Disclaimer: Todo esto pertenece a J. k. y está sumamente desaprovechado. Una lástima. Jotaká, Harry y Draco se comían los morros y eso se sabía desde Wiltshire hasta Hogwarts.
Bueno... uffff... Último capítulo. Llegamos al final de una etapa. Para mí fue muy importante ser capaz de escribir todo esto y hacerlo de una manera más o menos decente. Aún queda un pequeño epílogo para dar un segundo adiós a los personajes, pero la historia en sí acaba aquí y se sostendría sin epílogo alguno.
Muchas gracias por haberme acompañado y por haberlo hecho leyendo y comentando. Sois estupendas.
Una nueva vida
Harry se sentía bullir por dentro. La adrenalina corría por sus venas como en los tiempos de la guerra contra Voldemort. Eso le estaba ayudando a mantener la cabeza lo suficientemente fría. Tenía la esperanza de que George hubiese podido salir sin problemas. Había podido oír cómo más vecinos salían de sus casas y abrían sus puertas, por lo que la coartada era más plausible que cuando se le había ocurrido.
Sabía que todavía les quedaba la peor parte, porque escuchaba a los aurores explorar los rellanos inferiores. Ellos estaban un poquito más arriba del último rellano, sentados en el último escalón que había antes de la reja que llevaba a la azotea. Si alguno de los aurores decidía abrir la reja para subir más arriba, se tropezaría con ellos, pues ocupaban casi todo el ancho de la escalera.
Los dientes de Draco castañeaban, produciendo un ruido suave que pasaba desapercibido gracias al jaleo que había en los pisos inferiores, pero si alguien subía hasta allí lo oiría claramente. Draco apretó la mandíbula en un intento de controlar el temblor de su cuerpo y silenciarse, pero no pudo mantenerlo durante más de unos segundos.
Sin retirar la mano que tenía alrededor de su hombro, Harry llevó la otra hasta la boca de Draco, tapándosela y poniendo un dedo entre sus dientes. Un auror apareció en el recodo de la escalera que llevaba hasta ellos. Harry tuvo que contener un gemido ante el dolor que le causó un mordisco más fuerte de Draco, que seguía intentando controlar sus temblores.
—¡Eh! ¡Aquí hay una reja! ¡No se puede subir más arriba! —gritó el auror, dirigiéndose al piso inferior.
Harry lo reconoció. Era el chaval novato que iba con Dawlish el día que fue a comprar las medicinas a la botica de Michael. Se había quedado parado, mirando fijamente hacia la reja, valorando las posibilidades de que estuviesen ahí.
—¿Qué dices, Jameson? ¿Una reja? —Dawlish apareció en el descansillo, subiendo las escaleras con fatiga.
—Sí, señor —respondió el auror, señalándola con un deje de sarcasmo—. Parece cerrada desde fuera, no creo que hayan podido…
—Tírala abajo y veamos qué hay detrás de ella. No podemos dejar nada sin registrar, esos dos no pueden haberse esfumado —gruño Dawlish.
Dawlish se dio media vuelta para bajar de nuevo mientras Jameson comenzaba a subir los escalones que los separaban, pero una vieja con una bata de tela de cuadros escoceses apareció en la escalera, plantándose delante de Dawlish con los brazos en jarras. Ambos aurores se quedaron inmóviles al verla.
—¡No sé qué piensan ustedes que hacen aquí, jovencito, pero es inadmisible lo que están haciendo! —le espetó a Dawlish amenazándole con el dedo índice. Este retrocedió un paso—. ¡Exijo que se vayan inmediatamente de este edificio y vuelvan con una orden judicial como personas de bien, agente!
—Señora, no entorpezca a la autoridad —contestó Dawlish, intentando imponer un tono de mando en la voz—. Por favor, regrese a su casa y no salga de ahí.
—¡Qué autoridad ni que niño muerto! —respondió la mujer valientemente, dando un paso hacia adelante—. Ese jovencito no ha dado un problema en todos los años que ha vivido ahí. Es un médico muy respetable. En cuanto se entere de lo que están haciendo en su casa va a demandarles. ¡Se les va a caer el pelo!
Harry esbozó una sonrisa culpable. Aquella mujer de la que ni se sabía el nombre vivía justo encima de su piso y estaba defendiéndolo con una bravura que ya quisieran tener muchos de los aurores que estaban allí abajo buscándolos.
—Señora —intervino Jameson, conciliador—, buscamos a dos personas, no a una. ¿Está usted segura de que ese joven del que habla vive solo?
—¿Y eso a ustedes qué más les da? —replicó la vieja con energía antes de añadir, entrecerrando los ojos con sospecha—: ¿No serán nazis homófobos de esos que menciona la televisión, verdad? ¡Quiero ver su placa! —exigió.
—Jameson, por favor, acompaña a esta amable señora a su casa y procure que tome una taza de té —ordenó Dawlish con los dientes apretados—. Y cerciórate de que le enseñas una placa.
