Rose. Como notarán coloqué "Media hora antes" en la primera sección del capítulo para que no se me confundan al leer. Ese escena ocurrió paralela a la de Kagome y Satoru. Ahora sí, continuemos :)!
Capítulo 18. Redención.
Media hora antes.
—Ten.
Kouga atajó en el aire el fajo de billetes amarrados en una liga.
—Tú ganaste —le recordó a Inuyasha.
—Lo sé —respondió el ambarino, desplomándose en la banca—, pero nunca te pagué el último partido.
—Yo pagué el último partido —Miroku repuso a su lado. Le dio una mirada sesgada a su amigo cuando este no respondió—. No usaste el dinero que te di para pagarle a Kouga, ¿cierto?
Inuyasha fingió no escucharlo mientras le daba un trago largo a su botella de agua.
—Eso se llama robo y es una felonía, ¿sabes?
—Muérdeme.
—Tienes suerte que tenga una cita —los señaló—. No puedo perder más el tiempo discutiendo con ustedes.
Inuyasha fingió estremecerse —Ugh, pobre de ella.
Kouga siguió: —Mis condolencias.
Miroku le sacó el dedo medio a sus dos amigos mientras se alejaba fuera de la cancha de baloncesto. El resto del equipo se dispersó también después de recibir su parte del dinero. Solían jugar después de clases porque era el único tiempo libre en el que el gimnasio de la escuela no estaba siendo usado. No sabían si apostar dentro del instituto era legal, pero lo hacían de todas maneras.
—¿No te vas? —le preguntó Kouga a Inuyasha, recogiendo sus cosas para marcharse.
El asunto de la pelea entre ellos había quedado en el pasado. Ninguno realmente se había disculpado, pero esa era su forma de arreglar las cosas. No era la primera vez que discutían. Aunque sí había sido la primera vez que las cosas se les habían salido de las manos, no se guardaban resentimientos.
El ambarino le dio un vistazo a su móvil para chequear la hora y se terminó de acostar sobre la banca —Tengo una hora antes de entrar a trabajar —dijo, cerrándo los ojos y cruzándo las manos tras su cabeza.
Tenía tiempo para tomar una siesta.
—¿Aún trabajas para el viejo Totosai?
—Si...
—Ya veo —dijo, sacando las llaves de su motocicleta—. Si aún necesitas el dinero extra, puedes volver a trabajar en el templo Higurashi.
Inuyasha abrió un ojo para mirarlo —¿Qué hay de ti?
—Renuncié.
Esta vez Inuyasha se incorporó sobre el asiento, poniéndola completa atención —¿Por qué?
Kouga se encogió de hombros, empezando a caminar hacia la salida —Ya no necesito el dinero. Mi motocicleta está arreglada.
—¿Es solo eso? —cuestionó Inuyasha.
El moreno se detuvo un segundo para mirarlo sobre el hombro —También renuncié a Kagome, si es lo que te interesa. No voy a pelear contigo por ella.
—Yo no estaba peleando por-
—Si, si, lo que digas —cortó las excusas de su amigo con un movimiento de manos y reanudó su marcha—. Más te vale cuidarla ¡Si la lastimas te las verás conmigo, bestia!
Inuyasha se quedó sentado en la banca, dándole una mirada foribunda a la espalda de Kouga hasta que este estuvo fuera de vista. Una vez que se encontró de nuevo solo en la cancha, volvió a recostarse y clavó la vista en el tragaluz del techo.
Cerró los ojos después de un rato, aunque el sueño se había esfumado. Pensó en las palabras de Kouga y, sin poder evitarlo, sonrió.
Kagome estaba tan pegada a la puerta que, si a alguien se le ocurría abrirla, caería de bruces contra el asfalto. También estaba demasiado callada -más que de costumbre- y no dejaba de frotarse un lado del cuello como si desease arrancarse ese pedazo de piel.
Inuyasha odiaba verla así. Lucía temerosa y perdida. La rabia reverberó en su pecho y le quemó las entrañas porque sabía que aquel bastardo había hecho más de lo que ella admitía. Las ganas que tenía de haberle partido la cara cuando tuvo la oportunidad lo estaban volviendo loco.
