Capítulo 19. Sus verdaderos colores.


—Gracias por acompañarme y esperar por mí.

—No hay de qué.

—También por ayudarme en la escuela.

—Ni lo menciones.

—Y por traerme a casa.

Inuyasha sonrió divertido. —No tienes que agradecer tanto.

—Lo siento...

—Ya habíamos hablado sobre las disculpas también.

Kagome se sonrojó y bajó la mirada al suelo, riéndose apenada.

Estaban sentados en la banca junto al Goshinboku. Llevaban un rato allí, desde que Kagome se había bajado del auto e Inuyasha había hecho lo mismo para acompañarla escaleras arriba, solo para asegurarse de que llegase con bien. Habían terminado conversando en lugar de despedirse, buscando de alguna manera prolongar el tiempo que tenían juntos.

Ninguno sabía con certeza cómo estaban las cosas entre ellos ahora. Tampoco sabían cómo arreglar su intento de "amistad" porque ninguno de los dos estaba seguro de lo que el otro sentía en realidad.

Kagome pensaba que Inuyasha volvería a pasar de ella como solía hacerlo; además, darse cuenta de los sentimientos que albergaba por el ambarino era nuevo y aterrador. Por su parte, Inuyasha estaba seguro de que Kagome no lo disculparía por la forma en la que estuvo comportarse con ella los días anteriores.

Ambos sentían como que, si se decían adiós ahora, ya no habría certeza de que volverían a hablar en algún momento.

Así que no querían decir adiós

No aún.

—¿Cómo te sientes?

—¿Crees que está mal decir que estoy bien? —preguntó ella con un deje de tristeza—. Es extraño... siento que no debería sentirme tan en calma como lo hago justo ahora.

—¿Por qué estaría mal?

—No lo sé... siento que debería estar devastada. —Bajó la vista—. De alguna forma lo estoy, solo me siento en calma también.

—No tienes que ser miserable para demostrar que lo extrañas —dijo. La volteó a ver al mismo tiempo que ella lo hizo, encontrándose con sus ahora rojizos ojos azules—. No tienes que sentirte culpable por estar viva.

—Es solo que... es la primera vez —admitió con pesar—. Es la primera vez que voy a visitarlo desde que...

«Murió».

Seguía sin poder decirlo en voz alta. A pesar de haberlo visto frente a ella, aún se le cerraba la garganta de solo pensar pronunciar esa palabra.

—No me había acercado al cementerio desde el entierro de mi madre. —Los ojos de Kagome se abrieron en sorpresa ante su declaración—. Ir contigo hoy es lo más cerca a ella que he estado en cinco años.

Era cierto. De no haber sido por Rin, seguro tampoco hubiese asistido al entierro. Claro que sus motivos para no querer ir eran diferentes a los de Kagome. Estaba dolido, sí, pero no visitaba a su madre no porque no pudiese, simplemente era que jamás podría perdonarle lo que hizo; lo que le hizo a Rin y a él.

El hermano de Kagome se merecía el cielo; la madre de Inuyasha no.

—Inuyasha...

—Fuiste valiente, así que no te sientas mal por estar orgullosa de ello. —Le apartó con cariño el cabello del rostro y le dedicó una media sonrisa—. Joder, incluso yo estoy orgulloso de ti.

Kagome no pudo devolverle la sonrisa, sintiéndose agasajada de una manera abrumadora. Las palabras de Inuyasha siempre le calaban tan profundo que la estremecían.

—¿Cómo lo haces? —preguntó queda, disfrutando del suave contacto que dejaban los dedos de él al poner un mechón tras su oreja.

—¿El qué?

—Siempre sabes que decir...

—¿Eso crees? —Negó con la cabeza y apartó las manos al mismo tiempo que la mirada—. No es así.

—En los peores momentos, de alguna manera, siempre consigues tranquilizarme... hacerme sentir mejor a pesar de las circunstancias.

