Rose. Por algún motivo la última parte del capítulo no se guardó cuando lo publiqué :(. Si ya leíste este capítulo, solo lee esa pequeña parte al final, todo lo demás sigue igual :)
Capítulo 17. Sin palabras.
—Dame las llaves.
—No vas a conducir mi auto.
—Te juro por Dios que si no me das las jodidas llaves...
—¿Qué? —Inuyasha se cruzó de brazos con aire retador—. ¿Vas a golpearme?
Miroku apretó más fuerte los dedos alrededor de la bolsa de hielos que llevaba presionada contra un lado de la cara. Se preguntaba por qué demonios seguía siendo amigo de tal idiota, y pedía a Dios paciencia porque sabía que seguiría siendo su amigo por muy idiota que fuera.
Por la manera furibunda en la que Miroku estaba sosteniéndole la mirada, Inuyasha terminó pasándole las llaves del Challenger con un bufido obstinado. Él no solía doblegarse ante amenazas, pero fue a Miroku a quien le metió un codazo en el rostro cuando intentó separarlo de Kōga y se sentía un tanto culpable por como ahora se le estaba amoratando el ojo.
En su defensa, Miroku no debió meterse en primer lugar, así que era su culpa.
Le dio la vuelta al auto y se desplomó con desgano en el asiento del copiloto. Miroku hizo lo mismo de lado del piloto, solo que se preocupó en ponerse el cinturón y ajustar el asiento. Una punzada de ira atravesó a Inuyasha cuando su amigo empezó a mover los espejos retrovisores, pero se mordió la lengua para no quejarse porque no tenía ánimos de amoratarle el otro ojo.
Arrancaron en silencio y se mantuvieron así la mitad del trayecto. Miroku seguía enfurecido, y además se le hacía complicado cambiar el auto de marcha y mantener la bolsa de hielo pegada a la cara, pero no iba a admitir que quizás debió haber dejado conducir a Inuyasha. Solo se estaba asegurando de que el idiota llegase a casa porque, colérico como estaba, seguro se le ocurría hacer otra estupidez.
—No te entiendo —rompió el silencio—. ¿Que coño ganabas con lo que hiciste?
Inuyasha no respondió, solo siguió con la vista fija en la carretera, y eso sacó más a Miroku de sus casillas.
—Kōga tiene razón —escupió, harto con su actitud.
—¿En qué?
—En que solo haces esto porque Kagome te recuerda a Kikyou.
Los dedos de Inuyasha se hicieron puño en sus rodillas.
—No es por eso.
—¿Entonces qué? —quiso saber—. Porque te juro que no lo entiendo.
—No lo sé...
—Me dijiste que te alejarías —le reclamó, como si él ya no lo supiese—. Empezaste a salir de nuevo con Yara solo para lastimar a Kagome y que se alejara de ti y ahora estás moliendo a golpes al primero que te habla de ella.
—Estaba defendiéndola.
—¿De quién? ¿De Kōga? —preguntó con ironía al detenerse en una luz roja, volteando a verle, con la esperanza de recibir por lo menos una sola respuesta sincera—. ¿Y por qué cojones te importa?
Era la segunda persona que le hacía esa pregunta a Inuyasha.
Era la segunda vez que no sabía la respuesta.
O quizá si la sabía, pero le daba miedo decirla en voz alta.
Bajó la vista a sus manos, desenroscando los puños que no supo en que momento había formado. La sangre ya estaba seca en la piel magullada de sus nudillos, y le quemó el estómago darse cuenta de que en parte esa sangre le pertenecía a Kōga, aunque no se comparaba al placer de haberle cerrado la boca.
No se arrepentía. Si hubiese dicho al más sobre Kagome, le habría roto un par de huesos con gusto.
Estaba hundiéndose. Estaba cayendo de nuevo en ese círculo vicioso del que tanto le costó salir pero, cuando a Kagome se refería, simplemente no podía contenerse.
—¿Te gusta, cierto? —preguntó Miroku, tomándolo por sorpresa.
—No lo sé —repitió, porque era la única respuesta concreta que tenía. El no saber como se sentía era lo único que realmente sabía—. No es físico, no me atrae más de lo que otra chica podría atraerme.
La cosa era que nada lo hacía sentir más miserable que verla llorar, y nada lo hacía más feliz que verla sonreír.
