Capítulo III.
El puñetazo le dio tan de lleno en la sien que por un momento vio estrellas. Se echó para atrás a tiempo para esquivar el siguiente golpe, por poco perdiendo el equilibrio.
—Vamos, Bestia —lo instó Bankotsu—. Estás distraído.
—Cállate.
Se sacudió el zumbido que el golpe le había dejado en los oídos y volvió a levantar los puños. Bankotsu siguió moviéndose en círculos por el cuadrilátero, tentándolo. Inuyasha sabía que no había puntos débiles en su guardia, pero igual se lanzó hacia él con intenciones de tumbarlo al suelo. Bankotsu bloqueó su patada y aprovechó de levantarlo y tirarlo de espaldas. La cabeza de Inuyasha rebotó tan fuerte que Haku silbó para detenerlos.
Entre el mareo y el dolor Inuyasha cerró los ojos y maldijo.
—¿Qué pasa, hombre? —habló Haku. Sus pisadas molestas hicieron vibrar el piso del ring—. ¿Un mes libre y ya te dejas patear el culo?
—Cállate —repitió, secándose el sudor mezclado con sangre de la frente.
Hacía un calor de mierda y estaba agitado, y molesto, y con el corazón por salírsele del pecho.
Necesitaba silencio.
—¿Seguro que quieres participar este fin de semana? —preguntó Bankotsu—. Es más jodido si estás fuera de ritmo.
—¿Por qué siguen hablando? —gruñó Inuyasha, abriendo los ojos. Los ventiladores del techo se movían tan lento que el aire casi no circulaba—. No voy a dimitir, así que cierren la puta boca.
—Como digas. —Haku le ofreció una mano pero Inuyasha la ignoró al sentarse—. Igual considera que vas contra Jinenji y el tipo es tres veces tu tamaño.
—Mientras más grandes más fuerte caen, ¿no?
—O más fuerte te aplastan —acotó Bankotsu. Inuyasha lo miró de malas—. Hombre, que actitud de perros. ¿Necesitas un trago o algo?
—Nada de alcohol en mi gimnasio —les recordó Haku.
—Lo dice el tipo fumándose un porro.
Haku levantó la mano donde lo sostenía.
—Que es medicinal.
—Sí, claro.
Inuyasha se puso de pie. El mundo se duplicó por un instante hasta que poco a poco volvió a encajar en su lugar. Se tanteó tras la cabeza solo por sí acaso, pero encontró que la humedad en su pelo esta vez era sudor y no sangre.
Haku le lanzó una de las toallas que llevaba colgadas al hombro.
—¿Ya pensaste en un apodo? —se dirigió a Bankotsu, lanzándole una toalla también—. Porque no puedo seguir llamándote Bankotsu en los encuentros. Sin ofender pero que nombre de mierda.
—Es casi tan terrible como Hakudoshi.
—Exactamente.
Bankotsu se secó el sudor con la toalla, la hizo bola y se la lanzó. Haku la esquivó a tiempo para que le cayera en la cara a Inuyasha, quien apenas se había vuelto a sentar.
—Pero que inmaduros de mierda son, de verdad —se quejó, quitándosela de encima.
—¿Que tal solo Kotsu?
—¿Como tu hermano? Nah. Tienes que tener tu propia identidad. Algo original pero intimidante. —Haku señaló a Inuyasha—. No como este imbécil: con ese nombre de perro y a parte se apodó Bestia.
—Yo no me apodé.
—Te empezaron a llamar así porque casi matas a un tipo, ¿no? —comentó Bankotsu.
Inuyasha no respondió. Haku a su lado dijo algo, pero no lo escuchó.
Los ventiladores del techo se hicieron más audibles que antes. Echó la cabeza hacia atrás, sacudiéndose el pelo que se le pegaba mojado a la nuca y la frente, pero el calor seguía quemándole la piel. Ardía. Desde adentro. Como si estuviera por hacer combustión.
Se sofocaba.
—Hey —llamó Bankotsu. Sonaba divertido o nervioso, una de las dos—. Estoy bromeando. Es lo que dice la gente aquí. Se inventan historias de todos nosotros para subir las apuestas.
—Ya... —Inuyasha se movió hasta su esquina, recogió su bolso y separó las cuerdas para salir del cuadrilátero—. Voy tarde al trabajo.
—Te enviaré los detalles de la pelea el fin de semana —dijo Haku—. No llegues tarde.
Inuyasha se bajó de un salto y salió a largas zancadas del gimnasio.
Afuera lloviznaba, y la verdad no iba tarde a ningún lado.
