Capítulo V.


No había sol, solo nubes.

Kagome supo en cuanto abrió los ojos que la lluvia no tardaría en caer. La luz que entraba por la ventana era opaca, apagada, como si una neblina invisible estuviera asentada en su habitación. También estaba helando; el frío metiéndose bajo sus colchas y poniéndole la carne de gallina.

Lanzó las sabanas sobre su cabeza y se mantuvo allí, quieta bajo la falsa seguridad que ese pequeño escondite le proporcionaba, considerando quedarse en casa un día más; o a lo mejor se quedaba allí el resto de su vida, quién sabe.

No quería ir a la escuela. No quería cruzarse con nadie. No quería enfrentar al mundo de ninguna manera. Quería encontrar una forma de hacerse invisible o desaparecer y así con ella también se irían sus problemas.

La oscuridad de su habitación fue interrumpida al igual que sus pensamientos por un parpadeo de luz blanca que iluminó cada rincón de la estancia por menos de medio segundo. La azabache se hundió más contra la colchas y cerró los ojos, tensa, a la espera del horrible estruendo que viene después del relámpago. Se relajó solo cuando después de varios segundos el sonido no llegó.

Como odiaba las tormentas.

Su reloj despertador sonó por tercera vez esa mañana, pero esta vez no se estiró a apagarlo. El escándalo eventualmente la forzaría a salir de la cama. Por mucho que quisiera, no podía solo pausar el tiempo hasta sentirse mejor. Tampoco podía esconderse otro día más sin alzar sospechas; o mejor dicho: no podía evadir la escuela sin que terminaran llamando a su madre.

Así que se obligó a levantarse, se dio una ducha, e hizo su mejor esfuerzo por tapar el tono violáceo de los moretones con maquillaje.

Antes de la salir de la casa se miró en el espejo. Lucía triste e insatisfecha, y eso era algo que ninguna cantidad de correctores o polvos podían cubrir.

—Sonríe —le ordenó a su reflejo.

No funcionó.


Algo andaba mal.

Sango podía sentirlo, y ella no era de equivocarse.

Kagome entró al aula sin reparar en nadie; pelo suelto y ojos clavados al suelo.

—Buenos días, Kagome —saludó como siempre, pero su amiga siguió de largo hasta el último asiento.

Llevaba puesto los cascos. «A lo mejor no me escuchó», pensó Sango.

—Buenos días, Sango querida. —Ayame la agarró del rostro desprevenida y le dio un beso en cada mejilla—. Que buen día hace, ¿no crees?

—Se está cayendo el cielo —dijo Miroku, entrando al aula más atrás.

—Hermoso día —repitió Ayame, sentándose en las piernas de Sango y abrazándola del cuello—. ¿Qué haremos el fin de semana?

—¿Huh?

—Mi cumpleaños. No lo olvidaste, ¿cierto?

—Difícil olvidarlo cuándo es de lo único que hablas —comentó Miroku.

Sango volteó a ver a Kagome una vez más. Estaba con la cabeza escondida entre los brazos, y desde lejos parecía que estuviera dormida. Le recordó a la Kagome que era al principio del curso, cuando no se conocían. Pensó en levantarse y preguntarle si se encontraba bien, pero no eran tan amigas todavía. ¿Y si solo estaba cansada? ¿Y si solo quería estar sola? Kōga le había comentado una vez lo difícil que era para ella abrirse con otras personas.

—¿Qué opinas, Sango? —Volteó a ver a Ayame y elevó las cejas, sin haberse enterado del tema—. ¿Qué género de película: acción o terror?

—Terror, obviamente.

Miroku abucheó su respuesta y Ayame vitoreó.

Sango le dio un último vistazo a Kagome, y decidió que hablaría con ella después de clases.

Pero entre tareas, amigos y responsabilidades, esa conversación jamás ocurrió.


Se estaba cayendo el cielo.

El plic plic plic de las gotas al tocar el suelo no se detenía en ningún momento. Sonaba como un millar de canicas golpeando el pavimento, aunado a los fuertes truenos y el silbido agudo del viento.

Inuyasha se estaba volviendo loco. Llevaba horas atrapado en aquella pagoda con el móvil sin batería, la billetera vacía y un molesto dolor de sienes que parecía empeorar con cada minuto de encierro. Había amanecido con síntomas de un resfriado esa mañana, y enfermarse era un lujo reservado para la clase alta; no para personas como él, que apenas podían llegar a fin de mes. Así que no tuvo más opción que sentarse en el porche a esperar que la intensidad de la tormenta disminuyera para poder irse.

Ya habían pasado más de tres horas.

Desde entonces había estado contemplando nada en particular: la lluvia cayendo, los charcos en el suelo, las ramas de los árboles meciéndose de un lado a otro hasta que parecía que iban a ser arrancadas del tronco. A parte de todo hacía un frío de los cojones, y el último cigarrillo se lo había fumado hacía un rato.

Nunca había estado tan aburrido en toda su vida.

Y de un momento a otro, las pocas luces del templo se apagaron y todo quedó en penumbras.

Se había cortado la electricidad.

