Rose. Este capítulo ha sido editado. Si leíste la historia antes notarás algunos cambios. Voy a estar haciendo esto con toda la historia de ser posible, pero siempre les dejaré una nota para que sepan y les prometo que el contexto es el mismo :). Se les quiere.


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Collateral Damage ~ Daño Colateral

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Capítulo I.


Kagome recordaba disfrutar de la escuela.

Siempre había sido la alumna sobresaliente, hasta el punto en que se le podía considerar fastidiosa. Era la que se sentaba en el frente de la clase, la primera en alzar la mano, la que entregaba los exámenes más rápido y participaba en extracurriculares.

Tenía amigos con sus mismas metas. De esos que le guardaban un asiento en el almuerzo y se reunían a estudiar por las tardes. Personas que prometieron estar allí para ella, en las buenas y en las malas, y a quienes realmente había llegado a apreciar con el alma.

Se preguntaba dónde estaban ahora.

El primer día de clases entró al aula y tomó asiento en la mesa del fondo, junto a la ventana, donde nadie se sentaba a primera hora porque era donde más daba el sol. La música saliendo de sus cascos ahogaba un poco el escándalo post-vacacional que tenían sus compañeros. Todos contaban eufóricos lo que habían hecho durante las vacaciones. Las ciudades que habían conocido, los países que habían visitado.

Kagome pasó sus vacaciones en casa viendo películas junto a su gato.

Se sacó el IPod del bolsillo para subirle volumen a la música y lo dejó a un lado. Echó los brazos sobre la mesa y escondió el rostro en ellos, cerrando los ojos un rato. Si tenía suerte el profesor del primer periodo no llegaría y conseguiría dormir. La pesadilla de la noche anterior no la había dejado descansar.

Eso le pasaba bastante seguido.

Fue en el momento en que estaba por caer rendida que su mesa se sacudió y la música se detuvo abruptamente. Sintió los cascos tensarse por el peso del IPod tirando del cable al caer al suelo, arrancándoselos y llevándoselos al piso también. Kagome se enderezó hacia la persona que había tropezado su mesa al pasar.

—¡Oops! Se te cayó algo —señaló la chica, pasando de largo hacia las filas de al frente.

El muchacho que venía tras ella si se detuvo. Al mismo tiempo que Kagome rodaba el asiento para levantarse él se agachó y recogió el aparato por ella. Pero en lugar de devolvérselo en seguida, se puso uno de los cascos y presionó el botón de reproducir.

SYML —dijo al escuchar la música—. Tienes buen gusto.

Kagome le parpadeó. No sabía si agradecerle, o pedirle que se lo regresara. El muchacho la miraba, como esperando su reacción, pero ella optó por no decir nada.

Finalmente él se quitó los cascos y se lo extendió. Kagome hizo el intento de tomarlo pero él lo alejó de su alcance.

¿Estaba burlándose de ella?

—Defiéndete.

Tras decir eso, dejó el aparato en la mesa y se fue a sentar con el grupo de al frente. La chica de antes se le sentó en las piernas y le ancló los brazos alrededor del cuello.

Kagome se quedó fría en su sitio. Quería quitarle los ojos de encima, pero no podía. Él lo notó porque volteó a verla, y eso fue lo que la obligó a mirar hacia otro lado de la vergüenza.

Esa pequeña palabra la siguió todo el día.

Defiéndete.

Abre la boca.

No seas tan débil.


—Voy a poner un anuncio de trabajo en el periódico —dijo el abuelo una mañana.

Kagome no pensó mucho al respecto. Ya lo había escuchado comentar varias veces que se estaba haciendo muy viejo para el trabajo pesado en el templo. Y aunque ella lo ayudara en lo posible, las tareas nunca terminaban.

Ahora, algo que definitivamente no se esperaba era que ese anuncio llevara a uno de sus compañeros de la escuela al porche de su casa.

—¿Kōga? —preguntó de la sorpresa cuando abrió la puerta una tarde y lo encontró parado del otro lado.

—Hey —saludó él con una sonrisa—. Higurashi, ¿verdad?

—Kagome —lo corrigió de una.

Kōga levantó frente a ella la hoja de periódico que llevaba en la mano. El anuncio del abuelo en la sección de empleos estaba encerrado con plumón color negro.

—¿Templo Shinto Higurashi?

La cara se le calentó enseguida de la vergüenza. Solo entonces Kagome cayó en cuenta que él no sabía quién era ella.

—Oh... Sí, claro. —Se hizo a un lado para permitirle la entrada—. Pasa.

