Disclaimer: Los personajes son de J.K. Rowling y de la Warner y yo no obtengo beneficio económico de esto.
Como curiosidad, con más de 6700 palabras este es el capítulo más largo de toda la historia y... fue uno de los primeros que escribí xD. Luego me dio muchos dolores de cabeza porque inicialmente estaba en otra posición y pasaban algunas cosas de otra manera y tuve que reescribirlo dos veces.
Muchas gracias por las lecturas y los reviews.
Trigger Warning: Escenas de sexo explícitas con prácticas que algunas personas podrían considerar poco convencionales.
Duras decisiones
Harry se volvió hacia él mordiéndose el labio, nervioso y expectante.
—Bueno… Has sobrevivido.
—No ha sido difícil, Potter —dijo Draco, levantando una ceja—. Tienes una familia muy bonita, Harry. Me han caído bien —reconoció acto seguido con una sonrisa triste.
Era verdad. En el pasado los había juzgado desde una perspectiva de superioridad debido a su posición económica. O, quizá, porque le repateaban esos aires de nobleza que se ostentaban en los pasillos de Hogwarts. Aunque tenía en cuenta que él tampoco había sido un santo. Sin embargo, le habían acogido como uno más. Sí, a petición del Weasley de Granger, que les había escrito chivándoselo, pero lo habían acogido.
No se engañaba, sabía que este había intercedido porque quería hacer el favor a Harry, pero una cosa no quitaba la otra. De hecho, él se había emocionado tanto como Harry cuando George había dicho aquello de que eran familia. Una familia más humilde y también más dicharachera, muy diferente a la suya propia.
Y, si George Weasley podía tragarse su opinión sobre un Malfoy exmortífago y exconvicto y aceptarle en su mesa, él también podía hacer feliz a Harry siendo amable. No iba a permitir que un puñado de pelirrojos consintiese a Harry más que él.
—Además, te recuerdo que no lo he hecho gratis —añadió Draco con lo que esperaba que fuese una sonrisa sugerente.
—¿Quieres cobrártelo ya? —preguntó Harry, inmediatamente dispuesto.
—No dejes para más tarde la poción que puedes hacer ahora, Harry.
Acercándose a él, Draco le sostuvo la barbilla con la mano, inclinó la cabeza y le besó delicadamente en los labios. Harry le respondió al beso, poniendo las manos sobre las caderas de Draco, disfrutando de la simple sensación del beso, sin ir más allá.
Al cabo de un rato se separó, observando los ojos verdes de Harry brillando, sus labios rojos por el beso.
—Besas muy bien —le felicitó Draco. Harry sonrió arrebatadoramente—. Y eres muy guapo.
—Usted también es muy guapo, caballero —bromeó Harry.
—No te atrevas a reírte de mí, Potter —le amenazó Draco.
—No me río de ti, tontorrón. Es verdad que eres muy guapo —Draco enarcó una ceja, escéptico y Harry añadió—: Te lo juro.
—Deberías dejar de hacer promesas y juramentos, Harry. Hoy estás acumulando unas cuantas.
—Pues entonces habrá que empezar a cumplirlas, ¿no? —preguntó Harry, dirigiendo su mano hacia la entrepierna de Draco, que jadeó excitado.
Volvieron a besarse. Harry le desabrochó el pantalón lo justo para poder meter la mano entre este y el calzoncillo, frotando su erección. Draco gimió agradecido contra la boca de Harry.
Un ruido estridente sonó en toda la casa y Harry saltó hacia atrás, alarmado. El sonido volvió a sentirse, como un soniquete impaciente.
—¿Qué es eso?
—El portero automático. —Draco le miró interrogante y Harry explicó—: Permite abrir la puerta de abajo desde aquí.
Se acercó a un artilugio blanco similar a los que había visto en las cajas rojas que había diseminadas por Londres. Las conocía bien, alguna vez había dormido en ellas, los muggles las usaban para hablar entre ellos.
—¿Quién es? —Harry escuchó la respuesta y apretó un botón, colgando aquello de vuelta—. Lo siento, Draco. Es Silvia.
—Silvia… Me suena…
—Mi compañera del hospital —le aclaró Harry—, la conociste el día que…
—La doctora Rodríguez, sí —le cortó Draco con una afirmación de la cabeza—. La recuerdo.
—Va a subir —le dijo Harry, señalándole los vaqueros. Draco recordó lo que habían estado haciendo unos segundos antes y se apresuró a abrochárselo, acomodándose la erección y maldiciendo la inoportuna visita.
Harry abrió la puerta en cuanto oyeron el ascensor abrir sus puertas al llegar a su piso. Silvia apareció en el umbral, sonriendo.
—¡Hola Harry!
—Hola, Silvia —contestó Harry cautelosamente—. No te esperaba.
—Es lógico, porque no podías saber que venía. El viernes te dejaste el teléfono en el trabajo. Vine ayer para traértelo, pero no estabas en casa —fijó su mirada en Draco y, entrando en la casa, le tendió la mano—. Vaya, tiene usted un aspecto magnífico. ¿Malfoy, verdad?
—Sí —asintió Draco, estrechándole la mano con recelo—. Trátame de tú, por favor. Tengo la misma edad que Harry.
—De acuerdo —contestó Silvia alegremente.
—Pues… Gracias por venir dos veces hasta aquí para traerme el teléfono —intervino Harry, claramente impaciente porque Silvia se marchara.
