Capítulo 7. El día que se preguntó.


Esperó, quieta y con ojos abiertos, hasta que su reloj marcó las siete y el sonido de la alarma llenó la habitación. Solo entonces estiró la mano fuera de sus colchas para apagar el aparato y toda la estancia volvió a sumirse en un ensordecedor silencio.

Había estado en esa misma posición desde hacía tres horas, en aquel mismo silencio, después de que la misma pesadilla de siempre se encargarse de arrebatarle el sueño de un tirón durante la madrugada.

Había despertado agitada, cubierta en un sudor frío, con el corazón latiéndole desbocado y la palma de las manos ardiendo por cómo había estado apretando los puños hasta clavarse las uñas. Las imágenes de la pesadilla estaban tan frescas en su memoria, que solo pensar en volver a caer dormida la aterrorizaba. Decidió mejor permanecer despierta, bajo la seguridad de sus colchas, presenciando como poco a poco la penumbra de su habitación se aclaraba al salir el sol con el paso lento de las horas.

Respiró apesadumbrada y se sentó sobre el colchón. Su vista se prendó de cómo sus dedos se aferraban fuertes de las sábanas arremolinadas sobre su regazo, viendo sin ver nada en realidad, perdiéndose en los rincones oscuros de su perturbada cabeza.

"¡Nos vemos en casa!"

—¿Cariño? —Su madre no se molestó en tocar la puerta antes de abrir y asomarse por ella, aquella suave sonrisa de siempre colgando en sus labios—. Ya debo irme a trabajar, pero dejé el desayuno para ti sobre la mesa. Apresúrate si no quieres llegar tarde.

—De acuerdo.

No muchas cosas habían cambiado en su rutina, pensó Kagome, después de arreglarse y bajar las escaleras para encontrar la bolsa de papel con su nombre a un costado como todos los días.

La única diferencia era que su madre ya no estaba allí para despedirla con una ensayada sonrisa cada mañana, ni tomaban el desayuno juntas mientras el abuelo les leía las noticias; de alguna forma, que no se viesen todos los días las había ayudado en su relación. El extrañar la presencia de su madre la hacía apreciar más el tiempo que tenían para compartir e, incluso, descubrió que así tenía mucho más para decirle sin que fuese una forzosa tortura encontrar temas de conversación.

Además, durante este tiempo en particular, apreciaba la falta de compañía. Ahora que las pesadillas habían regresado y esa época del año estaba alcanzándola a una velocidad abrumadora, necesitaba tanto tiempo a solas como le fuera posible. Sabía que no era sano, que encerrarse en si misma una vez más no iba a ayudarla, pero era lo único que sabía hacer.

Con la mochila colgada en el hombro puso un pie afuera y levantó la vista al cielo encapotado, pequeñas gotas de agua humedeciéndole el rostro.

Todo tenía una explicación: el Tsuyu* estaba aquí.


—Pueden venir a buscar sus cuestionarios. —Todos los alumnos se pusieron de pie al mismo tiempo y el profesor los detuvo antes de que dieran un paso—. ¡No he terminado! Los necesitaran, junto con sus apuntes de la última semana, para realizar el examen sorpresa que les preparé para hoy. —Se escuchó una queja colectiva que el hombre de entrados cuarenta acalló con un movimiento de manos—. Será en parejas, con la misma persona con la que trabajaron antes. Ahora sí, pueden venir a por ellos.

Kagome se enderezó y giró a ver a Inuyasha en ese momento. Saber que tendrían que trabajar juntos de nuevo ya había disparaba sus nervios al tope. Ayer él apenas le dirigió una mirada cuando fue a trabajar al templo y actuó como si no se conociesen una vez más. Sus ojos lo encontraron al final del aula a dos puestos de distancia del suyo, acostado sobre el escritorio con el rostro escondido entre los brazos. Esperaba que él se acercase a tomar el cuestionario, pero dormido como estaba seguro no se había enterado de la mitad de lo que el profesor había dicho, así que ella se levantó por su cuenta.

Todos empezaron a mover sus puestos para colocarse en parejas y a Kagome no le quedó más remedio que entregar su asiento y tomar el ahora vacío al lado de Inuyasha. Tuvo que reprimir una sonrisa por como el ambarino no se inmutaba en lo más mínimo con todo el escandalo ocurriendo a su alrededor; en realidad, se hundió más en si mismo buscando comodidad en sus sueños.