Kōga la siguió hasta la sala, y ella le señaló el sofá para que se sentara. En alguna parte del piso de arriba, el abuelo gritó que ya estaba por bajar.

—¿Gustas algo de tomar?

—No, gracias.

Kagome asintió, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera y meciéndose sobre sus talones. En su cabeza buscaba la manera de escabullirse de la situación sin parecer grosera. Si había algo que odiaba eran los silencios incómodos, y ya habían pasado dos minutos desde la última vez que alguno dijo algo.

—¿Nos conocemos? —preguntó él de pronto—. Tu cara se me hace familiar.

—Vamos a la misma escuela.

Él chasqueó los dedos.

—Claro. Eres la nueva.

Había entrado a la escuela a finales del curso anterior. Técnicamente ya no era nueva. Pero prefirió asentir que corregirlo.

—¿Es tu papá el dueño?

—Mi abuelo.

—Que guay vivir en un templo —siguió, conversador—. ¿Hace cuánto te mudaste?

Él apoyó los codos de las rodillas y se inclinó hacia adelante, poniéndole toda su atención. Kagome se cruzó los brazos sobre el pecho, como buscando sentirse menos expuesta.

—¿Qué te hace pensar que me he mudado? Pude solo haber cambiado de escuela.

—Bueno, a parte del acento —señaló con obviedad—, nunca me he encontrado con una cara tan bonita en este lado de Tokio.

Kagome sintió como se le calentaban las orejas. Kōga le dedicó una sonrisa y ella volteó para otro lado, escondiendo el hecho de que probablemente tenía la cara toda roja.

Sabía que solo estaba jugando con ella. Tenía que estarlo. Era la fama que él y sus amigos tenían en la escuela. Y le molestaba estarle dando la reacción que él seguro estaba esperando; la misma reacción de cada chica con la que hablaba.

Decidió entonces que, si Kōga no le agradaba antes, mucho menos ahora.

—Ya estoy aquí. —El abuelo bajó por las escaleras en ese momento—. Muchacho, disculpa la demora.

Kōga se puso de pie enseguida para saludar con una pequeña reverencia.

—Señor Higurashi, un placer —dijo, estrechándole la mano—. Y no se preocupe. Kagome y yo hemos aprovechado de conversar un rato.

El abuelo se vio maravillado.

—¿Se conocen?

—Sí.

—No —respondieron al mismo tiempo.

Kōga la volteó a ver con la misma sonrisita de antes en los labios.

Sí. Definitivamente la estaba fastidiando.

—Vamos a la misma escuela —explicó Kagome.

Oh, eso me parece magnífico —aplaudió el abuelo—. No se diga más. Estás contratado.

Kagome se tuvo que agarrar de la mesita a su lado.

—¿De verdad? —preguntó Kōga—. Porque he venido preparado para una entrevista si quiere hacerme más preguntas.

—Tonterías. Hemos conversado más que suficiente por teléfono. Eres exactamente lo que buscaba. Y un amigo de Kagome es amigo nuestro.

—No es mi amigo —corrigió, pero ellos la ignoraron.

El abuelo le palmeó el hombro a Kōga, contento.

—Ven, déjame darte un recorrido por el templo para que te vayas familiarizando con el trabajo.

Kōga volvió a estrecharle la mano.

—Muchas gracias, Señor Higurashi. Me encantaría un recorrido. Mi padre adora las antigüedades y dice que todo aquí tiene una historia increíble.

«Oh, vamos», pensó ella, casi volteando los ojos tras la cabeza.

No podía ser más adulador.

—¡Pero por supuesto! La historia del templo Higurashi se remonta a la era Sengoku. Nuestros ancestros construyeron todo en este templo con sus propias manos...

La voz del abuelo se fue desvaneciendo conforme Kagome los observaba salir de la sala y desaparecer tras la puerta principal, dejándola sola. Fue entonces que se llevó una mano a la cabeza, tratando de procesar la situación.

¿Qué acababa de pasar?

¿Kōga Ōkami iba a trabajar para su familia?

¿En su casa?


Las cosas irremediablemente ya habían empezado a cambiar porque, esa noche, Kōga se quedó a cenar.

Todos habían terminado de comer menos ella, que no podía sacarse la tensión de los hombros con Kōga allí conviviendo con su familia, sentado en su mesa.

Él era de las personas que evitaba en la escuela. Metía alcohol, fumaba entre periodos, apostaba, era grosero y altanero con todos. Usaba su encanto para salir con chicas y las cambiaba cada que se aburría. No estaba juzgando, cada quien era dueño de su vida, siempre y cuando no la involucrara a ella.

