Rose. Para que no se confundan: la primera parte de este capítulo ocurrió antes de que Inuyasha volviese a casa a desayunar con Kagome después de la fiesta. Eso quiere decir que compró la comida en el local en el que Ayame trabaja, desayunó con Kagome, y luego salieron a pasear en el centro. El resto es en tiempo real (así que podemos seguir odiando a Inuyasha por ser un idiota con Kagome de la segunda rayita divisora para abajo).


Capítulo 16. Guerra avisada...


—¿Inuyasha?

El miró arriba, dejando de hojear el menú que tenía sobre la mesa. Ayame se encontraba paraba a su lado, una mano en la cadera y la otra sosteniendo una pequeña libreta.

—¿Qué haces en mi trabajo?

Levantó el menú y respondió con cierta obviedad: —Desayuno.

Ayame le entornó los ojos, no disfrutando del sarcasmo para nada.

—¿Y has tenido que preguntar por mí?

—Escuché que eres una gran mesera.

—Muy gracioso. Escucha, estoy ocupada ahora.

—Prometo no quitarte mucho tiempo, entonces —dijo, señalando el asiento vacío frente a él.

Ayame le frunció, insegura de hacer lo que le pedía. Le dio un vistazo a las mesas vacías del local y, con un resoplido, arrastró la silla para sentarse. Cruzó las piernas y los brazos, poniéndose de inmediato a la defensiva.

—Si vienes por una disculpa, será mejor que lo vayas olvidando.

—No vine para persuadirte —dijo, reclinándose en su silla.

—¿Entonces?

—Curiosidad. Solo me preguntaba qué te llevó a hacer eso.

Ayame bufó.

—¿Vas a pretender que no los viste encima del otro? Estabas parado junto a mí en la cocina.

—¿Celos?

Ella soltó una exagerada carcajada.

—Por supuesto que no estoy celosa de ella. No hay nada en ella por lo cual sentirme insegura al respecto. Digo, ¡solo tienes que mirarla!

Inuyasha permaneció con una expresión apacible en el rostro. Trataba de no hacer notar que el comentario despectivo de parte de Ayame en realidad le había mosqueado.

La cuestión era que, en más de una ocasión, él sí había mirado a Kagome.

La miraba demasiado, en realidad.

—¿Qué te ha hecho Kagome de todas maneras? Kōga la buscó en primer lugar.

—No lo sé. Su sola actitud me saca de quicio. —Chasqueó la lengua con obstinación—. ¿Cuál es el gran alboroto? Boo-hoo, la niña muda no soporta una amenaza y un par de horas encerrada. Por Dios. Dile de mi parte que crezca un poco.

Inuyasha apretó la mandíbula.

—Eso no es todo lo que hiciste...

No solo la había encerrado en un jodido armario: la había encerrado durante una tormenta eléctrica. Gracias a eso, Kagome había entrado en una crisis nerviosa.

Él no había dormido nada desde el día anterior. Se pasó la noche en vela con Kagome dormida contra su pecho, cuidando de ella. Inuyasha juraba que aún podía escuchar los desgarradores gritos de la azabache durante la madrugada. Si cerraba los ojos, aún podía verla con aquella expresión horrorizada y agónica.

—De acuerdo, admito que golpearla aquella vez estuvo fuera de los límites, pero no esperaba que solo se quedase parada allí. Ni siquiera intentó detenerme o defenderse.

Las manos de Inuyasha, que estaban sobre la mesa, se crisparon contra la madera.

¿Qué?

—¿La golpeaste?

Ayame lo miró, alzando una ceja.

—¿No lo sabías?

Por la expresión en el rostro de Inuyasha, supo enseguida que la respuesta era no. Eso la tomó por sorpresa.

¿Por qué Kagome no le había dicho a nadie de aquella vez?

