Disclaimer: Todo pertenece a Rowling. A mí que me registren.

Como siempre, mil gracias por las lecturas y los reviews. Sois geniales y leeros me hace mucha ilusión.

Un abrazo a todes.


Huida

Al amanecer, Draco estaba congelado hasta los huesos y tiritando. Tenía mojada toda la ropa, incluso la interior. Previendo que aquel día sería un suplicio, se incorporó, notando como su espalda crujía y se quejaba. Puso los pies en el suelo y los calcetines chapotearon. Tenía los pies entumecidos. La mochila estaba seca, afortunadamente. De todos modos, descartó sacar ropa seca y cambiarse mientras siguiese lloviendo.

«Claro que, si sigue lloviendo, la lluvia no tardará en penetrar la tela», lamentó Draco, mirando al cielo nublado.

No se le ocurría cómo proteger la mochila del agua. El chaparrón nocturno había dejado paso a una lluvia fina que iba calando poco a poco, enfriando el ambiente. La parte más veraniega del otoño había llegado a su fin y enfilaba hacia el invierno crudo.

Draco contuvo las ganas de llorar, dándose cuenta de que había hecho una gilipollez. Estaba congelado y entumecido. No tardaría en estar resfriado en cuanto sus defensas se debilitasen. El progreso conseguido gracias a las medicinas se echaría a perder en poco tiempo. Y, no menos importante, echaba de menos a Harry.

—¿Se habrá ido ya? —se preguntó sin saber qué opción le hacía sentir peor.

Necesitaba oír su propia voz. Durante los días de atrás se había acostumbrado a hablar no sólo con Harry, también con Lady. Ahora se daba cuenta del bien que eso le había hecho. Incluso ir a casa de los Weasley y las salidas a pasear y al cine. Ya echaba de menos el contacto humano y no habían pasado ni veinticuatro horas. Esperaba que sí se hubiese marchado. Si no, Draco habría fracasado y todo su sacrificio habría sido en vano.

—Merlín, yo haciendo sacrificios por un Potter como un colegial enamorado. —Un hombre de pelo largo en coleta entró en el parque y pasó al lado del banco, trotando—. Sí que madruga la gente —murmuró Draco mirándolo al pasar. Nunca había visto un muggle vestir con ropa deportiva de ese tono rosa chillón.

Abrió la mochila. Con un suspiro, sacó las zapatillas y un par de calcetines secos. Quitándose los que llevaba puestos, se los cambió rápidamente. Estaba gastando uno de sus bienes más preciados, porque no tenía modo de secar los calcetines mojados y aún no había terminado de llover, pero el frío de los pies estaba empezando a dolerle y meterlos así de empapados en las zapatillas sería peor.

Draco se calzó rápidamente para evitar que los calcetines se mojasen de nuevo. Abrió la mochila de nuevo, buscando algo que desayunar, y sacó una lata de sardinas. Podría comerla con los dedos y lavarse las manos en la fuente donde bebió el día anterior. Sacó la lata del cartón donde venía embalada y usó este para guardar los calcetines mojados debidamente escurridos y doblados.

—No hará mucho, pero es mejor que nada —suspiró Draco, resignado.

Abrió la lata y comió las sardinas una a una. El mismo hombre de rosa volvió a pasar corriendo a su lado. Esta vez le dirigió una mirada de desdén. Draco percibió su desprecio, pero no bajó la vista. Sus ojos eran crueles, engastados un poco juntos encima de una nariz desproporcionadamente afilada para un rostro tan delgado.

Terminó de comer y se colgó la mochila antes de dirigirse a la fuente, donde se lavó y bebió agua. Aprovechó para lavarse la cara también e intentó frotar un poco sus dientes, recordando que debía intentar mantener una higiene básica el máximo tiempo posible. Después, se encontró perdido otra vez. No conseguía recordar en qué había invertido el tiempo antes de que Harry lo llevase a casa.

«Creo que en aquel tiempo estaba tan jodido, que no podía hacer otra cosa que no fuese seguir estando vivo. Jodido, pero vivo», comprendió Draco, sintiendo una enorme lástima por sí mismo. Había podido enfocar sus pensamientos en otras cosas como leer y escuchar música, aprender a cocinar, limpiar… Echaba de menos todo eso.

—Otro problema más que hará esto horrible —suspiró.

Se puso a caminar sin rumbo, sin fijarse por donde caminaba. Al salir del parque, el hombre de coleta vestido con el chándal rosa le sobrepasó.

—Me pregunto dónde tendrán los muggles el sentido de la moda —dijo Draco con un resoplido divertido.

Draco caminó despacio, sin prisa. Se recordó constantemente que debía reservar sus fuerzas y administrándolas a lo largo del día. Pasó por delante de una panadería y el olor hizo que el estómago volviera a molestarle. Las galletas y la lata que había comido no eran comida suficiente.

Se detuvo un momento mirando el escaparate, sintiéndose tentado de entrar y gastar alguna de las monedas que tenía en cualquiera de esos productos tan apetitosos. Parpadeando, cayó en la cuenta de que la tienda le sonaba y, girándose, miró con detenimiento la calle.