No se sentía así con ninguna otra persona. Ni siquiera con Kikyou había tenido esa urgencia por protegerla. Ella no era frágil, más bien era malcriada. Sus lágrimas solían ser por berrinches, pero Kikyou siempre fue fuerte de carácter, no necesitaba a nadie que la defendiese. Su relación con ella estuvo basada en celos y lujuria, en una intensidad asfixiante y una obsesión enfermiza.
No era así con Kagome. Con ella se sentía tranquilo, en paz, sin presiones ni inseguridades. Era respirar aire fresco. Era como si nada pudiese ser demasiado malo si ella estaba allí.
—Si de verdad te importa, deja de complicar tanto las cosas —habló Miroku una vez que puso el auto en marcha—. Habla con ella, dile la verdad, en lugar de jodernos a todos la cara.
—¡Feh! No estoy complicando nada. Y tú metiste la cara donde nadie te llamaba.
Miroku suspiró, negando con la cabeza.
Su amigo de verdad era un idiota.
Kagome esperó sentada en las gradas del campo de entrenamiento después de clases. El profesor del último período no había asistido y todos los de su curso ya se habían ido a casa, pero ella sabía que Kōga estaría corriendo en la pista porque el torneo de atletismo se llevaría a cabo en menos de un mes.
Lo había visto entrenar un par de veces, pero debía admitir que no dejaba de sorprenderla. Era rápido, posiblemente el corredor más rápido de la escuela. Aún no comprendía como los padres de Kōga querían obligarlo a dejar el atletismo de lado para sumergirse en el mundo de los negocios, cuando tenían un hijo con el talento suficiente para llegar a las olimpiadas.
Presionar sus propias expectativas en un hijo no era correcto. Kagome se sintió mal porque ella había vivido aquello en carne propia. Entendía la presión de hacer algo solo por ver una sonrisa orgullosa en los labios de sus padres.
Ya llevaba unos veinte minutos sentada cuando Kōga finalmente la divisó desde la pista. Ella le devolvió una ondeada de mano. Kōga terminó la última vuelta para luego saltar ágilmente la barandilla que dividía la cancha de las gradas y subir los escalones hasta desplomarse al lado de ella. Respiraba fuerte y estaba sudado, por lo que Kagome le extendió su botella de agua.
Se la bebió toda de un trago antes de exhalar un exhausto—: Gracias.
—No hay de qué.
—¿Cómo has estado?
—Bien, aunque soy yo la que debería preguntar eso.
Habían pasado solo tres días desde la pelea con Inuyasha. Afortunadamente Kōga sabía bloquear puñetazos, porque no había terminado con la nariz rota ni nada. Tenía una sombra rojiza bajo los ojos, la zona del tabique algo inflamada y un corte ya sanándose en el labio, uno que otro moretón por allí y ya estaba libre de suturas. Kagome estaba aliviada de que no hubiese sido tan terrible como esperaba.
Habían expulsado a Inuyasha esos tres días, y escuchó por Miroku que tendría detención por una semana más cuando volviese a la escuela. También esperaba que el ambarino estuviese bien, que no estuviese mal herido.
Quería verlo, pero ya no se sentía muy bienvenida de acercarse a su departamento.
—Estoy más que bien.
—Me alegro que sea así.
—No creerás que iba a dejarme vencer por ese chucho.
—¿Era necesario? —volteó a verle el perfil—. ¿Era necesario que pelearan?
—Inuyasha estaba siendo un dolor de culo.
Kagome bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre la falda escolar.
—Fue mi culpa, ¿no es así?
Esta vez fue Kōga quien volteó a verla.
—¿Por qué piensas eso?
—Es difícil no hacerlo cuando toda la escuela habla sobre eso.
—Ouh... ¿me creerías si te digo que están mintiendo? —ella negó y Kōga torció el gesto—. Lo lamento.
Kagome suspiró. Si antes los rumores la agobiaban, después de lo que sucedió en la cafetería se habían vuelto incluso más insoportables. Todos en la escuela tenían su propia versión de la historia y habían interpretado la acalorada discusión de Inuyasha y Kōga a su conveniencia.
La historia que más se corría por los pasillos era, por supuesto, que Kagome Higurashi había roto su amistad al acostarse con ambos.
—Kag, de verdad lo lamento —repitió tras notar el semblante ausente de la azabache—. Lo que dije estuvo fuera de lugar. Estaba desquitándome y dije cosas sobre ti sin pensarlo.
