Capítulo 6. El día que dijo su nombre.


Hacía frío y olía a tierra mojada.

—Inuyasha.

Apretó los párpados sintiendo un fuerte resplandor golpearle el rostro de pronto. Movió el cuello a un lado buscando evadir la claridad, teniendo que llevarse una mano a la nuca en lo que un punzante dolor se instaló allí por la mala posición en la que había dormido.

Joder...

—Inuyasha —siguieron llamándolo.

Quien sea que fuese, más le valía callarse de una vez. Solo necesitaba dormir un poco más.

—Inuyasha. —La voz se escuchó clara para sus oídos esta vez, como si estuviese más cerca que antes.

El tono era suave y femenino.

Abrió los ojos de golpe y los cerró enseguida que la luz lo cegó. Parpadeó un par de veces, encandilado, usando su mano como protección para bloquear la iluminación del lugar cayéndole de lleno en el rostro. Una sombra se alzaba frente a él, la luz del día a espaldas de la persona no le permitía ver más que una silueta oscura sobre un fondo blanco.

Sus ojos poco a poco se acostumbraron a la claridad y, en lo que Kagome se agachó para quedar a su altura, se encontró confundido hasta la mierda.

¿Por qué estaba ella? ¿Qué demonios hacia él...?

Por unos segundos pudo jurar que ella era...

—¿E-estás bien? —preguntó ella, con su usual nerviosismo.

Abrió la boca, queriendo responderle por costumbre, pero la volvió a cerrar en seguida. Le dolía la cabeza y no podía poner ninguna pieza de su mente en su lugar. Él es quien debería estar haciendo preguntas, la verdad. Su mirada se movió de ella hacia el resto del lugar donde se encontraban, hacia el suelo de tierra y las paredes de madera, buscando encontrar respuestas.

Y todos los recuerdos regresaron de pronto: la lluvia, la pagoda, ella asustada, él aceptando acompañarla. Seguramente se había quedado dormido poco después que ella lo hizo.

Ahora era de día.

Algo le decía que él no tenía días libres.

—Trabajo...

Kagome inclinó la cabeza a un lado, sin haber escuchado su murmullo.

—¿El qué?

Las facciones de Inuyasha pasaron de somnolencia a alteración en cuestión de segundos. Sus ojos se abrieron de par en par, como si hubiese recordado algo terriblemente importante. Kagome se sobresaltó del susto cuando las grandes manos de él la agarraron de los antebrazos sin previo aviso, sacudiéndola.

—¿¡Qué hora es!?

—L-las diez de la...

—¡Mierda! —bramó, soltándola sin cuidado. Se levantó de un tirón y el mundo frente a él se tambaleó, pero consiguió recobrar la compostura para salir disparado escaleras arriba.

Lo iban a despedir, esta vez sí lo iban a despedir.

Salió al patio del templo y se detuvo en seco a mitad de camino de llegar a las escaleras. Ni siquiera tenía como llegar. Ni siquiera llevaba efectivo consigo porque se supone que regresaría a su departamento caminando. Arrastró con frustración ambas manos por su cabello y tiro de las raíces. Aquello no podía estarle pasando, no ahora.

Necesitaba un teléfono.

—Inuyasha...

Era Kagome a sus espaldas. Se dio la vuelta para encararla y su cabeza palpitó con dolor; le restó importancia al malestar una vez más y se acercó a ella.

—Necesito usar tu teléfono.

—Es que yo... ya lo hice. —El le frunció y Kagome se aclaró la garganta con algo de nervios. No sabía si la miraba así porque estaba molesto o confundido—. Llamé a Miroku hace un rato, p-pensé que alguien debía saber que estabas bien. Él dijo que avisaría a tu otro trabajo que te encontrabas indispuesto y por eso faltarías hoy... lamento mucho haberte causado problemas, lo siento muchísimo.

Esperó una reacción por parte de él después de su pequeño discurso. Que gritase blasfemias como hace un rato o volviese a su usual estado estoico de siempre y se marchase eran las dos opciones viables de la azabache. Se extrañó de que él no respondiese, ni se moviese, solo estaba parado mirándola sin estarla mirando realmente; sus ojos lucían algo desenfocados incluso.

—¿Inuyasha?

Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el muchacho frente a ella colapsó contra el suelo.


Donde sea que se encontraba, era una infinita extensión de espacio negro; no había nada más que eso.

Y estaba lloviendo.

Miró al suelo, donde los charcos formándose empezaban a humedecerle los zapatos. Era extraño que pudiese ver la lluvia y no sentirla, pero no le dio mucha importancia a eso. Su atención fue volcada hacia la luz que se encendió a sus espaldas y, al girar, pudo distinguir una sola puerta al final del pasillo. Sin otras opciones, decidió empezar a caminar hacia la única salida.

