Capitulo 8. El día que sintió.
—Creí que la hora nunca terminaría —Sango alzó los brazos al cielo tanto como sus músculos se lo permitieron, sacudiéndose la pereza—. Fue tan increíblemente aburrido.
—A mí me pareció interesante.
Sango miró a su amiga como si fuese lo más incoherente que había escuchado en su vida.
—Realmente te gusta la literatura, ¿no es así?
La azabache sonrió con ligereza y dio—: Un poco.
Ambas continuaron avanzando por los concurridos pasillos, parloteando sobre los trabajos escolares de la próxima semana. Era más sencillo si contaban una con la otra para explicarse las clases que no entendían.
—Puedo acompañarte a almorzar afuera —se ofreció la morena una vez que dejaron los libros dentro de sus respectivos casilleros.
Lo hizo sonar demasiado casual, pero de verdad esperaba que Kagome accediera. La había encontrado en un humor más alegre desde que fue por ella ayer para pasar un rato en el centro comercial. Incluso consiguió convencerla de comprarse un par de prendas. Era la primera vez en un rato que veía a su amiga reír con tanta soltura.
Es por eso que Sango no se lo esperaba cuando Kagome le respondió—: No, podemos comer en la cafetería.
—¡Seguro! Vamos. —Se apresuró en tomarla del brazo para que empezase a caminar en caso de que cambiase de opinión.
Sango se dio orgullosas palmaditas mentales en la espalda. Ella siempre supo que una terapia de compras era lo único que podría sacar a una chica de cualquier depresión y eso era justo lo que su amiga había necesitado. No había nada que unas horas probándose ropa nueva no pudiesen solucionar.
O eso creyó.
Los primeros minutos en los que llegaron a la mesa que siempre ocupaban en la cafetería Sango no lo notó. No puso atención en cómo Inuyasha deliberadamente tomó asiento junto a Kagome y ambos se saludaron con inusual naturalidad. Tampoco le dio importancia a como él comentaba algo sobre una pagoda y un gato, provocando que Kagome soltase unas cuantas carcajadas. La verdad, no fue hasta que casi sonaba el final del receso, que su cerebro procesó lo que ocurría allí justo frente a sus narices.
Y es que ellos jamás se habían hablado antes.
¿De qué se había perdido?
Sango detuvo el trozo de salmón a centímetros de tocar sus labios y volvió a dejar los palillos en el plato. La familiar escena desenvolviéndose frente a sus ojos la dejó atónita. Tuvo que propinarle un disimulado codazo a Miroku en el costado para que dejase de conversar con Ginta y viese lo que ella veía ahora.
—Ouch, ¿por qué has hecho eso? —se quejó Miroku. Sango golpeaba fuerte. Se detuvo de reclamarle al ver como la morena le apuntaba con los ojos que mirase al frente y siguió la línea visual de la chica al otro lado de la mesa.
Sango supo que no estaba imaginando cosas cuando los ojos azul profundo de Miroku se abrieron en sorpresa. Voltearon a verse al mismo tiempo y eso fue todo lo que necesitaron para saber que estaban en la misma página.
Eso no se lo esperaban.
Y no estaban seguros de que eso fuera algo positivo.
Hoy era un lindo día. Kagome se dijo que lo aprovecharía al máximo mientras durase.
No había nubes, solo un cielo azul radiante. La azabache estaba disfrutando bajo el Goshinboku de la placentera sensación de los rayos del sol calentándole la piel y la frescura de la brisa despeinando sus cabellos. Con ojos cerrados escuchaba el trinar de los pájaros y, lo que más adoraba del templo: el aislamiento. Tan apartado de la ciudad que nada de bulla se escuchaba a causa del tráfico escandaloso.
La noche anterior durmió plácidamente, sin interrupciones; no hubo insomnio ni pesadillas. El día en la escuela fue más llevadero de lo que esperaba y consiguió el valor suficiente para sentarse con los amigos de Kōga nuevamente. Sango siempre hacía que todo fuese más sencillo para ella y no podía estar más agradecida, por eso decidió prestarle atención a las palabras de Inuyasha y dejar de preocupar a su amiga sin motivos.
Kagome supo que, como todo, esa paz era momentánea. El reloj seguía andando, el tiempo transcurriendo en una lenta cuenta regresiva. El dolor. La culpa. El sufrimiento. Todo volvería en un corto parpadeo como el más demoledor e imparable maremoto, justo como lo hacía cada año. Lo veía en los ojos de su madre, en el semblante de su abuelo. Un aura tan densa que podía tantearla se asentaría pronto en su llamado hogar.
Para ella la felicidad no era más que pequeños instantes de amnesia. Olvidar los momentos en los que odió la vida era su único consuelo.
Por eso hoy no quería recordar, ni lamentarse. Hoy era un lindo día para fingir amnesia.
—No te lo había dicho antes, pero luces terrible durmiendo.
Kagome supo antes de abrir los ojos a quien pertenecía la voz. Se llevó una mano a la frente para cubrirse del sol antes de alzar el cuello para verlo. Él la miraba hacia abajo desde su metro noventa, llevaba una bandana apartándole el cabello del rostro y un paño colgándole del hombro.