La identificó al instante. Estaba cerca de la casa de Harry. Sus pasos le estaban dirigiendo hacia allí inconscientemente. O quizá sólo era casualidad. Al fin y al cabo, el parque donde solía dormir no estaba lejos del hospital donde le había encontrado Harry y sabía que este iba caminando a trabajar, así que su apartamento no podía estar lejos.

Habían pasado por delante de aquella tienda cuando habían vuelto del primer paseo que dieron. Mirando hacia la izquierda, calculó que el parque que visitaron estaba a no más de tres calles, pero no podía verlo porque hacía cuesta. Si caminaba hacia la derecha acabaría llegando a casa de Harry. El hospital estaría en algún punto completando aquel triángulo imaginario.

Una vez orientado, Draco tenía dos opciones. Alejarse o acercarse. La tentación era demasiado grande como para desaprovecharla, por lo que decidió que se acercaría. No mucho, lo suficiente para averiguar cuál era la ventana del apartamento de Harry y comprobar que, efectivamente, se había ido.

«Así podré quedarme tranquilo», se convenció a sí mismo.

Con un objetivo en mente, pareció como si se hubiese quitado un peso de encima y Draco caminó más ligero. Confundió en una ocasión uno de los cruces, pero se dio cuenta rápidamente y retrocedió hasta que volvió a la ruta correcta. Al llegar a la calle de Harry se detuvo, buscando un sitio desde el cual poder mirar el edificio sin despertar sospechas.

Si había conseguido despistar a quien le estuviese rondando ayer, probablemente tenían la casa vigilada. Desde la esquina, Draco echó un rápido vistazo a la calle. Siendo un barrio residencial, había poco movimiento, sólo gente dirigiéndose a sus trabajos. «Doce personas», contó. Tres de las cuales estaban girando por la esquina donde él estaba. Del teléfono muggle rojo que había a cincuenta metros del portal de Harry salió un hombre trajeado con maletín.

—¡No! —jadeó Draco.

Se quedó helado. Velozmente, Draco se escondió en la esquina, pegando el cuerpo a la pared. Algunos de los muggles que estaban cruzando por allí le miraron con desagrado, como si pensaran que estaba loco, pero no le importó.

El pelo peinado en coleta le resultaba familiar. Con cuidado, echó otro vistazo. El hombre no estaba mirando en su dirección, por lo que se atrevió a observarlo con más detenimiento. No podía ver sus ojos desde allí, pero juraría que su nariz era prominente. Los pantalones eran marrones y la chaqueta azul marino. No había visto esa combinación de colores en un muggle nunca. Tampoco había visto esas ropas deportivas en chicos muggles, solo en chicas.

—Como un mago vistiéndose para salir fuera del mundo mágico —entendió Draco, sintiendo una opresión en el pecho.

El hombre sacó un reloj de bolsillo y consultó la hora. Draco no recordaba a ningún muggle con ese tipo de relojes. Todos llevaban pulseras alrededor de la muñeca. Todo encajaba. No los había despistado o habían conseguido volver a encontrarlo de todos modos. Y si no hubiese sido por ese chándal ni siquiera se habría dado cuenta.

Estaba jodido.

El hombre se giró hacia donde Draco estaba y este se escondió rápidamente. Buscó un sitio donde esconderse, pero no lo encontró. Se arriesgó a volver a mirar. El hombre volvía a darle la espalda y se había acercado todavía más al portal de Harry, mirando a ambos lados de la calle.

«Está esperándome», comprendió, tragando saliva. «No a Harry, a mí».

Este era el que había estado vigilándolo a él. Por eso lo había visto en el parque esa mañana. Lo que no entendía era por qué estaba ahí con otra ropa. Lo había adelantado mientras caminaba, en lugar de seguirlo a una distancia prudencial.

«Porque creía que volvía a casa. Joder, creía que volvía a casa».

Había tomado inconscientemente el camino hacia allí y el auror había deducido, correctamente, su dirección. El haberse parado y perdido le había dado tiempo a verlo salir cambiado de ropa. Si no, seguramente Draco no habría llegado a fijarse en él antes de tenerle pisándole los talones con otro aspecto.

Se abrazó, tocando el jersey. Lo notó mojado, mucho más húmedo de lo que había notado la mochila esa mañana. O los muggles eran muy buenos impermeabilizando telas como esa… Se tocó el pelo, maldiciéndose por no haberse dado cuenta antes. Tenía el pelo seco. Los dedos de sus manos estaban todavía ligeramente arrugados por la humedad, pero su pelo estaba seco.

«Hice magia inconsciente», se maldijo.

Durante la noche, Draco había estado muy preocupado porque la mochila no se mojara, sobre todo cuando había guardado las deportivas dentro. Había deseado poder hechizarla para impermeabilizarla, tanto que lo había conseguido.

—Joder, puta mierda —se quejó, generando otra mirada de desagrado de una mujer que empujaba un carrito.

