Capítulo 13. Entre celos y falsas amistades.
—Va a doler.
—Lo sé.
—Si te duele demasiado debes decirme.
—Lo sé.
—Me detendré si te duele.
—Ya lo sé.
Empezaba a perder la paciencia, de la cual él no se caracterizaba por contar con mucha. Sabía que Kagome hacía todo con buenas intenciones y solo trataba de ayudarlo, por eso accedió a dejarle suturar las heridas. En un principio trató de convencerlo de ir al hospital y, después de que él se negase en redondo, solo logró hacerla sentir más tranquila permitiéndole al menos darle un par de puntadas a los cortes.
Ya llevaba media hora sentado en la tapa de la tasa del baño esperando que ella dejase de estar tan nerviosa. Inuyasha estaba haciendo todo lo posible por no quejarse. No era tarea fácil.
—No tienes que hacerlo si no quieres.
—Quiero hacerlo —reiteró ella. Sonaba más confiada de lo que se veía—, solo no quiero lastimarte. La crema anestésica no es tan efectiva como las que usarían en el hospital.
A Inuyasha secretamente empezaba a gustarle que Kagome expresara abiertamente su preocupación por él. Ella no parecía notar que lo hacía.
—No vas a lastimarme —lo decía en serio, confiaba en ella más que en sí mismo.
Kagome respiró tan hondo como la capacidad de sus pulmones le permitió y botó el aire lento; eso no la ayudó en nada, pero al menos lo intentó. Sabía lo que hacía gracias a su mamá, pero eso no evitaba que estuviera algo nerviosa. Se esterilizó las manos con alcohol e insertó con maestría el hilo quirúrgico en la aguja para luego acercarla a la cara de Inuyasha, quien estaba demasiado calmado para alguien a quien iban a atravesarle la ceja en pocos segundos.
El primer pinchazo le dolió, Inuyasha no pudo negarlo. La piel sensible encima de su ojo estaba hinchada y en carne viva; eso debido a que no solo estaba rota, sino que fue producto de un gran puñetazo. Hizo lo posible por no moverse porque sabía que pondría más insegura a Kagome, así que se tragó el dolor del segundo pinchazo y ya para el tercero la verdad es que no le dolía más.
Ella se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada. Inuyasha se había dado cuenta de eso durante las veces que la miraba en clases.
Le parecía linda así: masticándose el labio, con el cabello hecho una trenza y los ojos fijos en la tarea que hacía. Justo como estaba ahora frente a él, concentrada en el movimiento de las puntadas.
—¿Cómo? —la voz de ella interrumpió el hilo de sus pensamientos.
Dejó de verla cerrando los ojos, pero sin poder realmente sacarse su imagen de la cabeza.
Seguro era que aún estaba medio borracho.
—¿Cómo de qué? —preguntó, haciéndose el desentendido.
Las puntadas cesaron y escuchó que ella movía algunas cosas, seguidamente algo fresco alivió el ardor de la herida recién suturada.
—¿Qué te sucedió? —reformuló.
El ambarino abrió los párpados nuevamente, encontrándose con el rostro de Kagome cerca del suyo. No estaba mirándolo directamente, solo estaba vendándole las heridas.
—Alguien me hizo perder la paciencia.
Esperaba no tener que tocar el tema, aunque supuso que era inevitable.
—¿Por qué?
—No lo recuerdo. Solo recuerdo estar cabreado.
Captó la mirada fugaz que Kagome le dio, pero no logró reconocer el sentimiento que hubo tras ella.
—¿Está bien?
—¿Quién?
—El alguien al que golpeaste.
—Creo —respondió hundiéndose de hombros.
Agradeció que ella no estuviera viéndolo más a los ojos porque, de ser así, seguro descubría que estaba mintiendo.
Hubo una larga pausa antes de que ella preguntara—: ¿Lo harías de nuevo?
No sabía a qué se refería exactamente: si ir a un bar, emborracharse o meterse en una pelea callejera.
Cualquiera que fuese la pregunta, la respuesta era—: Sí.
