Capítulo 12. El día que volvió a sentir.


Cinco días pasaron.

Cinco días con Kōga.

Cinco días sin Inuyasha.

El fin de semana Kagome estuvo sola en casa, como lo había estado últimamente. El abuelo decidió enviar la última paga de Inuyasha por correspondencia y con eso borró la única posibilidad de que él tuviera un motivo para acercarse una vez más al templo.

Kagome mantuvo la esperanza. Creyó que, después del momento que habían compartido, ella también podría ser un motivo.

Tonta de ella porque, como era de esperarse, Inuyasha no volvió.

Ese lunes en la mañana Kouga estaba al pie de las escaleras, una sonrisa pintada en sus labios al esperarla. Anduvieron juntos a la escuela como solían hacerlo, él siempre hablando más que ella de manera que jamás habían pausas en la conversación. Durante el trayecto, la azabache cayó en cuenta de lo mucho que había echado de menos la presencia chispeante de Kōga Se sintió terriblemente culpable por la actitud tan reluctante que tuvo en un principio. Ahora, se le hacía ridículo haber estado infeliz de ver a su amigo.

Porque era su amigo. Nada cambiaría eso.

Fue el día martes que empezaron las notas a aparecer.

La primera vez que sucedió, la tomó por sorpresa. El trozo de papel voló fuera del casillero cuando lo abrió y aterrizó a sus pies. La nota estaba doblada en varias partes, eso explicaba como habían manejado meterla entre las estrechas ranuras del metal. Después de recoger el papel del suelo y desdoblarlo, un puñado de piedras se le asentaron en el estómago.

Con letras rojas y vibrantes se leía:

"PROSTITUTA"

Sus dedos temblaron, apretando tan fuerte el papel que los bordes se arrugaron. Quiso creer que había sido una broma de mal gusto, por eso lo desechó sin darle una segunda mirada y corrió a clases con la cabeza baja y el corazón en la garganta.

Pero entonces el miércoles más notas aparecieron, y fue la misma historia el jueves.

Para el viernes Kagome ya estaba acostumbrada a llegar directamente a su casillero a arrancar un montón de notas adhesivas pegadas al metal, junto con las amenazas e insultos que escribían en páginas arrancadas de libretas y metían por las rendijas del mismo.

¿Por qué lo hacían? ¿Quién lo hacía? ¿Buscaban herirla? ¿Había hecho algo mal?

Ella no era nada de lo que decían. Jamás había estado con un chico para empezar, y la mayoría de las notas la acusaban de promiscua.

«Solo ignoralas», se decía todas las mañanas, haciendo bola el puñado de papeles. «No dejes que te afecten».

Claro que era más sencillo decirlo que hacerlo. Hacía mucho que ser fuerte no era parte de las cualidades con las que Kagome se describía.

—Te dije que había una razón por la que Miroku y Kōga le hablan.

—Cállate, ahí viene.

Era una de las tantas conversaciones que debía pretender no escuchar mientras andaba por los pasillos. Los adolescentes en secundaria no suelen tener nada mejor que hacer que husmear vidas ajenas, por lo que ahora tenía que soportar ser la comidilla del curso.

«Unos meses más y serás libre». Se repetía como un mantra, porque era lo único que lograba confortarla.

No le importaba lo que pensaran de ella.

Su vida era un infierno, de todas maneras.

—¿Vendrás a mi casa mañana?

—¿Huh?

—Para ir juntas a la fiesta —le recordó Sango, metiendo los libros en su mochila—. Puedo buscarte unas horas antes y nos arreglamos juntas.

—Oh... —hizo una mueca al recordarlo—, no lo sé.

Kōga, cuyos padres aún estaban fuera en viajes de negocios, había decidido lanzar una fiesta en su casa ese sábado. Por supuesto que toda la escuela estaba enterada e invitada. Las reuniones sociales nunca habían sido el fuerte de Kagome y, estando las cosas como estaban, sus ánimos de asistir eran nulos.

—No aceptaré un no como respuesta.

—Es que mi mamá...

—Ni lo intentes. —Sango detuvo su excusa antes de darle la oportunidad de terminarla—. Tu madre me adora y estará encantada de que te saque a divertirte, para variar.

Odiaba que tuviera razón. Su madre adoraba que tuviera una amiga como Sango y, ahora que prácticamente vivía en el hospital, no se preocupaba por negarle permisos para salir. Ni siquiera la veía en casa por más de treinta minutos.