Jameson asintió y, con palabras amables, cogió a la señora del brazo, descendiendo las escaleras poco a poco. Dawlish volvió la mirada hacia la reja. Entrecerró los ojos con recelo. Draco volvió a apretar la mandíbula alrededor de los dedos de Harry, quien a su vez se mordió la mejilla para tragarse el dolor. Eso ayudó a que Draco temblase menos, pero si Dawlish se fijaba, podría ver un atisbo de ondulación.
—¡Homenum revelio! —exclamó Dawlish, ondeando la varita en su dirección. Tras un segundo de duda, repitió—: ¡Accio capa invisible!
Draco se tensó, pero como Harry había predicho, la capa no se movió de su sitio. Con un último vistazo, Dawlish se dio media vuelta y empezó a descender pesadamente las escaleras. Harry contó hasta treinta antes de dejar escapar suavemente el aire que estaba conteniendo. Contó de nuevo y retiró la mano que tenía en la boca de Draco, provocando que este volviese a castañear los dientes del estrés.
Distraídamente, Harry se limpió en la camiseta la sangre que le había provocado Draco. Este empezó a hipar, ahogando un sollozo. Con la mano que tenía sobre sus hombros, Harry le acarició consoladoramente la espalda, tratando de tranquilizarlo. Draco enterró la cara en su cuello y se dejó hacer mientras los aurores seguían registrando el resto del edificio.
Una hora y media más tarde, los pasillos fueron quedando en silencio a medida que los aurores abandonaban el edificio tras la infructuosa búsqueda. Harry se permitió relajarse brevemente, recostándose suavemente contra la verja que tenían detrás. Draco también empezó a respirar más despacio. Todavía esperaron media hora más antes de moverse.
—Draco —susurró Harry—, tenemos que irnos.
Este se levantó sin titubear ante su orden, estirando las piernas con un quejido. Harry también las sentía pesadas y entumecidas. Con cuidado, dobló la capa y la guardó dentro de la mochila.
—Será mejor que esperemos unos segundos a que la circulación sanguínea se restablezca —dijo Harry mientras movía las piernas y daba suaves pisotones en el suelo. Draco lo imitó—. No podemos arriesgarnos a que nos dé un calambre. Después nos iremos.
—¿Vamos a pasar por el piso antes de irnos? —preguntó Draco.
—No. No sabemos si han colocado algún tipo de alarma. No podemos arriesgarnos ni siquiera a salir del edificio caminando. Seguramente tengan aurores apostados en la calle, aunque lleváramos la capa podemos activar alguno de esos hechizos y nos encontrarían.
—¿Entonces?
—Vamos a desaparecernos.
—¿Qué? ¡No! —Draco le miró como si estuviera loco—. ¡Nos encontrarán!
—Lo sé. Pero es la única manera. Escúchame bien. —El terror que Draco sentía estaba volviendo a paralizarle, así que Harry le sacudió por los hombros para obligarle a centrarse—. Escúchame, Draco. Esta mañana has noqueado a un auror, necesito a ese Draco un rato más. Cuando estemos a salvo, podremos derrumbarnos, pero ahora no. ¿Me entiendes?
Draco asintió, intentando respirar hondo y tranquilizarse. Harry le abrazó y le dio tiempo para que pudiera conseguirlo. Necesitaba que confiase en él, porque lo que iban a hacer es delicado.
—Tenemos una casa franca, ¿de acuerdo? Ginny y Percy han estado allí esta mañana colocando protecciones en esa casa y en algunas más de manera aleatoria para que no llame la atención. Si George ha conseguido salir de aquí, estará esperándonos en el punto de encuentro. Una vez lleguemos allí, invocará un hechizo anti desaparición, nos entregará a Lady y nosotros tendremos que salir corriendo.
Draco parecía aturdido con tantas explicaciones. Harry sabía que estaba en shock y que hasta que no se relajase no podría evitarlo, pero no debían quedarse más tiempo allí o George se iría del punto de encuentro creyendo que les habían atrapado o que no habían podido llegar y el plan se iría al traste.
—Es importante que lo entiendas. Si conseguimos alejarnos del punto de aparición y alcanzar la casa franca antes de que los aurores lleguen allí y nos vean, los habremos despistado y estaremos a salvo.
—¿Y George? —se preocupó Draco—. ¿Cómo escapará él?
—Correrá hasta el límite del hechizo y se irá a casa. Lo conseguirá, está en forma.
—No quiero que le pase nada por mi culpa —musitó Draco.
—Estará bien. —Harry lo miró, evaluándolo. Parecía un poco más centrado—. ¿Estás preparado?
Draco aferró con fuerza su varita y él se ajustó la mochila lo más posible para que no se le balanceara al correr. Con la mano que tenía libre, Draco le cogió del brazo. Harry hizo una cuenta atrás y desapareció a ambos. Cuando el sonido de la aparición resonó en la pequeña plazuela a la que habían llegado, George Weasley se apresuró a lanzar el hechizo para evitar que les siguiesen inmediatamente, como habían establecido.
