INUYASHA.
Inuyasha disfrutaba cuando el mundo se ralentizaba.
Esos momentos en los que la adrenalina en tu cuerpo fluye con tanta fuerza que se te calientan las venas, que pierdes noción de la realidad, y por unos segundos el mundo a tu alrededor se detiene.
Pero eran situaciones muy específicas que lo hacían alcanzar ese tipo de euforia. Y en los ojos de otras personas, ponerse en esas situaciones voluntariamente era considerado cosa de locos.
—¿Qué pasa cuando ya no la encuentres? —le habían preguntado una vez.
—¿El qué?
—La adrenalina. ¿Qué pasa cuando dejes de sentirla?
En ese momento no lo había tenido claro. Pero mientras más repasaba aquella conversación, más lo entendía.
Que no lo hacía solo para sentirse bien.
Lo hacía para no sentir nada.
Lo hacía porque en esos segundos en los que el tiempo se congelaba eran los únicos en los que su mente paraba. En esos cortos instantes no existía el miedo, la culpa, la rabia. Por un breve momento eran solo él, el silencio y la nada.
Chequeó en el retrovisor por coches una última vez. La carretera frente a él estaba vacía también, y era una recta por al menos cinco kilómetros. Inhaló hondo, aguantó la respiración, y cerró los ojos. Su sentido de supervivencia le advirtió que era una mala idea. Sostuvo el volante con firmeza sintiendo la humedad en sus palmas, el hormigueo en sus extremidades, y esa pequeña presión en el pecho empezar a crecer hasta apoderarse de él. Escuchó el viento golpear cada vez con más fuerza y el coche reverberar mientras tomaba velocidad; el pie que tenía en el acelerador tornándose más y más pesado hasta que finalmente tocó fondo.
Y estaba allí: en el instante en el que el mundo se detenía. En el momento en el que su sentido común le gritaba que estaba en peligro y eso era lo único que importaba, lo único que existía. No había nada en su mente más que la incertidumbre de si saldría de allí con vida. Y ese pensamiento eclipsando el resto lo hacía sentir... libre.
Entonces abrió los ojos y la realidad regresó a él de golpe. El camión estaba demasiado cerca como para frenar. Apenas tuvo tiempo de girar el volante para cambiar de carril y evitar el choque. Un coche venía en dirección contraria, y la bocina explotó en su cabeza a tiempo para que lo esquivara.
Se salió al hombrillo y llegó a un alto unos metros más allá, con el corazón en la garganta y la sangre rugiéndole en las venas. Fue hasta entonces que se permitió soltar el aire. Se pasó una mano por el pelo, limpiándose el sudor frío que le corría por la frente, y pegó la cabeza del volante. Temblaba tanto que los dientes le castañeaban.
Una risa se le escapó, y luego otra, hasta que estuvo riendo a carcajadas en la soledad de su coche sobre lo cerca que estuvo de irse a la mierda.
No era cosa de locos.
Era cosa de sentirse vivo.