La lluvia empeoraba con cada paso que daba, hasta el punto en que su ropa antes seca ahora se le pegaba empapada como una segunda piel; aún así, seguía sin poder sentirla. Veía rayos y relámpagos, seguidos de fuertes truenos vibrando a su alrededor, obligándolo a apresurar el paso. Empujó la puerta en cuanto la alcanzó y entró cerrándola a sus espaldas. El diluvio paró de golpe, y su ropa también se secó de inmediato. Levantó la vista para encontrarse en una habitación pequeña, una caseta anticuada hecha a base de madera. Había flores marchitas y velas encendidas frente a un pequeño santuario.

No encontró otra salida, así que se volteo para regresar por donde había venido, pero la puerta ya no estaba allí. Juntó las cejas sin entender, pasando las manos por la pared sólida. ¿Cómo demonios desaparecía una puerta?

¿Sigues huyendo?

La voz le puso la piel de gallina, pero se las arregló para girarse y encarar al muchacho de su edad ahora parado en medio del lugar. Su mandíbula se tensó con la imagen de la persona con el rostro cubierto en vendas salpicadas en sangre. Se sujetaba el abdomen y el resto de su ropa estaba manchada también.

Inuyasha bajó la vista a sus propias manos, ahora con los nudillos reventados y ensangrentados. Una punzada le atravesó el pecho y por alguna razón se sintió enfermo.

¿Qué sucede? Volvió a mirar al chico, que ahora avanzaba hacia él con un andar encorvado, cojeando, casi arrastrándose por el dolor de las heridas—. ¿No lo recuerdas?

Por más que trató de encontrar en su memoria el rostro de aquella persona, se le hizo imposible. Sabía que lo conocía y, aún así, era incapaz de recordar como se veía antes de terminar en ese deplorable estado.

Era su culpa.

Llegó a un alto a pocos centímetros de distancia y, elevando una mano, se retiró las vendas.

Inuyasha sintió su estómago caer en picada.

La piel pálida, los ojos azules, el cabello lacio y largo enmarcando sus ahora rotas facciones.

—Tú me hiciste esto. —La voz, alguna vez dulce y femenina, ahora sonaba quebrada y enfurecida—. ¡Tú lo hiciste!

—Kikyō...

Y todo a su alrededor estalló.


Hacía frío y olía a manzanas.

Había estado teniendo una pesadilla.

Tenía la boca y garganta secas, además de una terrible presión en las sienes. Se removió en la cama, buscando esa posición cómoda en la que estaba antes de despertar; como mucho consiguió empeorar el dolor de cabeza y descubrir que también tenía un desagradable malestar muscular. Su cuerpo parecía estarse quemando de adentro hacia afuera por un calor helado.

Con un gruñido pudo ponerse bocabajo y hundir el rostro en la almohada, aguantando un escalofrío que le caló hasta los huesos. La frescura de la tela en contraste con lo caliente de su piel fue bien recibida; además, ese agradable olor a frutas se desprendía de las colchas con cada movimiento. Respiró profundo, pegando la nariz de la almohada y hundiéndose más contra el mullido colchón.

Entonces, despertó.

Abrió los ojos de golpe y se incorporó sobre los codos, mareándose en el proceso. Las colchas eran rosas, la almohada era rosa, todo a su alrededor eran cincuenta tonos de rosa. Definitivamente no estaba en su habitación.

Tenía la cabeza en blanco, no se enteraba de nada, por lo que no sabía si permanecer calmado. No recordaba haber pasado la noche con ninguna chica, mucho menos haberse quedado dormido.

Se sentó con esfuerzo y buscó levantarse, sus piernas flaqueando y provocando que cayera sentado nuevamente. Masculló una maldición y solo recobró el sentido del balance para ponerse de pie en el tercer intento. Arrastró los pies descalzos por el helado suelo de madera hasta alcanzar la puerta ─la puerta con el pomo rosa─. Inuyasha arrugó la nariz y se recordó empezar a odiar ese color en particular. Estiró la mano y perdió el pomo un par de veces que lo hicieron irritar en demasía hasta finalmente lograr agarrar la endemoniada cosa, justo antes de que la puerta se abriese haciéndolo echarse para atrás.

Por unos segundos, le falló la respiración. Sus grandes ojos azules recayeron en él y un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza; en ese momento, consideró seguir atrapado en sus pesadillas.

Poco a poco las facciones de ella se hicieron menos maduras, un tanto más inocentes, y sus ojos dejaron de ser de un azul profundo para aclararse varios tonos; incluso, había algo de dulzura en la forma en que lo miraba.

Toda la tensión lo abandonó en cuanto ella habló, con su timidez de siempre—: Has despertado...

«Kagome...»