—¡Suerte! —les dijo George, tendiendo tendía a Harry el transportín de Lady.
Sin más palabras ni despedidas, George echó a correr con todas sus fuerzas. Sin titubearlo, Harry guardó la varita, cambió de brazo a la gata y, cogiendo a Draco de la mano, echó a correr en dirección contraria, forzándose a ir lo más deprisa que podía.
Las gotas de lluvia le golpeaban la cara y le mojaban las gafas, impidiéndole ver claramente. Siguió corriendo. No sabía si les perseguían o habían conseguido alejarse lo suficiente antes de que los aurores apareciesen. Los oídos le restallaban y no se atrevía a mirar hacia atrás para saber si eran los crujidos de apariciones o sólo su cerebro.
Apretó con fuerza la mano de Draco. Harry sabía que él podría correr más rápido si le soltaba, pero no estaba dispuesto a hacerlo. La mano de Draco tiró de él y Harry se giró, asustado. La calle estaba vacía. Draco estaba incorporándose en el suelo con un gesto de dolor.
—Tropecé —explicó Draco con un jadeo.
Harry asintió, sin fuerza para más. Draco volvió a tenderle la mano y ambos volvieron a arrancar a correr, torciendo por diferentes calles. El punto elegido para aparecerse había sido elegido por Ginny, procurando que todos los puntos protegidos estuviesen en un radio de diez minutos para así desorientar más fácilmente a los aurores si estos se daban cuenta de las protecciones mágicas que habían colocado.
No estaba lejos y corriendo era menos tiempo, pero correr más de cinco minutos a esa velocidad era agotador. Draco había estado esos días cansado sólo con dar paseos y ahora estaba llevándolo al límite de sus fuerzas después de todo un día vagando. Harry sintió que Draco daba otro traspié.
—¡Ya queda poco! —le gritó, girando un momento la cabeza.
El esfuerzo pronto empezó a pasarles factura a ambos. Draco se quedaba ligeramente rezagado. Harry disminuyó un poco el paso mientras le apretaba la mano en un gesto de ánimo. Lady maullaba lastimeramente en su habitáculo, muerta de miedo por las sacudidas a las que estaba sometiendo el transportín.
Al llegar al portal, el pecho le ardía. Soltó la mano de Draco unos metros antes y del bolsillo sacó una llave. Una vez hubo abierto, tiró de Draco hacia dentro, echó un vistazo detrás de ellos para comprobar que nadie les había seguido y cerró la puerta. Depositando a Lady en el suelo, se agachó hasta sujetarse las rodillas, jadeando. Draco se apoyó en la pared y se dejó caer al suelo, totalmente exhausto.
—Vamos, Draco. Tenemos que llegar hasta el piso. Estamos a salvo, pero no podemos quedarnos aquí.
Le tendió una mano. Draco la aceptó y Harry tiró de él para levantarlo. Una vez en pie, Draco le tendió su varita. Entendiéndolo, Harry la cogió y la guardó en la mochila, junto con la suya. Draco cogió el transportín de Lady, que se había callado cuando la apoyaron en el suelo y volvió a maullar al levantarla. Subieron un par de pisos en el ascensor. Harry se paró delante de una puerta y apretó el timbre.
Unos segundos más tarde, Silvia abrió. Al verlos, asintió seria y les dejó entrar. Cerró la puerta tras ellos y los guio en silencio hasta un salón donde un hombre y un niño de unos diez años veían la televisión tumbados en uno de los sofás. Cuando entraron, ambos les miraron con curiosidad. Draco dejó a Lady en el suelo. Harry notó que a Draco le temblaban las piernas y oscilaba con la mirada perdida. Se apresuró a sujetarlo antes de que se desplomara, cargando con su peso.
—Está agotado, necesita descansar —explicó Harry, preocupado.
—Siéntalo en el sofá—indicó Silvia rápidamente.
Harry lo hizo, preocupado. Se cercioró de que respiraba correctamente y le acomodó un poco la ropa. Draco se dejó hacer con los ojos cerrados. El niño se había levantado y estaba su lado.
—¿Se va a poner bien?
—Sí, solo necesita descansar —le explicó Harry—. Ha sido un día duro.
—Tú debes ser Harry. —El hombre también se había levantado y le tendía una mano—. Silvia me ha hablado mucho de ti. Yo soy Roberto.
—Encantado —dijo Harry, estrechándole la mano—. Él se llama Draco.
—Yo soy Alan —intervino el niño.
—Encantado, Alan.
Harry se sentía como si estuviera desconectado de la realidad, aturdido todavía. Intentando concentrarse, se descolgó la mochila y la abrió. Metió el brazo dentro hasta la altura del hombro y rebuscó, sin darse cuenta de la exclamación que Alan le dedicó y sacó un cuenco y un plato.
—¿Alan, podrías llenar de agua este cuenco, por favor?