Kagome no podía creerlo pero que su madre retomase su carrera ya no la hacía tan feliz como al inicio. Empezaba a preocuparle que se enfermara por exceso de trabajo.

—¿Y bien? —insistió Sango.

La sola idea de estar encerrada en casa sola otro fin de semana le desagrada más de lo que pensaba que lo haría. Quizá Sango tenía razón y era hora de que saliera a ver el mundo de vez en cuando.

—De acuerdo —accedió—, solo por unas horas.

—Hecho.

—¿Irán los chicos? —preguntó casualmente, saliendo del aula.

En realidad quería saber si Inuyasha estaría allí.

—Seguro, no hacen nada por separado —respondió Sango, caminando a su lado—. Si alguno no está es como si les cortaras un brazo.

—¿Incluso Inuyasha?

—Creo... ¿Por qué?

—Nada importante. Es solo que tenía un proyecto con él el lunes y no ha asistido a ninguna clase. —Agradeció la rapidez con la que inventó aquella excusa—. Supongo que si no aparece tendré que entregarlo sola.

—Seguro que lo harás bien por tu cuenta.

No era la respuesta que esperaba.

Se notaba que Sango sabía cosas sobre el ambarino que no tenía intenciones de compartir.

Kagome se preguntó qué era aquello que su amiga le ocultaba.


Kagome estaba ansiosa.

Había hecho de todo para quitarse la viciosa sensación de encima, pero nada parecía funcionarle. Con solo sus pensamientos para acompañarla, mantenerse distraída era más difícil de lo que imaginaba.

Decidió limpiar la casa, hacer la colada, cocinar e incluso bañar a Buyo (quien era el único gato en el planeta que disfrutaba del agua). Ahora que todo estaba impecable, la ansiedad solo empeoraba. Ya no tenía nada que hacer para ocupar la mente.

Se sentó en el sillón para aligerar el dolor de espalda a causa de las horas de aseo. Apoyando la cabeza en el respaldo, no encontró la misma paz de antes en el viejo ventilador de techo. El movimiento lento de las aspas la irritaba en lugar de calmarla. Ella quería que giraran tan rápido como lo hacía su cabeza.

Cerró los ojos queriendo descansar, pero sus pensamientos no le daban tregua. Todo últimamente era mucho más de lo que podía tolerar. Los problemas familiares eran una cosa, y tampoco encontrar paz en la escuela era demasiado.

Además, no podía sacarse a Inuyasha de la cabeza.

Era consciente de que él acostumbraba a estar ausente, solo que esta vez no podía solo ignorar el hecho de que no estaba a su alrededor. Creyó que, después de todo lo que habían compartido aquel día, él no volvería a marcharse como siempre lo hacía; además, toda una semana sin asistir a ninguna clase era mucho hasta para él.

Kagome se cuestionó si estaba mal querer verlo.

Lo cierto es que, por mucho que tratara de negarlo, lo echaba de menos. Una parte de ella quería asegurarse de que estaba bien, y la otra solo necesitaba escucharle la voz por un momento. Si tuviera su número de teléfono podría llamarlo, pero no era así y arriesgarse a pedírselo a Sango la avergonzaba.

Se quedaba sin opciones. Kōga regresaría a trabajar el lunes y entonces todo rastro de Inuyasha se borraría, las cosas retomarían su curso y sus días serían como antes. Saber que no volvería a verlo cada tarde en el templo le dolía más de lo que debería, incluso más que la partida de Kōga En tan solo dos semanas Inuyasha había hecho más por ella que cualquier otra persona.

Resopló, pasándose una mano para apartar los mechones de cabello que se le pegaban a la frente. Fue cuando abrió los ojos que una idea descabellada cortó el hilo de sus pensamientos.

Se levantó de un tirón del sofá y corrió a su destino, ascendiendo los escalones de dos en dos. La habitación del abuelo estaba al final del pasillo y, a pesar de estar sola, se aseguró de ponerle pestillo a la puerta una vez que estuvo dentro.

La habitación del abuelo Higurashi era como entrar a otro almacén del templo. Tan anticuada como su dueño, el espacio alguna vez amplio ahora se reducía a un corto pasillo creado por montones de cajas y artículos ancestrales. Debías caminar con cuidado de no tropezar para llegar a la cama y, junto a esta, estaba un viejo escritorio con libros empolvados y carpetas contables.