—No estaba dormida —corrigió, medio divertida.
Lo vio tomar asiento a su lado, dejando una distancia prudente entre ambos.
—Podía jurar que sí.
—¿El abuelo te ha dejado libre por un rato?
—Uhm, no exactamente. —Hizo una mueca—. Creo que aún está en el almacén hablando sobre una espada milenaria.
—¿Tessaiga? —Inuyasha asintió—. Nunca notará que te fuiste, es su reliquia favorita.
—Todas parecen sus favoritas. —Kagome no pudo evitar reír porque era cierto—. ¿Qué hay de ti?
—Espero por Sango. Estaba un poco aburrida de esperarla dentro de la casa.
Quedó hoy de estudiar para el parcial de algebra con su amiga. La morena seguía en sus clases de lucha y se había retrasado un poco en llegar.
—Bonito lugar —comentó Inuyasha, apoyando las manos en el suelo e inclinando el cuello hacia arriba para admirar el enorme árbol extendiéndose sobre ellos—. Relajante supongo... debe ser por eso que estás aquí sentada todo el tiempo.
Con el cabello apartado por completo del rostro era más apuesto que de costumbre, pensó Kagome. Ella no pudo evitar admirar la angulosa curva de su mandíbula, o la respingada punta de su nariz, o como el sol volvía sus ojos de un color oro líquido.
No había caso negar que Inuyasha era atractivo. No es que le gustara ni nada por el estilo. Era solo una opinión sincera.
Se avergonzó en seguida de estarlo escudriñando cuando esa mirada amarilla se posó sobre ella y tuvo que esforzarse en recordar de qué estaban hablando en primer lugar.
—Eh, sí... es mi sitio favorito desde niña.
Inuyasha contempló algo de desazón tras las palabras de ellas, pero no quiso mencionarlo.
—¿Tiene nombre?
—Goshinboku, es un árbol sagrado. Se dice que es capaz de trascender en el tiempo, de conectar las memorias del pasado y el presente. El abuelo dice que tiene más de quinientos años.
—¿Serás la próxima sacerdotisa del templo o algo así?
—¿Qué? No. —Ella puso cara de espanto. Inuyasha comenzó a reírse y ella lo miró de mala gana—. Ríete ahora, pero vivir con el abuelo tiene sus ventajas. Nadie tiene mejores grados en la escuela sobre historia del Sengoku Jidai.
—Impresionante —continuó burlón, esta vez consiguiendo que ella riese también—. Te ayudará a conseguir becas para la universidad.
—Supongo... pero no creo que ir a la universidad sea para mí, de todas maneras.
Inuyasha volteó a verle. No creyó que ellos tuviesen algo en común, mucho menos algo que involucrase su decisión en los estudios. Kagome lucía como el tipo cuyo plan de vida estaba planeado a detalle.
—¿Qué hay de la escuela de música? —enseguida que terminó la pregunta, se arrepintió de hacerla.
Kagome se giró a verlo como un resorte, con los ojos bien abiertos y el rostro drenado de cualquier color.
—¿A qué te refieres?
—Debo regresar a trabajar —dijo, levantándose de un salto y dejándola allí sentada.
—Espera...
—¡Kagome! —Ambos giraron al mismo tiempo hacia la voz. Sango estaba acercándose, ondeando una mano en su dirección.
Kagome pasó por alto los llamados de su amiga e insistió—: ¿Por qué escuela de música?
Ella se levantó queriendo seguirlo en cuanto él la ignoró y comenzó a alejarse. Kagome no dio tres pasos antes de sentir la mano de Sango cayendo sobre su hombro, impidiéndole caminar.
—¡Jesús! Esas escaleras me hacen sentir fuera de forma. —La morena se sostuvo de las rodillas, tratando de recobrar el aliento—. ¿Me demoré mucho?
—Yo... —Kagome volteó a ver el lugar por donde Inuyasha se había ido, indecisa. Respiró profundo y dejó de darle tantas vueltas al asunto—. No, entremos.
Estaba exagerando las cosas. Quizá él lo había dicho por pura casualidad.
No podía ser tan cobarde.
Hablar con Ayame era lo correcto. Acercársele y aclarar las cosas.
Había caído en cuenta que no quería perder la amistad de Kōga, ni mucho menos la de Ayame. Kōga la sacó de su soledad cuando a nadie más le importaba hacerlo y Ayame fue su amiga sin cuestionarle nada; ninguno de los dos tenía el deber de brindarle su amistad a ella y sin embargo lo hicieron.
El problema... es que era tan cobarde.
Por eso cuando Sango faltó a la escuela la mañana siguiente, Kagome no tuvo el valor de sentarse en esa mentada mesa a almorzar; como era de esperarse, su impulso de valentía y su "buen día" habían durado eso que ella predijo: un día.
