—Duele... -murmuró levemente, el menor.
Su alrededor estaba en total oscuridad. Sus cabellos blancos ondeaban alborotados en su cabeza. Un fuerte viento caliente era lo único que podía sentir. Tocaba la piel de su cara, brazos y piernas, abrazándolo. Su corazón latía ansioso.
—Duele -repitió apretando los ojos. Se sentó en el suelo abrazándose en un intento por sentirse seguro.
De pronto la oscuridad que se ceñía sobre él se fue. Estaba ahora rodeado de llamas azules que quemaban como el infierno. Touya se puso de pie y gritó con desespero, y terror. Su cuerpo se quemaba, su piel siendo consumida por su propio quirk chillaba provocando un inmenso dolor. Sentía el corazón salírsele del pecho y redondas gotas de sudor caliente corrían por su cara. El chico cayo de rodillas, postrado en el suelo comenzó a gritar con frenesí, gritó tan fuerte que sentía que se le escapaba la vida en ello.
Despertó súbitamente, su cara infantil bañada de sudor salado. Su pulso acelerado y sus brazos ardiendo en llamas.
—No, no de nuevo -gritó mientras saltaba de la cama.
Touya corrió por el pasillo hacia la cocina, sus pies descalzos resonaban en toda la casa en cada paso que daba, mientras sus brazos ardían y el olor de su propia piel quemándose inundaba sus fosas nasales haciéndolo sentir mareado y nauseabundo. Abrió apresurado la toma de agua del fregadero y metió sus brazos debajo del agua fría. Agachó la cabeza, apretando los labios, el dolor era insoportable. Esta vez las llamas no habían sido tan fuertes y escandalosas como la última vez, pero aun así era un dolor indescriptible para su cuerpo débil y pequeño. Intentó concentrarse, trató de parar su quirk. Dolía demasiado.
Cuando por fin las llamas se apagaron, aun con los brazos metidos en el fregadero y la frente apoyada en la orilla de este, comenzó a llorar. Tenía miedo. Sus brazos estaban adoloridos. Sentía que vivía atrapado en ese cuerpo débil, incapaz de soportar las llamas de su propio quirk. Maldijo su vida, y lloró. Se preguntó molesto por qué debía sufrir de esa manera. Por qué tenía que sentir ese dolor, no había una respuesta solo había eso, dolor.
Dejó que su cuerpo cayera y recargo su espalda contra las puertas de la alacena. Touya lloraba de manera ahogada en un intento por no llamar la atención de su familia.
El ruido de los pasos del niño había alertado a su padre que había estado con insomnio toda la noche. Enji salió de su habitación para ver a sus hijos, los menores dormían tranquilos. Solo al mayor no encontró en su habitación y había ido a buscarlo. La escena que se encontró era una que lo atormentaba en pesadillas.
—¡Touya! -Enji avanzó rápidamente hacia su hijo de unos cuantos pasos. Al mirar el estado en que estaba le recordó el incidente en que lo perdió la primera vez; y sintió un terror absoluto venir de su pecho.
—Déjame en paz, vete de aquí… -gritó el chico apartando de un manotazo la mano de su padre.
Enji suspiró con pesar. Miró los brazos de su hijo con la carne quemada y al rojo vivo. De media vuelta y Touya lo miró alejarse. El chico agachó la cara y siguió llorando, ahogando su llanto. Intentando olvidarse del dolor.
De pronto sintió como era levantado en brazos. Miró a su padre que había ido a buscar las llaves de su auto.
—¿Qué haces? -intentó soltarse de los brazos que lo cargaban.
—Iremos al hospital -respondió en un tono decidido mientras salían de la casa.
Su padre aún con un yeso en el brazo lo estaba cargando, como si fuera un muñeco. Pensó que debía darle puntos por eso. Y cerró los ojos dejando de pelear.
El viento frío de la noche refresco el sudor en su frente, Touya apretó los ojos, el dolor de sus brazos empeoraba. Enji lo metió en el asiento trasero de su auto y manejo apresurado por las solitarias calles de la ciudad. Dio gracias mentalmente por no toparse con ningún semáforo en rojo y por no encontrar más autos en su camino. Estaba preocupado por Touya que yacía recostado en el asiento trasero mientras gimoteaba levemente. Esta vez no iba a perder a su hijo, haría todo lo que fuera posible para que Touya viviera una larga vida. Para que fuera un niño feliz y sano.