—No hay de qué —respondió Silvia, entregándoselo—. Te habría dejado una nota ayer, pero no llevaba papel. Suponía que estarías preocupado buscándolo.
Draco intercambió una mirada con Harry. Ni siquiera había mencionado el teléfono ese y juraría que nunca le había visto utilizarlo en casa. No le había visto preocupado, ni buscar nada. Tampoco había mencionado que hubiese perdido algo.
—Lo cierto… —reconoció Harry—, es que lo utilizo tan poco que ni siquiera me había percatado de que no lo tenía en casa.
—El viernes cuando te fuiste estuvo sonando, por eso pensé que debía traértelo cuanto antes.
—Te lo agradezco, Silvia. — Harry abrió la tapadera del dispositivo y lo miró, frunciendo el ceño. Draco se preocupó, preguntándose qué habría visto en la pantalla—. No parece una llamada urgente, pero muchas gracias por traérmelo cuanto antes.
—Bueno, no podía saberlo. Y… ¿qué tal te encuentras, Malfoy? —Moviéndose un poco para salir del campo visual de Silvia, Harry le hizo un gesto que Draco no supo muy bien cómo interpretar, salvo que la pregunta le había puesto más nervioso—. Cualquiera que te hubiese visto hace una semana en aquel box no habría apostado por una recuperación tan rápida. Si pareces hasta más joven, virgen santa.
«Silvia es muggle», se recordó Draco. Harry le había dicho que algunas de las enfermedades que había tenido eran tratables en el mundo muggle, pero que a ellos les costaba bastante más tiempo y dinero recuperarse.
—Bueno, realmente sólo estaba muy cansado y muy sucio —respondió Draco con prudencia—. Nada que no se arreglase durmiendo y con una buena ducha.
—¿Y has estado durmiendo aquí? —preguntó Silvia, provocando que Harry oscilase de un pie a otro, incómodo—. ¡Harry, pensaba que sólo tenías una habitación!
—Yo he estado durmiendo en el sofá —aclaró Harry, mirándole nervioso. Draco le intentó transmitir sosiego con la mirada. Entendía que no quisiese dar detalles a una compañera de trabajo, por bien que se llevasen—. Él necesitaba la cama más que yo.
—¡Oh! —«¿Ha sonado decepcionada?», pensó Draco, escandalizado—. Como me contaste que erais viejos compañeros de colegio, pensé…
Harry carraspeó antes de que pudiera continuar hablando. Silvia se volvió hacia él y comenzó a despedirse. Agitó una mano en dirección a Draco, quien le correspondió con un asentimiento.
—No molesto más, me voy —dijo Silvia, saliendo por la puerta, guiñando un ojo a Harry, que se sonrojó— Ya nos veremos mañana en el trabajo.
—De acuerdo —asintió Harry, aliviado—. Lamento no invitarte a un café como agradecimiento, pero es que nos has pillado en mal momento.
«Error», pensó Draco. Efectivamente, la sonrisa de Silvia se ensanchó.
—No pasa nada —aceptó Silvia, guiñándoles el ojo pícaramente—. Mañana invitas tú en la hora de descanso. ¡Adiós, Malfoy! Hasta mañana, Harry.
—Hasta mañana, Silvia —se despidió Harry, cerrando la puerta tras ella.
Ambos se quedaron inmóviles y en silencio mientras escuchaban cómo llamaba al ascensor. Cuando oyeron cerrarse las puertas de este y el motor descendiendo, Harry dejó escapar, con un resoplido, el aire que estaba conteniendo.
—Me cae bien tu compañera —dijo Draco, conteniendo la risa.
—No lo parecía el día que apareciste por el hospital.
—Porque no quería estar allí —repuso Draco, envarándose—. Pero ella fue muy educada y respetuosa. Más que otros sanadores con los que he tenido la desgracia de toparme.
—Es una gran profesional, sí. Su único defecto es estar obsesionada en encontrarme pareja. Aunque tengo la sensación que después de hoy va a poner algo menos de empeño.
—Lo cierto es que si es mínimamente inteligente, se ha ido sabiendo lo que va a pasar aquí en unos segundos —rio Draco.
—Me temo que sí. Y creo que no me importa —confirmó Harry, acercándose a él y abrazándole de nuevo—. ¿Por dónde íbamos? —preguntó antes de besarle otra vez.
Volvieron a besarse con languidez, justo como habían comenzado. A Draco le gustó aquello. Harry estaba dispuesto a ir despacio y a volver a empezar todas las veces que fuese necesario. Eso le dio seguridad.
Cuando la mano de Harry se deslizó otra vez hacia abajo y desabrochó el botón de su pantalón, Draco volvía a estar como una piedra. Correspondiéndole, encontró con la situación dentro de los calzoncillos de Harry era similar.
—Draco —jadeó Harry, con la voz ahogada—. Es hora de empezar a cumplir promesas. Tú. En mi cama. Desnudo. Ya.
Las palabras de Harry fueron directas a su pene, que dio un saltito en respuesta a sus órdenes.
—Eres un poco marimandón, ¿sabías? —dijo Draco con la voz ronca de excitación.
—Sí —confirmó Harry, entrecerrando los ojos—. Así que deja de discutir y tira.
—Con mucho gusto.
