Capítulo 15. El día que la lastimó.
Kagome no recordaba la última vez que había visitado el mercado de la ciudad.
Inuyasha tampoco.
Dejaron el auto estacionado varias calles más abajo, considerando que si se estacionaban muy cerca del centro sería un infierno salir de allí al final de la tarde cuando toda la gente empezara a llegar de a montones como cada domingo. El mercado de Tokyo siempre era concurrido.
Kagome estaba tan entusiasmada que no le daba vergüenza que se le notara a leguas. Su niña interior daba saltitos de alegría de encontrarse caminando nuevamente por las calles que tanto visitaba con sus abuelos, su hermano y sus padres hacía tanto tiempo. Era una de los lugares más pintorescos de Tokyo, y a ella se le antojaba fascinante. No le tomó ni dos segundos aceptar en cuanto Inuyasha le propuso ir allí por un paseo.
Inuyasha solo estaba feliz de verla feliz. Ella sonreía y no paraba de señalar cada puesto, tienda y cosa que pasaban como si fuese lo más maravilloso que había visto en su vida. Sus ojos brillaban, habiendo dejado muy atrás el semblante decaído y gris con el que la encontró hace un par de horas. Le alegraba ayudarla a olvidar, aunque fuese solo por un rato.
—¿Muy floreado? —le preguntó ella, emergiendo del pequeño baño portátil.
Kagome alisó las arrugas de la tela con las manos y bajó el dobladillo del vestido, que se le hacía algo corto para su gusto, pero no se quejaba. No podía seguir caminando en la ropa de Inuyasha y había encontrado un bonito vestido de flores en una de las tiendas que afortunadamente era barato y de su talla. Cambiarse en un minúsculo baño portátil fue el verdadero desafío.
—No está mal —respondió él—. Si es que estás tratando de parecer la niña primavera...
La azabache le dio un empujón juguetón al llegar a su lado y él se lo devolvió. Kagome no creyó cansarse nunca de escuchar a Inuyasha reír.
—¿Qué quieres comer?
—¿Tienes hambre? Desayunamos hace poco —y fue un desayuno monumental. Habían pasado dos horas y Kagome aún estaba sintiéndose a reventar.
Inuyasha se palpó el estómago con aire tentativo al decir—: Podría comer algo.
—¿Qué se te antoja?
—No lo sé —la tomó de la mano, empezando a caminar—. Creo que vi tempura hace un momento.
Kagome lo siguió, un sonrojo permanente en sus mejillas. Trató de pensar en que entrelazaba sus manos para no perderla entre la multitud y no en lo mucho que se veían como una pareja para todo el que los veía pasar. Por algún tonto motivo, se preguntó si se verían bien juntos.
Lo miró disimuladamente por el rabillo del ojo. Ahora que lo conocía no le resultaba intimidante en lo absoluto, pero seguro que llamaba la atención con el semblante duro y las heridas aún visibles en su rostro. Lucían como polos opuestos: el chico alto, de piel tostada, heridas y ropa oscura junto a la chica pequeña, pálida y con un llamativo vestido primaveral.
Resistió las ganas de sonreír solo de imaginárselos.
Se detuvieron en uno de los puestos de comida. Kagome terminó comprándose un cono de helado de chocolate mientras veía a Inuyasha engullir cualquier cosa empanizada, frita y servida para llevar.
Caminaron por los que seguro fueron horas, haciéndose cada vez más difícil conforme las calles se tornaban concurridas. Kagome había comprado unos cuantos recuerdos que Inuyasha exclamaba eran figurines horrendos, mientras que él se detenía en todos los puestos de comida alegando que no se podía ir hasta probar todo. Cuando sus pies no pudieron más y el sol ya les quemaba la piel, decidieron tomar asiento en una de las plazas el tiempo suficiente para que la tarde refrescase antes de regresar al estacionamiento.
—¿Cómo me encontraste? —había soltado ella de la nada.
En un principio Inuyasha no entendió la pregunta. Después de verla a los ojos, no le costó mucho darse cuenta de que se refería a la noche anterior.