Kagome no tardó mucho en encontrar lo que buscaba. La carpeta que necesitaba descansaba sobre el escritorio, junto a la chequera y un grueso cuaderno de contabilidad. Sabía que no podía equivocarse porque era una de las pocas cosas libres de polvo, lo que significaba que el abuelo lo usaba seguido.

Masticándose el labio inferior, tomó el sobre entre sus manos. Se tardó cerca de cinco minutos en decidirse a abrirlo, y otros cinco más en abrir los ojos para leer el contenido.

Bingo.


Era lo más temerario que había hecho por su cuenta.

No lo pensó demasiado porque, si lo hacía, sabía que se arrepentiría. No fue hasta que el bus se detuvo en la parada que le correspondía que los nervios empezaron a carcomerle el estómago.

El sol se estaba poniendo tras el lote de edificios que buscaba. Solo a una cuadra de la parada del bus, el viejo conjunto residencial se alzaba frente a sus ojos. Sabía que la estructura era antigua por como la pintura estaba corroída y gastada en los bordes, y había óxido en todas las barandas conforme subía los escalones.

Se detuvo frente a la puerta que no tenía número, pero que asumió era esa porque el departamento de al lado tenía el número 14 y ella buscaba el 15. La madera estaba pintada de diferentes tonos de marrón y se atisllaba en las esquinas, como si había sido estampada contra el marco repetidas veces con demasiada fuerza.

Kagome cerró los ojos y tragó fuerte.

Tenía los nervios a flor de piel y una creciente necesidad de regresar corriendo al templo e ignorar el hecho de que estuvo parada frente al departamento de Inuyasha después de husmear su dirección en los archivos del abuelo.

Abrió su pequeño bolso y sacó la camiseta blanca, esa misma que le pertenecía a Inuyasha y que se había encargado de lavar por él.

—Vine a devolverte esto —alzó la prenda—. Lo dejaste en mi casa al cambiarte.

Sí, eso sonaba convincente.

Luego tendría que encontrar una excusa si le preguntaba cómo había llegado allí.

O solo debería irse.

Quizá Inuyasha no quería que lo visitaran. Seguro pensaría que era una enferma por aparecer sola y sin invitación.

¿Y si la echaba?

«Ya toca la mentada puerta», se regañó mentalmente.

Buscó un timbre alrededor del marco, pero no encontró ninguno, así que alzó el puño para tocar la madera con los nudillos. No se esperaba que la puerta ya estuviera abierta y se moviese unos centímetros tras el primer toque.

—¿Inuyasha? —preguntó a través de la ranura con cierta inseguridad.

Repitió su nombre una vez más, pero nadie respondió.

¿Acaso había salido sin notar que dejó el departamento abierto?

Terminó de empujar la puerta hasta abrirla por completo, solo por curiosidad.

Lo que encontró al otro lado le detuvo el corazón.

La camiseta se le cayó de las manos al mismo tiempo que las levantaba para amortiguar el grito que amenazaba con escapar de su boca.

Se quedó paralizada. Sus ojos abiertos sin poder parpadear no abandonaban el cuerpo tendido a solo unos metros. La ropa ensangrentada, las heridas, la botella de alcohol aún aferrada en su puño. La imagen era tan aterradora que no pudo reaccionar a tiempo porque sus extremidades no respondían.

—Inuyasha... —susurró, sin aire. Las lágrimas quemándole la vista fue lo que la trajo a la realidad—. ¡Inuyasha!

Corrió, lanzándose al suelo de rodillas junto a él. Su instinto fue tratar de despertarlo, pero se detuvo en cuanto las clases de primeros auxilios que su madre le obligó a tomar aparecieron en su cabeza.

El alma le regresó al cuerpo al encontrar el pulso latiendo en sus muñecas, al igual que sentir el ritmo acompasado de su respiración subiéndole el pecho. Corrió hasta la cocina, abriendo cada cajón con las extremidades temblorosas. Tuvo que revisar cada gaveta tres veces para dar con las tijeras y regresar junto a Inuyasha. Cortó la camiseta a la mitad para descubrirle el pecho. La sangre seca adherida a la tela aún se le pegaba a los dedos y por unos segundos tuvo problemas para concentrarse.

Ella odiaba la sangre.

Cerró los ojos un momento para darse valor y luego terminó de deshacerse de la manchada prenda. El abdomen estaba libre de heridas punzantes, solo algunos hematomas que seguro empeorarían con las horas. Por una parte estaba aliviada de que no estuviera herido de gravedad; por la otra, empezó a preguntarse si la sangre en su ropa le pertenecía a alguien más.