No respondió, siguiéndola con la vista mientras ella entraba a la habitación y dejaba una bandeja sobre la mesa de noche.

—Te traje comida y medicinas.

—¿Qué sucedió? —La voz le salió extraña, demasiado ronca, incluso para sus oídos.

Ella volvió a acercarse a él y, dubitativa, estiró una mano en su dirección, sin llegar a tocarlo. Inuyasha se tensó pero se quedó en su lugar, permitiéndole a ella acortar la distancia para tocar su mejilla y medirle la temperatura.

—Sigues en el templo... es mi habitación. —Inuyasha se encogió un poco en lo que los fríos dedos de ella rozaron su piel, pero no se apartó. No le pasó por alto como ella deliberadamente evadió la primera pregunta—. Estás hirviendo —jadeó.

—Me siento bien —la contradijo, aunque le estaba mintiendo. La verdad es que el malestar apenas le dejaba estar de pie.

De todas maneras dejó que ella lo ayudara a sentarse en la cama una vez más. Tomó el vaso de agua que le extendía y se tragó dos píldoras sin chistar. Bien ella podría estarlo envenenando pero, para ese punto, le daba igual.

—Lo lamento... —fue lo último coherente que escuchó.

No se dio cuenta de cuando terminó por acostarse y cerrar los ojos. Kagome dijo un par de cosas más, pero escuchaba todo amortiguado y a la distancia, como si estuviese sumergido al fondo de una piscina.

El aroma a manzanas volvió a envolverlo y, aunado al letargo por la fiebre, estuvo dormido en cuestión de segundos.

Sus sueños fueron ligeramente más placenteros esta vez.


—¿Aún duerme? —preguntó su madre una vez que la vio cruzar el umbral de la cocina.

—Sí... —respondió mortificada, dejando la bandeja con comida sin tocar sobre la encimera—, la fiebre no ha disminuido.

Su madre debió darse cuenta de su angustiado semblante, porque se acercó para darle un reconfortante apretón de hombros.

—La fiebre es un mecanismo de defensa natural. No seas tan dura contigo, amor, estará como nuevo en unas horas.

Kagome sonrió sin ánimos para no preocuparla mientras su madre dejaba un beso en su cabello y regresaba a la sala a acompañar al abuelo. Por mucho que Kagome apreciara el gesto, aquellas palabras no iban a sacar la culpa recargada sobre sus hombros.

De no haber estado asustada, él no se hubiera acercado a ayudarla; de no ser por su culpa, él no le hubiera entregado su abrigo para protegerla del frío; si hubiese sido un poco más valiente, no le habría pedido quedarse con ella toda la noche en aquella helada y polvorienta pagoda.

Cuando Inuyasha se desmayó, Kagome tuvo escasos segundos para reaccionar e interponerse entre su cabeza y el suelo; ahora tenía un dolor de espalda terrible y sabía que los cardenales adornarían su piel pronto. La consolaba al menos haber impedido que el chico sufriese una fuerte contusión. Entre ella y su madre lo llevaron escaleras arriba, dentro de la casa y hasta su habitación; no le pregunten cómo lo hicieron, porque ella tampoco tenía idea —porque para ser delgado, pesaba toneladas—. Su madre se encargó de chequearlo y conseguir las medicinas. Kagome le agradeció al cielo tener una mamá enfermera, o de otra forma hubieran terminado llevándolo al hospital.

Seguía siendo sábado, y era el primer sábado en mucho tiempo que la Sra. Higurashi tenía algo de tiempo libre para compartir con ella, así que Kagome tuvo no más opción que empujar un poco la preocupación al fondo de su cabeza para sentarse en el sofá de la sala a sintonizar un viejo drama romántico con su madre. De todas maneras, la mitad de la película se la pasó dándole cortos vistazos a las escaleras que llevaban a su habitación, tamborileando impaciente los dedos sobre su regazo.

Kagome estaba a mitad de un bostezo y los protagonistas a mitad de una acalorada discusión, cuando captó por el rabillo del ojo movimiento en los escalones. Inuyasha llegó a un alto en lo que la mirada de ambas se posó sobre él, rascándose la nuca con gesto incómodo.

—Cariño, has despertado. —La Sra. Higurashi les ahorró a ambos la lidia de romper el silencio, porque saltó del sofá y caminó hacia él con la más radiante sonrisa—. ¿Cómo te sientes? Dolor corporal, imagino. —Inuyasha no tuvo tiempo de responder, cuando ya la mujer estaba colocando una mano en su frente para corroborar la temperatura con aquel semblante maternal—. La fiebre se ha ido, pero buscaré un termómetro para asegurarnos.

Y con eso último dejó a ambos adolescentes mientras se apresuraba escaleras arriba. Kagome le dedicó una mirada de disculpas cuando él volteo a verla, completamente confundido.