No iba a mentirle respecto a eso. Ella tenía derecho a saber qué clase de persona era él. Porque el Inuyasha que Kagome conocía divertido, irreverente, agradable no era del todo real.
El Inuyasha real era todo lo opuesto. No era más que un montón de pedazos incompletos e inestables a solo un toque de desmoronarse.
Esperó porque ella comentase o hiciera alguna otra pregunta, pero no fue así. Se limitó a continuar vendándole los nudillos en silencio. Kagome siempre reaccionaba diferente al resto; diferente a lo que él esperaba. Su forma de ser era refrescante, era el punto rojo en un mundo a escala de grises.
—Terminé —anunció, desechando todo lo usado y cerrando el botiquín.
Inuyasha abrió y cerró la mano, asegurándose de no habérsela roto. La primera vez que dio un puñetazo posicionó mal los dedos de la mano izquierda y terminó quebrándose dos de ellos.
Tenía nueve años.
—¿Tienes analgésicos? —subió el rostro cuando ella le habló.
Asintió.
—En la cocina.
Se colocó una camiseta nueva una vez que salieron del cuarto de baño. Sacó el bote de pastillas en las gavetas y se lo extendió a Kagome, que estaba parada al otro lado de la encimera.
—Dos de estas cada ocho horas deberían funcionar —concluyó luego de leer los componentes e instrucciones en la etiqueta, entregándola la primera dosis.
—Son solo un par de golpes, Kagome —replicó divertido y se pasó las píldoras sin agua.
Las mejillas blancas de ella se colorearon al darse cuenta de lo mandona que estaba siendo. No podía evitar que las actitudes de su madre se reflejasen a través de ella en momentos así. Aun recordaba lo mucho que se enfadaba Souta cuando actuaba toda maternal a su alrededor.
Supuso que, aunque él ya no estuviese, ella nunca dejaría de ser una hermana mayor.
—Lo siento, es la costumbre —admitió medio apenada.
Hacía mucho tiempo desde la última vez que cuidaba de alguien.
—No me estoy quejando. No todos tienen una enfermera personal tan caliente como tú. —Ella le puso los ojos en blanco por el comentario, sin dejar de estar sonrojada—. ¿A alguien le está creciendo una actitud?
—Creo que he aprendido a distinguir cuando solo dices cosas así por fastidiarme.
Inuyasha apoyó los codos en el granito para quedar a la altura de su rostro, clavando los ojos en los azules de ella.
—No estaba fastidiándote. Lo decía en serio.
—Uh-huh... creo que es hora de que me vaya.
Inuyasha alzó las manos con inocencia, como cuando te apuntan con un arma.
—Ya, de acuerdo, te dejo en paz.
Ambos rieron al mismo tiempo. Era tan extraño que pudieran hacerse reír en aquellas circunstancias, como si nada hubiera pasado, como si hace apenas unas horas sus vidas no hubiesen estado hechas un lío.
—¿Cómo llegaste? —fue el turno de Inuyasha de hacer las preguntas.
Él había contestado a medias las de ella, así que a Kagome no le quedaba más opción que hacer lo mismo.
—Caminando.
Y las respondería a medias también.
Jugueteó con el frasco entre sus dedos, pretendiendo no darse cuenta de la mirada entornada que Inuyasha le daba.
—¿Desde el templo?
—Me acerqué en bus y luego caminé...
—Ah... de acuerdo.
Inuyasha iba a dejar el tema, conforme con la respuesta, hasta que algo en la historia no terminó de encajarle por completo. Kagome suspiró de alivio demasiado pronto.
—¿Cómo sabías que vivo aquí?
La azabache apretó el bote de pastillas. El cerebro le trabajaba a mil por hora maquinando alguna respuesta mejor que "robé tu dirección del record de empleados en los archivos del abuelo". Podía meter en problemas a Sango pero cabía la posibilidad de que Inuyasha le preguntara a su amiga al respecto.
—Pues...
—No es que me moleste que vengas —interrumpió él para su alivio—, pero este vecindario no es el más seguro. Es arriesgado que camines sola por aquí.
