Capítulo 9. El día de la cita.


El viento soplaba con fuerza allí arriba, dándole un toque de frescura al calor de aquel día.

La vista era maravillosa. Daba un tanto de acrofobia, pero maravillosa al fin.

Desde el techo del instituto podía ver una parte de la ciudad, los edificios que rodeaban la escuela y algunas casas más allá. La cancha donde había un montón de estudiantes jugando futbol durante el receso estaba justo bajo ellos también.

Kagome concluyó que si ella podía verlos con tal claridad significaba que ellos a ella también, así que se acomodó mejor la falda del uniforme para evitar que fisgoneasen sus bragas.

—¿Subes aquí a menudo? —le preguntó a Inuyasha, quien se hallaba sentado a su lado.

—Cada que me sacan de quicio o estoy aburrido... lo que suele pasar a menudo.

Ella soltó una risita.

Eso explicaba por qué desaparecía y reaparecía en clases todo el tiempo.

Kagome estaba feliz de saber que no era la única que necesitaba estar sola y en silencio para sentirse mejor, solo no se esperaba eso viniendo de alguien como Inuyasha. Siempre había visto a Inuyasha como parte de ese grupo social, osado e irreverente. No era del tipo que salía con todas las chicas de la escuela como el resto de sus amigos hacían, pero si era uno de los más problemáticos. Sabía que era un tanto impulsivo y que no tenía problemas en estrellar los puños contra el primero que le colmase la paciencia, o al menos eso era lo que escuchaba en los pasillos todo el tiempo.

Ella sabía por experiencia que la personalidad de Inuyasha era bastante... peculiar. Hace solo unos días él era todo un frívolo ser con ella. Ahora que lo conocía un tanto más de cerca, sabía que esa actitud era simplemente parte de él.

Él era antipático así como ella era tímida.

Quizá él también pensaba que ella era rara. Kagome recordaba a la perfección las primeras palabras que le había dicho:

"Siempre van a aprovecharse de ti si no dejas de verte tan débil."

Bueno, quizá Inuyasha si tenía razón en la definición que tenía de ella. Pero Kagome supo que se había equivocado por completo en su definición de Inuyasha.

—¿En qué piensas?

Kagome sacudió la cabeza en negativa y esbozó una sonrisa ligera.

—En lo extraño que es que ahora me hables.

Inuyasha elevó las cejas.

—¿Lo es?

—Algo... —Se llevó las rodillas al pecho y apoyó una mejilla en ellas para mirarlo al hablar—. Solía creer que me odiabas.

Esta vez sus pobladas cejas se fruncieron en confusión.

—No te odiaba... no te odio.

—Lo sé, es solo que... —ahora que había empezado la conversación, no sabía cómo explicarse—, eras bastante indiferente... Digo, es normal ser indiferente con un extraño pero tu realmente eras odioso. —Inuyasha volvió a fruncirle y ella se apresuró en corregir—: No es que te esté diciendo que tu actitud sea odiosa, solo que me mirabas como si de verdad me detestabas. Tampoco es que quería que me mirases de otra forma ni nada. —Se mordió la lengua y clavó la vista en la cancha abajo para disimular el sonrojo subiendo a su rostro—. Dios, solo ignora lo que dije.

—No, no, por favor sigue —la incitó con una sonrisa burlona en los labios. Kagome podía verla por el rabillo del ojo y eso la hizo sonrojar más—. Ha sido lo más interesante que he escuchado en todo el día.

—Retiro lo dicho: si eres odioso.

Inuyasha estalló en carcajadas a su lado. Kagome no pudo estar molesta por más tiempo y terminó por soltar risas también.

Si le hubieran dicho hace una semana que ella estaría en el techo de la escuela riéndose con Inuyasha Taisho, ella nunca lo hubiese creído.

—Por cierto —dijo él antes de levantarse del borde del edificio y caminar unos cuantos pasos para sacar algo de su mochila. Cuando encontró lo que buscaba, volvió a sentarse a su lado con los pies colgando fuera del techo—. Te dejaste esto en clases. Te vi en el patio y me acerqué a entregártelo.

Kagome miró el libro que él le extendía. Era su vieja copia de Orgullo y Prejuicio.

—¿Cómo sabes que es mío?

—Estaba en tu escritorio.

—Oh...