Si él no hubiese estado en la escuela... si no hubiese decidido quedarse hasta más tiempo entonces no habría escuchado el escándalo en el salón de música.
Apretó la mandíbula. De no ser porque le importaba más ver a Kagome sana y salva en casa, ya hubiese girado el volante para buscar a ese imbécil...
— Está en rojo —apenas y escuchó la advertencia en la voz baja de Kagome— ¡Está en rojo!
Regresó la vista a la carretera y pegó el pie en el freno de golpe al darse cuenta de la luz del semáforo, apenas teniendo tiempo de disparar un brazo hacia el lado del copiloto. Kagome se agarró fuerte del asiento cuando ambos se sacudieron y llegaron a un abrupto alto al mismo tiempo que un camión cruzaba frente a ellos. Si no hubiesen llevado el cinturón puesto, seguro alguno de los dos habría volado hacia el parabrisas.
—Mierda, lo siento —masculló él, apartando el brazo que había estirado para sostenerla.
—Está bien, estamos bien... —ella se llevó una mano al pecho, donde Inuyasha había puesto la suya antes, pasando el susto.
Se miraron a los ojos por un momento al mismo tiempo que una sonrisa divertida destellaba en los labios de ambos. El pequeño momento de pánico parecía haber barrido un poco la tensión que llenaba el ambiente. Algo agradable le llenó el pecho a Inuyasha al verla sonreír, aunque fuese solo por unos instantes.
Kagome pronto regresó la vista al frente, intimidada por la forma tan cálida en que Inuyasha la miraba. Era como si todo lo que había pasado entre ellos no importase solo porque él estaba allí a su lado, preocupándose por ella otra vez. Siempre la hacía sentir en calma y feliz, aunque tuviese la vida hecha añicos en el momento.
Y, justo hoy, era uno de esos días en los que odiaba estar viva. No creyó posible que algo la hiciese sonreír en un día como ese.
—¿Podrías dejarme en la estación del tren? —pidió una vez que retomaron marcha hacia la avenida principal.
—Puedo conducir hasta el templo —se ofreció él.
—No —negó, retorciendo los dedos sobre su falda—. Tengo algo que hacer antes de llegar a casa.
Esa era la razón por la que se había quedado en la escuela después de clases. Estaba tratando de consumir algo de tiempo antes de ir... allí.
—No tienes que tomar el tren, puedo llevarte.
—No creo que sea una buena idea...
—¿Por qué? —la miró por un segundo, dándose cuenta de como ella se tensó en su asiento. Eso solo despertó más su curiosidad— ¿A dónde irás?
Kagome no le contestó en seguida, sumiendo el auto de vuelta en ese exasperante silencio. No fue hasta que se detuvieron en la siguiente luz que ella respiró hondo y se permitió girar a verlo. Inuyasha reconoció la emoción escondida tras sus ojos azules - era esa clase de dolor que solo reflejaba cuando hablaba de él.
Cuando hablaba de su hermano Souta.
—Al cementerio.
Tragó duro y dio un paso al frente. Las altas verjas de acero oxidado estaban abiertas, como lo estaban siempre, pero se sentía como si una barrera invisible estuviese impidiéndole el paso. Ni siquiera había avanzado un metro y ya se sentía enferma, con las lágrimas quemándole la vista, el miedo latiendo fuerte y algo asfixiante oprimiéndole el pecho.
No podía...
Estaba aterrada.
—¿Quieres que vaya contigo?
La voz de Inuyasha a sus espaldas la sobresaltó, pero estaba tan abrumada con sus emociones que no pudo manejar voltear a verlo. Tenía las piernas ligeras, como de gelatina. Al menos el viento soplaba helado y podía echarle la culpa por el temblor incesante en sus extremidades.
—No...
Quería responder que sí, que necesitaba que la sostuviese porque se sentía que desfallecería en cualquier segundo, pero no se sentía correcto. Esto era algo que debía hacer sola. Necesitaba ser capaz, necesitaba dejar de ser cobarde y afrontar la realidad.
