Capítulo 10. El día de las flores.


Lirios, cerezos, rosas... no, rosas no. Siempre las había considerado demasiado comunes.

Dejó de inspeccionar las flores y pasó la vista a la vitrina, donde guardaban los arreglos más elaborados. Estaba segura de que, lo mínimo que podía hacer, era gastar todos sus ahorros en algo más que un sencillo ramo. No es que hiciera la diferencia... no es que a él le fuera a importar que tan costosas eran las flores que ella eligiera.

¿Siquiera le gustaban las flores? Nunca lo supo. No recordaba haberle escuchado debatirse entre lirios, rosas o cerezos.

Ahora se arrepentía de jamás haberle preguntado. Igual que se arrepentía de muchas cosas más.

—Hola —saludó la persona a su lado.

Kagome giró el rostro y trató de encontrar en su memoria el nombre del muchacho de ojos castaños y cabello rizado que estaba parado junto a ella. Por más que quiso, nada le vino a la cabeza. De por sí ella era mala con los nombres pero, esta vez, estaba segura de que no lo conocía.

Después notó que él no llevaba uniforme escolar y, en general, se notaba que era mayor.

—Disculpa, seguro te he espantado. —Le esbozó una sonrisa suave—. No me conoces, es solo que llevo horas tratando de encontrar un ramo para mi novia y creo que necesito una opinión femenina.

—Oh —Kagome hasta entonces detalló en sus manos los dos ramos florales envueltos en papel craft—, de acuerdo...

—Pues, estaba pensando en irme por lo seguro y comprar rosas. —Levantó el ramo en su mano derecha, el de las rosas rojas—. Luego vi este ramo con lirios y creo que me ha llamado más la atención. —Levantó ahora el ramo de lirios blancos—. Pero soy un chico y no sé nada del tema... ¿tú qué opinas?

—Lirios —respondió enseguida.

—Eso fue rápido. ¿Por qué tan segura?

—Bueno... si no sabes su flor favorita es porque no llevan mucho juntos. Si le regalas rosas rojas, ella sabrá que te fuiste por la opción más segura y no lo pensaste demasiado. —Kagome jugueteó con el bordadillo de su suéter mientras hablaba—. Y los lirios blancos son mis favoritos.

—Woah... —Le alzó las cejas fascinado—. No pienso competir contra esa lógica; llevaré los lirios sin duda. Muchas gracias.

—No hay de qué.

Le sonrió algo apenada, pero feliz de haber ayudado.

—¿Qué hay de ti? —preguntó curioso, dejando las recién descartadas rosas sobre una de las estanterías—. ¿Buscas flores para un chico?

—Algo así.

Quizá no para el tipo de chico que él se imaginaba, pero Kagome no se veía a si misma explicándole la situación a un extraño en una floristería.

No se veía explicándole la situación a nadie.

—¿Hasta ahora cuales te gustan?

Kagome no entendía por qué él seguía allí. Se lo atribuyó a que el chico era bastante carismático y hasta algo intrépido. No quería ser grosera y se le ocurrió que quizá él solo trataba de ser amable por haberlo ayudado, así que le señaló uno de los arreglos en la vitrina que más le llamaba la atención: una canasta de mimbre llena de claveles amarillos.

—Creo que a él le gustarán.

Ese comentario hizo que el corazón de Kagome doliera. Esbozó una sonrisa triste y asintió.

—Yo también lo creo.

—Bueno, será mejor que me vaya o llegaré tarde. —Se despidió con la misma sonrisa amable de hace unos instantes y ondeó la mano libre—. Un placer conocerte y gracias de nuevo por la ayuda.

—Suerte con tu novia —dijo, imitando el gesto con la mano. Lo perdió de vista después de que pagara el ramo y se marchara.

Kagome se quedó poco tiempo en el local después de eso. Una vez que tuvo la canasta de flores en sus manos el peso de lo que aquellas flores significaban no le permitió comprarlas. Dejó el arreglo donde lo encontró y, sintiéndose sofocada, salió apresurada de la pequeña floristería.

Ya lo había dicho antes: era demasiado cobarde.

Había dado pocos pasos cuando la campanilla de la entrada volvió a sonar a sus espaldas y, poco después, una mano se cerró en su hombro.

—¡Espere, señorita!

Lo primero que notó Kagome al girarse fue que quien la detuvo era la cajera de la floristería. Lo segundo, fue que la mujer sostenía en su mano la misma canasta que hace unos segundos ella había dejado atrás.

