Padre
Mientras acomodaba sus cosas en el suelo, Altair sólo podía pensar en cuanto había extrañado ese lugar. El interior de la casa estaba casi igual a como la recordaba. Un sencillo comedor, una acogedora chimenea, una bonita sala y cientos de fotografías de su prima y ellos jugando y riendo.
Todo parecía tan familiar que por un momento, se permitió sentir que realmente habia vuelto a casa, cerrando los ojos e inhalando el dulce aroma de la madera quemada en la chimenea.
Sólo entonces pudo percibir el aroma a cigarro dentro de la casa en la que había crecido, el cual le hizo fruncir el ceño.
Eso no debería estar ahí. Teddy Tonks jamás había sido aficionado a la bebida ni a fumar, así que ese aroma le resultaba desagradable y ajeno a los dulces recuerdos de su infancia. También había varias botellas vacías en el suelo, cuyo contenido era obvio. Altair claramente sabía quién era el culpable.
"Parece que Black se ha encargado de destrozar el lugar" pensó con amargura.
De pronto un grito femenino resonó por la casa, asustándolo y haciéndole saltar.
"¡Morgana! ¡Qué bueno que vinieron!" dijo la voz de Nymphadora desde el otro lado de la casa y Altair no hizo más que apartarse cuando la mujer de cabello rosa prácticamente se abalanzó sobre Morgana para abrazarla.
Su hermana que hasta ese momento había permanecido con un gesto serio similar al suyo hizo el intento de sonreír.
"Me gustaría decir que me alegro de verte, Dora, pero dadas las circunstancias..." dijo con voz suave y serena. Altair siempre había estado impresionado por su autocontrol.
Tonks asintió, aunque continuó negándose a soltarla, aún aferrada a su cuello.
"Lo sé, no es algo que me gustaría hacer en su posición. Pero escúchenlo, Morgana. Realmente tiene algo que decir" dijo mirando a Altair a los ojos y separándose por fin de su prima.
"Ya lo veremos" gruñó él, mientras Dora los guiaba por la casa hasta la habitación de huéspedes.
El aroma a cigarro y alcohol se intensificó y ambos hicieron una mueca de asco. La puerta se abrió, revelando a una persona sentada en una cama.
El hombre, aunque aún joven, tenía el cabello lleno de canas. Lucía muy delgado, como si no hubiera comido en meses. Su ropa parecía vieja aunque eso sí, estaba limpia y pulcra. Él tenía una mirada altiva y arrogante, muy parecida a la de ellos. Y aún así había un extraño brillo en sus ojos.
¿Era alegría? ¿burla? Altair no lo sabía, pero no le agradaba nada.
El hombre se levantó y con sus labios resecos y dientes carcomidos formó la sombra de lo que parecía una sonrisa.
"¡Ahí están! Tienen todo el aspecto de un Black, altos, cabello oscuro, aire de aristocracia... aunque no esos ojos. Tienen los ojos de su madre" dijo animadamente, haciendo el ademán de acercarse a ellos.
Morgana dio un paso instintivo hacia atrás y Altair se interpuso entre ella y Sirius.
"¿Qué es lo que quieres?" preguntó a la defensiva.
Sirius se apartó de inmediato, como si lo hubiera alcanzado un rayo.
"Sí...debí suponer que reaccionarían así...En que estaba pensando. Lo lamento, chicos. No quería asustarlos" dijo en un susurro nervioso. Su mano se dirigió hacia su cabello en lo que parecía ser un tic y adquirió un tono más casual, tratando de sonar más paternal y amable.
"He escuchado que les va mal en Ilvermorny. Esos malditos del Profeta..." dijo con enojo, apretando los puños.
"Eso no es de tu incumbencia" lo cortó Morgana inmediatamente.
"En realidad lo es. Es su padre" dijo la voz conocida de su tía Andrómeda, quien entró en la habitación y la miró con severidad, lo que sólo pareció irritar más a su hermano.
"¿Desde cuándo le preocupamos? ¿desde que nos abandonó? ¿O desde que nuestra madre murió?" dijo alzando peligrosamente la voz. Andrómeda no se dejó intimidar, manteniéndose firme y probablemente habrían continuado discutiendo si una tercera voz no se hubiera unido.
"No quiero que mis hijos sean unos marginados como yo lo soy" interrumpió Sirius. Altair y Morgana lo miraron con incredulidad.
"No somos tontos. Hay algo más" respondió ella, notando la mentira en sus palabras. Sirius suspiró y se sentó en la orilla de la cama, como si de pronto el cansancio hubiera podido con él.
"Necesito que me ayuden a proteger a Harry Potter" dijo sincerándose.
El puño de Altair se cerró con fuerza y Morgana soltó un suspiro de molestia.
