KAGOME.
Había días en los que Kagome se iba a dormir con la esperanza de no despertar.
Últimamente ese sentimiento la acompañaba la mayoría de los días.
Ella no podía señalar precisamente el instante en que esos pensamientos habían empezado. No sabía si había sido un evento en su vida, o la acumulación de todos ellos. Parecía más como que una mañana abrió los ojos y su mente había decidido nublarse. Pero si le preguntaban, ella diría que fue durante la última víspera de navidad que pasó con su padre.
Recordaba estar sentada en la mesa de un restaurante bonito. A su alrededor celebraban familias, compañeros, amigos; pero en esa mesa, eran solo su padre y ella. Kagome no dejaba de pensar en que ellos alguna vez habían sido una familia también, y en lo fácil que eso se había acabado. En cómo las personas pretenden ser felices todo el tiempo cuando en realidad no lo son.
Como su padre y ella: fingiendo que a pesar del divorcio aún disfrutaban de su tiempo de calidad cuando en realidad llevaban horas comiendo en silencio porque ya no tenían de qué hablar.
¿Por qué razón lo hacían? ¿Por qué estaban allí? ¿Por qué siquiera lo intentaban?
¿Cuál era el punto?
El reloj marcó las doce, el restaurante explotó en celebraciones, y su padre se levantó de su asiento para abrazarla por primera vez en seis meses. Kagome no sintió nada.
Poco tiempo después de eso, nada se convirtió en una emoción.
Al principio era esporádico. De un momento a otro perdería interés en un tema, una actividad, y le costaría un rato volverse a enfocar. Las conversaciones de sus amigos le sonarían triviales. Salir a pasear se le haría poco interesante. Se irritaría por cosas que disfrutaba antes. En ese entonces, era capaz de despertar del letargo antes de que fuera tarde.
Pero un día su casa de papel se vino abajo.
Y ahora solo encontraba que podía definirse de dos formas:
La Kagome que era antes y después de la nada.