Si Inuyasha no estuviese allí seguro ya hubiese salido corriendo. Si estuviese sola, se le habría hecho sencillo darse la vuelta y volver a casa, pero estando él allí no podía echar marcha atrás.
—Gracias —respiró profundo, buscando inducirse valor, y lo miró sobre su hombro—. Necesito hacer esto sola.
Inuyasha asintió, entendiendo a qué se refería. Había tristeza y miedo en los ojos de Kagome, pero también una determinación que él no había visto antes.
—Estaré aquí cuando regreses —prometió.
Kagome no había asistido al entierro.
No podía pensar que era su hermano dentro de ese cajón que era demasiado grande para él. Que era la persona que más amaba siendo sepultada donde nadie lo volvería a ver sonreír, donde nadie conocería la chispa en sus ojos marrones, o lo inteligente y dulce que era.
Tampoco fue a visitarlo.
Pasar el umbral del cementerio fue una tortura los primeros cuatro meses. Recordaba que no podía siquiera tolerar la idea de estar cerca de ese lugar sin entrar en una crisis nerviosa. El simple pensamiento de ver el nombre de su hermano grabado en una lápida... no - no podía. Eventualmente, su familia dejó de intentarlo, de mencionarlo...
Era su culpa que nadie hablase de Souta en casa.
Era su culpa que esta época fuese tan difícil para su rota familia.
Subió la pequeña colina, pasando por el resto de lápidas con cuidado de no pararse en ninguna, deteniéndose cada tanto a leer los epitafios. El panorama era preciosamente triste. El pasto verde y bien cuidado, las flores dándole toques de color a la infinidad de placas grises. Era como si se esforzasen en hacer más llevadero un lugar destinado al dolor. No había visto más que unas cuatro personas visitando a sus seres queridos, una sola lloraba y las otras se sentaban a conversar. Todos le habían dado esa particular impresión: de que era hermoso y triste a la vez.
Recordó la última vez que su madre hizo el esfuerzo de traerla. Le había indicado en el auto donde se encontraba su hermano: justo junto a la abuela. Su madre tenía la esperanza de que si la dejaba sola entonces entraría. Era lo que el psicólogo había recomendado.
Kagome tomó el bus de vuelta a casa a los diez minutos de que su madre se hubiese marchado.
Por eso no recordaba con mucha nitidez a dónde dirigirse. La última vez que había acompañado al abuelo a visitar a la abuela era apenas una niña, pero de alguna manera sus pies terminaron dirigiéndola a dónde su memoria no recordaba, como si supiesen el camino por inercia.
Y entonces lo vio.
Justo frente a sus ojos, estaba aquello que había estado negándose a aceptar.
Souta E. Higurashi.
2005 - 2013.
La impresión la dejó sin aire por unos momentos. La imagen la impactó más de lo que habría imaginado. Fue cuando las lágrimas llegaron como un imparable maremoto que sus piernas cedieron y cayó de rodillas al suelo.
Todo entonces llegó de golpe. Las emociones, esas que creyó tener sepultadas, emergieron en ella de forma arrolladora. La culpa, la angustia, el dolor, la pérdida, la implacable tristeza, todo era un millar de sentimientos inexplicables colisionando en su interior. Era como si estuviese quebrándose en pedazos después de haber pasado tanto tiempo esforzándose en mantener sus piezas juntas.
Y se sentía bien.
Llorar, gritar, sufrir. Exteriorizar su dolor le traía paz.
—Lo siento... por favor, perdóname —la voz le salía ahogada por las lágrimas, pero no le importaba—. Souta, discúlpame por no haber venido antes.
Para el momento en que decidió irse ya el sol se estaba ocultando.
Había llorado tanto que le dolía el rostro. Sentía los ojos pequeños e inflamados y la garganta en carne viva. También estaba rígida por pasar tantas horas sentada en la misma posición, pero eso era lo que menos le importaba. Hacía un tiempo que no se desmoronaba en llanto de esa manera y había sido lo más liberador que había hecho en años.