El niño se apresuró a obedecer, orgulloso porque se hubiese dirigido a él. Silvia y Roberto miraron atónitos cómo volvía a meter la mano dentro de la mochila y sacaba una lata de comida, que sirvió en el plato.
—Ponlo aquí —le señaló al niño, que caminaba con cuidado de no derramar nada—. Ahora vamos a abrirle para que pueda salir, pero me da que no lo hará hasta que esté sola. Está aterrorizada.
—¿Cómo se llama? —preguntó Alan, curioso.
—Lady.
—¡Hola, Lady! —saludó el niño asomándose a verla dentro del transportín.
Harry se levantó del suelo, donde se había agachado para ponerle las cosas a Lady. Silvia estaba frente a él, pero había perdido su cara de seriedad y ahora estaba a medio camino entre la curiosidad y el miedo.
—Creo que te debo un par de explicaciones —murmuró Harry.
—Puedes asegurarlo, Harry Potter.
—Preferiría sentarme mientras lo hago —pidió Harry. Silvia asintió. Harry se sentó junto a Draco y Silvia, Roberto y Alan ocuparon el otro sofá—. Necesito que me prometáis que no contareis nada de lo que yo os diga aquí y ahora. De hecho, tened en cuenta que no podréis hacerlo, literalmente.
Los tres asintieron con solemnidad. Verle utilizar la mochila les había descolocado totalmente y había espoleado su curiosidad. Harry sabía que aquello iba a pasar y había pedido a Ginny y Percy que les atasen la lengua mágicamente, igual que a los padres de los nacidos muggles, cuando ellos se marchasen.
—Algunas personas nacen… con habilidades especiales. Yo soy una de ellas y Draco es otra.
La familia escuchó sorprendida el relato de Harry. Cómo Harry y Draco se habían conocido en un colegio de magia situado en Escocia, cómo habían peleado en bandos diferentes de la guerra y cómo ambos habían pagado las consecuencias de hacerlo.
—Nos reencontramos el día que llegó al hospital. Lo rescaté, como bien sabes, y lo sané.
—Por eso se ha curado tan rápido, ¿verdad? Lo has sanado con magia —comprendió Silvia. Harry asintió—. Sabía que estaba peor de lo que tú afirmabas.
—Estaba muy enfermo —dijo Harry, dándole la razón—. Todavía está recuperándose, de hecho.
—¿Sois novios? —preguntó Alan con curiosidad.
—Alan, no se hacen preguntas así de personales—le reprendió su padre suavemente.
—¡Pero si es normal, papá! Daniela tiene dos mamás y no pasa nada.
—Daniela es una amiga del colegio —aclaró Silvia, divertida, al ver la cara de extrañeza de Harry.
—Imagino —rio Harry, asintiendo—. Sí, es mi novio.
—Es muy guapo —repuso Alan en contestación.
—Gracias —dijo Draco en voz baja, esbozando una sonrisa cansada. Alan se sonrojó y los otros tres adultos presentes en la sala se echaron a reír.
—¿Te encuentras mejor? —se preocupó Harry.
—Sí —contestó Draco—. ¿Podría beber agua?
Silvia y Roberto se apresuraron a levantarse y prepararles algo de comer para que pudiesen recuperar fuerzas. Mientras lo hacían, el teléfono de Harry sonó con el número de Hermione y Ron en pantalla y este descolgó escuchando atentamente y contestando con frases breves.
—Era Hermione. George está en casa, sano y salvo —le dijo a Draco, que respiró aliviado y se relajó más.
—Entonces, ¿esos magos por qué os persiguen exactamente? —preguntó Silvia, curiosa.
—A Draco le encerraron cuando acabó la guerra mágica por haber apoyado al bando perdedor. Cuando lo soltaron, creo que contaban con que no sobreviviese.
—¡Eso es inhumano! —protestó Roberto.
—Y eso que no te hemos contado las condiciones de las cárceles —masculló Draco sin poder evitarlo.
—Lo es, desde luego. Le prohibieron hacer magia y ahora están persiguiéndolo porque creen que la ha hecho, cuando en realidad he sido yo quien la ha utilizado para curarle.
—¿Y a ti?
—A Harry le tienen miedo —escupió Draco con desdén antes de que este pudiera decir nada—. Él venció al mago tenebroso salvándonos a todos. Es el mago más poderoso de todo el Reino Unido. Y le tienen miedo, el miedo que nace de la inseguridad de creer que otros pueden ser tan malos como tú.
—¿Y qué haréis ahora? —preguntó Silvia—. No me malinterpretes, Harry, no me importa que os quedéis aquí una noche, pero tampoco querría poner en peligro a Alan.
—Lo entiendo, no te preocupes —asintió Harry—. Sólo necesitamos dormir esta noche aquí. Mañana estará todo más calmado y nos iremos. Vamos a tratar de salir del país.
—¿Salir del país?
—Es la única manera.
—¿Qué pasará con el hospital?
—Que tendrán que apañarse sin mí —contestó sencillamente Harry.
—Es una pena —lamentó Silvia—. Eres un gran médico, Harry.