En lugar de tomar el bus, decidió correr los diez kilómetros hasta su casa.
Llegó tarde a pesar de haber salido a las carreras. Pero eso no le impidió caminar por los pasillos apurada, esperando alcanzar el aula y de milagro encontrarla abierta.
En lugar de eso, lo que encontró fue a Taisho tocando a la puerta.
Tenía el pelo y la ropa húmeda por la lluvia, igual que ella; pero cuando ladeó el rostro Kagome se fijó fue en la gama de morados abarcándole desde el pómulo izquierdo hasta la ceja.
Kagome dio un paso atrás. La intimidaba. ¿Por qué? ¿Y por qué no dejaba de mirarla?
—¿Qué miras? —preguntó él en su lugar.
Kagome parpadeó.
—¿Cómo?
Taisho alzó una ceja, la que no estaba lastimada.
—¿Qué miras, niña? —repitió, lo último escupiéndolo despectivamente.
Kagome abrió más los ojos, separó los labios, y sintió las orejas hervirle de la vergüenza mucho antes de darse cuenta de que todo ese tiempo ella también estuvo mirándolo. Boqueó como pez, pero de su boca no salió nada.
En ese momento el profesor abrió la puerta.
—Llegan tarde.
Kagome esperó a que Taisho respondiera algo, en vista de que había llegado primero y estaba frente a ella. Pero no dijo nada, y el profesor pasaba la vista de uno al otro esperando alguna reacción, y ahora había pasado mucho tiempo y estaba demasiado abochornada como para excusar su tardanza.
—Perdón —soltó apurada, inclinando la cabeza en reverencia.
El profesor se pinchó el puente de la nariz y suspiró.
—Pasen. Que sea la última vez. —Se hizo a un lado para dejarlos entrar y añadió—: Se quedarán a limpiar después de clases.
—Tengo trabajo —dijo Taisho.
El profesor tuvo que erguirse y levantar el mentón para mirarlo a los ojos. Trataba de verse imponente, como la figura de autoridad que suponía representar. Con alguien como ella seguro funcionaba, pero junto a Taisho lucía cómico.
—Pues parece que allí también llegarás tarde.
Kagome notó como la mandíbula del muchacho se tensó, la manzana de adán en su cuello subió y bajó al tragarse la frustración. Pasó junto al profesor sin replicar nada, y ella lo siguió de cerca con la cabeza gacha.
Si mantenía los ojos clavados en el suelo, podía ignorar el bochorno de que todos sus compañeros les tuvieran la mirada encima por llegar tarde y empapados. Pero fue por esa misma razón que no se fijó cuando Taisho, frente a ella, paró de caminar.
Chocó de lleno contra su espalda, pero a él no consiguió moverlo ni un poco. Fue como estamparse contra una pared. El maletín en sus manos cayó al suelo junto con todo lo que llevaba dentro, y ella tuvo que dar dos pasos atrás para recuperar el equilibrio.
Y si antes no la estaban mirando, ahora seguro que lo hacían. El calor le subió tan rápido a la cara que se le humedeció la vista. Ya empezaba a escucharlas: esas risitas crueles, de las que te dejan saber que se ríen de ti y no contigo.
—Ya, ya —riñó el profesor—. Hagan silencio.
—Perdón —soltó ella, aunque no supo a quién iba dirigido.
Taisho volteó a verla. Kagome se echó al suelo a recoger sus cosas antes de poder mirar como él también se burlaba de ella.
Pero a su lado Taisho hizo algo que no se esperaba: abrió su propio maletín, lo giró, y dejó caer todas sus pertenencias al piso.
El aula quedó en silencio, pero Kagome no se percató. Lo único que podía escuchar era su corazón en sus oídos; cada latido más audible que el próximo.
—Oh, mierda... —exclamó él sin emoción. Se hincó y, en lugar de recolectar sus cosas primero, empezó por ayudar con las de ella.
—Cuida el lenguaje, Taisho —le reprochó el profesor—. Paren ya de perder el tiempo y permitan que empiece la clase, por favor.
Taisho terminó de recoger sus libretas por ella y se levantó, extendiéndoselas. Fue en ese momento que Kagome reaccionó, se puso de pie y se las arrebató.
—Perdón —repitió, esta vez mirándolo a los ojos.
Amarillos.
Como el Sol.
—Keh... —soltó él, dándole la espalda y yendo a tomar asiento.
Kagome bajó la cabeza una vez más hacia el profesor antes de moverse entre las mesas hasta su lugar; al final junto a la ventana, a cuatro puestos de Taisho.