¿Por qué ahora decidía tomar un empleo a la afueras de la ciudad en un templo shinto?

En su templo, de todos los lugares...

—¿Tú y Kagome se hicieron amigos en la escuela? —preguntó su madre.

—Sí, pero no nos hemos hecho muy cercanos. Ella no es muy habladora —respondió él con tono divertido.

Estaba mintiendo. ¿Y qué había de divertido en ese comentario?

Kagome apretó inconscientemente los palillos y se llevó un bocado de frío Ebi Chili a los labios, queriendo ignorarlos.

—Tampoco lo es en casa —continuó su madre—, pero ahora que estás aquí seguro que se llevarán muy bien. Solo necesita un pequeño empujón para entrar en confianza. Tener un amigo cerca es una buena forma de...

Kagome dejó caer con más fuerza de la necesaria su mano sobre la mesa. Todos pararon de hablar en seco y voltearon a verla. Enseguida se arrepintió de llamar la atención, pero estaba tan molesta que no le importó. Ya había tenido suficiente de aquella ridícula conversación sobre su carácter, como si ella no estuviera allí oyéndolo todo en primera fila.

Ninguno tenía idea.

—Me retiro —anunció con aspereza, en medio de aquella tensión que había creado, tomando su plato lleno y retirándose.

Botó con movimientos bruscos el remanente de su comida en la basura y empezó a lavar los trastes. No había casi nada sucio, por lo que continuó pasando con fuerza la esponja por los mismos platos una y otra vez aunque ya estuvieran limpios, descargando su rabia en ellos para no largarse a llorar.

Soltó la esponja y, respirando profundo, apoyó las manos de la encimera y dejó caer la cabeza entre los hombros.

Que imbécil era.

¿Por qué había hecho eso?

Ya imaginaba a Kōga riéndose con sus amigos el lunes por la mañana, relatándoles la rabieta que la asocial de Kagome hizo en plena cena familiar. Su madre incluso aceptando que había algo verdaderamente mal con ella.

Ni siquiera entendía por qué lo que dijeron le estaba afectando tanto. Siempre se repetía que no le importaba lo que los demás pensaran de ella, aunque fuera mentira y en el fondo le doliera. Pero nunca hacía nada al respecto. Jamás había reaccionado a los comentarios, y mucho menos frente a su familia.

«Defiéndete».

—¿Te ayudo?

Lo cerca que sonó su voz la sobresaltó.

Se enderezó rápido. Kōga llegó a su lado con más trastes sucios y ella entendió que se refería a ayudarla a lavarlos.

—Puedo lavar y tú guardar.

Ella terminó por aceptar la ayuda en silencio.

Estuvieron un rato así, él terminando de lavar y ella secando para poner todo en su lugar. Había una tensión invisible llenando el ambiente, pero ninguno de los dos lo mencionaba. No fue hasta que Kagome terminó de guardar el último vaso que Kōga se giró hacia ella.

—Lamento lo que dije.

Eso la tomó desprevenida.

—Yo actué mal —repuso ella—. Fui maleducada.

—Es tu casa, no tenía derecho de venir a hablar de ti en tu propia mesa. Fue descortés y bastante estúpido —admitió—. ¿Me perdonas?

Sonó sincero cuando lo dijo.

Pero ella no le creía.

—¿Siempre eres así? —preguntó. Kōga la miró sin entender—. ¿Siempre dices lo que la gente quiere escuchar?

Él alzó la cejas apenas. Quizá queriendo esconder que estaba algo ofendido.

—Algunas personas lo llaman carisma.

—Otras hipocresía.

Esta vez Kōga definitivamente no pudo disimular la ofensa en sus facciones. Kagome se sintió mal enseguida, pero se mordió la lengua para no pedir disculpas porque él se lo merecía.

Ouch.

—Gracias por la ayuda —terminó ella, dejando el pañuelo en la encimera y dándose la vuelta para marcharse.

—¿Eso significa que ya no somos amigos? —preguntó Kōga.

Kagome lo miró sobre el hombro.

—¿Éramos amigos?

Él se encogió, actuando inocente.

—Tu familia tiene esa impresión.

—Ya... me pregunto quién les habrá dado la idea. —Él le sonrió. Kagome sacudió la cabeza y siguió hacia la salida—. Buenas noches, Kōga.

Estaba ya a mitad del pasillo cuando lo escuchó gritar desde la cocina:

—¡Nos vemos el lunes!


Editado Enero 02, 2021.