Ambos entraron en el dormitorio, quitándose la ropa a trompicones. Draco pensó que en algún momento debería tomarse el tiempo de desvestir a Harry despacio, descubriendo su piel morena poco a poco. Pero, después de haber anticipado ese momento durante tantas horas, no se sentía con ánimos de alargarlo más.
Harry no parecía ser de la misma opinión. Cuando estuvieron desnudos, este le empujó suavemente sobre la cama, besándole con calma otra vez, alargando el momento y las sensaciones.
—Prepárate para disfrutar, porque te dije que esta tarde iba a ser inolvidable para ti —ronroneó Harry en su oído.
Draco se estremeció con la expectativa de esa promesa. Deslizándose sobre su cuerpo, Harry le dio un par de lametones en la oreja izquierda que le hicieron gemir. «Merlín, esto es muy bueno», pensó, ahogando un gemido. Apenas acababa de comenzar y ya estaba a punto de correrse sólo de pensar en lo que iba a ocurrir.
El rostro de Harry fue descendiendo por el cuerpo de Draco, repartiendo algunos lametones aparentemente al azar en distintos lugares de este. Primero le lamió la carótida en el cuello. Después la línea de la clavícula. Draco alzó las manos para enterrarlas en el cabello de Harry, algo que le encantaba hacer, y este aprovechó el hueco para darle otro lametón en la axila derecha, empapando su vello. Draco se quedó paralizado por un segundo, porque era algo que no esperaba y, por un momento, le preocupó el olor o sabor a sudor. Al fin y al cabo era un sitio desagradable. Claro que él mismo se había considerado sucio y eso no había impedido a Harry masajearle, tocarle, besarle o chuparle.
«¿Por qué iba a ser menos ese lugar?», pensó Draco, estremeciéndose de placer ante la intimidad que sintió ante el lametón.
Harry continuó, ignorante de sus pensamientos y sin parecer molesto por el olor o sabor, dando sendas lamidas a ambos pezones y haciendo círculos con la punta de la lengua en su ombligo. Siguió la línea del músculo del abdomen con la lengua y pasó a la parte interior del muslo, donde en lugar de lamerle, le dio un par de besos a cada lado.
Continuó bajando, ignorando la erección de Draco, que se alzaba demandante y había comenzado a gotear. Un lametón detrás de la rodilla y continuó sin separar la punta de la lengua por toda la pantorrilla, alzándola con las manos para llegar sin tener que separarse de él. Poniendo el pie de Draco contra el pecho, bajó la cabeza y, metiéndose el dedo grueso en la boca, lo succionó.
—Circe bendita —murmuró Draco, empujando con las caderas hacia arriba. Harry sonrió, complacido, con el dedo todavía en su boca.
Harry estaba realmente lamiendo todo su cuerpo. Continuó con el siguiente dedo, tomándoselo con calma y, uno por uno, se introdujo cada uno de ellos en la boca, lamiéndolos seductoramente durante unos segundos cuando los tenía dentro de ella. Cuando terminó con el pequeño, volvió a empezar con el otro pie. En unos minutos, Draco era un amasijo palpitante de placer encima de la cama.
Harry sonrió y, masajeándole la planta del pie con los dedos pulgares, la recorrió con la punta de su lengua despertándole un cosquilleo en las ingles que nada tenía que ver con las inocentes cosquillas infantiles.
—Ahora tienes que darte la vuelta —dijo Harry con la voz ronca.
Draco le obedeció tan rápidamente como si Harry hubiese utilizado una imperius contra él. Se tumbó bocabajo, acomodando el duro miembro contra el colchón, sintiendo como se clavaba contra su ingle. Harry volvió a deslizarse sobre su cuerpo, lamiéndole en esta ocasión la oreja derecha. A Draco le recorrió la espalda un escalofrío de placer.
Bajando como antes, Harry le lamió la vena cava del cuello, llegando hasta su nuca. Con delicadeza, le hizo subir los brazos hacia la almohada donde estaba enterrada su cara y lamió su axila izquierda, despacio y regodeándose en el sollozo audible de Draco. Besó el espacio entre los omóplatos y fue depositando más besos por toda su columna vertebral hasta llegar a la parte inferior de la espalda, justo donde se alzaban las nalgas de Draco.
Harry chupó la nalga derecha en una lamida larga desde el pliegue de la pierna hasta la espalda. Después, repitió con la derecha. Draco sintió las manos de Harry separándole las cachas, exponiendo su culo. Con suavidad, Harry sopló justo encima, produciéndole más cosquillas.
«Oh, Merlin, va a lamer ahí también», pensó Draco, alarmado. «Las axilas y los pies son una cosa, pero eso es el culo. No puede ser agradable», razonó, angustiado.
Se apoyó en los codos y alzó la cabeza para decirle a Harry que ni se le ocurriera hacerlo, pero este fue más rápido y pasó la lengua desde el punto donde su escroto se unía al cuerpo hasta el final de la espalda en un lametón largo y lento. Draco se derrumbó de nuevo sobre la almohada, sollozando de placer. Harry repitió el movimiento, provocando de nuevo un estremecimiento en Draco.
Harry, sujetando aún sus nalgas con las manos, pegó la cara a su culo y empezó a lamer, besar, chupar y succionar su ano. Draco no había sentido tanto placer en su vida. Si unos segundos antes no había querido que Harry lamiese justo ahí, en ese momento no quería que dejase de hacerlo. Notaba cómo Harry estaba besando el agujero de su culo con la misma fruición y pasión con que lo besaba a él. Lo lamía, con los labios pegados alrededor de él. Incluso, sentía su lengua punteando la entrada, intentando meterla dentro.
