Capítulo 14. El día que soñó.


Yara no le daba un respiro.

Se le había metido en la cabeza que era una buena idea volver a llamarla. Ella era buena en lo que hacía y él necesitaba a alguien con quien descargarse, con quien olvidar. Eso era todo. Punto.

Error.

Sentados con un grupo en los muebles de la sala, Yara tomaba cualquier oportunidad que tenía para pegársele al costado. Desde que se acostaron de nuevo no lo dejaba en paz. Él le había dejado en claro que no buscaba una relación y, no importaba cuántas veces la rechazara, ella no parecía entenderlo.

Inuyasha ni siquiera le estaba prestando atención a la conversación que el puñado de idiotas a su alrededor mantenía. Todos sus dichosos amigos ya estaban borrachos como una cuba mientras que él se conformaba con darle sorbos a un vaso de agua. La falta de alcohol en sus venas hacía todo tres veces más intolerable que de costumbre.

No poder beber apestaba. Estar en constante rehabilitación apestaba.

—Necesito fumar —le avisó a Yara, apartando el brazo del que ella estaba abrazada.

—Voy contigo.

—No —la detuvo secamente, levantándose del asiento—, voy solo.

La rubia hizo un puchero.

—No te tardes.

Inuyasha ya estaba de espaldas, así que ella no vio como él puso los ojos en blanco mientras se alejaba.

Poner un pie fuera de la casa fue una enorme bocanada de aire fresco. Afuera llovía a cántaros, por lo que toda la gente se había apiñado dentro de la residencia como animales. Estar adentro era como hundirse en una densa mezcla de calor corporal, nubes de humo, sudor y música muy alta. No se dio cuenta de lo asfixiado que se sentía hasta que el frío rocío de la lluvia lo recibió al abrir la puerta del patio trasero.

Se mantuvo bajo el techo, tomando asiento en las escaleras del porche donde el agua le mojaba los zapatos. Sacó el aplastado paquete de cigarrillos del bolsillo de su pantalón y gruñó en frustración al darse cuenta de que no llevaba encendedor consigo.

Maldito sea Miroku por habérselo pedido prestado.

—Joder... —masculló rendido, apoyando la espalda del pilar de las escaleras.

No volvería a entrar a esa casa, no con Yara esperándolo. Pasar toda la noche observando la lluvia era mil veces más tentador.

¿Por qué asistió a esa jodida fiesta en primer lugar?

«Porque Kagome te lo pidió».

Si, y Kagome no estaba en ningún lugar para ser vista. La encontró hace un par de horas, demasiado melosa con Kōga en la cocina, así que ahora le valía mierda que estaba haciendo la azabache con su vida. Ella tenía derecho a revolcarse con Kōga si eso deseaba.

Apretó la mandíbula. Su cabeza gritaba que no le importaba Kagome y otra parte ─una que juraba había encerrado para bien─ lo enloquecía con la sola idea de imaginarla junto a Kōga. De imaginarla con cualquier persona, en general.

Dejó que los relámpagos y la lluvia torrencial apaciguasen la rabia burbujeando en su pecho, que le calmasen los nervios, impidiendo que se expandiesen como el virus que representaban para él. Ya no era de los que se dejaba cegar por la ira. Hacia un tiempo ya que había aprendido a controlar sus emociones. No podía solo dejar que una chica tirase al caño lo que con tanto esfuerzo había logrado.

No de nuevo.

Pasó un rato en el que estuvo solo, sentado en el porche, perdido en recuerdos que no quería recordar, en imágenes de una cabellera lacia y desafiantes ojos azul profundo, hasta que la puerta mosquitero a sus espaldas fue abierta y luego tirada contra el marco con furia, rebotando y quedando abierta para que el viento la siguiese azotando una y otra vez.

