Capítulo 11. El día que confesaron.


El agua corriendo fue el único sonido audible por un rato.

Eso y los latidos del corazón de Inuyasha, aunque estaba seguro que esos solo podía escucharlos él.

No sabía que se esperaba menos: si la respuesta de Kagome o su falta de reacción hacia ella.

Supo que pasaron simples segundos, pero se le hicieron eternos. Segundos en los que cada músculo de su cuerpo se puso rígido. Segundos en los que tuvo la sensación de que todo a su alrededor se detenía. Segundos en los esperó que ella se desmoronase. Segundos en los que deseó no haber hecho nunca esa maldita pregunta en primer lugar.

Regresó al mundo real cuando ella reanudó su tarea de lavar los trastes, como si nada. Mientras la escuchaba empezar a hablar sobre como su madre debía comprar una lavavajillas en lugar de seguir haciendo todo a mano, Inuyasha supo que algo en la reacción de Kagome no era normal.

Y es que, en alguna fracción de esos segundos, algo dentro de sí mismo se había sentido bien.

Bien porque Kagome estaba rota.

Rota igual que él.

—Kagome —interrumpió su perorata, sin haber escuchado realmente nada de lo que ella había dicho—. Ven conmigo.

Ella le dio una corta mirada. Estaba evitando verlo a los ojos.

—¿A dónde iremos?

Inuyasha extendió una mano encima del hombro de ella, cerrando la llave del grifo de golpe. Tomó las manos de la azabache, sin importarle el jabón y el agua chorreando de ellas, y la obligó a mirarlo.

—No lo sé —respondió—. ¿Vienes conmigo?

Los ojos azules de ella no se despegaban de los suyos, temerosos. Inuyasha no los había detallado antes, al menos no con verdadero interés. Azul claro, muy claro, como el cielo despejado en la mañana.

Inuyasha tuvo una urgencia por borrar la tristeza que nublaba unos ojos tan bonitos.

—Si —respiró apenas—, quiero ir contigo.


Era tarde para estar caminando fuera. Las nubes grises tapaban la luna y las estrellas en su totalidad, haciendo el camino más oscuro de lo que era. Kagome se frotaba los brazos, ahuyentando el frescor de la noche húmeda rozándole la piel.

Hacía demasiado tiempo que no salía de casa después de las nueve. Las calles cerca del templo solían ser vacías y poco transitadas, por lo que daba la sensación de que era más tarde todavía. Ella era medio asustadiza, así que vagar por allí en penumbras no era su cosa favorita.

Pero estaba con Inuyasha, y estando junto a él se sentía segura.

Lo observó por el rabillo del ojo. Aún con esa ridícula camiseta él lucía tan imponente como de costumbre. Con las manos en los bolsillos, el cabello luciendo bien aun estando alborotado, los ojos ámbar destacando en la oscuridad por la que caminaban; tan perfecto que parecía irreal. Kagome sonrió al darse cuenta de que él estaba esforzándose en andar lento para seguirle el ritmo a sus cortos pasos.

La sonrisa pronto se borró y ella regresó la vista al frente, concentrándose en la poca luz de las farolas. No servían para mucho, solo iluminaban un tramo y luego se oscurecía.

Inuyasha estaba aquí con ella porque creyó herir sus sentimientos. El creyó haberse equivocado al preguntarle sobre...

Sōta.

Apretó la mandíbula y se clavó las uñas en las palmas.

«¿Por qué aun te cuesta decir su nombre?»

—¿A dónde vamos? —preguntó para acallar la voz en su cabeza.

—No lo sé, no lo pensé demasiado —admitió él con un movimiento de hombros—. Hay un parque a unas cuadras.

Kagome sabía a qué parque se refería, había ido allí infinidad de veces cuando era niña. Aceptó en silencio y, como Inuyasha dijo, llegaron a unas pocas cuadras de distancia.

—¿Es este el momento en el que debería darme cuenta que eres un asesino y me colgarás de las barras de un parque infantil? —bromeó, mientras decidía en cual juego sentarse.

Inuyasha era demasiado corpulento para caber en el tobogán, así que ese estaba descartado.

—Has arruinado mi plan, ahora tendré que matarte antes —le siguió el juego.

—¿Qué si grito y alguien llama a la policía? —preguntó con los ojos sesgados, tomando asiento en uno de los columpios.

