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Tan vacío se miraba el almacén pequeño donde su mejor amigo Sven solía descansar incluso con varios materiales a su alrededor y, claro, el heno que no olvidaba de llevarle cada semana, heno que ya estaba por acabarse. Kristoff lo apreció con claridad gracias al candil que sostenía. No obstante, si se permitiera comentar que él se sentía igual que el ambiente del lugar, entonces identificaría otra vez aquella sensación de abandono que no dejaba de crecer en su interior, aquella soledad tan asfixiante que nunca pudo desvanecer.

A pesar de ser un adulto, todo lo que sintió cuando recién era un niño que iba conociendo sobre la vida, todavía le causaba un dolor que al mismo tiempo lo ponía en un círculo de varias emociones; la ira era una que sobresaltaba, el miedo también lo hacía, pero la tristeza se llevaba casi todo el crédito encargándose de generarle varias preguntas que lo ponían peor, y es que jamás pudo encontrar una razón de haberse quedado sin su compañía. Antes tenía la consciencia de un típico chico que solo pensaba en divertirse, así que ¿cómo iba a comprender lo sucedido? Actualmente, a sus 21 años, podía resolver ese recuerdo que lo trajo varias noches en vela gracias a las lágrimas que derramaba.

Y lo hizo, pero sin cambiar nada al respecto, tan solo atormentarlo más porque su pasado se había vuelto borroso con el pasar de los años, impidiéndole entonces hallar esa respuesta que inconscientemente anhelaba.

—Si yo fuera tú, viejo, me colaría en el castillo con tal de evitar este espanto —pronunció Kristoff con un toque bromista y verdadero, pero más de este último, cerrando el almacén.

Se imaginó siendo un reno que se le tenía prohibido cruzar las inmensas puertas principales del castillo. Simplemente un caos. No soportaría vivir (aunque más dormir) en un lugar donde no había ni siquiera una cantidad expectante de heno ni una fogata para calentar el espacio, y sí, tal vez la mayoría hubiera preferido una habitación normal, mas tanto él como su mejor amigo se acostumbraron a dormir de esa manera sin verle el lado malo, después de todo. Aunque al concluir con esa fugaz imaginación, pensó que Sven le reprocharía para que, como solía frecuentar, dijera con su propia voz lo que este deseaba expresar, pero no fue así.

Pues solamente vio comprensión en su rostro peludo a través de la luz del candil.

Y sintió una pinchada en su estómago, a la vez que los ojos humedecérsele al saber que se equivocaba una vez más por ocultar sus sentimientos de los demás. Pese a ello, ignoró que Sven, su mano derecha en sus aventuras y quien veía más allá de él, rápidamente se daría cuenta de su actitud apagada con tan solo estar presente. De hecho, por eso debatió hace poco si sería recomendable o no venir a estas pequeñas cuatro paredes.

Miró a su mejor amigo dejarle un espacio para que se sentara. La cantidad chica de heno que sobraba, donde antes Sven permanecía descansando, se la compartía. Esto lo hizo sonreír un poco, y dejando el candil en medio de su amigo y de la hierba, se dejó caer de un sentón en esta.

—A veces no tolero que puedas leerme con facilidad —admitió Kristoff con una leve risa. Luego movió su cuello para mirar a Sven, quien alzaba las cejas.

—Si puedo a hacerlo con las zanahorias, tú no eres un problema —de la boca de Kristoff salió una voz gruesa, refiriéndose al reno.

—¿Leer… zanahorias? Eso no tiene sentido —dijo el rubio mientras Sven soltaba un soplido. Esto hizo abrir la boca de Kristoff de forma indignada—. ¿Acaso diste a entender que yo me veo ridículo por saber todo lo que piensas? —Sven elevó las comisuras de sus labios.

—Consígueme una zanahoria y mi opinión cambiará —pronunció gravemente Kristoff, pero al instante frunció el ceño.

—Eres un grosero.

—No, solo soy un reno sincero —volvió a fingir la voz de Sven.

—Y uno que no pierde la oportunidad de sobornar —contestó Kristoff para sacar el alimento naranja de la alforja y dárselo a su cuernudo amigo.