—No puede ser. —Bufó y se restregó el rostro con incredulidad—. Me tienes que estar jodiendo.

Maldijo su suerte en voz alta y se echó de espaldas en la madera del porche. Cerró los ojos, encontrando en su cabeza formas de hacer sufrir a Kōga por haberle ofrecido el empleo en primer lugar.

Si se quedaba atrapado toda la noche quizá y terminaría comiendo cera de velas para no morir de hambre; era lo único que había en la endemoniada caseta. No había cajas ni antigüedades como en las demás, solo una especie de santuario rodeado de un montón de flores —en su mayoría marchitas— y velas pegadas al suelo las cuales él tuvo que limpiar y que fueron la razón por la que se quedó atrapado en primer lugar.

—Maldita velas —gruñó.

Respiró profundo y buscó relajarse. Quizá y si se concentraba en disfrutar el sonido de la lluvia, se le haría más sencillo pasar el rato sin masticarse un brazo.

Plic plic plic. Apretó los párpados. Plic plic plic. Necesitaba un cigarrillo. Plic plic plic.

—Suficiente.

Se incorporó de un tirón y se puso de pie.

No pasaría toda la jodida noche allí. Iba a irse a su departamento aunque tuviese que andar bajo la lluvia torrencial todo el camino y morir luego de neumonía. Podía caminar a la casa principal de los Higurashi y pedir un paraguas o algo, era mejor que nada.

Se subió la capucha de la sudadera y cruzó el patio a largas zancadas hasta llegar a la siguiente caseta, encontrando refugió bajo el pequeño techo. Ya estaba empapado de pies a cabeza y no había dado más de quince pasos. Un haz iluminó el cielo en su totalidad y levantó la vista a tiempo para ver la estela de la descarga eléctrica atravesar las nubes; casi de inmediato, el sonido provocado por la onda de choque hizo vibrar cada rincón del templo. Esperó unos segundos a que el alboroto del rayo se disipase para poder seguir su camino hacia la casa principal.

Entonces, lo escuchó.

Creyó estar alucinando al principio, que quizá el sonido lo había provocado el viento, pero entonces volvió a escucharlo. Miró sobre su hombro las puertas de madera que mantenían la pagoda cerrada. Era el único lugar en todo el templo al que aún no había entrado.

Algo allí adentro estaba… llorando.

Las historias de fantasmas y espíritus milenarios del viejo Higurashi llegaron a su cabeza en ese momento, pero las hizo a un lado. Se dio la vuelta y, sin detenerse a pensarlo demasiado, corrió las puertas a un lado.

Lo primero que lo recibió fue una inmensa capa de polvo. Tosió y sacudió una mano para disiparlo. Estaba completamente oscuro allí adentro, apenas y podía ver más allá de sus pies.

Volvió a escuchar otro quejido.

Dejó las puertas abiertas para permitir algo de luz natural ayudarlo a moverse dentro y dio un paso, luego otro, tanteando a su alrededor primero para evitar caer. Sus manos encontraron el pasamanos de las escaleras y empezó a bajarlas con cautela; cada que pisaba un escalón, la madera emitía un chirrido como si fuera a ceder bajo su peso. Sus ojos poco a poco se adaptaron a la poca iluminación del lugar y, en lo que pudo enfocar el pozo alzándose en medio del lugar, sus pasos llegaron a un abrupto alto.

Ella estaba hecha un ovillo a los pies del pozo, con la espalda pegaba a la madera. Tenía el rostro escondiendo entre el hueco que creaban sus rodillas contra su pecho y las manos presionando con fuerza sobre sus oídos.

—¿Higurashi? —preguntó, aunque obviamente era ella—. ¿Qué estás…?

Un flash de luz lo interrumpió y ella ahogó otro grito en respuesta. Inuyasha bajó ágilmente los últimos escalones y se acercó con cautela.

—Hey… ¿Estás bien?

Ella no le respondió. Ni siquiera estaba seguro de que había escuchado.

¿Qué se supone que debía hacer él ahora?

—¿Estás bien? —intentó una vez más.

Ella reaccionó esta vez, levantando el rostro. Sus ojos azules estaban hinchados y rojos por las lágrimas. Lo miraba con una mezcla entre miedo, confusión y aturdimiento.

Inuyasha tuvo que apartar la vista por unos segundos, algo quemaba sus entrañas cada vez que la veía. Estar tan cerca de ella era...

—Tú… —su voz salió frágil y temblorosa—. Taisho…

El resplandor vivo de otro relámpago la cortó antes de terminar. Inuyasha se arrodilló frente a ella en lo que sus facciones se deformaron de puro terror, como si estuviera a punto de entrar en una crisis nerviosa.

—Hey… hey. —La tomó de las manos para evitar que volviera a taparse los oídos. Temblaba demasiado, y estaba helada en comparación con él—. Es solo luz y ruido, nada más.

Otro resplandor y ella se retorció en angustia, luchando desesperadamente contra su agarre. Lo miró con horror, con súplica. Nuevas lágrimas se le acumularon en los ojos. Comenzaba a hiperventilar y sintió su pulso acelerarse en sus muñecas.

