Capítulo II.


Kōga estuvo allí el lunes.

Y el martes, miércoles, jueves y parte del domingo.

Para la segunda semana ya la estaba esperando afuera de la escuela para caminar juntos a casa. El primer día lo ignoró, andando lo suficientemente lejos como para que no se notara que iban al mismo sitio.

—¿Sigues molesta conmigo? —le preguntó él esa vez, alzando la voz más de lo necesario porque iba varios pasos por detrás de ella.

Kagome no respondió.

—Oh, vamos. Dije que lo sentía —siguió—. No puedes odiarme toda la vida.

Algunos transeúntes volteaban a verlos al pasar, con curiosidad. Kagome apretó el paso, como si no era con ella, sintiendo el bochorno alcanzarle la cara. Se sacó el iPod del bolsillo y se puso los cascos.

—No me daré por vencido —fue lo último que escuchó antes que la música ahogara el resto.

Y no lo hizo.

Para el jueves que cruzó el portón y lo encontró nuevamente allí, recostado del muro a la salida de la escuela, a Kagome no le quedó más remedio que aceptar su compañía.

—No te odio —aclaró, parándose frente a él—. Odiarte significaría que me afectó lo que dijiste, y no fue así. Podemos ser amigos, siempre y cuando no me coquetees.

—¿Quién dijo que te coqueteaba? —Kagome le sesgó la mirada. Él se encogió como a quien atrapan en medio de una travesura—. Ya, de acuerdo. Nada de coqueteos.

—Bien. —Le extendió la mano derecha—. ¿Trato?

Kōga la miró a ella y a su mano con extrañeza, pero finalmente aceptó el apretón.

—Eres bastante peculiar, ¿lo sabías? —comentó él cuando empezaron a caminar.

Iban lado a lado. A Kagome se le hizo lo más extraño del mundo; el compartir acera con alguien, platicar, socializar. Se dio cuenta que tenía tanto tiempo sin relacionarse con otra persona que se sentía ansiosa. Como si debiera repasar mil veces las palabras en su cabeza antes de decirlas.

—¿Extraña, dices?

—En el buen sentido de la palabra, claro —añadió él.

Kagome se metió las manos en los bolsillos de la falda.

—Pasamos de bonita a peculiar bastante rápido.

Afortunadamente, Kōga encontró su comentario gracioso. La hizo sentir más cómoda el escucharlo reírse de lo que dijo.

—Me pediste no coquetear. Este soy yo conversando con una chica sin segundas intenciones.

—No eres tan encantador, entonces.

—O puede que lo sea, pero contigo no funcione.

Kagome negó, notando que ella estaba sonriendo también.

—Seguramente —aceptó. Se detuvieron en un cruce peatonal a esperar que la luz cambiara—. ¿Te puedo preguntar algo?

Kōga presionó el botón de paso.

—Dispara.

—¿Por qué aceptaste el trabajo? Perdón por asumir, pero no parece que lo necesites.

Ella sabía que la familia de Kōga estaba bien acomodada. Era una de las cosas que las personas más hablaban de él en la escuela.

Él la miró como extrañado. No sabía si por el hecho de que ella estuviera haciendo las preguntas y no al contrario, o por la pregunta en sí.

—Mis viejos tienen dinero, yo no.

Kagome se avergonzó enseguida.

—Perdón. Eso sonó terrible. No quería ofender.

—Tranquila. La gente suele asumirlo —dijo. Eso la hizo sentir peor—. Aunque tienes razón. No necesitaría el trabajo de no ser porque destrocé mi motocicleta.

—Oh... ¿Qué sucedió?

—Tuve un accidente en ella y mis viejos se negaron a pagar la reparación. Les dije que antes del verano conseguiría el dinero por mi cuenta.

—¿Fue muy grave?

Nah. Apenas unos raspones. —Se recogió la manga de la camisa para mostrarle el tejido cicatrizado en su antebrazo. A Kagome le pareció que se veía como que había sido más que un raspón—. Y las cicatrices se ven cool.

—Por supuesto —le concedió, irónica. Kōga sacó la lengua; el gesto infantil en su cara le hizo gracia—. Entonces... ¿trabajarás hasta el verano?