Esta vez él soltó una risa que a Kagome se le antojó sarcástica, como si no pudiera tomarse sus palabras en serio.

—Serías la primera en pensar eso. Suelo ser el que empieza los problemas, no quien los soluciona.

—¿Por qué lo dices?

—Soy agresivo —dijo, sacando un paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos de su pantalón y halando uno con los labios como solía hacerlo—. Hay algo que no funciona bien conmigo. Me vuelvo impulsivo bajo tensión y pierdo el temperamento fácilmente.

Kagome lo observó cubrir la llama del encendedor y prender la punta del cigarrillo para luego darle una larga calada. Buscó en la expresión de él algo que le indicase que estaba jugando al decir aquello y le preocupó no encontrar nada.

—No es cierto —refutó ella.

Él le frunció el ceño. —¿Crees que te miento?

—No, no quise decir eso... —se enmendó—, es solo que no te considero alguien agresivo.

—¿Por qué no? —quiso saber—. No me conoces.

Había sonado más duro de lo que pretendía y detestaba ser así con ella, pero esa era la verdad. Kagome aún no conocía al Inuyasha real.

Ella no tenía idea.

—Porque no te temo —respondió ella con honestidad.

Para ella era difícil confiar en las personas pero, con Inuyasha, había sido diferente. Con él se sintió a salvo desde el primer momento que se arrodilló frente a ella para calmar su ataque de pánico en esa polvorienta pagoda. Jamás se había sentido amenazada con su presencia. Inuyasha le transmitía una seguridad que no era capaz de sentir con nadie más.

Kagome se congeló cuando los ojos oscuros de él se clavaron en los suyos.

─Deberías.

Ella se quedó en silencio, con ese particular escalofrío recorriéndole el cuerpo entero, pero sosteniéndole la mirada a Inuyasha de todas formas. Se preguntó que era aquello que eclipsaba el dorado de sus ojos, y si de verdad debería estar asustada de descubrirlo.

Hasta ahora notaba... que había algo triste en la forma en que Inuyasha la miraba.

—Pero no lo hago.

Los ojos de él se tornaron cálidos de nuevo, como si quisieran transmitirle algo en silencio. La mano de Inuyasha se cerró sobre la suya en la banca, apretándola con suavidad. Kagome sintió las mariposas desperezarse en su estómago y su corazón revolotear en aprobación, como si hubieran extrañado el fuerte sentimiento que Inuyasha despertaba.

—Me alegra que no.

—¿Cariño?

Sus manos se separaron enseguida y voltearon al mismo tiempo para encontrarse a la Sra. Higurashi caminando hacia ellos. Traía un montón de bolsas de compra consigo. Se detuvo a unos metros de distancia en seguida que notó a la persona sentada junto a su hija.

—Oh —sonrió maternalmente—, Inuyasha ¿cierto?

—Buenas noches, Señora Higurashi —saludó poniéndose de pie—. Permitame ayudarla.

Kagome se tardó un poco en reaccionar y hacer lo mismo. No le pasó por alto la forma intensa en que su madre miró a Inuyasha extinguir el cigarrillo en el suelo.

—Muchas gracias —les dijo a ambos una vez que la ayudaron a dejar todas las bolsas sobre la mesada—. Subir las compras en este templo es el mejor ejercicio cardiovascular, lo juro.

—Pude haberte acompañado —dijo Kagome.

—Llamé a casa para avisarte pero no estabas.

—Oh... —Kagome quiso morderse la lengua por hablar de más.

—Será mejor que me vaya —Inuyasha hizo un pequeño asentimiento en despedida hacia la madre de Kagome—. Un gusto verla, Sra. Higurashi.

—Igualmente, cariño.

Kagome volteó a verlo, pidiéndole con la mirada que la disculpase por la incómoda escena. Supo que todo estaba bien cuando él le guiñó un ojo en secreto antes de marcharse.

Se había quedado con las ganas de preguntarle si lo vería en la escuela. Esperaba que sí.