—Lo lamento. No pude despedirme de ti antes y no estabas en la escuela... creí que algo malo te había sucedido.
—Oh, demonios, la escuela —gruñó, llevándose la mano a la frente. De verdad lo había olvidado—. He estado trabajando tanto que olvido que existe.
—Estaba un poco asustada —admitió ella, clavando la vista en el granito porque no podía decírselo a la cara—. Ahora que Kōga regresó al templo, creí que dejaríamos de hablar.
—¿Por qué pensarías eso?
—No lo sé... así eran las cosas antes de que trabajaras allí. Supuse que todo regresaría a la normalidad.
Los dedos de él le levantaron el rostro desde el mentón, obligándola a conectar miradas. Siempre le robaba el aliento lo bonito que eran los ojos de Inuyasha cuando los contemplaba así de cerca.
—No vuelvas a pensar eso. Iré a quitarle el empleo al bastardo de Kōga si eso te hace feliz.
Una sonrisa divertida tiró de la comisura de los labios de Kagome.
—Gracias, pero por favor no dejes a Kōga sin empleo.
—Solo dime cuando cambies de opinión.
—Hecho. —Estaba tan contenta que, de no ser porque sus ojos se movieron por un segundo al reloj de la cocina, seguro jamás hubiera notado el paso de las horas—. ¡Que tarde es! Tengo que irme si no quiero perder el último bus.
—Te llevo —se ofreció él.
Kagome inclinó la cabeza a un lado e inquirió—: ¿Tienes auto?
Al bajar al garage del edificio ella no se esperaba encontrar en su lugar una especie de taller mecánico. En la reducida estancia habían dos autos y el resto del espacio era ocupado por varias motocicletas. Tenían cajas de herramientas por doquier y el suelo manchado estaba impregnado por un fuerte olor a aceite y gasolina.
—El dueño del edificio es mi jefe. Trabajo en un taller mecánico cerca de aquí.
Con eso había respondido casi todas sus dudas. Siempre había tenido curiosidad por lo que hacía Inuyasha para mantenerse por su cuenta, solo jamás se lo hubiese imaginado como mecánico. Tenía una idea graciosa de que las personas que trabajaban con autos debían vestirse con overoles azules manchados con grasa todo el tiempo.
Sonrió solo de imaginarse a Inuyasha de esa manera.
Kagome dejó de inspeccionar las motocicletas para pasar hacia los autos que ocupaban casi todo el espacio del garage. Ambos, el Challenger y el Mustang, se notaba por el modelo que eran de los años 60, pero estaban tan en perfectas condiciones que bien lucían como autos recién sacados de agencia.
—¿Cual es el tuyo? —Inuyasha apuntó el Challenger negro. A Kagome le parecía divertido que hasta en colores de auto él se inclinase por los neutros—. ¿Por qué nunca lo usas?
—Llevo meses trabajando en él. Tuve que pedirle un préstamo a Totosai, mi jefe, y tenía tan poco dinero que no podía costear ni la gasolina.
—¿Tantas molestias por un coche?
Se hundió de hombros.
—De verdad me gusta. Lo he querido desde que era un crío.
—¿Lo reparaste tu mismo?
Asintió orgulloso y se jactó—: Con mis propias manos.
—Creo que debería irme caminando, entonces.
—¿De qué hablas?
Ella puso fingida cara de espanto.
—No sé, puede que estalle a medio camino. —Le dio un vistazo—. Ya no estás ebrio, ¿cierto?
—Chistosa —le puso los ojos en blanco. Abrió la puerta para ella y esperó a que se trepase en el auto para cerrarla.
El coche de Inuyasha estaba impecable, Kagome juraba que incluso más ordenado que su propio departamento. Olía a una mezcla de cigarrillos y ambientador de autos, y eso se le antojaba extrañamente agradable.