—Ayame me lo dijo... —técnicamente.
—¿Eso hizo? —sonaba incrédula, casi esperanzada.
¿Ayame se había arrepentido de lo que hizo? ¿Envió a alguien a ayudarla?
—Discutió con Kōga o algo así. Digamos que por eso me dijo donde estabas.
Él no iba a decirle la verdad. No podía decirle que, en pocas palabras, amenazó a la pelirroja para que escupiese la verdad. Tampoco le diría lo desesperado que estuvo por encontrarla.
—¿Te lastimó? —quiso saber él.
—No... —Bajó la vista. Estaba mintiendo e Inuyasha lo sabía—. Fue un malentendido.
—¿La estás defendiendo?
—No digo que estuvo bien, pero entiendo su reacción.
—Te encerró en un cuarto de limpieza —replicó él—. Tuviste una crisis nerviosa por su culpa.
No era su intención sonar cruel y, apesar de eso, no podía evitarlo.
¿Por qué no estaba molesta? ¿Por qué no odiaba a Ayame por lo que hizo? Esa sería la reacción de cualquier persona. Joder, incluso él estaba furioso con Ayame.
—Ella estaba celosa.
—Los celos no son excusa.
—No —lo miró—, pero pueden hacer que las personas actúen como algo que no son. El sentido de pertenencia está en nuestra naturaleza. No creo que quisiese dañarme, al menos no a propósito.
Inuyasha permaneció en silencio. Eso que ella dijo le había atravesado el estómago como una estaca. No tenía idea de como Kagome había conseguido describir sus peores errores como si fueran algo natural, como si tuvieran derecho a ser perdonados.
Estaba muy equivocada.
—Sabía que te haría daño. Ella solo decidió hacerlo de todas formas.
Y él lo sabía mejor que nadie, porque era exactamente lo que él hizo... lo que siempre hacía.
Se llevaba a cualquiera por el medio para satisfacer el monstruo que llevaba dentro.
Los huesos crugiendo bajo sus puños, la sangre manchándole la piel, los alaridos pidiendo clemencia. La rabia lo tenía cegado y cada golpe se sentía más placentero que el anterior. Podía detenerse, sí... simplemente no quiso hacerlo.
—Entonces está bien —la voz suave de Kagome lo sacó de sus recuerdos—. Si necesitaba herirme para estar en paz, entonces está bien. Puedo lidiar con eso.
Y sonrió.
E Inuyasha se quedó atónito.
Si no fuese porque era imposible, él habría jurado que ella hablaba como si hubiera escuchado sus pensamientos.
¿Cómo podía alguien como ella siquiera compartir su mismo aire?
Miró al frente, donde la gente pasaba sin cesar, temiendo seguir viéndola a los ojos y que ella se diese cuenta de quien era realmente. Era un completo hipócrita por señalar a Ayame cuando él era capaz de cosas peores. No paraba de preguntarse si la azabache pensaría igual si él le contaba sus pecados.
¿Volvería a verlo a los ojos de la misma manera? No, posiblemente no.
Se alejaría de él en un latido, eso era seguro.
—¿Inuyasha?
—¿Uhm?
—Te decía que será mejor que regrese a casa. Mi madre debe estar por llegar y no quiero preocuparla.
—Oh... seguro, vamos.
Regresaron a paso tranquilo hacia el estacionamiento. Les tomó más tiempo del que debería volver al auto, pero eso era secretamente porque ninguno de los dos tenía prisa porque el día llegase a su fin. Las calles hacia el templo Higurashi estaban despejadas y sin tráfico, pero Inuyasha de todas maneras prefirió manejar con calma, concentrándose más en escuchar a Kagome tararear cada canción en la radio.
—La ropa de Sango sigue en tu departamento —recordó Kagome una vez que el auto se detuvo frente a las escaleras del templo.
—Yo me encargo.
—Gracias... por todo, muchas gracias —le sonrió—. Me divertí mucho hoy.