Silvia les había preparado el dormitorio de invitados. La cama era un poco pequeña, pero se apañaron. Cuando estuvieron acostados, Harry se tumbó de frente a Draco, que estaba mirándolo.
—Gracias —susurró Draco.
—¿Por qué?
—Por no dejarme atrás.
—No seas idiota. —Harry le besó cariñosamente en los labios—. Lo que tenga que ser, lo afrontaremos juntos.
—Mi cielo estaba nublado y oscuro, Harry, pero tu luz brilló para mí —recitó Draco con la voz tomada.
—Pensaba que habías dicho que esa canción te recordaba a tu madre.
—Ese verso en particular se refiere a ti. Llegaste a mi vida como un rayo de luz en un mar de oscuridad. Sé que es una tontería, por la situación en la que estamos, pero… estando contigo me siento feliz. Te eché mucho de menos ayer.
—Yo a ti también. —Harry le volvió a dar otro beso. Se separó un poco y, mirándolo a los ojos le dijo—: Alguien sabio dijo una vez: «La felicidad se puede hallar hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz». Tú eres mi luz.
—No suena a Gandalf —moqueó Draco, emocionado.
—No, fue Dumbledore. En nuestro discurso de bienvenida de tercer año —contestó Harry, depositando otro beso en la punta de su nariz—. Duerme. Necesitas descansar y coger fuerzas.
Draco asintió y le deseó las buenas noches en un murmullo ininteligible. Su respiración sonó acompasada unos minutos después. Harry tardó un poco más de dormirse, dando vueltas a lo que todavía les esperaba. No le había dicho nada a Draco, pensando que era mejor darle las noticias de una en una
Durmieron profundamente hasta que el ruido del resto de habitantes de la casa preparándose para sus tareas diarias los despertó. Cuando salieron, Alan estaba desayunando en el sofá mientras veía la televisión y acariciaba a Lady, que había salido del transportín.
—Buenos días —saludaron ambos con voz somnolienta.
—Buenos días, hay desayuno en la mesa, comed lo que queráis —les invitó Silvia, que estaba preparando café.
Draco se sentó mientras Harry se encargaba de la limpieza del transportín, desechando los empapadores sucios y poniendo otros nuevos. Lady iba a tener que usarlo un poco más y debía estar lo más limpia y cómoda posible. Después, se sentó a desayunar con el resto. Mientras comían, Silvia les preguntó por sus planes inmediatos.
—Tenemos que llegar a Dover. Desde allí cruzaremos a Calais.
—¿Por qué no cogéis el Eurotúnel desde aquí? —preguntó Roberto.
—No me quiero arriesgar a que esté vigilado.
—¿Vais en bus o en tren? —Harry vio que Draco reaccionaba a la pregunta, mirándole con curiosidad también.
—Caminando —respondió Harry, con el corazón encogido.
—¿Caminando? ¡Estáis locos! —soltó Silvia, mirándole horrorizada—. Tardaréis una semana en llegar. Eso en el mejor de los casos. Y él no está en condiciones de hacerlo —añadió, señalando a Draco.
—No podemos arriesgarnos a coger ningún transporte público aquí en Londres—explicó Harry, pacientemente. Ya había tenido en cuenta todo eso—. Luego, cuando estemos lejos, a lo mejor podríamos hacerlo. Esta gente puede vigilar esos lugares sin necesidad de estar presente. O poner alarmas que les avisen. Y pueden viajar instantáneamente por todo el país. Si ponemos un pie allí, saltarán las alarmas y estarán encima de nosotros en segundos.
—Harry tiene razón —murmuró Draco, apoyándole—. Lo menos que podríamos esperar de ellos es que tengan todo vigilándolo.
—Lo siento, Draco —se disculpó Harry, sintiéndose culpable.
—Sobreviviré —respondió este.
Roberto y Silvia intercambiaron una mirada que Harry no supo interpretar. Cuando terminaron de desayunar, Draco se levantó y pidió permiso para usar la ducha. Harry recordó sus pociones.
—Espera —le detuvo Harry mientras rebuscaba en la mochila. Sacó los jabones de Draco y se los tendió—. Toma.
—¿Consideraste que los jabones eran algo a salvar, Potter?
—Tanto como tus medicinas —replicó Harry, dándoselas.
Draco lo miró con un brillo extraño en los ojos. Estaba un poco raro desde el día anterior, pero Harry lo achacó a todas las emociones que habían vivido. Draco tomó sus pociones y fue tras de Silvia, que le indicó donde estaba el baño y le proporcionó toallas.
—Harry… —Roberto le llamó la atención—. He llamado al trabajo para avisar de que hoy estoy indispuesto. Os llevaré hasta Dover en coche.
—Te agradezco el ofrecimiento, Roberto, pero no será necesario —rechazó Harry, incómodo.
—Claro que lo es. No vas a aguantar varios días caminando con este tiempo.
—Lo hice hace diez años huyendo, y volveré a hacerlo —respondió Harry tercamente.