Ayame incluso se sintió algo culpable después de eso, y fue mucho peor al darse cuenta de cómo la azabache pasó toda esa semana cubriéndose la mitad del rostro para disimular el golpe. Se había pasado de la raya, lo sabía, y no tenía intenciones de volver a hacer algo como eso.

—Vuelve a tocarla, y vas a pagarlo.

Volvió a ver a Inuyasha a los ojos.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

Ayame buscó indicios de broma en la mirada de su amigo, sin encontrar nada. Soltó una risita nerviosa, esperando que él riese también y le dijera que estaba jugando con ella, pero de nuevo eso no sucedió.

—¿Hablas en serio? —La ligera sonrisa en sus labios vaciló.

Inuyasha apoyó los brazos de la mesa lo suficiente para inclinarse un poco más cerca de ella. Su mirada, fría y oscura, no se apartó de los ojos verdes de la pelirroja en ningún momento. Ayame no pudo sonreír más, de pronto sintiéndose insegura y nerviosa.

—No tienes que escucharme, pero te lo diré de todas formas: si le haces daño... voy a matarte.

La calma con la que habló le heló hasta los huesos.

—¿E-estás bromeando conmigo?

—No lo sé. No me molestaría averiguarlo.

—Corta los juegos, Inuyasha, no es gracioso. Tú no serías capaz de...

—Ya lo hice una vez... ¿Qué diferencia haría otra persona? —siguió hablando indiferente—. Sabes, dicen que se hace más sencillo con la práctica.

Un aterrador escalofrío la recorrió de pies a cabeza. De haber querido responderle el nudo que le apretaba la garganta seguro se lo hubiese impedido.

—Aquí está su orden —otra de las meseras se acercó, extendiéndole las bolsas a Inuyasha—. ¿Algo más en lo que pueda servirle?

Inuyasha dejó el dinero sin contarlo sobre la mesa. Tomó las bolsas que le entregaba la chica y, sin reparar más en la pelirroja, salió del local.

—Que maleducado —se quejó la mesera, ajena a lo que acababa de suceder—. Ayame, ¿qué haces sentada? Muévete, necesitan ayuda en la cocina.

No fue hasta entonces que la pelirroja salió de su estado de estupefacción. Se levantó de un tirón, sintiendo que las extremidades le fallarían cualquier segundo. Avanzó a grandes zancadas hasta salir del local justo antes de que él se subiese al auto.

—¿¡Por qué es ella tan importante!? —le gritó, sin importarle estar llamando la atención—. ¿Por qué me amenazas por defenderla? ¡Estuviste conmigo antes que con ella!

Inuyasha la miró por un segundo para luego regresar la vista hacia la avenida. Ni siquiera él tenía una respuesta clara. Ni siquiera él sabía el momento exacto en que Kagome se le había colado bajo la piel; el momento en que verla sonreír era todo lo que le importaba.

Lo único de lo que estaba seguro es que ahora no había marcha atrás.

—No lo sé —admitió—. Supongo que porque se lo prometí.

Ayame se quedó petrificada en la acera, viéndolo entrar al coche y perderse entre el tráfico.

«Si le haces daño... voy a matarte».


Kagome había decidido ir por una caminata ese viernes después de la escuela, esperando conseguir despejarse un poco. El aire fresco y la música siempre la hacían sentirse mejor.

No funcionó.

Aún no se sacaba la imagen de Inuyasha con los labios sobre Yara hacía solo unas horas. Aún lo escuchaba diciéndole que el día más feliz que había tenido en años, no había significado nada.

¿Tenía derecho a sentirse herida? Por supuesto que no; a fin de cuentas, ella era la única culpable por haberse hecho ilusiones donde no las había.

¿Desde cuando había comenzado a sentirse diferente? ¿A verlo a él diferente?

Ni siquiera ella lo sabía.