"Debí suponerlo. Nunca te has preocupado por nadie más que por ti mismo" escupió él con rabia mientras tomaba sus cosas y se daba la vuelta para irse.
"Vámonos Morgana" dijo agarrando del brazo a su hermana quien no hizo nada para intentar detenerlo.
"Altair, espera" dijo Andrómeda con una voz firme que en otra ocasión lo habría hecho temblar. Pero en ese momento, solo había servido para enfurecerlo más.
"¿Sólo para eso nos trajeron? ¿Para usarnos como sus malditos peones? No entraré en su juego"
"Sólo escúchalo, por favor" suplicó Nymphadora, quien se había puesto en la puerta de la habitación para impedirles el paso.
Altair miró a su hermana inquisitivamente y cuando esta levemente volvió a la sala de mala gana, esta vez con el ceño más fruncido que antes y con relámpagos de ira en sus ojos verdes. Sirius esperó unos cuantos minutos para que se calmaran, consciente del humor explosivo de sus hijos que en cierta medida, le recordaba bastante a sí mismo. Comenzó a hablar con tranquilidad, cuidando que su voz no se alzará demasiado.
"Lamento no haber sido el padre que querían que fuera y lamento que hayan pasado por lo que tuvieron que pasar" se disculpó, apretando inconsciente una de sus manos hasta que esta se puso blanca.
"¿Es todo lo que tienes? ¿Disculpas?" gritó Morgana furiosa. Su hija parecía un huracán de ira y Sirius tenía que ser sincero, parecía ser bastante intimidante. Así que en lugar de alterarse trató de recurrir a otra táctica.
"No tengo mucho que ofrecerles. Pero no estamos hablando de mí. Estamos hablando de un chico inocente que podría ser la única esperanza del mundo mágico No dejen que su rencor hacia mí impida que hagan lo correcto" dijo con voz temblorosa y un poco llorosa. Morgana y Altair se miraron, comunicándose silenciosamente y pasaron un par de minutos antes de que por fin parecieran decidirse.
"Si hacemos esto por ti, deberás prometer algo" dijo Altair tocando distraídamente el anillo en su dedo. Sirius se dio cuenta de este gesto y reconociendo el objeto pareció emocionarse, aunque no lo hizo muy visible.
"Lo que quieran" dijo con una leve sonrisa. Pero Altair no estaba contento. Su voz transmitía una frialdad más intensa que antes e incluso Morgana jamás lo había visto así.
"No intentarás meterte en nuestras vidas. Puedes habernos engendrado, pero no eres nuestro padre" sentenció él con un tono amenazante. La sonrisa de Sirius se desdibujó de inmediato y Nymphadora se llevó una mano a la boca.
"Altair..." comenzó a reprenderlo Andrómeda, pero el gesto de calma de Sirius con la mano la silenció.
"Está bien, Drómeda. El chico tiene razón. No he sido su padre durante casi quince años y no es momento de empezar a serlo" dijo tranquilamente, aunque había algo de amargura en sus palabras. Altair habría sentido lástima por él, si no hubiera estado hirviendo de ira. Su padre estiró la mano con firmeza hacia ellos, que aún lo miraban con desconfianza.
"¿Tenemos un trato?" preguntó sin alzar la voz. Altair lo pensó un par de segundos. ¿Qué tanto cambiarían sus vida si aceptaban el trato? Ellos ya no eran bienvenidos en Norteamérica ni en su escuela de magia, y después de todo, no creía que Hogwarts fuera peor que Ilvermorny. Además, en un nuevo lugar Morgana y él tal vez tendría una oportunidad de ser normales de nuevo. Altair siempre haría lo que fuera mejor para su hermana.
"Lo tenemos" dijo seguro mientras estrechaba su mano con firmeza. Sirius se levantó nuevamente de la cama, intentando disimular su alegría y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no correr a abrazarlos y sonar lo más serio posible:
"Bien. Irán a casa de los Weasley acompañados por Lupin. Ellos los llevaran a comprar sus libros, uniformes y todo lo que necesitan"
Altair y Morgana salieron de la habitación sin dirigirle siquiera una mirada, murmuraron tensas despedidas a Nymphadora y Andrómeda y sólo el sonido de un crujido fue lo que le indicó que se habían ido. Andrómeda regresó justo a tiempo para ver a su primo tirarse sobre la cama y apoyó una mano en el hombro de Sirius, que había comenzado a temblar incontrolablemente.
"Deberías haberles dicho, Sirius. Son tus hijos, no deberían odiarte" dijo preocupada mientras miraba el desastre en que se había convertido la habitación de su primo.
Colillas de cigarro por todos lados, botellas de alcohol semivacias... Él asintió en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.
"Realmente tienen los ojos de su madre" murmuró con tristeza mientras abría una de las botellas del suelo y se tomaba el contenido de un trago.
