descansar.

—¿Tan pronto, Harry?

—Sí, lo siento. No te preocupes, Molly —la tranquilizó Harry, abrazándola—. La próxima vez me quedaré más tiempo.

Molly lo aplastó de nuevo contra su pecho. Harry se dejó hacer. Los Weasley solían meterse con él diciendo que su madre le quería más que a ellos, pero Harry adoraba los abrazos maternales de Molly.

—Muchas gracias por la comida, señora Weasley —se despidió Draco—. Hacía años que no comía tan opíparamente.

Halagada, Molly rechazó la mano que este le tendía y lo abrazó a él también, diciéndole que esperaba volver a verlo pronto por allí. Harry y el resto de Weasley rieron ante la cara de incomodidad de Draco. Aún tuvieron que despedirse uno por uno de todos los demás miembros de la familia antes de poder marcharse. Cuando, por fin, George los desapareció de vuelta a casa, el silencio de esta se acentuó por el alboroto que había habido en la Madriguera.

—Bueno, Harry, Malfoy —se despidió George—. Hasta la próxima.

—¡George! ¡Un momento! —George le miró, inquisitivo. Harry sacó un saquito del bolsillo—. Casi lo olvidaba. El otro día visité a Michael para comprar algunas medicinas. Dawlish apareció por allí y no pude abonarle lo que había comprado para que ese cabrón no metiese los hocicos donde no le llaman.

Comprendiendo, George cogió el saquito y se lo guardó.

—Muy bien. Se lo daré mañana, no te preocupes.

—Muchas gracias.

George hizo un gesto como de tocarse la visera, y se desapareció.