—Es una madre entusiasta, lo siento —le explicó, divertida.

—Esta bien —se encogió de hombros—, supongo que así suelen ser.

Allí murió su pequeña conversación, dando paso a un denso silencio solo interrumpido por los diálogos en la televisión. Kagome buscaba en su cabeza desesperadamente algo que decir y, cuando lo tenía claro, su poca capacidad para socializar le impedía pronunciar palabra.

¿Dónde estaba su madre con el termómetro, a todas estas?

—No te he dicho —soltó sin hacer sentido, por lo que tuvo que aclarar—: No te he contado lo que sucedió… ¿Quieres sentarte?

Inuyasha, por alguna razón, no quiso decirle que ahora recordaba todo a la perfección; en vez de eso, asintió y avanzó hacia el sofá, tomando asiento al borde de este de manera que dejaba una distancia bastante prudente entre ambos.

La azabache clavó la vista en sus pies descalzos para así evitar mirarlo. —Lo siento mucho, ha sido todo mi culpa.

—¿Tu culpa?

—Si no te hubiese pedido que te quedaras, no te habrías enfermado.

—No me quedé porque me lo pediste —ella levantó la vista de inmediato, volteando a verlo—, me quedé porque quise.

Sus mejillas se colorearon tras escucharlo hablar de esa manera.

—Pero...

—Sufres de Astrafobia, ¿cierto? —Kagome afirmó con la cabeza—. Mi hermana pequeña también.

—¿Tienes una hermana?

—Si, ella...

Inuyasha paró de hablar de repente y sus ojos se entornaron hacia ella. Kagome se preguntó si había sido muy intrépida preguntándole de esa manera por su familia. Era la primera vez que él no lucía como si no soportase su existencia, ni le hablaba por simple compromiso, ella no quería arruinarlo ahora por abrir la boca demás.

—¿Qué te sucedió?

—¿A mí? —Le parpadeó, sin entender.

La sangre le abandonó el rostro en lo que Inuyasha extendió la mano para apartarle el cabello que cubría la parte izquierda de su cara. Las facciones de él se endurecieron, sus ojos siempre amarillos oscureciéndose varios tonos cuando recayeron en el tamaño del golpe que cruzaba su piel, en toda la gama de verdes y azules difuminándose en su mejilla. Kagome apartó el rostro del tacto de él, queriendo golpearse por su imprudencia. Había olvidado por completo que aún no había sanado del todo y, aunque el morado había mejorado mucho, aún se notaba a leguas.

—¿Quién fue?

—Me he caído hace unos días —sonrió lo mejor que pudo.

—Alguien te golpeó. —Los ojos de él se clavaron en los de ella—. ¿Quién fue?

Kagome se sintió intimidada por la forma tan intensa en que estaba mirándola. No había rastro de la persona amena y calmada de hace unos segundos, en su lugar se encontraba alguien completamente diferente. Sus facciones se hallaban impasibles; sin embargo, esa súbita falta de emoción en sus ojos —ahora de un profundo color miel—le empezaba a helar la sangre.

Había algo repentinamente oscuro y cruel en él, algo que Kagome no pudo terminar de reconocer y que… le asustaba.

—Ya ves, tengo dos pies izquierdos. —Mantuvo su mentira y la falsa sonrisa—. De verdad, he sido yo con una puerta y un terrible sentido de la orientación.

Inuyasha no se veía como si le creyera en lo absoluto, pero Kagome respiró tranquila cuando él no insistió más y se apartó de su espacio personal.

—De acuerdo… —exhaló y se puso de pie—. Ya debo irme.

Ella se levantó también. —¿Te acompaño?

—No, ya has hecho bastante —se corrigió en lo que ella torció el gesto—: Me has ayudado bastante, quiero decir.

—De verdad lo siento. No sé como agradecerte.

—No tienes que disculparte tanto.

—Lo lamento…

Inuyasha dejó escapar una risa y movió la cabeza a ambos lados.

—Eres de verdad imposible... te disculpas por disculparte demasiado.

Kagome desvió la vista, apenada. En su defensa, no se había dado cuenta que se disculpaba así de seguido.

—Nos vemos, Kagome.

Para cuando Kagome reaccionó y regresó la vista al frente, él ya se había ido.

Era la primera vez...

La primera vez que la llamaba por su nombre.


Rose. Me he tardado un poquito más con este capítulo! Disculpen la demora.

Estaba tan corta de imaginación que no podía dar con un título que me gustase, pero estaba tan decidida a publicar hoy que le coloqué lo primero que se me vino a la cabeza - Si ustedes tienen un mejor nombre para este capítulo, por favor díganmelo para cambiarlo (le daré crédito a la persona, por supuesto )

Nos leemos muy pronto, millones de gracias por el apoyo.