Ayame salió disparada directo al aguacero, pasando por al lado del ambarino sin reparar en su presencia. Se detuvo en medio del jardín, la ropa pegándosele al cuerpo y el maquillaje derritiéndose por sus mejillas; aunque, si te fijabas bien, las lágrimas ya lo habían corrido antes. El grito frustrado que dejó salir desde el fondo de su garganta fue lo que hizo a Inuyasha reaccionar y levantarse.

Se sacó la chaqueta y la tiró en el suelo del porche para no mojarla. Descendió los peldaños hasta alcanzar a la Ayame hincada en el suelo, hecha un ovillo bajo las gotas heladas de agua.

—¿Qué coño, Ayame? —habló alto para escucharse sobre la tormenta.

Ella alzó sus verdes ojos enrojecidos hacia él, enmarcados por un montón de delineador corriéndole por las mejillas.

—¿Qué quieres? Si vienes a defenderle, dile que se puede ir a la mierda.

—¿De qué hablas?

—¡De Kōga! ¡De Kagome! —vociferó poniéndose de pie, empujándolo desde su metro sesenta—. ¡De todos ustedes!

Inuyasha la dejó golpearle el pecho como histérica un par de veces más, buscando comprender el sin sentido en sus palabras. De pronto la detuvo, ambas manos tomándola de las muñecas.

¿Kagome no estaba con Kōga? ¿De qué estaba hablando Ayame?

—¿Dónde está Kōga?

—En su habitación —respondió, aún forcejeando—. ¿Qué coño te importa?

—¿Está Kagome con él?

Ayame apartó la mirada, algo que hacía antes de mentir.

—No lo sé.

Inuyasha miró las nubes parpadear. El flash de luz iluminó todo y luego volvió a dejarlos en una lluviosa penumbra. Tres segundos después el cielo rugió; a tres kilómetros, un rayo había tocado tierra.

Una punzada de pánico lo atravesó. Los recuerdos perdidos de una chica asustada junto a un pozo, contando los segundos hasta que el trueno estallase, le llegaron en ese instante.

—Inuyasha —la voz alarmada de Ayame lo trajo a la realidad—. ¡Me estás lastimando!

A él no pudo importarle menos. Miedo urgente empezaba a correrle por las venas.

—¿Dónde está?

Ayame nunca había estado tan asustada de Inuyasha como en ese momento. Jamás había visto en la mirada de su amigo algo tan aterrador e intimidante. El iris dorado de sus ojos se había oscurecido tanto que le heló la sangre.

—¡Suéltame!

—¿¡Dónde mierda está Kagome!?

—¡En el segundo piso, la última puerta!

No necesitó nada más para soltar a la pelirroja y salir disparado dentro de la casa. Estaba empapado, con el corazón en la mano, subiendo de dos en dos a toda prisa las escaleras hasta la planta alta.

Por primera vez en años, estuvo preocupado por el bienestar de alguien más.

Estaba aterrorizado con la idea de que algo le sucediese a ella.


Llovía a cántaros.

Estaba oscuro.

La habitación se iluminó por unos segundos gracias a los relámpagos. Kagome sabía que estaba en su habitación ─ en su vieja habitación. En las mismas colchas amarillas y paredes verdes que tanto aborrecía.

En ese momento aún no le temía a los relámpagos; en aquel entonces, la lluvia le traía calma. El estruendo de las tormentas era lo que más se asemejaba a su estado mental, a como se sentía por dentro. Cuando estaba sola o asustada se imaginaba que llovía, pensaba en el sonido de las gotas repiqueteando sobre el suelo.

El reloj en su mesita de noche marcó las cuatro.

Cerró los ojos al escuchar las llaves tintinear, seguido del "click" de la puerta principal al cerrarse.

Ya había regresado. Ella no podía escapar; se enfadaría aún más si no la encontraba en su habitación como cada jueves.

Botas pesadas hicieron eco por el pasillo, cada vez más y más cerca, hasta detenerse justo fuera de su pieza.

Kagome lloró en silencio.