Para cuando llegó al templo el sol estaba ya ocultándose en el horizonte. Subió las escaleras como todos los días, deseando encontrar la casa vacía. Cuando alcanzó el tope de las gradas y se encontró con la imagen de Kōga conversando con el abuelo, solo pudo quedarse parada en su lugar tratando de decidir si pasarles por al lado como si nada o correr de vuelta a la calle.

Estaba inclinándose por la segunda opción al momento que Kōga le dio un apretón de manos al abuelo. Kagome captó como, después de un par de palabras, le entregó un juego de llaves. Luego el abuelo le dijo algo más, con una sonrisa algo desanimada, y ambos se despidieron haciendo una reverencia.

¿Qué sucedía? ¿De qué se había perdido?

Fue tarde para huir en el momento que Kōga se giró hacia las escaleras y la encontró parada allí. Sus miradas se cruzaron y, por varios segundos, ninguno de los dos hizo nada por romper contacto visual. Kagome tragó duro en lo que él comenzó a avanzar en su dirección, sabiendo que estaba completamente atrapada.

El corazón le latía más fuerte con cada paso que Kōga daba. No había escapatoria esta vez y ella aún no estaba preparada para hablarle. No podía lidiar con dos conversaciones terribles en un solo día.

Pero él no se detuvo.

Le dedicó una pequeño sonrisa y luego pasó por su lado como si nada.

Kagome se quedó de piedra, la confusión y el alivio llenándola en partes iguales mientras escuchaba los pasos de Kōga alejarse a sus espaldas y luego bajar los peldaños. Ella se giró, recorriendo la poca distancia que la separaba del borde de las gradas, solo para alcanzar a ver la moto de Kōga alejarse por la avenida hasta que le perdió de vista.

—Es un buen muchacho —comentó el abuelo. Soltó un suspiro derrotado al llegar a su lado—. Qué pena que haya renunciado.


Sango tenía la ligera sensación de que se estaba perdiendo de algo.

Quiso atribuírselo a que ellos no eran el grupo más homogéneo de personas. Sus amigos eran un puñado de idiotas con personalidades abismalmente diferentes que, por alguna razón, habían decidido llevarse bien. Discutían por estupideces la mayor parte del tiempo y en pocas oportunidades se ponían de acuerdo, pero nada que no pudiese solucionarse.

Y, que ella recordarse, no habían discutido por nada últimamente.

Entonces, ¿que estaba mal?

Apenas hablaban desde la semana pasada. Durante el almuerzo todos evitaban sentarse juntos y hacían lo mismo en las pocas clases que compartían. Ninguno respondía cuando les preguntaba y, con sinceridad, ya se estaba cansando de aquello.

Ahora que había conseguido juntarlos a todos para almorzar como solían hacerlo siempre, la tensión en el ambiente era tan densa que juraba podía agarrarla con las manos si así lo deseaba. Miroku y ella eran los únicos llenando el silencio con temas triviales y ya había llegado el punto en que no tenían nada más para decir.

—De acuerdo, ha sido suficiente —irrumpió Sango, golpeando el puño sobre la mesa. Estaba harta—. ¿Se puede saber qué pasa con ustedes?

—Sanguito...

—No, esto es ridículo. —Se sacudió la mano de Miroku fuera del hombro y señaló al resto del grupo—. Ustedes tres han estado actuando extraño desde el pasado fin de semana. Quiero saber que pasa y quiero saberlo ahora.

—Tienes razón —Inuyasha fue el primero en hablar—. Ayame, ¿por qué no nos explicas qué sucede?

—Corta el rollo, Inuyasha —intervino Kōga.

—No, no —siguió presionando, inmediatamente recibiendo dagas con la mirada de parte de la pelirroja—. De verdad nos interesa saber. ¿Cierto, Sango?

Sango alternó la vista entre los tres, más confundida que antes.

—Pero... ¿de qué demonios hablan?

—No es nada —se apresuró en responder Ayame.

—Por supuesto que es algo.

—Yo creo que no es el momento...