Kagome volvió a levantarse esta vez en busca del baño, donde la mayoría suele guardar el botiquín de emergencias. Lo encontró rápidamente, siendo la única puerta extra en el pequeño departamento. No encontró nada en los cajones más que toallas y alcohol, así que prefirió empapar una toalla limpia con agua caliente para enjuagar la sangre seca lo mejor posible.

Se sentó junto a Inuyasha una vez más, un cuenco de agua caliente con sal en el suelo y un paño en sus manos. Él no se había movido de su posición, y tampoco lo hizo cuando ella empezó a restregar con cuidado la suciedad de su torso con la solución salina. La continuaba consolando el acompasado sube y baja de su pecho al respirar.

Retiró la botella de Jack enredada en el puño de Inuyasha. Ya no quedaba nada de licor en el envase. Kagome observó con tristeza la botella vacía, sin querer imaginar las razones por las que Inuyasha había decidido alcoholizarse hasta ese punto. No lo había visto como el tipo de personas que recurriría al licor para adormecer los problemas.

Trató de no reparar mucho en el estado de sus manos. Tenía los nudillos de la mano derecha reventados, y no quería infligir más daño.

¿Qué había golpeado?

¿A quién?

Desechó el paño ensangrentado y buscó uno limpio para su rostro. Con delicadeza trataba de no rozar los cortes profundos, pero el temblor de sus manos lo hacía difícil. El corte más grave le abría la carne del pómulo, tenía otro atravesándole la ceja izquierda y uno le rompía el labio; estaba tan hinchado, que toda esa mitad del rostro empezaba a tornarse verdosa.

Cerró los ojos fuerte. No quería verlo en ese estado. Le dolía.

Una mano atrapó su muñeca casi provocándole un paro cardiaco. Sus ojos fueron rápidamente hacia los dedos de Inuyasha clavándosele en la piel y luego a las orbes doradas que ahora le devolvían la mirada.

—¿Kagome...?

Sonaba confundido, con la voz arrastrada y pastosa. Sus ojos no la miraban realmente, estaban opacos y aturdidos, aún bajo el efecto de todo lo que había bebido. Pero estaba consciente, y era todo lo que a Kagome le importaba.

El alivio y la felicidad le hincharon el pecho hasta que sentía que lloraría de pura emoción en cualquier momento.

Ella acarició la mano de él entre las suyas al responderle—: Soy yo.

—¿Kag? —volvió a preguntar, esta vez sentándose de golpe. Enseguida se llevó la mano libre a la cabeza con una mueca torturada.

—Debes acostarte. —Trató de impedir que siguiera moviéndose presionando las manos contra su pecho—. Estás herido. ¿Crees que puedas caminar hasta la cama?

Él la volteó a ver con el ceño fruncido. Se observó las manos entonces, como tratando de conectar sus palabras con el estado de sus nudillos.

—Creo... —la volvió a mirar—, creo que voy a vomitar.

Kagome se apresuró en ponerse de pie en cuanto lo vio salir disparado al cuarto de baño. Ya estaba tirado en el suelo devolviendo todo el exceso de alcohol en el inodoro cuando ella se hincó para auxiliarlo. Puso las manos con gesto confortante en su espalda, pero él se las apartó con rudeza.

—Vete.

—Inuyasha...

—¡Vete! —Rugió. El tono brusco provocó que Kagome diera un respingo—. ¿Eres sorda? ¡Fuera de aquí!

Kagome no esperó a que se lo repitiera una tercera vez. Se apartó de él y retrocedió hasta salir del pequeño espacio. Inuyasha no la miró cuando simplemente estampó la puerta en sus narices.


Estaba hecho mierda.

Era la única palabra para describir como se sentía.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie. Ni siquiera se molestó en verse en el espejo, solo se lavó las manos y se cepilló los dientes, ignorando el ardor de las heridas en sus nudillos y boca.

La cabeza le palpitaba. Le dolía hacer cualquier movimiento con la cara. No podía cerrar bien la mano derecha. Estuvo tres horas vomitando y, una vez que su estómago se quedó sin nada para devolver, los efectos del alcohol empezaron a desvanecerse; es decir, todo le dolía tres veces más que antes.

Con la mente más despejada esperaba recordar que coño había hecho para terminar tan jodido, pero parecía que aún había suficiente alcohol en su sangre para evitar que los recuerdos regresasen a su cabeza; por eso, cuando salió del cuarto de baño y encontró un cuerpo acurrucado al costado de su cama, no entendió que demonios pasaba.