Harry tensó la lengua y empujó con ella. Draco sintió cómo su ano se ensanchaba al paso de esta y volvía a cerrarse cuando salía. Se dio cuenta que estaba apoyado encima de su pecho y rodillas, alzando el culo hacia arriba, buscando la lengua de Harry con la misma intensidad con la que este intentaba meterla dentro de él.
Harry siguió lamiendo y chupando como si su culo fuese la cosa más deliciosa del mundo. Cuando este metió la mano por el hueco que había abierto al subir para permitirle un mejor acceso a su lengua, y agarró su polla, apretando firmemente la base, Draco gimió de placer en un grito que ahogó la almohada.
—¡Oh, Merlín, Harry! Eso es… Es…
—No te corras todavía, Draco —le pidió Harry con voz ronca—. Si ves que vas a hacerlo, avísame para que baje la intensidad.
Draco no le contestó. Apenas le quedaban fuerzas para intentar controlar su eyaculación, no quería gastarlas en responderle. Harry movió despacio la mano con la que sujetaba su erección, recogiendo el líquido que estaba saliendo en espesas gotas de él, usándolo para humedecer su glande.
Con la boca, Harry siguió follándole el culo, consiguiendo que este cediese poco a poco, dejando entrar cada vez más porción de su lengua. Draco gimió largamente y Harry separó la cara y soltó su polla. Draco estaba a punto de levantar la cabeza para averiguar por qué había parado, pero no le dio tiempo, una sensación fría se extendió por su culo.
«Lubricante», comprendió, intentando relajarse.
Harry introdujo un dedo con suavidad. Estaba tan distendido gracias a su trabajo con la lengua, que Draco apenas sintió una pequeña incomodidad al apretar inconscientemente. Harry lo notó y, con la otra mano, le acarició en la nalga en un gesto de consuelo, indicándole que se relajara.
—¿Está bien? —preguntó Harry en voz baja.
Draco asintió con un balbuceo incoherente, pero no importó, porque Harry debió entenderlo, ya que no sacó el dedo. Draco respiró hondo, recordando que empujar hacia afuera ayudaría. Harry rotó el dedo dentro de él, moviéndolo en cortas caricias con su yema. Segundos después, un latigazo de placer obligó a Draco a poner los ojos en blanco y volver a gemir.
—¡Ah, ahí estás! —oyó que decía Harry, como si su voz viniese de un lugar lejano—. Voy a meter otro, ¿de acuerdo, Draco?
Draco farfulló un asentimiento. El placer había sido tan bueno, que estaba dispuesto a dejarle meter cuantos dedos quisiera si eso se repetía. El dedo de Harry se retiró y volvió acompañado del segundo. Esta vez, su culo protestó más por la invasión y sintió como se apretaba alrededor de los dedos, como queriendo aprisionarlos. Harry volvió a agarrarle la polla, iniciando de nuevo las lentas caricias de antes.
Pronto, Draco se había olvidado de que eran dos los dedos que tenía dentro y estaba moviendo la cadera, follándose él mismo contra la mano de Harry, que había comenzado a separar los dedos dentro de su culo, obligándolo a estirarse. Al sentir que estaba alcanzando el punto de no retorno, Draco intentó encontrar la voz para avisarle, sin éxito. Harry debió entenderlo, porque retiró los dedos antes de que fuese demasiado tarde.
El culo de Draco se cerró y abrió en protesta por la falta de esa invasión tan placentera. Los dedos de Harry volvieron, otra vez fríos por el lubricante que había añadido. Lentamente, volvió a meter los dedos, que Draco sintió más gruesos esta vez.
«Tres», entendió Draco. «Harry tiene tres dedos dentro de mi culo, cuando hace una hora no habría apostado a que hubiese podido entrar siquiera un pelo», pensó Draco, excitado y sollozando de placer.
Despacio, Harry se fue abriendo paso. Empezó a mover los dedos hacia dentro y hacia afuera, combinándolos con un movimiento de rotación. Draco se sentía lleno, como cuando tenía ganas de ir al baño. Se asustó.
—Harry, para. ¡Para! —Harry se detuvo inmediatamente, sin sacar los dedos. Draco se volvió hacia él y este le devolvió la mirada, asustado.
—¿Te duele? —preguntó Harry, preocupado—. Debería ser incómodo porque es tu primera vez y tienes que acostumbrarte a la sensación, pero he ido despacio, no debería dolerte.
—No, no, es que necesito ir al baño. Y rápido.
Harry lo miró, como si no entendiese qué ocurría. Segundos después, un gesto de comprensión cruzó por su cara.
—¡Oh! Ya entiendo —dijo Harry con voz tranquila—. No te preocupes, Draco. Es normal. Crees eso porque es lo que tu cerebro asume que está pasando. Hazme caso, no hay nada aquí, tengo los dedos dentro, si hubiese algo ya lo habría tocado. Relájate y la sensación pasará.