Este agarró de un mordisco la verdura mientras comenzaba a disgustarla lentamente. Por otra parte, Kristoff lo observó con serenidad, cuestionándose a su vez qué sería de Sven si nunca lo hubiera rescatado cuando era un joven cervatillo que probablemente fue ignorado por su manada.

Acarició su lomo con suavidad. Sin embargo, tras nacer una necesidad repentina de hablar y sin importarle que, si al dejarlo salir iba a desahogarse, expresó:

—Detesto a mi familia —Sven paró su cometido y dirigió su vista hacia un lado—, pero en especial a esas personas irreconocibles que llamé… padres.

Silencio. Un silencio fue lo que no tardó en apoderarse del entorno, además de las emergidas emociones que dejó escapar Kristoff con esas palabras, palabras que no necesitaban explicación alguna para mostrar lo mal que lo ha pasado desde lo que recordaba, aferrándose a la soledad en sus inicios hasta terminar desconfiando de cualquiera por el cobarde motivo de que se escondían bajo una máscara engañosa y no eran lo que debían de ser. Aquellas personas le enseñaron eso, mas de una manera en la que ellas terminaron siendo culpables.

Sven conocía perfectamente el ambiente en el que estaba rodeado junto a su compañero. Cuando fue un cervatillo que ocupaba estar en grupo, estuvo roto y vacío por dentro. De temprana edad tuvo que aprender a ser independiente, fallando innumerables de veces porque desconocía sobre la vida en general. No tenía una manada ni mucho menos a sus progenitores que lo guiaran en el camino, se encontraba perdido ante la adversidad de las cosas.

Era un inocente reno contra el mundo.

Hasta que, de manera inesperada, un niño al cual se le iluminó el rostro tras escuchar de su madre que podía quedárselo, le cambió la vida para siempre.

Ese era el Kristoff que fue conociendo y el que conocía, alguien feliz con un corazón dorado, pero ahora mismo no encontraba nada de aquello que lo caracterizaba. Únicamente veía a un hombre destrozado que guardó lo que le habían hecho solo para él.

Y si bien comprendía que Kristoff no supo llevar su pasado al olvido, pero sí convertirlo en algo asfixiante incluso cuando lo estuvo apoyando, no permitiría más que fuese a ahogarse internamente por ello, lo sacaría de ese mar repleto de sufrimiento y soledad en el que se encontraba sumergido.

—No tienes que decir algo, Sven —dijo Kristoff al escucharlo bufar. Entonces el reno se dedicó a poner su barbilla arriba de la pierna izquierda de este—. Tu compañía es lo único que en este momento importa, esa que ha estado a mi lado cuando más la necesité.

Poco a poco sus ojos fueron cerrándose mientras seguía acariciando el lomo de Sven.

—Gracias, amigo…

•••

Mucho tiempo había pasado desde que decidió llevar consigo esa diminuta punta de cuerno que mantenía sobre la palma de su mano a cualquier lugar que recorría, básicamente años si mal no le fallaba la memoria.

La miró detenidamente, ahora tomándola con sus dedos. Se encontraba muy desgastada a pesar de limpiarla todos los días para después guardarla dentro de su alforja, mantenerla ahí durante el transcurso del día y entonces sacarla a la mañana siguiente. Además, era considerada como un amuleto cuando se dedicaba a cosechar hielo o simplemente para su vida diaria. No obstante, sin importar la suerte que le diera, sentía una punzada en su corazón cada vez que pasaba por su mente aquel acto inhumano que se hizo.

El sol que entraba por una de las grandes ventanas de la habitación era lo máximo para los que deseaban mantenerse cálidos ante este clima gélido… así como de iluminar varias manchas rojizas que permanecieron intactas en el cuerno.

Hoy en día, para Kristoff, notarlas era algo que todavía le provocaba cierto conflicto tras no atreverse a impedir el asesinato y más por la víctima de la que se trataba, víctima a la cual no le permitieron despedirse ni dejar su alma de animal como esencia en su hogar.