Estaba allí en la entrada de la cafetería y se sentía al punto de un colapso nervioso. Sus dedos aferrados a la bolsa de papel de su almuerzo no dejaban de temblar y no pudo dar tres pasos cuando los ojos de Ayame recayeron en ella con la misma rabia de antes. En lo que dio otro paso, un grupo de chicas ocupó la mesa donde estaba la pelirroja y Kagome decidió desviarse al patio de la escuela.
Dejaría la conversación para después. Siempre era mejor tarde que temprano.
Se dio cuenta que la cafetería estaba inusualmente vacía porque el clima afuera era agradable hoy. El sol estaba radiante y los estudiantes habían ocupado rápidamente cada rincón del patio, incluyendo su sitio favorito para almorzar. Tuvo que sentarse en uno de los banquillos de madera, cerca del contenedor de basura, solo porque era lo único disponible.
—Hey, niña.
Kagome levantó la vista de su Onigiri. Inuyasha llevaba esa sonrisa ladeada de siempre, parado frente a ella con las manos en los bolsillos. Se contentó de verle más de lo que consideró normal, pero pasó eso —y la forma en la que algo revoloteó en su pecho— por alto.
—¿Niña? —Torció el gesto, aunque sin estar molesta realmente—. Tenemos la misma edad.
—En eso te equivocas —dijo tomando asiento a su lado—. Soy mayor que tu.
—¿Qué edad tienes?
Siempre era curiosa con él. No sabía si le gustaba esa nueva faceta preguntona de si misma.
—Diesciete.
—Oh, yo los cumpliré en Agosto.
—Sango me dijo que te habías saltado un curso.
—Pensarías que es porque era inteligente, pero lo cierto es que me negué a seguir yendo al jardín de infantes. Era aburrido.
—¿Aburrido? ¿Como en demasiado tiempo de siesta?
Kagome sonrió, divertida.
—Exacto.
—Extraña —se burló, haciéndola reír—. Yo quise dejar la escuela el año pasado, pero mi viejo me obligó a volver.
Kagome abrió los labios para preguntarle las razones para desertar la escuela por todo un año, en lo que un grupo de porristas llegó hacia ellos chillando quien sabe qué. Todas se turnaban para tirar los restos de comida en el bote a su lado y luego simplemente se quedaron allí, charlando (gritando)frente a ellos.
Kagome volteó hacia Inuyasha, a punto de ofrecerle ir adentro para conversar con menos ruido, cuando una de ellas —esa de cabello rizado y anchas caderas que iba a su clase— giró el rostro hacia Inuyasha. Una enorme sonrisa apareció mostrando sus perfectos dientes al reconocerlo.
—¡Inu! —Se sentó junto a él, justo en el espacio medio que lo separaba de la azabache; en consecuencia, apartando a Kagome de un empujón como si no estuviese allí—. Hace mucho no te veía en la escuela. ¿Te escondes de mi?
Kagome miró atónita la espalda de la chica que, con rudeza, había robado su asiento. Se arrimó para darle más espacio y clavó con cierta incomodidad la vista en el suelo. Por como la chica se abrazaba a Inuyasha, consideró si mejor debía irse para darles algo de privacidad.
Además empezaba a sentir un nuevo ardor en el estómago y no precisamente por la comida.
—¿A qué te refieres con no?
—Ya te dije, Yara, no me interesa.
Kagome levantó la vista a tiempo para ver como Inuyasha se levantaba de mal humor, separándose de la chica para acercarse a ella. La mano de él se cerró sobre la suya para tomarla con firmeza. Kagome sintió que su corazón se agitó con fuerza, con mucha más fuerza que antes.
—Ven, salgamos de aquí —fue su única explicación mientras tiraba de ella para ponerla de pie.
—¡Taisho! —la voz de Yara se elevó una octava, pero ni por eso el ambarino se detuvo.
Kagome tuvo un corto vistazo sobre su hombro del odio rebosando en la mirada de la chica de hermoso cabello rizado mientras era llevada por Inuyasha, justo antes de que sus compañeras porristas la rodeasen para consolarla.
¿No era esto lo que había sucedido con Ayame? ¿Acaso ahora esa desconocida la detestaría también?
La ansiedad le apretó el pecho. Estuvo por apartarse del toque de Inuyasha, asustada de meterse en más problemas, pero al ver sus manos unidas... simplemente no pudo hacerlo. Quería ir con él, no tenía más explicación que esa.
Su tacto era cálido, protector, diferente. La hacia sonrojar sin motivo y enviaba descargas de calma a sus siempre alborotados nervios mientras, al mismo tiempo, provocaba que su corazón latiese mas rápido de lo que había hecho nunca.
¿Qué se supone que era aquello que estaba sintiendo?
MIL disculpas por la demora. Estoy lejos de casa con amigos y no tenia donde sentarme a escribir. Este es un adelanto que tenia en mi celular y, aunque en un principio quería hacerlo mas extenso, odiaba la idea de dejarles sin actualización por mas tiempo. Espero que les guste mucho.
P.D. Esta laptop no me deja colocar acentos por algún motivo, disculpen si hay errores en la redacción.