—Es el momento, Miroku —le cortó Sango, regresando la atención al resto con aire preocupado—. Todos somos amigos y podemos resolver las cosas juntos.

—Si, Ayame, somos amigos —secundó Inuyasha con tono irónico—. ¿Por qué no nos explicas el motivo por el que le cruzaste el rostro a Kagome?

Ninguno se esperaba eso.

¿Qué?

—O mejor aún: la vez que la encerraste porque el sarnoso de Kōga no sabe cuándo quitarse de encima.

—Cierra la boca ya, bestia.

—¿La vas a defender? —escupió en su dirección—. Porque esto también ha sido tu maldita culpa.

—¿Mi culpa?

—Si la hubieras dejado en paz desde un principio...

—¿Dejarla en paz? —soltó una risa carente de humor—. Por favor, hablas como si la hubiese obligado a algo. Lamento informarte que Kagome salía conmigo mucho antes de que metieras tus jodidas narices.

—Debe ser por eso que corrió hacia mí la primera oportunidad en la que pusiste tus manos en ella.

—Chicos, ha sido suficiente...

Kōga apoyó las manos de la mesa, levantándose.

—Al menos pongo mis manos en ella sin estar pensando en otra jodida persona.

Inuyasha hizo lo mismo.

—Cierra la puta boca.

—Deja de hacerte el héroe con ella, ¿o es que acaso le has dicho la verdad?

—Kōga, Inuyasha, paren ya.

—Por supuesto que no lo has hecho —respondió por él—. No vengas ahora con tu falsa moral de mierda cuando solo te la quieres follar porque es idéntica a Kikyō.

Luego de eso, todo pasó demasiado rápido.

Para el momento en que Sango volvió a abrir los ojos, Kōga ya estaba en el suelo con Inuyasha encima.


Kagome avanzaba a paso lento por los pasillos, de camino hacia la biblioteca.

Estar atrasada en los deberes no era normal en ella. Estaba acostumbrada a ser organizada y responsable. Le generaba mucha ansiedad la cantidad desmesurada de tarea que se le había acumulado esa semana. Tuvo que rogar por tiempo extra para entregar el proyecto de Literatura y apenas respondió el examen de Ciencias porque ni siquiera recordaba que tenía que estudiar para una prueba.

Ella era bastante dura consigo misma en cuanto a las calificaciones. Jamás se permitiría fallar una materia así que, hoy, se pasaría la hora del almuerzo estudiando y poniéndose al día.

Por otra parte, también esperaba encontrar en los libros de texto algo más en lo que pensar…

Fue a solo unos pasos de alcanzar la biblioteca, que casi es arrastrada por un par de chicas corriendo en dirección opuesta.

—¡Espérame, Nami!

—¡Nos lo vamos a perder!

—¿Pero con quién pelea Kōga?

—¡Con Inuyasha!

Kagome se detuvo en seco, sus manos puestas sobre la puerta.

Volteó a ver por donde ellas se habían ido. Ya estaban bajando las escaleras en dirección a la cafetería.

Y, antes de darse cuenta, ella hacía lo mismo.


Todos los estudiantes se aglomeraron hasta formar un círculo en medio de la cafetería, rodeándolos como si se tratase de un espectáculo callejero. Los gritos y vítores empezaron, seguidos de los flashes de los móviles al estar grabando o sacando fotografías.

Kōga aprovechó un descuido de parte de Inuyasha para asestarle un puño directo en el pómulo, haciéndolo trastabillar hacia atrás. El ambarino recobró el equilibrio de inmediato, tomando impulso y embistiéndolo hasta aterrizar sobre una de las mesas que colapsó bajo el peso de ambos. Seguidamente y sin previo aviso, Inuyasha tiró de la camisa de Kōga para inmovilizarlo y le atestó un golpe directo en el rostro, y luego otro. Entre los escombros y el peso de Inuyasha, Kōga apenas pudo utilizar sus brazos para amortiguar el resto de los golpes.