—Ese es el plan. Espero entonces tener el dinero suficiente para costear la reparación.

En ese momento la luz cambió, permitiéndoles cruzar. El flujo de personas los obligó a separarse unos segundos hasta alcanzar la acera al otro lado.

—Debe gustarte mucho si trabajas sólo para tenerla de vuelta —comentó ella ya que estuvieron cerca nuevamente.

—¿Nunca te has montado en una? —Kagome negó—. Es asombroso. El viento, la adrenalina, la libertad. Te aseguro que hay pocas cosas mejores que subirse a una motocicleta.

—Se escucha peligroso.

—Que va. Cuando la tenga prometo llevarte a pasear en ella —le guiñó un ojo—, para que sepas de lo que hablo.

Ella rechazó la invitación.

—Conociste a mi madre. Se pondría furiosa.

—No tiene por qué enterarse.

La azabache alzó la comisura de los labios y asintió; prometió en silencio que a lo mejor le daba la oportunidad.

Siguieron conversando de temas triviales hasta llegar al templo; y después de eso conversaron un poco más. Lo acompañó a ver cómo barría hojas, desempolvaba estantes, y fue ella quien al final del día lo invitó a cenar.

La verdad es que mientras más tiempo pasaba con Kōga mejor le caía. No era para nada la persona que ella había imaginado. Era amable, simpático y servicial. Con ese tipo de personalidad que se te mete fácil bajo la piel.

Y mientras que lo miraba desde la cocina ayudar a su mamá a poner la mesa, riéndose de algún chiste malo que contó el abuelo, a Kagome le entristeció pensar que en solo tres meses se marcharía.


—No quiero que me vean contigo.

Kōga se vio que se echó para atrás con esa declaración, pero siguió caminando.

—¿Por qué? —preguntó; no dolido, sino desconcertado.

Cualquiera estaría feliz de llegar a la escuela en su compañía. Y eso era precisamente por lo que Kagome no quería.

—Va a llamar la atención y no me gusta. Ya lo sabes.

—¿Cuál atención? —inquirió—. No es como que vamos a llegar tomados de manos.

—No, pero me verán contigo.

Kōga le parpadeó.

Él no tenía idea, entendió Kagome. Seguro no se fijaba en cómo el resto de la escuela no hacía otra cosa que hablar de él y su grupo. A lo mejor eso era ser popular: ser completamente ajeno a la atención que te dan.

—Olvídalo. Es solo que prefiero estar sola. Y no quiero avergonzarte frente a tus amigos.

—¿Por qué habrías de avergonzarme?

Kagome se encogió un poco, desviando la mirada hacia las vitrinas de las tiendas que pasaban. En su reflejo vio que la humedad le había despeinado el pelo y ya estaban cerca de la escuela.

—Soy una bola de incomodidad.

—Kagome —llamó para que lo mirara. Ella hizo caso—. Tienes razón en lo de bola, pero incómoda...

Lo empujó con el codo sin dejarlo terminar, haciéndolo reír.

—Eres mi amiga —volvió a hablar Kōga; esta vez, cuando lo miró, sus ojos le dijeron que estaba siendo sincero—. Nunca me avergonzaría de ti.


Llovía.

Los árboles afuera se sacudían de un lado a otro por la tempestad. Kagome tenía los ojos puestos en las gotas de la ventana; se deslizaban, como en una carrera, hasta unirse. En el fondo, su profesor de historia continuaba impartiendo la cátedra.

Se preguntó si el agua traería consigo relámpagos.

—Lo entregarán el día viernes. —Escuchó antes de que la campana del almuerzo resonara por toda la escuela—. Recuerden visitar la biblioteca. No quiero ver trabajos copiados de internet.

Giró el rostro al frente. El profesor se retiraba, y ahora el pizarrón estaba lleno de instrucciones para completar quien sabe qué ensayo; ella no había puesto atención. Mientras copiaba todo en su libreta, sus compañeros tomaban fotos con sus móviles y se sentaban a almorzar.

Para cuando terminó ya todos charlaban. Ella le echó otro vistazo al patio y la tempestad que caía. No iba a poder almorzar afuera esa tarde. Se puso de pie, llevándose su mochila consigo; si tenía suerte, encontraría un sitio vacío y techado donde pasar la hora.

