Disclaimer: Todo pertenece a J.K. Como mucho, podría decir que Silvia es mía, pero se gasta un carácter que cualquiera se lo dice.

Como siempre, aunque pueda sonar pesado, gracias por los reviews. Me hace muchísima ilusión recibirlos y leer vuestras impresiones y opiniones. Muchas muchas gracias.

Hoy no hay avisos de ningún tipo, entramos en las últimas 40 páginas (de Word) de la historia.


Desesperación

Harry salió de la ducha y se dirigió hacia su taquilla para cambiarse. Había conseguido evitar a Silvia a lo largo de la mañana, ya que imaginaba que querría curiosear sobre Draco y no estaba seguro de ser capaz de contestar a todas sus preguntas. Sacó ropa limpia de la mochila y, quitándose la toalla de la cintura, se frotó brevemente el pelo antes de echarla por el agujero que conectaba con el contenedor de la lavandería.

Se vistió rápidamente, cerró la taquilla y salió al pasillo, revolviéndose el pelo para facilitar que se secase más rápido. Con decisión, caminó hacia la salida del hospital. Si se daba suficiente prisa…

—¡Potter! —Resignado, Harry se dio media vuelta y vio a un residente del servicio de Hematología dirigiéndose hacia él.

—Hola, Crane. ¿Qué ocurre?

—El otro día olvidaste firmarme el volante de la ficha de análisis. Ya sabes, para administración.

—¡Ah! Disculpa –dijo Harry, haciendo un garabato encima.

—Gracias, Potter. ¡Qué tengas buena tarde!

—Igualmente —se despidió Harry con un gesto, dirigiéndose de nuevo a la salida.

—¡Harry! —le volvieron a llamar. Identificó la voz de Silvia. Suspiró, derrotado, y se dio media vuelta.

—Casi lo consigo —bromeó Harry con una mueca.

—Yo también creía que te escapabas —contestó Silvia, sin rencor—. Lo has hecho muy bien.

Con una breve carcajada, Harry le hizo un gesto y salieron juntos del hospital. Silvia iba extrañamente silenciosa, algo que le sorprendió, pues esperaba una batería de preguntas comprometedoras. Al llegar a la esquina donde debían separarse, ya que Silvia tenía que coger el subterráneo, se pararon.

—Harry…

—Silvia —le interrumpió Harry—, sé que quieres hacerme muchas preguntas. Pero no sé si puedo o si quiero contestarlas.

—¿Por eso has huido de mí todo el día? —Harry asintió—. Lo imaginaba. Has hecho bien, porque tenía preparado un verdadero bombardeo. Pero si no quieres que te pregunte, no lo haré.

—Gracias —sonrió Harry.

—Pero tengo que decir que estoy muy intrigada. La recuperación de ese chico es asombrosa. Parece cosa de magia. No había visto a ningún paciente con las rodillas así de destrozadas moverse con tanta facilidad como lo hizo él ayer. Y no me vengas con la monserga de que dormir y bañarse cura todos los males, no eres un homeópata.

—Ya… verás… —Harry se mordió el labio, sin saber qué contestar.

—No, tranquilo. Has dicho que no querías preguntas. Pero si me aceptas un comentario… es muy guapo. Hacéis muy buena pareja.

—¡Silvia!

—No me engañas. Me alegro por ti, cariño. Nos vemos mañana, ¿de acuerdo? —Silvia le dio un beso en la mejilla y bajó las escaleras del metro.

Harry suspiró aliviado, con media sonrisa. Había salido mejor de lo esperado, pero tendría que empezar a construir una buena historia y así tener una coartada cuando Silvia se decidiese a averiguar cómo había curado a Draco.

Se apresuró hacia casa, percatándose que hacía muchos años que no tenía tantas ganas de volver al hogar como ahora. Hasta ese momento, el piso había sido su casa, pero nunca había tenido prisa por meterse entre sus cuatro paredes. Había empezado a percibirla como un hogar con la mera llegada de Draco. Pletórico, subió las escaleras de dos en dos, demasiado impaciente para esperar al ascensor.