Y el monstruo abrió la puerta.

—¡NO!

El grito desgarrador de Kagome hizo eco en el pequeño departamento.

Manos le sostuvieron los hombros, presionándola contra el colchón, y ella perdió los estribos. Sus uñas se clavaron en los brazos del monstruo que la apresaba en un intento desesperado por liberarse. No se dio cuenta que seguía gritándo hasta que sintió la garganta en carne viva. Ella solo era consciente de la lluvia cayendo y los fuertes rugidos del cielo; del miedo atenazándole el estómago y las lágrimas quemándole la vista.

Él apretó los brazos alrededor de su pequeño cuerpo, atrayéndola a su pecho sin importarle que opusiese resistencia. La tomaba con firmeza pero sin lastimarla ─ no estaba impidiendo que escapara, solo la abrazaba.

Kagome dejó de moverse, de gritar.

—Soy yo, soy yo —repetía como una dulce melodía en su oído, acariciándole el cabello—. Soy yo, cielo.

La viva imágen de sus pesadillas se desdibujó en el momento que distinguió el olor a champú y cigarrillos; en lo que la calidez que emanaba la persona consolándola se le hizo familiar.

No era un monstruo. No era él.

—Inuyasha... —un hipido se le escapó al susurrar su nombre.

Él le respondió apretándola más fuerte y Kagome se desmoronó, fundiéndose en la seguridad de sus brazos. Un sollozo tras otro las lágrimas pesadas resbalaban por sus mejillas sin darle tregua, como una ola imparable de emociones que era incapaz de contener.

Hundió el rostro en el pecho de él, envolviendo sus propios brazos alrededor de su cuello. Inuyasha la tomó tras los muslos y le dejó acomodarse en su regazo, hasta que no quedaba espacio alguno que los separase, hasta que sentían sus corazones latiendo al mismo ritmo. Kagome no deseaba nada más que poder refugiarse allí por siempre.

Estaba asustada, rota, hecha pedazos. No era ella, era la niña traumatizada del cuarto con colchas amarillas y paredes verdes. Era la Kagome que gritaba en silencio por ayuda, que ansiaba sentirse segura, que por tantos años había necesitado alguien que la sostuviese como Inuyasha lo hacía ahora.

Él no hizo preguntas, no la cuestionó, no pidió explicaciones ni le rogó que se calmara. Inuyasha le permitió romperse en llanto, liberar todo el peso que cargaba en los hombros mientras dejaba caricias suaves en su espalda.

—Estás a salvo —la promesa en sus palabras la hizo estremecer—. Estoy aquí, voy a protegerte.

La tormenta siguió cayendo inclemente, pero esta vez no tuvo miedo.

Cerró los ojos y regresó al mundo donde el dolor no dolía, deseando no volver a tener pesadillas.

Volvió a soñar; esta vez, alguien esperaba al monstruo junto con ella.


Cuando Kagome despertó por segunda vez, la tormenta había cesado.

La claridad se filtraba por la delgadez de su parpados obligándola a abrirlos, solo para volverlos a cerrar cuando la intensa luz le lastimó la vista. Le dolía el cuerpo como si hubiese corrido un maratón y tenía los ojos tan hinchados que escocían. Se puso boca abajo en el colchón, abrazándose a una almohada y deseando regresar a los brazos de Morfeo.

Por costumbre su mano se estiró hacia la mesita de noche, esperando alcanzar el reloj despertador para chequear la hora. Su brazo cayó lánguido de un golpe al suelo, jamás tocando ninguna mesa. Tanteó un poco más, segura de no haber movido los muebles de su habitación en mucho tiempo. Abrió los ojos para comprobar que su mesita de noche ya no estaba allí; de hecho, ella no estaba en su habitación.

Se incorporó lentamente sobre el colchón, recostándose del espaldar aún medio adormilada. Se frotó los ojos con ambas manos para despejarse la vista antes de escanear la estancia. Un solo espacio que se dividía en habitación, sala y cocina a la misma vez era lo que veía. Alguien parecía haber intentado lidiar con el desorden apilando toda la ropa junto a la ventana.