—Yo también —le devolvió la sonrisa.
Y mientras dudaban en como despedirse, ambos se dieron cuenta de que realmente no querían hacerlo. Kagome pensaba en lo ridículo que era lo mucho que lo extrañaba cuando aún estaba frente a ella y sabía que también estaría ahí mañana en la escuela, pero no podía evitar echarlo de menos.
Los dedos de Inuyasha rozaron su mejilla al apartar un mechón de cabello suelto, pero esta vez su toque la hizo contener el aliento, despertando cientos de mariposas que revolotearon con fuerza en su estómago. Las sonrisas se borraron poco a poco, y fue allí que el aire se tornó diferente, al menos entre ellos. De pronto la distancia que los separaba era demasiado grande y la necesidad por acortarla era urgente.
El ambiente dentro del auto estaba lleno de una electricidad invisible, de un deseo mudo, de una ambición errónea y tan correcta al mismo tiempo; algo que solo ellos dos eran capaces de sentir. La mano de él acunó su mejilla, viajando hasta su nuca y atrayéndola más cerca. De un momento a otro sus rostros estaban a centímetros de distancia, la calidez de sus respiraciones entremezclándose. En el momento en que Kagome cerró los ojos y dejó escapar un jadeo, Inuyasha supo que perdería el autocontrol allí mismo.
Kagome estaba en una nube, una de la cual no quería bajar nunca más. Si esto era un sueño, le rezaba a todos los dioses que no la dejaran despertar. Los labios de Inuyasha apenas rozaron los suyos y aquello fue suficiente para que su corazón se saltase un latido.
Y luego su brazo buscó apoyo en el volante y un enorme estruendo los hizo pegar un brinco del susto, separándose de golpe. El momento se desmoronó tan rápido como llegó y Kagome no supo por qué estar más abochornada: por el casi beso o por haber presionado la bocina del coche por accidente.
Inuyasha no dejaba de mirarla, luciendo tan aturdido y desconcertado que Kagome juraba la vergüenza se la comería viva en ese instante. La tensión la ahogaba, la cara le quemaba y necesitaba salir de allí antes de morir por auto combustión.
—H-hasta mañana. —Las palabras le salieron apresuradas. Sus dedos torpes tardaron demasiado en agarrar la manilla del coche correctamente para salir disparada de allí.
Inuyasha no apartó la mirada, incluso cuando ya la hubo perdido de vista al tope de las escaleras.
La iba a besar.
Y todo el tiempo estuvo muy consciente de que se trataba de Kagome.
Mientras ponía el coche en marcha y dejaba el templo atrás, la culpa solo incrementaba. El arrepentimiento llegó tan pronto como consiguió pensar con la cabeza fría.
Se iba a ir al infierno.
No durmió en toda la noche y si seguía repitiendo esa escena en su mente posiblemente no volvería a dormir en lo que le quedaba de vida.
La cabeza no dejaba de darle vueltas y el estómago no paraba de hacerle cosquillas. Cada vez que cerraba los ojos, podía revivir la tibia respiración de Inuyasha sobre sus labios nublándole el juicio.
Era la primera vez que había querido besar a alguien... que ella había querido besar a alguien.
Pero, el resto de la semana, las cosas se fueron una vez más en picada.
Las notas en su casillero siguieron llegando en lunes por la mañana, incluso cuando Ayame no se había aparecido en la escuela ese día; eso le dejaba saber que los responsables de esas horribles palabras no tenían nada que ver con la pelirroja como ella sospechaba. Después estaba el asunto de Kōga quien intentó en varias oportunidades hablarle; afortunadamente, Kagome había sabido escurrirse lejos antes de que eso sucediese. Cuando se sentaban a almorzar ella fingía que no notaba como la intensa mirada de Kōga estaba sobre ella todo el tiempo. Ya no estaba molesta, pero tampoco estaba preparada para hablar con él.
Y después de todo eso, estaba Inuyasha. Quien solo había pasado por su lado y dicho un corto "hey" antes de seguir su camino como si nada.