—Está bien...
—No, no lo está —insistió, dejando caer su mano sobre las de ella—. Lo que hice en la fiesta tampoco lo estuvo. El no darme cuenta de que Ayame estaba celosa de ti también fue mi responsabilidad. Estaba tan enfadado por tu rechazo y luego de que empezaras a salir con Inuyasha yo...
—No estoy saliendo con Inuyasha —lo corrigió en seguida, sonrojándose.
—¿No? —él la miró con sospecha—. Juraría que sí.
—Por supuesto que no. Somos amigos... creo.
—Inuyasha no es amigo de ninguna chica a excepción de Sango.
—Entonces... —bajó la vista nuevamente—. Supongo que no somos nada.
—Pero sientes algo por él, ¿cierto?
No era una pregunta, era una afirmación esperando por ser negada.
—Si así fuese no tiene importancia. —Esa no era una respuesta, pensó Kōga. Tampoco le pasó por alto como la sonrisa que ella esbozó no alcanzó a iluminar su mirada—. No soy su tipo, de todas maneras.
La observó sin decir nada por unos segundos. Analizaba la desazón en sus palabras al pronunciarlas, la forma en la que evitaba mirarlo y la ligera tensión en sus manos blancas.
Esta vez fue su turno de sonreír, pero fue una sonrisa amarga. Era de esas veces en las que sonreías con la impotencia de saber que habías perdido y no había nada que pudieses hacer al respecto.
—Nena —pasó un brazo sobre sus hombros para acercarla—, eres el tipo de cualquiera.
Kagome aceptó inclinarse hacia él, recostándo la cabeza de su hombro y dejando escapar un largo suspiro. Kōga le acarició con suavidad los nudillos con el pulgar, y se permitió absorber ese pequeño momento porque era lo más cerca que conseguiría estar de ella.
Se preguntó, derrotado, en qué momento Inuyasha se había robado el corazón de Kagome.
—¿Kōga?
—¿Uhm?
—¿Puedes regresar a trabajar en el templo?
—¿Me echas de menos?
—No... —mintió—. El abuelo te echa de menos.
Kōga sonrió, dándole un ligero empujón con el hombro.
—También te extraño, Kag.
Hacía un tiempo que Kagome no tocaba el piano.
Tocar el piano era algo que ella y su padre tenían en común; con sinceridad, era lo único que tenían en común.
Su padre era un hombre de pocas palabras y cortas muestras de afecto. Kagome había aprendido que, si quería llamar la atención de papá, debía interesarse en lo mismo que él. Las memorias familiares más bonitas que tenía eran de su padre tocando el piano junto a su madre cantando, así que decidió que aprendería a tocar para ver siempre a sus padres así de felices.
Siendo una niña, no esperaba que las lecciones de piano fuesen tan estrictas y poco divertidas. Mover los dedos sobre las teclas no era tan fácil como ella creía y su padre era bastante exigente. Kagome no estaba interesada ni en la mitad de los nombres de las notas, ni mucho menos en aprender a leer partituras. Lo único que la motivaba era que, cada domingo por la tarde, papá llegaría del trabajo y le dedicaría dos horas completas, reservadas exclusivamente para ella. El piano se convirtió en su vínculo. Le gustaba escuchar a su padre hablar con fascinación sobre música, y estaba contenta de que al menos le prestase atención.
Esa felicidad duró poco, por supuesto.
A los diez años no entendía por qué su padre ya no dormía en casa. Que fallara a los ensayos de los domingos la decepcionó en un principio, pero luego solo se acostumbró a que él jamás estaba. El rencor empezó a abrirse paso en su infantil corazón y, poco después de que se enterase del divorcio, toda aquella rabia se tradujo a un odio desmedido hacia el instrumento que alguna vez fue el único vínculo entre ella y su padre.
Así que se mudaron, y dejó el piano atrás junto con papá.
Que las escuelas contasen con una banda no era de mucha ayuda. Al inscribirla en su antiguo instituto lo primero que hizo su madre fue recomendarla con el profesor de música y, prácticamente, obligaba a Kagome a asistir a los ensayos. Kagome lo odiaba, y odió a su madre por forzarla a hacer algo que le traía tanto dolor y nostalgia.