—Quizá el adolescente de diecisiete años que habitaba en tu cuerpo en aquel momento pudiese. Es posible que tengas razón y tú puedas hacerlo. Quien no puede es él —espetó Roberto, señalando en dirección al pasillo. Harry, avergonzado, agachó la cabeza—. Sabes que tengo razón.
—Descansaremos en hoteles, tengo dinero.
—¿Pudiendo hacer un viaje de dos horas en coche vas a viajar durante varias semanas? En los hoteles te tienes que registrar. No te tengo por un estúpido, Harry—dijo Silvia, entrando en el comedor.
—No quiero poneros más en peligro.
—¿Más que durmiendo en mi casa? —replicó Roberto con ironía—. Mira, Harry, Silvia me ha hablado de ti. Te tiene en muy alta estima. Cuando te hiciste cargo de ese chico, me lo contó. Ambos pensamos que haces lo correcto, nadie se merece morir en la calle.
—Independientemente de si ese Ministerio de Magia tiene razones para perseguiros o no —intervino Silvia.
—Así que igual que tú no pudiste dejarle en la calle muriéndose, no nos pidas que nosotros lo hagamos ahora —remató Roberto.
Harry se quedó callado, mirando a la mesa. Draco entró en ese momento, vestido con ropa limpia, revolviéndose el pelo con la mano. Al percibir el ambiente tenso, se quedó parado y desorientado, sin saber qué decir.
—Perfecto entonces —dijo Roberto levantándose de la mesa—. Te sugiero que te duches tú también, Harry. Te vendrá bien. Alan, a vestirse. Hoy no irás al colegio, vas a conocer Dover.
—Normalmente lo recoge él en el colegio —explicó Silvia ante la mirada interrogante de Harry cuando los chicos salieron del salón—. No te preocupes, podéis ir por las carreteras secundarias, sin prisa. Serán magos, pero no pueden vigilar todos los caminos.
—Muchas gracias —dijo Harry, pensando que eran magos y sí que podían, mientras se levantaba para seguir el consejo de ducharse. Al pasar al lado de Draco, este le miró con una ceja enarcada—. Roberto nos llevará en coche hasta Dover, para que no tengamos que ir caminando.
—¿Estáis seguros? —preguntó Draco, mirando a Silvia.
—Del todo —afirmó esta con rotundidad.
—Muchas gracias —murmuró Draco, aliviado. Harry se sintió culpable por haberse empeñado en una odisea que Draco no estaba preparado para aguantar.
—¿Ves, Harry? Así es como se tiene esta conversación. Ya me caes mejor que el cabezota de tu novio, Draco —le reprendió en broma Silvia.
Harry se duchó rápidamente. Seguía sin estar seguro de que implicar a Roberto y Alan en su plan de huida más de lo ya habían hecho quedándose allí fuera buena idea, pero la mirada agradecida de Draco lo había convencido. Al terminar, llamó a Ron, comunicándole el cambio de planes. Se vistió, recogió la mochila y retiró las sábanas de la cama en un intento de corresponder a esfuerzo que habían hecho acogiéndolos. Al salir al comedor, vio a Draco engatusando a Lady con comida para que entrase en el transportín.
—¿Nos vamos? —propuso Roberto.
—Sí —dijo Draco, cerrando el transportín. Harry recogió los bártulos de Lady, metiéndolos en la mochila y sacó la capa.
—Draco y yo iremos juntos en el asiento de atrás —explicó a Roberto—. Si pasa lo que sea, podremos cubrirnos con esto y seremos indetectables. Podrán tocarnos, pero no vernos.
—¡Qué guay! —exclamó Alan—. ¡Enséñamelo!
Harry le complació, poniéndosela primero él y luego dejando que fuese Alan quien la probase, disfrutando con su emoción al verse desaparecer. Le explicó que era herencia de sus padres y que, incluso en el mundo mágico, eran muy raras, lo cual alucinó más al muchacho
—Muchas gracias por vuestra hospitalidad —dijo Draco, acercándose a Silvia para despedirse.
—El placer ha sido nuestro —Silvia le estrechó la mano y luego se dirigió a Harry para darle un abrazo—. Supongo que es poco probable que volvamos a vernos, ¿verdad?
—Ojalá cambien las cosas para nosotros aquí, pero me temo que sí.
—Acuérdate de llamar de vez en cuando. Aunque sea para felicitar las fiestas navideñas.
Harry se lo prometió, volviéndole a dar las gracias. Finalmente, bajaron al garaje que estaba en el sótano del edificio y se dispusieron a salir. Como habían quedado, ellos dos se sentaron juntos en la parte de atrás con Alan, quien pidió llevar el transportín de Lady consigo.
Roberto salió al asfalto. Condujo durante un rato, callejeando por Londres mientras Alan parloteaba con Lady y acosaba a Draco a preguntas sobre el mundo mágico. Este parecía incómodo por no saber cómo tratar el entusiasmo del chaval y le pedía ayuda a Harry con la mirada cada poco tiempo.