—Entonces... —comenzó su madre—, ¿qué tal tu día?

—Bien —respondió vagamente, comenzando a guardar la compra en las despensas.

—¿Algo interesante? Pasaste el día fuera de casa.

«Un chico quiso abusar de mi. Fui a la tumba de Souta por primera vez. Creo que amo a alguien».

—No en realidad, solo estudiaba...

—¿Con Inuyasha? ¿Son amigos?

—Lo somos... creo.

—Oh, eso está bien —comentó, poniéndo los vegetales dentro de la nevera—. No lo imaginé como tu tipo de amigos...

Los movimientos de Kagome se tensaron, previendo por donde iba la cosa.

—¿Por qué? —Sabía que se arrepentiría de preguntar, pero igual lo hizo.

—No lo sé —cerró la puerta del refrigerador y giró a encarar a su hija—, luce muy diferente a ti.

—¿Diferente?

—Pues... siempre venía a trabajar vistiendo todo de negro. No recuerdo haberlo visto sin signos de golpes en el rostro o las manos. Tampoco era muy conversador... lucía bastante enfadado la mayor parte del tiempo —se cruzó de brazos—. Y al parecer fuma, cosa que espero no imites.

La sangre en las venas de Kagome hirvió. —Lo estás juzgando y ni siquiera lo conoces, madre.

—No lo juzgo. Estoy señalando cosas que puedes notar a simple vista.

Se clavó las uñas en las palmas, queriendo controlar el enfado que quemaba en la boca de su estómago.

—Cierto, olvidé lo buena que eres leyendo a las personas —soltó, mordaz.

El destello de dolor en los ojos de su madre la hizo querer retirar sus palabras, pero no lo hizo. Estaba demasiado enfurecida ahora como para disculparse.

—Cariño...

—¿Sabes qué? Ese es tu problema mamá —continuó con acidez—. Crees conocer a todos solo con verlos y estás muy equivocada. Si vieras más allá de las apariencias, no estaríamos atrapadas aquí.

—Hija —la llamó al verla darse la vuelta—. ¡Hija!

Pero Kagome no se detuvo. Corrió escaleras arriba, ignorando los constantes llamados de su madre en la planta baja, y se encerró en su habitación de un portazo.

Tenía la respiración acelerada y el corazón marchando a toda velocidad. Aún podía sentir la rabia corriéndole por las venas. Los recuerdos se arremolinaban en su cabeza, lastimándola, torturándola un poco más, buscando alimentar el dolor constante en su pecho y el odio tatuado en su piel.

Recostó la espalda de la puerta y se dejó caer al suelo. Lágrimas le quemaron la vista, pero había llorado tanto aquel día que ya no podía derramar ninguna.

Después de que los golpes de su madre en su la puerta cesaron, ella siguió hecha un ovillo en el suelo. Con las emociones al borde y la ansiedad en la garganta, deseó con todas sus fuerzas tener alguna forma de comunicarse con Inuyasha.


A pesar de todo, las cosas en la escuela habían mejorado para Kagome.

Las notas en su casillero habían cesado hasta el punto que ya no le molestaban. Las cosas con Kouga y Ayame estaban resueltas. También todo estaba bien con Inuyasha, quien ahora solía estar a su alrededor la mayoría del tiempo.

Todos eran amigos nuevamente y eso la tranquilizaba.

—Deberíamos ir a la feria después de clases.

—¿Qué edad tienes? ¿Doce?

Ayame le puso mala cara al comentario de Inuyasha. —Cierra la boca.

—Bu-huh.

—La verdad suena divertido —secundó Sango a la pelirroja—. Digo, no tengo nada mejor que hacer, ¿y ustedes?

—Yo me anoto si Sango va —se apuntó Miroku.

Ayame aplaudió contenta. —¿Que dices Kouga? ¿Te anotas?

—Seguro, ¿por qué no?

La pelirroja sonrió y movió la vista hacia Kagome al otro de extremo de la mesa. —¿Kag?