El aniversario de la muerte de Souta había sido el día anterior. Encontró tulipanes frescos en la tumba, lo que le dejó saber que su madre y abuelo habían estado allí antes. Kagome le prometió a Souta que iría cada semana a cambiar los tulipanes por nuevos.
Una parte de ella estaba en paz. Haberlo visto con sus propios ojos le había dolido más de lo imaginable, pero también le permitió liberar parte del peso que cargaba sobre sus hombros desde que Souta había fallecido. Hablar con él era algo que extrañaba y, a pesar de que no se encontraba físicamente con ella, se sintió como si su presencia la había estado acompañando todo el tiempo que estuvo conversando junto a su tumba.
Ya no volvería a alejarse. No volvería a abandonarlo como lo hizo.
Palpó los bolsillos de su falda en busca de efectivo para pagar un taxi. Ya estaba oscureciendo y la estación del bus estaba bastante lejos como para caminar hasta allí. Estaba agotada física y mentalmente, lo único que deseaba ahora era llegar pronto a casa. Contó el efectivo con algo de pesar sabiendo que como mucho le alcanzaría para llegar a unas cuadras del templo, pero era mejor que nada.
Cuando levantó el rostro y divisó el auto de Inuyasha aún aparcado en el mismo lugar, su corazón se saltó un latido.
Él estaba sentado en cofre del auto con el móvil entre sus manos, texteando con aire distraído. Se había desabrochado algunos botones del uniforme escolar y apartado el cabello del rostro con una bandana.
"Estaré aquí cuando regreses."
Él... la estuvo esperando todo ese tiempo.
De verdad la estuvo esperando toda la tarde.
Inuyasha miró arriba hacia ella en ese instante. Cuando sus ojos la encontraron su expresión cambió a una más suave. Bajó ágilmente del cofre del auto y guardó el móvil, avanzando algunos pasos en su dirección.
—¿Te encuentras bien?
Kagome seguía atónita, incapaz de hablar, así que solo consiguió asentir en respuesta. Inuyasha terminó de acortar la distancia que los separaba, entrelazándo sus manos juntas para tirar delicadamente de ella.
—Entonces vámonos.
La guió hasta el auto sin decir nada. Tampoco la cuestionó. En ningún momento mencionó el tema de Souta, ni tampoco le volvió a preguntar como se encontraba. Solo le dio un ligero apretón de manos antes de poner el coche en marcha y permaneció en silencio junto a ella.
Fue en ese momento que Kagome se dio cuenta lo mucho que extrañaba eso. Lo mucho que había necesitado de Inuyasha todo ese tiempo.
En un solo día la había rescatado en la escuela y la había ayudado a vencer su mayor miedo. De no haber estado con él, no habría tenido el valor para entrar al cementerio. Se habría arrepentido en la estación del tren y hubiese regresado a casa para hundirse en lamentos como solía hacerlo.
Siempre estaba allí cuando lo necesitaba, sin siquiera pedírselo. Desde que había llegado a su vida todo el dolor era más llevadero, todo su mundo era menos gris. Sus miedos e inseguridades desaparecían como si jamás hubiesen estado allí en primer lugar. Con él se sentía segura, se sentía valiente, se sentía ella misma - como si la Kagome de antes aún estuviese viva. Inuyasha se había convertido en su luz al final del túnel.
No estaba dolida porque siguiese con Yara, ni siquiera le importaba con quien estuviese... estaba dolida porque tenía miedo de perderlo. Tenía miedo de que se olvidase de ella, de que la hiciese a un lado.
No quería perderlo.
—Inuyasha...
—¿Uhm?
No quería perderlo porque...
—Te eché de menos.
Porque estaba enamorada de Inuyasha.
—Y yo a ti, cielo.
No se imaginan lo mucho que me costó escribir esta vez. Tenía tantas cosas personales en la cabeza que tuve el mayor bloqueo de la vida y nada de lo que escribía me gustaba en lo absoluto.
De verdad espero que les haya gustado mucho este capítulo. Ya no siento el trasero de tantas horas sentada luchando contra mi bloqueo u.u
Les quiero inmenso. Gracias por sus comentarios de apoyo y su enorme paciencia.
Nos leemos pronto.