—Parece que hay un poco de atasco —les informó Roberto en uno de los semáforos.
—¿Atasco? Yo no veo que haya tantos coches —frunció el ceño Draco.
—Me lo dice el GPS —explicó Roberto—. Me avisa de que hay un atasco en la entrada a la autopista y también en la incorporación a la carretera nacional.
—Son ellos —Draco y Harry intercambiaron una mirada angustiada—. Da igual el aspecto que tengan, Roberto, son ellos. Seguramente hayan informado a la policía de que somos delincuentes fugados y estén buscándonos en todas las salidas.
—¿Qué probabilidades hay de que esté vigilada la salida de la autovía? —preguntó Draco.
—Si han avisado a la Policía, bastante altas —dijo Roberto, pensativo—. Aunque si yo fuera ellos, pondría controles sólo en las salidas de Londres y en todos los aeropuertos cercanos. También vigilaría las entradas al Eurotúnel, no sé cómo vais a poder cruzarlo sin que os vea nadie.
—No lo cruzaremos —informó Harry cautelosamente.
—Pensé que habías dicho… —dijo Roberto, desconcertado.
—Lo siento —Draco también le miraba, inquisitivo—. Ron nos recogerá en barco en el puerto de Dover. Cruzaremos el estrecho por mar.
—¿En esta época del año? —Roberto parecía escandalizado.
—Sólo tenemos que llegar a aguas francesas y estaremos a salvo. Podremos hacer magia una vez allí. Estaremos bien, de verdad. En última instancia, seguimos siendo magos.
Roberto asintió, poco convencido. Harry sabía que no era la mejor idea, pero Hermione había supuesto que movilizarían a la Policía si llegaban a ese punto. Ron tenía un compañero de trabajo que tenía un primo squib que tenía un barco y estaba dispuesto a hacerle el favor por una sustanciosa cantidad de libras.
—Creo que deberíamos elegir la carretera más rápida —zanjó Harry—. Habrá controles sólo en las entradas y salidas; en la carretera nacional hay más bifurcaciones, pero también pueden poner más patrullas. Y rezaremos porque la capa nos cubra los pies.
Roberto asintió. Cuando se acercaron a la autovía, les avisó y ellos cogieron el transportín de Lady y se cubrieron con la capa ante la mirada atenta de Alan, que se había quedado callado ante el ominoso silencio que invadía el coche. La fila de coches avanzaba lenta, pero fluida. En menos de diez minutos habían alcanzado la incorporación y Roberto bajó la ventanilla para entregarle su documentación al policía.
—¿Destino? —preguntó el policía mientras revisaba la documentación.
—Vamos a Dover.
—¿Motivo? —le interrogó, echando un vistazo a la parte de atrás—. Ese niño debería estar en la escuela.
—Vamos a recoger a su madre, que viene de un congreso de Francia —mintió Roberto con aplomo—. No podía llevarlo al colegio porque no nadie podía ir a recogerlo.
—Bájese del coche y abra el maletero, por favor —pidió el agente, conforme con la explicación.
Unos minutos después, Roberto volvía a arrancar el coche y se incorporaba a la autovía. Habían pasado el control. Harry suspiró ruidosamente y Alan metió las manos debajo de la capa para recuperar a Lady. Más relajado, Harry contestó de buen grado a las preguntas de Alan sobre la magia, dando un respiro a Draco, que volvió a quedarse dormido sobre su hombro.
Le despertó con suavidad cuando se acercaron a la salida de Dover. Se volvieron a cubrir con la capa, pero en esta ocasión nadie les detuvo. Roberto condujo por la ciudad en dirección al puerto deportivo.
—¿Veis? —preguntó con malicia Roberto cuando bajaron del coche —. Mucho mejor que vagar por el sureste del país durante días.
—Tenías razón —asintió Harry, contento por lo bien que habían salido las cosas.
—¿Dónde os espera vuestro amigo?
—Están atracados ahí abajo. Si no me equivoco, en esa dirección —señaló Harry.
—Entonces nos despedimos aquí —dijo Roberto.
Dradco y él le estrecharon la mano, agradeciéndole el esfuerzo y todo lo que había hecho por ellos. Alan le entregó solemnemente a Lady y, cuando Draco le tendió la mano para despedirse, Alan se lanzó a sus brazos cariñosamente. Enternecido, Harry tomó nota mental de enviarle un regalo en Navidad. Despidiéndose una última vez con la mano, descendieron a los muelles del puerto. No necesitaron caminar mucho rato.
—Allí —le indicó Draco en voz baja.
En una de las embarcaciones, llameaba el característico pelo rojo de Ron, que estaba de pie haciendo visera con la mano. El barco era poco más grande que una lancha motora. Cuando llegaron, Ron estaba saltando al muelle. Este recorrió a paso vivo los metros que les separaban y, previendo lo que iba a ocurrir, Harry paró y dejó a Lady en el suelo.