Kagome ni siquiera estaba en el colchón, no, estaba hecha bola en el suelo con la espalda apoyada de la cama y la cabeza apoyada en las rodillas.

¿Por qué estaba Kagome allí? Dormida, en el piso de su departamento.

No sabía qué hacer. Despertarla no sonaba correcto, pero necesitaba saber que infiernos hacía ella allí o iba a volverse loco.

Se arrodilló a su altura y le apartó el cabello del rostro solo para asegurarse de que fuese ella; definitivamente lo era. Tenía una expresión angustiada y el ceño arrugado, como si estuviese teniendo una pesadilla. Vagos recuerdos de esa misma expresión pasaron como flashes por su nublada cabeza.

¿Por qué habría ella de verlo de esa manera?

Entonces lo recordó. Y si antes se sentía como una mierda, ahora no tenía calificativo suficiente para la porquería de persona que era.

Le había gritado.

¿Por qué coño le había gritado?

Ni siquiera estaba seguro de lo que le había dicho. Solo podía ver el rostro asustado de ella mientras se alejaba y luego él tirándole la puerta en la cara.

¿Por qué, de todas las personas, tenía ella que encontrarlo borracho?

Los párpados de ella revolotearon. Levantó la cabeza y miró alrededor, tratando de ubicarse con el entorno. Inuyasha quiso golpearse por la forma tan cálida en la que ella le sonrió al verle a su lado.

—¿Te sientes mejor?

¿Por qué le hablaba tan dulce después de lo que hizo?

Él solo pudo asentir.

—Estaba preocupada... me asusté muchísimo.

¿Cómo podía estar preocupada por él después de como la trató?

—Kagome...

—Sé que debo irme —se le adelantó. Él no quería decirle eso—. Lo siento, es solo que no podía marcharme sin saber que estabas bien.

—Kag...

—Nos vemos en la escuela.

No, no.

No era lo que ella creía.

La tomó de la muñeca para impedir que se levantase y, sin previo aviso, tiró de ella hasta atraerla a su pecho y cerró los brazos alrededor de su cintura, aferrándola con suavidad y necesidad en partes iguales. El aroma a frutas que desprendía su cabello azabache lograba que cualquier malestar que las heridas le provocasen valiese la pena.

—Lo lamento —murmuró cerca de su oído—. Fui un imbécil, discúlpame.

No sabía que estaba haciendo. Estaba actuando impulsivamente y no podía importarle menos. Solo necesitaba tenerla cerca.

Ella no respondió, ni tampoco aceptó el abrazo. Creyó que lo empujaría lejos, que le gritaría de vuelta porque se lo merecía, pero no fue así. No fue hasta que su menudo cuerpo empezó a sacudirse en pequeñas convulsiones que se dio cuenta de que ella estaba llorando.

Era un imbécil. La había hecho llorar.

Hubiese preferido mil veces que lo golpeara.

—Por favor, no llores —pidió, dolido.

—C-creí que.. —hipeó—. Estaba muy asustada.

Inuyasha le acarició el cabello. Algo en su pecho escoció tras escucharla. Él jamás la lastimaría y se odiaba por hacerla creer lo contrario.

—Jamás te haría daño.

—Lo sé —la seguridad con la que lo dijo lo tomó por sorpresa. Ella se alejó unos centímetros del abrazo para enjuagarse las lágrimas—. Estaba asustada de que algo malo te sucediera. Te encontré inconsciente, y tu ropa tenía mucha sangre.

Inuyasha se quedó sin palabras.

No estaba llorando por lo que le hizo. Estaba llorando por él...

Kagome estaba llorando porque se preocupaba por él.

—¿Seguro que ya estás bien? Deberíamos ir al hospital —insistió ella, los ojos enrojecidos por el llanto.

Inuyasha acunó el rostro de la azabache con una mano y acortó la poca distancia que los separaba, depositando un beso suave en la frente de ella.

El corazón de Kagome casi olvida como latir.

Nadie más la hacía sentir tan sosegada y eufórica al mismo tiempo. Nadie podía detener su corazón y luego hacerlo marchar tres veces más fuerte como lo hacía Inuyasha.

—Ahora lo estoy.

Sus ojos dorados la miraron con dulzura, robándole el aliento.

—Te eché de menos.

—Y yo a ti, cielo.