Y sí, de animal, exactamente un reno… De la madre de su mejor amigo Sven.

Por ello, si veía la imprudencia de la persona para maltratar a un ser vivo, ya no dudaba en defenderlo sin preocuparse de los problemas que pudiese ocasionar. Sin embargo, ¿qué tenía de relevancia esa punta de cuerno? Que revivió lo que había perdido Sven porque siempre lo iba dañando sin siquiera notarlo, y si no fuera de la forma repentina en saber lo que pensaba, nada hubiera cambiado para él. Pero entonces… ¿por qué seguir conservándola?

—¿Sigues ahí, Kristoff? —la voz de Anna, que de un momento a otro se volvió su música preferida, poseía algo que siempre lo tranquilizaba en cualquier circunstancia, así que se tomó el tiempo para cerrar los ojos y disfrutarla.

Sin importar el dolor o la pena, Sven logró sincerar que era lo único que le recordaba a quien fue el más querido de su familia… y lo único que le producía la sensación de sentirse completo.

—Probablemente haya ido al baño, o sea, con ese estómago que tiene a la hora de comer no es de esperarse —comentó alguien más para terminar fingiendo una arcada.

Era Olaf junto a sus incómodas oraciones como era habitual.

—¿Qué te he dicho sobre ser tan directo? —Anna intentó reprenderlo, pero sus pequeñas risas la delataron.

—¡Oh, cierto! Una disculpa, Kristoff.

El rubio solo escuchaba desde el borde de la cama, sentado. Miró una última vez la rota asta con un poco de nostalgia para levantarse de una vez, guardándola en la alforja. El insistente toqueteo en la puerta no paraba (producto de Olaf) mientras que Anna se mantenía en silencio después de "reprender" a este, por lo que esperaba no se haya marchado. Se colocó en cuclillas a un lado de la puerta, a una distancia en que la misma no lo aplastara cuando fuera abierta. Entonces, tras esperar unos segundos, vio que lo hacían, pero sin producir un absoluto sonido… Oh, pobre de Olaf.

—Vaya, al parecer sí está entretenido con su…

—¡Bu!

—¡Un ogro! —gritó Olaf, cayéndose boca abajo luego del sobresalto.

—Pero ¿qué? —se incorporó Kristoff mientras negaba con la cabeza—. No tengo nada de ogro, y has exagerado —dijo mientras veía que Olaf no se levantaba ni contraatacaba con algo.

Cruzando la puerta se dejó apreciar la princesa de Arendelle por el rubio, quien no sabía si mantener su vista en ella o en el muñeco de nieve creado por Elsa.

—Yo…

—Olaf, ya puedes levantarte —dijo Anna pues no era nada más que actuación la de este.

—Creo que lo maté —añadió Kristoff con sorna mientras lo pateaba tenuemente.

—Ay, por favor —negó la castaña divertida—. Sí que son unos ni…

—¡Susto de nieve, arrr! —Olaf dio un salto inesperado, pero ni Kristoff que estaba muy cerca ni Anna se inmutaron ante esto— Vaya, ustedes no son humanos normales —pronunció el pequeño, rascándose la sien, para mirar fijamente al frente—. Bueno, en ese caso… toma —y entonces se logró escuchar un golpe en seco y cierto quejido salir de la boca de alguien.

Al parecer, Kristoff había recibido una cachetada.

—Bien, acabo de entender. A la próxima recordaré que no debo de asustarte —dijo Kristoff mientras se sobaba la mejilla, mirando a su vez como Olaf desviaba su rostro a un lado y a Anna sonreír.

Aquel gesto bastó para que su corazón palpitara de manera precipitada y sintiera también un cosquilleo en su estómago que seguía sin saber controlar. Sin embargo, nunca le había disgustado. En realidad, era agradable que todo lo anterior fuera capaz de cubrir sus emociones incómodas y a distraerse de aquel confuso recuerdo tan amargo, y he aquí uno de los motivos por el cual no le contaba sobre ese pasado, ya que prefería guardar silencio y disfrutar de las sensaciones que lo removían internamente producto de la chica que no imaginó que sería su pareja en el futuro debido a ese acontecimiento.