Decían que tenía talento. La vinculaban con un futuro brillante en la música clásica. Nombres como Juilliard resonaban en las conversaciones entre su madre y profesor constantemente. Kagome solo aceptaba seguir la corriente porque parecía ser una de las pocas cosas que hacían a su madre feliz en esos días, y nunca la había escuchado hablar con tanto orgullo sobre ella como cuando se refería a su don en el piano. Poner su felicidad después de la de los demás era lo que Kagome siempre hacía.
Luego el incidente había comenzado. Después de la tortura con la que tuvo que vivir por casi dos años, ya no tenía voluntad de hacer nada más que encerrarse en si misma. Souta era lo único que la mantenía a flote, lo único que la hacía seguir adelante cuando quería dejar de estar viva.
También lo perdió a él.
Al ser transferida de escuela solo deseó ser nada, ser nadie. No más amigos, no más piano, no más Kagome. Si Souta no vivía, ella tampoco lo haría.
Desde que perdió a Souta, no volvió a tocar para nadie. A veces se escabullía al salón de música, como ahora, pero siempre se aseguraba de estar sola.
Pasó las manos por las teclas con delicadeza. Estaban gastadas por el uso, y eso le recordaba al piano de su padre. Se sentó en el taburete y le dio un último vistazo a la puerta, quedándose en completo silencio por un par de segundos. Solo después de que estuvo segura de no escuchar a nadie cerca, se permitió empezar a tocar.
Su profesor la forzaba a tocar sonatas complicadas, cuando ella disfrutaba de melodías suaves y sencillas. Su favorita era la nana que su papá había compuesto para ella al nacer. Cuando nació Souta, ella solía tocarla también para él.
—Que bonito tocas.
Sus dedos se tensaron presionando un montón de teclas al azar, provocando un estruendo horrible. Giró la mirada hacia la puerta al mismo tiempo que el flash de una cámara le cegaba la vista. Un muchacho de cabello ondulado y piel pecosa estaba viéndola con ojos divertidos y sonrisa amable, una cámara profesional colgando entre sus dedos.
Le había sacado una foto.
A Kagome se le pusieron los vellos de punta sin razón alguna.
Lo conocía. Su nombre era Satoru y compartieron clases el año pasado. Kagome recordaba que él también era nuevo en la escuela para entonces, y trató en varias oportunidades de acercarse a ella porque eran los únicos recién llegados del curso. Solía sentarse a su lado, buscarle conversación o tomar el almuerzo con ella sin permiso.
Nunca llegaron a ser amigos. Kagome estaba pasando por la peor etapa de su ansiedad social. Él seguro tomó su incapacidad para socializar como rechazo, porque la dejó en paz tan pronto como hizo amigos en el taller de fotografía.
—Lo lamento, ¿te asusté?
—N-no. Ya me iba.
—Oh, no, no quería interrumpirte. —Se adentró al aula con una confianza que Kagome no le había brindado y se apoyó del piano—. Eso que estabas tocando sonaba precioso.
Ella se removió en su sitio. En lugar se sentirse alagada, se sintió incómoda. Le dio un vistazo rápido a su mochila descansando cerca de los pies de Satoru. Si se levantaba ahora, tendría que hincarse cerca de él para recoger sus cosas.
—Gracias.
—Jamás mencionaste que tocabas el piano.
Alzó la cámara para mirarla por el visor y disparó otra fotografía.
Click.
Kagome apretó las manos.
—¿No lo hice?
¿Por qué habría de hacerlo? Pensó ella. Nadie en esa escuela más que su familia lo sabía y a él apenas lo conocía.
—No que yo recuerde —ajustó el lente y disparó otra.
Click.
—Es algo privado...
—No debería serlo —click—, eres bastante buena.
Click.
Las uñas lastimaron las palmas de Kagome.
—¿P-podrías detenerte?
—¿El qué? —Ella señaló la cámara y él la alzó entre ellos con inocencia—. ¿Las fotos?
—Si...
—¿Por qué?
—N-no lo sé. —Apartó la vista hacia la mochila por segunda vez, pensando en tomarla rápido y salir de allí—. No me gusta que me fotografíen.
—¿Por qué? —repitió, avanzando en su dirección.
Kagome dejó la mirada fija en la mochila, escuchando las pisadas de él pasar y rodearla. Se quedó quieta, apenas respirando, cuando Satoru se detuvo a sus espaldas y la rodeó con los brazos.