Una parte de ella estaba decepcionada de dos cosas:

1. La única razón por la que él la saludó hace un rato fue para devolverle el libro.

2. Creyó que él recordaba que el libro le pertenecía porque era el mismo que le devolvió hace unos meses atrás.

Eran dos razones muy tontas, si, pero no podía evitarlo.

—¿Lo vas a tomar o...?

—Lo siento. —Rápidamente lo recibió de sus manos—. Te debo una.

—¡Feh! Bien, eso de estar a mano estaba un tanto aburrido.

Kagome volvió a sonreír, pero se puso seria casi al segundo. Era toda sonrisas a su alrededor... ella no solía ser así.

—Muchas gracias.

—No hay de qué —respondió mientras rebuscaba algo en los bolsillos de su pantalón, sacando un aplastado paquete de cigarrillos.

Inuyasha estaba agarrando el encendedor fuera de la cajetilla cuando sus ojos volvieron a recaer en la forma tan insistente en la que la azabache lo estaba escudriñando.

—¿Qué?

Kagome se sobresaltó y apartó la vista de cómo los labios de Inuyasha atrapaban un cigarrillo para sacarlo del paquete.

—No, nada...

—¿Quieres uno?

—¿El qué?

Inuyasha le extendió el arrugado paquete y, seguro fue por la cara de horror que ella puso, que él estalló en limpias carcajadas.

—Jesús, no es que te esté ofreciendo estupefacientes ni nada —continuó riéndose.

Kagome arrugó las facciones con extremo desagrado.

—La única diferencia entre eso y las drogas, es que eso es legal.

Quiso retirar sus palabras por la forma tan ruda en la que había hablado, pero no pudo evitarlo.

Se escuchó casi como su madre.

Él cubrió con la mano la llama mientras encendía el pequeño rollo. Kagome no pudo disimular lo mucho que el olor le fastidiaba cuando él expulsó todo el humo fuera de sus pulmones justo en su dirección.

Eso tiene nombre —lo levantó entre sus dedos—, se llama cigarrillo.

—Sé cómo se llama —abrazó el libro contra si misma—, solo no me agrada.

—¿Has fumado antes?

—No.

—Entonces... ¿cómo sabes que no te agrada?

—Si sé que puede provocar adicción y matarme ¿por qué habría de probarlo?

Su madre se había encargado de enseñarle desde muy temprana edad todas las cosas que debía evitar en la vida. Como enfermera, la Sra. Higurashi no solo se había encargado de darle a su hija una extensa charla sobre la sexualidad y sus riesgos, sino también una lista detallada sobre sustancias nocivas. Había sido, posiblemente, la "charla" más larga en la historia.

Kagome se sabía cada posible componente que podía encontrarse en un cigarrillo: arsénico, amoniaco, alquitrán, monóxido de carbono, nicotina... Este último pudiendo ser tan adictivo como la cocaína. Con cada calada, ella podía visualizar el humo viajando desde la boca de Inuyasha hasta alojarse en sus pulmones. Las sustancias nocivas ahora en su sistema se expandirían como pólvora; en cuestión de segundos, fluirían por sus venas, arterias, alcanzarían su corazón y este, a su vez, bombearía esa misma sangre contaminada por cada tejido y órgano de su cuerpo.

Y para entonces, él ya estaría dando otra calada.

—Podría matarte, dices... —Observó la punta encendida del cigarrillo con cierto desinterés—. ¿Y qué? Muchas cosas pueden matarte aunque no fumes. Podrían atropellarte de camino a casa. —Sus ojos se pasearon hacia ella y luego, con aire relajado, hacia el suelo a cinco pisos bajo ellos—. Yo podría empujarte desde esta azotea.

Un escalofrío recorrió lentamente la espina de Kagome. Si hubiera querido levantarse y correr, sus piernas no hubieran tenido la fuerza para hacerlo.

Los ojos de él se clavaron en los de ella, de un profundo color miel. Kagome, una vez más, no encontró nada en ellos.

—Todos vamos a morir, de todas maneras.

Aquellas palabras le helaron la sangre.

Kagome no supo qué decir. No encontraba la manera de salir de su estado de estupefacción. Sus manos estaban apretando el borde del libro tan fuerte, que empezaba a lastimarse.

Y, de la nada, la calidez de siempre regresó en forma de sonrisa al rostro de Inuyasha.

—Solo bromeo. Eres tan fácil de fastidiar.