Harry lo estaba mirando con confianza y parecía seguro de sí mismo. Tenía razón, comprendió Draco; tal y como tenía los dedos metidos, podría notar cualquier urgencia que pudiera tener. Respiró hondo y asintió a Harry. Este sacó y metió los dedos un par de veces más, mientras volvía a prestarle atención a su polla que, curiosamente y a pesar de la incomodidad, seguía estando dura como una piedra. Con cuidado, Harry sacó los dedos y el culo de Draco volvió a protestar por quedarse vacío.
—Harry… —suplicó Draco.
—Ya voy —le confirmó este—. Dime si te duele e iré más despacio, ¿vale?
Draco asintió, preparándose mentalmente. Harry se arrodilló entre sus piernas y, poniendo la punta de su miembro en la entrada de Draco, empujó ligeramente. Centímetro a centímetro, se abrió paso. Draco apretó los dientes a mitad del proceso, porque su culo había empezado a protestar por la invasión. La incomodidad había dado paso a un dolor de intensidad media que parecía atravesar su culo e ir directo a su columna vertebral.
No se quejó, pero Harry debió percibirlo, porque se detuvo, quedándose sumamente quieto mientras le acariciaba la espalda. Draco intentó respirar hondo y empujar, como Harry había dicho. Unos segundos después, el dolor había desaparecido y sólo se sentía extraño estar tan repleto en esa parte.
—Sigue —le indicó a Harry, jadeando.
Este volvió a empujarse poco a poco. Esta vez continuó hasta el final y Draco notó cómo los huevos de Harry le rozaban la piel del culo. Jadeó, sorprendido por lo placentero e íntimo que se sentía aquello. El día anterior, Draco se había preguntado cómo había podido Harry correrse con su polla dentro del culo y, aunque Harry le había explicado sobre la próstata, ahora entendía que no era necesaria, que sólo estar así con él podría catapultarle hasta el cielo.
—Voy a moverme —le avisó Harry, tras comprobar que Draco estaba de acuerdo.
Harry deslizó la polla hacia fuera, sacándola casi completamente, y volvió a empujar hacia adentro lentamente. Mantuvo la cadencia durante unos minutos, dando tiempo a Draco a habituarse a la sensación. Para cuando Harry aumentó el ritmo, la incomodidad ya había pasado y Draco sentía un cálido placer en las inglés, fruto de la intimidad del acto, el roce de la polla de Harry dentro de su culo y su propia excitación. El pene de Harry golpeó en ese punto que Harry había tocado los dedos y Draco se quedó sin aliento durante un segundo.
Haciéndolas más cortas para cerciorarse de que golpeaba ese punto cada vez que volvía a meter la polla, Harry aumentó la velocidad de sus embestidas. Draco empezó a sollozar de placer otra vez, gimiendo largamente y notando cómo las oleadas de placer que partían desde su culo llegaban hasta su polla, endureciéndola más todavía y provocándole unas ganas de correrse terribles.
Harry siguió aumentando el ritmo gradualmente. Draco creyó que iba a derretirse de placer o a estallar si no se corría ya. Un golpe en su próstata, dos, tres y sin poder más, Draco se corrió en el orgasmo más largo de su vida mientras los chorros de semen bañaban las sábanas, salpicando su pecho y barbilla. Harry gimió en voz alta al sentirle apretar el culo y sus embestidas pasaron a ser erráticas.
Consciente de ello, todavía con los restos del orgasmo desvaneciéndose en su ingle, Draco contrajo el culo lo más fuerte que pudo, sintiendo como Harry metía y sacaba su polla frenéticamente, intentando maximizar el placer que este sentía, recordando cómo había sido para él la sensación el día anterior. Harry empezó a jadear y gemir más fuerte, dando varios golpes erráticos que ya no acertaron en su próstata, y Draco sintió cómo su culo se llenaba con la corrida de Harry.
Agotado, Draco se derrumbó en la cama, incapaz de seguir sosteniéndose sobre los brazos. Harry cayó encima de él, con su pene todavía dentro de Draco soltando los últimos chorros de esperma. Se quedó así un par de minutos, sosteniendo el peso con los codos para no aplastar a Draco, disfrutando de la sensación. Finalmente, dándole un beso en la parte alta de la espalda, salió de él y se tumbó a su lado.
—¿Te ha gustado? —le preguntó Harry con una mirada de cariño en el rostro.
—Ha sido mejor incluso que lo de ayer —admitió Draco, jadeando.
—¿Me crees ahora cuando te digo que me gusta tanto ir arriba como abajo?
—Te creo. —Draco sintió un líquido tibio escurrirse entre sus nalgas—. Merlín, no…
—¿Qué pasa?
—Creo que estoy…
—Espera, espera —le dijo Harry, obligándole con la mano a permanecer tumbado—. No puede ser, he tenido mucho cuidado.
Harry volvió a situarse entre sus piernas y, con las manos, le separó las nalgas, observando atentamente. Draco le oyó soltar una risita antes de notar cómo, con la lengua, Harry chupaba el líquido que se le escurría. Después, volvió a lamer a lo largo de la división entre las nalgas, retozando unos segundos en su ano.
—¿Qué haces? —le preguntó Draco, sintiéndose violento.
—No estás sangrando, Draco. Es mío.
—¿Y por qué lo chupas? —protestó Draco, enrojeciendo de vergüenza y escandalizado—. Ha estado dentro…
—No seas mojigato, Draco. Ha salido de mi cuerpo. ¿No te ha gustado que lo haga?
—Claro que sí —admitió Draco—, pero no quiero que hagas cosas desagradables sólo porque me gusten.