Inuyasha sintió las manos de alguien tratar de apartarlo cuando asestó el tercer puñetazo, pero para entonces estaba demasiado cegado por la ira como para detenerse, así que se le hizo sencillo empujar a cualquiera que buscase detenerlo. La adrenalina le corría por las venas y alimentaba al monstruo viviendo en su interior, ese que lo hacía perder el control. Lo único de lo que era consciente era del ardor en las heridas abiertas de sus nudillos y de la sangre punzándole tras los oídos, amortiguando el bullicio, haciéndolo poco consciente de algo más que la necesidad por descargar la furia desmedida que le quemaba las entrañas.

Hasta que levantó el rostro.

Y la vio allí, llorando, con Miroku impidiéndole el paso.

En lo que sus miradas se cruzaron, fue arrastrado de vuelta a la realidad.

El ruido regresó a sus oídos de golpe, aturdiéndolo, y luego todo pasó en cámara rápida. De un momento a otro la seguridad de la escuela ya estaba sobre ellos, separándolos y sosteniéndole los brazos tras la espalda en un ángulo doloroso. El director entró al recinto poco después, demandando explicaciones y un montón de cosas más que Inuyasha realmente no escuchó.

No podía hacer más que ver a Kagome, aún abrazada a Miroku.

El terror que encontró en sus ojos azules dolió más que cualquier puñetazo en la cara.


—¿Va a estar bien?

—Serán solo unas puntadas, nada más —la enfermera le dio una sonrisa cálida para despreocuparla—. Se pondrá bien, nada de qué alarmarse.

—Te dije que estoy bien.

Kagome se cruzó de brazos, mirándolo con reproche.

—No luces bien…

—Ouch. —Se llevó una mano al pecho, fingiendo que le enterraban una daga—. Gracias por eso.

—Sabes a lo que me refiero…

Tenía toda la cara tan hinchada que empezaba a amoratarse. Los golpes de Inuyasha le habían hecho un corte en el puente de la nariz y reventado el labio inferior. Hasta ahpra los morados visibles eran leves, pero Kagome sabía por experiencia que se pondría peor en cuestión horas.

—Cambia esa cara —pidió, aún sentado sobre la camilla—. No es que tenga una contusión ni nada, ha sido solo una pelea.

—Lo haces sonar común.

Se encogió de hombros en gesto despreocupado.

—Lo es —medio sonrió—. Al menos conseguí que volvieras a hablarme.

Kagome se removió y farfulló incómoda—: No he dejado de hablarte…

—Estabas evitándome.

—¿Por eso renunciaste? —lo miró a los ojos—. ¿Por qué peleaste con Inuyasha?

—Todo listo —irrumpió la enfermera, arrastrando una bandeja con suministros hacia la camilla—. El joven Kōga estará conmigo por un rato. ¿Deseas esperarlo afuera o irás a tu próxima clase?

—Oh…

Kagome volteó a verle, dudosa, aun esperando por una respuesta.

—Ve a clases. Hablamos luego —le prometió Kōga.

Aceptó con un asentimiento y salió de la enfermería. Una vez que estuvo fuera cerró la puerta a sus espaldas, quedándose parada en medio del desierto pasillo.

Con sinceridad, ya no tenía ánimos de regresar a clases.

Inuyasha seguía en oficina del director… ni siquiera le habían dado la oportunidad de chequearse las heridas antes.

Quizá porque no estaba herido…

Kagome cerró los ojos, tratando de sacudirse la imagen de Inuyasha golpeando brutalmente a Kōga fuera de la cabeza.

Había permanecido con Kōga en la enfermería porque Sango estaba con ella; mientras tanto, Miroku hacía de testigo de Inuyasha en la oficina del director. Luego de que su amiga se retirase a clases ella se quedó unos minutos más hablando con la enfermera porque, a pesar de todo, Kōga era su amigo y le importaba su bienestar.