—¡Ya estoy aquí! —anunció Harry al abrir la puerta. Lady salió con el rabo en alto a recibirle. Descalzándose, le prodigó unas caricias, y esta setg frotó contra su pierna repetidas veces—. ¿Me has echado de menos, gatita? Yo a ti también.

Se levantó y fue hacia el dormitorio, Lady le siguió, enredándose entre sus pies. Draco no lo había oído llegar, por lo que Harry dedujo que tendría los auriculares a todo volumen. Al entrar, vio la cama deshecha y la ropa desordenada, igual que si alguien hubiese estado registrando la cómoda y el armario.

—¿Draco? —le llamó Harry, revisando revisaba el baño. Vacío también. Volvió a la sala y volvió a mirar hacia el sofá, por si no lo hubiera visto al entrar. El pecho empezó a dolerle de ansiedad. El piso era demasiado pequeño para poder esconderse en otro sitio—. ¿Habrá salido para algo? No puede ser… Ni siquiera me había acordado de darle una llave para que pudiese hacerlo.

El corazón se le aceleró de la angustia. Draco no estaba. Se había ido. El armario estaba revuelto, había estado buscando qué llevarse. El reproductor y los libros seguían allí. Revisó de nuevo la habitación y comprobó que, efectivamente, faltaban prendas de Draco y una de las mochilas que utilizaba para ir al trabajo.

—¿Por qué, Draco?

Draco no había vuelto a hablar de irse desde hacía días. Harry había creído que estaba a gusto con él, que ya no era un favor para ayudarle, que eran amigos, más que eso. Sin saber qué hacer, perdido y desorientado, volvió a la sala.

—Se ha ido, ¿verdad, Lady? —Esta acudió al oír su nombre y se sentó a sus pies, mirándole serenamente.

Se sentó en el taburete de la cocina, desconcertado. Con la cabeza entre las manos, vio el sobre que reposaba allí encima, justo al lado de su varita. Un sobre del Ministerio, con el sello de los aurores. La sola visión de la tinta morada le revolvió el estómago.

A/A de Harry James Potter

16 Denman St, Soho,

London W1D 7DY, Reino Unido

—¡Hijos de puta! —exclamó Harry, sin pensar, empezando a hiperventilar.

No lo tocó. Harry sabía que si el sobre estaba ahí en lugar de haberle sido entregado directamente era porque él mismo tenía encima un encantamiento inmarcable, cortesía de Hermione, que impedía a las lechuzas encontrarle. Había sido una consecuencia de la ingente cantidad de correo que recibió en los días siguientes a la derrota de Voldemort, haciendo su vida imposible. El Ministerio había encontrado la forma de enviarle notificaciones oficiales dirigiéndolas a su varita hacía unos años y Harry había aprendido que, si las tocaba, en el Ministerio sabían que las había recibido.

Sabía a ciencia cierta que lo que había dentro de esos sobres eran notificaciones judiciales. Para declarar sobre tenencia de ingredientes de pociones peligrosas, hechizos avanzados de defensa o, simplemente, connivencia con mortífagos, cuando declaró en el juicio de los Malfoy.

Comprendió que había llegado una lechuza durante su ausencia con una notificación del Ministerio y Draco había desaparecido. No le fue muy difícil atar cabos. Harry fue hacia el sofá. Otro sobre junto a la varita de Draco, abierto y con la carta desplegada sobre la mesa. Estaba ligeramente arrugada, prueba de que Draco la había agarrado con fuerza.

—Hijos de puta —repitió Harry cuando leyó el contenido, procurando no tocarla.

El portátil estaba abierto y encendido, así que pulsó una tecla para desconectar el ahorro de energía. «Draco no se ha ido sin escribirme», asintió Harry, satisfecho.

Harry.

Lo siento. Lo siento mucho. Si estás leyendo esto, ya las habrás visto. No sé qué pone en la tuya, pero lo puedo imaginar.

No puedo demostrar que no he hecho magia, Harry. Ni siquiera que no tengo varita. Cualquier mínimo indicio para inculparme acabará conmigo en Azkaban. Mi única oportunidad es irme, volver a perderme en el bullicio de Londres y rezar porque quien sea que nos ha seguido estos días me pierda la pista antes de que se den cuenta de que no pienso asistir a la cita.