Al llegar al hospital, corrió con su hijo en brazos y entró a la sala de urgencias gritando por un doctor. Las enfermeras de guardia fueron sorprendidas por los gritos de la montaña de hombre que había aparecido tan súbitamente en su turno de madrugada, que había sido hasta ese momento tranquila.
Un enfermero joven y de cabello corto apareció con una camilla y Enji dejó a su hijo sobre ella. Touya se retorcía por el dolor que sentía.
—Tienen que ayudar a mi hijo -gritó con un tono de preocupación.
Mientras avanzaban por un blanco pasillo, Touya miró como su padre corría a lado de la camilla.
—¿Cuál es el nombre del niño? -Pregunto una enfermera de aspecto mayor.
Un doctor apuntó su linterna médica contra sus pupilas. Entre tanto movimiento y voces, de enfermeras y doctores se sintió mareado.
—Todoroki, Todoroki Touya -escuchó a su padre decir su nombre.
—Debe llenar estos papeles, no puede ir más allá.
La enfermera de antes se paró frente a Enji mientras su hijo se alejaba. Touya pudo ver la cara de miedo de su padre al dejarlo. Y se sintió extrañado. Después se desmayó.
Enji se quedó mirando la puerta por la que se habían llevado a Touya tan solo un instante antes. Agachó la cara preocupado, y apretó la tabla con el formulario en su mano buena. Se sentó en una banca pegada a la pared. Estaba nervioso.
Miró sus pies, llevaba puestas unas sandalias abiertas de andar por casa, de color negro. No quiso perder tiempo en nada. Había corrido a su cuarto y tomado los primeros pantalones que encontró y sus llaves, ni siquiera se preocupó por llevar un abrigo.
Observó el formulario en su mano. Tomó el bolígrafo que estaba atado a la tabla y comenzó a rellenar la información de su hijo. Dejó los papeles con la recepcionista al terminar y salió un momento de la sala de espera para tomar aire.
Miró el cielo estrellado de esa noche. Un viento frío hizo bailar sus cabellos rojos. Mientras su mente se perdía en los puntos brillantes que yacían en el cielo como guardianes de la noche, se preguntó si sería capaz de soportar perder a Touya nuevamente. Apretó el puño de su brazo bueno y una leve llama se escapó de él extinguiéndose casi al momento. La incertidumbre comenzaba a alojarse en su pecho.
—Señor Todoroki -la voz de una enfermera lo sacó de sus pensamientos.
Giró para ver a la mujer de uniforme azul oscuro.
—¿Que ha pasado con mi hijo? -pregunto preocupado.
—Han curado sus heridas -siguió a la enfermera adentro del hospital- le han dado un sedante para permitirle descansar.
—¿Puedo verlo?
—Si, en un momento podrá verlo. Pero antes el doctor quiere hablar con usted.
Enji asintió y la siguió.
Después de andar por algunos pasillos de paredes blancas y olor a desinfectante. Y un paseo en ascensor. Enji se encontró con el doctor Nageda afuera de la habitación de su hijo. El doctor era un hombre mayor de cabellos grises. Llevaba anteojos y tenía un aspecto un tanto cansado.
—Soy el doctor Nageda, mucho gusto -le dijo tendiéndole la mano.
—Todoroki Enji -respondió saludando de mano- ¿cómo está mi hijo?
El doctor lo miró con semblante compresivo.
—La situación es delicada tomando en cuenta sus antecedentes. Tengo entendido por su historia médica que no es la primera vez que esto sucede. Touya no es capaz de controlar su quirk y su cuerpo es demasiado débil para contenerlo.
Enji sentía la cabeza zumbarle. Sentía los pies pesados y que el aire no llegaba a sus pulmones. Ya había escuchado esas palabras antes y no auguraban nada bueno.
—¿Qué podemos hacer? ¿Acaso tengo que resignarme a perderlo? -pregunto desesperado.
—Por el momento, solo podemos dejarlo descansar. Hemos curado sus quemaduras, y le dimos algo para el dolor. Está estable. Cuando despierte haremos algunas pruebas y podremos ver opciones.