No se arrepentía de nada, cabe recalcar, estaba muy enamorado de ella incluso al comportarse muy tímido a la hora de demostrarle cariño, no pensaba jamás separarse de su lado. Aprendió a dejar varias cosas que no le favorecían gracias a sus palabras y acciones; a todo su extraordinario ser. Por eso no podía mentirle al amor que sentía por Anna, solo no podía.

No podemos a hacerle esto, apenas tiene 5 años.

Fue de pronto que escuchó la voz de una mujer, pero no de manera normal, sino como si estuviera reprimiendo un sollozo. Tras ello, cerró los ojos sin dudar.

¿Y tú crees que estoy de acuerdo? ¡Claro que no!

Ahora era la voz de un hombre, quien parecía encontrarse al borde del enojo.

¡Eso me demuestras al querer dejarlo con unos simples trabajadores!

Todo era tan borroso que no lograba identificar nada.

¡Es la única alternativa que tenemos! Si deseamos que tenga una vida próspera y no insignificante, no podemos arriesgarnos.

No, no quiero separarme de mi pequeño… No quiero…

Tampoco quiero, debes de creerme, pero entiende que esto es lo mejor para él.

Entonces volvió a escuchar a la mujer, mas esta vez llorar.

Prométenos que te quedarás siempre con Sven aun si tu nueva familia no te acepta…

¿Cómo sabía de su mejor amigo?

Que mantendrás esa sonrisa tan bella en tu rostro, que jamás te rendirás cuando sientas que ya no puedes más…

Las caras de aquellas personas iban haciéndose más imprecisas entre cada oración al mismo tiempo de que se alejaban poco a poco.

pero, sobre todo, que encontrarás a alguien que logre a hacerte superar contigo esto que se volverá un confuso recuerdo.

Más se borraban y se distanciaban hacia un vacío sin fin.

Nunca olvides que, a pesar de que de adulto entenderás sobre este abandono y nos tendrás rencor por no explicarte nada, te amamos con todo nuestro corazón… Perdónanos, Kristoff.

Y a partir de ahí, todo se volvió negro para él.

—Vaya, y pensar que te la pasaste encerrado mientras nosotros nos divertíamos en el trineo —bastó percibir la voz de Olaf para salir de sus pensamientos y abrir los ojos—. Qué aburrido.

—Olaf, ¿puedes dejarnos un momento a solas? —este se desorientó primero ante la mención de Anna, pero no tardó en acatar la pregunta.

—Oh, sí, sí, no tardo —dijo mientras salía de la habitación sin ver a Kristoff. Aunque antes de irse, parado y fuera de la habitación, alzó ambas cejas consecutivamente—. Yo me encargaré de que nadie venga desde la lejanía —susurró para desaparecer.

Anna solamente se dedicó a cerrar la puerta sin verse afectada por el doble sentido que Olaf había utilizado. Tras esto, se centró confundida en Kristoff, pero no perdió más tiempo para acercarse a él. Por otra parte, el rubio no cuestionó la actitud que estaba tomando su novia de forma imprevista. Sin embargo, no se permitió quedarse callado al sentir un abrazo de ella.

—Anna, ¿qué pa… —se detuvo, pues un desconocido sabor salado entró a su boca. Después apreció el rostro de Anna frente a él, quien posó las manos en sus mejillas.

—¿Estás bien? —cuestionó ella con un tono preocupado mezclado con desesperación.

Y Kristoff no supo comprender la pregunta ni mucho menos su modo de actuar en ese momento… hasta que sintió como Anna les propinaba a sus mejillas una sequedad tras verla acariciándolas. Esto que sentía… eso que se hacía presente en cada una de sus noches cuando era niño… lo conocía. Ese sabor salado tan doloroso y molesto, sabía de lo que se trataba, claro que sí.

Entonces se alejó de Anna lentamente, rompiendo todo tipo de contacto para dirigir sus manos allá arriba y tocar con sus dedos esas zonas, y cuando lo hizo, pudo presenciar una de las acciones que más detestaba en la vida por lo vulnerable que lo hicieron sentir.