Apoyó la espalda de la pared al lado de la enfermería, sin estar muy segura de qué hacer. Estaba preocupada. Una parte de ella se moría de ganas por asegurarse de que Inuyasha estaba bien, mientras la otra tenía miedo de que él la rechazara como hace unos días.

«Quizá y Yara ya está con él».

Dejó caer la cabeza entre los hombros, apartándose el cabello con las manos.

¿Qué debía hacer?

—Kagome.

Abrió los ojos y subió el rostro, encontrándo a Ayame a solo unos pasos de distancia. Por instinto, se enderezó y retrocedió.

—Lo siento, ya me iba…

—No, espera —la detuvo, dando un paso al frente al mismo tiempo que la azabache daba otro atrás—. ¿Podemos hablar?

Kagome la miró con cierto temor y desconfianza.

—No creo que sea una buena idea.

—Podemos ir a un lugar más público —ofreció—. Sé que tienes todas las razones para odiarme… solo serán unos minutos.

Kagome lo dudó. No encontraba nada más que sinceridad en los ojos de Ayame, pero se recordó que tampoco había notado nada extraño la última vez. Mentiría si dijese que no estaba asustada de que le hiciera algo peor.

—¿Por favor?

Se mordió el labio inferior. Respiró profundo y, con un suspiro, asintió.


—Actué como una perra celosa… y por eso te pido disculpas.

—¿Lo dices en serio?

Ayame asintió, apartando la vista hacia el campo de entrenamiento de la escuela.

—Nunca me había sentido… amenazada. He estado enamorada de Kōga desde que tengo memoria y creí que teníamos algo especial, ¿sabes? —Una sonrisa triste surcó sus labios—. Supongo que para los chicos eres especial hasta que te llevan a la cama.

Kagome no respondió, enfocándose en los del equipo de voleibol jugando a unos metros de distancia.

—No debí pagarla contigo. Si con alguien debí enfurecerme ese es Kōga.

—Si de algo sirve: Kōga y yo solo hemos sido amigos.

—¿De verdad? —volteó a verla, enarcando una ceja—. ¿Ni un beso? —Kagome negó—. Woah…

—Somos amigos. No me siento de esa forma hacia él… y tampoco creo que él sienta eso hacia mí.

—Pasaban todo el tiempo juntos.

—Eso es porque trabaja… trabajaba —se corrigió— en el templo donde vivo.

—Oh…

—Kōga es el primer amigo que he tenido desde que me mudé a Tokyo. —Esbozó una pequeña sonrisa, una que a Ayame se le antojó triste—. Es la primera persona en la que he confiado desde hace un tiempo y le tengo bastante aprecio. No estaría hablando ahora contigo de no ser por él.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

Kagome se abrazó de las rodillas al pecho.

—Nunca me diste la oportunidad.

Ayame hizo una mueca.

—De verdad lo siento...

—No te preocupes. Está todo olvidado.

—¿Amigas de nuevo? —propuso, ofreciéndole un apretón de manos.

Kagome correspondió el gesto, una sonrisa sincera en sus labios al aceptar—: Amigas de nuevo.

—Bien. —Ayame le devolvió la sonrisa y se puso de pie, sacudiéndose la falda del uniforme con las manos—. Debo ir a chequear que Kōga esté bien. ¿Nos encontramos luego?

—Seguro.

Kagome permaneció sentada, viéndola comenzar a descender las gradas de regreso al edificio principal. No había bajado tres escalones cuando se detuvo, volteando hacia ella una vez más.

—Y Kag —llamó—.Cuidate mucho, ¿de acuerdo?

Kagome inclinó la cabeza hacia un lado, sin entenderle.

—¿De qué?

—De Inuyasha.


Se los juro... trabajar es horrible.

Lamento muchísimo el retraso, les prometo que trataré de ponerme a escribir durante el fin de semana.

Les adoro inmenso, gracias por la paciencia .