Kagome sintió que el alma le regresó al cuerpo en ese instante. Algo entre un suspiro y una risa nerviosa la asaltó.

Por supuesto que él estaba bromeando con ella.

¿Cierto?

—De verdad eres odioso.

—Lo sé. —Le enseñó una vez más el cigarrillo y, seguidamente, lo apagó contra el suelo—. ¿Mejor?

—Mucho mejor.

El escandaloso timbre del fin del receso resonó por todo el campus escolar en ese momento. Kagome vio como todos los estudiantes abajo dejaban de hacer lo que hacían para empezar a dirigirse a sus clases correspondientes y ella se levantó para hacer lo mismo.

—¿A dónde vas?

—¿A clases? —No era una pregunta pero le salió como una porque, para ella, la respuesta era obvia.

—Puedes quedarte aquí y nadie notará que no estás.

Esta vez fue el turno de la azabache para fruncirle.

—Si llegasen a notarlo nos enviarían directo a detención.

—Tú lo has dicho: si llegasen a notarlo.

¿Estaba insinuando que se saltaran las clases?

En todos los años de vida que Kagome llevaba estudiando, jamás se le había ocurrido saltarse una clase. Sus calificaciones podían no ser las más altas en cada una de las asignaturas, pero su asistencia si era impecable. Siempre tenía una constancia para las veces en las que se ausentaba.

Y lo cierto es que nunca había tenido nada interesante que hacer fuera de la escuela...

Se mordió el labio inferior. Si no se apuraba, no la dejarían entrar.

—¿Cómo podrían no notarlo?

Inuyasha giró a verla esta vez con un poco más de interés.

Ella tampoco podía creer que lo estuviera siquiera considerando.

Era una locura.


Miroku estaba bastante concentrado en balancear un lapicero sobre su labio superior. A diferencia de Sango, él no parecía estar preocupado por absolutamente nada.

La morena estaba teniendo una pequeña crisis nerviosa sentada a su lado. No dejaba de sonar las uñas contra el escritorio, de mirar hacia la puerta cada dos segundos y de resoplar con exasperación.

—Me manchas el aura, Sanguito.

Sango volteó a verlo con una ceja arqueada.

—¿Disculpa?

El ojiazul retiró el lapicero de su labio y, con la misma mano, detuvo a Sango de seguir haciendo ese horroroso sonido de uñas contra la mesa.

—¿Estás nerviosa? Suelo tener ese efecto en las mujeres.

—No tiene nada que ver contigo —repuso, apartando la mano del toque de Miroku y volteando el rostro hacia el pizarrón.

Él no pudo evitar sonreír por la forma en que las mejillas de Sango se coloreaban, pero pretendió no notarlo.

—¿Entonces?

El semblante apenado de Sango pronto decayó, cambiando a uno más mortificado.

—Kagome e Inuyasha no están...

Miroku no lo había notado y, se dio cuenta entonces, que la morena estaba en lo cierto. Escaneó brevemente los asientos a su alrededor, buscando entre los estudiantes al que por años había sido su mejor amigo. No se sorprendió al no encontrarlo. Lo que sí era extraño, era la ausencia de la chica de ojos cielo.

—Quizá sea una coincidencia.

—Cuando llegué a la escuela, estaban saliendo juntos de la cafetería.

Luego de que su cita médica terminase más rápido de lo planeado, Sango había decidido asistir a la escuela el resto del día en lugar de solo quedarse en casa. Llegó al instituto a mitad de la hora del almuerzo y, cuando se sentó a conversar con Ayame y el resto de sus amigas, Inuyasha y Kagome pasaron unas mesas más allá en dirección a la salida.

—Él la tomaba de la mano —recordó en voz alta.

Los ojos de Miroku se abrieron más en sorpresa.

—¿Estás segura?

—Por supuesto, yo misma los vi. —Suspiró profundo, apoyando el mentón en la palma de su mano—. Creí que habías dicho que Inuyasha no estaba tras ella.

—No lo está —aseguró Miroku—. Además, tú bien sabes que Kagome no es el tipo de persona con quien Inuyasha querría tener algo.

—No, pero el hecho de que luzca como Kikyō es lo que me preocupa.

Miroku hizo una mueca. Él también había considerado aquello desde el momento en que vio a la chica cruzar las puertas del aula el primer día de escuela. Era ridículo que, tan solo unos meses luego de que toda aquella locura de Kikyō terminara, el universo se burlase de ellos trayendo a una chica tan inmensamente parecida a ella.