—Entonces iría preso por homicidio.

—Eso sería cadena perpertua. Te encerrarían de por vida.

—Da igual... el mundo exterior para mí es una horrenda colección de recuerdos.

Kagome lo volteó a ver con sorpresa.

—¿Cumbres borrascosas?

Ella reconocería esa cita en cualquier lugar del mundo, aun cuando él la modificó al decirla.

—Uh, creo. —Se rascó el puente de la nariz—. No lo sé, mi madre siempre estaba leyendo. La escuchaba citar frases de esos libros todo el tiempo.

Estaba, escuchaba.

Kagome captó en seguida la manera en la que Inuyasha hablaba de su madre: en tiempo pasado.

Y cuando hablas de alguien en tiempo pasado, es porque se ha ido.

Ella lo sabía mejor que nadie. Estaba acostumbrada a hablar de esa manera.

Clavó la vista en sus zapatos, más precisamente en el hueco de tierra bajo ellos provocado por el vaivén de los niños. Sintió como Inuyasha tomaba asiento en el columpio junto a ella, en un silencio que por unos minutos solo se veía interrumpido por el chirriar de las cadenas oxidadas de aquel juego infantil en el que estaban. Pero ya no era incómodo.

Kagome no recordaba el momento exacto en el que estar en silencio junto a Inuyasha dejó de sentirse pesado.

—Murió cuando tenía doce.

Todo el cuerpo de Kagome se puso tenso al instante. Tuvo que resistir el impulso de levantar el rostro de golpe; en cambio, se obligó a mantener la vista en el suelo mientras Inuyasha seguía hablando.

—Se enfermó, empeoró y eso fue todo. Es la razón por la que terminé viviendo con mi padre unos años... antes de mudarme.

Era incapaz de moverse. Quería ver la expresión en el rostro de Inuyasha; quería decirle que lo lamentaba; quería preguntarle si con los años ya no dolía tanto.

Pero no podía. No podía hablar, ni parpadear, ni siquiera estaba segura de estar respirando como debería.

De todas sus partes rotas, había una remotamente feliz. Feliz de saber que alguien entendía su miseria, que alguien había pasado por experiencias semejantes a ella. Aborrecía esa pequeña porción de egoismo susurrando en su cabeza.

Pero el resto de ella dolía. Inuyasha había pasado por el dolor de la pérdida y, al igual que ella, dejó todo lo que conocía atrás para tratar de comenzar una vida nueva. Saber que también había sufrido la entristecía de maneras inexplicables.

Cálidas manos acunaron cada lado de su rostro, provocándole un sobresalto. La mirada dorada con la se encontró al alzar la vista le robó el aliento, como cada vez que sus miradas se cruzaban, porque ella no podía creer que unos ojos tan bonitos como los de él siquiera se detuviesen a reparar en su existencia.

—No llores, cielo.

Kagome frunció, confundida, hasta que los pulgares de él rozaron con suavidad sus mejillas para apartar las lágrimas resbalando por ellas.

¿Cuándo había comenzado a llorar? ¿Cómo lloraba sin darse cuenta?

Era como si las emociones quisieran escapársele por medio de las lágrimas. Como si todo lo que llevaba guardado en el pecho quisiera huir sin su consentimiento. Porque se supone que ella ya no sentía nada. Era un cascarón vacío incapaz de exteriorizar sentimientos. Estaba todo encerrado, quemándola por dentro, donde ella se había encargado de ponerlo.

Estaba hueca. Lo estaba desde que murió Sōta.

Y las personas huecas no lloran.

Entonces, ¿por qué no podía contener el llanto?

—¿P-por qué me lo dices ahora?

—No te lo dije para hacerte sentir mal. —Inuyasha la miraba con semblante angustiado—. Me lo preguntaste hace unos días. No te respondí y luego de la pregunta que te hice creí que... Dios, no lo sé, creí que era justo que también supieses algo jodido sobre mí. Soy un idiota. Debí mantener la boca cerrada.

Kagome lo recordaba ahora. Recordaba haberle preguntado en la cafetería el motivo por el que se había ido de casa y como él había evadido deliberadamente la pregunta. Ella no tenía idea de que se debía a que los padres de Inuyasha vivían separados, o que no había siquiera vivido con su padre hasta luego del fallecimiento de su madre.

No podía creer que él estuviera confesándole algo tan íntimo como eso...