Estaba fuera de sí, aterrorizada.

—Uno… —Ella desvió sus ojos de los de él e Inuyasha soltó sus manos, acunándole el rostro para forzarla a mirarlo—. Dos… tres… cuatro… cin...

El trueno resonó a la distancia, apenas escuchándose esta vez.

—Ha caído a cuatro kilómetros —dijo—. Estamos a salvo.

Las pupilas de ella temblaron, pero le sostuvo la mirada todo el tiempo hasta que el sonido se disipó, perdiéndose con el resto de la tormenta. Estuvieron así por unos segundos, hasta que poco a poco notó como ella parecía estabilizarse y despertar de su estado de pánico, regresando de donde sea que su mente la había llevado.

A Inuyasha no le pasó por alto lo amoratado de sus labios, ni el castañear incesante de sus dientes a causa del frío. La humedad de su pelo provocaba que se le pegase desordenadamente a la piel y la ligera ropa de otoño que llevaba puesta estaba en las mismas condiciones. No tenía idea de cuánto tiempo ella había estado en ese lugar y, mientras más tiempo pasara, más bajaría la temperatura.

Estaba consciente de que no iba a curar su fobia de un momento a otro. Lo único que podía hacer era sacarla de ese lugar.

Se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

—Te llevaré a tu casa.

—¡No! —soltó ella de inmediato.

Inuyasha elevó las cejas y la miró como si hubiese perdido la cabeza.

—No puedes quedarte aquí.

Ella negó, abrazándose más a sí misma a modo de protección.

—No… quiero estar allí.

—¿Por qué infiernos no?

—No hay nadie en casa y… no quiero estar… —Bajó la mirada—. No puedo salir durante una tormenta.

—No va a sucederte nada.

—Ya lo sé —se defendió, retorciendo los dedos sobre su regazo—, simplemente no… no puedo.

Sus miedos eran mucho más grandes que su sentido de la lógica.

Inuyasha respiró profundo y barrió una mano por los mechones húmedos de su pelo, jalando de las raíces con impaciencia.

No sabía qué hacer. ¿Debía irse? ¿Dejarla allí? Ahora su plan inicial de alcanzar la casa principal ni siquiera era factible. Ella acababa de decirle que no había nadie en el templo más que ellos dos.

Aún podía simplemente caminar de regreso a su departamento, a esas alturas sinceramente le daba igual.

—¿Podrías…? —La escuchó hablar a sus espaldas—. ¿Podrías quedarte? Por favor…


Inuyasha volteó a verla y, por primera vez, Kagome encontró desconcierto en sus siempre indiferentes facciones. Parecía estar debatiéndose entre lo que quería hacer y lo que consideraba correcto.

Kagome volvió a esconder la cara contra sus rodillas, avergonzada, queriendo hacerse pequeña y desaparecer. Miedo y decepción se asentaron como piedras en su estómago cuando escuchó los pasos de él, llevándose cualquier esperanza lejos. Había anticipado la respuesta de Inuyasha mucho antes de escucharla. Ella estaba consciente de que no la toleraba. Simplemente no quería estar sola, estaba aterrada de estarlo… pero sabía de antemano que él no iba a aceptar quedarse.

Por eso se sobresaltó al instante que un peso suave cayó sobre sus hombros. Levantó el rostro de golpe para encontrar a Inuyasha tomando asiento a su lado y se dio cuenta de que se había quitado la sudadera para cubrirla con ella; olía a cigarrillos, champú y humedad.

Kagome no pudo ocultar la sorpresa que escaló por sus facciones.

«¿Por qué…?»

—Cuando la tormenta pase —dijo, sin mirarla en ningún momento—, ambos podremos irnos a casa.

Una hormigueante y cálida sensación de felicidad se expandió en el pecho de Kagome en ese momento. Asintió en silencio, temerosa de que si decía algo podría hacerlo arrepentirse de su decisión. Se aferró a la tela de la sudadera y se aseguró de mantener una distancia prudente entre ambos.


La tormenta siguió por una hora más, cada minuto que pasaba disminuyendo en intensidad. Inuyasha no pudo más que esconder una sonrisa divertida cuando, cada vez que un relámpago iluminaba el cielo, escuchaba a Kagome a su lado contar en voz baja a la espera del trueno. Durante el transcurso de la noche ella se fue inclinando hacia él hasta que su cabeza terminó apoyada sobre su hombro; su instinto fue apartarla, pero descubrió entonces que había caído profundamente dormida.

La calma no tardó en llegar; un silencio profundo y ensordecedor al mismo tiempo.

Se perdió en sus pensamientos mientras la observaba dormir tan en paz junto a él. Debía estar exhausta para dejarse vencer por el sueño junto a un extraño.

«¿Por qué me quedé?», no paraba de cuestionarse.

Si apenas se conocían… ¿Por qué la había ayudado?

Todo ese tiempo no había hecho más que evitarla y guardar distancias.

¿Qué estaba haciendo?

Y lo que sea que estuviera haciendo…

¿Se arrepentiría luego?


Abril 05, 2022.