Kagome estaba tratando de concentrarse en clases, pero se le hacía imposible. No dejaba de repasar el día anterior en su cabeza, queriendo encontrar dónde se había equivocado para hacer a Inuyasha cambiar su actitud de la noche a la mañana. Lo peor de todo era que, el único motivo que encontraba, había sido el momento más preciado para ella.
Ahora temía que ese fuera el motivo por el que la evitaba.
Para el viernes las cosas parecían haberse asentado sin poder darles marcha atrás: Ayame no la miraba, Kōga se dedicaba a ir al templo solo a cumplir con su trabajo e Inuyasha la ignoraba.
Entró al salón de clases charlando con Sango sobre una serie de televisión nueva que ambas comenzaban a ver. Fue cuando movió la vista hacia las mesas para encontrar un asiento vacío, que encontrarse con la imagen de Yara sobre el regazo de Inuyasha le dolió más de lo que pensaba. Ella barría los dedos cariñosamente por el cabello del ambarino, y él tenía una mano anclada a su cintura.
Un dolor agudo le atravesó el pecho a Kagome en lo que, frente a sus ojos, Inuyasha la acercó para dejarle un beso en los labios.
Quiso convencerse que no le afectaba. Consiguió despegar los pies del suelo para seguir a Sango, sentándose juntas y tratando de continuar con el hilo de la conversación.
La hora paso lento, demasiado lento. La azabache no dejaba de darle vistazos al reloj encima de la pizarra, siguiendo los movimientos de las agujas y deseando que se movieran más rápido.
—Voy a Inglés, ¿almorzamos juntas luego?
—Seguro. —Se las arregló para esbozar una sonrisa al responder.
Sango le lanzó un beso y se despidió. Su amiga no tenía idea de nada. Ella le dijo que le había pedido a Inuyasha llevarla a casa esa noche y eso era todo.
Kagome terminó de recoger sus cosas a toda prisa, moviéndose hasta el otro lado del aula para evitar pasar junto a la pareja en la primera fila.
—¡Kagome!
Todo su cuerpo se tensó en respuesta, pero eso no le impidió fingir que no había escuchado. Apretó el paso, sin detenerse en ningún momento.
«Que no me siga».
Pisadas sonaron tras ella.
«Por favor, que no me siga».
Kagome sintió que sus emociones se tambalearon cuando una mano grande se cerró en su muñeca, obligándola a parar. El nudo en la garganta empeoró al voltear a verlo y encontrarse con los mismos ojos dorados de siempre.
«No llores».
—Hola, Kag...
—Hola.
Agradeció a sus adentros que él soltara el agarré en su muñeca. Ella dio un paso atrás, poniendo la distancia que necesitaba entre ambos.
—¿Te encuentras bien?
«No».
—Si.
—No te había visto llegar a clases. —Se pasó los dedos por el cabello—. ¿Todo bien?
Asintió en respuesta. —¿Tú?
—Si... —dijo, rascándose la nuca en gesto nervioso—. Escucha, solo quería saber si estábamos bien.
—Lo estamos.
—De acuerdo. —Sus ojos vacilaron, hasta finalmente recaer en los de ella—. No quería que entendieras mal las cosas. Lo de hace unos días... no significó nada.
Kagome creyó que, de quedar parte enteras de su corazón, esas palabras seguro las habían hecho añicos. De alguna manera, se las arregló para componer una sonrisa.
—Lo sé, no te preocupes.
Necesitaba irse, irse ahora. Si él la continuaba mirando como lo hacía, seguro iba a desmoronarse allí mismo.
Él abrió los labios para decir algo más, algo que Kagome no quería escuchar, justo en el momento que la campana de la escuela resonó por los pasillos y la marea de estudiantes emergió de las aulas. Ella aprovechó el momento para escabullirse entre el río de adolescentes, lejos de su alcance.
Esta vez, él no la siguió.
Disculpen la demora, el trabajo me consume :(.
Espero lo disfruten mucho.