—Uh... no lo sé. Tengo mucho tiempo sin ir a una feria.

—Entonces está decidido —sentenció Ayame—. Iremos todos —le dio un codazo a Inuyasha, quien estaba sentado a su lado—, incluyéndote.

—¡Keh!

Todos acordaron encontrarse en el estacionamiento de la feria para el atardecer.

Al terminar el último período Kagome salió directo al aparcamiento de la escuela, deteniéndose al lado de la camioneta de Sango para esperarla allí. Su amiga le había ofrecido ir juntas a la feria, y Kagome aceptó enseguida porque eso sonaba mejor que tomar el bus o el tren.

Recostó la espalda del maletero y se quedó viendo todo el sin fin de estudiantes caminando de un lado para otro. La mayoría de los que cursaban con ella entraban a sus autos para marcharse.

Quizá aprender a manejar era una buena idea.

Un auto negro cruzó sin disminuir la velocidad en ese momento y todos los que iban de salida pegaron la bocina, vociferando unos cuantos insultos en su dirección. El viejo Challenger se detuvo de un frenazo justo frente a la azabache e Inuyasha bajó la ventanilla, un gorro cubriendo su cabello oscuro y era la primera vez que Kagome lo veía vistiendo algo más que camisas simples. Llevaba una sin mangas con un estampado de Queens al frente.

—Hey —la saludó con una sonrisa.

Kagome se acercó unos pasos para poder inclinarse a la altura de la ventanilla.

—Hey… —devolvió, entre feliz por su presencia y repentinamente nerviosa—. Creí que estarías en clases.

—Tuve libre el último período.

—Que suerte.

El que estuvieran llevándose bien nuevamente la emocionaba. Ahora él solía estar a su alrededor la mayor parte del tiempo, sin importarle que los viese el resto de la escuela. Era nuevo y diferente para ella, pero le gustaba que así fuera.

—Tengo algo para ti.

Lo vio con curiosidad cuando se estiró hasta la guantera frente al asiento del copiloto. Revolvió todo por unos segundos hasta dar con lo que estaba buscando y la volvió a cerrar. En lo que se enderezó, le extendió el pequeño aparato a la azabache.

Era un teléfono móvil.

—¿Qué es eso? —preguntó, sin aceptarlo.

—¿Qué crees que es? —Al no obtener respuesta, puso los ojos en blanco—. Tómalo, es tuyo.

—Inuyasha... es muy costoso.

—No lo es, solo puedes llamar y enviar mensajes. No es tan moderno en realidad.

—Es costoso —repitió.

—Es un regalo —la miró directamente a los ojos y dijo—: ¿Rechazarás mi regalo?

—Eso es jugar sucio.

Él se encogió de hombros. —Yo nunca juego limpio.

Kagome lo dudó unos instantes más y tomó el pequeño aparato entre sus manos. No era táctil ni nada por el estilo, era simple y bastante compacto, negro y con un colgante guindado en una de las ranuras del forro protector.

—¿Una mariposa? —Jugueteó con el colgante entre sus dedos.

—Me recordó a ti.

¿Cómo era que no se daba cuenta lo que esos comentarios hacían con ella? Kagome juraba que Inuyasha parecía divertirse haciéndola sonrojar todo el tiempo.

—No era necesario. Cuando te dije que no tenía uno, me refería a que nunca quise tener uno.

—Lo sé, no te lo doy por eso.

—Muchas gracias, Inuyasha... por todo.

—Ahora podremos hablar como el resto del mundo, aunque no estemos en persona.

—Hilarante —le sacó la lengua.

—Hago mi mejor intento —sonrió y movió la palanca de cambios para arrancar el auto—. Tengo que irme, nos vemos luego.

Kagome se separó unos pasos y él se marchó enseguida. Siguió su auto con la vista hasta que se mezcló con el tráfico al pasar el portón de la escuela.