Me habría gustado quedarme contigo, de verdad, pero no puedo hacerlo sin ponerte en riesgo. Tengo el Detector. No sé cómo lo han hecho ni cómo funciona, pero es evidente que han descubierto la magia en mi entorno. Para ellos será como si yo hubiese realizado los hechizos. Han mandado la carta a la varita, tampoco sé muy bien cómo, pero pueden alegar que yo estaba junto a la varita.

Decidan lo que decidan, yo voy a Azkaban. No puedo permitirlo y tampoco que vayas tú. Lo siento. Seguro que ahora estás pensando que debería haberme quedado y haber buscado una solución juntos, pero yo no habría funcionado.

Por favor, Harry, lo que sea que ponga en tu carta… no acudas. No nos habrían estado siguiendo si tuviesen buenas intenciones. Ponte a salvo. No me busques. Sal del país, ve con tus amigos a Francia... Aprovecha que no estás a mi lado para hacer magia y huir. Yo haré lo propio, intentar que no me atrapen. Un año viviendo en la calle me ha dado algunos trucos de supervivencia. No te preocupes por mí.

Desearía que este tiempo que hemos pasado juntos hubiera sido mayor, Harry. Ha sido un regalo tenerte en mi vida y no me arrepiento de nada.

Cuídate. Te quiere.

Draco.

—¡Será imbécil! —Lady le maulló indignada cuando se levantó bruscamente—. Está como una cabra, Lady. ¡Como una cabra! ¡Es idiota si piensa que va a conseguir engañar al ministerio! Ni siquiera podemos descartar que no tenga algún hechizo localizador.

Se desanimó. Si era así, daba igual lo que hiciese, atraparían a Draco y estaría fuera de su alcance. Sí tenía razón en una cosa: tenían que salir del país. «Los dos», se prometió Harry firmemente. Se enjugó las lágrimas, intentando dilucidar qué podía hacer. Si al menos Ron y Hermione estuviesen allí…

—¡Claro! ¡Ron y Hermione!

Cogió el teléfono y marcó el último número de la lista de llamadas. Hermione descolgó al segundo tono.

—¡Harry! —Su voz sonó preocupada. Harry sintió un ramalazo de culpabilidad, debía llevar esperando tres días a que le devolviese la llamada.

—Necesito ayuda. —Ya habría tiempo para explicaciones después—. Draco se ha ido.

La conversación fue larga, pero no le preocupó, ya se haría cargo de la factura de teléfono cuando estuviesen a salvo. Con un suspiro, se echó hacia atrás en el sofá. Hermione puso el altavoz para que los tres pudieran hablar con comodidad.

—Debe funcionar como el Detector infantil —elucubró Hermione cuando la puso al día de lo ocurrido—, pero probablemente tiene propiedades similares al Tabú de Voldemort. Imagino que habilita a quien sea a aparecerse allí donde salta la alarma.

—¿Draco funciona como una bengala? —preguntó Harry.

Lady, todavía asustada por las lechuzas que habían invadido la casa esa mañana, no se había separado de su lado y estaba extraordinariamente mimosa. Harry se lo agradeció silenciosamente, acariciándola, pues le estaba sirviendo de consuelo tenerla a su lado.

—La magia de su entorno, la presencia de otro mago, el que haya tocado una varita… No sabemos qué puede haber sido exactamente, pero sí, en esencia, así es —confirmó Hermione.

—¿Podría ser una palabra? Algo que Malfoy haya dicho, si dices que es como el Tabú —dijo Ron—. Si habéis hablado algo relacionado con el Ministerio, el Ministro, o la guerra…

—Claro que hemos hablado de esas cosas, pero…

—Tendrían que saber qué palabra utilizaría Malfoy. Como un hechizo o algo así. No tendría sentido colocar un hechizo tan difuso —rebatió Hermione, desechando la teoría de Ron sin miramientos.

—¿Un hechizo, entonces? —preguntó Ron.

—Draco no ha hecho ningún hechizo —negó Harry, levantándose y caminando por la sala, nervioso—. Sujetó la varita cuando se la di, pero no llegó a utilizarla.

—Entonces, por lo que sabemos, podría haber sido su cercanía a ti. Ha sido tu magia la que ha hecho saltar el Detector —razonó Ron—. Si quieres salir con él de allí, vas a tener que hacerlo sin magia.