¿Qué sucedía? ¿Iba a obligarla a comprarla por haberla sacado del exhibidor?

—Esto es suyo. —Se la extendió y Kagome la miró sin comprender—. El muchacho de hace un momento lo ha pagado por usted.

Kagome abrió más los ojos y, tras unos segundos de sorpresa, no le quedo más remedio que agradecerle y aceptar el arreglo.

La mujer la dejó sola y ella aferró más los dedos alrededor de la canasta, hasta lastimarse. Sentía que sostenía todo el peso del mundo solo por tener aquellas flores en las manos. Ella de verdad no las quería... ya no.

¿Por qué hacer algo así por ella? Una completa extraña.

Él no comprendía. La cosa era que él creía que esas flores le sacarían una sonrisa a alguien.

Mientras que ella lo había ayudado a elegir flores para su amada, él no tenía idea de para quién Kagome buscaba flores.

Porque aquellos lirios harían felices a su novia y los claveles... los claveles se marchitarían.

Los claveles se marchitarían sobre una lápida bajo el sol.


Al final, había dejado las flores frente a la puerta de una casa de camino al templo.

Quiso tirarlas, o solo dejarlas junto a la floristería y salir corriendo, pero entonces sería una malagradecida. Al menos ahora alguien llegaría a casa del trabajo y se encontraría con un bonito arreglo floral anónimo que seguro le iluminaría el día.

Porque para eso deberían ser las flores. Deberían siempre ser usadas para sacar sonrisas.

Sentada en el silencio de la sala, Kagome se preguntó quién había sido la primera persona en dejar flores sobre una tumba.

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola del respaldo del sofá, y clavó la vista en el lento ventilador de techo. El aparato seguro era bastante viejo, porque las aspas apenas se movían y no ventilaban el aire como deberían. Darse cuenta de eso último la hizo sentir acalorada, pero no quiso moverse de su lugar.

Últimamente era lo que hacía: sentarse en silencio en casa y perderse pensando en musarañas. Ya estaba cansada de la televisión, los libros y la música. Ni siquiera tenía deberes que terminar para la escuela porque los había hecho todos.

El abuelo no estaba muy conversador esos días y, si hablaba, era al visitar a sus amigos del ancianato. Su madre no paraba de trabajar, tomando cada turno disponible en el hospital alegando que necesitaba dinero para cubrir los gastos. Llegaba agotada a casa solo para dormir unas cuantas horas y luego marcharse nuevamente.

Había una razón para todo aquello y Kagome lo sabía. La familia Higurashi estaba evitándose para no tocar el tema de conversación que flotaba en el aire desde principios de mes. Todos estaban haciendo lo posible por pretender que nada pasaba. Estar sola le gustaba, solo que en ocasiones se aburría de sus propios pensamientos. Tampoco se veía con ganas de llamar a Sango o de salir de casa. Estaba llena de contradicciones y era lo que mas le frustraba.

Rio irónica al percatarse que estaba frustrada consigo misma.

No se dio cuenta cuantas horas transcurrieron hasta que los rayos del sol sobre el ventilador de techo desaparecieron. Afuera ya empezaba a anochecer y ella había pasado toda la tarde sentada en la misma posición; de no ser por su estómago rugiendo, seguro se pasaba la noche entera también.

Se levantó, caminando a la cocina para empezar a hacer la cena. Estaba acostumbrada a que al menos el abuelo estuviera para cenar con ella, y por eso hizo comida suficiente para ambos.

Y por eso la comida se enfrió.

Revisó la hora en el reloj sobre la puerta de la cocina solo para corroborar. Eran pasadas las ocho.

Esperó dos horas, quizá podía esperar un poco más... seguro ya estaba por llegar.

—Nadie vendrá hoy —se corrigió a sí misma.

Fue en ese instante que el timbre de la casa sonó.

Kagome se levantó de la mesa y corrió hasta la entrada. Una sonrisa infantil estaba pintada en sus labios al quitar el seguro y deslizar la puerta a un lado.

—Se te han olvidado las llaves abue...

La sonrisa en sus labios vaciló y, en cambio, sus ojos se abrieron más al darse cuenta que la persona al otro lado no se trataba de su abuelo.

—Hey.

—Hey —Kagome atinó a responder rápido y sin titubear, a pesar de la sorpresa.