Algunas personas la estaban mirando por todo el alboroto que causó Inuyasha al entrar solo para entregarle el pequeño aparato. Kagome hizo su mayor esfuerzo por ignorarlos mientras presionaba los botones de su nuevo móvil.

No podía creer que tenía uno.

Le sonrió como tonta a la pantalla al abrir la lista de contactos.

Por supuesto que él había agregado su propio número.


La feria estaba medianamente vacía cuando llegaron. Una vez que la noche cayó por completo, se llenó en cosa de segundos.

Era una feria ambulante pequeña, de esas que llegaban pocas veces al año. Había varias atracciones, un aroma permanente a fritura en el aire, cientos de coloridas tienditas y el grito constante de la gente divirtiéndose.

Kagome no recordaba la última vez que se había reído tanto en su vida. Le dolía la garganta de tanto gritar y su estómago se sentía ligero por el constante vértigo. Jamás se había divertido tanto, al menos no en los últimos años.

Allí, con esas cinco personas que alguna vez consideró extraños, recordó lo bonito que era tener amigos.

Para las 8 de la noche ya se habían subido a casi todos los juegos mecánicos. Miroku había vomitado las botanas en un bote de basura al bajarse de las tazas giratorias, y Kouga ya había dejado todo el dinero en un solo puesto de tiro al blanco.

—¡Vamos a la casa embrujada! —dijo Ayame, tirándo del brazo de Sango cuando se bajaron de la rueda de la fortuna—. ¿Quién viene?

—Si, por favor. No más vueltas rápidas —suplicó Miroku, su rostro peligrosamente pálido.

—Te dije que no comieras los nachos —le reclamó Sango.

—¿Vienes, Kag?

—No soy fan de las cosas de terror —rechazó con gesto apenado—. Diviértanse. Yo iré a buscar a Kouga en el puesto de tiro al blanco.

—De acuerdo, nos encontramos aquí en media hora.

Kagome esperó hasta perderlos de vista para girarse y empezar a abrirse paso entre la multitud hasta la zona de juegos. No encontró a Kouga donde estaba antes. Intentó buscarlo, pero tuvo un poco de miedo de que alguien notase que estaba perdida.

—¿Quieres intentarlo?

La azabache se volteó hacia la persona que habló a sus espaldas. Pasó la vista del muchacho de cabello rizado y ropa multicolor hacia el balón de baloncesto que le estaba extendiendo.

—Tienes cuatro tiros. Encestas tres y te llevas uno de los grandes —explicó, señalando los peluches colgados de los estantes iluminados tras él.

Kagome lo consideró. De todas formas, no tenía nada mejor que hacer mientras esperaba.

—Seguro —aceptó, entregándole el dinero.

La primera vez falló tres de los cuatro tiros. Le entregó otro billete al vendedor y esa vez falló el último que le faltaba para llevarse el premio.

—Tienes que estar bromeando —masculló, frustrada.

—Casi lo tenías. Seguro que a la próxima lo logras —alentó el vendedor.

Kagome volvió a extenderle otro billete. Ya ni siquiera quería el mentado peluche, solo estaba interesada en encestar las tres canastas.

Dios, ahora entendía a Kouga.

—¿Necesitas ayuda? —la voz de Inuyasha la sobresaltó, provocándo que soltase el balón antes de tiempo.

—¡No! —chilló, viendo la pelota golpear el tablero y aterrizar fuera de la canasta—. Allí iba lo que quedaba de mi dinero —le recriminó, cual niña pequeña.

Inuyasha le parpadeó y seguidamente se echó a reír.

—No te burles —lo picó del hombro la azabache—. De verdad quería ganar.

—Ya, ya, lo lamento —paró apenas de reírse—. ¿Quieres uno de los animales de peluche?

Kagome infló las mejillas y se cruzó de brazos. —Algo así…

—De acuerdo —él rebuscó efectivo en sus bolsillos y le extendió un billete al vendedor, quien para este punto estaba más que feliz de sus persistentes clientes.