—No puedes arriesgarte a hacer más magia cerca de él, Harry —dijo Hermione—. Ni siquiera dejes que toque la varita.

—Si es mi presencia la que activa el Detector, no servirá de nada que no tenga varita, sólo lo dejará indefenso —discutió Harry.

—En ese caso, seguramente os enteréis más pronto que tarde —insistió Hermione, vehemente—. Lo primero es encontrarlo.

—No, 'Mione, lo primero es sacar a Harry de allí —dijo Ron.

—Ni borracho —se negó Harry, enfadándose—. No me voy de aquí sin Draco. No puedo dejarlo a merced del Ministerio. Incluso aunque consiguiera despistarlos y no le encontraran, volver a la calle podría costarle la vida.

—¡Pero Harry…! —protestó Ron.

—Lo primero es encontrarlo —se encabezonó Harry.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Hermione, siempre práctica.

Miró la citación de Draco. Tres días. Tenía tres días para encontrarle y salir del país. Todo sin que en el Ministerio se diesen cuenta de que Draco no estaba con él, de que estaban planeando desaparecer y que no pensaban presentarse a la citación, porque entonces no habría plazo alguno.

—Abre tu carta, Harry —dijo Hermione.

—¿Qué? ¡No! ¡Sabrán que lo ha hecho! —la contrarió Ron.

—Tengo que hacerlo —dijo Harry, mostrándose de acuerdo con su amiga—. Hay que mantener la normalidad para que en el Ministerio no sospechen nada. Nunca he dejado de asistir a una de estas citas.

—Tienes que seguir haciendo vida normal, Harry —agregó Hermione—. Mañana tienes que salir a trabajar. Si cambias tu rutina, sospecharán.

—Puedo decir que he enfermado. O coger un día de asuntos propios. No puedo ir a trabajar y perder horas allí en lugar de buscarlo.

—Para tu trabajo servirá esa excusa, Harry, pero el Ministerio se olerá la tostada —dijo Ron, apoyando a Hermione.

—Odio cuando te pones de su parte —le recriminó Harry, en broma.

—Ella odia cuando no lo hago —replicó este con sarcasmo.

—Voy a avisar a mis padres. Harry… —Oyó el ruido de la chimenea siendo encendida mágicamente a través del teléfono—. Vas a encontrarlo y os vamos a sacar de ahí. Perdona por haber insinuado lo contrario.

—No hay por qué disculparse, Ron.

—Es importante para ti, debería serlo para nosotros también.

—Gracias —dijo Harry, con la voz ahogada por las lágrimas que amenazaban por derramarse por sus mejillas. Al otro lado del teléfono, oyó que Hermione también contenía un sollozo.

Ron abandonó la conversación para intentar solicitar la conexión con La Madriguera. Arthur Weasley no podía salir de casa, pero Percy todavía trabajaba en el Ministerio. Sus afiliaciones familiares le habían hecho descender en la escala, pero sus acciones de lealtad al Ministerio durante la guerra habían impedido que lo despidiesen. Si capturaban a Draco, él podría enterarse.

—George, Angelina, Audrey y Ginny pueden salir al mundo muggle y ayudar a buscar a Draco —propuso Hermione—. No levantará sospechas sobre ti. Dudo que los tengan vigilados.

—Londres es enorme, será como buscar una aguja en un pajar —adujo Harry, frustrado porque las soluciones que Hermione aportaba parecían inútiles, pero a él no se le ocurría ninguna mejor.

—Hay rituales de localización y señaladores que podrían utilizar para intentar delimitar el área de búsqueda —indicó Hermione, siempre práctica—. Necesitan a alguien con una conexión fuerte con él, así que tendrías que realizarlos tú.

—No sé si usar la magia va a ser lo más conveniente.

—Lo sé, por eso será mejor dejarlos de penúltimo recurso e intentar rebuscar en el pajar primero.

—¿Penúltimo? —preguntó Harry, divertido a su pesar—. ¿Cuántos planes has elaborado ya, Hermione?