El motor rugió con fuerza al cobrar vida, pero fue un sonido muerto en comparación al ruido estridente de la música pesada saliendo a todo volumen por los parlantes. Kagome casi sufre un infarto por el susto y él solo se disculpó entre carcajadas y apagó el reproductor antes de poner marcha atras para alejarse del conjunto departamental.
La noche ya había caído sobre la ciudad hace un rato. Kagome estaba secretamente dándole vistazos a Inuyasha mientras hablaban, casi incrédula de todo lo que había pasado en cuestión de horas. Con la expresión suave que encontraba en sus ojos dorados y la forma relajada en la que manejaba, los golpes y vendajes que llevaba eran el único recordatorio constante de lo que hace unas horas fue una pesadilla en vida.
Por unos agonizantes segundos creyó que él estaba... Tuvo que obligarse a poner los ojos en la carretera para borrar el horrible recuerdo.
Todo el viaje hasta el templo estuvieron conversando sobre temas triviales. Fue cuando Kagome mencionó que Kōga había regresado a Tokyo desde hace ya una semana que Inuyasha comentó sobre el moreno llamándole para organizar una reunión en su casa.
—¿Irás?
Ella hizo una pequeña mueca. —Le he prometido a Sango que lo haría...
—No suenas convencida.
—Habrás notado que socializar no es lo mío —murmuró vencida, hundiéndose en el asiento.
—Estarás bien. —Usó la mano vendada para darle un suave apretón en el hombro.
Kagome lo volteo a ver con ojos agradecidos, enderezándose justo al tiempo que él se estacionaba frente a las escaleras del templo. Salió del auto y cerró la puerta tras ella antes de asomarse por la ventanilla
—¿Hasta mañana? —preguntó, esperanzada.
Inuyasha le dedicó una media sonrisa.
—Hasta mañana.
Era un manojo andante de nervios.
Sango la había buscado a la hora que prometió: ni un minuto más, ni uno menos.
Siendo la segunda vez que pisaba la casa de su amiga, aún le maravillaba lo bonito que era todo. Era una residencia pequeña pero bien decorada. Siendo Sango la única mujer de la familia, su padre hacía todo por consentirla y le dejaba mantener la casa como una taza de té.
Y ese gusto por la decoración también se reflejaba en un inmenso guardarropa lleno de todo en última tendencia de moda. Sango tenía más ropa y zapatos que todo lo que Kagome recordaba haberse comprado en su vida.
—Se te ve precioso —aplaudió Sango, orgullosa de su creación.
Kagome se detuvo frente al espejo de la habitación, algo temerosa de la imagen que la recibiría. La chica que le devolvió la mirada en el espejo lucía diferente, pero no le disgustaba tanto como pensó. De la cintura hacia abajo llevaba una falda negra, medias pantis del mismo color y botas sin tacón; arriba, usaba un suéter ancho tejido de color pastel.
No estaba acostumbrada a usar faldas fuera de la escuela y era la primera vez en la vida que usaba medias como esas; a pesar de eso, se sentía cómoda. Sango había encontrado el equilibrio entre un conjunto bonito y su personalidad reservada. Kagome jamás creyó que el hecho de usar ropa diferente la haría sentir tan... segura, de cierta forma.
—¿Y? ¿Qué dices? —Su amiga se asomó tras ella en el espejo, entusiasmada—. ¿No te gusta?
—Es precioso, gracias.
Sango ensanchó una enorme sonrisa, elevando algo entre sus manos. Kagome miró con curiosidad el reflejo del estuche a través del cristal al mismo tiempo que la morena anunciaba—: Segundo paso, maquillaje.
Era imposible no distinguir la casa de Kōga cuando entraron al conjunto residencial. El rumor de la música se escuchaba tres cuadras a la redonda y la cantidad de autos parqueados era ridícula para una fiesta de secundaria... o para lo que Kagome imaginaba que sería una de esas.
Estaba aún más angustiada que antes. Si bien sabía que toda la escuela estaba enterada, no se esperó nunca el número desmesurado de personas que de verdad asistirían.
Su ansiedad social estaba rasgando la superficie, desesperada por tomar el control.