—¡Harry! —exclamó Ron envolviéndole en un fuerte abrazo.
Harry sintió cómo las lágrimas inundaban sus ojos de emoción. Sabía que había echado mucho de menos a sus amigos durante aquellos años, pero no había sido consciente de cuánto.
—Te he echado de menos, compañero.
—Yo también —le contestó Harry con la voz tomada.
El abrazo se prolongó algunos minutos y, cuando al fin se separaron un poco sin romper el contacto, Harry aprovechó para echarle un vistazo. Estaba más robusto que cuando se vieron por última vez y ya no quedaba nada del adolescente que fue en su cara.
—Te ves bien —le dijo Harry, parpadeando para contener las lágrimas—. Más adulto.
—Tú te ves hecho mierda —bromeó Ron—. Pero eso tendrá solución pronto.
—¿Qué tal Hermione?
—Impaciente porque lleguemos. Mi abrazo te va a parecer corto cuando ella te pille por banda.
Se separaron y Ron se fijó en Draco, que estaba de pie a su lado, sosteniendo a Lady y ligeramente incómodo. Harry notó que se sentía inseguro, probablemente porque no sabía qué recibimiento iba a darle Ron. Él tampoco las tenía todas consigo.
—Hola, Malfoy. —Con una sonrisa cortés, Ron le tendió la mano para estrechársela—. Bienvenido a la familia, supongo.
—Hola, Weasley —correspondió este—, gracias por tu ayuda. Por todo.
—No digas tonterías —le interrumpió Ron con una sonrisa más sincera—. ¿Nos vamos?
—Será lo mejor —concordó Harry.
Subieron al barco. Ron hizo las pertinentes presentaciones con el dueño y capitán de la embarcación y se acomodaron. En breve, estaban navegando, viendo el puerto de Dover difuminarse en el horizonte. Sentado al lado de Draco, Harry cogió su mano. Este, mucho más relajado, le correspondió con una sonrisa y un beso en la mejilla. Ron, sentado frente a ellos, se echó a reír.
—¡Conteneos hasta llegar a casa, tortolitos! —les pinchó Ron, guiñando pícaramente un ojo.
Se echaron a reír los tres. Harry sintió el ambiente sereno, como si aquella inusual reunión y las circunstancias que habían llevado a ella fuesen lo más natural del mundo. Draco cogió el transportín de Lady en el regazo, y metió una mano dentro para acariciarla y consolarla.
El viaje transcurrió plácidamente a pesar del frío otoñal y la suave lluvia que caía incesante. El agua estaba ligeramente encrespado y el barco oscilaba y se balanceaba cuando las olas cogían algo de altura, pero no tuvieron ningún problema.
Mientras, Harry y Ron se ponían al día de las cosas no habladas en correos electrónicos por intrascendentes o coloquiales. Harry se fijó en que Ron estaba siendo amable con Draco y se interesaba genuinamente por él, integrándole en la conversación. Hermione le había asegurado que ambos le apoyarían, pero había tenido sus reservas en cuanto a la simpatía de su mejor amigo.
Comprendió que a pesar de la amistad y del contacto, la distancia y el tiempo les habían cambiado. A todos. En cierto modo eran extraños. Era algo que no había percibido en las llamadas de teléfono o en los mensajes de correo, aunque seguramente había estado ahí.
Ron se veía más reposado y maduro, menos prejuicioso en sus valoraciones y menos taxativo en sus opiniones. Draco y él tampoco eran los mismos que hacía diez años. Ni siquiera estaba seguro de que fuesen los mismos que una semana antes. Al escuchar a Draco responder con una carcajada una broma de Ron, se preguntó curioso qué cambios observaría en Hermione y cómo sería la adulta en que se había convertido.
—Estamos en aguas francesas —anunció el capitán cuando llevaban poco más de una hora navegando. El ambiente se distendió más y pronto estaban riendo con las ocurrencias de Ron, que seguía manteniendo su sentido del humor pinchón y ácido.
Con la mano de Draco en la suya, Harry se sintió bien de verdad. Estar allí con Draco, junto a Ron y sabiendo que en pocas horas el grupo se completaría con Hermione se sentía correcto. Era como si lo ocurrido durante esos diez años le hubiese partido el corazón en pedazos y hasta esa última semana no los hubiese reconstruido. Volver a estar con Ron y Hermione sanaba las últimas piezas.
—¿Qué piensas, Harry? —le preguntó Draco en un susurro.
Tanto él como Ron le miraban con curiosidad. Debía haberse quedado tan inmerso en sus pensamientos que había perdido el hilo de la conversación y se habían dado cuenta. Pensó la respuesta un par de segundos.
—Que, a pesar de estar alejándome del país donde he vivido todos estos años, siento que vuelvo a casa. Ahora de verdad —confesó Harry, con una sonrisa—. Allí estaba en mi tierra, pero no en mi hogar.
Ron sonrió, comprensivo, y asintió. Draco le soltó la mano para abrazarlo por los hombros y estrecharlo contra él, besando su sien.