—No, no... Al contrario. Gracias.

—¿Por qué? Solo conseguí hacerte llorar.

—No estoy llorando —rebatió ella, tratando de apartarse de su tacto para enjuagarse las lágrimas.

Inuyasha, arrodillado frente a ella, se negó a apartarse.

—Está bien que duela, Kag. —Volvió a apartar las gotas saladas con un pulgar—. Algún día dejará de doler.

—¿De verdad? —preguntó esperanzada. Él movió la cabeza en afirmación—. ¿Lo juras?

—Lo juro. —Escondió un mechón azabache tras su oreja. Estaba mintiendo, pero no soportaba verla llorar—. Y mientras eso sucede, no tienes que sufrir sola.

Las palabras calaron tan profundo en Kagome, que se estremeció.

De todas las personas en el mundo, jamás imaginó que las palabras que tanto había querido escuchar viniesen de Inuyasha.

Inuyasha, el muchacho de mirada gélida y actitud pedante que ahora la consolaba como nadie más lo había hecho.

—Gracias —murmuró. Una sonrisa sincera se mezcló entre sus lágrimas—. Gracias, Inuyasha.

Él también le sonrió, justo al tiempo que las nubes sobre ellos decidieron dejarse ir. Kagome soltó un grito de sorpresa en lo que las heladas gotas de lluvia empezaron a caer sin aviso, y ambos se levantaron de un tirón para empezar a correr hacia el templo.

—¡Muévete! Eres demasiado lenta —gritaba Inuyasha entre risas, teniendo que detenerse a esperarla cada diez pasos.

—¡No tengo piernas de gigante! —se defendía la azabache, intentando seguirle el ritmo.

El regresó los pasos hasta alcanzarla. Kagome no comprendió sus intenciones cuando él se arrodillo, dándole la espalda, hasta que sintió sus grandes manos tomarla tras las rodillas y pegó un grito del susto cuando la levantó del suelo. Si no hubiese reaccionado a tiempo y aferrado las manos al cuello del ambarino, seguro se hubiese ido de espaldas.

—¡Bájame! —chilló, divertida, aunque no quería que la bajara.

—Cállate y coopera, eres pesada.

—¿Dices que estoy gorda? —jugó a hacerse la ofendida.

—Si.

—Piernas largas.

—Vaca.

—Pie grande.

Niña.

Kagome puso los ojos en blanco, dándose por vencida. Inuyasha apretó el paso cuando el aguacero se desató con más fuerza que antes y ella escondió el rostro en el cuello de él, buscando refugiarse de la lluvia.

El cabello de Inuyasha le hacía cosquillas en la nariz. Olía a champú y a cigarrillos, pero no le disgustaba en lo absoluto; en cambio, le resultaba agradable. Estaba feliz, siendo llevada a cuestas por el chico odioso y temerario de la escuela que hace unas semanas ni siquiera soportaba tenerla cerca.

Cerró los ojos, disfrutando de la lluvia y de la calidez que el cuerpo de Inuyasha le proporcionaba.

—Gracias por estar aquí... —murmuró, tan bajito, que no estuvo segura de que él lo hubiera escuchado.

Desde su posición no alcanzó a ver la suave sonrisa en los labios de Inuyasha.


De todas maneras, llegaron empapados de pies a cabeza.

Afortunadamente no tenían alfombras en casa, porque hubieran terminado arruinadas. Kagome tuvo que correr escaleras arriba por toallas y poner la ropa mojada de ambos en la secadora mientras tomaba una ducha caliente en la habitación de su madre. Inuyasha hacía lo mismo en el baño del pasillo.

Tras salir de la ducha Kagome inspección con mala cara su ropa de dormir con estampados de ositos. Nunca creyó sentirse avergonzada de su infantil elección en pijamas pero, de nuevo, nunca estuvo en sus planes mostrarle sus pijamas a un chico.

Se ruborizó enseguida luego de caer en cuenta de que, realmente, había un chico quedándose a dormir en su casa.

No es que nunca hubiera sucedido antes; después de todo, Inuyasha había pasado un día entero dormido en su habitación. Su madre tampoco estaría de acuerdo en que lo enviara a casa a pie con la cantidad de agua cayendo de las nubes en esos momentos.