—Ugh. No hay donde estacionarse —berreó su amiga en el asiento del piloto. Casi olvida que estaba en el auto con Sango—. Dejaremos el coche unas cuadras más abajo y caminamos. ¿Te parece?
«¿Tengo opción?», era lo que pasaba por su cabeza cuando asintió.
Después de conseguir un remoto espacio para estacionar al final de la calle, les tomó unos cinco minutos caminando volver a alcanzar la casa. Kagome no había notado antes las nubes grises acumulándose en el cielo, y solo podía rezar porque no resultará en algo más que una ligera llovizna.
Al cabo de unos instantes ya estaban sumergidas en medio de un montón de adolescentes fumando, bebiendo, bailando y carcajeándose en el patio delantero. La mano de Sango se cerró en la suya para no perderla mientras la guiaba a través de la multitud hasta entrar a la enorme residencia. De no ser por el agarre de Sango, ella ya hubiera salido corriendo.
Dentro de la casa el ambiente era una densa mezcla entre tabaco, sudor, alcohol y marihuana. El bajo sonaba tan fuerte que hacía vibrar cada rincón del lugar. A donde sea que girara el rostro encontraba gente bailando, besándose, o gritando con su grupo de amigos; todos pasando el momento de sus vidas.
Ella deseaba poder estar la mitad de extasiada que ellos. Ansiaba poseer la habilidad de divertirse sin sentir que se ahogaba.
—Relájate —la voz de Sango gritó cerca de ella para ser escuchada sobre la música. Le había leído la mente—. Será divertido.
La azabache forzó una sonrisa como respuesta porque no sabía que otra cosa hacer.
Sango se topó rápidamente con uno de sus grupos de amistades y todos empezaron a hablar entusiasmados. De todas las personas Kagome solo reconoció a tres, incluyendo a Ayame. En algunas ocasiones buscaron incluir a la azabache en la conversación pero, como era normal, eventualmente comenzó a quedarse atrás. De la nada alguien sugirió ir a bailar y Sango fue arrastrada hacia la pista de baile, apenas teniendo tiempo de hacerle a su amiga la señal universal de "llámame" antes de ser tragada por la multitud.
Kagome suspiró. Ella no tenía un móvil para llamarle de todas maneras.
Así que allí estaba, varada en medio de su primera fiesta de secundaria sin tener idea de qué hacer. Nunca se había sentido tan fuera de lugar en su vida. Era tan sencillo para todos encajar mientras ella se sentía como un pez agonizando fuera del agua. No sabía muy bien que hacer a continuación: si esperar por Sango o buscar donde sentarse por el resto de la noche. No tenía forma de avisarle a su amiga si se movía de lugar, pero la segunda opción era la más tentativa en esos momentos.
En algún punto alguien empujó un vaso rojo en sus manos. Una bebida color claro que definitivamente no bebería por ningún motivo lo llenaba casi al tope.
Fue cuando estuvo dispuesta a ir a encontrar un sitio donde sentarse que sus ojos se posaron en las personas descendiendo de las escaleras hacia el segundo piso. Su corazón dio un vuelco emocionado al reconocer a Inuyasha entre ellos. Se debatió en si estaría bien acercarse a saludarle.
Una sonrisa que no sabía que llevaba en los labios se borró en cuanto Yara apareció tras él, abrazándosele costado y dejando un beso muy cerca de sus labios.
Oh.
Apartando la vista y clavándola en el vaso entre sus dedos, Kagome pensó que no tenía derecho a sentirse así de decepcionada. Por supuesto que Inuyasha no estaría solo, era normal. Antes de conocerlo ya lo había visto con otras chicas.
Entonces, ¿por qué esta vez le dolía?
Empujó la sensación lejos y se concentró en avanzar en busca de un espacio donde respirar con mas libertad. Encontrar la cocina fue sencillo. Un flujo constante de personas entraba y salía de allí con pizzas o bebidas y, aunque el ambiente seguía siendo pesado, no estaba tan atestado como la sala principal.