—¿Por qué, Kag? —su voz le provocó una intensa oleada de pánico—. Mírate.
Solo hasta entonces Kagome notó que él aún sostenía la cámara, que la había aprisionado entre sus brazos para ponerla frente a sus ojos. La pequeña pantalla digital mostraba una foto de ella hace solo segundos. Él presionó una tecla, pasando a la siguiente foto, y a la siguiente después de esa. Kagome no podía enfocar bien las imágenes; no cuando el corazón le palpitaba tan fuerte que dolía; no cuando el miedo crudo se expandía por sus venas.
—Mírate —volvió a ordenarle, esta vez demasiado cerca. Kagome sintió que su aliento le golpeaba el oído, que su cabello rizado se presionaba contra su mejilla y le provocaba escalofríos—. Eres preciosa.
Los labios de él le rozaron la línea de la quijada, bajando hasta dejarle un beso en el cuello. Un montón de lágrimas se acumularon en los ojos de Kagome. Lágrimas de repulsión, de miedo y de rabia.
¿Por qué?
Su cuerpo tembló y la bilis le subió por la garganta cuando una de las manos de él se ancló a su cintura, pero no pudo hacer nada, ni decir nada. Estaba paralizada.
—Siempre me has parecido preciosa.
Grita.
Kagome cerró los ojos y pensó en lluvia.
Tienes que gritar.
La mano se coló bajo el uniforme y su tacto le hizo querer vomitar.
Pensó en que si gritaba nadie vendría. Nadie nunca venía. Entonces él la lastimaría por haber gritado.
Va a abusar de ti.
Él sacó la mano y la subió a sus pechos. Sus dedos buscaron desabotonarle la camisa.
¡GRITA!
Abrió los ojos de golpe y se echó hacia adelante. Sus brazos cayeron sobre las teclas del piano provocando un escándalo que los exaltó a ambos.
Satoru se hizo para atrás, soltando la cámara que impactó contra el suelo al mismo tiempo que dejaba salir una maldición. Kagome aprovechó para empujarse fuera del taburete y recoger su bolso, saliendo disparada hacia la puerta.
El estómago se le cayó al suelo cuando la mano de Saturo la detuvo de un jalón brusco por el brazo, haciendo que soltase la mochila.
Entonces alguien abrió la puerta.
Inuyasha posó la vista en ambos, más específicamente en los ojos enrojecidos de Kagome. Estuvo en blanco por unos segundos, procesando la situación. Luego miró el taburete volcado, las cosas de Kagome regadas por el piso, y la mano de Satoru anclada como una garra a su delgado brazo.
Satoru la soltó en seguida y se hizo para atrás.
Kagome quiso moverse, pero no sentía el cuerpo de la cintura para abajo y temía caerse si lo hacía. Tragó duro, asustada por lo que acababa de suceder; asustada por la forma en la que Inuyasha la veía – no, la forma en la que veía detrás de ella, donde Satoru estaba parado.
—Entonces Kag —Saturo carraspeó con nerviosismo—, nos vemos luego.
Recogió la cámara del suelo y, sin levantar el rostro en ningún momento, salió del aula.
O quiso salir, pero Inuyasha lo interceptó cerrándole el paso al estampar la mano contra el marco de la puerta. Si Satoru no se hubiese echado para atrás, esa mano se le hubiese clavado directo en el cráneo.
—¿Qué le hiciste?
Saturo tuvo que inclinar el cuello para alcanzar a ver a Inuyasha. Tembló en su sitio, palideciendo al instante.
—¿Q-qué?
Lo siguiente que Satoru sintió fue su espalda estrellándose en el concreto cuando Inuyasha lo empotró contra la pared.
—¿No eres sordo, cierto? —habló con calma, como si no lo estuviese sosteniendo unos centímetros en el aire—. Te pregunté qué le hiciste.
—¡Nada! No le he hecho nada. —Buscó desesperadamente a Kagome con la vista, suplicándole piedad cuando no la merecía—. ¡Dile a tu amigo que no te he hecho nada!
Ella no respondió en seguida, aun aturdida con la situación. Inuyasha estaba mirándola también, esperando a actuar de acuerdo a su respuesta.
Una parte de ella se deleitó con la posibilidad de decirle la verdad. Sabía que Inuyasha lo haría pagar por lo que le hizo, que lo haría sangrar por lo que estuvo a punto de hacerle.