Respiró, intentando controlar su pánico. La parte mala es que había salido de dudas, tenía un Detector. Si hacía magia o alguien hacia magia cerca de él, lo encontrarían. La parte buena es que los había conseguido despistar una vez.

—Dos —se dijo Draco en voz alta con fiereza. Estaba seguro de haberlos despistado la tarde anterior—. Han sido dos, joder.

Dedujo que el auror no sabía dónde estaba, por eso estaba ahí plantado esperándole. Si corría rápido y lejos, no lo encontraría. Tendría que renunciar a aquel parque, por supuesto, porque le buscarían allí en cuanto cayese la noche, pero Londres era grande y tenía muchos lugares donde dormir.

El auror caminó hacia el extremo contrario de la calle. Con una corazonada, Draco decidió seguirle. Con suerte, podría ver quién más estaba siguiéndole y así poder identificarlos más tarde. El mago no sabía que estaban siguiéndole y no tomaba ninguna precaución para evitarlo.

«La presa se ha convertido en cazador, cabronazo», pensó Draco, satisfecho.

Manteniendo toda la distancia que podía permitirse sin perderlo de vista, lo siguió. Pronto reconoció la calle donde estaban, una larga avenida llena de personas y tráfico. Se había desmayado en esa calle unas manzanas más abajo, así que el hospital de Harry debía estar cerca. Cuando llegaron a la altura del callejón sin salida donde se había ocultado aquel día cuando sintió que iba a volver a desmayarse, Draco se metió dentro y, desde allí, espió.

El mago siguió caminando hasta llegar a lo que reconoció como la entrada del hospital. Esperó pacientemente un semáforo antes de cruzar la calzada. En la acera de enfrente, retrocedió algunos metros. Draco miró a su alrededor, buscando dónde esconderse si alcanzaba su línea visual. En el callejón había unos contenedores y una fila de cajas, así que se sintió seguro.

No llegó a tanto. El auror paró junto a otro hombre, más bajo, rechoncho y calvo que estaba sentado en un banco bajo un paraguas. Fijándose, Draco pudo ver que la lluvia no rozaba ni el paraguas ni el trozo de banco donde estaba sentado. Hablaron durante un rato y después el hombre de la coleta, mirando a ambos lados con cuidado, se desapareció.

Draco parpadeó. Había realizado la desaparición con tanta elegancia que, si no hubiese estado mirando fijamente, no se habría percatado. De hecho, ninguno de los muggles que caminaban por la calle lo habían visto. Cuando se percató de esto, se dio cuenta que, efectivamente, todas las personas que pasaban caminando junto al banco lo ignoraban.

«No lo ven. Yo tampoco lo vería si no hubiera sabido que estaban ahí».

Se mordió el labio. Si el otro auror había estado vigilándolo a él, no era difícil saber a quién estaba vigilando este. Se preguntó si Harry habría ido a trabajar y por eso el auror estaba esperando allí, o si le habría hecho caso y se habría marchado. En el segundo caso, el auror quizá estaba esperando a Harry tal y como el otro le había esperado a él en la puerta del apartamento.

«Solo hay una manera de averiguarlo», se dijo Draco.

Ocultándose más adentro del callejón, se sentó en el suelo húmedo y se dispuso a esperar a que llegase la hora de salir del trabajo de Harry. De vez en cuando, cuando estimaba que había pasado una hora, se asomaba con precaución y comprobaba que el mago seguía ahí. Tenía que hacer un esfuerzo para encontrarlo cada vez que lo hacía, pues el hechizo que estaba utilizando le intentaba hacer creer que ahí no había nada.

Como seguía lloviendo, no era capaz de saber qué hora era por la posición del sol, así que, en un intento de calcular el tiempo, intentó contar muy despacio para estimar los segundos que iban pasando. La lluvia arreció y pronto volvió a estar empapado. Las horas pasaron, indolentes, y Draco cada vez estaba más y más helado. El auror seguía sentado, seco e impertérrito, con la mirada fija en la puerta del hospital. Draco se agarró las rodillas en un intento de hacerse más pequeño y conservar el calor.

Cuando calculó que la hora de salida de Harry debía estar cerca, volvió a situarse cerca de la salida del callejón, intentando no llamar la atención. No podía arriesgarse a que el auror se moviese sin verlo y, desde su posición, no podía ver a Harry salir del hospital.

Después de lo que pareció otra pequeña eternidad, el auror se levantó del banco y cerró el paraguas. Draco hizo un esfuerzo consciente por mantener la vista fija en él a pesar de que su cerebro le estaba gritando que no había nada que mirar. El mago se dirigió al semáforo con calma y esperó a que este se pusiese en verde.

Harry pasó delante del callejón, al otro extremo de la acera, a unos escasos tres metros de él. Iba mirando hacia adelante, con la mochila colgada de un asa, sin paraguas, caminando a paso rápido, con una mano en la tira de tela y la otra en el bolsillo del pantalón. Draco se distrajo un momento, mirándole y conteniéndose para no llamarlo.