Después de todo lo que sucedió ese par de días en el templo, no pudo evitar ser un tanto curiosa y preguntarle casualmente a Sango por el muchacho de ojos dorados. Su amiga le dejó saber que Inuyasha se había ido de casa de su padre hacía unos años tras un fuerte incidente y vivía por su cuenta desde entonces. Esa era la razón por la que tenía varios empleos y se ausentaba a la escuela con frecuencia. No quiso indagar qué había ocurrido exactamente para que se marchase de casa a tan corta edad, sin embargo, sentía que ahora podía entenderlo un poco más que antes.

A su edad vivía solo y trabajaba en múltiples lugares para sustentarse. Era natural que estuviera así de agotado.

Kagome se preguntó dónde estarían los padres de Inuyasha. Lo que había sucedido... ¿Era tan grave para dejar un hijo a su suerte? O ¿Estarían tratando de que volviese a casa? ¿Siquiera sabían dónde él estaba?

Ella sabía que era imposible que él tuviera la edad suficiente para alquilar un departamento a su nombre. Eso significaba que había recibido ayuda de otra persona... o sus padres de verdad estaban feliz de ayudarlo a permanecer lejos. Kagome sacudió la cabeza y alejó todos esos pensamientos. Ella no era nadie para juzgarles, considerando que su vida era un desastre también.

El ruido del aula se redujo a murmullos cuando todos comenzaron a trabajar en sus ensayos. Kagome se acomodó mejor en su asiento y, cuidando de no perturbar el sueño de Inuyasha, empezó a responder cada pregunta.

Después de todo, aún estaba en deuda con él.


—Ya te dije que nada sucedió.

—Es por eso que se ha alejado de nosotros —siguió sin prestarle atención—. No la culpo, seguro ya dejaste de llamarla y ahora nos odia.

Inuyasha empujó la puerta de la cafetería y la dejó ir a propósito antes de que Miroku tuviera la oportunidad de entrar tras él. Eso no detuvo a su amigo, que sostuvo la pesada madera a centímetros de impactarle en la cara y le tiró una mala mirada a la espalda de Inuyasha.

—No puedes engañarme —continuó acusando al ambarino de cerca por toda la cafetería—. Todos sabíamos que ocurriría, tarde o temprano tú y Kagome...

El ambarino frenó de golpe y se giró bruscamente para encararlo.

No hay un Kagome y yo —espetó, por lo que parecía la octava vez en lo que iba de mañana—. Me dio una fiebre de la hostia trabajando en su casa y me desmayé. ¿Es que es tan difícil de creer?

—Tú no duermes en casa de pollitas sin acostarte con ellas.

—No dormí allí por elección propia.

—Entonces admites que pasaste la noche con ella.

Resopló. Era un caso perdido. Inuyasha puso los ojos en blanco y le dio la espalda, dándose por vencido. Miroku había estado toda la mañana acusándolo de salir con Kagome a escondidas y, por ende, ser el responsable de que la chica estuviese alejada de su grupo últimamente.

Sango había estado preocupada por como su amiga comenzó a rechazar sus invitaciones de un día para otro. Su abuelo era quien respondía el teléfono en casa y, cuando Kagome lo hacía, era para avisar que estaría ocupada. Solo se limitaba a hablar cortamente con Sango durante clases y desaparecía al poner un pie fuera del aula.

Por supuesto que Sango le comentaría todo aquello a Miroku y, después de que la azabache llamase al ojos azules aquel día por la mañana para dejarle saber que Inuyasha se encontraba en el templo con ella, el chico sacó conclusiones por su cuenta. Ahora había inventado todo un romance terminado en tragedia cuando, según él, Inuyasha había jugado con los sentimientos de la azabache.

Inuyasha no le prestó más atención al incesante parloteo de su amigo mientras se colaba en la fila para tomar el almuerzo y se iba a sentar en el lugar de siempre. Miroku solo paró de acusarlo cuando el resto del grupo se integró a almorzar y, aun así, prometió seguir el tema después.

Para empezar, Inuyasha no tenía idea de que algo iba mal con ella; después de todo, Kagome siempre había sido tímida. En las pocas veces que cruzó palabras con ella nada parecía fuera de lugar.

¿Cómo podría saber él? No se conocían. Lo cierto es que Sango quizá tenía razón sobre que estaba actuando diferente, puesto que ella era la única persona con la que Kagome había entablado una amistad.

Y con Kōga, por supuesto.

Inuyasha volteó la vista al ventanal que daba al exterior de la cafetería. Había nubes de lluvia, pero Kagome estaba sentada bajo un árbol con un libro entre los dedos.

