La llegada
Lo primero que Altair notó al llegar fue lo distinto que era ese lugar sombrío a su hogar.
Londres era sin duda mucho más lúgubre que Maine. A pesar de que estaban en pleno verano, las calles estaban empapadas por la lluvia vespertina y se percibía algo de frialdad en el ambiente. No ayudaba tampoco que estuviera anocheciendo. La luz que alumbraba los callejones formaba sombras aterradoras que parecían precipitarse de vez en cuando sobre los peatones que paseaban tranquilamente en las aceras de piedra.
Su movimiento dentro del carro captó la atención de Morgana y de inmediato la mirada de su hermana se posó en su figura oscura y silenciosa, mientras jugaba con su anillo, sacándolo y pasándolo entre sus dedos una y otra vez sin parar. Ella tomó su mano con firmeza, murmurando un suave "basta", justo en el momento en el que sus miradas se cruzaron. Él se limitó a encoger los hombros, liberándose de su agarre y continuando el movimiento.
"No dejaré de hacerlo hasta que bajemos de este maldito cacharro" susurró Altair lo suficientemente alto para que sólo ella lo escuchara. Morgana hizo una mueca y se giró para continuar viendo por la ventana, ignorándolo de nuevo. Altair apenas y se inmutó. Su hermana sabía que él odiaba los transportes muggles casi tanto como odiaba su apellido.
Y no es que pudiera culparlo. Su madre, a quien no recordaban, había muerto en un accidente de auto apenas unos meses después de su nacimiento. Deprimida por el abandono de su padre, quien se había ido a al saber que estaba embarazada, había decidido manejar completamente ebria una noche de primavera por una carretera especialmente resbaladiza y después de la tragedia los gemelos huérfanos habían sido enviados con sus familiares más cercanos, los Tonks.
Esa tal vez había sido la mejor época de su vida. Andrómeda había sido como una madre para ellos: protectora, cariñosa y amable. Su hija, Nymphadora, había sido la compañera de juegos preferida de ambos cuando eran niños y juntos habían vivido mil aventuras hasta el descubrimiento de su magia, por la cual habían tenido que partir a América cuando Morgana y él tenían apenas once años.
Ilvermorny tampoco había sido tan mala. Al principio, la idea de mudarse a un país desconocido sin familiares o amigos cercanos para ir a una escuela había sido bastante aterradora, pero los Black se habían adaptado bastante bien. Un hospedaje cómodo (financiado por los Tonks), una Escuela de Magia prestigiosa y un grupo de amigos habían sido suficientes para hacerles creer que eran normales...al menos hasta el año pasado.
Aún podía recordar el gesto de horror de sus amigos al verlo pasar aquel terrible día. Si se esforzaba lo suficiente, podía ver los ojos preocupados de Morgana mientras él clavaba su dedo en el periódico frente a ella.
"Este es el maldito problema" había dicho con voz grave, señalando el título de la nota principal.
"Escape de Azkaban, Sirius Black".
Morgana ni siquiera había tenido que preguntar. La identidad de ese hombre era conocida por ambos desde hacía tiempo. Él y Morgana habían escuchado numerosas veces ese nombre en las discusiones nocturnas de su tío Ted y Dromeda sobre su seguridad cuando se suponía que todos estaban dormidos. Inteligentes para su edad, ambos habían descifrado el misterio detrás de la identidad de Sirius Black, aunque no habían podido averiguar nada más allá de eso. No era que jamás hubieran sentido curiosidad, pero desde el primer intento de preguntar Andrómeda les había dejado claro que aquel era un tema del que no se hablaría en casa y ninguno de ellos había insistido.
Ahora sabían el por qué. Su padre era un asesino. No sólo eso, era probablemente el criminal más buscado del mundo en ese momento. Y ellos estaban marcados con su maldito legado. Cuanto habrian deseado ser unos Tonks entonces. Incluso el desconocido apellido de su madre resultaba tentador, porque no estaría ligado a un fugitivo.
Ahora todo tenía sentido. La insistencia para que abandonaran Reino Unido tan pronto como cumplieron la edad exacta para ser enviados al Colegio. La negativa a revelarles la historia de su padre, o al menos el motivo de su abandono. La petición seria de Teddy para que Altair no usara en público el único recuerdo de su madre: un precioso anillo con forma de cabeza de lobo y dos brillantes esmeraldas como ojos y la recomendación de que no dijeran su apellido a personas desconocidas o sospechosas. Habían estado tan ciegos.
Pronto se habían convertido en los marginados de la escuela y ni todos los intentos por explicarse bastaron para recuperar alguna de las buenas cosas que tenían. Sus antiguos amigos ahora los evitaban, mirándolos aterrorizados cada vez que se cruzaban. Su hospedaje los había echado. Y por las miradas de desprecio de los profesores, Altair sospechaba que su familia había tenido que intervenir para evitar que los expulsaran.