Inuyasha se retiró el pañuelo de la cabeza y se pasó una mano por la desordenada mata de cabello negro para acomodarlo. Estaba medio sudado y la camisa blanca que llevaba puesta estaba hecha un desastre, como si hubiera estado hurgando en tierra.

¿Qué hacía visitándola?

—¿Está tu abuelo? Ya terminé por hoy y no lo he visto en todo el día.

Claro, Inuyasha seguía trabajando en el templo. Ella solía encontrárselo al llegar de la escuela o cuando salía al patio a leer.

Tan metida en su cabeza como estaba, hoy lo había olvidado.

Creyó haber pasado la tarde entera sola en casa cuando, en realidad, Inuyasha siempre estuvo allí.

Y la verdad era que se contentaba de verlo.

—¿Kagome?

—¿Sí?

—¿Abuelo Higurashi?

—¡Oh! —Cierto. Le había hecho una pregunta—. No ha estado en casa hoy, pero yo puedo decirle que has cumplido con el día.

—De acuerdo. —La siguió mirando—. ¿Estás bien?

Algo en el semblante de Kagome estaba diferente. Quizá era que llevaba el cabello desordenado cuando siempre se encargaba de tenerlo en perfecto estado, o que aun vistiera el uniforme escolar cuando en una oportunidad le dijo lo mucho que detestaba llevarlo puesto.

Inuyasha detuvo sus pensamientos en seco, cuestionando cómo demonios él ahora sabía esas cosas sobre ella.

—Si —Kagome mintió—. ¿Qué hay de ti?

La pregunta que ella quería hacer era: ¿Estás mejor por lo de hace unos días?

Obviamente no se atrevería a formularla. Después de que Eriko se marchase el ambiente que dejó asentado fue denso. Kagome se aseguró de no hacer preguntas y de cambiar el tema, pero Inuyasha parecía con la cabeza en otro lugar; un lugar al que ella no tenía acceso. Llegaron juntos al templo y cada uno se había ido por su lado. Su intento de cita había fracasado.

En la escuela solo cruzaron miradas y un par de sonrisas, en ningún momento deteniéndose a hablar.

—Lo estoy —respondió, llevándose una mano a la nuca. Se sentía tenso y no sabía por qué—. Será mejor que me vaya.

Últimamente estar alrededor de Kagome lo ponía nervioso. Que esos ojos azul cielo de ella estuvieran sobre él, escudriñándolo, le erizaba la piel. Así que no esperó que ella se despidiese para darse la vuelta y comenzar a andar hacia las escaleras.

Lo que no esperaba era que ella lo siguiera.

—¡Espera! —pidió a sus espaldas.

Justo después de eso, la pequeña mano de Kagome se cerró en la tela de su camisa. Inuyasha paró, confundido, y volteó a verla.

A pesar de las penumbras distinguió el sonrojo en sus mejillas al preguntar—: ¿Q-quieres quedarte a cenar?


—Esto es ridículo.

—Yo digo que te sienta bien. —Inuyasha le lanzó una mirada envenenada y ella amortiguó una risita con el dorso de la mano—. Es lo único que tengo de tu talla, lo siento.

—Lo estas disfrutando.

—Un poco.

Con la ropa de Inuyasha sucia por haber estado haciendo limpieza en el almacén, Kagome le había ofrecido algo para cambiarse. Claro que la única ropa masculina que tenía en casa le pertenecía al abuelo y, siendo Inuyasha tan alto como era, todo le quedaba bastante cómico.

Kagome tuvo que morderse la lengua para no reír cuando lo vio bajar las escaleras vistiendo una camisa verde chillón con el estampado de un sol usando gafas oscuras en el frente. Ella recordaba tener una camisa igual. La habían comprador todos durante un viaje familiar. No se imaginaba a Inuyasha con nada más que camisetas sencillas y nunca pensó verlo usar ningún color fuera de la escala de grises.

Después de dejar el tema de la vestimenta de lado, decidieron comenzar a colocar todo en el comedor.

Inuyasha aún no sabía por qué había aceptado quedarse, pero lo hizo. Decirle no a Kagome no sonaba como una opción y, siendo sincero, ni siquiera lo pensó al aceptar.

Estaba ayudando a Kagome a llevar la comida recalentada a la mesa. Ella se disculpó varias veces porque no estaba recién hecha y él se carcajeó cada vez sin poder evitarlo.

—Me alimento a base de ramen y comida pre-cocida. De verdad no me importa nada cenar recalentado, cielo.