Le escocía la garganta y estaba acalorada, pero no había nada para beber más que latas de cervezas y botellas de licor. Se tragó una maldición en lo que alguien la empujó al pasar, provocando que parte de la bebida en el vaso salpicase la blusa que Sango le había prestado.
—Perfecto —masculló irritada.
Sacó un par de servilletas que encontró sobre la isla de la cocina, presionándolas contra la tela empapada. El olor a alcohol ya empezaba a impregnarse en el tejido y el papel de la servilleta desmoronándose solo lograba empeorar el problema.
¿Es que nada le saldría bien hoy?
—¡Kagome! —gritaron cerca de su oído.
Se giró por completo al voltear el rostro y encontrar a Kōga a sus espaldas. Casi llora de pura emoción al encontrar una cara familiar entre aquel mar de desconocidos.
—Kōga —respiró, aliviada—. Que alegría verte, de verdad.
—Woah —la escaneó de arriba a abajo—. Por un segundo juré que no eras tú.
La azabache se sonrojó al recordar su apariencia esa noche. Además de la ropa, Sango le había hecho llevar delineador y algo de maquillaje básico. No era demasiado pero, siendo que ella jamás usaba nada, hacía la diferencia.
—¿Es eso bueno?
—No, quiero decir, ¡si! Joder, luces... —Sacudió la cabeza, buscando ordenar sus pensamientos difusos mientras acortaba la distancia que los separaba—. Estás preciosa.
Las manos de él dejaron una caricia suave en su mejilla al colocar un mechón suelto de cabello tras su oreja. Los ojos enrojecidos de Kōga conectaron con los suyos y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
Estaba borracho.
—¿Siempre han sido así de azules tus ojos? —preguntó. No apartaba la mano de su rostro.
—C-creo...
¿Por qué estaba nerviosa? Solo era Kōga.
Kōga borracho.
—Eres tan preciosa...
La respiración se le atascó en la garganta cuando él bajó con lentitud la mano, rozando sus hombros y cintura para detenerse en sus caderas. Kagome tembló bajo su tacto, y él tomó aquello como una invitación para inclinar el rostro hacia sus labios.
Pero el alcohol en su sistema le hizo fallar en reconocer la expresión horrorizada en los ojos de la azabache. Fue por eso que, cuando ella le lanzó la bebida al rostro, no se lo esperaba para nada.
Kōga se apartó de ella gimiendo de dolor por el licor puro quemándole la vista. Kagome soltó el vaso como si se tratara del arma homicida, incrédula de lo que acababa de hacer. Hizo el atisbo de acercarse a socorrerlo, sintiéndose terriblemente culpable, pero el pánico en carne viva apenas le dejó mover los pies para salir corriendo de allí.
La casa estaba más llena que antes, si eso era siquiera posible. El calor, las personas, la música, todo se filtraba con el doble de fuerza por sus alterados sentidos. Estaba aturdida, sofocada, con el corazón en la garganta.
Kōga iba a besarla.
Apoyó la espalda de la pared más cercana, sus piernas incapaces de mantenerla en pie. Se apartó con desesperación los mechones de cabello que se le pegaban a la frente y cuello por el sudor, dándose cuenta de lo mucho que le temblaba el pulso.
Necesitaba salir. Necesitaba aire.
—¿Kag? —Una mano se cerró en su antebrazo y pegó un brinco del susto, apartándose hasta chocar con la persona que pasaba a su lado—. Por Dios, ¿estás bien?
—Si, estoy bien. —Las palabras salían atropelladas de sus labios, haciéndola ver como todo menos bien.
Ayame le dio un apretón amable en el hombro.
—Pues no luces bien, ¿necesitas un avetón a casa?
Quería gritar que si, pero se contuvo. No confiaba en Ayame, al menos no como antes.
La pelirroja debió ver el resentimiento en sus ojos, porque suspiró y dijo—: Sé que he sido una perra contigo y lo lamento. Tienes todas las razones para desconfiar de mi, pero te prometo que estoy arrepentida por como me comporté.
—De acuerdo...
Aún dudaba de sus palabras, pero agradecía escucharlas.