Kagome y el vendedor se quedaron con la misma expresión atónita cuando Inuyasha se alejó unos pasos y, aun así, encestó las tres canastas sin problemas en el primer intento.

—Eso fue increíble —elogió Kagome, caminando junto a él con un enorme peluche de gato entre sus brazos—. ¿Llevas tiempo jugando baloncesto?

—Un poco. No es tan difícil como parece.

—No, solo dejé todo el dinero del mes intentándolo —bromeó ella, alzando el peluche entre ambos—. Pero al menos conseguimos algo con que poner celoso a Buyo.

Una sonrisa destelló en los labios de Inuyasha y negó con la cabeza. —¿Qué hay de los otros?

—En la casa embrujada, creo.

—¿Por qué no estás con ellos?

—No me gustan los espacios cerrados y oscuros.

Inuyasha elevó las cejas con curiosidad. —¿Fobia?

—Uhm… más como preferencia personal —respondió y rápidamente cambió el tema—: ¿Qué hay de ti? Los perdimos al subir a la rueda de la fortuna.

—Estaba intentando vencer a Kouga en tiro al blanco.

—¿Dónde está él?

Se encogió de hombros. —Desapareció diciendo que iba a retirar más efectivo del cajero.

—Oh… bueno, este es el sitio donde Ayame dijo que nos encontráramos —comentó, deteniendo su andar en medio del parque.

—¿Quieres comer algo? —ofreció él.

—Siempre tienes hambre.

Inuyasha se palpó el estómago con orgullo. —La comida de la feria es la mejor.

—Todo está frito.

—Precisamente.

La azabache se carcajeó, terminando por acceder luego de que su estómago también protestara por algo de comida. Encontraron una banca disponible y ella tomó asiento rápidamente mientras Inuyasha se acercaba a uno de los puestos para ordenar.

Fue a los pocos minutos de encontrarse sola que un chico de cabello castaño ocupó el espacio vacío a su lado. Kagome abrió la boca para decirle que ese lugar estaba ocupado, pero él la interrumpió antes de que tuviese la oportunidad.

—Hey, mi nombre es Hiro. —Kagome solo se quedó mirándolo, sin saber muy bien cómo reaccionar—. Disculpa, estaba hablando con mis amigos —señaló a un pequeño grupo cerca de ellos que no disimulaban en verlos—, y quería decirte que me pareces muy linda.

—Oh…

—¿Podría pedirte tu número de teléfono?

Kagome le dio una mirada a Inuyasha, quien estaba retirando las bandejas con la comida.

—G-gracias —quiso sonar amable—, pero no creo que sea una buena idea.

—¿Por qué no? ¿Estás con alguien?

¿Lo estaba? La respuesta era no, pero aún así…

—En realidad…

No pudo terminar la oración.

De un momento a otro el chico sentado junto a ella ya no estaba allí. Las personas a su alrededor gritaron colectivamente en sorpresa, provocando que ella se levantase de un tirón. Cuando todo dejó de moverse y pudo procesar la situación, encontró a Hiro tirado a unos pies de distancia cubriéndose el rostro lleno de sangre, gimiendo de puro dolor.

Kagome levantó la vista, el corazón latiéndole con violencia. Sus ojos se cruzaron con la imagen de Inuyasha sacudiendo la mano con la que había golpeado al pobre chico en la cara. Kouga estaba allí, sosteniéndolo y vociferando cosas que ella no escuchaba. Todos los miraban ─ lo miraban a él, y un par de personas ya estaban auxiliando al muchacho retorciéndose en agonía en el sucio suelo del parque.

Inuyasha no despegaba los ojos de lo que acababa de hacer, pero no había nada allí. No había nada más que crueldad en como estaba solo... observando.

"Porque no te temo.

Los ojos de Kagome quemaron con lágrimas.

Deberías."


Ya sé, son las 1:06 am, pero lo prometido es deuda.

Nos leemos prontisísimo!