Tras conocer a Kagome todos se dieron cuenta de que, más allá de sus parecidas facciones, las diferencias que tenía con Kikyō eran abismales. Su actitud distaba demasiado de la chica que alguna vez consideraron su amiga y, si te fijabas bien, su físico no era tan idéntico después de todo. El problema era que Inuyasha estaba en un estado emocional delicado para ese entonces, por ello Miroku agradecía que hubiera estado tomándose un tiempo lejos del instituto y lejos de los recuerdos que Kagome le provocaría.

Miroku estaba seguro de que Inuyasha no era ahora la misma persona que era hace dos años. Miroku estaba seguro de que su amigo no estaría acercándose a Kagome solo por el retorcido hecho de lucir como Kikyō.

—Inuyasha no es así —quiso defenderlo—. Y no creo que sea tan terrible si intentara tener algo con Kagome.

—Lo sé, no es que esté insinuando nada. —Sango lo miró, la angustia palpable en sus ojos cafés—. Sabes que adoro a Inuyasha como a un hermano y Kagome es la persona más dulce que he conocido... solo tengo miedo de que salgan heridos.

—¿Eso crees?

—Disculpen la tardanza, alumnos. —La profesora irrumpió en ese instante y, rápidamente, sus ojos cayeron en Miroku—. Houshi, si no quiere un pase a detención le aconsejo regresar a su clase.

—Hablamos luego —le prometió Sango cuando él dudó en levantarse.

—De acuerdo. —Asintió y se puso de pie—. ¡Señorita Takeda! ¿Le han dicho que luce usted radiante hoy?

Todos rieron por lo bajo tras su comentario mientras él se acercaba al frente del salón.

Sango fue la única en poner los ojos en blanco.

—¡Hablo en serio! —Sonrió hacia la mujer de entrados cuarenta con coquetería y le guiñó un ojo—. Esa falda le sienta increíble.

—Fuera de mi clase, Houshi.


La cafetería a la que entraron era acogedora. El aroma a café molido y dulces recién horneados llenaba cada rincón del lugar, recordándole a Kagome ese olor característico que la recibía en cada visita que hacían a casa de sus abuelos paternos. No podía evitar rememorar esas tardes de hornear pasteles y beber chocolate caliente junto a la abuela.

—¿Quieres comer aquí? —Inuyasha no parecía muy encantado con la idea de almorzar dulces pero, cuando ella asintió, accedió de todas maneras.

Tomaron asiento —uno frente al otro— en la butaca del final junto a la ventana. El lugar no estaba muy lleno y eso ayudaba a calmar los nervios de Kagome de que los reconocieran por llevar el uniforme fuera de la escuela en horario de clases. Inuyasha había tenido que prestarle una sudadera para cubrirse la camisa escolar y lucía casi como si llevaba un enorme saco de patatas encima, pero al menos cumplía con su función.

Todo el tiempo que estuvieron caminando fuera de la escuela Kagome estaba esperando, con el corazón en la mano, que la seguridad del campus los taclease y los arrastrara de regreso a sus clases, pero eso jamás pasó; de hecho, le sorprendía lo sencillo que resultó ser salir de los límites del instituto sin que nadie la notase.

¿Siempre había sido así de fácil?

—No puedo creer que sea la primera vez que te sales de la escuela.

—Lo sé —ella tampoco podía creerlo—, estaba asustada. Aún no puedo creer lo sencillo que fue.

Kagome notó que Inuyasha estaba dándole sorbos a su café sin haberle colocado nada de azúcar.

—¿Qué clase de persona llega a último de secundaria sin escaparse de clases?

—Te lo dije: no tenía nada importante que hacer fuera.

—¿Estas insinuando que soy importante?

—Uhm… —pretendió pensarlo, dándole un trago a su chocolate caliente. Se encogió de hombros y respondió en tono bromista—: Eres mejor que nada, supongo.

Él le sonrió de medio lado.

—Lo tomaré como un sí.

Después de que el mesero llegara con sus órdenes no se les hizo nada difícil continuar charlando. Kagome supo que Inuyasha, justo como Sango había dicho, vivía solo desde hace un tiempo; de hecho, le dijo que antes de mudarse de casa solía asistir a otro instituto privado. Se notaba que el ambarino no quería entrar en detalles, así que ella terminó por comentarle como también había tenido que dejar todo atrás y mudarse a Tokyo después de que sus padres se divorciaran.