Su presencia en el aula no se había sentido tan inmensa desde la última vez que le había dirigido la palabra. Kagome se preguntó por qué no podía simplemente ignorarlo. Pasó toda la clase dándole vistazos involuntarios, con una inquietud en el pecho que por momentos no la dejaba respirar. Él no se percató en lo más mínimo; había escondido el rostro entre los brazos tan pronto el profesor empezó a impartir la cátedra, cayendo dormido.
Estaba molesta.
Era eso.
Él la hacía enfadar, y ni siquiera lo conocía.
Defiéndete.
Pero hasta ahora caía en cuenta de que no eran sus palabras las que la afectaban.
Era su forma de mirarla.
La miraba con desdén. Como si no la soportara. Como si su existencia lo fastidiara. Como si... como si...
Como si la odiara.
Y si era así, si de verdad la odiaba...
¿Por qué la ayudaba?
—¿Vas a dormir todo el almuerzo?
Inuyasha medio abrió los ojos, despegándose apenas de la mesa. Enseguida el dolor en la mitad del rostro lo hizo encogerse. Había quedado dormido del lado donde Bankotsu le reventó el pómulo.
—Sí que estás bien jodido —comentó Miroku, de pie frente a su puesto—. ¿Cuántos analgésicos te has tomado?
—No los suficientes —masculló Inuyasha, tanteando la hinchazón alrededor de su ceja—. ¿Qué habías dicho?
—¿De qué? —preguntó Miroku de regreso, distraído. Leía unos papeles que tenía en las manos—. Ah, sí. Estaba pensando en ir a almorzar a ese restaurante nuevo... ¿Cómo era el nombre? Lo olvidé.
Inuyasha se levantó, recogiendo su maletín del suelo.
—No importa. Vamos.
—Estas son tuyas. —Le extendió las páginas. Eran hojas arrancadas de una libreta—. Te las dejaron en la mesa mientras dormías.
Inuyasha las agarró, dándoles un vistazo rápido.
Era la clase. Toda la clase. Con colores y detalles.
—Parece que alguien tomó notas por ti. —Miroku subió las cejas con sugerencia—. ¿Una admiradora? ¿O quizá admirador?
Inuyasha dobló las páginas sin cuidado y se las metió en uno de los bolsillos del pantalón.
—Quién sabe... vamos.
Miroku le echó una mirada sugerente, pero lo siguió sin insistir.
Y estaba bien, porque en parte Inuyasha estaba mintiendo.
No estaba seguro; no conocía su letra, pero tenía una idea de quién podría haber sido.
—¿Te anotas para después de clases? —preguntó Miroku mientras salían al estacionamiento—. Hinta dejará el gimnasio abierto.
—¿Cuánto era la apuesta?
—Cinco mil.
—Suena bien...
Siguió caminando y se metió la mano en el bolsillo, tanteando el papel.
«Estamos a mano», decía al final de la última página.
Una sonrisa cómica le alzó los labios.
—¡Kagome!
Kagome terminó de calzarse los tenis y subió la vista. Sango venía bajando los escalones que daban al área de los casilleros.
Kagome cerró su taquilla y se movió hacia ella.
—¿Te tocó limpiar el aula también?
—Sí, con Miroku y Kōga. Pero los muy imbéciles se escaparon a mitad del día. —Levantó los puños—. Siempre hacen lo mismo. Todavía no entiendo cómo planean graduarse si continúan saltándose clases.
Kagome también había tenido que limpiar sola después de que Taisho no se apareciera. La hizo pensar que lo del trabajo era mentira.
—En fin. ¿Te puedo pedir un favor? —Sango juntó las manos. Kagome asintió—. ¿Me ayudarías a mover un par de cosas al salón de música? Le prometí a la profesora Kaori que lo haría.
Kagome chequeó el reloj en su muñeca. Era temprano, aún podía llegar a preparar la cena.
—Seguro.
Al final resultaron ser más que un par de cosas. Kagome esperaba que no estuvieran esperándola en casa.
—¿Dónde pongo esta caja?
—Allí. Junto a ese estante —señaló Sango—. Apílala con las demás.
Kagome la dejó donde le apuntaba. Levantó la vista el estante y pasó los dedos por las distintas carpetas. Sacó una y leyó el título en el frente.
Sonata para piano n.º 14 en do sostenido menor, Op. 27, n.º 2.
—Son partituras.
—Sip. Es lo que hay en las cajas, también.