Él había llorado… llorado después de varios años.

Llorado por personas innecesarias, pero sí siendo capaz de lastimarlo sin explicación alguna.

Llorado por tener durante toda su vida un pasado que no supo olvidar, que no supo superar. Un pasado que tarde o temprano podría destruir todo lo que amaba y, sobre todo, arruinarlo a él completamente, justo como ahora.

Porque no sentía nada más que su corazón corrompido al fin.

—Los odio, en verdad los odio… —pronunció a lo bajo mientras se tapaba los ojos, pero si deseaba que lo susodicho fuera real, su voz a punto de quebrarse se oponía— Son de lo peor…

—Kristoff, ¿por qué…

—¡Porque ellos arruinaron mi vida, maldita sea! ¡Toda! —alzó la voz Kristoff, interrumpiéndola y observando con sufrimiento a una Anna que se había sobresaltado.

—¿Qué… ¿Qué ocurre? ¿Po-por qué te pones así? ¿De quiénes hablas? —soltó la princesa de Arendelle— No entiendo na…

—Y no lo entenderías por más que te contara —dijo Kristoff, mordiendo su labio inferior. Luego, evitando todo lo que deseaba expresar, enarcó las cejas—. Vete, déjame solo por favor.

Pero eso bastó para que Anna se mosqueara y diera libertad a su lado impulsivo.

—¿En serio? ¿Que te deje en paz? Estás muy equivocado si crees que lo haré, Kristoff. ¡Solo mira cómo te encuentras! —mencionó alterada.

—Anna…

—¡Nada de Anna! —sentenció, deteniendo el tono amenazante de Kristoff—. No vas a intimidarme cuando necesitas dejar salir algo que ya no puedes mantener oculto.

—Hablo en serio, Anna.

—Yo también lo hago —dijo ella con seriedad—, y no me callaré hasta que hables. Te quiero, así que dime qué es lo que te pasa.

—No es nada, ¿de acuerdo? Solo fue… algo estúpido —Kristoff desvió la mirada y se giró.

No quería herirla a ella, no a ella…

—¿De verdad? Hace poco estabas llorando y, además, alguien no reacciona como tú lo hiciste sin ninguna razón. Dime, ¿por qué te cuesta hablar de eso conmigo? —preguntó Anna indignada, esperando alguna respuesta. Mas al ver que se dispuso a ignorarla, su enojo aumentó— Estás siendo muy cobarde al querer guardar lo que te lastima. Pensé que… pensé que nos contábamos todo sin importar lo tonto que fuera —dijo al mismo tiempo de apretar con fuerza sus puños—. Soy tu novia y algo más que eso, teniendo siempre la confianza para decírmelo todo. No voy a burlarme ni mucho menos despreciarte, ¿acaso ya no confías en mí? Yo solo quiero ayudarte, por favor… —calmó su enojo y la impotencia que poco a poco iba apareciendo.

No obstante, él permaneció igual, él no parecía ceder en ningún instante.

Por ello, la expresión de Anna se convirtió en una apaciguada, pero en sus ojos aún vivía el dolor. Al final, suspirando, se dejó llevar por aquellas acciones que notó al retozar junto a Sven, Elsa y Olaf.

—¿Sabes? Traté de entender lo mejor posible a Sven, quien hacía lo posible para contarme algo sobre ti, mas no lo logré. Sin embargo… —Anna avanzó a paso lento hacia Kristoff cuando lo escuchó sollozar, deteniéndose a unos centímetros de su espalda—, por lo menos pude entender acerca de lo devastado y babélico que te sentías hoy —terminó, y en el momento que Kristoff se giró para verla, sintió como si su corazón se partiera en dos pedazos, por lo que abrió los brazos sin dilema—. Adelante, siempre podrás confiar en mí, amor.

Y sin preocuparle ser de nuevo aquel pequeño niño endeble que desconocía el motivo de su repentina soledad, se permitió desmoronarse en el pecho de la mujer que le prometió jamás abandonarlo incluso en la eternidad… mientras el sol de ese día tan helado se ocultaba bajo las nubes grisáceas, dándole paso a la caída de la blanca nieve junto al sentimiento de felicidad reflejado en los habitantes de Arendelle y, más importante, de la nostalgia de cierto reno leal.