—Entonces, Kōga... ¿Con quién has estado pasando las tardes?

Kagome paró a pretender que buscaba algo en su bolso mientras se concentraba en la conversación.

—Se los dije: me he conseguido un trabajo.

—¿Para qué necesitas trabajar?

—No todo me lo dan mis papás, Ayame.

Kagome se encogió de solo recordar que ella había insinuado lo mismo.

—¿En dónde trabajas? —preguntó otra voz.

Cuando Kōga no respondió enseguida Kagome levantó la cara, solo para conseguirse con que él ya la miraba. Sus compañeros estaban muy distraídos para notarlo, pero él de todas formas quitó la vista rápido.

—Un templo. No lo conocen, nunca lo han visitado.

Entendió entonces que no la negaba porque le avergonzara ser su amigo.

Era porque no quería avergonzarla a ella.

—Yo lo conozco.

Cinco cabezas giraron en su dirección al mismo tiempo. Kagome se arrepintió enseguida de abrir la boca, pero ya era tarde. Como pudo se aclaró la garganta y siguió:

—El templo, me refiero. Está cerca de mi casa... algo así.

Kōga la miraba maravillado. Ella le dedicó una sonrisa pequeña; como queriendo decirle: ¿Ves? Yo tampoco me avergüenzo de ti.

Y luego él arrastró la silla, se puso de pie, y en cosa de nada la tenía abrazada por los hombros.

Oh, no.

—Muchachos, ella es Kagome —la presentó a toda voz—. Kagome, imbéciles. Imbéciles, Kagome.

El de pelo castaño y la chica morena la saludaron, presentándose con una ondeada de manos. Ella no quiso decirles que ya se sabía sus nombres.

—¿La muda habla? —soltó Ayame, la pelirroja.

—Ayame —la llamó Sango, regañándola—. La pondrás nerviosa.

—Pero si ya lo está. No necesita de mi ayuda para ser incómoda.

Kagome tenía la punta de las orejas hirviendo de la vergüenza. Se quiso echar para atrás, pero Kōga la apretó más a su costado como si quisiera ayudarla a relajarse. No estaba funcionando. Y Taisho la seguía mirando.

¿Cuál era su nombre de pila…?

—No le prestes atención a Ayame. Tiene la boca muy grande —dijo Miroku. La muchacha le lanzó una servilleta echa bola que le golpeó la sien, pero él no dejó de sonreírle—. ¿Ibas a almorzar afuera?

Kagome despegó los dedos húmedos de la bolsa de papel que había sacado de su mochila hacia un rato.

—Eh, sí. Bueno, no afuera. Por la lluvia y eso...

—Siéntate con nosotros —invitó Kōga.

—Aquí hay espacio —Sango jaló una silla vacía a su lado—. Usa mi escritorio.

Kagome le dio una última mirada a Kōga.

«Te odio», gesticuló con los labios. Él le guiñó un ojo.

No había terminado de poner su bolsa en la mesa y tomado asiento junto a Sango cuando otra silla se arrastró. Taisho, en el puesto junto a Ayame, se levantó sin decir palabrar y simplemente se marchó; fuera del aula, dejando sus cosas ahí tiradas.

Kagome sabía que era imposible que hubiera sido por su culpa, pero se sintió culpable de todas maneras.

—Alguien se levantó de malas pulgas —comentó Kōga, rompiendo la tensión.

Funcionó, porque el grupo se empezó a carcajear. Kagome no entendió cuál era la gracia.

—¿Entiendes? ¿Inu-Yasha? ¿Pulgas? —Kōga golpeó el puño contra la mesa, satisfecho con su chiste—. Clásico.

Oh.

Kagome miró hacia la puerta del aula, por donde Taisho se había ido.

Inuyasha.

Su nombre era Inuyasha.

—En fin… —continuó Miroku—. Kagome de Osaka, ¿no es así?

Kagome giró a verlo. Sus orejas se calentaron una vez más al notar que, de nuevo, era el centro de atención, y de los nervios se le quitaron hasta las ganas de almorzar.

«Te odio», le repitió a Kōga entre dientes.