—Los que hagan falta. Si nada funciona, que le manden a Draco una lechuza desde la Madriguera con su varita y que se aparezca donde le digamos. Si el Detector funciona como creemos, activándose cuando hay magia cerca de él, será como ponerle una flecha de neones encima de él, pero tendrá la oportunidad de acudir a ti.

—Esperemos que no haya que llegar a eso —deseó Harry.

—Por eso hay que empezar buscando a pie.

Al final, acordaron que Harry saldría a hacer ejercicio en su tiempo libre para poder buscar a Draco en los parques y calles cercanas al piso sin levantar sospechas. Hacía una semana que no salía, pero despertaría pocas sospechas si, cuando volviese, pidiese cena para dos en algún restaurante de comida para llevar.

—He hablado con papá —Ron volvió a unirse a la conversación—. Ya está avisando a toda la familia. George va a decirles a los demás dónde está tu casa, tienes que abrir las protecciones para que puedan entrar si lo encuentran.

—Ron, no deben implicarse en esto, o estarán en peligro ellos también.

—Somos familia, Harry.

—Somos familia, Ron. —Harry le tiró el argumento de vuelta—. A mí también me preocupa que estén bien.

—Estarán bien, Harry —lo tranquilizó Hermione—. Al menos mientras no corramos riesgos estúpidos.

Asintió, a pesar de que sabía que no lo veían, rindiéndose. Sabía que con la ayuda de los Weasley sería casi imposible encontrar a Draco. Sin ella, las probabilidades se desplomaban.

—Una cosa más, Harry —añadió Hermione—. Tienes que sacar del banco tu dinero muggle. Con discreción, claro. Será más fácil que puedas alquilar anónimamente habitaciones si pagas en efectivo. Si das tu nombre, te localizarán.

Harry se había deshinchado ante esto. Evidentemente, Hermione había pensado en todo, dando por hecho que le volvería a tocar huir como en la guerra, sin disponer esta vez de la magia para ayudarse.

—Yo me encargaré de buscar un medio de transporte para salir de las islas y comprarte los billetes que necesites —dijo Hermione—. Tú sólo prepárate para salir corriendo cuando llegue el momento oportuno. Ten listo todo lo que necesites.

—Ojalá esta vez tuviéramos una casa franca como Grimmauld Place —lamentó Ron.

La conversación languideció cuando ninguno fue capaz de aportar ideas y los planes empezaban a ser descabellados. Se había sentido todo el tiempo como cuando planeaban el siguiente paso a dar durante la guerra. Emocionalmente agotado, Harry colgó el teléfono. Reuniendo las escasas fuerzas que sentía para resistir la parálisis de la ansiedad, se levantó para ir a ponerse ropa deportiva.

—Cuanto antes salga, menos habrá podido alejarse Draco.

Antes de salir, Harry modificó las protecciones de la casa como le había pedido Ron. Después, cogió la mochila más cómoda de las que tenía. Draco se había llevado, sin saberlo, su favorita. Sin pronunciarlos en voz alta, le hizo el encantamiento de extensión indetectable, buscando con la mirada qué debería preparar.

«Las varitas de ambos. La Capa de Invisibilidad. Comida enlatada. Comida y transportín de Lady. Algo de ropa de cambio para los dos», enumeró, guardándolo todo rápidamente.

Con eso bastaría de momento. Lo demás era material y podría reponerlo en el futuro. Dejó la mochila a mano, listo para cogerla en caso de urgencia. Harry salió de casa. Además de buscar a Draco, se acercaría a un cajero automático e intentaría sacar la máxima cantidad de dinero posible. Si las cosas se precipitaban, al menos ya tendría un mínimo.

Trotando lentamente, Harry dio vueltas a la idea de tener una casa franca. Grimmauld Place estaba descartada, claro. El Ministerio la había incautado junto a la fortuna de los Black. No pudo evitar sentir un pinchazo de nostalgia por tiempos igual de oscuros que, en la distancia, parecían más felices. Recordó a Kreacher, del que no había vuelto a saber nada, confiscado por el Ministerio como una posesión más.

Pensó en Dudley. No habría sido mala idea para pedirle una casa neutra, pero ni siquiera tenía su contacto, ni sabía tampoco si todavía vivía con sus padres. Podía presentarse de improviso en Privet Drive, pero seguramente Petunia y Vernon armarían demasiado escándalo.