—De verdad luces pálida. Si no confias en mi, al menos dejame llevarte con Sango.
Había verdadera preocupación en la mirada esmeralda de quien consideró su amiga por un tiempo. Sus palabras sonaron sinceras, sin segundas intenciones, así que Kagome aceptó la mano que le tendía.
Se abrieron paso hasta las escaleras que llevaban al segundo piso. Arriba fue una bocanada de aire fresco, el pasillo que llevaba a las habitaciones se encontraba menos concurrido que el resto de la casa, y el estruendo de la música era menos audible.
—Están hablando en la habitación de Kōga —le informó Ayame.
Se detuvieron en la última puerta al final del corredor y la pelirroja dio dos toques antes de abrirla, apartándose para dejarla pasar primero. Kagome estuvo confundida al dar un paso al frente y encontrarse con un pequeño cuarto lleno de utencilios de limpieza. Fue entonces que un fuerte empujón la hizo trastabillar y caer de rodillas en el suelo, apenas dándole tiempo de poner las manos para amortiguar el golpe.
Kagome se quedó observándo el suelo, confundida, pasando el dolor de la caida. Reaccionó al escuchar como la puerta fue tirada contra el marco a sus espaldas
Se levantó de inmediato, pegándo los puños de la madera.
—Ayame —llamó y giró de la manilla. Cerrada. Una alarma se encendió en su sistema—. ¿Qué estás haciendo?
—Te lo advertí. No podías solo mantenerte lejos, ¿cierto? —el tono amable de antes fue reemplazado por uno que le heló la sangre—. Diviértete en la fiesta, bonita.
La realidad cayó sobre Kagome como un balde de agua fría cuando los pasos de Ayame se alejaron por el pasillo.
La iba a dejar allí encerrada.
—¡Ayame! —Continuó dándole golpes a la puerta una y otra vez—. ¡Ayame, por favor, no hagas esto!
Nadie respondió. Se había ido. Las lágrimas picaron en sus ojos, el nudo en la garganta apretándose cada vez más, asfixiándola. Podía sentir el pánico corriendo por sus venas, haciéndola creer que las paredes se cerraban a su alrededor.
Y, como burlándose de su miseria, el cielo rugió. La luz del relámpago iluminó el pequeño cuarto a través de una diminuta ventana y la hizo ahogar un jadeo.
Kagome se dejó caer, derrotada, hecha un ovillo al suelo. Sus gritos murieron, siendo reemplazados por el tiritar incesante de su cuerpo en lo que un estruendo más grande anunció el tamaño de la tormenta que caería esa noche.
La música abajo llegaba a sus oídos amortiguada, ella solo era capaz de distinguir el sonido de la lluvia torrencial. Todos se divertían, todos ignoraban a la chica del segundo piso encerrada en un cuarto oscuro a punto de sufrir un colapso nervioso.
Porque esa chica odiaba la oscuridad, los espacios cerrados, y los relámpagos.
Para ella, los truenos sonaban igual que un arma al ser disparada.
No supo de si misma por un tiempo. Estaba desconectada, con las manos en el cabello y las rodillas en el pecho, su espalda golpeándose cada tanto contra el estante tras ella.
Quizá pasaron horas para el momento en que esa puerta fue abierta, ella ya no sabía. Algo cálido cayó sobre su cuerpo, no fue hasta entonces que notó que tenía frío, mucho frío.
Cerró los ojos, manos cubriendo sus oídos con fuerza; mareándose al ser levantada del suelo, sintió que flotaba en el aire. Pero no tuvo miedo, no estaba asustada. Se sentía más calmada que antes mientras la persona la acunaba contra su pecho y le susurraba palabras dulces al oído.
El familiar aroma a cigarrillos la hizo sentir segura, en paz, la envolvió en un estado de calma.
Kagome se acurrucó, aferrándose a su salvador, y se dejó ir.
Adoro todos y cada uno de sus comentarios. Gracias por seguir apoyándome en cada capítulo.
Nos leemos (muy) pronto.