Un nombre le vino a la mente: Inuyasha.

Era sin duda su departamento. La pregunta real era: ¿qué hacía ella allí?

La bruma en sus recuerdos empezó a disiparse conforme su cerebro despertaba del letargo. Las piezas inconexas de su memoria cayeron poco a poco en su lugar, hundiéndole el estómago: Sango, la fiesta, Kōga, Ayame. Lo último que supo de sí misma era estar encerrada en una pequeña habitación.

Se llevó una mano al pecho, donde el corazón le punzaba. No podía creer que, no importa que tanto buscase alejarse de los problemas, parecía ser un imán para ellos.

¿De verdad todo aquello había ocurrido?

Las lagunas mentales que padecía después de los ataques de pánico no la dejaban diferenciar la realidad de las pesadillas; aun así, la imagen de Kōga a punto de besarla y Ayame fingiendo ayudarla eran demasiado vívidas. Todo eso no lo había imaginado.

¿Cómo había terminado allí entonces, en el departamento de Inuyasha? Y ¿Dónde estaba él ahora?

Bajó la vista a su ropa, dándose cuenta que aún llevaba puesto lo mismo de la noche anterior. Eso afirmaba el hecho de que había llegado allí luego de la fiesta, solo no lo recordaba, o no había estado consciente para recordarlo.

La puerta principal se abrió en ese momento. El ambarino cruzó el umbral, batallando con las llaves al mismo tiempo que balanceaba entre sus dedos una bandeja con cafés y una bolsa de plástico. Una maldición quedó a medio camino de sus labios cuando alzó la vista para encontrar a Kagome sentada en su cama.

—Hey —fue lo primero que a él se le ocurrió decir.

—Hey...

Inuyasha erró la puerta a sus espaldas, avanzando para dejar las compras sobre la isla de la cocina. No dejaba de mirarla con detenimiento, como esperando que volviera a entrar en crisis.

—No tenía nada decente de comer así que salí a comprar... Tampoco tenía idea de que te gusta así que traje varias opciones.

Kagome le sonrió sin ánimo.

—Gracias.

Se acercó a ella con cautela, pidiendo permiso para tumbarse a su lado. Kagome se apartó para darle espacio en el colchón, dejándolo sentarse. Él llevaba el cabello húmedo, el aroma fresco del champú mezclado con tabaco. Kagome recostó la cabeza sobre su hombro, embriagándose un poco más con la esencia del ambarino. Se sentía tan afectada y agotada mentalmente que moría por abrazarlo, por refugiarse; por ahora, se conformaba con tenerlo a su lado.

Sus pensamientos la asustaban. Nunca había necesitado a nadie que la consolara.

—¿Cómo te sientes?

—Bien.

—¿Estás mintiendo?

—Si...

—¿Quieres hablar de ello?

—No.

—Bien.

No la presionó más sobre el tema, solo apoyó la mejilla en su cabeza y la dejó permanecer en silencio por tanto tiempo como quisiese. Kagome sabía que debía hablar de lo ocurrido y eventualmente lo haría, pero apreciaba que Inuyasha le dejara tomarse el tiempo para procesar las cosas y no insistiese a pesar de las circunstancias. Ella también tenía preguntas que hacerle pero, por ahora, con su compañía bastaba.

La verdad es que Inuyasha no sabía como reaccionar en esos casos. Las palabras no eran su fuerte y lo que menos quería era decir algo que la hiriese, que la hiciera alejarse de él.

Ella ni siquiera parecía recordar su episodio de la noche anterior. No recordaba haber despertado llorando, ni caer dormida en sus brazos.

—Mi ropa huele a bar —se quejó ella después de un rato, estirando la blusa para ver aún la mancha en el tejido claro.