«Silvia», se le ocurrió, inspirado de repente.

Sabía más o menos dónde vivía. En caso de huida, podían ir hacia ella. Era una persona de confianza. Más que el resto de colegas de trabajo, al menos. Nunca habían hecho mucha vida social, porque ella era mayor que él y tenía familia, pero siempre habían estado ahí el uno para el otro, cubriéndose si hacía falta.

Decidió llamarla al volver a casa. Intentaría pedirle ayuda contando lo menos posible, pero que, si tenía que aparecerse de golpe en la puerta de su casa, al menos estuviera sobre aviso. Al final, Silvia iba a acabar averiguando unos cuantos secretos después de tantos años, pensó con ironía.

Jadeando, Harry redujo todavía más el paso, al punto de que cualquiera podría adelantarle caminando a paso normal. Puso rumbo al parque donde habían ido a pasear, con la esperanza de que se hubiese dirigido allí. Dio varias vueltas por él y se detuvo en una fuente a estirar para asegurarse, mirando a su alrededor. Frustrado, se dio cuenta que tenía la esperanza infantil de encontrarlo allí esperando. Caminando, continuó en dirección al hospital. Quedaban algunas horas para el anochecer y, si cuando lo encontraron estaba cerca, quizá tenía algún lugar donde dormir en la zona.

Paseó por todas las calles que se le ocurrieron, algunas incluso dos veces, como el callejón donde Draco se había metido cuando salió del hospital. Entró al hospital a saludar y preguntar si habían tratado algún mendigo ese día, lo que suscitó caras extrañas entre sus compañeros de urgencias.

—Es una tontería —masculló Harry, volviendo a salir y tomando otra dirección en la calle—. Se ha ido hoy, imbécil, nadie pensaría que es un vagabundo.

Siguió caminando y corriendo hasta que no quedó luz diurna. Recordando lo que Hermione le había dicho, se forzó a volver a casa pasando por la hamburguesería, donde compró dos raciones para cenar. No había observado a nadie siguiéndole pero, por si acaso, vigiló a su alrededor mientras esperaba.

Aceleró el paso para llegar a casa, ocurriéndosele que, si Draco se había arrepentido de haber huido, probablemente estaba esperándole en la puerta, pero la fútil esperanza se desvaneció una vez más cuando llegó al portal. Al abrir, Harry miró al cielo, cada vez más encapotado. Amenazaba lluvia y Draco estaba allí fuera, a saber dónde.

Sólo esperaba que no le hubiesen encontrado todavía. Supuso que, si así fuese, saldría en El Profeta y los Weasley se enterarían rápidamente, pero la sensación de preocupación no se desvaneció. Dejó la comida encima de la barra y se agachó a mimar a Lady. Incapaz de comer, Harry se tiró en el sofá para llamar a Silvia, quien le facilitó su dirección exacta tras arrancarle la promesa de que le contaría al día siguiente más detalles sobre lo que ocurría.

No quería irse a la cama, que estaría vacía sin Draco. Lady se aposentó encima de su pecho, como si ella también echase de menos a Draco. Seguramente así era. No durmió aquella noche, permaneciendo en duermevela. La lluvia empezó a golpear la ventana con fuerza.

—Draco… ¿dónde estás? Vuelve a casa —suspiró, impotente.


Draco miró el imponente edificio antes de entrar. No había notado que nadie le estuviese intentando leer la mente, pero eso no quería decir que no estuviesen siguiéndole discretamente. Se le había ocurrido que, si era así, ahí podría perderlo de vista. La multitud que entraba y salía constantemente, lo enorme del edificio, unido a que ahora no llamaba la atención por su apariencia, era una combinación eficaz.

Con paso decidido, se adentró en los almacenes, buscando posibles rostros que le resultasen familiares y, a buen paso, recorrió todas sus secciones. Si alguien le estaba siguiendo, no podría hacerlo discretamente o se arriesgaría a perderlo entre salas. Draco dudaba que tuviesen efectivos apostados en todas las puertas de entrada y salida para controlarle. Con suerte, sólo era una persona vigilándole y siguiéndole para no perderle de vista.