Así que estaba bien... no había nada raro. Inuyasha se quedaría hasta que la tormenta mermara. Nada por lo que alterarse. Le avisaría a su madre por teléfono y se sentiría más tranquila después de hacerlo. Nunca le escondía nada y lo que menos quería era malentendidos. Con eso en mente, terminó de enfundarse en sus pijamas de ositos y salió al pasillo al mismo tiempo que Inuyasha emergía del cuarto de baño.

Húmedo.

Y en toalla.

Kagome sintió que todo el vapor caliente del baño la golpeaba directo en el rostro. O quizá no era el vapor, quizá era toda la sangre del cuerpo agolpándosele en las mejillas hasta que todo su rostro se sentía en llamas.

Sus ojos se pasearon por el dorso desnudo del ambarino sin poder evitarlo. Por el pronunciado hueso de su clavícula hasta los músculos firmes de su pecho y abdomen. No era grande, pero la forma sutil en la que se le marcaban los músculos a través de la piel le dejaba saber que se tomaba el tiempo de mantenerse en forma. Habían cicatrices también; unas sutiles, otras más prominentes. Quiso preguntarle por ellas.

Alzó la vista y, en lo que sus ojos se encontraron con la mirada divertida de Inuyasha, la vergüenza quemó más fuerte que antes.

—T-tu ropa —carraspeó—, iré por tu ropa.

Salió corriendo a las escaleras y se apoyó de la pared al final de los peldaños, exhalando profundo.

Inuyasha la había pillado mirándolo. Si la tierra quería tragársela, este era el momento de hacerlo.

Dejó caer el rostro entre sus manos mientras una sonrisa boba se extendía en sus labios.

Tuvo que tomar varias respiraciones antes de sacar la ropa ahora limpia de la secadora y volver a subir para dejarla frente a la puerta de su habitación, donde Inuyasha se cambiaba. Dio dos toques en la madera y volvió a bajar a la sala corriendo solo para evitar otro embarazoso encuentro con él a medio vestir.

Aunque no le molestaría volver a verlo así.


Disculpa que no pueda volver a casa antes, cariño.

—Lo sé, no te preocupes.

¿Cómo dices que es su nombre?

—Inuyasha —repitió por quizá tercera vez, enroscando el cable telefónico entre sus dedos—. Ha estado trabajando en el templo... también va a la escuela conmigo.

Ajá... —se escuchaba como alguien conversaba con su madre al otro lado de la línea.

Kagome ya no estaba segura de sí su madre estaba realmente hablando con ella. Sus respuestas eran cortas y fuera de contexto.

—Y estuvo enfermo hace una semana por haberme ayudado —siguió explicándole de todas formas—. Incluso hablaste con él.

Oh, sí, sí.

—¿Mamá?

Lo siento, amor, tengo que irme. Sabes que confío en ti. Nos vemos en casa.

Y la llamada se cortó.

Kagome se quedó con las palabras en la boca mientras escuchaba el característico sonido de la línea al colgarse. Observó el teléfono en sus manos y volvió a colocárselo en la oreja, solo para corrobar que de verdad le había cortado la llamada.

Suspiró con resignación. Su madre estaba concentrada en el trabajo más que en cualquier otra cosa, así que no estaba demasiado dolida por su indiferencia. Kagome sabía que, una vez que este mes terminase, todo volvería a la normalidad.

¿Tenía un fin realmente? Para ella era solo como reiniciar una interminable cuenta regresiva.

—¿Estás en problemas? —fue la primera pregunta de Inuyasha al bajar las escaleras. Encontró a Kagome parada aún junto al teléfono.

—No, no está enfadada con que te quedes.

—¿No está preocupada con que tengamos sexo o algo?

La sonrisa suave de los labios de Kagome desapareció enseguida. Lo había soltado con tal simpleza que la dejó sin palabras. Inuyasha pudo jurar que toda la sangre se drenó del rostro de la azabache en cuestión de segundos y tuvo que apretar los labios para no reírse cuando el teléfono se deslizó fuera de sus manos.

—¿Q-qué?

—Es lo que todos asumen cuando te quedas a solas con un chico —respondió casual, restregando una toalla en su cabello para retirar el exceso de humedad—. Aunque nunca he estado con una virgen, dicen que se vuelven necesitadas. —Le guiñó un ojo y añadió—: No te diría que no si me lo pides, igual.