Las cartas de disculpas de los Tonks tampoco habían bastado. Altair ni siquiera se había esforzado en abrirlas, lanzándolas directamente al fuego una tras otra hasta que habían dejado de llegar. Su hermana tenía un corazón más blando, y era por ella que conocía su contenido:
Lamentamos haberles ocultado tanto, Morgana, pero fue necesario para protegerlos. Siempre hemos creído que su padre no es culpable de los terribles crímenes de los que se le acusa, pero no había forma de probarlo. Creemos que volverá a casa y probablemente quiera verlos. No estamos en posición de exigir nada, pero creemos que deberían considerar venir a verlo una vez que esté a salvo. Después de todo son la única familia real que le queda.
Altair había visto las manos de Morgana temblar por la rabia y si bien no había quemado el papel, lo había hecho pedazos y él había estado de acuerdo con el gesto. ¿Acaso realmente pensaban que serían tan idiotas como para perdonar todo el sufrimiento que les había causado?
No hablaba sólo de lo que había pasado en el Colegio, ni en la comunidad mágica en la que habían vivido, sino de su madre. Altair había hecho los cálculos en su cabeza. Su padre (si es que podía llamarle así a ese bastardo) los había dejado mucho antes de haber ido a Azkaban. No había sido "obligado por las circunstancias", no había sido un "mártir de guerra" o cualquier otra excusa que los Tonks trataran de dar. Simplemente era un hombre cobarde que había huido al enterarse del embarazo de su madre y que ni siquiera se había preocupado por conocer a sus descendientes. No había justificación alguna.
Habían pasado varios meses después de eso, caracterizados por el largo silencio de la familia de Andrómeda y el cambio radical de los hermanos. Altair se había convertido en el feroz guardián de su hermana. Cualquier señal de desprecio, cualquier intento de burla o de humillación a Morgana terminaba con el perpetrador en la enfermería y Altair desaparecido, ya que era lo suficientemente astuto para asegurarse de que nadie lo encontrara en el acto. Morgana, antes alegre y sociable, se había vuelto irritable y tímida. Las vacaciones habían sido un respiro para ambos al menos por un tiempo.
El lugar donde se estaban quedando era notablemente menos cómodo que el anterior, pero estaban en paz.
Al menos hasta la noche anterior, cuando una misteriosa carta había aparecido en su habitación. Ambos habían pasado horas reflexionando hasta que la curiosidad pudo más que ellos y abriendo cuidadosamente el sobre, se encontraron con una pequeña nota. El contenido los había dejado helados.
Él está aquí. Quiere verlos. Por favor. Andrómeda.
Ambos la releyeron una y otra vez, asegurándose de que sus ojos no los engañaran, pero la firma y la letra era claramente la de su tía. Aquello realmente estaba pasando. Él, por supuesto, se había negado desde el principio, argumentando que ellos no le debían nada a su padre. Pero su hermana, incluso después de su reacción anterior, quería conocerlo y Altair jamás se había negado a sus deseos. Solo esperaba poder controlarse lo suficiente para no matarlo en cuanto lo viera.
Pero esos pensamientos se esfumaron cuando el auto se detuvo frente a la enorme casa gris donde se habían criado. Mientras bajaba las maletas con esfuerzo y sus zapatos se marchaban con el agua oscura de los charcos, Altair se permitió sumergirse en sus reflexiones una vez más.
¿Podría olvidar su rencor y dejar todo en el pasado? ¿Podrían vivir los tres como una verdadera familia alguna vez?
La furia que sintió subir por su pecho como una llama ardiente fue su respuesta. Altair jamás había sido de los que perdonaban. Y con ese pensamiento en mente se atrevió por fin a tocar la puerta. Pasos apresurados resonaron contra el suelo de madera y fueron pocos los minutos que pasaron antes de que la puerta rechinara al abrirse, revelando la alta figura de la mujer de cabello castaño y canoso. La mujer a la que alguna vez durante su inocente infancia se había atrevido a llamar "madre".
Pero esta vez Andrómeda Tonks no sonreía. Sus ojos antes brillantes estaban surcados ahora por oscuras ojeras y varias arrugas se habían formado en su hermoso rostro, consecuencia de la preocupación. De haber sido una situación diferente, Altair la habría abrazado, le habría dicho que no tenía nada de que preocuparse, que la amaba. Pero no esta vez. Esta vez no habría palabras cariñosas de bienvenida, ni abrazos, ni besos,ni risas. No habría relatos extraordinarios de su tiempo en el colegio ni anécdotas graciosas de locuras que habían hecho con sus amistades.
Ahora, Altair mostraba el rostro sin emociones característico de los Black y sólo pudo percibirse la tensión y frialdad en sus palabras cuando dijo:
"Hemos venido a conocer a nuestro padre."