•••

Su pasado al fin había quedado claro, aliviando a Kristoff indudablemente.

Claro, todavía estaba desorientado con las palabras dichas por esas personas… por sus papás, mas no se molestaría en resolverlo ahora mismo, ya había tenido suficiente. No obstante, a pesar de que sus emociones estaban ligeras, de que se sentía mejor después de expresar todo, no estaba seguro si perdonar a sus padres tras asegurar que lo dejaron solo en compañía de su mejor amigo por ese incógnito destino que optaron. Era desagradable pensar que tuvo una familia ignorante ya que lo lastimaron y fueron torturándolo mental y emocionalmente durante casi dos décadas. Aunque… proponerse un cambio a partir de este momento, superando la oscuridad de aquel pretérito, lo harán mejorar más como persona.

—Aquí está la cena, chicos —avisó Anna, entregando los dos platos de rakfisk a Kristoff y a Sven, quienes se encontraban observando las estrellas desde lo alto de un balcón.

Al fin y al cabo, sus padres se encargaron de a hacerlo llegar a esta vida y, de cierta manera, conseguirle en el camino grandes personas que se volvieron tanto sus nuevas como verdaderas familias. Y entonces tal vez, solo tal vez, cuando todo se haya suavizado para él, darles las gracias por lo que en su tiempo le beneficiaron, siendo lo mismo por obligarlo a madurar cuando más lo necesitaba.

Sin embargo, sería bien si fuese fugaz y fantasioso, como en un sueño, donde únicamente se vieran a la cara sus progenitores y él.

—Gracias, Anna —dijo Kristoff para ver a Sven devorar la comida con rapidez—. ¡Viejo, tranquilo! —entonces optó por a hacer lo mismo.

—Procuren salir con cuidado de la habitación y a escondidas del castillo cuando hayan terminado, ¿bien? Recuerden que Elsa tiene prohibida las entradas peludas —tras esta mención, Sven hizo una cara divertida—. En fin, los dejo cenar. Buenas noches a los dos —se despidió Anna, dándose la vuelta.

Porque ese sueño vivirá, incluso si al pasar unos minutos luego de despertar lo olvidara, en su memoria.

—¡Anna! ¡¿Dónde estás?! ¡Elsa nos ha llamado! —la voz de Olaf se oyó en el pasillo.

—¡Voy enseguida! —respondió.

Justo fue en ese instante que Kristoff, quien estaba por acabarse el platillo, recibió una patada que lo obligó a tirarlo. Este fulminó con la mirada a Sven, pero no tardó en disipar ese gesto tras saber lo que esa sonrisa pícara decía, frotando así sus manos en los pantalones una y otra vez. La cuenta progresiva había iniciado.

—A-Anna, espera —la princesa de Arendelle detuvo su paso para girarse. Kristoff caminó con posma hacia ella, muriéndose de los nervios y comiéndose una menta disimuladamente.

—¿Pasa algo?

—Yo… Bueno, tú sabes, fui muy idiota al gritarte de esa manera, así co-como de no pedirte disculpas ni-ni de contarte nada, así que por eso quiero… Ajá, quiero… No, deseo… Es decir… ¡Ay, Dios! —balbuceó Kristoff, rascándose ahora desesperadamente la nuca mientras escuchaba la risa chillona de Sven a los lejos.

—¿Ajá? —insistió Anna, juntando sus manos.

—Yo… ¡Olvídalo! —y de un rápido movimiento, tomando a la chica que lo enamoró perdidamente de la cintura para acercarla, Kristoff besó a una Anna que no se apartó ni se demoró en dejarse llevar por el momento aun con lo desprevenida que había estado. Y a lo lejos, Sven observaba con cariño mientras se tomaba la confianza de disgustar el rakfisk de su mejor amigo esparcido por el suelo.

Claro, en su memoria… al igual que ese triste pasado que se quedará en lo más profundo de ella.