Él soltó otra carcajada. Esta vez, ella fue la única que entendió el chiste.


Kagome llegó a casa esa noche con un zumbido inusual en el cuerpo. Incluso después de ducharse y meterse en la comodidad de sus pijamas, esa emoción peculiar seguía cosquilleándole en el estómago.

Estaba feliz.

Estaba feliz porque había pasado el resto del día en la escuela conversando con Sango y Ayame. Porque, después de clases, habían ido juntas a la biblioteca y luego por unos helados.

—¿Tan pronto me reemplazas? —le había preguntado Kōga a la salida del instituto, fingiendo dolencia.

—Puedes venir —lo invitó Ayame—. Pero vamos a estar hablando de maquillaje y periodos. ¿Sabías que a las mujeres que viven juntas por un tiempo prolongado se les sincroniza la regla?

—Ok, paso —la detuvo Kōga—. ¿Te veo mañana? Podemos ir todos al cine.

Había aceptado. Y ahora tenía planes para el fin de semana.

Se mordió el labio.

Ella tenía planes para el fin de semana.

—¿Alguna razón tras esa sonrisa?

Kagome se enderezó y siguió pelando los camarones para la cena, fingiendo que su madre no la había tomado por sorpresa.

—No realmente.

—Uhm… —musitó ella, cortando vegetales a su lado—. ¿Qué tal la escuela?

—Bien.

—¿Qué tal Kōga?

—Bien.

Se quedaron en silencio unos segundos, pero Kagome sabía que Naomi Higurashi era todo menos discreta.

—Veo que se llevan mejor.

—Mamá…

Su madre encogió los hombros con inocencia.

—Solo preguntaba —se defendió, poniendo una sonrisita—. Me alegra que le hayas dado la oportunidad de ser tu amigo. Se ve que es buen muchacho.

Kagome no respondió a eso, pero terminó sonriendo porque a ella también le alegraba.

—Me invitó a salir.

A Naomi se le resbaló el cuchillo de las manos de la impresión. Se echó para atrás a tiempo para cayera en la madera y no clavado en su pie.

—¡Dios, mamá! ¿Estás bien?

—¿Te invitó a salir?

—No. Bueno, algo así. Van unos amigos al cine también…

—¿Saldrás con tus amigos al cine?

Kagome quiso abrazarse del bochorno, pero tenía las manos embarradas de camarones.

Porque era eso, ¿no?

Saldría con sus amigos. En plural.

—Pues… si, creo.

A su madre no le importó ensuciarse el delantal cuando la atrajo en un abrazo.

—Me alegra mucho, cariño.

—No es para tanto —dijo para restarle importancia.

Pero la emoción revoloteando aún en su estómago decía otra cosa.

—Volveré a trabajar de enfermera —soltó su madre de la nada.

Kagome la agarró de los antebrazos y se separó para mirarle la cara. No mentía.

—¿Qué?

—Tengo que completar un curso y varias horas de voluntariado para validar mi licencia. Espero aplicar en el hospital luego de eso.

—Mamá…

—Será duro ponerme al día después de tanto —interrumpió. Sonreía, pero se le notaba triste—. Hace casi dos años que estamos aquí y hace más de cinco desde que abandoné mi carrera. Pero creo que estoy lista para volver… para retomar mis sueños.

Kagome no supo que decir. Su madre tenía los ojos llenos de lágrimas sin derramar y ella sentía que se pondría a llorar también si su madre lo hacía.

La abrazó de nuevo. Y no lo dijo en voz alta, pero la apretó más fuerte para dejarle saber que estaba orgullosa, y soltó una risa para dejarle saber que estaba feliz.

Porque en esa noche tempestuosa, parecía que la vida se les despejaba un poco; y que de ahí en adelante, todo podía regresar poco a poco a la normalidad.

Aunque Kagome sabía por experiencia que no era así.

Así que cuando estuvo sola en su habitación, escondida bajo la seguridad de sus colchas, se echó a llorar.

Porque para ella, no había felicidad que llegase sin traer consigo culpa.

Culpa por olvidar que, sin importar qué, ¿cómo podían permitirse ser felices sin él?


Actualizado Marzo 02, 2021.