—¿Ha sido desagradable para ti? —dijo Harry, volviendo a tumbarse junto a Draco
—No, pero tú…
—Entonces, no presupongas que ha sido desagradable para mí —le cortó Harry sonriendo—. Ha sido tan agradable que si no he seguido comiéndote el culo es porque has empezado a quejarte.
—Lo siento. Es que pensé que quizá el olor… o el sabor…
—Olías a jabón y sabías a ti. Estás delicioso. Me ha encantado hacerlo y, salvo que tú no quieras, me gustaría volver a repetirlo muchas veces.
—Esto es como lo de ir abajo, ¿verdad? Estás riéndote de mí en tu cabeza porque sabes que es algo muy placentero y yo estoy hablando desde la ignorancia, ¿a que sí?
—Sí —admitió Harry—, así es. Me ha gustado muchísimo chuparte y lamerte entero.
—A mí me ha gustado que me lo hagas. Y creo… creo que también quiero hacértelo yo a ti. Sólo hablaba desde el prejuicio.
—Me alegro. ¿Podemos dejar de hablar ya y besarnos?
—Tu lengua ha estado en mi culo, cochino —le contestó Draco con una sonrisa antes de besarle con todas sus ganas.
Draco se abrazó a Harry, profundizando el beso con languidez. Este bajo la mano hasta su culo, buscando de nuevo con los dedos el agujero de su culo con una caricia de consuelo. Draco sentía la zona un poco sensible y floja. Frotó la nariz contra la de Harry, agradeciéndole lo tierno de la caricia y lamentando no haber pensado él en hacer lo mismo el día anterior.
—Estás bien, ¿verdad? —preguntó Harry, con la voz teñida de preocupación, continuando con el roce de sus dedos—. ¿Te duele?
—No. Pero sigue haciendo eso, me gusta —le pidió Draco, apretándose contra él y besándole de nuevo.
Aunque era temprano y se había levantado tarde, Draco no tenía ganas de moverse. Se quedaron así, abrazados el uno junto al otro, dándose caricias cariñosas y agradables que buscaban cuidar y consolar en lugar de excitar.
Cuando la vejiga empezó a molestarle, Draco se levantó al baño, aprovechando para ducharse. Harry había aprovechado para preparar una cena frugal, lo cual Draco agradeció, pues todavía sentía el estómago lleno de la comida de la señora Weasley. Volvieron a la cama tras asearse. Tumbados de nuevo, compartieron besos y caricias que no tenían como objetivo encenderlos, sino relajarlos. En los ojos verdes de Harry, Draco vio reflejado el intenso cariño que este le tenía. Estaba seguro que, en su mirada, Harry podía ver una expresión similar. Y así, sin decirse nada y casi sin darse cuenta, se quedó dormido.
Al despertarse a la mañana siguiente, la cama estaba vacía. El sitio de Harry estaba tibio, por lo que dedujo que no hacía mucho tiempo que se había levantado. Escuchó atentamente, pero no se oía ningún ruido y el olor a café recién hecho, aunque persistía, se estaba desvaneciendo. Haciendo memoria, Draco era consciente de haberse medio despertado cuando Harry se había marchado a trabajar y se había despedido de él con un beso.
Se levantó al cuarto de baño, duchándose para despejarse. Fue a la cocina esquivando a Lady, que se empeñaba en entrometerse entre sus piernas cuando caminaba para frotarse contra ellas. Rindiéndose, Draco se agachó y jugó un rato con ella. Al sentarse en el taburete a desayunar, notó pinchazo en el culo. Intentó acomodarse, pero volvió a sentirlo. Al parecer, su culo se acordaba igual de bien que él de lo que había pasado la noche anterior. Harry no le había avisado de esa consecuencia en particular.
—Quizá se refería a esto cuando dijo que iba a ser una tarde inolvidable —comentó Draco, jocosamente, a Lady. Esta, sentada con formalidad a sus pies, le miraba penetrantemente—. Oye, no me mires así, seguro que los gatos también hacéis esas cosas.
Volvió a acomodarse y, aunque sintió otro pinchazo, decidió que no era desagradable. No dejaba de ser un testimonio de algo muy placentero y seguramente a Harry le habría pasado lo mismo el día anterior y no se había quejado.
Había terminado de desayunar y estaba sirviéndose un vaso de agua cuando oyó los golpes en la ventana. Al principio no le dio importancia. Miró a Lady y comprobó que seguía sentada, aunque sus orejas estaban alerta y miraba en dirección a la ventana. Se encogió de hombros. El golpeteo volvió a sonar. Lady se había subido al sofá, donde tenía una buena vista de la ventana y estaba agazapada moviendo el rabo en posición de caza. Con el ceño fruncido, Draco salió de la barra, se acercó a la ventana y, a medio camino, paró cuando vio la lechuza que estaba provocando los instintos cazadores de Lady.
Le cayó un peso en el estómago. Draco se quedó clavado en el sitio de puro terror. Su frente se perló de sudor y el cuello le palpitó a toda velocidad. Cerró los puños de las manos, fríos como témpanos de hielo.
—Una puta lechuza —murmuró Draco, aterrorizado.