Cielo. Kagome trató de pasar por alto ese apelativo cariñoso para no ruborizarse.

—Pero te invité a cenar. Se supone que cuando invitas a alguien a comer la comida no está fría.

—¿A cuántas personas has invitado a cenar antes?

A ninguna.

—Ese no es el punto.

Él puso los ojos en blanco y tomó asiento frente a ella al decir—: Perfeccionista.

Kagome le sacó la lengua y él volvió a reír. Ella reparó en lo mucho que le gustaba escucharlo reír. Se veía joven y despreocupado cuando lo hacía. También saber que ella era el motivo por el que reía dejaba un cosquilleo agradable en su pecho.

Mariposas en el corazón, seguramente.

Ambos se sirvieron la comida y dieron los primeros bocados. Inuyasha pretendió intoxicarse al probar el estofado y Kagome casi sufre una crisis del susto, pero él terminó volviendo a estallar en carcajadas y se ganó que ella le lanzase una bola de arroz.

Era extraño como se sentían tranquilos estando juntos, como podían bromear y hablar a pesar de que hace solo unos días ninguno reparaba en la existencia del otro.

—Lamento lo de antes —soltó Inuyasha cuando la ayudaba a llevar los trastes sucios al fregadero.

—¿Huh?

—Lo que sucedió en la cafeteria con Eriko.

Kagome se relajó. Por un momento había pensado que él se arrepentía de haberla invitado a salir.

—No te preocupes.

Lo decía honestamente. A ella no le había importado, y la chica incluso le pareció bastante agradable. La había dejado con muchas dudas sobre la vida de Inuyasha, pero no podía hacer mucho al respecto. Él, como ella, tenía un pasado que mantenía alejado del resto.

Lo que quizá la había preocupado era que él pensara que quería bombardearlo con preguntas. Y había dado en el clavo, porque eso era justo lo que Inuyasha había pensado.

La había estado evitando en la escuela después de lo de Eriko. Cruzaban miradas en los pasillos o en las clases que compartían pero, ese par de días, él hacía lo posible por alejarse de Kagome. No es que ella hubiese hecho nada malo; después de todo, lo único que había hecho era aceptar salir con él en el momento menos indicado. Nadie pudo haber previsto que parte del pasado de Inuyasha se pasearía por esa cafetería en particular.

Él estaba asustado. Asustado de que Kagome quisiera indagar en su pasado, que preguntase demasiado y terminara enterándose de cosas que él se había encargado de dejar atrás... muy atrás.

Pero ella no lo había hecho. Para su impresión Kagome no había hecho una sola pregunta.

Se sentía idiota por siempre juzgarla. Siempre estaba comparándola...

—Salía con mi hermano —Inuyasha tuvo la necesidad de aclararlo.

Lo mas lógico era que ella asumiera que tenía una relación con Eriko o algo por el estilo, y no quería que malinterpretara las cosas.

«No habría malinterpretado nada si no la hubieses estado evitando», se recriminó.

—No sabía que tenías un hermano.

—Medio hermano —corrigió. Kagome se dio cuenta de la forma despectiva en la que lo dijo, pero prefirió no mencionarlo.

—¿Es de nuestra edad? —fue lo que ella preguntó, comenzando a lavar los trastes.

—Ocho años mayor, creo.

—Oh… Ella lucía bastante joven.

—Si. Aparentaba más su edad cuando usaba el cabello castaño.

—Buen truco.

—Si, deberías intentarlo.

Kagome sonrió.

—¿Qué hay de tu hermana? —continuó, aprovechando que Inuyasha estaba conversador—. ¿Es menor?

—Si. —Se acercó a ella para ayudarla a secar los platos que iba dejando limpios—. Cumplirá diez.

—Igual que mi hermano... —murmuró, casi como si no esperara ser escuchada.

Y de verdad creyó que él no la había escuchado.

—¿Tienes un hermano?

Él notó como las manos de Kagome detuvieron lentamente lo que estaban haciendo hasta llegar a un alto, a pesar de que el agua seguía corriendo en el grifo. El cabello le cubría el rostro, por lo que no pudo leer la expresión que la azabache llevaba en ese momento.

Desearía haberla podido ver a los ojos al hacer esa pregunta. Quizá hubiese estado preparado entonces para lo que ella respondió:

—Tenía.

Tenía.

Esa fue su única respuesta.

Y fue más que suficiente.


Secreto número 1 revelado ;).

Nos leemos súper pronto!