Si lo hacía, el auror que le estaba siguiendo los vería a los dos y Draco no era tan tonto como para no ser capaz de darse cuenta de la oportunidad de oro que tenía. Con la mirada, buscó algún objeto contundente en el callejón. Tuvo que conformarse con un trozo de madera sólido a modo de porra, probablemente algún resto de una caja grande que estuvo almacenada allí. Estaba húmedo y viscoso, pero se tragó el asco y lo aferró con fuerza.

Asomándose con cuidado, Draco vio que la gente del semáforo ya estaba cruzando. Harry llevaba una ventaja considerable al auror, así que dudaba que este se entretuviese mucho. Forzó a sus ojos a buscarlo y, cuando lo encontró, lo descubrió a menos de diez metros del callejón, caminando por el centro de la calle.

Se concentró, moviendo los dedos para desentumecerlos y así aferrar la madera con más fuerza. El auror pasó por su lado del callejón sin verle. Draco dio dos zancadas tras él y le asestó el golpe más fuerte que pudo en la nuca, impulsándose con todo su cuerpo. Asustado y sin pensar, Draco volvió a golpear, poniendo todo su peso en ello. La madera se quebró y Draco se asustó, porque había quedado indefenso ante un auror con varita.

Sin embargo, pareció funcionar, porque el auror se había derrumbado en el suelo como una marioneta a la que habían cortado los hilos. Draco lo cogió del pie y lo arrastró hacia el callejón, sin importarle los golpes que estaba dándole en la cara contra el suelo. Deseó haber tenido fuerza suficiente para meterlo en uno de los contenedores, pero eso estaba descartado.

Gracias al hechizo de incógnito del auror, nadie les había prestado atención. Draco no se atrevió a registrarle para quitarle la varita, así que se limitó a salir corriendo del callejón. Unos metros después, exhausto, volvió a caminar, intentando ir lo más deprisa que podía. Harry le llevaba una ventaja considerable, pero quería llegar a casa a la vez que él, por si acaso. Tenía que avisarle.

No lo vio mientras deshacía el camino, pero no podía ir más rápido. Cuando llegó al portal, este estaba cerrado. Draco sabía que alguno de esos botones hacía sonar el teléfono del piso, pero no sabía cuál de los que se leía tercero era y no se atrevía a equivocarse.

Examinó la calle con cuidado, forzándose a ver posibles hechizos de distracción. También revisó la cabina donde el otro auror había salido, pero estaba vacía. Mirando hacia el edificio, contó las ventanas hasta lo que supuso que era el tercer piso, pero no sabía cómo distinguir la de Harry. Dividido entre la angustia de mirar hacia arriba y de vigilar que no llegasen nuevos aurores, Draco estaba empezando a sentir un ataque de ansiedad.

En ese momento se fijó en una de las ventanas. Lady estaba allí, mirando atentamente hacia el cielo. Draco sonrió, aliviado. Era algo que Lady hacía cuando no había nadie en casa prestándole atención. Harry debería haber llegado ya, pero no estaba en casa o Lady estaría siguiéndole. Y, seguramente, Harry habría abierto para ventilar.

Más tranquilo, se sentó en el bordillo del portal dispuesto a esperar a Harry mientras vigilaba la llegada de posibles aurores. Pasaron los minutos y empezó a preocuparse.

«¿Le habrá ocurrido algo por el camino? A lo mejor han detectado mi ataque al auror y han ido por él», pensó de golpe, angustiándose.

Un sentimiento funesto empezó a crecer en su estómago, haciendo que la ansiedad que había mantenido a raya desde que se sentó a esperarle se acrecentara. Su vista se nubló y varias lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Empezó a faltarle el aire, haciéndole muy difícil respirar. La presencia de alguien a su lado le llamó la atención, pero Draco era incapaz de ver nada. Una mano le sujetó por el hombro.

—Draco —susurró Harry a su lado.

Draco se levantó como una exhalación al reconocer su voz y se abrazó a él, enterrando la cara en su cuello, llorando. Harry, sorprendido, le devolvió el abrazo con fuerza. Estuvieron así unos segundos, pero Draco se apartó rápidamente, mirando de nuevo a su alrededor.

—Tenemos que subir, Harry. No podemos quedarnos aquí. Están vigilándonos, pero creo que los he despistado y…

Harry asintió, haciéndole un gesto para que se callase y abriendo la puerta. Draco le siguió por las escaleras, sintiendo el cansancio de todo lo ocurrido acumulándose en sus músculos. Cuando abrió la puerta de casa, Harry se apartó para dejarle entrar primero y luego cerró tras de sí.

—Estás empapado y tiritando, Draco —dijo Harry con voz suave—. Quítate toda la ropa y date una ducha caliente.

—No, espera. Primero tengo que contarte algo —contestó Draco mientras Lady se acercaba contenta a él, demandando caricias—. No puedo quedarme, los dos deberíamos marcharos antes de que…

—Sea lo que sea, puede esperar, Draco —insistió Harry, que tenía un gesto extraño en el rostro—. Dúchate.