En la semana que llevaba viviendo con Harry, este no había recibido una sola lechuza. Concretamente, le había comentado expresamente que no usaba el correo lechuza para hablar con sus amigos, sino métodos muggles. La lechuza volvió a golpear la ventana, impaciente. Lady estaba a punto de saltar sobre ella, probablemente ignorando que lo más probable era que se estamparía contra el cristal.
—No creo que traiga buenas noticias, Lady —dijo Draco, acercándose al sofá para tranquilizar a Lady, que había empezado a bufar—. Pero no leerla no la hará desaparecer, ¿verdad?
Con la mano temblando, Draco apartó a Lady, que protestó con un maullido, y abrió la ventana. La lechuza entró, ululando indignada y montando un escándalo. Volando hasta la barra de la cocina, dejó caer un sobre y se posó, aleteando. Lady, ante una presa tan ruidosa y atrevida, se había escondido debajo del sofá, desde donde seguía bufando.
—Lo siento, pero… aquí no tenemos golosinas para lechuzas —musitó Draco sin saber muy bien cómo reaccionar.
La lechuza ululó indignada un par de veces más y salió volando por la ventana de nuevo. Draco suspiró aliviado cuando la vio marchar. Con las rodillas temblando, cerró la ventana y se sentó en el sofá para tranquilizarse.
—Quizá… a lo mejor es una carta de los Weasley, Lady —dijo Draco, tratando de convencerse—. ¿Recibe tu humano carta de los Weasley por lechuza? Dudo que en esa casucha de Ottery St. Catchpole tengan portátil.
La acidez de la pulla no le hizo sentir más seguro. Lady seguía escondida bajo el sofá, lo cual indicaba que no era una situación frecuente. Resolvió esperar a que Harry llegase a casa para que abriese la carta y salir así de dudas. Seguramente, estaría haciendo un drama de aquello y Harry se reiría explicándole que era una carta normal y corriente.
«Van a ser unas horas muy largas», pensó Draco, deseando que Harry estuviese ya allí.
Decidiendo que lo mejor sería empezar por tranquilizar a Lady, Draco se agachó junto al sofá para acercarle una mano. Sabía que los gatos confiaban en los olores conocidos y seguramente su mano ayudase a que Lady saliese.
«Si no, usaré comida, la comida siempre funciona».
El golpeteo volvió a sonar. Draco giró la cabeza tan rápidamente que Nick Casi Decapitado estuvo a punto de tener un competidor. En la ventana había otra lechuza, más grande que la anterior, sujetando otro sobre en el pico.
—Merlín bendito —murmuró Draco. Una lechuza podía entrar dentro de lo normal por primera vez en varios días, pero dos lechuzas en cinco minutos en una casa muggle no era buena señal. Abrió los ojos, cayendo en la cuenta—. ¡Es verdad! ¡Es una casa muggle!
Esta vez se levantó a abrir rápidamente. Lo único que faltaba era que los vecinos de Harry empezasen a preguntarse qué hacían dos lechuzas en pleno Londres, golpeando una ventana a primera hora de la mañana y entrando y saliendo de un edificio de apartamentos.
La lechuza entró volando. Lady, superada por la situación, salió de debajo del sofá con el rabo entre las piernas y las orejas pegadas a la cabeza, corriendo hacia el dormitorio en busca de un refugio más seguro. La desazón de Draco creció más, viendo en ello un augurio de mala suerte. La lechuza, volando hasta la mesa, dejó caer el sobre y se fue rápidamente, sin esperar recompensa alguna.
Draco cerró la ventana con un portazo más fuerte del que pretendía. Seguía tenso y tenía el cuerpo empapado en sudor. No era médico, pero apostaba a que estaba teniendo un ataque de ansiedad similar el que tuvo Harry, aunque menos potente e incapacitante. Intentó poner en orden sus pensamientos. Decidiendo que lo prioritario era consolar a Lady y sacarla de donde fuese que se había escondido, dio un par de pasos en dirección al dormitorio cuando, mirando a la mesa de refilón, vio su nombre escrito en el sobre. Frenó en seco y se acercó a la carta sin tocarla:
A/A de Draco Lucius Malfoy
16 Denman St, Soho,
London W1D 7DY, Reino Unido
La estilizada caligrafía en tinta violeta parecía apuñalar el papel. En la esquina superior, los escudos del Departamento de Aurores y del Ministerio de Magia. Entonces se dio cuenta y la sensación de desazón creció en su interior. La carta había sido depositada junto a su varita, la de espino. Se acercó a la barra y vio que la otra había sido entregada al lado de la varita de acebo de Harry. Con un vistazo comprobó que el sobre era exactamente igual. Sólo variaba el nombre del destinatario.
—Mierda. Lo sabía —gruñó Draco, acojonado— Sabía que dos lechuzas seguidas era algo malo. —Miró detenidamente su carta, sin tocarla, pensando que nada de lo que hubiera escrito allí dentro iba a reportarles ningún beneficio a ninguno de los dos—. Saben que estamos viviendo juntos, joder —jadeó, cayendo en la cuenta.
El Ministerio sabía dónde estaba. Dónde estaban ambos. Los habían estado siguiendo. Ambas cosas tenían que estar relacionadas. Con las rodillas temblando, se sentó en el sofá. Tocó el sobre. La tinta estaba fresca: quien la hubiese enviado estaba cerca de allí. Con las manos temblándole, cogió la carta y rompió el lacre.