Cuando creyó que había dado suficientes vueltas, Draco pasó por la planta donde estaban las secciones de ropa y textiles, cogió una mochila negra y algunas prendas y las metió en una cesta, buscando un sitio donde probárselas. Inspirado, agarró también un sombrero que le pareció lo suficientemente discreto como para no llamar la atención.

Sintió un pinchazo de culpabilidad al pensar que estaba malgastando el dinero que le había robado a Harry, pero Draco sabía que, cuanto más diferente fuese su aspecto al salir de allí, más posibilidades tendría de despistarlos.

Draco encontró un probador. Desechando las tallas que no le ajustaban bien, escogió unos pantalones, camiseta y jersey abrigados. Volviendo a ponerse su ropa, salió del probador y se dirigió a la caja más cercana. Mientras esperaba su turno, volvió a mirar a su alrededor, cerciorándose de que seguía sin ver ninguna persona cuya cara le sonase. Sabía que era el momento crucial. Quien fuese que le estuviese siguiendo no debía ver su cambio de ropa, ya que daría al traste con todos sus planes.

—Disculpe, me gustaría poder disponer de estas prendas inmediatamente —le explicó, nervioso, a la cajera—. He tenido un pequeño accidente y deseo ponerme ropa limpia.

—Puede utilizar cualquiera de nuestros probadores —le contestó la cajera con cara de circunstancias.

Draco pagó, gastando prácticamente todo el dinero que le había cogido a Harry, volvió al probador y se cambió de ropa. Pasó la comida, la ropa interior limpia, un par de suéteres y el resto del dinero a la mochila nueva, abandonando la vieja y las demás prendas de ropa en el probador. Dio algunas vueltas más por las salas, bajando por las escaleras contrarias a las que había utilizado para subir. Salió a la calle con paso decidido. Si caminabas por el mundo como si fuese tuyo, las probabilidades de que alguien te detuviese eran mínimas.

Sin parar, caminó por las calles del centro de Londres. Iba a ser mucho más complicado encontrar un lugar donde pasar la noche debido a toda la gente que había, pero era precisamente esa aglomeración la que le protegía y lo convertía en un anónimo más. Al cabo de un rato su tripa empezó a indicarle que era hora de cenar y que no había almorzado.

—Mierda —murmuró, provocando que un hombre de negocios que caminaba hablando por teléfono se volviese a mirarle.

Saber que eso iba a pasar no lo hacía menos duro. Sólo había estado una semana comiendo regularmente, pero su cuerpo se había adaptado a ello. Los nubarrones que cubrían el cielo tampoco lo alentaban. Decidió caminar en dirección al parque donde dormía habitualmente justo antes de que Harry le encontrase. Con un poco de suerte, el banco que utilizaba estaría libre y no tendría que buscar otro sitio.

A medio camino, Draco sintió que las fuerzas le fallaban. Había exigido demasiado a su cuerpo. Agradeció el empeño de Harry en haber dado paseos dentro del tiempo que estuvo con él, porque estaba seguro que eso y la adrenalina le habían ayudado a mantener el ritmo. Estaba agotado. Caminar tantas manzanas podía ser buena idea para despistar a un posible auror, pero su cuerpo no estaba acostumbrado a hacer tantos kilómetros. Redujo el paso. Si a esas alturas no había despistado a un posible perseguidor, no lo haría por velocidad y alcanzar el parque antes de que oscureciese más era prioritario en ese momento.

Llegó por fin y se sentó en el banco jadeando. Recuperó el aliento, se acomodó y cogió la mochila, haciendo inventario de sus pertenencias. Al terminar, Draco se recostó contra el respaldo, echando un vistazo a su alrededor, fijándose bien en todas las personas que estaban paseando o jugando en el parque en ese momento, intentando memorizar sus rasgos.

Razonablemente seguro de que no le habían seguido, Draco se relajó lo suficiente como para pensar en cenar. El estómago le dolía desde hacía un rato y, si no le hacía caso, iría a peor. Rebuscó en la mochila, preguntándose qué debería gastar primero. Sacó una de las latas y el paquete de galletas. Lamentó no haber pensado en llevarse algún cubierto. Comer con los dedos haría que toda su ropa se ensuciase y se echase a perder más rápido.