El doctor empujo levemente la puerta de la habitación invitándolo a pasar. Touya tenía los brazos vendados y dormía. El doctor se despidió de Enji y lo dejó solo. Mirar a su hijo en ese estado le dolía. Tenía que ser capaz de cambiar el futuro de Touya. Jaló una silla y se sentó a lado de la cama.
Extendió su mano hacia la mano de su hijo. La tocó levemente, era suave y cálida como las suyas. Se preguntó cuántas veces se había tomado el tiempo de estar con él sin gritos, sin peleas, sin hacerlo esforzarse, sin causarle daño. Cerró los ojos mientras tenía la pequeña mano de Touya entre la suya.
El recuerdo de su primer encuentro llegó a su mente. En esa ocasión también había sostenido su pequeña y regordeta mano. Se había sentido orgulloso y satisfecho con la vida. Tenía un hijo. Recordaba haber tomado a su bebé en brazos y maravillarse de sus ojos de un azul hermoso y de sus redondas mejillas, que estaban coloradas e hinchadas. Rei le sonreía desde la cama de hospital, y aunque estaba exhausta por el parto se le miraba feliz. Él también lo estaba, con el corazón arriendo de felicidad.
El timbre de su teléfono lo regreso a la realidad. Lo tomó con manos temblorosas y salió de la habitación.
—¡Enji!, ¿Dónde estás?, ¿Estas bien? -la voz intranquila de su mujer inundo su mente.
—Estoy bien, cálmate -dijo con el tono de voz más tranquilo que pudo.
—¿Que ha pasado? ¿Por qué te has ido sin avisar? -la voz en la línea sonaba cada vez más impaciente.
—Debes tranquilizarte. Escucha bien -hizo una pausa- estoy en el hospital, es Touya…
Un silencio abrumador fue lo que siguió.
—¿Rei? -la escuchó llorar al otro lado de la línea y se le achicó el corazón- está mejor ahora -dijo tratando de llamar la atención de su mujer en la línea- tuvo un accidente con su quirk… -ella lloraba con desasosiego- no llores, debes tranquilizarte -le repitió Enji.
—Iré al hospital -dijo en un tono alterado la mujer.
—No lo hagas, es peligroso. No hay nada que puedas hacer aquí.
—Pero Enji... -replicó en un hilo de voz.
—Él estará bien. Yo no me iré a ningún lado. Te veré en cuanto el sol salga. Y te traeré al hospital, solo espérame.
La mujer reprimió sus deseos de salir corriendo a buscar a su hijo. Y trato de pensar con la mente fría. Entendía lo que su esposo decía. No estaba en condiciones de ir al hospital sola y menos en medio de la noche. Paso una mano sobre su vientre hinchado y suspiro entristecida.
—Está bien, esperare. Pero promete que me llamarás si algo pasa.
—Lo haré, no te preocupes.
—Cuídalo Enji -dijo Rei entrecortadamente.
Luego de la llamada con su esposo, Rei se sentó al borde de la cama en un estado aun de inquietud. Se pregunto qué pasaría con Touya. Se le hacia un hueco en el estomago de solo pensar en que las cosas se complicaran con la salud de su hijo. Se recostó en la cama lentamente y miró el techo en completa oscuridad. No podría dormir más. Su cabeza estaba llena de pensamientos encontrados y tenía una revolución de emociones en su corazón. Quería ver a su hijo, estar con él y abrazarlo.
Llevaba una semana en cama y al menos por fin podría ponerse de pie de nuevo y estar con sus hijos. Rei deseaba que las horas se fueran rápido y que pronto amaneciera para poder ir al hospital y ver a su hijo.
En el hospital Enji caminaba con un vaso con café caliente hacia la habitación de su hijo. Se pregunto cómo estaría su mujer, y si habría logrado calmarse. Esperaba que pudiera descansar un poco antes de ir al hospital. En la habitación de Touya se sentó a lado de la cama, mientras bebía sorbos de la caliente bebida. Su hijo respiraba con normalidad y su rostro parecía apacible mientras dormía. Enji tampoco dormiría esa noche, quería cuidar de Touya.