A la atención del señor Malfoy:
Se le cita a una comparecencia ante la Junta Permanente del Wizengamot
Fecha: a las 12:00h del tercer día a partir de la recepción de esta misiva.
Lugar: Sala número 5 del Wizengamot
Motivo: Tenencia de varita y realización de hechizos contraviniendo sentencia dictada por el Wizengamot.
Acusación: Departamento de Seguridad Mágica.
Tiene derecho a consultar y comparecer asesorado por un abogado.
La no comparecencia se entenderá como rebelión manifiesta y ejecutará las cláusulas de desobediencia y rebeldía de su sentencia.
Atentamente,
Augustus Fern
Jefe de Aurores
Departamento de Aurores
Ministerio de Magia
—Hijos de puta. —No le iban a dejar en paz. Ya estaba completamente seguro de que esto estaba relacionado con quien sea que les siguiese—. Me querían muerto. Me tiraron a la calle porque creían que iba a morir. Que Harry me haya recogido les ha jodido los planes —dijo Draco, con los ojos empañados en lágrimas y dolor en el pecho—. Y les ha dado la excusa.
La lechuza había enviado la misiva junto a su varita y él la había abierto. Si había un medio para detectar los hechizos realizados por Harry en su entorno, lo tendrían para saber que él había abierto su carta. Y eso implicaba que estaba junto a la varita.
—Merlín, estoy perdido —gimió Draco.
Sopesó sus opciones. La carta de Harry estaba escrita en la misma tinta violeta y llevaba los mismos sellos, así que tenía todo el aspecto de ser otra citación judicial.
—Esos hijos de puta van a aprovechar esto para ir a por él —comprendió Draco, angustiado—. Le acusarán de lo que sea.
Una opción era comparecer, llevar su varita y que comprobaran que no había realizado hechizo alguno. No podía saber si Harry había utilizado la varita en algún momento, en cuyo caso no podría demostrar nada.
«Qué coño, da igual de todas formas, presentarse con la varita es asumir el delito de tenencia de varita. Ejecutarían las cláusulas de rebelión y desobediencia que me llevarían al agujero de Azkaban, en el caso más optimista», comprendió Draco, apesadumbrado.
—Harry testificaría a mi favor. Ya lo hizo una vez. Y dijo que Granger me ayudaría si era necesario —se intentó convencer a sí mismo—. No, no funcionaría. Granger ni siquiera está en el país y Harry tiene problemas suficientes sin cargar conmigo.
«Y su testimonio no valdría de nada, sabiendo cómo están de mal las cosas para él en el mundo mágico». Nervioso, Draco se levantó y paseó por la sala. Estaba en un callejón sin salida. Daba igual dónde moviese el rey, estaría en jaque. Se detuvo cuando vio a Lady sentada en la puerta del dormitorio, cautelosa y lista para salir corriendo de nuevo.
—Recapitulemos qué es lo que sabemos, Lady —dijo agachándose para animar a la gata a acercarse y hablando con voz melosa. Sorprendentemente, hacerlo le tranquilizó, a pesar de que lo estaba haciendo por la gata—. Dos citaciones, la mía para acusarme de hacer magia y tener varita. No hay nada que pueda hacer para probar lo contrario.
«Y eso suponiendo que fuese un juicio justo», pensó, amargamente.
—Otra para Harry. Nos han estado siguiendo e intentando leer la mente. Saben que vivo aquí con él. Juntos. —Lady maulló y entró en la habitación. Draco le tendió la mano, que ella aceptó frotando el lomo contra ella—. Buena chica. Menudo susto, ¿eh? —la animó Draco, acariciándola—. A Harry esos hijos de la grandísima puta le registraron cuando fue a por mis pociones. Dijo que le daba miedo no poder venir a traérmelos. Van a juzgarlo por ayudarme, joder. Por darme una varita o por curarme.
«Joder, joder, joder». Intentó controlarse para no entrar en pánico. «Tiene que haber algo que pueda hacer. Lo que sea».
Probablemente, Harry podría salir de la ciudad o del país. Tenía varita y podía desaparecerse. Pero no con él encima. Estaba seguro de que sí que tenía un puñetero Detector. Cada vez que Harry hiciese magia cerca de él, estaría delatando su posición. No podía quedarse junto a Harry si quería que al menos él tuviese una oportunidad.
—Es el Detector lo que les ha traído hasta mí. Lo que les ha alertado de que hay magia en mi entorno. —Con la sensación de un jarro de agua helada sobre su cabeza, Draco entendió la implicación de sus conclusiones—. Tengo que irme, Lady.
No podía salir por la puerta sin más. Si a Harry le iba a costar entender que se fuese, no le perdonaría que lo hiciese sin explicárselo. Draco abrió al portátil y ejecutó un programa que le permitía escribir, explicándole en letras mayúsculas que se iba y por qué.
Necesitaba prepararse. Corrió a la habitación, sacó parte de su ropa y cogiendo una mochila de las que Harry usaba para ir al trabajo, embutió lo que le cupo en ella. En la entrada, donde había visto que Harry depositaba el dinero muggle al entrar, cogió todo lo que había. Saqueó también algunos paquetes de galletas y unas pocas latas de conservas. Fue hacia la entrada y abrió la puerta. Echó un último vistazo, antes de irse. Lady le miraba fijamente, de pie y alerta en medio de la sala.
—Lo siento. Cuida de Harry, ¿vale? —Draco salió y cerró la puerta.