Era tan extraña... le temía a las tormentas y, aun así, prefería estar allá afuera que lidiar con entrar a la cafetería.

Después de lo antipático que había sido, todavía ella se molestaba en responder todo una parcial por si sola para así dejarlo dormir en clases.

Toda esa dulzura e inocencia. Ella era del tipo de personas frágiles que él no toleraba.

La cosa es que había algo diferente en la forma en que ella se comportaba. Las personas suelen hacer todo por obtener un poco de atención, en cambio ella lucía como si buscara que el mundo pasara de su existencia. Su actitud, más allá de ser introvertida, era un muro de defensa.

Inuyasha, inconscientemente, se encontró sintiendo curiosidad por ella.


—Me acompañarás al centro comercial, ¿cierto? Lo prometiste.

¿Ella lo hizo? Uhm… no lo recordaba.

—Seguro.

Sango sonrió contenta y le dio un fuerte abrazo antes de alejarse.

—¡Nos vemos en unas horas! —gritó desde la ventanilla del auto de su padre.

Kagome mantuvo la mano arriba a modo de despedida hasta que el auto de su amiga desapareció por la avenida. Suspiró al tope de sus pulmones una vez que estuvo sola y empezó a caminar de regreso a casa. No tenía ánimos de tomar el autobús y, ya que el cielo se había despejado, podía aprovechar la ocasión para disfrutar del trayecto hasta el templo.

Su cabeza necesitaba un respiro. Últimamente sentía que iba a estallar en cualquier segundo. Necesitaba un descanso de la escuela, de las personas, incluso de su propio hogar. Esperaba encontrar unos minutos de paz en aquella caminata.

Desde hacía días el asunto de Ayame la había tenido taciturna. Había mantenido las distancias desde el incidente, solo comunicándose con Sango porque apreciaba mucho la amistad que la morena le brindaba incondicionalmente. Ayame estaba con ellas la mayoría del tiempo y Kagome sabía que, de no ser por ese terrible malentendido, ellas seguirían llevándose bien.

No la culpaba, ni estaba resentida, hacía un tiempo que había dejado de estar dolida también. Ella entendía a Ayame completamente —por mucho que no consintiera sus acciones—. Kagome estaba consciente de que era poco menos que una intrusa llegando a la vida de Kōga de un momento a otro y acaparando su amistad como lo hizo. Por eso no quiso comentarle a nadie sobre el golpe en su mejilla. Ella se lo merecía. Una vez que su amigo regresara del viaje, hablaría con él y se haría a un lado.

Aferró los dedos a las tiras de su mochila mientras esperaba el semáforo cambiar para permitirle cruzar la avenida. Lo tenía decidido. Resolvería las cosas, solo debía esperar a tener la oportunidad.

Ese, con sinceridad, era el menor de sus problemas.

La densa bruma oscura que reptaba en ella los últimos días no tenía nada que ver con algo tan banal como los celos. Aquello que le atenazaba el pecho era más complicado, doloroso, asfixiante e imposible de remediar.

¿Tendría el valor este año de acercarse al cementerio?

"Esto es tu culpa ¡Todo es tu culpa!"

La explosión de sonido de una bocina la hizo reaccionar y se disculpó con el conductor antes de correr velozmente al otro extremo de la calle. Se había quedado parada en medio del cruce peatonal sin percatarse. Tenía que dejar de perderse en su cabeza de esa manera tan descuidada.

El resto del trayecto trató de estar un poco más atenta a su entorno, aunque las ideas anteriores siguieran susurrando en sus pensamientos. Tendría que afrontar todo aquello tarde o temprano y, desde hacía mucho, tarde le sonaba como la mejor opción.

Estaba a una cuadra del templo cuando un coche frenó frente a la calle que estaba por cruzar. Inuyasha emergió del negro todo terreno, un gorro gris de tela cubriendo su cabello y ya no llevaba el uniforme escolar. Se despidió de alguien dentro del vehículo que Kagome no logró divisar por lo oscuro de los vidrios polarizados y la persona arrancó enseguida.

Ese extraño hormigueo le recorrió el cuerpo cuando los ojos dorados de él recayeron en su presencia y Kagome no supo que hacer. Se quedaron mirándose por cortos segundos —que a ella le parecieron horas— hasta que Kagome decidió esbozar una pequeña sonrisa a modo de saludo, teniendo miedo de que se viera más como una mueca.