—Tienes que irte, Harry, ¿no lo entiendes? Yo también tengo que irme. Nos están siguiendo a los dos. He conseguido despistar al que me seguía a mí, pero me volvió a encontrar. Le di esquinazo otra vez y entonces descubrí que había otro…

—Draco, para. —Harry estaba mortalmente serio—. He dicho que te quites esa ropa mojada y te des una ducha caliente. Después hablaremos.

—Pero si perdemos el tiempo nos encontrarán y…

—Primero tengo que llamar a Hermione y avisar a los Weasley de que te hemos encontrado. Mientras, tú te duchas y te cambias. Después hablaremos y trazaremos juntos un plan con calma.

Draco vio entonces lo enfadado que estaba Harry. La furia chispeaba en sus ojos verdes a pesar del tono calmado con el que hablaba. A pesar de eso, había usado la palabra juntos. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Lo siento. Yo sólo quería…

—A la ducha, Draco —insistió Harry con cariño—. Ya.

Entró en el cuarto de baño. Se quitó la ropa mojada y se metió dentro del plato de ducha. Cuando el agua caliente rozó su piel helada, no pudo contener un gemido de placer. Estaba enjabonándose el pelo cuando Harry golpeó la puerta entreabierta con los nudillos.

—¿Puedo pasar? —preguntó Harry con timidez.

—Sí —contestó Draco, aclarándose.

Harry entró y recogió sus ropas mojadas. Salió y volvió a entrar, trayendo esta vez prendas secas. Sacó una toalla limpia y seca del armario y se sentó en la taza a esperar a que Draco terminase de frotarse todo el cuerpo con la esponja. Cuando Draco salió de la ducha, Harry estaba preparado fuera para envolverle en la toalla. Lo hizo con delicadeza, aprovechando para abrazarle otra vez, con fuerza, con un breve sollozo. Draco se dejó hacer. Harry se separó. Seguía teniendo el semblante serio, pero le miraba con cariño. Con ternura, le ayudó a secarse.

—Lo siento, Harry —se disculpó Draco de nuevo.

—Lo sé —le respondió este, retirándole un mechón de la oreja.

—Tenía que hacerlo —se justificó Draco.

—No, Draco. Tenías que haberme esperado. Juntos, habríamos tomado una decisión en frío. Yo no estoy solo en este mundo, tengo gente que se preocupa por mí y me ayudará si lo necesito. Tú también tienes a esa gente. Me tienes a mí.

—No quería ponerte en peligro —explicó Draco, compungido, intentando hacerle ver lo complicada que era la cosa—. Pueden detectarme, Harry y si estás a mi lado te encontrarán a ti también.

—Lo sé —repitió Harry, apretando los labios—. Yo también he hecho los deberes en estas últimas horas- Toma ropa seca. Vístete y después comerás algo.

Draco obedeció dócilmente, dejándose cuidar, aliviado. Había echado de menos tanto la sensación de estar en casa, de poder cuidar y ser cuidado, de estar con Harry, que le dolía el pecho. Ambos se sentaron en la barra de la cocina, frente a un plato de legumbres.

—Son de bote, pero era lo más rápido para calentar —dijo Harry, animándole a comer.

A Draco no le importó y comió con ansia. Después de pasar el día con una lata de sardinas y seis galletas se habría comido cualquier cosa. Harry picoteó su comida, pero no parecía tener apetito. Fijándose en él, Draco descubrió ojeras y agotamiento en el semblante serio.

—¿Podemos hablar ahora? —le preguntó Draco con la boca llena.

—Come despacio —asintió Harry.

—No debes hacer magia mientras yo esté aquí —le explicó Draco, entre bocado y bocado—. Pueden detectarlo…

—Draco —le interrumpió Harry—. Lo sé. Leí tu citación, hablé con Ron y Hermione y leí mi propia carta. Sé que tienes el Detector. Y creemos saber más o menos cómo funciona. Cualquier hechizo a tu alrededor te delata y facilita que un auror aparezca cerca de ti. No pueden entrar aquí, por las protecciones, pero sí llegar hasta nuestra calle.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Draco, admirado.

—Ya te he dicho que no hemos estado ociosos. Me refiero a los Weasley —le explicó Harry—. Te hemos buscado por todas partes y ha sido inevitable ver rostros conocidos, siguiéndome allá donde iba. Cuéntame qué te ha pasado —le pidió.

—Nos seguían. Yo conseguí despistarlos ayer, pero esta mañana me han encontrado otra vez —tartamudeó Draco, dándose cuenta de que lo estaba liando todo—. Bueno, es que hice magia, y primero…

—Draco, calma. Cuéntamelo más despacio. Desde el principio.

Respirando hondo, Draco le contó todo lo que había ocurrido. Harry asintió mientras le escuchaba. Le explicó que había atacado al auror que le seguía, y que le había arrastrado al callejón. Harry apretó los labios al oírlo, preocupado, pero no dijo nada.

—Y luego vine lo más deprisa que pude. Pero no contaba con adelantarte —concluyó Draco.