—Debo racionar esto lo más posible… —decidió Draco, guardando la lata en la mochila de nuevo y abriendo el paquete de galletas.

Se comió seis galletas en un firme intento de que el paquete le durase lo más posible. La combinación del azúcar, la sed que le despertó y que se había acostumbrado a comer abundantemente hicieron que el estómago le doliese en demanda de más. Gimió con desesperación, comiéndose un par de galletas más antes de levantarse en busca de una fuente donde beber.

Satisfecha la sed, volvió al banco lo más rápido posible, pues no quería que se lo quitasen ni tampoco abandonar allí la mochila. Sacó más prendas de ropa, consciente de que esa noche iba a ser dura y que debía abrigarse lo más posible. Se arrepintió de no haber comprado un abrigo también, pero dudaba que con lo poco que le había sobrado hubiese tenido para ello.

Echó un último vistazo a su alrededor. El sol ya se había puesto y sólo quedaban un par de parejas paseando a sus mascotas y un grupo de jóvenes que estaban sentados en otro banco al otro extremo. Les miró con aprensión, porque ya había tenido problemas alguna vez con grupos similares, pero no parecían estar bebiendo ni fijándose en él.

Se tumbó, utilizando la mochila a modo de almohada, le ayudaría a descansar y estaría un poco protegida de las inclemencias del tiempo. Encima de él, el árbol que hacía que ese banco le gustase, había perdido prácticamente todas sus hojas, ofreciendo poca protección contra la lluvia. El viento sopló más fuerte, colándose por debajo de su ropa.

—Debería haber cogido una manta también —se dijo, empezando a arrepentirse de haberse marchado de aquella manera.

Era tarde para lamentarse. Al menos, no llovería mientras el aire soplase, así que no había mal que por bien no viniese. Sentía la madera del banco clavarse debajo de él, incómoda. Aquello iba a ser más difícil de lo esperado. Pensó en Harry y saber que le estaba dando una oportunidad de escapar le reafirmó en que estaba haciendo lo correcto. El banco pareció más cómodo desde ese momento.

Un par de horas después, el grupo de chavales se dispersó. Draco respiró aliviado, sintiéndose más seguro a pesar de que ni siquiera habían mirado en su dirección. Cuando el parque quedó vacío, volvió a mirar a su alrededor. Si había alguien oculto bajo un hechizo desilusionador, podía detectarse el movimiento si se miraba con atención.

No vio nada y eso le tranquilizó. Tampoco había sentido el cosquilleo en la nuca. Era importante para él haber perdido de vista a quien le hubiese estado siguiendo. No sólo por él, sino por Harry. Si se daban cuenta que le había abandonado, podían concluir que estaba intentando alejarse de él.

—O que me ha echado de casa —se le ocurrió en ese momento—. Eso le vendría bien a Harry.

Intentó arroparse más, helado de frío. Se abrazó a sí mismo, intentando conservar el máximo calor corporal posible. Añoró la cama de Harry y al propio Harry entre sus brazos. Maldijo su mala suerte en voz baja, intentando no llorar. Fue inútil. Se sintió tan desgraciado como el día que escuchó su sentencia. La diferencia era que, esta vez, la sentencia la había dictado él mismo por el bien de alguien a quien quería. Lloró hasta que se agotó de hacerlo y se adormiló en un sueño inquieto.

De madrugada empezó a llover y se despertó, congelado. Rápidamente, Draco se quitó las deportivas e intentó salvaguardarlas de la humedad en la mochila. Si conseguía mantenerlas secas, al día siguiente agradecería haberlo hecho. Además, había aprendido por experiencia que no era bueno dormir calzado todas las noches.

Fue inútil arrebujarse en las ropas y abrazarse, en pocos minutos estaba empapado. Usó el sombrero que había utilizado para salir del centro comercial para cubrirse los pies e intentar mantenerlos secos y calientes, pero tampoco lo consiguió y pronto sintió la humedad penetrar sus calcetines. Con la cabeza apoyada en la mochila, rezó por que no se mojara demasiado o perdería todas sus pertenencias.

Helado de frío y desolado, Draco no consiguió volver a pegar ojo.