Kagome abrió la carpeta, moviendo los ojos por el pentagrama con el sin fin de figuras musicales. Si se concentraba, juraba poder escucharlas; como si alguien, muy dentro de su cabeza, estuviera tocando el piano solo para ella.
—¿Sabes leerlas?
—No... —respondió. Cerró la carpeta y la música en sus oídos paró—. No realmente. Sé tocar algunas canciones, pero solo de memoria.
—¿De verdad? Eso suena igual de impresionante. ¿Aprendiste sola?
—Mi papá me enseñó.
—Que guay. Deberías inscribirte en el club de música.
Kagome dejó la carpeta donde la encontró, moviéndose a la puerta para cargar lo que parecía ser un violín.
—No creo que quieran un pianista que no sabe leer notas —rechazó—. ¿Y tú? ¿Qué instrumento tocas?
—¿Yo? Ninguno. Traté con la guitarra y fue lamentable —respondió, empezando a organizar las carpetas—. Soy más de deportes. Estoy en el club de Jujutsu. Solo ayudo en otros clubes porque soy presidenta de la clase y los profesores confían en mí.
—Oh, entiendo.
—¿Pensabas inscribirte en algún otro club? Podrías venir a Jujutsu conmigo.
—Gracias. Estaba pensando más en arquería. Era lo que practicaba antes, en Osaka. Aunque... no lo sé. El año pasado entré muy tarde y seguro que ya deben estar sin vacantes.
—Tonterías. Déjame hablar con Tomoyo mañana. Es la encargada de las actividades del club.
Kagome negó.
—No hace falta, de verdad...
Sango movió las manos para detenerla.
—No es nada —dijo, restándole importancia—. Para eso somos amigas.
Kagome, a sus espaldas, sonrío. El pecho se le llenó de un sentimiento bonito que venía percibiendo desde que Kōga la había forzado a hacer amistades.
Y entonces se acordaba de sus otras amigas, las que había dejado en Osaka, y el sentimiento se veía eclipsado por nostalgia. A veces se preguntaba si ella también se les cruzaba en los recuerdos, o si se les había hecho fácil reemplazarla.
—Muchas gracias, Sango.
—Ni lo menciones. —El teléfono le sonó en ese momento. Se lo sacó del bolsillo y tan pronto revisó el mensaje volteó a verla—. ¿Tienes tiempo para una última parada?
—Acordamos cinco mil.
—Y yo te estoy diciendo que diez mil si jugamos tiempo extra.
Kōga negó, llevándose una mano a la cabeza.
—Estás loco. Vamos ganando por tres puntos.
—Entonces no tienen nada que perder. Cinco minutos más y pueden llevarse el doble —ofreció Inuyasha, tentándolo—. ¿O tienes miedo de que te pateemos el culo en cinco minutos?
Miroku, a sus espaldas, lo jaló del brazo.
—¿Qué estás haciendo? —le siseó cerca del oído—. No llegamos a diez mil yenes.
—Creí que necesitabas dinero para la moto —siguió Inuyasha, ignorando a un muy estresado Miroku—. Ahora que tus viejos dejaron de financiarte la vida y no se qué...
—Acepta —le instó Ginta—. Es dinero fácil y así le cierras la boca.
Kōga le dio un vistazo al resto de su equipo.
—Diez mil y dejo a un jugador en la banca.
Miroku se llevó las manos a la cabeza.
—Hecho.
Inuyasha le extendió la mano a Kōga, quien la estrechó de inmediato.
Las puertas del gimnasio se abrieron a espaldas de Kōga en ese momento y sus ojos enseguida captaron a la muchacha nerviosa de su clase, entrando tras Sango y Ayame como una pequeña sombra. Llevaba el pelo suelto igual que esa mañana, cayéndole como una cortina oscura hasta la mitad de la espalda y cubriéndole parte de la cara.
Inuyasha había caído en cuenta que si la miraba por mucho tiempo su imagen empezaba a distorsionarse, y por un instante lucía idéntica a alguien más; era en ese momento, en esos cortos segundos, cuando él dejaba de respirar.
—¿Inuyasha? —la voz de Miroku llamó su atención de vuelta.
Quitó la vista de inmediato, pero Miroku ya había seguido su línea visual hasta el tope de las gradas.
—¡Ni crean que se van a salvar por dejarme limpiando sola! —gritó Sango.
—¡Castígame con unos besos, mi amor! —respondió Miroku.
Todos en el gimnasio soltaron una risa. Entre el barullo, nadie notó a Inuyasha apartarse y jadear por aire.