—Me desvié para entrar al banco a retirar todos los fondos que quedaban en mi cuenta muggle —explicó Harry—. Por eso llegaste antes que yo.

—La cosa es que ya deben saber que he atacado al auror. ¡Tienes que irte, Harry! —le urgió Draco, desesperado.

—Vamos a salir del país. Los dos —añadió Harry cuando Draco abrió la boca para negarse. Volvió a cerrarla— Sin magia. Hermione y Ron ya están en ello. Contábamos con tener dos días más, pero que hayas agredido a ese auror puede complicarnos un poco las cosas.

—Harry… yo solo soy una carga. Con magia tú puedes huir más fácilmente. Conmigo… nos encontrarán muy fácilmente, no han tardado ni ocho horas.

—No voy a discutir eso contigo, Draco —dijo Harry, firme—. No me he marchado antes porque estábamos buscándote.

—¿Estabais?

—Los Weasley y yo. —Draco se sonrojó, entendiendo que había complicado las cosas hasta un punto terrible.

—Es verdad. Lo dijiste antes. —Se mesó el cabello, hecho un lío—. Harry, lo siento mucho. Yo no quería que te pasase nada malo —este no contestó, se limitó a suspirar con resignación—. ¿Estás muy enfadado?

—Sí. Pero no contigo.

—¿No?

—Bueno, un poco sí. Pero lo que has hecho es sólo una estupidez. Que levante la mano quien no haya sido estúpido alguna vez.

—Me gustaría… me gustaría no haberlo hecho. Irme —aclaró Draco—. Fue una idiotez. Si algún día me perdonas…

—Ya lo he hecho, Draco —le interrumpió Harry.

—Pero yo…

—Lo hice en cuanto leí en tu carta por qué lo habías hecho. Lo he hecho cuando te he visto en la puerta. Y he vuelto a hacerlo cuando me has explicado por qué has vuelto. —Draco agachó la cabeza, le picaban los ojos—. Draco, irse no es lo importante. Lo importante es volver.

—¿Por qué?

—¿Cómo? —preguntó Harry extrañado.

—¿Por qué? —repitió Draco—. Te he fallado. He tomado decisiones sin contar contigo a pesar de que teníamos algo. Vuelvo y me tratas así. No me lo merezco. Y vas y dices que lo importante es volver, porque eres la persona más noble del mundo y eso sólo hace que me enamore más de ti.

Se cortó abruptamente, porque la verborrea había desatado algo dentro de sí que le había incitado a decir todas aquellas cosas. Harry sonrió levemente, la primera sonrisa que le había visto desde que había vuelto.

—No es por nobleza, Draco. Ni siquiera es porque yo también esté enamorado de ti, que lo estoy —dijo Harry. Draco se sonrojó ante la revelación—. Es porque eres mi amigo.

—Un amigo… —Draco intentó llevarle la contraria, pero Harry volvió a cortarle.

—Cuando buscábamos los horrocruxes de Voldemort por todo el país para poder acabar con él, encontramos uno y no podíamos destruirlo. Era un objeto de magia oscura y perniciosa que nos influía negativamente, haciéndonos sentir horriblemente mal. Provocaba que las cosas que nos pasaban nos pareciesen peores y que peleásemos entre nosotros.

—Suena terrible.

—Lo fue. Era como tener una depresión cada vez que lo llevabas encima, y teníamos que portarlo con nosotros a todos los sitios. Finalmente, Ron no pudo aguantarlo más y después de una discusión, se fue. Se arrepintió nada más hacerlo, claro. En su cabeza, los motivos eran sólidos al tomar la decisión, influenciada por la magia de Voldemort.

—¿Ron se fue? —preguntó Draco, estupefacto, olvidando incluso utilizar su apellido.

—Tardó semanas en volver —confirmó Harry—. Él quiso hacerlo en el momento, pero nosotros nos escondíamos muy bien. Hermione y yo estábamos destrozados. Pero Ron no dejó de intentarlo, porque tenía que avisarnos de que el nombre de Voldemort era tabú y no debíamos pronunciarlo, porque así nos habían encontrado en una ocasión, derribando todas nuestras defensas.

—Imagino que lo consiguió —especuló Draco—. Al fin y al cabo, en la Mansión estábais los tres juntos.

—Sí. Volvió, ayudándonos a conseguir lo que necesitábamos para destruir el objeto. Él mismo lo hizo. Nos avisó del Tabú. Se quedó con nosotros. Elevó nuestro ánimo.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Tu miedo a volver a Azkaban es como ese horrocrux. Su influencia hizo que tomases una decisión errónea. No podemos condenar a las personas por tomar decisiones erróneas, tenemos que juzgarlas por las acertadas.

—Eso es absurdo.

—Ron volvió. Tu madre volvió. Tú volviste. La gente volvió a Hogwarts a pelear. Gracias a todos, pude vencer a Voldemort. Ahora tú has vuelto y vamos a vencer a esos cabrones.

Draco se quedó mudo. Harry le sonrió y se levantó, situándose a su lado. Draco también se levantó y volvió a abrazarlo. Con suavidad, Harry le dio un beso en los labios.