Eso era lo correcto. Una nariz rota le enseñaría a no volver a tocar a nadie sin su consentimiento.
La niña de paredes verdes y colchas amarillas le susurró que lo entregase. La parte de ella llena de rencor y profundas heridas le dijo que estaba bien vengarse.
—¿Kagome?
La voz de Inuyasha la hizo estremecer, y la sacudió de vuelta a la realidad.
—E-estoy bien —mintió, aún asustada con los lugares a los que su mente la había arrastrado.
Iba a dejar que Inuyasha moliese a golpes a alguien por su culpa.
De verdad estuvo a punto de...
—¿Lo ves? Te dije que no le he hecho nada.
Inuyasha siguió mirándola estoico por unos instantes. Sabía que ella le mentía, y eso le enfureció aún más, pero no dijo nada al respecto.
Kagome no se lo ocultaría si algo peor hubiese sucedido... ¿no?
—Vuelve a tocarla y te quebraré las manos —amenazó a Satoru antes de soltarlo. El bastardo no perdió el tiempo y se escabulló fuera del aula.
Inuyasha esperó a que los pasos de Satoru dejaron de ser audibles para acercarse a Kagome, quien no se había movido de su lugar todavía. Se hincó a los pies de ella, ayudándola a recoger sus cosas del piso.
—Yo lo hago —dijo ella, hincándose también y empezando a meter todo apresuradamente dentro de la mochila.
Inuyasha la tomó de las manos para detenerla, dándose cuenta del temblor descontrolado que se había apoderado de ellas. Kagome las apartó e hizo todo lo posible por evitar mirarlo a los ojos al hacerlo.
—¿Estás bien?
—Si, por supuesto —mintió de nuevo, poniéndose de pie al mismo tiempo que él y ajustándose el bolso en la espalda—. ¿Por qué no habría de estarlo?
—Estás llorando.
La sonrisa falsa en sus labios se borró. Se llevó las manos al rostro, tocándo la humedad en sus mejillas.
¿En qué momento había comenzado a llorar?
—Yo... —quiso hablar, un súbito nudo cerrándole la garganta—. Tengo que irme —consiguió decir, pasando por su lado en dirección a la salida.
—Puedo llevarte —ofreció, haciéndola detenerse—. Digo... ya que el último bus se fue y tendrías que caminar hasta el templo.
Kagome volteó a verle por encima del hombro.
Si eso hubiese sucedido unas semanas antes, ella no habría dudado un segundo en decirle que sí, pero ahora todo era diferente.
No recordaba la última vez que Inuyasha le había dirigido la mirada y no estaba segura de que, después de todo lo acababa de pasar, tuviese las fuerzas para soportar estar a solas en su auto nuevamente.
¿Por qué la ayudaba ahora?
¿Por qué fingía que le importaba después de haberla alejado?
—Déjame llevarte a casa —pidió—, por favor.
Satoru llegó a casa esa tarde con la rabia a flor de piel y un punzante dolor de cabeza.
Pasó por la sala del pequeño departamento, donde su madre dormía junto con un hombre desconocido en el sofá. Ni siquiera les dio un segundo vistazo antes de encerrarse en su habitación de un portazo. Ellos no lo notaron, por supuesto.
Pateó la ropa sucia fuera del camino y despejó la cama para tumbarse en ella. Encendió la cámara entre sus manos y un poco más de rabia se filtró en su sistema al darse cuenta de la pantalla quebrada. Por si fuera poco, su lente favorito también se había hecho añicos.
Maldición.
Sacó de los bolsillos del pantalón su móvil y marcó el primer número en la lista de contactos.
—El plan falló —habló en cuanto la otra persona contestó—. Y me debes una cámara nueva.
Espero que este capítulo no esté demasiado complicado.
Quiero empezar a contarles sobre el pasado de Kagome, pero tengo tanto que explicarles que se me hace difícil resumirlo sin hacer que el capítulo sea un montón de párrafos aburridos jaja.
Millones de gracias por apoyarme en cada actualización. No tengo palabras para decirles lo mucho que me hacen el día cuando leo sus comentarios.
Nos leemos pronto.
P.D. Estoy considerando enumerar los capítulos en lugar de ponerles nombre. Soy terrible inventando títulos.