Para cuando volvió a posar la vista en Kagome, la encontró con los ojos tan abiertos que creyó se saldrían de sus cuencas. La expresión de puro pánico en sus facciones era un poema e Inuyasha no pudo contener las carcajadas por más tiempo.

Poco sabía él que, más allá de estar avergonzada con la idea, ella estaba de verdad aterrada.

—Joder, solo estoy bromeando contigo. —Se tomó del abdomen para amortiguar las carcajadas—. Eres tan fácil de fastidiar. Deberías verte la cara.

Kagome sintió una vez más como la sangre volvía a subir a sus mejillas hasta que todo su rostro quemaba; una mezcla entre rabia, alivio y bochorno haciéndola querer enterrar la cabeza en el suelo y golpearlo en partes iguales. Decidió irse por la segunda opción. Tomó uno de los cojines del sofá y lo arrojó hacia el ambarino que se doblaba de la risa a unos metros de distancia.

Inuyasha alcanzó a detener el proyectil justo en el momento que otro cojín se estrellaba contra su rostro, y ni con eso pudo parar de reír.

—Oh, basta —espetó hacia él. Colgó el teléfono de vuelta en su lugar y se lanzó al sofá, ambas manos escondiendo su cara.

No paso mucho tiempo hasta que el peso de Inuyasha se tumbó a su lado. —Ya, lo lamento. No te enfades.

—Eres un pesado.

—Kag, no te entiendo nada si te cubres el rostro.

Ella se descubrió lo suficiente para volver a llamarlo—: Pesado. —Y nuevamente esconder el rostro contra sus palmas.

Más que estar molesta, estaba cubriéndose para que no la mirase sonrojada por octava vez en la noche. Era demasiado, hasta para ella.

—Creo que la palabra que buscas es idiota. —Aún sin verlo, podía escuchar la diversión impresa en sus palabras.

—Que bueno saber que tú mismo lo reconoces.

—Por supuesto, con orgullo. —Kagome no pudo evitar reírse con ese comentario—. ¿Esa risa significa que estamos bien?

Ella bajó las manos, pretendiendo considerarlo.

—Ayúdame a traer cobijas para ti y puede que estemos bien.


—¿Inuyasha?

—¿Uhm?

—¿Por qué se separaron tus padres?

Inuyasha no se esperaba la pregunta, quizá por eso todo su cuerpo se tensó al escucharla. Sus manos, que habían estado descansado tras su cabeza, se crisparon de inmediato.

Kagome estaba consciente de que estaba caminando sobre cáscaras de huevo. El hecho de que hace unas horas él se comportase abierto y comprensivo con ella no significaba que sería así siempre; al menos, con Inuyasha, nunca se sabía. Se dio cuenta que la pregunta lo había incomodado cuando se giró en la "cama" que improvisaron en el suelo de la sala, dándole la espalda.

Hace una hora y algo, después de haber pasado la mitad de la película que estaban viendo bostezando, Kagome había anunciado que iría a dormir a su habitación. Inuyasha la había detenido diciendo que no confiaba en quedarse solo en la sala, en caso de que su abuelo regresara y lo confundiera con un ladrón o algo por el estilo. Ahora él estaba tirado sobre una cama de colchas en el piso mientras Kagome descansaba en el sofa a su lado.

—No estaban casados en primer lugar.

—Oh…

—Mi madre no hablaba mucho sobre él —continuó, clavando la vista en el mueble del televisor sin ver nada en realidad—. Creo que se conocieron en la universidad… luego él se casó con otra mujer.

—Se casó y luego…

—Engañó a su esposa con mi madre. Aunque eso no lo detuvo de colocarme su apellido; después de que las pruebas de paternidad dieran positivo, por supuesto. —Una risa amarga se le escapó—. Un padre ejemplar, dicen.

El corazón de Kagome se apretó un tanto. Ahora entendía mejor la aversión de Inuyasha hacia su progenitor. Seguro no estaba contento con la forma en que las cosas se dieron entre sus padres. Supuso que vivir bajo el mismo techo que el hombre que lo reconoció por compromiso y su mujer iba más allá de lo insoportable. De seguro Inuyasha sentía que estaba traicionando la memoria de su madre al convivir con el hombre que le rompió el corazón.