Inuyasha la miró con curiosidad.

—¿Has ido a un bar antes?

—No —hizo un mohín—, pero imagino que debe oler a humo y licor ¿no?

Inuyasha dejó escapar una risa suave.

—Si, en su mayoría. Puedes usar mi ropa si quieres cambiarte.

—Uhm...

—No voy a espiarte ni nada —bromeó.

—No pensaba en eso. Pensaba en que eres muy alto y nada de tu ropa va a quedarme.

Él se levantó, revisando en los cajones cerca de la cama y luego extendiéndole una muda de ropa doblada. Kagome sonrió, imaginando a Inuyasha tomándose el tiempo de doblar la ropa limpia pero tirando todo al suelo una vez que se cambiaba al llegar a casa.

—Toma una ducha, cámbiate y desayunamos.

Aceptó y tomó la ropa que le entregaba, encerrándose en el cuarto de baño. Lo primero que hizo fue deshacerse de las medias, lo cual le resultó más difícil que ponérselas; la falda y la blusa fueron tiradas al suelo después.

Se deshizo con los dedos los nudos del cabello por llevarlo suelto toda la noche antes de pararse frente al espejo para inspeccionar su aspecto.

Lucía terrible.

De hecho, terrible era decente para describirse. Estaba pálida, sin color alguno en las mejillas y con los ojos rojos e hinchados por el llanto. El maquillaje se le había corrido por completo, formando manchas oscuras alrededor de sus párpados como una especie de mapache, enmarcando aún más las ojeras que de por sí tenía. Ella no era vanidosa, pero saber que ese fue su aspecto todo el rato que estuvo con Inuyasha la hizo sentir avergonzada.

El agua fría cayendo sobre sus músculos tensos era justo lo que necesitaba; ni siquiera le importaba que el calentador no funcionase. El escozor de sus ojos agradeció el chorro helado cayendo directo sobre sus párpados. Se tomó tiempo extra masajeando el champú en su cuero cabelludo, lavando cualquier rastro de la noche anterior de su cuerpo, deseando que también fuese así de sencillo lavar sus recuerdos.

La camisa de Blink 182 que Inuyasha le entregó le quedaba como un inmenso vestido por encima de las rodillas y el pantalón de pijama era tan ancho que tuvo que amarrar fuertemente el nudo en sus caderas para que no se deslizara fuera, pero prefería eso mil veces a volver a enfundarse en el conjunto del día anterior. Hizo todo lo posible por retirar el maquillaje restante de su rostro y, a pesar de ya haberse dado una ducha fría, se lavó una vez más los ojos con agua helada.

Kagome observó su reflejo por tercera vez, inconforme con la imagen que le devolvía la vista, pero sin poder hacer mucho más por mejorarla.

Salió del cuarto de baño para encontrar a Inuyasha sentado en las sillas de la cocina. Estaba deslizando los dedos distraído en su móvil antes de reparar en su presenciar y voltear a verla.

Inuyasha pensó en que nunca había visto a nadie que pudiese lucir bien con ropa tan holgada. Kagome era bonita, en todos los sentidos.

No era extravagante, no era la mujer más sexy, no era solo atractiva... Kagome era bonita.

La niña más bonita que había visto en su vida.

—¿Demasiado grande? —preguntó ella, refiriéndose a la ropa.

—Yo digo que te sienta bien —repitió las mismas palabras que ella le había dicho noches atrás al entregarle esa ridícula camisa verde chillón.

—¿Te estás vengando de mí?

—Puede ser —sonrió burlón.

Inuyasha de verdad había traído varias opciones para desayunar. La pequeña isla de la cocina estaba llena de cajas con waffles, panqueques, omelets y emparedados. También compró tres tipos de jugos diferentes y dos vasos grandes de café. El estómago de Kagome se sintió enfermo solo de ver la cantidad de comida frente a sus ojos una vez que tomó asiento junto a él.

—Woah...