Nadie excepto Miroku, quien lanzó otro comentario para extender las carcajadas.
Inuyasha respiró una, dos, tres veces, hasta que el aire pasó finalmente por sus pulmones y el mundo recobró enfoque. Se integró al grupo como si nada y soltó:
—Ya dejen de perder el tiempo y vamos a empezar.
—Somos jodidamente pobres —se lamentó Miroku en lo que alcanzaban su coche.
Inuyasha dobló los ojos y dio la vuelta hasta el lado del copiloto.
—Te dije que te pagaría.
—Siempre dices eso —siguió quejándose—. Hoy tenía una cita con una pollita.
—¿Pollita?
—Si. Una muy hermosa pollita a la que ahora tendré que cancelarle gracias a tu avaricia.
—Bien. Le estoy haciendo un favor a esa pobre alma que aceptó salir contigo.
Miroku se llevó una mano al pecho en gesto dramático.
—Tus palabras me lastiman, ¿sabes?
—Cállate y quita el seguro del coche.
Miroku lo hizo, todavía quejándose mientras se trepaba al asiento del piloto. Inuyasha lo escuchaba de fondo, concentrándose en una Kagome sonriente que salía del gimnasio junto a Kōga.
—No son la misma persona —escuchó. Espabiló y bajó la vista hacia Miroku, quien lo miraba por la ventanilla—. Digo, el parecido es medio perturbador. Yo creo que alguien allá arriba te odia o tiene un muy cruel sentido del humor. Pero no son la misma persona, así que no la juzgues sin conocerla.
—No lo hago —espetó—. Que no me agrade no tiene nada que ver con cómo luce.
Se metió al coche dando el tema por zanjado, y no volvió a hablar en todo el camino.
Iban a tumbarle la puerta.
Eso fue lo que pensó cuando el escándalo lo despertó en la tarde.
Abrió los ojos y enseguida los volvió a cerrar. Le palpitaron las sienes por la falta de descanso y chequeó la hora en el móvil bajo su almohada; apenas había dormido dos horas. Los golpes en la puerta siguieron con más insistencia, retumbando por todo el departamento.
—Pero qué coño... ¡Ya voy! —gruñó y se levantó de mala gana.
Recogió la primera playera que encontró en el suelo y arrastró los pies por la alfombra, consiguiendo vestirse justo en lo que abría la puerta principal. Al otro lado Kōga bajaba el pie con el que había estado pateado la puerta.
—¿Qué mierda quieres?
El moreno entró a su departamento sin invitación, como siempre.
—No has ido a clases, bestia.
Inuyasha no se molestó en cerrar la puerta mientras volvía a caminar hasta la cama y se desplomaba sobre el colchón. Agarró el paquete de cigarrillos que estaba sobre la encimera de la cocina en el proceso. Sacó uno y se lo llevó a los labios, batallando un poco con el encendedor hasta conseguir que funcionara.
—¿Y qué? ¿Me extrañabas?
—¿Has estado muriendo o algo? —Kōga escaneó brevemente la condición del departamento—. Hay más botes vacíos de ramen que en el supermercado.
—Trabajando —respondió Inuyasha en lo que exhalaba el humo fuera de sus pulmones—. Básicamente lo mismo.
Kōga arrastró un taburete de la cocina para tomar asiento.
—Perfecto, porque tengo la solución a tus problemas. —Inuyasha lo miró de reojo, medio interesado—. Necesito que me cubras por unos días.
—¿Cubrirte? —bufó—. ¿Desde cuándo trabajas?
—Sabes que necesito el dinero, imbécil. Es en un templo shinto a las afueras de la ciudad. Tengo cosas que hacer la próxima semana y necesito un reemplazo.
Inuyasha se levantó y abrió la ventana para dejar el humo escapar de la habitación.
—No voy a trabajar de sirviente en un templo. Me prenderé en fuego tan pronto poner un pie allí.
—Como quieras, pero la paga es buena y me debes dinero. —Su amigo se levantó y sacó de su bolsillo un pedazo de papel para dejarlo sobre la encimera—. Piénsalo. Si no lo quieres conseguiré a alguien más.
—No lo quiero —habló alto para que su amigo lo escuchara ahora que caminaba hacia la salida.
—¡Piénsalo! —reiteró el moreno antes de cerrar la puerta.
Inuyasha apagó el cigarrillo contra el alfeizar y se movió hasta la cocina para tomar el papel arrugado de la barra. Estaba la dirección, el horario de trabajo y la paga era realmente buena.
—Templo Shinto Higurashi.