¿Qué más podía hacer? No estaba segura de sí ahora estaban llevándose bien y, ya que de todas maneras lo tenía que ver en casa, no quería ser descortés.

Para su sorpresa, Inuyasha le devolvió el gesto ondeando una mano. Ella cruzó la calle hasta llegar a la acera y él la esperó sin moverse.

—¿Trabajas hoy?

—Si, unas horas.

—Oh, ya veo. —Retorció los dedos en su falda, como cada vez que estaba nerviosa—. Deberíamos ir juntos... digo, si eso quieres. Como vamos al mismo lugar y eso.

Jesús, ¿por qué tenía que ser tan incómoda todo el tiempo? Se odiaba por serlo.

La mirada de él se iluminó con diversión. Se dio la vuelta y comenzó a caminar, dejándola atrás. Kagome sintió que su dignidad tambaleaba un poco hasta que él la miró sobre el hombro y dijo—: ¿Vienes?

Elevó las cejas, incrédula, hasta que estuvo segura de que él sinceramente la estaba esperando y se apresuró en alcanzarlo. Caminando a su lado fue que Kagome pudo darse cuenta de la enorme diferencia de tamaño entre ellos: la sobrepasaba por una cabeza y un paso de él eran dos de ella.

Se permitió escudriñarlo por el rabillo del ojo. El cabello oscuro estaba escondido bajo el gorro, solo unos mechones rebeldes escabulléndose fuera, su piel bronceada se veía con más vida que aquellos días en los que estuvo enfermo y los ojos amarillos que lo caracterizaban irradiaban una inusual tranquilidad. Iba todo de negro, con las manos escondidas en los bolsillos en su natural pose desgarbada. Su perfil anguloso, figura atlética y expresión corporal lo hacían ver… desafiante.

Y apuesto.

Puso la vista de nuevo en el camino frente a ella y sus mejillas se sintieron demasiado calientes.

—Sé lo que hiciste en clases —él rompió el silencio—, no debiste.

Kagome tuvo problemas para poner sus recuerdos en orden.

—Si es por el examen, no ha sido nada… te debía un favor.

—¿Querías estar a mano? —La miró asentir de reojo—. De acuerdo, estamos a mano entonces.

—¿Te sientes mejor? —quiso saber.

—Si, ha sido cosa de un día. No soy del tipo que suele enfermarse.

—Me alegra que estés mejor —dijo con sinceridad. Había estado preocupada.

—¿Qué hay de ti? —Kagome lo volteó a ver, sin entender—. Con tu fobia. Te vi tomar el almuerzo afuera aunque estuviera por llover.

—No es del agua que temo ─respondió─. Si no hay relámpagos, estoy tranquila.

—¿Sucedió algo? Solías tomar el almuerzo con nosotros.

Los pasos de Kagome se volvieron rígidos por un momento, pero trató de no hacerlo notar. No esperaba que él, de todas las personas, le fuera a cuestionar aquello.

—No, por supuesto que no…

¿Debía decirle? Se mordió el labio inferior. No, no lo haría. Difamar a Ayame no era la solución a nada.

—¿Es por mí?

Esta vez lo miró con el ceño fruncido.

¿De qué estaba hablando?

—No, definitivamente no. ¿Por qué habría de serlo? —Sacudió la cabeza en negativa. Era ridículo, ella no tenía motivos para evitarlo de esa manera—. Es solo que ser sociable no es mi fuerte… disfruto estar sin compañía de vez en cuando.

No era del todo mentira, de todas formas.

Algo en el rostro de Inuyasha se relajó y ella estuvo más confundida de antes.

—Ya veo.

La conversación terminó allí pero, para entonces, ya habían llegado a las escaleras del templo. Subieron juntos, en un silencio por primera vez ameno. No fue hasta que alcanzaron la cima de las gradas que ambos giraron a verse y, sin poder evitarlo, esbozaron una pequeña sonrisa.

—Te veo luego, entonces.

Kagome asintió.

—Sí, nos vemos luego. —Se despidió con otra inclinación de cabeza y giró sobre sí misma para ir a la casa principal.

—Kagome. —Ella detuvo su andar y lo miró sobre el hombro, curiosa—. Deberías volver… Sango no para de quejarse porque nunca estás.

Kagome sintió que su corazón latió más fuerte por un segundo.

—De acuerdo...

Cuando la azabache cerró la puerta de la casa a sus espaldas, se permitió expandir esa sonrisa que llevaba hacía un rato pintada en los labios.


*Tsuyu: temporada de lluvias en Japón.