—¿Demasiado?

—Algo...

—Lo siento, nunca he ordenado comida para otra persona.

—Puedo verlo —sonrió divertida—. Muchas gracias, se ve delicioso.

Desayunaron entre sonrisas y temas triviales. Inuyasha estaba más tranquilo ahora que había conseguido levantarle el ánimo a Kagome. El color había regresado a sus mejillas, y su semblante ya no lucía decaído como antes. Le costaba compararla con la chica que gritaba desesperada por ayuda, la que lloraba aterrada contra su pecho.

Algo le decía que, lo que sea que la hizo romperse de esa manera, no tenía nada que ver con la noche anterior.

—Mi madre debe estar preocupada...

—¿Por qué no la llamas?

—No tengo un móvil...

—¿Dónde lo has dejado?

Kagome negó. Él no la estaba entendiendo.

—Me refiero a que no tengo uno.

Sus cejas se elevaron al cielo en entendimiento y luego le parpadeó, confundido.

—¿No tienes... un móvil?

Kagome sabía que no era muy común que alguien de su edad, a estas alturas del siglo XXI, no llevase consigo un Smartphone a todos lados como si fuese una extensión de su brazo. Lo cierto es que su madre nunca le permitió tener uno, y ella tampoco le insistío. No podría costearlo sin renunciar a cosas que consideraba más relevantes: como libros.

—No, nunca he tenido uno.

Inuyasha se echó hacia atrás en su asiento.

—Woah... ¿Cómo te comunicas?

—En persona, hablando cara a cara...

—¿Qué si necesitas algo con urgencia?

—Tenemos teléfono fijo en casa. Siempre estoy allí, no soy una persona muy compleja.

Inuyasha sonrió, negando con la cabeza. —Todo lo contrario, eres lo más complejo que he conocido.

Kagome le frunció. —No tienes que burlarte.

—No lo hago —barrió los dedos por las ondas de su cabello sin dejar de sonreír—. Me deleitas, no eres tan común como pensaba.

Su comentario la hizo sonrojar, teniendo que apartar la vista a sus dedos para que él no lo notase. Inuyasha no parecía darse cuenta lo mucho que sus palabras le afectaban.

—¿Te sabes su número? —asintió—. Ten —le extendió su móvil—, usa el mío.

Ella le agradeció y tomó el aparato sin dudarlo. Por supuesto que no se esperaba que nadie en casa le contestara, sobretodo después de haber pasado la noche fuera. Le decepcionó lo mucho que su familia se estaba alejando de ella pero no los culpaba. Dejó un corto mensaje de voz dejándoles saber que estaba bien y colgó. Aprovechó también de enviarle un mensaje a Sango, solo en caso de que Inuyasha no lo hubiese hecho antes.

Se preguntaba si su amiga estaba al tanto de la ocurrido.

¿Cambiarían las cosas ahora?

—¿Todo en orden? —preguntó Inuyasha, recibiendo el móvil de vuelta.

—Nadie en casa.

—¿Quieres que te lleve?

—No, no... no lo sé —suspiró—. Aunque supongo que ir a casa sería lo mejor.

Realmente no quería irse. No quería llegar a una casa vacía a encerrarse a su habitación y dejar que los pensamientos la atormentasen hasta caer dormida. Pero tampoco podía esconderse con Inuyasha por el resto de su vida e ignorar los problemas como siempre lo hacía.

De la nada la mano de él tomó la suya, guiándola hacia la puerta principal.

—Espera —trató de detenerlo—. Espera, Inuyasha, debo recoger la cosas de Sango.

—Vendremos por ellas luego.

Tomó las llaves del auto y abrió la puerta.

—Pero... ¿A dónde vamos?

—No lo sé. —La miró sobre el hombro—. ¿Vienes?

Kagome lo siguió, cerrándo los dedos alrededor de su mano. Aún sin hablar, la respuesta era si.

Siempre sería si.