—¿Cómo es que no te había visto antes?

—Cuando llegamos no vivíamos en el templo, así que cursé varios años en otra escuela.

—¿Vivías sola con tu madre?

Kagome retorció con nerviosismo los dedos alrededor de su ahora fría taza de chocolate.

—No precisamente...

—¿Inuyasha? —Ambos levantaron la vista al mismo tiempo, hacia la preciosa chica de ojos grisáceos y cabello lila que llevaba esa clase de expresión que te deja saber que alguien está a punto de romperse a llorar—. ¿Inuyasha Taisho? ¡Dios, por supuesto que eres tú! —Casi de inmediato, se abalanzó sobre el asiento para envolverlo en un fuerte abrazo.

Inuyasha tuvo que sostenerse del asiento tras él para no caer por lo súbito de la acción. En un principio estuvo sorprendido, sin saber muy bien cómo reaccionar, pero pronto consiguió corresponder el saludo.

—Hola, Eriko —saludó y la apretó cortamente con el brazo libre.

La chica no se retiró hasta varios segundos después, con los ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas. Kagome seguía quieta al otro lado de la mesa, observando todo con estupefacción.

—Lo siento, me he emocionado. No puedo creer que seas tú. —Algunas lágrimas escaparon cuando volvió a sonreír y se apresuró en limpiarlas—. ¿Cuántos años han sido? ¿Tres, cuatro?

—Cuatro.

—Demasiado. —Negó con la cabeza, como si no pudiese creerlo—. ¿Cómo está Sesshomaru? ¿Y tú hermana? Siempre olvido su nombre…

—Rin.

—Si, la pequeña Rin.

—Están bien, supongo.

A Kagome no le pasó por alto la forma tan monótona en la que Inuyasha había estado contestado. Al contrario de la chica, él no estaba ni remotamente conmovido por haberse encontrado con alguien que parecía apreciarlo tanto.

—De verdad me alegro. —Para entonces, fue que Eriko recayó en la presencia de Kagome. Una sonrisa aún más grande se extendió en sus labios rosas—. Y tú debes ser Kikyō —extendió su mano para saludarla—, he escuchado mucho sobre ti.

El corazón de Kagome, literalmente, se detuvo.

—Creo que… yo no...

—Su nombre es Kagome —interrumpió el ambarino.

—Oh. —El rostro de Eriko se desencajó al darse cuenta de su error, pero supo recobrar la compostura casi de inmediato—. Lo siento tanto, luces como alguien que solía… —la azabache se dio cuenta del pequeño intercambio de miradas que la chica tuvo con Inuyasha antes de continuar hablando— bueno, no tiene importancia ahora. —Volvió a extenderle la mano con otra sonrisa—. Mi nombre es Eriko Hara, mucho gusto.

—K-Kagome Higurashi —respondió, aceptando el apretón de manos.

—Disculpen que he interrumpido su cita, he sido una descortés de primera.

Kagome sintió como sus mejillas se encendían tras escuchar la palabra "cita".

—Ya debo irme, pero este es mi número personal para mantenernos en contacto, ¿de acuerdo? —dijo, buscando en su pequeño bolso lo que parecía una tarjeta de presentación y dejándola sobre la mesa frente a Inuyasha—. Saluda a tu familia de mi parte. Un placer conocerte, Kagome.

Después de dejar un corto beso en la mejilla de Inuyasha, salió del local sin más. Kagome estaba teniendo problemas para procesar lo que sea que acababa de suceder; o mejor dicho, todas las cosas que acababa de conocer de Inuyasha en menos de diez minutos.

Estaba segura de que Rin era el nombre de la hermana que mencionó en su casa aquel día. Sesshomaru debía ser parte de su familia también.

Y Kikyō era…

Kagome levantó la vista hacia Inuyasha, quien aún se hallaba con la mirada perdida en la pequeña tarjeta sobre la mesa.

¿Kikyō era su novia?

Inuyasha tomó entre sus dedos el trozo de papel y, sin decir palabra, lo rompió en dos.


Estos son los capítulos que más me cuesta escribir porque los personajes empiezan a conocerse un poco más y, al mismo tiempo, hay tantas incognitas por resolver.

¿Cómo creen que se sienta Kagome ahora que sabe sobre Kikyō?

Nos leemos pronto