—¿Y ahora? —preguntó Draco, que sentía el corazón caliente y protegido.

—Ahora nos vamos. Hermione está avisando a los Weasley de que has aparecido. Tengo todo listo desde ayer para marcharnos en cuanto te encontrásemos.

Draco miró a su alrededor, comprobando que todo estaba igual que lo había dejado. Harry se dio cuenta y le aclaró:

—Sólo he cogido lo más importante. Nuestras varitas, mi Capa de Invisibilidad, cosas de Lady y mis pertenencias personales más queridas, como mis álbumes de fotos, el portátil... Lo demás es material y puede reponerse.

—¿Has cogido el libro?

—No.

—Por favor. —Harry asintió y se dirigió al armario. Lo sacó y lo metió en una mochila.

—También he metido tus pociones, por si acaso las necesitas. Comida y algo de ropa, claro. ¿Algo más?

Draco negó con la cabeza. Harry tenía razón, todo lo demás era material.

—¿Cuándo nos vamos?

—En un rato. Los Weasley vendrán para aparecernos en diversos puntos a salvo. Creemos que eso hará saltar el Detector en varios puntos de la ciudad a la vez, y nos dará unos segundos de margen o, al menos, les obligará a dividirse.

—De acuerdo.

—Hermione les está avisando por chimenea. Puede tardar un rato en conseguir la conexión flu, así que yo estimaría un par de horas. Cuando lleguen tenemos que estar listos —le advirtió Harry—, porque todos los aurores vendrán aquí inmediatamente.

Draco asintió. Quizá le diese tiempo a echarse una siesta, estaba agotado. Se agachó para acariciar a Lady, que estaba pidiéndole mimos desesperada.

—Habría que ir metiéndola en el transportín. No he querido hacerlo antes, pero lo mejor es estar preparados.

Apenas había acabado de decir esa frase cuando George Weasley apareció en la entrada del piso.

—¡Harry! —gritó. Mirándole, abrió los ojos como platos con una mezcla de sorpresa y terror—. ¿Malfoy ha vuelto?

—Sí —contestó Harry, extrañado—, pensaba que estabas aquí porque Hermione…

—¡No hay tiempo! —le interrumpió George—. ¡Percy dice que han atacado a uno de los aurores que os seguían! ¡Vienen hacia aquí! ¡Todos los escuadrones!

Draco lo entendió con horror. Las defensas no resistirían, por fuertes que fuesen. Y si colocaban hechizos anti-desaparición, estarían encerrados. A esas alturas, ya sabrían que él estaba allí, porque George había usado la aparición cerca de él. Eran ratones en una ratonera. Se quedó paralizado.

Harry había empezado a moverse, cogiendo a Lady y peleando para meterla en una caja de tela. George estaba ayudándole, porque Lady se había aterrorizado por la brusquedad y se estaba resistiendo con todas sus fuerzas. Se les escapó de las manos y salió corriendo en dirección al dormitorio.

—¡Harry! ¡No hay tiempo! —le dijo George con los ojos llenos de miedo—. ¡Nos van a pillar a todos aquí!

—No puedo irme sin ella —se negó Harry, corriendo hacia el dormitorio.

Draco corrió tras él, mientras George recogía la mochila del suelo y se la colgaba al hombro. Entró al dormitorio. Harry estaba tirado en el suelo intentando alcanzar a Lady que estaba bajo la cama. Cuando lo consiguió, la sacó mientras esta le llenaba de arañazos. Draco se acercó y la cogió del cogote. Lady se quedó paralizada.

—¿Cómo sabías eso? —preguntó Harry, sorprendido.

—No lo sé. Creo que lo he visto hacer alguna vez —respondió Draco—. ¡La caja, rápido!

Harry reaccionó. Metieron a Lady en la caja de tela y ella se fue al fondo, muerta de miedo. Se reunieron con George, que les extendió las manos. Ambos se aferraron a él. No pasó nada. George empezó a jadear, hiperventilando.

—Han colocado el hechizo anti-desaparición —susurró George, horrorizado.

—No perdamos la calma —repuso Harry, que parecía haberse concentrado después del episodio de Lady—. Dame la mochila, George.

Este le obedeció y se la tendió. Harry la cogió y le entregó el transportín de Lady.

—Hazte un hechizo de glamour —le dijo Harry—. No es necesario que sea muy elaborado, bastará con que te quites el pelo rojo y te modifiques la nariz.

—Sabrán que alguien ha hecho un hechizo cerca de Malfoy.

—Ya saben que está aquí, así que supondrán que es mío. ¡Rápido, hazlo! —George se apresuró a obedecer—. Baja con Lady hasta la calle, como un muggle. Si te paran o te preguntan, di que vas al veterinario, que tu gato está muy enfermo. Cuando te hayas alejado lo suficiente, ve al punto de encuentro que habíamos establecido y espéranos allí.

—Harry… —dudó George.