—Mis padres si estaban casados… —Kagome metió las manos bajo su sien, usándolas como almohada. Inuyasha había regresado a su posición inicial boca arriba—. Peleaban día y noche, era una pesadilla. No lo entendía antes, pero ahora sé que divorciarse era la opción lógica.

—Los matrimonios son una mierda.

—Lo son…

Ninguno quiso decir nada más, no había necesidad de hacerlo. El silencio se asentó en la estancia, dándoles tiempo para procesar lo que ahora sabían del otro. Ambos estaban perdidos en los recuerdos de su turbada niñez, memorias que hace un tiempo juraron enterrar en donde nadie pudiese encontrarlas. El daño irreparable en ambos iba mucho más allá de los típicos problemas por padres con amores fatídicos.

Había tanto que escondían y no se atrevían a decir en voz alta.

Poco conocían que, la persona a su lado, entendía su sufrimiento a la perfección.

Y, aun cuando cargaban tantas tragedias a cuestas, algo del peso había desaparecido. Una pequeña porción del dolor se hizo más tolerable; una minúscula sensación de desahogo les dejó respirar con más calma esa noche.

Kagome nunca había hablado de sus padres. Inuyasha tampoco. Hasta ahora.

Ninguno de los dos estaba consciente de que solo habían compartido una parte de sus secretos con el otro.

—Inuyasha.

—¿Uhm?

—Buenas noches.

—Buenas noches, Kagome.


Inuyasha se había ido antes de que ella despertara.

Su madre removiéndola por el hombro a medio día fue lo que consiguió sacarla del estado comatoso en el que había entrado. No era natural en ella despertar después de las ocho de la mañana; de hecho, no recordaba la última vez que había descansado hasta después de las doce de la tarde. Contando también que había dormido en la incomodidad de un viejo sofá.

Desde que cerró los ojos hasta que su madre la despertó ella no supo nada de sí misma. No tenía ni la menor idea de a qué hora Inuyasha había despertado ni mucho menos cuando se había ido de la casa. Se sentía un tanto culpable por eso.

Era sábado. Inuyasha no iría a trabajar al templo pero, desde que el abuelo no estuvo ayer para entregarle su paga de la semana, seguro volvería a buscarla y podría disculparse por no despedirse de él.

Su madre anunció que había dejado comida para ella en el microondas antes de subir a descansar antes de su próxima guardia en el hospital. Kagome no se sentía con ganas de engullir nada demasiado pesado desde que su estómago aún estaba en horario de desayuno, por lo que decidió dejar el almuerzo allí para el abuelo y servirse cereal. Sus cálculos fallaron a la hora de medir la cantidad de leche que quedaba en el contenedor y terminó por no ser suficiente para todo el plato de cereal que se había servido. Comer hojuelas de maíz a medio mojar era desagradable, pero botar comida no era la suyo.

Mientras terminaba de torturarse comiendo lo poco que quedaba en el plato, alguien tocó el timbre de la casa. Se puso de pie de un salto, tirando el plato en el lavatrastes y deteniéndose un poco en el espejo junto a la entrada para asegurarse de no verse tan mal.

El timbre volvió a sonar y ella rodó los ojos. Inuyasha era el ser más impaciente en la tierra. Deslizó la puerta para abrirla, con un comentario ingenioso en la punta de la lengua.

Pero no alcanzó a decirlo.

La felicidad en sus facciones vaciló cuando, en lugar de toparse con los ojos dorados que estaba esperando, un par de orbes azules le devolvieron la mirada.

—¡Kag! —Los fuertes brazos de Kouga se cerraron a su alrededor, dándole una vuelta en el aire antes de volver a bajarla—. Joder, te extrañaba. Qué bueno que te encontré en casa, no quería esperar hasta el lunes para verte.

El cerebro de Kagome aún no procesaba del todo la situación.

—Kōga… ¿Qué haces aquí?

El la miró extrañado, aunque sin dejar de sonreír.

—Saludarte. Y volver al trabajo, por supuesto.

El corazón de Kagome se hundió.

—Oh… claro, que tonta. Me alegro de verte.

Sus palabras jamás le habían sabido tan falsas.

Kōga estaba de vuelta.

¿Por qué no estaba feliz al respecto?


Este capítulo me salió mas extenso que lo anteriores, lo siento!

¿Aún les gusta cómo se desarrolla la historia? Saber que a alguien le gusta lo que escribo es lo que me mantiene haciéndolo :)

Nos leemos pronto!