—Funcionará, confía en mí —insistió Harry, con fe—. Ellos esperan a dos chicos muy concretos, no a ti. Sin tu pelo rojo y con un gato, puedes pasar por un muggle si actúas convincentemente. Tómales el pelo, pregunta si son policías, dales los buenos días, lo que sea. Podrás pasar.

George asintió con un gesto de valentía y salió por la puerta. Harry tenía razón y esos dos rasgos modificaban sustancialmente su apariencia. Podía funcionar. Ellos en cambio, eran otra cosa. Miró a Harry, sabiendo que su cara reflejaba la desesperación que sentía. La de Harry sólo mostraba determinación.

—Ten, toma esto —dijo Harry mientras rebuscaba en su mochila. Sacó su varita y se la tendió.

—Harry, no puedo hacer magia.

—Y no te he dicho que la hagas. De momento. —Harry le agarró por los hombros, obligándole a mirarle—. Escúchame, Draco. Vamos a intentar salir de aquí sin que nos atrapen, pero va a ser complicado, ¿de acuerdo? Draco asintió, con el miedo mordiéndole el estómago—. Bien. Si sale mal, tienes tu varita: defiéndete. Yo haré lo mismo. Si podemos deshacernos de ellos, genial. Si no, iremos a la cárcel, pero al menos lo habremos intentado.

—No soy un asesino, Potter —le espetó Draco.

—Yo tampoco. Pero las varitas nos darán alguna opción si todo sale mal.

—¿Qué vamos a hacer entonces?

Harry sacó de la mochila un tejido fluido que extendió sobre ellos dos.

—Vamos a escondernos debajo de la capa. Es la capa de la leyenda, la de las Reliquias. Es importante que entiendas que mientras estemos aquí debajo nadie nos puede encontrar con hechizos, ni siquiera la Muerte. Lo comprendes, ¿verdad?

—Sí. —Si Harry decía que era la capa de la Muerte, Draco le creía. Porque la alternativa era morir.

—Pues vamos —dijo Harry, volviendo a colgarse la mochila.

Ambos salieron por la puerta, que Harry cerró a sus espaldas sin hacer ruido. En lugar de bajar, Harry le cogió de la mano y, tirando de él, se dirigió hacia arriba. En los rellanos ya se oían voces de aurores pidiendo a los vecinos que estaban saliendo para saber qué ocurría que permaneciesen dentro de sus casas. Al llegar al último piso, Harry le arrastró un tramo de escaleras más, hasta llegar a una verja metálica. Sentándose en el último escalón se cubrieron con la capa, cuidando de que les tapara por completo.

—¡Harry Potter y Draco Malfoy! Por orden del Ministerio, entréguense. —La voz tronó por todo el edificio al mismo tiempo que se oía cómo aporreaban una puerta—. De lo contrario, serán acusados de resistencia a la autoridad.

Draco empezó a temblar de miedo, sin poder evitarlo. Harry deslizó una mano dentro de la suya y la apretó con cariño. Los aurores volvieron a aporrear la puerta varios pisos más abajo. Estaban armando un escándalo enorme, venían a por todas. Se preguntó por un momento cómo iban a hacer que eso pasase desapercibido y si George habría conseguido salir.

Varias voces habían comenzado a recitar hechizos. Podía notar la electricidad de la magia extendiéndose por todo el bloque. Eran muchos aurores, pero las protecciones de Harry eran fuertes y aguantaban.

«No en vano es el mago más poderoso de su generación, el vencedor del Señor Tenebroso», pensó Draco, con orgullo.

El suelo comenzó a vibrar. Las paredes temblaron. El escuadrón de aurores estaba poniendo toda su potencia mágica en juego. Sus temblores también aumentaron. Harry soltó su mano y la usó para rodear sus hombros y apretarle contra él con la mano que sostenía la varita. Le dio un beso silencioso y largo en la cabeza que consiguió tranquilizarle un poco.

Un chirrido horrible que resonó en todo el edificio anunció la caída de las protecciones de la casa de Harry, que culminó con un crujido como si la casa entera se estuviese partiendo en dos. Oyeron los hechizos golpear y derribar la puerta. Los ruidos se volvieron confusos. Parecía como si los aurores estuviesen destrozando la casa en lugar de registrarla. No tardaron mucho en darse cuenta que el apartamento estaba vacío.

—Señor, hemos probado encantamientos reveladores, pero no hay nadie. —La voz de uno de los aurores les llegó con claridad desde el rellano.

«Están en las escaleras superiores al descansillo de Harry, a apenas un piso de distancia», dedujo Draco por lo nítido que les llegaba el sonido.

—No puede ser. Registren el edificio entero si hace falta, pero estaban aquí. El hechizo detector no se equivoca.

Draco volvió a estremecerse. Oyeron cómo los aurores se dispersaban por el edificio. Volvió a temblar violentamente. Si les pillaban, no entendía cómo iba a poder usar la varita para ayudar a Harry con la mano convulsionando de esa manera. Harry le apretó el hombro, recordándole que estaban bajo la capa, pero el sonido de los pasos subiendo las escaleras no contribuyó a calmarle.